Todo lo que nunca fuimos
21. Axel
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AXEL
Leah ya estaba delante de la puerta del supermercado cuando llegué. Estaba enfadada. Ignoré su ceño fruncido, montamos en el coche y nos pasamos todo el trayecto callados. Cargué las bolsas de la compra hasta la cocina y todavía no había empezado a guardar las cosas en los armarios cuando ella apareció, furiosa y preciosa, con líneas nuevas rodeándola, delimitando contornos que el mes anterior habían estado difusos. Le brillaban los ojos.
—¡¿Cómo has podido hacerme eso?!
—¿Eso? Sé más específica, Leah.
—¡Traicionarme así! ¡Decepcionarme!
—Sí que eres de piel fina.
—Y tú sí que eres un imbécil.
—Puede ser, pero ¿te lo has pasado bien? ¿Qué tal es lo de relacionarse con otro ser humano?, ¿agradable? Ahora debería venir el
«gracias, Axel, por ayudarme a dar el paso y ser tan paciente conmigo».
Pero no hubo nada de eso. Leah parpadeó para contener las lágrimas y, cargada de frustración, dio media vuelta y se metió en su habitación. Cerré los ojos, cansado, y apoyé la frente en la pared intentando centrarme. Quizá había sido un poco brusco, pero yo sabía…, no, sentía que era lo que tenía que hacer. Pese a ella, e incluso pese a lo que de verdad me apetecía a mí.
Porque verla así, tan cabreada y dolida, era jodidamente mil veces mejor que verla vacía. Recordé lo que había pensado esa misma mañana: la idea de tener una cuerda en la mano y tensarla, tensarla más…, y eso fue lo que me hizo avanzar hasta su habitación y abrir sin llamar a la puerta.
—¿Puedo entrar?
—Ya estás dentro.
—Cierto. Intentaba ser educado. —Ella me fulminó con la mirada—.
Vayamos al grano. ¿Te la he jugado un poco? Sí. ¿Era por una buena causa?
También. Quería avisarte de que voy a seguir haciéndolo. Y sé que piensas que soy un jodido cabrón insensible que disfruta metiendo el dedo en la herida, pero algún día, Leah, algún día me lo agradecerás. Acuérdate de esta conversación.
Ella se llevó una mano temblorosa a los labios y me susurró que me marchase antes de levantarse, abrir la ventana y coger los auriculares que estaban sobre la mesilla.
Apenas hablamos durante los siguientes días.
Me dio igual. No podía dejar de pensar en la información que había leído sobre el síndrome de estrés postraumático. Y al menos, había encontrado una manera de romper esa parálisis y apatía durante unos segundos, que era mejor que nada. Cuando Leah se enfadaba, no había indiferencia en su mirada y las emociones la abrazaban sin remedio. Así que la tenía ahí, tirando de la cuerda despacio, buscando la manera correcta de hacerlo.
Oliver vino a recogerla el lunes de la última semana de marzo. Ella todavía estaba en el instituto, y yo lo abracé más fuerte que otras veces, porque lo había echado de menos, joder, y no me imaginaba lo que sería estar en su pellejo. Saqué dos cervezas de la nevera y salimos a la terraza trasera. Me encendí un cigarro y le tendí otro a él.
—Está bien esto de no fumar —dijo riendo.
—Es genial. Liberador. —Expulsé el humo—. ¿Cómo van las cosas por Sídney?
—Mejor que el mes pasado. ¿Qué tal aquí?
—Por el estilo. Leah avanza despacio.
Él miró la punta del cigarrillo y suspiró.
—Ya casi no recuerdo cómo era antes. Ya sabes, cuando se reía por cualquier cosa y era tan…, tan intensa que siempre me dio miedo que se hiciese mayor y no fuese capaz de gestionar sus propias emociones. Y
ahora, mira. Jodida ironía.
Me tragué las palabras que me quemaban en los labios; de no hacerlo, le hubiese dicho que para mí seguía siendo igual de intensa en todos los aspectos, también a la hora de encerrarse y obligarse a no sentir nada porque, si lo hacía, sentía dolor por lo ocurrido y culpabilidad ante la idea de seguir disfrutando de la vida cuando sus padres ya no podían hacerlo, como si no lo considerase justo. Oliver había asimilado la tragedia desde una óptica diferente; emocional, sí, pero con su parte práctica casi por
obligación. Había llorado en el entierro, se había despedido de ellos y se había emborrachado conmigo la noche siguiente; después se había limitado a ponerse a trabajar, a organizar las cuentas familiares y a cuidar de Leah, que estaba hasta arriba de calmantes.
Yo había pensado mucho últimamente en la muerte.
No en lo que pasa cuando ocurre, no en ese adiós que todos terminaremos diciendo algún día, sino en cómo afrontarla cuando se lleva a las personas que más quieres. Me preguntaba si la tristeza y el dolor eran sentimientos instintivos o si nos habían inculcado cómo debíamos digerir ese trance.
Me terminé el cigarro.
—¿Te apetece? —señalé el mar con la cabeza.
—¿Estás loco? Vengo directo del aeropuerto.
—Vamos, será como en los viejos tiempos.
Cinco minutos después le había dejado un bañador y una tabla de surf y estábamos caminando por la arena. Aquel día hacía viento y el agua estaba fría, pero Oliver no se inmutó mientras nos adentrábamos en el mar.
Algunos rayos de sol se colaban entre la telaraña de nubes que cubría el cielo e intentamos pillar algunas olas, aunque eran bajas y apenas tenían fuerza. Cogimos un par, haciendo maniobras cortas y rápidas, y después nos quedamos tumbados sobre las tablas, de cara al horizonte.
—He conocido a alguien —dijo Oliver de pronto.
Lo miré sorprendido. Oliver «no conocía a mujeres», tan solo «se acostaba con mujeres».
—Vaya, eso sí que no me lo esperaba.
—Da igual, porque no puede ser.
—¿Por qué? ¿Está casada? ¿Te odia?
Oliver se echó a reír e intentó tirarme de la tabla.
—No es un buen momento para empezar una relación; en unos meses volveré aquí y luego está Leah, responsabilidades, el tema del dinero, muchas cosas… —Nos quedamos callados, cada uno pensando en lo suyo
—. ¿Tú sigues viéndote con Madison?
—Alguna vez, cuando me aburro, cosa que casi nunca ocurre ahora que trabajo como niñera a tiempo completo.
—Sabes que voy a estar siempre en deuda contigo, ¿verdad?
—No me jodas, no digas chorradas.
Salimos del agua y vi la bicicleta de Leah al lado del poste de madera de la terraza. Cuando Oliver la encontró en la cocina, la abrazó con fuerza a pesar de llevar el bañador mojado y de que Leah no dejaba de quejarse. Se apartó de ella y, sujetándola por los hombros, la observó despacio.
—Tienes buen aspecto.
A Leah se le escapó una sonrisa.
—Tú no. Deberías afeitarte.
—Enana, te he echado de menos.
Volvió a abrazarla y, cuando nuestras miradas se cruzaron mientras él la sujetaba contra su pecho, vi la gratitud reflejada en sus ojos; porque él sabía…, los dos sabíamos que ella estaba mejor, un poco más despierta.
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