Todo lo que nunca fuimos

Alice Kellen · Capítulo 23 de 116

Páginas del PDF

Todo lo que nunca fuimos

19. Axel

19

OceanofPDF.com

AXEL

Cuando hablé con Oliver por la noche, no le conté lo que había pasado esa tarde. Al colgar, me di cuenta de que apenas le estaba diciendo nada de lo que ocurría bajo ese techo en el que vivíamos, como si se hubiese convertido en un lugar cerrado, aislado, en el que las cosas solo tuviesen la importancia que nosotros queríamos darles. Y, pese a todo, Leah y yo nos entendíamos bien; podíamos enfadarnos y después cenar como dos personas civilizadas. O pasar días sin dirigirnos más que unas cuantas palabras y sin que resultase raro; de algún modo, nos acoplábamos, incluso a pesar de la tristeza que a ella la carcomía y de la desesperación que yo empezaba a sentir, porque si tenía un defecto en este mundo era la impaciencia.

Nunca había sido muy dado a esperar.

Recuerdo que, cuando era pequeño, deseaba comprarme un coche teledirigido y estuve insistiéndoles a mis padres durante días. Mi hermano se había empeñado meses atrás en un juego de mesa de lo más aburrido que a mí me hacía poner los ojos en blanco solo al oír su nombre. Así que, siguiendo mi lógica infantil, una tarde cogí la hucha de mi hermano, saqué todo el dinero y volví a dejarla en su lugar sin que se diese cuenta. Mis padres me compraron el coche pensando que eran ahorros míos y lo disfruté jugando con Oliver por todos los caminos que había detrás de nuestras casas, poniendo trampas con piedras, troncos y hojas para ver si podía escalarlas. Durante muchas semanas, fui recogiendo el dinero que me ganaba portándome bien o haciendo las tareas de la casa y devolviéndolo a la hucha de Justin poco a poco. Cuando él se decidió a comprarse su capricho, yo le había vendido el coche, ya medio destrozado, a un chico de mi colegio y no faltaba ni un céntimo del dinero que había cogido.

Y la moraleja de toda la historia es algo así como «¿Por qué esperar a conseguir algo mañana cuando puedes tenerlo hoy?».

En esos momentos la impaciencia me estaba matando.

Por Leah. Porque necesitaba verla sonreír.

Al día siguiente, cuando se levantó, me fijé en sus ojeras.

—¿Una mala noche?

—Algo así.

—Quédate aquí. Descansa.

—¿Me das permiso para no ir a clase?

—No. Eres mayor para saber si debes ir a clase. Pero si te interesa mi opinión, creo que hoy vas a perder el tiempo mirando la pizarra y sin enterarte de nada, porque parece que estés a punto de caerte al suelo. A veces es mejor recuperar fuerzas para coger impulso.

Leah volvió a acostarse. Yo estuve poco rato entre las olas antes de regresar a casa y prepararme un sándwich. Me senté delante de mi escritorio para intentar recuperar el trabajo que no había hecho el día anterior por ir a por ese caballete que ya estaba cogiendo polvo en la terraza trasera de mi casa. Anoté en un papel los plazos de entrega más próximos y lo clavé encima del calendario. Después adelanté algunos encargos hasta que Leah volvió a salir de su habitación casi a media mañana.

—¿Has conseguido dormir?

—Sí, un poco. ¿Queda leche?

—No lo sé, tengo que ir a comprar.

—Quizá…, quizá podría acompañarte.

—Claro, me vendrá bien un poco de ayuda.

Eso y conseguir sacarla de allí, que le diese el aire al menos. Volví a concentrarme en el encargo más urgente mientras ella desayunaba sentada delante de la barra. Cuando terminó, para mi sorpresa, rodeó el escritorio y se inclinó sobre mi hombro para ver qué estaba haciendo.

—¿Qué es? —preguntó frunciendo el ceño.

—La duda ofende, son las orejas de un canguro.

—Los canguros no tienen las orejas tan largas.

Asimilé que nuestra primera conversación trivial iba a girar en torno al tamaño de las orejas de los canguros. Le pedí que cogiese un taburete de la cocina y se sentase a mi lado. Codo con codo, extendí la viñeta de dibujos delante de ella.

—La cosa va de que el Señor Canguro tiene que explicarles a los niños por qué no está bien tirar basura al suelo, dejar el agua del grifo abierto o comer hamburguesas hasta reventar.

Leah parpadeó, todavía con una arruga en la frente.

—¿Qué tiene que ver eso con sus orejas?

—Es un dibujo, Leah. La gracia está en hacerlo así. Ya sabes, un poco exagerado, como con los pies más grandes o los brazos de rata. Tampoco se ríen así en la realidad.

Señalé los dientes blancos y brillantes que había dibujado en una de las viñetas y vi cómo una sonrisa temblaba en los labios de Leah antes de extinguirse de golpe, como si se hubiese dado cuenta y diese marcha atrás.

Quise mantenerla a mi lado un poco más, porque la alternativa era ver cómo se encerraba en su habitación.

—¿Qué opinas de mis dotes artísticas?

Ladeó la cabeza. Se lo pensó. Suspiró.

—Opino que desperdicias talento.

—Dijo la chica que ya no pintaba…

Ella me dirigió una mirada dura y yo sentí alivio al ver una reacción por su parte, una respuesta inmediata. Golpe y efecto. Quizá por ahí iba la cosa: coger una cuerda y tensarla, tensarla y tensarla más…

—¿Y cuál es tu excusa? —replicó.

Alcé una ceja. Eso sí que no me lo esperaba.

—No sé de qué estás hablando. ¿Quieres café?

Negó con la cabeza mientras yo me levantaba para ir a la cocina. Me serví una taza, sin calentar, y volví a sentarme junto a ella delante del escritorio. Le enseñé algunos trabajos más, los últimos que había hecho, y me escuchó con atención sin hacer más preguntas ni interesarse por nada concreto. Estar con ella era fácil, cómodo, como las cosas que me gustaban de la vida.

Yo continué trabajando, y ella cogió sus auriculares y salió a la terraza trasera. Mientras delineaba el borde de los árboles que había detrás del Señor Canguro, no podía dejar de mirarla; porque allí, de espaldas, con los codos apoyados en la barandilla de madera y escuchando música, parecía tan frágil, tan difusa, tan nublada…

Esa fue la primera vez que sentí el cosquilleo.

Pero entonces no sabía que esa sensación hormigueante en la punta de los dedos significaba que deseaba dibujarla, guardarla para mí entre líneas y trazos, quedármela para siempre en los dedos llenos de pintura. No fui capaz de plasmarla real, viva, entera, hasta mucho tiempo después.

Salí al cabo de media hora, le quité los auriculares y me los puse.

Sonaba Something. Con los primeros acordes, ese bajo alfombrando las demás notas, caí en la cuenta de que hacía una eternidad que no escuchaba a

los Beatles. Tragué saliva al recordar a Douglas en su estudio hablándome de cómo sentir, de cómo vivir, de cómo llegar a ser la persona que era en ese momento, y me pregunté si una parte de mí lo habría evitado a propósito. Me quité los auriculares y se los devolví.

—¿Sigue en pie lo de acompañarme a comprar?

Fuimos a la ciudad en coche, atravesándola hasta llegar al extremo opuesto. Estacioné casi en la puerta, entramos al supermercado y avanzamos entre las estanterías. Leah cogió unas galletas para desayunar y pan de molde sin corteza.

—Pero ¿qué haces? Es casi ofensivo.

—A nadie le gusta la corteza —replicó.

—A mí me flipa la corteza. ¿Qué gracia tiene que todo el pan sea blanco, sin nada que rompa la monotonía? No, joder. Muerdes primero los laterales y luego rematas el centro.

Vi una sonrisa tímida cruzando su rostro antes de que la cortina de pelo rubio se interpusiese cuando se inclinó para alcanzar un paquete de espaguetis. Veinte minutos después, mientras estábamos en la caja, noté que Leah parecía más relajada, como si los nubarrones que siempre llevaba en la cabeza se hubiesen disipado un poco, y me dije que tenía que encontrar la manera de sacarla más de casa, de conseguir alejarla de la apatía que vestía todos los días; el siguiente mes las cosas iban a cambiar, aunque todavía no había establecido un plan.

Al salir del supermercado, estuvimos a punto de tropezar con una chica de ojos redondos y castaños que llevaba el pelo oscuro recogido en una coleta alta. Le sonrió a Leah, mirándola con cariño, y habló gesticulando con las manos.

—¡Qué casualidad! Acababa de llamarte para ver si estabas bien al no verte por el instituto, pero luego recordé que ya no tienes…, que ya no usas…

Dado que Leah no reaccionaba, intervine:

—El teléfono móvil.

—Eso es. Me llamo Blair, aunque ya nos conocemos.

No la recordaba. Había conocido a varias amigas de Leah cuando la veía pasear rodeada de chicas aquí y allá, de la playa a la ciudad y de la

ciudad a la playa sin ninguna preocupación a la vista y riendo como una chiquilla.

—Encantado. Axel Nguyen.

—No había dormido bien —logró decir Leah.

—Entiendo. Aun así, si te sigue apeteciendo ese café…

—Sí que le apetece —me adelanté.

Leah intentó asesinarme con la mirada.

—Venía a por champú, pero estoy libre —añadió Blair.

—Y ella también. Toma —le di a Leah un par de billetes—. Comed algo juntas. Yo tengo cosas que hacer. ¿Quedamos aquí dentro de una hora?

Vi el pánico arremolinándose en sus ojos. Una parte de mí quiso hacerlo desaparecer de inmediato, pero la otra parte…, la otra se alegró, joder. Me tragué la compasión y le di la espalda a la súplica silenciosa que sus labios no llegaron a pronunciar.

OceanofPDF.com