Todo lo que nunca fuimos
90. Axel
90
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AXEL
Me despedí de ella la última semana del mes con el corazón encogido en el pecho, como si temiese no volver a verla. Porque eso ya no era una opción.
Hay cosas que puedes elegir en cierto momento y que luego dejan de estar en tu mano al convertirse en un camino sin retorno. Ella era eso. Si iba marcha atrás, encontraba una pared. Así que solo podía avanzar hacia delante.
Pero hacerlo tenía sus complicaciones.
Oliver. Cada vez que pensaba en él, me ahogaba un poco más. Quizá por eso lo evitaba. Lo hice a finales de agosto y volví a repetir la misma fórmula cuando septiembre llegó a su fin. No quería verlo. No quería joderme más la vida. Rechacé cada plan que me propuso poniéndole mil excusas y me pasé esa semana encerrado en casa, en mi mar; también abriéndome paso entre las telarañas de soledad que Leah había dejado en su ausencia. Una persona podía cambiar la percepción de situaciones que no eran nuevas para mí, que antes apreciaba y a las que ahora les faltaba algo.
Debí haber visto venir que no era buena idea no acudir a la comida familiar alegando que estaba enfermo porque, por supuesto, mi madre apareció en casa por la mañana, cargada con un arsenal de comida y una bolsita de la farmacia.
—Mierda —farfullé al abrir la puerta.
—Qué boca más sucia tienes, hijo.
—Créeme, a algunas personas les gusta.
Mi madre me dio una colleja antes de dirigirse a la cocina y dejar todo en la encimera. Empezó a guardar los productos frescos en la nevera y luego me puso una mano en la frente. Torció la boca como solo ella sabía hacer.
—Pues no tienes fiebre.
—Es una gripe nueva. Especial.
—¿Te duele la tripa? ¿Estás cansado?
—Mamá, estoy bien. No tenías que venir.
—Alguien tendrá que cuidar de ti si estás enfermo, cielo. —Me inspeccionó la cara levantándome los párpados y tirando de mis mejillas—.
No tienes mal aspecto.
—Eso es por lo guapo que soy.
—Pensaba que estarías hecho una piltrafa.
—¿Tan grave es que no acuda a una comida? Déjame respirar un poco.
—¿Respirar? Si vives aquí como un ermitaño, aislado del mundo…
Puse los ojos en blanco y me dejé caer en el sofá.
—¡No me gusta que intentes escaquearte! ¿Sabes la cantidad de gente que daría cualquier cosa por estar con su familia? ¿Te acuerdas de la señora Marguerite? Pues su hija vive en Dublín y solo pueden verse una vez al año,
¿te lo imaginas?
—Sí, y disfruto haciéndolo.
Ella me lanzó un cojín.
—Tienes que empezar a replantearte tu vida.
—Es curioso que me digas eso precisamente tú.
—¿Qué insinúas? —frunció el ceño mientras se colocaba bien los puños del jersey fino que llevaba puesto. Se sentó en el sillón de al lado.
—Ya sabes. En algún momento tendrás que tomar ciertas decisiones,
¿no? ¿Cuánto tiempo hace que decidisteis jubilaros y dejarle la cafetería a Justin? Parece una eternidad.
—Eso no es asunto tuyo —espetó tensa.
—Mamá. —Me incorporé muy a mi pesar, porque lo último que me apetecía era mantener una conversación trascendental, sobre todo cuando mi vida era un completo caos y no tenía muy claro cómo afrontarlo y desenredar los nudos que había ido creando en los últimos meses—. Justin terminará por marcharse, y con razón. Le prometiste que él se encargaría del negocio, que podría llevarlo a su manera, y no estás cumpliendo tu palabra. ¿Qué problema tienes? Deberías estar deseando dejar de trabajar y disfrutar de la vida con papá.
A mi madre le tembló el labio inferior.
—No es tan sencillo, Axel.
—Explícamelo. Habla conmigo.
Y se rompió. Me miró con los ojos llenos de lágrimas y respiró hondo.
—Todo iba a ser diferente. Se suponía que nos jubilaríamos, Leah iría ese mismo año a la universidad, y nosotros y los Jones nos dedicaríamos a recorrer el mundo sin preocupaciones, sabiendo que vosotros ya estabais
haciendo vuestra vida, y entonces…, entonces ocurrió. Ya nada será nunca igual.
Los seres humanos somos así: hacemos planes, tenemos sueños, ilusiones y metas, y nos centramos en hacerlos realidad sin pensar en qué ocurrirá si al final no lo logramos. Yo había decidido años atrás que me dedicaría a pintar, pero no me paré a visualizar otra forma de vida hasta que ya estaba metido hasta el fondo en un agujero lleno de fango. Es más fácil ignorar lo negativo e ir directos hacia lo que queremos; el problema…, el problema es que luego cuesta más encajar el golpe.
Alargué una mano para alcanzar la de mi madre.
—Te entiendo. Y sé cómo te sientes. Pero no puedes quedarte para siempre anclada en este punto, mamá. Es duro, pero la vida sigue.
—No es lo mismo. Tú eres joven, Axel, ves las cosas de otra manera.
¿Qué me queda a mí? Rose y yo fantaseábamos con pasar las tardes cocinando y bebiendo vino y charlando en el jardín de casa, pero ahora…
solo me queda la cafetería. Estar en casa es insoportable, necesito mantenerme ocupada para no pensar.
—Voy a vestirme —dije levantándome.
—Gracias, cielo —mamá me sonrió entre lágrimas.
Así que una hora más tarde estaba en la casa de mis padres, sentado en la mesa enfrente de Oliver y al lado de Leah, rodeado de comida, voces y risas, aunque tan solo era capaz de pensar en lo jodidamente bien que olía ella, en que quería inclinarme y darle un beso, como Emily o Justin hacían, en que lo único que me separaba de cogerla, llevármela al baño y desnudarla era una pizca de sentido común que aún me quedaba.
¿Quién iba a decirme a mí que acabaría así?
Sentí una punzada de deseo cuando su pierna rozó la mía por debajo de la mesa. Me miró al notar que me tensaba, y me perdí en esos ojos de color turquesa durante unos segundos, hundiéndome, encontrándome en ellos…
—Vuelvo enseguida. Voy a fumarme un cigarro —me levanté con urgencia.
—¡Espera! Te acompaño. —Oliver me siguió.
Me apoyé en la valla de hormigón por la que trepaban algunas plantas y me encendí un cigarro antes de darle uno a él. La calle estaba tranquila. El sol del mediodía se reflejaba en los cristales de los coches aparcados enfrente. Di una calada larga.
—¿Todo bien por Sídney? —me costó pronunciar cada jodida palabra.
—Mejor que por aquí, creo. ¿Qué te pasa últimamente?
Me encogí de hombros. Tenía ganas de salir corriendo.
—Una época rara —logré decir—. Se me pasará.
—Eso espero, porque es una mierda venir aquí una semana al mes y no verte el pelo, joder. No habrás vuelto a comerte la cabeza con eso de la pintura, ¿no? Eh, Axel, mírame.
Negué y expulsé el humo. Me sentía tan culpable…
—¿Recuerdas lo que me dijiste hace un par de meses? Sobre esa chica tuya, Bega. Que a veces no buscas algo y simplemente aparece. —Me froté el mentón y apagué el cigarrillo—. Olvídalo, es una tontería.
—No, joder, cuéntamelo. Te escucho.
Miré la mano que acababa de apoyar en mi hombro y sentí que el suelo se abría bajo mis pies. Podría habérselo soltado a bocajarro y ya está.
Acabar de una vez. Conocía a Oliver, sabía cómo reaccionaba ante situaciones conflictivas, pero ninguna de ellas consistía en «Me estoy follando a tu hermana pequeña, ¿te parece bien?», y la incertidumbre y la cobardía se mezclaban en mi estómago. Pero me lancé a dar un paso adelante, o atrás, no lo sé.
—He conocido a alguien especial.
En teoría la conocí hace diecinueve años, cuando nació, pero no especifiqué eso. Analicé la expresión de incredulidad que cruzó el rostro de Oliver.
—¿Tú? Joder, pues…, bueno. No sé qué decirte. El único consejo que puedo darte es que te lo tomes con calma y no te vuelvas loco los primeros meses porque eso sería muy propio de ti. Quiero decir, joder, no me mires así
Por primera vez en años, tuve ganas de darle un puñetazo a mi mejor amigo.
—Ya sabes a lo que me refiero. Te aburres hasta de tus propios sueños, Axel.
—Eso no es exactamente así.
Soné frío, raro. Oliver me miró y negó con la cabeza. Tiró el cigarro al suelo, dio un paso al frente y me abrazó. Jodido Oliver. Una parte de mí quería enfadarse con él, porque así sería más fácil.
—Intentaba arreglar las cosas, no empeorarlas. Siento no estar aquí estos meses, tío, pero no sé, llámame si necesitas algo o si quieres hablar.
—Se apartó y me miró no como lo haría un amigo, sino como lo haría un
hermano—. Venga, volvamos dentro antes de que tu madre salga y nos atice con lo primero que pille.
Me arrancó una sonrisa y lo seguí dentro de casa.
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