Todo lo que nunca fuimos
25. Axel
25
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AXEL
A partir del 9 de abril, cuando comenzaron las vacaciones escolares del primer trimestre, fue inevitable que empezásemos a convivir de verdad.
Leah se negó a meterse en el agua por las mañanas, pero si algún día se levantaba temprano, caminaba hacia la playa y se sentaba en la arena con la taza de café en las manos. Yo la veía a lo lejos, mientras esperaba la siguiente ola con impaciencia, en el silencio que acompaña el amanecer.
Almorzábamos juntos, sin hablar demasiado.
Y luego trabajábamos. Conseguí hacerle un hueco en mi escritorio y, mientras yo terminaba encargos, ella hacía los deberes y estudiaba en silencio, con un codo apoyado en el borde y la mejilla sobre la palma de la mano. A veces me distraía su respiración pausada o que moviese las piernas bajo la mesa, pero en general estaba sorprendido por lo fácil que me resultaba tenerla al lado.
—¿Puedo poner música? —preguntó un día.
—Claro. Elige el disco que quieras.
Puso uno de mis preferidos, Nirvana.
Tras la primera semana de vacaciones, los dos teníamos ya una rutina marcada. Al atardecer, mientras yo continuaba trabajando un poco más, ella pasaba un rato a solas en su habitación, tumbada en la cama o dibujando con un trozo de carboncillo casi consumido. Salía para ayudarme a hacer la cena y, al terminar, estábamos un rato en la terraza.
Esa noche, la gata se pasó por allí.
—Eh, mira quién está aquí. —Bajé de la hamaca y le acaricié el lomo; el animal respondió con un bufido—. Así me gusta, agradecida y dulce —
ironicé.
—Iré a buscar algo de comida.
Leah apareció con una lata de atún y un cuenco lleno de agua. Se sentó en el suelo, con las piernas cruzadas y un suéter rojo viejo y lleno de bolitas, a pesar de que llevaba pantalón corto. Y allí, mirándola mientras le daba de comer a la gata, pensé…, pensé que alguien debería pintar esa escena. Alguien que pudiese hacerlo. El momento de paz, los pies
descalzos, el pelo rubio revuelto y despeinado, la cara lavada y el mar hablando en susurros a lo lejos.
Aparté la vista de ella y le di un trago al té.
—En dos días empieza el Bluesfest. Iremos.
Leah alzó la cabeza hacia mí con el ceño fruncido.
—Yo no. Blair me invitó y le dije que no podía ir.
—Ah, ¿tienes algún compromiso social? ¿Una cita con el médico? Si no es el caso, te aconsejo que enciendas ese teléfono que tienes cogiendo polvo y que llames a Blair para aclararle que te equivocaste. Queda con ella. Así me despejaré un rato.
—Hablas como si fuese una carga.
—Nadie ha dicho eso —repliqué.
Aunque puede que tuviese razón. Me motivaban sus avances, pero también echaba de menos pasar una noche por ahí, sin responsabilidades, sin estar pendiente de otra persona.
Así que, el viernes al atardecer me dirigí con Leah hacia Tyagarah Tea Tree Farm, al norte de Byron Bay, donde se celebraba el Bluesfest, uno de los festivales de música más importantes de Australia. La zona era también el hábitat de varios grupos de koalas, y la organización estaba comprometida con su cuidado, de modo que muchos turistas podían observarlos; el año anterior habían plantado ciento veinte árboles de caoba y financiaban programas de vigilancia que llevaba a cabo la Universidad de Queensland.
Divisamos docenas de carpas blancas ya desde lo lejos, antes de que nos aproximásemos a una de las varias entradas distribuidas por las hectáreas del prado. Esperamos en aquella puerta porque Leah había quedado allí con Blair después de que la amenazase con unirme a ellas.
«¿Qué dices? ¿Venir con nosotras?», había preguntado alucinada.
«Sí, a menos que hagas cosas normales, te vayas a pasar un rato con tus amigos y dejes que yo haga lo mismo con los míos. O si lo prefieres y no te incomoda, me uno a vosotras, veo cómo os hacéis trencitas en el pelo e intercambiamos pulseras de colores de la amistad. Tú eliges. Hay dos opciones. A mí me sirve cualquiera, pienso emborracharme igual.»
«¿Tengo permiso para hacer eso mismo?»
«Claro que no. Ni una gota de alcohol.»
«Está bien, llamaré a Blair, tranquilo.»
No respiré aliviado hasta que vi aparecer a su amiga caminando sonriente hacia nosotros. La saludé distraído, pensando ya en las ganas que tenía de tomarme una cerveza, escuchar música, relajarme y hablar de cualquier cosa fácil que no implicase tensión ni ir con pies de plomo como si caminase por un campo lleno de minas.
—Recuerda estar pendiente del teléfono —le dije.
—Vale, pero no…, no tardes mucho. —Me miró suplicante y estuve a punto de echarme atrás, sacarla de allí y llevármela a casa, a la seguridad de esas cuatro paredes en las que parecía sentirse cómoda.
Pero luego recordé el brillo que nacía en sus ojos cuando rompía esa capa con la que se protegía y decidí seguir adelante.
—Luego te llamo. Disfruta, Leah. Pásatelo bien.
Me interné en el recinto sin mirar atrás. Como todos los años, el festival estaba lleno de gente y tardé un rato en encontrar a mis amigos cerca de una de las muchas casetas en las que servían comida y bebida.
Saludé a Jake y a Gavin dándoles una palmada en la espalda y me pedí una cerveza. A esas horas, varios grupos ya estaban tocando. Tom apareció unos minutos después, ya un poco tocado.
—Hacía semanas que no se te veía el pelo.
—Ya sabes, vivo con una adolescente a tiempo completo.
—¿Dónde la has dejado? —Tom miró alrededor.
—Está con sus amigas. Ponme al corriente de todo.
Nos conocíamos desde el instituto, pero nunca habíamos llegado a tener una relación profunda; si me pedían un favor, lo hacía, y tanto Oliver como yo habíamos salido con ellos durante años, antes de irnos y después de regresar a Byron Bay, ya fuese por las noches o para pasar un rato entre las olas. Todas mis amistades, excepto la de Oliver, habían sido siempre un poco así: superficiales, sencillas, con esa sensación de que nunca traspasarían el límite marcado desde el principio. Pero a mí me bastaba.
—Pensaba que no vendrías. —Madison apareció más tarde, cuando ya llevábamos allí un par de horas y yo empezaba a preocuparme por Leah lo suficiente como para estar a punto de enviarle un mensaje para asegurarme de que todo iba bien.
Sacudí la cabeza, no era propio de mí estar tenso, intranquilo.
—¿Cómo van las cosas?
—Bien, Tom ya está borracho.
Me agaché cuando ella se puso de puntillas para darme un beso en la mejilla y, en cuanto quiso acercarse a uno de los escenarios, la seguí sin dudar. La música envolvía el ambiente y la gente se movía al son de la melodía. Bailé con ella y sentí que eso era todo lo que necesitaba. La vida que conocía; tan fácil y despreocupada, sin nada que me perturbase demasiado. Cogí su mano y le sonreí antes de darle una vuelta completa.
Madison tropezó con sus propios pies y estuvo a punto de caer, pero la cogí al vuelo y los dos terminamos riéndonos a carcajadas bajo el cielo oscuro de la noche cerrada. Y entonces noté la vibración del móvil.
La solté y me alejé de la música.
—¿Axel? ¿Puedes oírme? ¿Axel?
—Te escucho. ¿Eres tú, Blair?
—Sí. Necesito tu ayuda… —No entendí sus siguientes palabras—. Y
no la encuentro… Estamos cerca del segundo escenario, en la caseta de comida, y yo… no sabía qué hacer…
—No te muevas, voy hacia allí.
Corrí hacia el otro extremo del festival con el corazón en la garganta.
Porque solo de pensar que le hubiese ocurrido algo…
Encontré a Blair en la zona que me había indicado.
—¿Dónde está Leah?
—No lo sé. Hemos estado toda la noche bien, se estaba divirtiendo, parecía… la de antes, pero se ha ido con un chico del grupo y hace más de media hora que no la veo. Se ha dejado el bolso y estaba preocupada por ella, no sabía qué hacer…
—Quédate aquí, voy a intentar encontrarla.
Rodeé el escenario tratando de distinguirla entre la multitud que bebía, reía y saltaba al son de la música, pero parecía imposible que pudiese dar con ella en medio de tanta gente. Dejé atrás caras desconocidas y docenas de chicas rubias de cabello largo que no eran ella; recorrí toda la zona, agitado y con los nervios a flor de piel. Ya estaba planteándome qué opciones tenía, si poner un puto cartel con su cara en cada farola o prepararme el discurso para contarle a Oliver que había perdido a su hermana como quien pierde una pieza del Lego, cuando la encontré.
Tomé una brusca bocanada de aire mientras caminaba hacia ella. No veía nada más. Solo la mano del chico debajo de su camiseta, acariciándole la espalda, y a ella con los ojos cerrados, casi en trance, sin reaccionar cuando él le dio un beso en los labios y se pegó más a su cuerpo, bailando
al ritmo de la canción lenta que sonaba, meciéndose bajo los focos y las luces como una marioneta que se deja llevar.
—Aléjate de ella —gruñí.
El chico la soltó y Leah me miró con los ojos entrecerrados y brillantes. No solo había bebido, sino que también se había tirado encima algún cubata porque olía a ron y llevaba la camiseta empapada. La cogí de la mano y la arrastré a mi paso, que no era lento, ignorando sus protestas. O
balbuceos. Lo que fuese.
Conseguimos salir de allí y alejarnos de la multitud.
La subí al coche. No decía nada. Apenas me miraba. Y casi mejor, porque estaba tan cabreado que me habría bastado un gesto para ponerme a gritar y desahogarme.
De todos los escenarios que me había imaginado que podrían ocurrir cuando decidí que iríamos al Bluesfest, el último era aquel. Había pensado que se pasaría la noche mosqueada y apartada en algún rincón; que estaría un rato con su amiga y me llamaría en cuanto se cansase. Pero no que me la encontraría borracha y… así.
Aparqué delante de casa, todavía nervioso.
El silencio se hizo más denso cuando entramos y tiré las llaves encima del mueble del salón. Me pasé una mano por el pelo, debatiéndome sobre qué decir y cómo hacerlo, pero terminé dejándome llevar y alzando la voz.
—Al final va a ser verdad que sí que soy tu puta niñera. ¿En qué estabas pensando, Leah? ¿Sales una noche después de un año sin pisar la calle y acabas así? ¿No controlas, no eres capaz de comportarte como una persona normal? ¿Y qué coño hacías con ese tío? ¿Te has vuelto loca?
¿Cómo se te ocurre desaparecer sin llevar el móvil encima, sin avisar a nadie y…?
Paré de hablar. Lo hice porque Leah me rodeó el cuello con los brazos, dejando congeladas las palabras que nunca llegué a decir, y me besó. Eso.
Joder. Se puso de puntillas y me besó. Me dio un vuelco el estómago cuando sus labios rozaron los míos y tuve que sujetarla de las caderas para apartarla.
—¿Qué estás haciendo, Leah…?
—Solo quería… sentir. Tú dijiste…
—Joder, pero no así. Leah, cariño…
Me callé, incómodo, al verla tan vulnerable y pequeña y rota. Solo quería abrazarla durante horas y aliviar lo que fuese que empezaba a sentir.
Y había olvidado cómo lo hacía ella, con esa intensidad que la cegaba, con esa impulsividad que la llamaba a saltar al vacío.
Irónicamente, todo lo que yo nunca fui.
—No me encuentro bien… —gimió.
Un segundo después, vomitó en el suelo del salón.
—Yo me encargo de esto, tú métete en la ducha.
Leah se alejó tambaleándose un poco y dudé de si estaría lo suficiente serena como para darse una ducha, pero olía a ron y pensé que el agua la despejaría.
No entendí la última mirada dolida que me dedicó. Esa noche no entendía nada.
Limpié aquel desastre mientras oía el agua correr por las cañerías.
Me había besado. A mí. Leah.
Sacudí la cabeza contrariado.
Fui a la cocina cuando cesó el ruido del agua. Busqué en los armarios, pero no quedaba té, había terminado el último sobre la noche anterior. Miré a ver si tenía algo que sustituyese el sabor de Leah en los labios. Y acababa de encontrar unas galletas cuando oí su voz dulce a mi espalda.
—Necesito saber por qué nunca te fijaste en mí.
Me di la vuelta sorprendido. Y ahí estaba ella. Desnuda.
Completamente desnuda. Con el pelo mojado y un charco de agua a sus pies, con las curvas de su cuerpo recortándose bajo la luz de la luna que entraba por el ventanal y los pechos pequeños y firmes, redondeados.
Estaba tan bloqueado que ni siquiera pude apartar la mirada. Se me secó la boca.
—Joder. ¿Quieres que me dé un puto infarto? Tápate, coño.
«No, coño no, eso no, porque…» Se me iba a salir el corazón del pecho; seguro que pestañearía y estaría ahí, en el suelo de mi salón. Y
joder…, joder…, no sé cuándo pasó ni por qué, pero mi cerebro se desconectó como si alguien acabase de darle a un interruptor, y dejé de pensar. Al menos, con la cabeza. Se me puso dura.
Eso fue lo único que me hizo reaccionar. La excitación.
Cogí la tela que cubría el sofá y se la puse por encima. Leah sujetó los extremos casi por inercia y, por suerte, la mantuvo contra su cuerpo.
Respiré aliviado, aún con las pulsaciones a mil por hora, aún encendido delante de la hermana pequeña de mi mejor amigo. Quise darme de cabezazos contra la pared.
—Vete a la cama. Ya. Te lo ruego.
Leah parpadeó, a punto de llorar, con la mirada todavía vidriosa por culpa del alcohol, y se fue a su habitación. Yo me quedé allí, respirando agitado e intentando asimilar todo lo que había ocurrido en apenas unas horas.
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