Todo lo que nunca fuimos

Alice Kellen · Capítulo 75 de 116

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Todo lo que nunca fuimos

71. Axel

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AXEL

La sujeté más fuerte contra el suelo y temblé al verla así, tan dolida y tan rota, como si esas emociones me atravesasen a mí de algún modo, como si pudiese sentirla en mi piel. Leah intentó apartarme con todas sus fuerzas mientras la canción parecía girar a nuestro alrededor. Una parte de mí solo quería soltarla. La otra, la que pensaba que estaba haciendo lo correcto y que aquello era por su bien, me hizo apretarla con decisión contra mi cuerpo. Le aparté el pelo de la frente y ella se sacudió con un sollozo.

—Ya está. Tranquila —le susurré.

Las notas desfilaron hacia el final y Leah lloró desde el alma. Yo nunca la había visto hacerlo así, como si el dolor naciese de dentro y saliese al fin.

«Here come the sun, here comes the sun.»

Aflojé el abrazo cuando la canción terminó. Su cuerpo seguía temblando debajo del mío y las lágrimas se escurrían por sus mejillas. Se las limpié con los dedos y ella cerró los ojos. No supe cómo explicarle que no podía esconder siempre los recuerdos dolorosos en vez de enfrentarlos, cómo convencerla de que del dolor se podía aprender y que a veces era necesario hacerlo…

Me aparté y Leah se puso en pie.

Oí el ruido de su puerta al cerrarse.

Así que me quedé solo mientras el disco que ella no había conseguido parar seguía girando. Supongo que debería haber salido a la terraza para fumarme un cigarro y calmarme antes de irme a dormir, por ejemplo. O

haberme quedado un rato más escuchando música hasta que pudiese conciliar el sueño.

Pero no hice nada de eso.

Me levanté y fui a su habitación. Entré sin llamar. Leah estaba en la cama, hecha un ovillo entre las sábanas enredadas, y yo avancé hasta dejarme caer a su lado. Su olor suave y dulce me sacudió. Ignoré mi sentido común cuando alcé un brazo y le rodeé la cintura. La apreté contra mi cuerpo, odiando que estuviese de espaldas y que no me dejase verla.

—Perdóname, cariño…

Ella volvió a sollozar. Esta vez más débil.

Mantuve mi mano presionando sobre su estómago y su cabello revuelto me hacía cosquillas en la nariz. Solo quería que dejase de llorar y, al mismo tiempo, que siguiese haciéndolo, que se vaciase entera…

Me quedé junto a ella en la oscuridad hasta que se calmó. Cuando su respiración se volvió más tranquila, supe que se había dormido y pensé que tenía que soltarla y marcharme. Lo pensé…, pero no lo hice. Permanecí despierto a su lado durante lo que parecieron horas y, en algún momento, debí de quedarme dormido, porque cuando volví a abrir los ojos, la luz del sol se colaba a través de la ventana pequeña de la habitación.

Leah me estaba abrazando; sus piernas enredadas entre las mías y sus manos sobre mi pecho. Me dio un vuelco el corazón. La miré, dormida en mis brazos. Recorrí su rostro apacible, las mejillas redondeadas y las pecas difuminadas por el sol que tenía alrededor de la nariz respingona.

Noté un tirón en el estómago.

Solo quería besarla. Solo eso. Y me asusté, porque no tenía nada que ver con el deseo. Me imaginé haciéndolo. Inclinarme y rozar sus labios, cubrirlos con los míos, lamerlos con la lengua lentamente, saboreándola…

Leah se removió inquieta. Parpadeó y abrió los ojos. No se apartó. Tan solo alzó un poco la barbilla y me miró. Contuve la respiración.

—Dime que no me odias.

—No te odio, Axel.

Le di un beso en la frente y nos quedamos allí, en el silencio de la mañana, abrazados en su cama sin decirnos nada, con su mejilla apoyada sobre mi pecho y mis dedos hundiéndose en su pelo mientras me esforzaba por mantener el control.

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