Traicionada

Morgan Rice · Capítulo 11 de 25

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Traicionada

Once

Caleb voló sobre el cielo nocturno de Manhattan, Sera lo seguía de cerca, mientras él se lanzaba hacia bajo y volaba sobre el Bronx, pudo ver con su vista de vampiro los detalles de lo que ocurría en las calles. Era el caos. Los humanos luchaban contra los humanos, las tiendas eran saqueadas, los coches se amontonaban en las calles. Parecía como si se hubiera desatado una guerra.

Peor aún, Caleb vio vampiros de la cofradía de la Marea Negra en las calles atacando a los humanos. Los humanos huían de los vampiros, de los humanos infectados con la peste bubónica, y de la policía cuando aparecía.

Nadie sabía quién estaba atacando a quien, era evidente. Y también era evidente que los vencedores eran los vampiros. En frenesí, por todas partes, se alimentaban de los humanos. La sangre corría por las calles.

El corazón de Caleb se hundió. Sintió lástima por los humanos y le enfurecía de que las demás cofradías de vampiros actuaran con tanta impunidad, sobre todo en el barrio de su cofradía.

Claramente, todo había sido orquestado. Seguramente, Kyle había regresado con la Espada a su cofradía, y ahora todos creían que eran invencibles.

Sólo sería cuestión de tiempo para que atacaran la cofradía de Caleb. Y para entonces, Caleb lo sabía, sería demasiado tarde.

Caleb voló sobre las murallas de los claustros y aterrizó en su amplio patio exterior, Sera lo hizo un par de metros detrás de él. Ella seguía allí, como siempre pisándole los talones. No parecía capaz de deshacerse de ella. Lo había seguido todo el camino desde Pollepel Island. Sabía que lo haría. Pero eso no significaba que tuviera que darle entrada.

Ella había ido a Pollepel con la misión de llevarlo de regreso y ahora aquí estaba; ella debió imaginar que regresaba victoriosa. Pero él no iba a permitirle que se apropiara de la victoria. Había decidido regresar por su propia voluntad, por sus propias razones. Lo que Sera no lograba ver, lo que nunca lograba ver, era que su regreso no tenía absolutamente nada que ver con ella.

Caleb cruzó el patio de piedra a un lado de decenas de guardias de vampiros, quienes se cuadraron mientras caminaba junto a ellos. Nunca

antes, Caleb había visto tal despliegue de fuerza; su cofradía debía estar verdaderamente en guardia. Por lo general, sólo había dos guardias; ahora, con una rápida mirada, contó al menos 50. Todos los soldados estaban todos armados y todos observaban el cielo nocturno.

Caleb estaba seguro de que si no lo hubieran reconocido, lo habrían atacado incluso antes de haber alcanzado el suelo.

"¿No vas a esperarme? " preguntó Sera, marchando a su lado y la gran puerta arqueada se abría para ellos.

Caleb la ignoró y continuó su marcha -hasta que sintió su mano fría, helada en su brazo, los dedos de Sera se clavaban en su carne. Ella lo detuvo y lo volvió para obligarlo a mirarla.

"No voy a permitir que me faltes el respeto delante de nuestra gente", le espetó en voz baja. "Vamos a entrar juntos. Todavía somos una pareja."

"No somos una pareja," Caleb replicó. "No sé cuántas veces tengo que decírtelo."

"Solo porque creas que no lo somos, no significa que no lo seamos, " Sera replicó con similar determinación. "Te casaste conmigo hace 600 años. No hay divorcios en el mundo de los vampiros. Nuestra separación nunca fue formalizada."

"No necesito que se formalice", dijo Caleb. "Nuestro matrimonio fue un error. Fue hace 600 años. Necesitas dejarlo ir. No necesito que un órgano rector me diga que se me permite separarme."

"Oh, pero lo necesitas, "dijo Sera. "Sin su sanción, estarás violando nuestras leyes. Estarás sujeto a castigo y siempre lo estarás."

Caleb se rió en tono de burla. "Estás delirando, ¿no es así ? ¿De verdad crees que temo el castigo de ellos o de otros? Nunca he vivido mi vida con miedo a la autoridad."

Ella se acercó a él para que no pudieran escuchar los soldados que ahora los estaban mirando.

Y le susurró: "Yo puedo decirles aun más. Puedo decirles acerca de ti y de ese humano. Caitlin. Violaste nuestro derecho sagrado al dormir con ella.

Tú sabes cual es el castigo."

Caleb le devolvió una mirada fría envuelta en rabia.

"Y más," dijo, "aún más, puedo decirles que la convertiste. Nadie te autorizó a hacerlo, tampoco. Y eso es algo que nunca aceptarían. Te matarían por eso, ya lo sabes."

Caleb apretó su mandíbula.

"Entonces diles", dijo con desinterés.

Ella le devolvió la mirada, era fría y dura. Él sabía que ella nunca lo diría.

Si llegaran a matar a Caleb, quedaría sin nadie con quien obsesionarse. Lo necesitaba con vida. Por mucho que lo quisiera chantajear, eran amenazas vacías.

E incluso si se los dijera, realmente, verdaderamente no le importaba.

Estaba harto de tener que responder a las organizaciones de vampiros.

Ahora viviría su vida como él lo deseaba. La seguridad de su cofradía no significaba tanto para él ahora como antes. No estaba allí para rogar por su perdón. Estaba allí para advertirles, para salvarlos. Si ellos no querían su ayuda, estaría más que feliz de irse de ese lugar para siempre.

Desesperadamente, ya echaba de menos a Caitlin. Podía sentirla, como algo tangible en su pecho. Odiaba estar lejos de ella. Y odiaba aún más que cuando estaba lejos de ella, tenía a Sera aferrada a su lado, esta mujer desquiciada que simplemente se negaba a aceptar la realidad.

Caleb se volvió y entró por la puerta al patio interior de piedra, Sera estaba a su lado. Ella no estaba dispuesta a renunciar. Los dos se pavonearon por el pasillo arqueado de piedra, ella fingiendo ante todo el mundo que eran una pareja.

Caminaron por otro corredor, dieron vuelta en un pequeño arco de piedra y llegaron a un amplio descanso antes de descender por una escalera. Allí, esperando para darles la bienvenida, estaba Samuel. El hermano de Caleb.

Samuel estaba flanqueado por una docena de soldados de vampiros y su rostro estaba sombrío.

Cuando Caleb se detuvo frente él, sus ojos se encontraron. Eran tan cercanos como los hermanos podrían serlo, sin embargo, nunca lo mostraban. No se abrazaban, ni siquiera se daban la mano. Se quedaron a pocos metros de distancia, mirándose el uno al otro, cada uno asíntiendo al otro con una mirada de reconocimiento y respeto mutuos.

"Caleb", dijo Samuel rotundamente.

"Samuel", respondió Caleb.

"Has regresado con nosotros", dijo Samuel. "Eso es bueno. Te necesitamos."

"Tengo mucho para informar al consejo, "dijo Caleb. "Sólo espero que estén dispuestos a escuchar."

Samuel asintió muy ligeramente. "Yo también", dijo.

Los hombres de Samuel se separaron para acompañar a Caleb y Sera, y mientras los dos caminaban por la escalera de caracol, los hombres de Samuel se alinearon detrás de ellos. Toda la comitiva se dirigió a la planta baja de los claustros, atravesó una sala de sarcófagos, hasta que por fin llegó a la escalera circular acordonada.

Los dos guardias de pie detrás de la escalera se hicieron a un lado, retiraron la cuerda, y abrieron la puerta de madera. Caleb entró seguido por el grupo, y pronto todos bajaron más y más hacia las profundidades de los claustros.

Entraron a una enorme sala subterránea, de cientos de metros a lo largo, ancho y alto. A diferencia de otras veces que había estado aquí, la habitación estaba repleta de vampiros de su cofradía. Caleb nunca la había visto tan llena de vampiros. Por lo general, no había más que unas pocas docenas de vampiros holgazaneando. Ahora parecía haber al menos 1.000

de sus miembros de cofradía, vampiros que no había visto en siglos, llenaban la habitación, agitados, caminaban de uno a otro lado y hablaban entre sí en un tono áspero.

Cuando Caleb y su séquito entraron, poco a poco el caos fue centrándose en ellos. La sala se calmó lentamente. Se hizo un profundo silencio expectante.

Sabían a donde se dirigía Caleb. En el otro extremo de la habitación, había una tarima elevada, donde estaba sentado el Gran Consejo, un panel de siete jueces. Los líderes de su cofradía. Por lo general, el Consejo se reunía en una sala lateral, pero en noches como ésta, cuando había una crisis sin precedentes, se reunían en la gran sala.

Como Caleb lo había sospechado, allí estaban sentados, mirándolo con dureza. Caleb no podía recordar ni una sola vez en miles de años que su expresión no fuera otra que condenatoria. Sospechaba que esta noche sería la peor.

Estos hombres eran de la vieja guardia y, por siglos, Caleb había sentido que ya no eran los hombres adecuados para liderar su cofradía. Sus juicios eran arcaicos, de otra época. Eran demasiado rígidos, demasiado inflexibles.

Por supuesto, ellos sostenían que su rigidez era precisamente lo que había mantenido con vida a su cofradía durante tantos miles de años. Pero, en los últimos tiempos, Caleb estaba sintiendo todo lo contrario. Su actitud rígida, él creía, en estos tiempos de rápidos cambios, en realidad estaba poniendo su cofradía en peligro.

Caleb ya sospechaba lo que dirían en respuesta a su informe. No iniciar ninguna acción. Esperar. No involucrarse. Su método estándar de acción.

Siempre conservador, seguro, lento. Siempre en contra el cambio.

Estarían especialmente molestos con él esta vez porque les había demostrado que estaban equivocados. Semanas atrás, Caleb había insistido en que la Espada existía y que él podría conducirlos a ella. Ellos lo habían callado, habían insistido en que tal espada era una fábula, un cuento para niños. Ahora, claro, él tenía razón. Probablemente ésta era la razón por estos miles de vampiros callaron al verlo, con tanto respeto. Y, probablemente, por esa misma razón estos jueces parecían aún más duros de lo habitual.

Nadie se movía en la habitación cuando Caleb se detuvo ante el panel, a sólo unos diez pies. Ellos miraron hacia abajo en silencio.

Caleb sabía que debía inclinarse en reverencia. Pero algo en su interior simplemente no quiso hacerlo. No le debía nada a esta gente. Ellos lo habían echado y él no estaba allí para pedirles nada. Estaba allí para salvarlos. Se lo mereciese o no.

Sus expresiones se endurecieron.

"Caleb de la Cofradía Blanca, comenzó el juez principal en el centro del panel. "Te convocamos para que nos des un informe. Pero, primero, debe responder por tus crímenes del pasado . Violaste la ley al partir sin permiso.

¿Qué tienes que decir en tu defensa?"

Caleb le devolvió la mirada con insolencia.

" He vuelto aquí, esta noche, para prevenirlos y para salvarlos. No para pedir perdón", espetó.

La multitud estalló en un grito ahogado de asombro. Nunca nadie había hablado a los jueces así.

"¡SILENCIO!", gritó un administrador, golpeando el suelo de piedra con su vara de hierro. Finalmente, el cuarto se calmó.

"¿En serio?", dijo uno de los jueces. "¿Y para salvarnos de qué, exactamente? "

"¿No han visto lo que está pasando afuera de sus puertas", preguntó Caleb.

"¿No han visto la guerra que se está extendiendo por Manhattan?"

" Lo hemos visto. No eres el único con capacidad de observación. Y, ¿por qué deberíamos preocuparnos?"

"¿Preocuparlos?", preguntó Caleb, estupefacto. ¿Estas personas realmente se han convertirdo en seres tan complacientes, tan indiferentes? ¿Tanto habían endurecido sus corazones hacia la raza humana?

"Si crees que esta guerra se limitará a los humanos, están en un grave error", continuó Caleb. "Esa guerra fue iniciada por la Cofradía de la Marea Negra. Después de acabar con los humanos, les aseguro que van a dirigir su atención hacia nosotros y hacia todos nuestros hermanos y hermanas de las cofradías de todo Manhattan - si no del país. Es el inicio de una guerra a gran escala."

"O simplemente están tratando de incitarnos", espetó otro juez. "Quizás que reaccionar a esta crisis es exactamente lo que quieren. Quieren que dejemos nuestra fortaleza. En el exterior, vamos a ser más vulnerables a los ataques. Dejar estas paredes sería la cosa más tonta que pudiéramos hacer."

Caleb sacudió la cabeza lleno de asombro. No podía creer cuan ignorante era este vampiro. Habían estado protegidos allí abajo por demasiado tiempo.

"Está equivocado, " dijo Caleb.

Una vez más, la sala estalló en un grito de asombro y el administrador tuvo que golpear su bastón en varias ocasiones.

"Esta no es una guerra de mentira", continuó Caleb. "No es ningún truco.

No es una treta para incitarnos a salir. Es muy real. Cuando haya terminado, todos los seres humanos en esta isla habrán muerto. Y la cofradía de la Marea Negra y todos sus hermanos y hermanas se habrán saciado de sangre, estarán más fuertes que nunca. Se los aseguro, cuando estén listos, concentrarán todas sus fuerzas contra nuestra cofradía. Al esperar aquí, dejándolos crecer, ustedes -todos nosotros- nos convertimos en un blanco.

Y si esperan demasiado tiempo, será demasiado tarde.

"Lo que es más, tienen un arma secreta en su poder", añadió Caleb, preparándose para la reacción. "Ahora tienen la Espada."

La sala estalló en un murmullo caótica. No importa lo mucho que los administradores gritaron para pedir silencio y pegaron con su bastón, no podían conseguir que se callara. Duró varios minutos.

"¡La he visto! " Caleb gritó a la multitud que lentamene se calmó. "La he visto con mis propios ojos. Sí existe. No es una fábula. Ustedes está equivocado. Es muy real. Y está ahora en poder de la Cofradía de la Marea Negra. Es un arma con más poder del que hemos visto jamás y, sin duda, acabará con nosotros. Hace que la inmortalidad sea una cosa del pasado."

"Dices que la has visto", dijo otro juez." Si es así, ¿por qué no la tienes?

¿Por qué no la trajiste de regreso?"

Era una pregunta que Caleb había estado esperando y que lo avergonzaba.

"Porque fracasé", dijo simplemente. "Me emboscaron y me superaron en número y se me fue de las manos. Se trata de una acción de la que asumo toda la responsabilidad.

"Y por eso he venido aquí para prevenirlos. Ellos tienen la Espada. Han iniciado esta guerra. Se extenderá a nosotros. Y tenemos que actuar ya.

"Propongo que enviemos nuestras legiones a atacarlos antes de que sean más numerosos. Si concentramos toda nuestra fuerza en ellos, si los tomamos por sorpresa, podríamos contenerlos en el centro y recuperar la Espada. La velocidad y la sorpresa son la clave. Con mucho gusto iré primero para ponerme en la línea del frente."

Otro rumor se extendió por toda la habitación mientras los jueces se miraban entre sí, los habían tomado por sorpresa, e intercambiaron palabras.

Esto se prolongó durante bastante tiempo.

Por último, el juez central se aclaró la garganta y los administradores golpearon sus bastones, callando a los demás en la habitación.

"Tienes razón en una cosa, Caleb," comenzaron los jueces. "De hecho, has fracasado. Nos has desafiado en todo, y si lo que dices de la Espada es cierto, tú y sólo tú eres el culpable de haberla dejado ir. Lejos de venir a rescatarnos, traes nada más que daño y peligro a su cofradía y a tu gente.

Deberías estar avergonzado.

"Y qué insolencia de tu parte pensar que podrías rescatarnos. Eres tan sólo un vampiro. Hemos vivido colectivamente durante miles de años. No necesitamos tu ayuda, no importa lo que puedas pensar. Esta es nuestra fortaleza, y siempre lo ha sido. Aquí tenemos todas las armas para protegernos de cualquier ataque. Aquí estamos fuertes en número. Afuera, seremos despedazados y perderemos nuestra fuerza.

"No, el mejor curso de acción es quedarnos aquí y pelear la guerra aquí, si es que la habrá. Y ni siquiera lo creemos. Esto seguramente pasará al olvido, como siempre sucede."

"Y entonces, ¿qué pasará con los humanos?", preguntó Caleb. "¿Vas a dejar que todos sean sacrificados? ¿Acaso no tenemos la responsabilidad de salvarlos?"

"Nuestra responsabilidad es con nosotros, con nuestra cofradía. Rescatamos a los humanos cuando es conveniente para nosotros. Ahora no lo es.

Podemos dejarlos morir. Siempre hay más de ellos en camino. Pero nosotros - somos una raza especial."

"Qué conveniente", dijo Caleb. "Proteger únicamente a los seres humanos cuando es conveniente para ustedes. Eso no suena como el credo de un guerrero."

El juez frunció el ceño de nuevo.

"Se levanta la sesión. La última vez que nos reunimos, te sentenciamos a 50

años de reclusión. Esta vez, tu castigo es el destierro. Ya no eres miembro de esta cofradía. Tu rostro no será reconocido. Nunca más serás bienvenido y, si vienes, se te matará en el acto. Reúne tus pertenencias y vete de aquí."

No bien terminó, el administrador golpeó su bastón y la sala estalló en un caos.

*

Rápidamente, Caleb se alejó de la gran sala, y regresó al corredor.

Siguió por el pasillo a la escalera subiendo de a dos escalones a la vez.

Tenía que alejarse de todo esto, de todas las políticas internas que despreciaba. Todos estos pronunciamientos, juicios, retrasos de los jueces..

también era la vieja escuela que se resistía al cambio. Tan predecible. No podía soportarlo.

Se alegró de que lo hubieran desterrado formalmente. Al menos, ahora era oficial. En su corazón, sabía que éste ya no era un lugar para él. El único verdadero apego que tenía era su hermano. Y los recuerdos.

Caleb salía de la escalera de caracol hacia el nivel inferior de los claustros, cuando sintió una mano fuerte que le tomaba el hombro. Se dio vuelta.

Samuel lo miraba con la preocupación grabada en su frente, había decenas de soldados detrás de él.

"¿A dónde vas?", Preguntó Samuel.

Caleb no tenía clara la respuesta ni siquiera para sí mismo. Todo lo que sabía era que se iba lejos de allí. Sabía que no podía mantenerse al margen y dejar morir a todos esos humanos. Y sabía que tenía que atacar a la Cofradía de la Marea Negra y tratar de conseguir la Espada. Si tenía que atacarlos por si solo, lo haría. Sabía que era un suicidio pero tenía que intentarlo.

"A buscar la Espada", respondió Caleb.

"¿Tú solo?"

"¿Qué otra opción tengo? Me la robaron a mí. Me veo en la obligación. Por otra parte, no puedo dejar morir a todos estos humanos. No puedo

aceptarlo."

Samuel asintió. "Veo que algunas cosas nunca cambian. Eres atrevido. Y

valiente."

Caleb se permitió una pequeña sonrisa. "Está en la familia, hermano mío."

"Yo tampoco estoy satisfecho con el Consejo", dijo Samuel. "Estoy de acuerdo contigo. Debemos entrar a la guerra ahora. No podemos esperar.

Como dijiste, su ejército crecerá aun más. Sentados aquí, sólo nos debilitaremos."

Caleb miró a su hermano.

" Yo estoy contigo", dijo Samuel. "Como lo están mis hombres."

Samuel extendió el brazo y Caleb se lo tomó, los dos juntaron sus antebrazos.

Como lo habían hecho durante miles de años, Caleb y Samuel se dirigirían juntos a la batalla. Eso era todo lo que Caleb necesitaba oír. Ahora, se sentía como si pudiera guerrear contra las legiones del mundo, y si moría, al menos moriría con su hermano a su lado.

"Debemos llevar las armas", dijo Samuel. "Las armas sagradas."

Caleb lo miró por un segundo y entonces recordó. Por supuesto.

Se dieron media vuelta y caminaron por el corredor hacia la pequeña sala de los tesoros en los Claustros. Se detuvieron frente a una vitrina vertical en cuyo interior había un bastón de marfil de cuatro pies con un tallado elaborado, una cabeza circular redonda y grabados misteriosos por todas partes.

Samuel se acercó y tomó suavemente con las dos manos la pesada caja de cristal y la retiró. Ahora podían ver todo con mayor claridad: el bastón de marfil, el báculo pastoral, una de las mejores armas de su cofradía. Había estado en su custodia desde hacía miles de años y estaban reservados para una guerra grandiosa.

"¿Podemos tomarlo? "

"Es tuya", dijo Samuel. "Te la ganaste en la batalla. Ningún miembro de esta cofradía tiene el derecho a ella como tú. Adelante."

Caleb extendió la mano y lentamente agarró el bastón. Una carga de electricidad corrió por su cuerpo cuando lo apretó. Cerró los ojos y respiró profundamente, recordando miles de años atrás. Era un arma de maravilla.

No igualaba a la Espada mágica que habían encontrado en la Capilla del Rey, pero de todos modos era formidable. Aún podría mutilar a la mayoría de los vampiros, sobre todo a aquellos con una inclinación al mal.

Caleb tomó el bastón con ambas manos y lo sostuvo cerca de si para examinarlo.

Mientras lo hacía, Samuel metió la mano y sacó el gran manto azul que colgaba a un lado. El manto de poder había sido un escudo que había pertenecido a su especie por miles de años. Con él, un vampiro era casi invencible. Y siempre debía ser usado por la persona que esgrimía el bastón.

Samuel puso la capa sobre los hombros de Caleb. Caleb sintió una carga de energía por su cuerpo cuando la tela lo abrazó con firmeza. Con la capa y el bastón en la mano, Caleb se sintió invencible y listo para la batalla.

"¿Y tú?" Caleb le preguntó a su hermano.

Caleb pensó en todas las armas increíbles que habían escondido en los claustros. Las espadas, los bastones, los escudos, las capas- era un arsenal.

Se preguntó qué arma elegiría Samuel.

Samuel dio unos pocos pasos hacia el centro de la habitación y sacó una pequeña caja de vidrio.

Por supuesto. Siempre había sido la favorita de Samuel.

La mano relicario. Una gran guante, hecho completamente de oro, con dos de sus dedos extendidos, se trataba de un arma increíble. Podía usarse como arma y como escudo y daba un poder increíble al vampiro que la portaba.

Samuel lo extrajo y se lo puso en su mano derecha. Ya se veía formidable.

"¿Y qué de nosotros? " de pronto gritó una voz.

De la nada, se acercó Sera marchando entre ellos y con su ceño fruncido a Caleb.

"¿Te has olvidado de nosotros?" le gritó, furiosa, a Caleb. "Tú no vas a ninguna parte. Te quedarás aquí, sano y salvo conmigo. La decisión del consejo no significa nada en estos tiempos de guerra. Puedes quedarte aquí seguro, tú y yo juntos. Tú no vas a la guerra, y tampoco irás tú", dijo mirando a Samuel. "Los dos son unos tontos imprudentes. Sin duda, ambos van a morir. Sobre todo si existe la Espada. Sus armas son poderosas, pero no son nada al lado de la Espada."

"Ésa es una decisión que Caleb debe tomar", dijo Samuel.

"¡Error! " Sera chilló. "¡Caleb es mío!"

No podía discutir con Sera, Samuel se limitó a mirar a Caleb.

"Danos un minuto", dijo Caleb a Samuel mientras tomaba a Sera por el brazo y la conducía fuera de la habitación.

"Apúrate", dijo Samuel. "No tenemos mucho tiempo."

*

Desde antes de entrar a la sala lateral, Sera ya lo estaba enrollando, gritando.

"Tú sabes que no tienes posibilidades de ganar", gritó Sera. "Te estás haciendo el tonto. Y arrastrarás a tu hermano. Ustedes dos, siempre tan tontos. Sin duda, ambos va a morir esta vez."

"Ésa es nuestra decisión", dijo Caleb.

"No, no lo es! " Gritó Sera. "Tú me perteneces también."

"Yo no pertenezco", espetó Caleb. "¡Yo no le pertenezco a nadie! Y menos a ti."

"Podemos salir de este lugar", dijo Sera." Sólo tú y yo juntos. Podemos empezar juntos nuestro futuro. Este momento es nuestro. Podemos volver a ese castillo en Europa. Podemos tratar de tener otro hijo."

"Sera" Caleb espetó. No tenía paciencia para esto. "Escucha lo que estás diciendo. Lo que dices no tiene ningún sentido. Te he dicho infinidad de veces que ya no te amo."

"Tú me amaste una vez. Puedes aprender a amarme nuevamente", dijo ella con igual determinación. "Vamos a estar juntos. Eso es todo lo que importa.

Con el tiempo, tus sentimientos pueden cambiar."

Caleb había escuchado demasiado. No la toleraba más. Cientos de años de estar en esta cofradía la había desquiciado. No podía razonar con ella.

Él se dio la vuelta y salió de la habitación.

Pero ella usó su velocidad vampírica para bloquearle el paso. Se quedó allí, bloqueando su salida. Su cara se veía distorsionada por la rabia y el miedo.

"¡No puedes dejarme! " Sera gritó.

"Te dejo", dijo Caleb. "Dejo todo esta cofradía. Para siempre."

"¿Ppr qué? ¿Por tu pequeña batalla? ¿Para luego huir con tu pequeña puta?"

Caleb podía sentir cómo lo enfurecían sus palabras.

"Eso es todo, ¿no es así?", gritó ella. "Estás dispuesto a renunciar a todo, a sacrificarlo todo, incluso nuestro amor, por esa niña estúpida. Bueno, te lo voy a decir," ella dijo, de repente sonriendo con crueldad, "tu chica no te estará esperando. Puedes darlo por seguro."

"¿Qué estás queriendo decir?"

Sera hizo una pausa, sonreía disfrutando el momento.

"Le dije."

La mente de Caleb daba vueltas mientras trataba de averiguar lo que podría haberle dicho a Caitlin. Sabía que lo que fuera, no podía ser nada bueno.

"¿Qué fue exactamente lo que le dijiste?" preguntó Caleb, lentamente, pronunciando cada palabra.

La sonrisa de Sera se hizo aun más grande, más maliciosa. "Le conté todo acerca de nosotros. Todo."

Caleb pensó. Todo. Eso sólo podía significar una cosa.

"Le contaste de Jade, ¿no es así?" preguntó Caleb, temiendo que lo hubiera hecho y sabiendo por su mirada que le había contado a Caitlin acerca de su hijo.

La sonrisa de Sera se llenó de venganza . "Sí. Ella sabe que tenemos un hijo. Y ella sabe que me amas más a mí. Y que siempre lo harás."

"¿Tenemos?", preguntó Caleb. "Le dijiste que tenemos un hijo? ¿O

tuvimos?"

Sera no respondió, sólo sonrió más ampliamente. Caleb la tomó de los hombros.

"¡La engañaste!", Gritó."¡La engañaste a propósito!"

"Oh, Caleb," dijo Sera, negando con la cabeza, "eres tan ingenuo. ¿Quién en este mundo no ha engañado a otro? ¿ Aun no sabes que todo el amor se basa en la mentira?"

Ella estaba más enferma de lo que creía.

Él sacudió la cabeza con disgusto y, antes de que pudiera hacer algo sin pensar, dio dos pasos por delante de ella y salió por la puerta.

"Así es," gritó la voz detrás de ella. "¡Ahora tú vas a escuchar! ¡Ahora tú no irás a ninguna parte!"

*

Caleb salió de la habitación con la capa sobre los hombros, el bastón en la mano, y se reunió con su hermano.

"Necesito solo un minuto más, hermano, dijo Caleb.

"¿Qué pasa?" preguntó Samuel.

"Tengo que arreglar algo", respondió Caleb.

Samuel asintió al notar la resolución de su hermano. "Pronto va a amanecer.

Date prisa."

Caleb caminó por el pasillo hacia una cámara lateral, golpeando y cerrando la puerta detrás de él.

Esta habitación había sido su estudio. Una habitación pequeña de piedra con techos abovedados, y vitrales. Siempre iba ahí a ordenar sus pensamientos.

Se sentó en el sencillo escritorio medieval de madera, sacó un pedazo de pergamino viejo y una pluma, la mojó en tinta, y comenzó a escribir.

Mi adorada Caitlin:

Temo por lo que Sera pudo haberte dicho, pero puedes darte por segura, fuera lo que fuera, que no era más que la mitad de la verdad.

Sí, hace mucho tiempo, Sera y yo tuvimos un hijo. Un niño. Se llamaba Jade. Yo lo quería mucho, muchísimo. Jade, como tú, era un mestizo porque cuando me casé con Sera, ella no era más que un humano. Jade, me desgarra decirlo, no vivió mucho tiempo.

Mi corazón está con Jade todos los días, pero me temo que sea sólo espiritualmente. Él no ha pisado esta Tierra por cientos de años.

Quise decirte de él a su debido tiempo, pero no encontré el mejor momento para compartir este recuerdo contigo. Supongo que creíste que te estaba ocultando algo sagrado, y en cierto modo, lo era, pero sólo por mi tristeza tan profunda. Y la inseguridad. Sabes, tenía miedo de perderte. Y al parecer, ya te he perdido.

Por favor, créeme, no hay nada entre Sera y yo, y no lo ha habido por cientos de años. Lamento profundamente si ella te dijo otra cosa Yo no la estaba besando, aunque lo pareciera: ella se empujó contra mí, y yo estaba solo alejándola.

Tienes que saber que te amo y lo mucho que pienso en ti, incluso en este momento. Espero que esta guerra termine pronto para empezar una nueva vida en algún lugar lejos de aquí, solo si tú está allí.

Por favor, tienes que saber que tienes mi corazón.

Mi más profundo afecto.

Caleb

Caleb dobló con cuidado el pergamino, una y otra vez, hasta hacer un pequeño cuadrado, apenas más grande que la palma de su mano. Luego se acercó a la ventana abierta, se llevó un dedo a la boca y silbó.

En cuestión de segundos, un enorme halcón se abalanzó y, cuando Caleb le ofreció el brazo, aterrizó perfectamente sobre su muñeca. Caleb se acercó y acarició la cabeza del halcón.

"Mi viejo amigo", dijo Caleb en voz baja.

El halcón sacudió su cabeza de nuevo hacia Caleb, lo reconoció.

"Entrega esto a Caitlin. Isla Pollepel. Tú sabes dónde está."

Caleb se metió el pequeño trozo de papel en un pequeño medallón alrededor del cuello de halcón, y la cerró con firmeza.

"¡Ya vete!" gritó Caleb, levantando el brazo.

El halcón voló por la ventana hacia el cielo nocturno.

De repente, se escuchó un estruendo en la puerta.

Caleb atravesó la habitación y abrió la uerta. Allí estaba Samuel con todos sus soldados.

Caleb cogió su bastón y caminó hacia ellos.

"Estoy listo", dijo.

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