Un último asesinato
Capítulo 8
Hilger estaba sentado ante su mesa en su despacho situado en la planta ochenta y ocho del International Finance Center. El IFC Dos era uno de los edificios construidos recientemente en Hong Kong y el más alto, pues medía más de cuatrocientos metros de altura. Hilger reconocía que le gustaba este lugar. No sólo por las vistas, los servicios, la sensación de hallarse en la cima del mundo, aislado, todopoderoso, intocable. El edificio era una tapadera casi perfecta. El alquiler era tan impresionantemente caro que era inconcebible que un gobierno o una organización sin afán de lucro pudieran pagarlo. Lo cierto era que el Tío Sam no costeaba el alquiler del despacho de Hilger, ni ningún otro aspecto de su operativo. Hoy por hoy el Tío Sam le dejaba tranquilo, beneficiándose de sus excelentes servicios de inteligencia pero prefiriendo no averiguar cómo los conseguía. Lo cual satisfacía a Hilger.
La habitación estaba decorada con madera de roble natural y una alfombra de lana color crudo beréber. La mesa contenía unos pocos objetos: una lámpara halógena de níquel pulido Leonardo Marelli; un teléfono Bang & Olufsen Beocom 2500, con un circuito de seguridad telefónica instalado por la CIA; y un Macintosh de aluminio anodizado con una pantalla plana de treinta pulgadas y un teclado y un ratón inalámbricos. El aspecto general, que Hilger había puesto a prueba con éxito con numerosos clientes, era de solidez, eficacia, dinero, contactos. La vista de los rascacielos del distrito Central y de Victoria Harbor formaba parte de la impresión, y a Hilger le entusiasmaba. Esa noche, para minimizar los reflejos y realzar el espléndido paisaje urbano, Hilger tenía encendida sólo la lámpara de su mesa para iluminar la habitación. Contemplar el panorama serenaba su estado de ánimo, le ayudaba a resolver los problemas. Lo cual le venía de perilla, porque en esos momentos Hilger tenía que resolver varios asuntos.
No podía decirse que la situación fuera positiva, desde luego, pero aún podía solventarse. Sí, había perdido a dos hombres, pero no era la primera vez que ocurría y Hilger entendía que perder a unos hombres, o quizá su propia vida, formaba parte de cualquier misión. Lo importante era la misión, la operación. Ésta tenía que salir bien, y Hilger estaba empeñado en conseguirlo.
Hilger repasó la situación desde un principio. El objetivo: proteger la operación. Lo cual significaba: poner fin a la amenaza contra Manny, que constituía una parte crítica de la operación. ¿Cómo lograrlo? Muy sencillo. Descubriendo quién había ordenado el asesinato de Manny y quién había tratado de llevarlo a cabo, y luego, en la medida en que fuera posible, eliminando a ambos.
El problema era llevarlo a cabo bajo una intensa presión. Después de haberse encontrado con Manny por la mañana en Kowloon, Hilger había regresado a su despacho. Tenía un mensaje de un miembro de su operativo que en la actualidad estaba destinado en Langley. Hilger le había llamado. El hombre le había proporcionado una importante información: la noticia de que Calver y Gibbons habían sido asesinados en Manila había llegado de inmediato a las altas esferas. El cuartel general de la Agencia en Manila se había puesto en contacto con la policía de Metro Manila, que había examinado el historial del guardaespaldas asesinado y había averiguado que su único cliente era un tal Manheim Lavi, un conocido cabronazo. En la actualidad Lavi estaba ilocalizable, pero suponían que el guardaespaldas había muerto para proteger al susodicho cabronazo, y que los dos ex agentes secretos habían estado relacionados con éste. La pregunta del millón, según había dicho ese agente, era: ¿Qué diantres hacían Calver y Gibbons con ese cabronazo, y quién más estaba implicado en el asunto? Hilger comprendió que tenía que atar todos los cabos sueltos antes de que otro diera con ellos y descubriera el pastel.
Con respecto a lo primero, quién había tratado de asesinar a Manny, Hilger se había movido con rapidez. Por la descripción que le había proporcionado Manny, Hilger había sospechado enseguida de John Rain. Sabía que éste se había encargado el año pasado de la operación Belghazi en Kwai Chung, en Hong Kong. Hilger se había opuesto a esa operación, e incluso había tratado de eliminar a Rain para impedir que se llevara a cabo. Pero Rain había demostrado ser un hombre difícil de disuadir, y había conseguido atrapar a Belghazi. Lo cual, curiosamente, había resultado positivo: ese cabrón de Belghazi había estado tratando de mover unos misiles radiológicos ante las mismas narices de Hilger. Si Rain no lo hubiera liquidado, habría tenido que hacerlo el propio Hilger.
Pero esa operación había sido un desastre. Algunos de los colaboradores que Hilger se había esmerado en cultivar habían sospechado que éste estaba implicado en el asunto. De no ser por Manny, Hilger dudaba que hubiera conseguido recuperar la confianza que esa gente había depositado en él. Para colmo, Hilger había tenido que soportar la presión de la CIA, que quería saber hasta qué punto estaba implicado éste en el asunto y por qué no se habían rellenado los informes pertinentes. En ese caso, la intervención de un elemento ajeno había sido también decisiva. El contacto que tenía Hilger en el NSC, o Consejo Nacional de Seguridad, había conseguido aplacar al director de la Central de Inteligencia, asegurándole que la Agencia tenía carta blanca para atribuirse todo el mérito de haber abortado una operación terrorista en Kwai Chung. Al día siguiente toda la prensa se había hecho eco de la noticia, y los héroes de la CIA, entre los cuales destacaba el DCI, habían acaparado los focos aduladores. Pero también había habido unos beneficios adicionales. Puesto que el Consejo Nacional de Seguridad se había pronunciado en nombre del presidente, el que éste hubiera intervenido de forma agresiva en favor de Hilger había indicado al DCI que Hilger gozaba de la protección de las altas instancias. A partir de ahí el DCI, el director de operaciones domésticas y todos los altos cargos de la Dirección de Operaciones habían dejado a Hilger tranquilo.
Pero ahora había un nuevo DCI, un tipo llamado Goss, y debido a los despidos y dimisiones que se habían producido, todas las personas que se habían sentido intimidadas habían desaparecido. El aspecto positivo era que Goss estaba en la inopia, al menos hasta la fecha. Tenía tantas cosas que controlar, que Hilger dedujo que podría eludir su radar durante un tiempo. Pero si se producía otra metedura de pata, o si Goss decidía hacer méritos a costa de Hilger, las cosas podían volver a ponerse peliagudas. Sí, Hilger quizá lograra que le devolvieran algunos favores ayudándole a salirse del aprieto, pero prefería no tener un altercado con el nuevo director a esas alturas. Aunque Hilger ganara, tendría que pechar con las consecuencias. A los cazadores no les gusta que les interrumpan cuando se disponen a capturar su presa.
La participación de Rain en el asunto demostraba que la CIA había ordenado la operación, al igual que en el caso Belghazi. La idea era casi nauseabunda. Si esos idiotas supieran lo que Hilger se traía entre manos, lo que había conseguido en tres cortos años, no vacilarían en retirarse y dejarlo tranquilo. Si tuvieran dos dedos de frente, más que dejarlo tranquilo se arrodillarían ante él.
Hilger se puso a tamborilear con los dedos en el borde de su mesa de madera clara mientras observaba las barcazas iluminadas que avanzaban lentamente como animales acuáticos sobre la oscura superficie del muelle, cuatrocientos metros más abajo. Hilger no sabía muy bien por qué sus hombres creían en él, pero el caso es que lo hacían. Siempre habían creído en él. Hilger intuía que, a punto de cumplir los cuarenta años, se había convertido en una especie de figura paternal para ellos. Sería excesivo decir que lo adoraban, pero para sus hombres era muy importante la opinión que Hilger tuviera sobre ellos, al igual que su comprensión, su capacidad de perdonar, por las cosas que su trabajo les exigía hacer. Hilger nunca había tenido a nadie como él en su vida, pero entendía el poder y la responsabilidad que comportaba el cargo. Podía dar una palmada en la espalda a un hombre, a veces literalmente, y decirle que no se preocupara, que había hecho lo correcto, que las imágenes y los olores, los temores y las dudas, los efectos corrosivos de los remordimientos y todo lo demás formaban parte de la nobleza de ese hombre por no haber optado por la vía fácil y habitual de inhibirse de su obligación. Y puesto que nadie conocería nunca sus silenciosos actos heroicos, los sacrificios anónimos que hacían, porque nunca obtendrían ninguna medalla ni se organizarían desfiles en su honor ni gozarían de la gratitud de una nación agradecida, la comprensión de Hilger y, en caso necesario, su perdón constituían el único consuelo que tenían sus hombres. Por supuesto, eso no bastaba para eliminar la carga, pero al menos la aligeraba. A veces Hilger lamentaba no poder acudir a alguien en busca de consuelo como hacían sus hombres con él, pero sabía que era imposible y que el hecho de tener que cargar él solo con las dudas y los recuerdos amargos formaba parte de la responsabilidad del liderazgo.
Manny le había dicho que había visto a otro hombre, un tipo blanco y corpulento. Eso no servía de gran cosa, pero Hilger tenía otros datos. En Kwai Chung había habido un francotirador. Quizá fuera Rain, pero Hilger sabía que Rain no se había adiestrado como francotirador, y el de Kwai Chung era un profesional. Había saltado la tapa de los sesos a los dos cobradores de Transdniester desde la distancia suficiente como para que nadie oyera los disparos. Ése no era el estilo de Rain, que trabajaba a distancias cortas. Hilger no estaba seguro, pero sospechaba que el tirador era un tipo contratado por la CIA llamado Dox. Hilger había tratado de contratar a Dox, a través de un intermediario, para que eliminara a Rain y salvara a Belghazi. Posteriormente Hilger se había preguntado si ese maldito ex marine había decidido trabajar con Rain en lugar de contra él. Sabía que habían «servido» juntos en Afganistán, ayudando a los muyahidines a expulsar al Ejército Rojo. Hilger suponía que el instinto mercenario de Dox sería más poderoso que el sentido de camaradería que pudiera experimentar por haber participado con Rain en ese conflicto, pero al parecer se había equivocado.
Hilger tenía unos dosieres sobre esos dos hombres, que contenían unas fotografías. La foto de Rain era un poco antigua, pero Hilger había utilizado un programa informático de la Agencia para actualizarla. Había mostrado las fotos a Manny antes de que éste regresara a Manila, y Manny los había identificado a los dos.
Hasta ahí, todo iba bien. Pero era muy difícil averiguar quién estaba detrás de la operación. Hilger había pensado en primer lugar en la CIA, pero no había podido averiguar nada al respecto. Como es lógico, sus pesquisas tenían que ser muy discretas, para evitar que alguien lo relacionara a través de Manny con los hombres que habían muerto en Manila, pero Hilger tenía sus fuentes, y ninguna había podido facilitarle la información que deseaba. Era posible que la CIA prefiriera que Manny estuviera muerto, pero nada indicaba que hubieran tratado de eliminarlo.
Entonces, ¿quién había sido? Por más que Manny se resistiera a afrontarlo, Hilger y él habían convenido la víspera en que la lista era bastante larga. El problema era que Rain no tenía ninguna relación que ellos conocieran con los principales sospechosos. Tenía una historia con el Partido Democrático Liberal Japonés y, por supuesto, con la Agencia, con la cual mantenía una relación que se remontaba a la época de Vietnam, pero que se supiera, no trabajaba para nadie más. Lo cual no significaba que no tuviera otros clientes, claro está; Rain trabajaba por cuenta propia, era un mercenario. Pero en el tipo de trabajo que desarrollaba Rain no era fácil ampliar la base de clientes. No puedes colgar un letrero, ni colocar unos anuncios en la prensa. Uno va adquiriendo nuevos clientes lentamente, suponiendo que lo consiga.
No obstante, existía una forma bastante sencilla de llegar al fondo del asunto. Lo único que tenía que hacer Hilger era interrogar a Rain o a Dox. Quizá no quisieran responderle, pero probablemente le creerían cuando Hilger les dijera que entendía que eran tan sólo unos sicarios, que no tenía ningún motivo personal o profesional para querer eliminarlos. Es más, después de que hubiera conseguido esclarecer el caso, incluso le complacería que entraran a formar parte de su equipo.
Que eso se aproximara a la verdad lo haría más creíble. Lo cierto es que habría sido verdad si Rain y Dox no hubieran asesinado a Calver y a Gibbons, lo cual convertía el tema en un asunto personal. Y habían aterrorizado al hijo de Manny, destruyendo cualquier posibilidad de que Manny aceptara también olvidar el incidente.
Lo único que tenía que hacer Hilger era dar con ellos. Un secuestro limpio, ocultándolos en la parte posterior de una furgoneta camuflada, discreta. Mantener con ellos, en la medida de lo posible, una conversación razonable, cara a cara. Si no era posible, aplicarles unas pinzas de contacto electrificadas en los testículos. En cualquier caso, obtendría la información que deseaba.
Hilger suspiró profundamente. Sí, necesitaba a alguien capaz de secuestrarlos y posteriormente interrogarlos, y que conociera la región lo suficientemente bien para poder hacerlo con rapidez.
Había varios hombres que Hilger podía haber elegido, pero entre éstos destacaba un nombre: Mitchell William Winters. Era un experto. Se había formado con el célebre equipo de rescate de rehenes del FBI y había eliminado a un buen número de indeseables. Y había trabajado en Asia, como consultor de seguridad para empresas que necesitaban esos servicios en la región. Winters era un experto en artes marciales; Hilger recordaba haber oído hablar sobre kali o algo parecido en Filipinas, y sobre boxeo tailandés en Bangkok. A Hilger no le interesaba mucho el karate; la modalidad de artes marciales que le atraía más era un SIG P229, oculto en una faja en el vientre, y no había conocido a ningún maestro Long Dong Do capaz de interceptar una bala disparada con esa arma, pero quién sabe, en Asia todo era posible.
Winters presentaba otra ventaja. Hilger sabía que se había graduado en un programa sobre interrogatorios hostiles instaurado por la CIA que no figuraba en los libros de la Agencia. El programa estaba oficialmente destinado a enseñar a los agentes secretos a resistir la tortura, pero en la comunidad era bien sabido que dicho programa enseñaba diversos métodos de tortura y que ése era su auténtico propósito. Algunos asimilaban el cursillo con más facilidad que otros. Hilger sabía que Winters había demostrado poseer una gran habilidad.
Hilger observó que el cielo empezaba a clarear detrás del distrito Central, a su derecha. Después de consultar su directorio, tomó el teléfono.