Todo lo que nunca fuimos
54. Axel
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AXEL
Por primera vez en mucho tiempo, el domingo llegué temprano a casa de mis padres. Tan temprano que fui el primero. Mi madre me preguntó mientras se secaba las manos en un trapo de cocina:
—¿Todo va bien? ¿Ha ocurrido algo?
—¡No seas exagerada! —Le di un beso.
—¡No lo soy! Danïel, ¿estoy exagerando con tu hijo? —Mi padre fingió no haberla oído—. Llevas tres años llegando impuntual los domingos.
—Me habré equivocado al mirar el reloj. ¿Qué hay de comer?
—Guisantes para ti. Asado al horno para los demás.
Ayudé a mi padre a poner la mesa mientras ella nos seguía de la cocina al salón contándonos la historia de un cliente de la cafetería al que le habían detectado un tumor.
—Y le han dado tres meses de vida —concluyó.
—Qué putada —soltó mi padre.
—Se dice «qué desgracia», Danïel —lo corrigió mi madre—. Y a propósito, Galia ha vuelto a romperse la cadera, esa mujer tiene una suerte terrible.
—¿Podemos dejar de hablar de muertes y eso? —pregunté.
Ella me ignoró, se acercó hasta el plato que acababa de dejar sobre la mesa, lo colocó bien (un centímetro más a la izquierda) y arrugó la nariz.
—¿Cuánto tiempo hace que no vas al médico, Axel?
—Todo el que puedo. Me he propuesto batir un récord.
Mi padre apretó los labios intentando reprimir una carcajada.
—¿Cómo se te ocurre bromear con algo así? ¿Sabes cuántas veces va tu hermano a la ciudad a que le hagan una revisión? —Se cruzó de brazos.
—Ni idea. ¿Cada vez que le pica un mosquito?
—¡Cada tres meses! Aprende un poco de él.
—Aprenderé a quedarme dormido de aburrimiento.
En ese momento llamaron a la puerta y noté una sensación desconocida en el pecho. Pero no era ella. Eran Justin, Emily y mis
sobrinos, que entraron gritando y haciendo tanto ruido como una manada de elefantes. Les alboroté el pelo antes de quitarle a Max la pistola de plástico que llevaba en la mano.
—¡Eh, devuélvemela! —gritó.
—¡Antes tendrás que atraparme!
Salí corriendo. Mi madre gritó algo así como «¡Cuidado con el jarrón!», pero ninguno lo tuvimos muy en cuenta cuando atravesamos el pasillo a toda velocidad. Max me acorraló y le pidió ayuda a Connor para recuperar su pistola. Alcé el brazo en alto e intentaron escalar como monos por mi cuerpo para alcanzarla.
—¡Eh, sin hacer cosquillas, mocosos!
—¡No somos mocosos! —protestó Connor.
—Claro que sí. ¿Qué es eso que tienes en la nariz? Un moco.
—¡Mamááááá! —gritó mientras Max seguía saltando para coger la pistola.
Emily apareció en la habitación y se echó a reír.
—No sabría decir quién es más crío de los tres.
—Axel, por supuesto —contestó Justin asomando la cabeza.
—¿Y quién está más calvo de todos? —pregunté divertido.
—¡Serás cabr…!
—¡Chsss! —lo interrumpió Emily.
Sus hijos se quedaron perplejos cuando su padre, tan correcto siempre, se abalanzó sobre mí y me tiró sobre la cama. Ese era mi don. Ser la única persona del planeta Tierra que podía sacar de quicio a mi hermano mayor.
Los críos y Emily desaparecieron en cuanto mi madre anunció que había comprado gominolas.
—¡Maldito capullo! —Justin me dio un puñetazo en el hombro y me eché a reír.
—¿Qué coño te pasa? ¿No hubo polvo rutinario esta semana?
—Muy gracioso. —Se apartó y se dejó caer en la cama boca arriba—.
Axel, ¿crees que nuestros padres se jubilarán algún día o lo dicen por decir?
—No lo sé, ¿qué es lo que ocurre?
—Que acepté trabajar en la cafetería porque ellos pensaban jubilarse en poco tiempo, pero han pasado años. Empiezo a pensar que tan solo me convencieron para que no me marchase a otro lugar si encontraba un trabajo.
—Suena como algo que haría mamá, sí.
—Creo que voy a hablar con ellos. Se supone que yo estoy a cargo de la cafetería, pero me siguen tratando como a un empleado. Voy a darles un ultimátum. O cumplen lo que prometieron o intento montar algo por mi cuenta. Quiero, ya sabes, poder hacer las cosas a mi manera sin que mamá me dé órdenes. ¿Me apoyarás si la cosa se pone fea?
—Claro, estoy de tu parte.
Dejó escapar un suspiro de alivio que no entendí, porque Justin nunca había necesitado mi aprobación ni mi apoyo. Le devolví el puñetazo en el hombro para romper la tensión.
El timbre de la puerta volvió a sonar.
—¡Ya voy yo! —oí gritar a Emily.
Nos levantamos los dos y avanzamos hacia el salón. Tomé una bocanada de aire al ver a Leah al fondo del pasillo.
«Joder, ¿qué me estaba pasando?»
La saludé como siempre, con un beso en la mejilla, y nos sumamos al jaleo habitual. Platos arriba y abajo, mi madre evaluando a Oliver para cerciorarse de que no había pillado ninguna enfermedad contagiosa durante aquellas semanas en Sídney, Emily ordenándoles a los gemelos que fuesen a lavarse las manos y mi padre tarareando por lo bajo la última canción de moda.
Me senté en mi sitio de siempre, al lado de Leah.
—¿Quieres guisantes? —le ofrecí la bandeja.
Ella negó con la cabeza sin mirarme.
—¡Max, no cojas la comida con las manos! —gritó Justin—. ¡Maldita sea! Emily, pásame una servilleta. O dos.
—¿Cómo va todo, colega? —mi padre miró a Oliver.
—Bien, una buena semana, ¿verdad, Leah?
Ella asintió y bebió agua.
—¿Y eso? ¿Alguna novedad? —insistió papá.
—Bueno, hemos salido a surfear un poco alguna tarde. Ya no recordaba la última vez que lo hicimos juntos. —Oliver miró a Leah con orgullo—. Y ha sacado un notable en el último examen, ¿no os lo ha dicho?
—¡Eso es maravilloso, cielo! —exclamó mi madre.
—Gracias —respondió Leah bajito.
—¿Te pongo más guarnición?
—No. —Leah se levantó—. Vuelvo enseguida.
Yo la imité medio minuto después.
—Voy a por la salsa —dije.
Pasé de largo la cocina y seguí hacia el cuarto de baño. Esperé delante de la puerta hasta que ella la abrió y entonces di un paso al frente, me metí dentro y la cerré a mi espalda. Leah se mostró primero sorprendida, luego incómoda al sentirse acorralada.
—¿Ahora no me hablas? ¿Quieres que todos empiecen a notar que ocurre algo?
—Ah, ¿acaso ocurre algo? Pensé que dejaste claro que no.
—No me jodas. Sabes lo que quiero decir.
—No lo sé, pero empezarán a sospechar si te pillan aquí.
Estaba muy enfadado. Aunque no sabía seguro si era con ella o conmigo mismo.
—Leah, no me compliques la vida…
Ella se tensó. Me atravesó con la mirada.
Y joder, tenía una mirada muy peligrosa… Peligrosa, cautivadora y electrizante.
—No lo haré. A partir de ahora, no complicaré nada, no te molestaré, puedes estar tranquilo por eso. Déjame salir, Axel. Quiero volver.
Me aparté aliviado y decepcionado a la vez. Como si eso fuese posible.
Como si tuviese sentido…
Leah salió como un huracán. Yo me lavé las manos y pasé por la cocina para coger la salsa. En el comedor mi madre estaba echándole la bronca a Justin por algo relacionado con los proveedores.
—Te aseguro que lo tengo controlado —afirmó él.
—Pues nadie lo diría. —Mamá chasqueó la lengua.
—El chaval hace lo que puede, Georgia —intervino papá.
—¿Por qué llamas chaval a tu hijo?
—Solo tiene treinta y cinco años.
—Y no lo parece, por cómo maneja las cosas.
No sé por qué reaccioné. Si porque vi a Emily morderse la lengua para no intervenir y defender a su marido, o porque la chica que tenía al lado me había sacado de quicio unos minutos atrás, pero interrumpí a mi madre.
—Deja a mi hermano tranquilo. —Soné seco, brusco.
Todos me miraron. Todos. Incluso Oliver alzó una ceja sorprendido desde el otro lado de la mesa. Mi madre pareció contrariada, pero terminó de comer en silencio. Cuando se levantó a por los postres, la seguí. Vi cómo se apoyaba en la encimera antes de sollozar.
—Mierda, mamá, no quería…
—No es por tu culpa, cielo.
La abracé y esperé callado mientras ella se limpiaba las lágrimas con el dorso de la mano. Cogió el montón de platos sucios que había traído y lo metió en la pila.
—¿Qué es lo que te pasa?
—No es el momento, cariño.
Me tendió la tarta de queso y un cuchillo y me pidió que fuese sirviéndola, así que la dejé a solas con esos pensamientos que aún no quería compartir. Mi hermano me miró agradecido desde el otro extremo de la mesa. Empecé a cortar la tarta en varias porciones. Le tendí a Leah el trozo más grande, aunque estuviese cabreado con ella. O conmigo por cómo era con ella. Yo qué sé.
La cuestión es que, cuando salí a media tarde después de despedirme de todos y mientras caminaba por las calles de Byron Bay alejándome de la casa de mis padres, me asaltaron todos los problemas que se mezclaban bajo esas paredes, en cada una de las personas que nos reuníamos allí.
Emily reprimiendo una contestación. Mi hermano, frustrado e inseguro. Mi madre y sus demonios. Mi padre y su conformismo. Oliver y la carga que llevaba a cuestas. Y Leah…
Quizá yo estaba demasiado acostumbrado a vivir tranquilo.
Quizá me había pasado media vida evitando los problemas.
Quizá estar solo mirándose el ombligo era la manera más fácil de sobrevivir.
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