Todo lo que nunca fuimos
73. Axel
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AXEL
Esa semana la dejé con su dolor, lamiéndose las heridas.
Leah estuvo callada. Iba al instituto por las mañanas y yo me quedaba apoyado en la valla de madera observándola pedalear hasta que desaparecía al final del camino. Después me tomaba el segundo café, trabajaba y contaba los minutos hasta que ella regresaba. Comíamos sin decirnos demasiado; ella un poco ausente, yo fijándome en cada uno de sus gestos.
El problema con Leah era que no me hacía falta hablar para ir viendo más y más de ella cada día, para observarla recomponerse poco a poco, recoger los pedazos del suelo, guardárselos en los bolsillos, y ver cómo después se esforzaba por encajarlos entre ellos y unirlos de nuevo. La habría ayudado a hacerlo si me lo hubiese pedido, pero sabía que a veces hay caminos que uno debe recorrer solo.
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