Traicionada
Veintiuno
Caitlin se sentó sobre un parapeto ancho de piedra, mirando el agua, Rose estaba a su lado. Había encontrado esta pequeña ruina en una parte desierta de la isla, en la orilla, casi al nivel del agua. Sentía que aquí podía ordenar sus pensamientos en soledad, y necesitaba hacerlo desesperadamente. El cielo estaba iluminado con los tonos rosados de la puesta del sol, y Caitlin sentía como si estuviera sentada en el borde del mundo.
Su mente daba vueltas. Había tantas cosas en qué pensar, no sabía por donde comenzar.
Embarazada. Esa palabra había sacudido su mundo. Nunca había imaginado que pudiera ser posible — sólo habían pasado una o dos semanas desde que había pasado la noche con Caleb. Se sorprendió cuando Aiden le reveló que los embarazos en los vampiros ocurren mucho más rápidamente. No se necesitaban tres meses para saber. Sólo tomaba tres días. Y, dado que un vampiro no podía embarazar a otro vampiro, Aiden le explicó, esa noche que ella y Caleb habían estado juntos, Caitlin todavía era una mestiza.
Caitlin tragó saliva con miedo. ¿Qué clase de bebé sería? ¿Humano? ¿Un mestizo? ¿Un vampiro de verdad? Y ¿qué clase de madre sería ella? Apenas podía cuidar de sí misma, apenas si sabía quién era. Y ¿qué clase de padre sería Caleb? ¿Podría estar presente en vida del niño? ¿Aún estaría con vida para poder ver al niño? ¿O ella?
Estos pensamientos y más se arremolinaban en su mente. Pero peor aún, anulando todos estos pensamientos, la roía la sensación de que Caleb estaba en peligro. Las palabras de Aiden. No podía sacarlas de su mente.
Caleb en peligro... no hay manera de ayudarlo... tienes prohibido ir... ella nunca podría regresar...
Todos los huesos de su cuerpo le gritaban que fuera a salvar a Caleb —
especialmente después de leer su carta, después de conocer sus sentimientos más profundos y más verdaderos hacia ella. ¿Cómo podría decepcionarlo, especialmente después de todo que él había hecho por ella?
Pero, por otro lado, estaba abrumada por lo que tenía que sacrificar. Tendría que dejar este lugar, su nuevo hogar, su nueva familia, para siempre. Podría morir en el intento, según Aiden. Y eso significaba que con ella mataría a su bebé.
¿Debía sacrificar todo esto para tratar de salvarlo?
Por otra parte, ¿cómo podría no hacerlo?
Sentada ahí, mientras se ponía el sol y las lágrimas corrían por sus mejillas, Caitlin maldijo su mala suerte. Así siempre había sido su destino. Parecía que cada vez que encontraba algo que amaba — una escuela nueva, una casa nueva, un nuevo amigo — siempre se lo arrebataban. La vida le había dado grandes cosas, las suficientes para que ella se diera cuenta todo lo que las quería. Luego, se le movía el piso. El cambio parecía ser su única constante.
Lógicamente, sabía lo que tenía que hacer. Tenía que quedarse quieta. Por ella. Por el bebé. Por sus compañeros de cofradía. Por su raza. Por su destino.
Pero, emocionalmente, no podía dejar solo a Caleb.
Se quedó sentada allí durante horas, pensando y pensando.
Y, finalmente, su corazón ganó la batalla.
Iría con Caleb.
*
Parada en el medio de su pequeña habitación, Caitlin observó sus posesiones una última vez mientras acababa de vestirse con su traje para la batalla. Se lo habían dado durante el entrenamiento, y a ella le encantaba.
Era todo negro, y estaba hecho de un material que no podía nombrar ni reconocer, pero que era muy ligero y más fuerte que un chaleco antibalas.
El material se ajustaba a sus piernas, torso, brazos y cuello, y la cubría de pies a barbilla. Tenía botas negras que le hacían juego. Subió el cierre hasta la barbilla y se acomodó las mangas. Sintió que era invencible.
Observó su habitación una última vez, tomó su diario y sus pocas posesiones y luego salió hacia la ancha piedra de aterrizaje.
Miró hacia el cielo abierto, preparándose para dar el salto, su salto definitivo, cuando de repente escuchó un lloriqueo. Miró hacia abajo y Rose la miraba con ojos suplicantes. Parecía como si le estuviera rogando que no se fuera, como si supiera lo que le esperaba.
Caitlin se agachó frente a Rose y le acarició la cara. Rose la lamió mientras gemía.
"Está bien, Rose," dijo Caitlin. "Todo estará bien."
"¿No ibas a decirme adiós?" se escuchó una voz.
Sorprendida, Caitlin miró hacia arriba, y ahí venía Polly. Tenía lágrimas en los ojos.
"Lo siento", dijo Caitlin. "No sabía qué decir. Y no sabía cómo lo tomarías.
Polly asintió con la cabeza vuelta. "Me enteré por Aiden", dijo.
Caitlin abrió sus ojos. ¿"Aiden? Pero no le he dicho. ¿Cómo lo sabía — ?"
"Lo sabe todo", Polly le recordó.
Entonces... todo este tiempo él supo que me iba, pensó Caitlin. Se preguntó lo decepcionado que estaría con ella, y se sintió mal, como si lo hubiera desilusionado.
"Ya sabes, él habla en serio" dijo Polly. "Si te vas, no podrás regresar."
De repente, Caitlin sintió que iba a llorar. "Lo sé", dijo suavemente. "Pero tengo que ir. Espero que entienda."
Polly asintió, se acercó a Caitlín y le dio un abrazo. Caitlin la abrazó también y las dos lloraron sobre el hombros de la otra.
Finalmente, se separaron, "¿Los demás también saben?" Caitlin preguntó.
Polly asintió. "Es difícil que no se sepa. Una vibración así se propaga rápidamente. Todos te quieren. Será difícil para ellos."
Caitlin pensó en Blake. Se preguntó si sería difícil para él también.
"Sí, incluso para Blake," respondió Polly, leyendo su mente. "Se ha recluido en un extremo de la isla y nadie lo ha vuelto a ver."
Caitlin palpó el pequeño pedazo de cristal marino en su bolsillo, y se sintió mal. Se secó una lágrima de ños ojos. "¿Cuidarás a Rose?" preguntó ella, apenas capaz de reprimir sus lágrimas.
Rose se gemió aun más fuerte.
"Por supuesto, la cuidaré," respondió Polly.
Caitlin asintió. Respiraba profundamente, había tomado una decisión.
Dio un paso hacia adelante y con la mano sobre el hombro de Polly, la miró a los ojos. "Te quiero", dijo Caitlin. "Y amo este lugar. Con todo mi corazón."
Y, entonces, se volvió y, con un salto repentino estuvo en el aire; sus alas se separaron y se elevó más y más hacia la noche.
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