Traicionada

Morgan Rice · Capítulo 9 de 25

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Traicionada

Nueve

Dos guardias vampiros descomunales escoltaban a Samantha por el corredor de piedra. Caminaban cerca de ella, pero ninguno se atrevía a agarrar su brazo. Ella era un guerrero de rango superior - ellos nunca podrían cruzar tal línea de irreverencia. A pesar de su tamaño, a pesar del hecho de que eran hombres, se trataba de un guerrero mucho más poderoso que ambos- y ellos lo sabían.

La llevaron más y más abajo, a la profundidad de las entrañas de su cofradía, hacia la cámara donde estaba Sam. Descendieron otro tramo de escalones de piedra, sus botas de cuero duro creaban un eco en las paredes.

A medida que avanzaban, se tornaba más y más oscuro, alguna antorcha aquí y allá iluminaba los pasillos abovedados.

Mientras tanto, Samantha estaba furiosa. Quería matar a estos dos guardias allí mismo pero todavía no podía. Necesitaba que la llevaran a donde quiera que escondieran a Sam. Tenía que rescatarlo.

Qué estúpido era Kyle. ¿De verdad creía que a ella le importaba tanto su propia vida, su propio honor, para traer a Sam y matarlo delante de todos?

Seguramente creía que era un peón como los demás. Él tenía mucho que aprender. Ella era diferente. Muy diferente. Ella no había sobrevivido durante miles de años rindiéndose a otros. Había hecho lo que quería, cuando quería. Y, a veces, necesitó tener mucha audacia.

Dieron vuelta en otro corredor, éste era más profundo y más oscuro que el resto. Las cámaras debajo de su cofradía en el Ayuntamiento eran interminables. Cualquiera podría perderse durante años dando vueltas. Se convirtió en un lugar muy propicio para encerrar a los prisioneros. De hecho, se decía que todavía había vampiros legendarios en cautiverio allí, algunos habían estado aquí por miles de años. Pocos conocían realmente lo más profundo, o hasta donde llegaban estas cámaras, o la historia de mil años de los vampiros oculta entre sus paredes.

Finalmente, se detuvieron ante una puerta arqueada de madera. Un guardia la agarró por el brazo, mientras con la otra buscó en su bolsillo y sacó un enorme anillo de llaves maestras. Insertó una y la volvió.

Tan pronto como Samantha oyó el clic, tan pronto como vio que la puerta empezaba a moverse, sabía que el momento había llegado.

En un movimiento rápido y determinante, giró su brazo, sacando la mano que la agarraba, y luego giró y arrojó el talón de su mano directamente a la garganta del guardia.

Fue un golpe perfecto.

Él cayó de rodillas, con los ojos completamente abiertos, mientras se palpaba la garganta con ambas manos. Trataba de abrir un canal para la circulación del aire. Pero él no podría hacerlo. 3000 años le habían enseñado a Samantha cómo lanzar una zancadilla perfecta a la garganta, con sólo la fuerza necesaria para hacer caer de rodillas al hombre más grande.

En cuestión de segundos, como lo había previsto, el gran hombre se desplomó de lado, su cabeza golpeó contra la piedra y se desmayó. Era un vampiro por lo que el golpe no lo mataría totalmente. Pero lo inmovilizaría por un muy pero muy largo tiempo.

Antes de que pudiera volverse, sintió dos enormes brazos musculosos que la agarraban por la garganta, buscaban estrangularla. Era el otro. Él fue más rápido de lo que hubiera imaginado. La agarraba con fuerza y la apretaba.

Pero no era tan ágil como ella. Ella podía sentir que él era fuerte, pero le faltaba elegancia. Un vampiro joven, sin la mitad de su experiencia. Por esa razón, probablemente, lo habían asignado al servicio de guardia.

Ella se dejó caer de rodillas, se hizo a un lado, pasó la pierna por detrás de él, y cuando ella se puso de pie, él se fue volando hacia atrás, ella usó su enorme peso como ventaja contra él. Él voló por encima de su hombro, cayendo de espaldas sobre la piedra. Ella notó que lo había dejado sin aliento y, antes de que pudiera levantarse, tenía su pie sobre su garganta y la aplastaba con el tacón de su bota. Mantuvo el pie allí, empujando y apretando, cada vez más fuerte, hasta que, finalmente, él dejó de luchar y también se desmayó.

Samantha se volvió hacia la puerta. Miró a ambos lados del pasillo, vio que nadie se acercaba y rápidamente entró, cerrando la puerta con cerrojo.

Pronto llegarían más guardias, lo sabía. Pero, por ahora, tenía tiempo.

Allí estaba él. Sam. Ver su rostro hacía que todo valiera la pena. Estaba encadenado contra la pared del fondo. Pobre muchacho: probablemente había sido encadenado más veces en los últimos días que en toda su vida.

Se veía muy pálido, incluso para un humano y no se veía bien.

Más que nada, se veía asustado. Sus ojos se abrieron enormemente al verla, y luchó para zafarse de sus cadenas, trataba de hablar pero la mordaza en la boca se lo impedía.

Samantha corrió hacia él y le quitó la mordaza. Inmediatamente, comenzó a hablar.

" Samantha, ¿¡qué diablos está pasando!?", preguntó apresuradamente.

"¿Esto es real? ¿Eran esas personas realmente los vampiros? ¿Eres un vampiro? ¿Vas a matarme? Dime que estoy soñando."

Antes de quitarles las cadenas, Samantha tomó las mejillas de Sam con ambas manos, se inclinó y le dio un beso. Fue un largo beso. Al principio, él se resistió, asustado, pero luego ella sintió cómo se rendía y la besaba.

Cuanto más se besaban, ella podía sentirlo. Él todavía la amaba.

Eso era todo lo que necesitaba saber. Había tomado su decisión.

"Samantha, por favor ", dijo Sam. "Quítame las cadenas. Sácame de aquí.

Quiero estar contigo. Quiero salir de aquí. Por favor-"

" Shhh, "ella lo instó, levantando un dedo. "No hay tiempo para explicaciones. Yo también quiero estar contigo. Y no tenemos muchas opciones. No hay manera de salir de aquí. Todas las salidas están bloqueadas. Hay miles de nuevos vampiros aquí y ahora y no hay manera de salir. Tenemos que ir llevándola, al menos por ahora. "

¿Ir llevándola? ¿De qué estás hablando?"

"Sam", dijo ella, acariciando su rostro, "Te amo. Necesito saber si sientes lo mismo."

Sam la miró directamente a los ojos, con una mezcla de miedo y sorpresa.

"Yo también te amo", dijo . "Iré a cualquier lado contigo. Sólo tienes que sacarme de aquí. Por favor. No me importa si eres un vampiro o lo que sea.

Sólo quiero estar contigo."

Samantha sonrió. Sintió cómo su corazón se hinchaba con una emoción que no había sentido en miles de años. Él sentía lo mismo que ella.

"Está bien," dijo ella, "entonces tienes que confiar en mí. No hay de otra manera. No podemos escapar. Si te llevo ahí arriba, así, él te matará. Quiero salvarte. Pero sólo hay una manera."

"¿Qué quieres decir?", preguntó. "¿Quién va a matarme? ¿Por qué?"

"Sam", dijo con urgencia, "no tenemos tiempo. Sólo tienes que confiar en mí. ¿Quieres estar conmigo para siempre? Por favor, piénsalo. No es tan solo una pregunta. Es una pregunta en serio."

Ella lo miró directamente a los ojos, los ojos verdes de Sam se reflejaban en sus ojos azules. Él parecía no tener palabras.

Le preguntó una vez más, lentamente, con toda la seriedad que pudo:

"¿Quieres estar conmigo para siempre?"

Finalmente. él se calmó, respiró más lentamente y la miró directamente a los ojos. Se dio cuenta que le estaba preguntando realmente.

"Sí," respondió, con seguridad, y con la misma seriedad que ella había mostrado. "Quiero estar contigo para siempre."

Ella sonrió.

"Quizás te enojes en un principio, pero quiero que sepas que no hay otra opción. Sin esto, no vivirías. De ningún modo. Nunca podríamos volvernos a ver. Estoy haciendo esto por ti. Por nosotros. Creo que tienes un poder que ninguno de nosotros tiene y eso es lo que va a salvarte."

Samantha se echó hacia atrás y dejó que el deseo fluyera a través de ella. Se inundó con el olor de su piel, respiró profundamente mientras sus colmillos se alargaban exageradamente.

Podía ver cómo los ojos del muchacho se abrieron con miedo, cuando de repente se dio cuenta lo que ella estaba a punto de hacer.

Abrió la boca para hablar, pero ya era demasiado tarde. Ella no podía permitirle que arruinase el momento.

Ella lo deseaba.

Para siempre.

Y antes de que Sam pudiera gritar, Samantha ya había hincado sus colmillos con toda su fuerza. Sintió el delicioso, sabor salado, exquisito, mientras hundía sus colmillos profundamente en la garganta del muchacho, bebiendo como nunca lo había hecho antes.

Sí. Ahora la eternidad podría ser suya.

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