Todo lo que nunca fuimos
44. Axel
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AXEL
Después de aquella noche en la playa, Leah volvió a encerrarse en sí misma. No quiso decirme por qué y yo tampoco insistí demasiado y la dejé tranquila durante unos días. Por las mañanas, antes del instituto, siguió acompañándome a hacer surf. Y por las tardes, cuando terminaba de trabajar y ella de estudiar, pasábamos un rato juntos en la terraza leyendo, escuchando música o tan solo compartiendo el silencio.
A pesar de no evitarnos, apenas hablábamos.
Leah se puso a pintar el viernes por la noche. Yo estaba dándole el último trago al té con un libro en la mano cuando la vi ponerse en pie con lentitud y acercarse al lienzo en blanco. La observé de reojo, tumbado en la hamaca a un par de metros de distancia.
Ella cogió un pincel, abrió la pintura negra y respiró hondo antes de permitir que lo que fuese que tuviese en su cabeza saliese. La contemplé maravillado, atento a los movimientos suaves de sus brazos, a la fuerza con la que sus dedos se aferraban al pincel, a sus hombros tensos y al ceño fruncido, a esa energía que parecía empujarla a dibujar un trazo y luego otro y otro más. Controlé las ganas de levantarme para ver lo que estaba haciendo cuando vi que mezclaba la pintura y creaba diferentes tonalidades de gris.
Yo también me había sentido así alguna vez, pero hacía tanto tiempo que ya era incapaz de recordar la sensación exacta. Había sido en el estudio de Douglas, algunas tardes que pasaba con él allí, sintiendo…, sintiéndolo todo, quizá porque por aquel entonces no pensaba demasiado y tampoco me importaba el resultado final, hacerlo bien o mal. Me bastaba con hablar un rato con él tomándome una cerveza y dejar que las cosas fluyesen.
Cuando Leah terminó, me levanté.
—¿Puedo verlo? —pregunté.
—Es horrible —me advirtió.
—Vale, intentaré soportarlo.
Una sonrisa tiró de las comisuras de su boca mientras me acercaba y contemplaba el cuadro. Había un punto en el centro, redondo y solo,
congelado en medio de un remolino de pintura que giraba a su alrededor; la burbuja y el resto del mundo siguiendo su curso. Por una vez, no me fijé solo en el contenido, también en la técnica, en cómo había plasmado el movimiento circular; tan real, tan ella.
Una vez Douglas me dijo que lo complicado de la creatividad no es tener una idea o ver una imagen en tu cabeza que deseas dibujar, lo jodido es volcar todo eso, hacerlo existir, conseguir encontrar ese hilo conductor entre lo imaginario y lo terrenal para lograr expresar ese pensamiento, las sensaciones, las emociones…
—A mí me gusta. Me lo quedo.
—¡No! Este no.
—¿Por qué? —Me crucé de brazos.
—Porque para ti… haré otro. Algún día. No sé cuándo.
—De acuerdo, te tomo la palabra. —Estiré los brazos en alto—. No deberíamos tardar en acostarnos si mañana queremos ir a bucear.
—No me habías dicho nada —replicó.
—¿No? Bueno, pues te lo digo ahora.
Leah arrugó la nariz, pero no protestó y empezó a limpiar los pinceles y a guardar el material. Le di las buenas noches y la dejé allí cuando entré en casa.
Julian Rocks era uno de los lugares más famosos para bucear y quedaba a escasos veinte minutos de casa. Cargamos parte del material en la zona trasera de la pickup, porque el resto lo alquilaríamos en un centro de buceo. Arranqué el motor y subí el volumen de la música. Hacía un día agradable y la temperatura era suave y cálida a pesar del invierno. Mientras dejábamos atrás playas casi salvajes y selva tropical, recordé por qué me sentía tan atado a esa parte del mundo.
—Vas muy rápido —susurró Leah a mi lado.
—Perdona. —Frené un poco—. ¿Mejor así?
Apenas dijo nada más cuando llegamos y empezamos con los preparativos, pero me gustó verla concentrada y decidida, muy entera.
Había algunos surfistas en la playa cuando subimos a la lancha junto a varias personas más y nos alejamos de la costa. Leah se mantuvo a mi lado pensativa, mientras yo hablaba con un viejo conocido que era instructor de buceo. No tardamos en parar.
—¿Estás preparada? —la miré.
—Sí. Tengo…, tengo ganas.
Tras ultimar los detalles, revisé su equipo.
—Tú primera, ¿vale? Yo te sigo.
Cuando llegó su turno, después de que otros dos chicos se sumergiesen, se sentó en el extremo de la lancha, de espaldas al agua, y se dejó caer. Y entonces sentí algo raro al verla hundirse. Inquietud. Una jodida sensación de angustia. Eso me gustó y me disgustó a partes iguales; la extrañeza de sentir algo así frente a lo irracional del pensamiento.
—Bajo ya —le dije al instructor.
La vi enseguida, apenas a unos metros de distancia. El mar estaba tranquilo. Julian Rocks era una reserva marina con una gran biodiversidad por la mezcla de corrientes cálidas y frías; no tardamos más de unos minutos en ver un tiburón leopardo y mantas raya. Leah alargó la mano hacia un banco de peces payaso que se dispersó cuando nos acercamos. La seguí cuando se entretuvo con una tortuga enorme y cuando dejó de moverse entre miles de peces, rodeada de una explosión de color en medio del océano. La imagen se me quedó grabada en la cabeza como si hubiese hecho una fotografía mental; la paz que desprendía, las tonalidades mezcladas, la belleza de algo tan salvaje…
Ya en tierra, comimos en un local tailandés. Pedimos tallarines, arroz con verduras y la sopa del día.
—¿A qué hora vamos a volver?
—¿Por qué lo preguntas? ¿Tienes prisa?
—Le dije a Blair que quizá…, quizá podría tomarme un café con ella por la tarde.
—No me lo habías dicho. Claro, te acercaré adonde quieras en cuanto terminemos de comer. ¿Qué me dices del buceo? ¿Te ha gustado?
Leah sonrió de verdad, animada y contenta.
—Ya casi no lo recordaba. Tantos colores… —dijo mientras removía con los palillos los tallarines que acababan de servirnos—. Peces amarillos y naranjas y azules… Y la tortuga era genial. Me encantan las tortugas, la cara que tienen…
—Joder, qué bueno está —me relamí.
—Tú siempre eres así, ¿verdad?
—¿Así de genial? —alcé una ceja.
—Disfrutas de cada instante.
—Sí y no. También tengo mis épocas.
—¿Alguna vez lo has pasado mal?
Suspiré y dejé los palillos a un lado.
—Claro. Muchas veces, como todos. Es inevitable, Leah. Y no es malo, no tiene por qué serlo, la vida es así; hay momentos buenos y momentos malos. Creo que el secreto está en intentar superar los malos y en disfrutar de los buenos, no nos queda mucho más.
—¿No vas a decirme qué te ocurrió?
—Depende. ¿Qué me das a cambio?
—¿Yo? Dudo que nada te interese.
—¿Te estás quedando conmigo?
—De acuerdo. Hagamos un trato.
Me gustó verla bromeando a pesar de que los dos sabíamos que estábamos hablando de un asunto serio. Estiré las piernas por debajo de la mesa hasta casi rozar las suyas. El local tailandés era muy pequeño, había tan solo cinco mesas de madera y nosotros estábamos en una que hacía esquina.
—Hay algo que llevo meses preguntándome. —Me froté el mentón—.
¿Cómo es posible que sigas escuchando los Beatles a diario? Es una conexión directa con ellos, con tus padres. Y lo haces desde el primer día, cuando te pasabas las tardes encerrada en la habitación con los auriculares puestos.
Leah apartó la vista un poco nerviosa.
—Lo necesitaba. Eso no podía…, no podía dejarlo atrás, tenía que llevármelo conmigo. No lo sé, Axel, no tengo una respuesta razonable, ni siquiera le encuentro la lógica a la mayor parte de las cosas que siento o hago, porque me contradigo todo el tiempo.
—Todos lo hacemos a veces.
—Supongo. Solo sé que necesito esas canciones, escucharlas. —Se calló, dudando, y añadió—: Todas menos una.
—¿Qué quieres decir?
— Here comes the sun. Esa no.
—¿Y por qué no? —pregunté.
Leah deslizó el dedo por una veta de madera en la mesa y la acarició despacio, siguiendo la trayectoria de la pequeña imperfección. Tomó aire antes de mirarme.
—Era la canción que sonaba cuando ocurrió el accidente. La canción que le pedí a mi padre que pusiese.
—No lo sabía, Leah.
Alargué una mano para posarla sobre la suya, pero ella la apartó antes de que pudiese rozarla.
—Háblame de ti, de esas épocas malas.
—Ha habido varias. La peor fue cuando murieron tus padres, pero hubo otras. Momentos en los que me sentí un poco perdido, ya sabes, como todo el mundo cuando no tienes muy claro qué quieres hacer. Y luego, controlar la frustración al darme cuenta de que no quería pintar más, tomar esa decisión… A veces esperas cosas de la vida que no llegan. Quizá la culpa sea nuestra por planificar demasiado, ir marcando rutas que después uno nunca llega a recorrer. Y supongo que eso genera decepciones.
No dijimos nada más mientras terminábamos de comer. Después, sin prisa, regresamos hacia el centro de Byron Bay, y Leah me pidió que la dejase en la calle donde vivía su amiga Blair.
—¿Paso a recogerte más tarde?
—No. Volveré caminando.
—¿Estás segura?
—Sí.
—¿Llevas el móvil encima?
Leah resopló y abrió la puerta del coche.
—Axel, no me trates como a una cría.
—¡Eh! —Bajé la ventanilla para llamarla—. ¡Recuerda lavarte los dientes si comes algo! ¡Y no aceptes caramelos de extraños!
Ella frunció el ceño y me enseñó el dedo corazón.
Yo sacudí la cabeza riendo y feliz por verla así.
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