Un último asesinato
Capítulo 9
Después de cenar, Dox insistió en visitar los bares de chicas gogó en Patpong. A mí no me apetecía, pero comprendí que tenía que aceptar que Dox era lo suficientemente gigantesco para contener multitud de personalidades: letal y escandaloso; culto y zafio; profundo y frívolo. Lo que había dicho hacía un rato sobre ser capaz de desenvolverse él solo era cierto. Se me ocurrió que quizá yo fuera injusto con Dox y decidí esforzarme en confiar más en él. Era una idea extraña e incómoda, pero era lo que debía hacer.
Me detuve en un cibercafé para consultar los planes de Delilah. Tenía un mensaje de ella: tomaría el vuelo de Air France y llegaría a Bangkok a las 16:35 del día siguiente. Perfecto. Después de hacer las pertinentes reservas para Dox, regresé al Sukhothai, tomé un baño caliente en la fabulosa bañera, me acosté y dormí.
Pero tuve un sueño agitado. Soñé que era de nuevo un niño, en el apartamento donde me había criado, y que alguien me perseguía de una habitación a otra. Llamé a mis padres, pero no acudió nadie y me aterrorizaba estar solo. Mi padre tenía una catana, una espada larga japonesa que según me había explicado había pertenecido a su bisabuelo, colocada sobre un atril ceremonial en el dormitorio de mis padres. Entré apresuradamente allí y cerré la puerta a mi espalda. Pero cuando fui a tomar la catana, comprobé que en vez de una había dos, y no supe cuál elegir. Me quedé bloqueado. Mi mente gritaba: «¡Coge una, la que sea!», pero no podía moverme. De pronto la puerta empezó a abrirse…
Me desperté, salté de la cama y me puse en cuclillas. Permanecí en esa postura durante un buen rato, conteniendo el aliento, sintiendo que el sudor se secaba sobre mi cuerpo, tratando de olvidar el sueño y recobrar la serenidad. Por fin me incorporé, fui al lavabo y luego tomé otro baño.
Pero esta vez el baño no me ayudó a conciliar el sueño. Permanecí tendido en la cama durante largo rato, dándole vueltas. Me preocupaba haberme vuelto a quedar bloqueado, incapaz de moverme, aunque se tratara de un sueño. Podía haber elegido entre dos espadas, lo cual no deja de ser una ventaja si estás en peligro. Pero no había podido tomar ninguna de las dos. De no haberme despertado, la persona que me perseguía en el sueño me habría matado.
Al día siguiente Dox y yo nos dirigimos al aeropuerto a primera hora de la tarde para establecer una ruta de contravigilancia y comprobar su eficacia. Utilizamos el mismo equipo transmisor que empleamos en Manila. Si Dox tenía que advertirme de algo, podía hacerlo desde lejos y en mi oído. Eso nos ofrecía un abanico de opciones más eficaces que si Dox hubiera tratado de protegerme desde lejos sin poder ponerse en contacto conmigo.
La zona frente a la aduana estaba atestada de gente que esperaba a alguien: familias, tailandesas y expatriadas; chóferes de coches de los hoteles vestidos con uniformes blancos; mochileros con greñas grasientas y calzados con sandalias que venían a recoger a unos amigos aventureros procedentes de Europa y Australia. Nadie hizo que se activara mi radar, pero la zona estaba demasiado abarrotada para tener la certeza. Si iba a tener problemas, supuse que tendrían aspecto israelí. A fin de cuentas, que los superiores de Delilah me hubieran contratado se debía en primer lugar a su falta de recursos asiáticos. Por supuesto, era una «falta» relativa: Israel tiene contactos en Tailandia a través del comercio de gemas y la venta clandestina de armas a grupos como los Tigres Tamiles de Sri Lanka. No obstante, si querían moverse con la suficiente rapidez para aprovecharse de cualquier información que pudiera suministrarles Delilah, no tendrían tiempo de contratar a un sicario independiente. Lo cual no significa que yo no diera importancia a personas que no encajaran en ese perfil, pero conviene guiarse por ciertas pautas.
Me situé en el extremo derecho de la puerta de salida, desde donde vería a Delilah cuando saliera de la aduana pero ella tendría que esforzarse en localizarme. Dox estaba situado a unos metros detrás de mí y a la derecha, y cuando me volví disimuladamente, tardé unos segundos en localizarlo, a pesar de conocerlo y de saber dónde se hallaba. Dox poseía el don de los francotiradores de mimetizarse con su entorno.
Existían dos posibilidades: la primera, que los otros habían apostado a alguien frente a la aduana, donde yo había dicho a Delilah que la recogería; la segunda, que habían colocado a alguien en el avión que había tomado Delilah, el cual tendría que seguirla para que su presencia fuera de alguna utilidad. De las dos posibilidades, pensé que la segunda era la más probable y la más fácil de resolver. Más probable, porque la falta de recursos asiáticos de la organización les impediría contratar a alguien rápidamente; y más fácil de resolver, porque la persona que siguiera a Delilah tendría que pegarse a ella cuando bajaran del avión y le resultaría muy difícil pasar inadvertido a partir del momento en que yo recogiera a Delilah. En cualquier caso, no me preocupaba excesivamente que alguien decidiera llevar a cabo una acción dentro del aeropuerto. Los niveles de vigilancia, seguridad y control sobre las puertas de acceso y salida hacían que fuera casi imposible llevar a cabo un secuestro o un asesinato dentro de un aeropuerto.
El avión llegó con diez minutos de antelación sobre la hora prevista, sin que yo hubiera detectado nada anormal entre la multitud que se agolpaba frente a la aduana. Vi a Delilah en cuanto salió. Lucía un traje pantalón azul marino y unos zapatos de tacón marrones, y llevaba su larga melena rubia recogida en una cola de caballo. Llevaba una bolsa de viaje de cocodrilo colgada en bandolera del hombro izquierdo, apoyada cómodamente sobre su cadera derecha. El aspecto exterior rebosaba belleza, elegancia, dinero, confianza en sí misma, estilo. Yo sabía que Delilah poseía otras cualidades aparte de ésas, pero lucía su persona exterior con gran desenvoltura.
Metí la mano en el bolsillo y conecté el transmisor, tras lo cual puse en marcha el minidetector de micrófonos ocultos que Harry había confeccionado para mí en Tokio y en el que confío plenamente. El primer artilugio habría activado el segundo, y quería cerciorarme de que Delilah no llevaba un transmisor.
Delilah se volvió y sonrió al verme. Sentí algo en la entrepierna, como un perro adormilado que reacciona al percibir un olor apetitoso, y pensé: «Tranquilo, chico, no me pongas en evidencia».
Delilah se acercó y depositó la bolsa en el suelo, se inclinó sobre mí y me besó ligeramente en los labios. La abracé. Olía igual que la primera vez que la había besado, un olor limpio y fresco con un toque seductor de un perfume que no logré identificar. Su calor, su cuerpo contra el mío y su olor se introdujeron debajo de mi ropa, y el abrazo se convirtió de pronto, en el atestado aeropuerto, en un gesto privado, intenso, casi desnudo en su intimidad.
Delilah inclinó la cabeza hacia atrás y me miró, con una mano apoyada en mi nuca y la otra apoyada ligeramente en mi pecho. El perro se había despabilado del todo. Dentro de un minuto el maldito chucho se alzaría de patitas en un gesto de súplica. Me aparté un poco y miré a Delilah.
Delilah sonrió; sus ojos de color cobalto mostraban una expresión jovial.
—Supongo que debería preguntar: «¿Llevas una pistola en el bolsillo o…?» —dijo.
—No —respondí—, es que me alegro de verte.
Delilah se rió.
—¿Adónde vamos?
El detector de micrófonos dormitaba apaciblemente en mi bolsillo. Delilah no llevaba ningún aparatito oculto. Adopté una pose despreocupada, con las manos en los bolsillos. Desconecté el detector de micrófonos y puse en marcha el transmisor. Oí un leve sonido sibilante en mi conducto auditivo, donde tenía insertada la unidad de color carne.
—A un lugar que conozco en Phuket —respondí.
—¡Estupendo! He oído decir que es una maravilla, pero no lo conozco. ¿Cómo está la situación allí después del tsunami?
—El lugar al que vamos está sobre un promontorio, alejado de la playa, por lo que no sufrió daños. De hecho, la mayor parte de la isla se está recuperando rápidamente. ¿De cuánto tiempo dispones?
—Tres días. Quizá más. ¿Y tú?
—No lo sé. Estoy esperando algo. Confío en que tarde unos días en concretarse.
—Pues no perdamos tiempo. ¿Adónde vamos?
—A la otra terminal. Nuestro vuelo parte dentro de una hora.
En lugar de tomar el bus del aeropuerto, elegí una ruta que requería atravesar a pie la terminal y descender al nivel inferior. Delilah comprendió mi propósito, pero no dijo nada. Al llegar a la planta baja, paré un taxi y dije al conductor que nos llevara a la terminal de vuelos nacionales. Un minuto después de haber arrancado el vehículo, oí a Dox decir en mi oído:
—Hasta ahora todo va bien. No parece que nadie os esté siguiendo. Si lo hacen, se esmeran en hacerlo disimuladamente. Me adelantaré para comprobar si vemos alguna cara conocida.
El taxi se detuvo frente a la terminal de vuelos nacionales. Pagué al taxista, me bajé y ayudé a Delilah a apearse al tiempo que me volvía para mirar detrás de nosotros. Delilah se dio cuenta —yo no trataba de hacerlo con disimulo, y en cualquier caso ella se habría percatado—, pero tampoco hizo ningún comentario al respecto. Atribuí el hecho de que no protestara a que estaba preocupada por algo. En Río yo había dejado de tratarla como una amenaza potencial, y sabía que mi decisión de bajar la guardia había sido importante para ella. Supuse que mi renovada suspicacia la había ofendido, y conocía por experiencia sus ocasionales arrebatos de ira. A menos, claro está, que Delilah conociera los motivos de mi renovada suspicacia y tratara equivocadamente de calmarme.
Entramos en la terminal y nos encaminamos hacia la puerta ocho. Al cabo de unos minutos apareció Dox, pero se mantuvo en la periferia. Le oí decir de nuevo en mi oído:
—Nadie os ha seguido hasta aquí, colega. Tampoco he visto a nadie que estuviera esperando frente a las llegadas internacionales. Así que a menos que alguien supiera adónde te dirigías y llegara aquí antes que nosotros, todo va bien. Creo que nuestro próximo motivo de preocupación será nuestro destino. Quizá esa mujer haga una llamada telefónica cuando lleguéis, para informar a los de su organización sobre el lugar donde os encontráis. De este modo no tendrán que exponerse a que los descubras cuando traten de seguiros. Si yo fuera esa tía, disculpa, si fuera tu amiga, sé que es un tema sensible para ti, y tuviera intenciones aviesas, emplearía este método.
«Basta», pensé. Yo ya lo había analizado todo mentalmente. De hecho, Dox y yo ya habíamos hablado de ello. Dox estaba de un humor muy locuaz.
Charlé con Delilah de cosas intrascendentes referentes al vuelo. Ella había volado en primera clase y había dormido durante todo el viaje, por lo que estaba descansada y dispuesta a gozar de una velada en un paraíso tropical. Pero Dox no dejaba de hablar, y como Delilah estaba a mi lado, no podía decirle que se callara.
—Por cierto, colega, tengo que reconocer que esa mujer está imponente. ¿Por qué no me lo dijiste? Hubiera entendido enseguida tu deseo de reunirte con ella. ¡Joder, yo también me habría afanado por reunirme con ella! De haber sabido que el sujeto era ella, habría hecho este trabajo de contravigilancia gratis, no habrías tenido que pagar mis vacaciones. Pero es demasiado tarde, un trato es un trato.
Dox se detuvo, y pensé: «¡Gracias a Dios!». Pero al cabo de unos instantes prosiguió:
—¡Y yo que pensaba que llevabas una vida solitaria sin otro consuelo que tu fatigada mano! Confieso que te he juzgado mal. A partir de ahora eres mi héroe y procuraré seguir tu ejemplo en materia de relaciones sentimentales.
Cuando subimos al avión, comprendí que estaba a salvo, al menos temporalmente, y me quité el auricular, pensando con satisfacción que a partir de ahora Dox tendría que hablar consigo mismo.
Delilah y yo seguimos charlando. La conversación giró principalmente en torno a temas intrascendentes, lo cual era preferible. Hasta el momento yo tenía dos datos, y ambos apuntaban a un problema: el momento que Delilah había elegido para ponerse en contacto conmigo y el que no hubiera reaccionado a mis medidas de seguridad. Yo no conocía aún las intenciones de Delilah, pero las pruebas en su contra se acumulaban. En cierto aspecto esta situación me preocupaba. En Río todo había ido sobre ruedas. Debería haber comprendido que Delilah era una profesional, que el trabajo es el trabajo, pero el caso es que me preocupaba.
Aparte, Delilah era guapísima. No me extrañaba que fuera tan eficaz en su trabajo. Tenía algo, un aura, un magnetismo, que jamás había visto en otra persona.
A pesar de mis suspicacias, me alegraba de haberme reunido con ella. Quizá estaba equivocado. Quizá los datos empezarían a acumularse en un sentido más favorable.
El descenso y aterrizaje fueron impecables. Frente a la terminal había un coche esperándonos para trasladarnos a Amanpuri. Mientras circulábamos por las estrechas carreteras de dos carriles de Phuket hacia el complejo hotelero, el Sol empezó a declinar. Intuí lo que estaría pensando Delilah: «¿Éste es el lugar donde vamos a alojarnos? ¡Vaya birria!». Pero aún nos encontrábamos en el interior de la isla, cuya belleza no comienza a mostrarse hasta que llegas a la costa. Y yo sabía que en ese momento las escasas esperanzas de Delilah harían que Amanpuri le pareciera espectacular.
Enfilamos el camino serpenteante y vallado del complejo hotelero en el preciso instante en que el Sol se ocultaba detrás de los empinados tejados de estilo tailandés de los bungalows y pabellones y el mar de Andamán que se extiende detrás de ellos. Las siluetas de las palmeras se mecían bajo la suave brisa del océano. Una terraza de teca se extendía desde el borde del camino de acceso hasta una piscina alargada con el fondo negro, cuya superficie parecía de ónice pulido en contraste con el cielo crepuscular. La tenue luz dorada daba a la escena el aspecto de un decorado cinematográfico.
Un portero abrió la puerta del coche, y Delilah y yo nos apeamos.
—Bienvenidos a Amanpuri —dijo el portero uniendo las manos debajo del mentón e inclinando la cabeza en un ceremonioso wai, un gesto tailandés de saludo y gratitud.
Delilah miró a su alrededor y luego a mí. Tenía la boca ligeramente entreabierta.
—¿Qué es este maravilloso olor? —preguntó.
—Sedap malam —respondió el portero—. Procede de Indonesia. Significa «noche celestial» porque sólo ofrece su perfume de noche. Creo que en su idioma se llama «nardo».
—¿Te gusta? —pregunté mirando a Delilah y sonriendo. Delilah se detuvo unos instantes y luego exclamó:
—¡Cielo santo!
—¿Eso significa que sí?
Delilah asintió con la cabeza y miró de nuevo a su alrededor. Luego me miró con una sonrisa radiante.
—Sí —respondió—, por supuesto.
Nos registramos debajo de las vigas del techo del pabellón de entrada situado al aire libre. Una mujer llamada Aom nos ofreció una rápida visita guiada de las dependencias del hotel: el gimnasio, la biblioteca, el spa. Todo era de teca y piedra y se alzaba del montañoso terreno formando un panorama tan autóctono como las palmeras que lo rodeaban. Observé la presencia de numerosos guardias, todos extremadamente discretos. Amanpuri es un lugar que atrae a las celebridades como un imán, y la dirección del complejo hotelero se toma muy en serio el tema de la seguridad, lo cual representaba para mí uno de sus atractivos. Aunque Delilah informara a los de su organización de nuestro paradero, les sería muy difícil presentarse aquí sin anunciarse y tratar de pasar inadvertidos. En cuanto a Delilah, a juzgar por lo que yo había visto sobre el modus operandi de su organización, su misión consistía en instalar los bolos, no en derribarlos. Por lo demás, puesto que no había facturado su equipaje, era improbable que portara un arma. Sabiendo todo esto, e inevitablemente influido por la extraordinaria belleza del lugar, empecé a relajarme. Era como si nos hubieran concedido un respiro, durante el cual yo confiaba en averiguar lo que necesitaba saber. Quizá lograra, en caso necesario, invertir la situación. Sí, Delilah y yo nos habíamos enfrentado tiempo atrás a un conflicto de intereses y habíamos hallado el medio de resolverlo. Quizá lo consiguiéramos de nuevo.
Aom nos condujo a nuestro pabellón, el número 105, que ofrecía una increíble vista del océano. La habitación estaba decorada en un estilo discreto y lujoso. Las paredes, el suelo y los austeros muebles eran de teca, con una bañera muy larga de porcelana, un nórdico de algodón y unas toallas grandes y esponjosas de un blanco deslumbrante. Todo parecía relucir bajo la luz dorada del Sol, que aún era visible a través de la puerta del pabellón que daba al oeste.
Delilah estaba hambrienta, de modo que decidimos cenar en uno de los restaurantes al aire libre del complejo hotelero. Nos sentamos junto a la balaustrada, frente al océano. El Sol se había ocultado en el horizonte, y aparte de la fina y reluciente línea roja que se interponía entre ambos, la superficie del agua estaba tan oscura como el firmamento. El restaurante, como todas las dependencias de Amanpuri, excluía sabiamente toda música ambiental, dejando que la brisa que mecía las palmeras y las olas que lamían la playa proporcionaran el necesario ambiente.
Pedimos pato asado salteado con campanillas moradas, cangrejo de mangle salteado con salsa chili, surtido de verduras y brotes de soja rehogados con tofu y chili. Para empezar, pedí una botella de Veuve Clicquot del 93.
—Debo decirte —dijo Delilah mientras comíamos— que he estado en algunos de los lugares más hermosos del mundo: Post Ranch en Big Sur, el Palace en Saint-Moritz, el parque nacional del Serengeti. Pero éste se lleva la palma. Sonreí.
—No hay muchos lugares que consigan que te olvides de todo. Todos los sitios que conoces, todo lo que has hecho…
Delilah arqueó las cejas.
—¿Cuáles son, según tú, los otros lugares?
Reflexioné unos instantes antes de responder.
—Aunque te parezca increíble, algunos lugares en Tokio. Pero en realidad son unos enclaves, unos oasis. Te protegen de lo que hay fuera, pero sabes que sigue allí. Esto… es otro universo.
Delilah bebió un trago de champán.
—Te entiendo. Hay una playa en Haifa, donde me crié. A veces, cuando regreso allí, por las noches me refugio en un lugar apacible. El olor del mar y el sonido de las olas hacen que me sienta de nuevo como una niña, inocente y pura. Como si estuviera sola, en un sentido positivo, ¿comprendes?
—Sentirse acompañado por unos recuerdos constantes —dije citando a un amigo que había dicho esa frase en cierta ocasión— equivale a alcanzar un estado de gracia.
—¿Estado de gracia? —preguntó Delilah interpretando la referencia en sentido literal—. ¿Crees en Dios?
Me detuve unos instantes, recordando mi conversación con Dox.
—Procuro no hacerlo —respondí.
—¿Y eso te ayuda?
—No —contesté encogiéndome de hombros—. Pero ¿qué más da en lo que uno crea? Las cosas son como son y punto.
—Lo que uno cree es fundamental.
Miré a Delilah. Ya habíamos tocado ese tema anteriormente, y el reproche implícito y el tono condescendiente de su comentario no me gustaron, ni entonces ni ahora.
—Entonces debes tener cuidado con lo que crees —dije—, y con lo que puede costarte.
Delilah desvió la vista durante unos instantes. Yo no estaba seguro de que fuera un gesto de irritación.
Apuramos el champán y pedí una botella de Lafon Volnay Santenots del 99. Sabía que Delilah tenía una mente disciplinada, pero nadie se desenvuelve tan brillantemente en presencia de vino y de desfase horario o en ausencia de éstos como ella. Y si Delilah había venido por algún motivo «execrable», como había dicho Dox, la disconformidad entre sus sentimientos hacia mí desde tiempo atrás y sus intenciones hacia mí ahora debía de generarle una fuerte tensión. Decidí hacer cuanto pudiera por transformar esa tensión en una falla, la falla en una grieta que se iba ensanchando.
Seguimos charlando sobre diversos temas. Delilah no dijo nada que indicara que estaba al corriente del asunto de Manny, ni que la desastrosa operación en Manila tuviera nada que ver con su presencia aquí en estos momentos. Conforme avanzó la velada, comprendí que me era imposible creer que el hecho de que Delilah se hubiera puesto en contacto conmigo precisamente ahora fuera una casualidad. Por lo que deduje que la ausencia de todo comentario al respecto debía de ser una omisión. Una omisión deliberada.
De haberse tratado de otra persona en lugar de Delilah, y si esto hubiera ocurrido hacía uno o dos años, yo habría aceptado la verdad de lo que sabía. Y habría obrado en consecuencia. Hacerlo habría protegido mi cuerpo, aunque a expensas de mi alma. Pero estando como estaba sentado frente a ella, sin duda bajo la influencia del vino, el paraje y los sentimientos que aún experimentaba hacia ella, empecé a buscar otra vía. Algo menos directo, menos irredimible, algo basado en la esperanza en lugar de sólo en el temor.
Saber que me estaba arriesgando me produjo una curiosa y al mismo tiempo grata sensación, si bien no tan cruda como la emocionante perspectiva de «sexo peligroso», como había insinuado Dox. Era la sensación de las posibilidades, el potencial que ofrecía la situación. No sólo la posibilidad de que si interrogaba a Delilah y ésta acababa confesando, me proporcionaría una información que me ayudaría a comprender mi situación con respecto a Manny. Asimismo, era consciente de que albergaba una esperanza más profunda, la esperanza de que Delilah me proporcionara algo más que una simple información, algo intangible pero infinitamente más valioso.
Después del postre consistente en fruta y dulces tailandeses, seguido por unas humeantes tazas de capuchino, regresamos dando un paseo al pabellón. Dejamos una iluminación tenue y nos sentamos en un mullido sofá de teca frente al mar, presente por el sonido de las olas pero invisible en la oscuridad exterior. En la habitación se hizo un silencio que se me antojó denso y alarmante. Mis anteriores tácticas sesgadas encaminadas a sonsacar alguna información a Delilah me habían procurado sólo algunos indicios y pistas. Había llegado el momento de actuar de forma más directa. Noté que tenía la boca un poco seca ante la perspectiva, quizá porque en parte temía lo que pudiera descubrir.
—¿Te han explicado los de tu organización el trabajo que me han encargado? —pregunté.
Delilah me miró, y algo en su expresión me indicó que la pregunta le incomodaba. No habíamos vuelto a la habitación para eso; eso no formaba parte del guión.
—No —respondió—. Todo se reduce a «lo que debo saber». Si no debo saberlo, es mejor que no lo sepa.
—Me contrataron para que eliminara a un tipo en Manila.
Delilah sacudió la cabeza.
—¿Por qué me lo cuentas?
—No quiero que lo que hay entre nosotros se reduzca simplemente a «lo que debemos saber». En tal caso, estaríamos jugando el uno con el otro.
—Protegiéndonos mutuamente.
—¿Tú me protegerías?
—¿De qué?
—¿Y si las cosas se torcieran?
—No me pongas en un aprieto tal.
—¿Y si tuvieras que elegir?
—No lo sé —respondió Delilah entrecerrando un poco los ojos—. Tú ¿qué harías?
—Para mí es muy fácil —contesté mirándola—. Yo no creo en nada, ¿recuerdas? Tomo mis decisiones yo solito.
—Ésa no es una respuesta.
—Es una respuesta más concreta que la que acabas de darme.
—Insisto, no lo sé. Lamento que no sea la respuesta que querías que te diera.
—Quiero saber la verdad.
—Tú sabes quién soy.
—Por eso te lo pregunto.
Delilah se rió.
—Es como si estuviera casada, ¿comprendes? Tengo una familia a la que debo regresar siempre.
No respondí. Al cabo de unos instantes, Delilah dijo:
—Deja de fingir que no sabes de qué va esto.
Eso sonaba peligrosamente semejante a una racionalización que conozco bien: «Él sabía en qué se estaba metiendo. Si no hubiera participado en el juego, no habrían querido eliminarlo».
A mi modo de ver, de todos los ángulos y todas las estrategias posibles, la verdad era lo que menos convenía a Delilah. Cuanto más me aproximaba a ella, más la apartaba del juego que se traía entre manos.
—¿Has venido sólo por razones personales? —le pregunté.
Delilah se rebulló ligeramente en el sofá.
—Sí.
—Mírame a los ojos cuando digas eso.
Delilah obedeció. Tras una prolongada pausa, repitió:
—He venido sólo por razones personales.
No. Yo la conocía desde la ocasión en que habíamos pasado unos días juntos en Río. Si lo que acababa de decir fuera cierto, mis sospechas la habrían provocado al instante. Pero Delilah estaba tratando de controlar su comportamiento en presencia del cansancio, de unas emociones contrapuestas, del alcohol y de la tensión que le producían mis preguntas, y el inusitado esfuerzo era evidente.
La miré en silencio. Delilah me devolvió la mirada. Pasó largo rato, unos diez o quince segundos. Observé que se había sonrojado levemente y que cada vez que espiraba, sus fosas nasales se dilataban.
Delilah desvió bruscamente la vista. Observé que respiraba trabajosamente.
—Maldito seas —dijo con una voz que era apenas un murmullo—. Maldito seas.
Delilah miró alrededor de la habitación, moviendo la cabeza de un lado para otro con unos gestos rápidos y eficaces.
Luego se levantó y empezó a pasearse arriba y abajo, primero lentamente, luego más deprisa, asintiendo con la cabeza como confirmando algo para sus adentros, tratando de aceptarlo. Miró hacia todas partes menos a mí.
—Tengo que salir de aquí —dijo, más para sí misma que a mí. Se acercó a una de las cómodas, abrió uno de los cajones y empezó a meter unas cosas en su bolsa de viaje.
—Delilah —dije.
Delilah no respondió ni se detuvo. Abrió un segundo cajón y metió también su contenido en la bolsa.
—Delilah —repetí, levantándome.
Delilah se echó la bolsa al hombro y se dirigió hacia la puerta.
—Espera —dije interceptándole el paso.
Delilah trató de pasar por mi izquierda. Se lo impedí. Luego trató de pasar por mi derecha. Pero tampoco lo consiguió. Se movió de nuevo hacia la izquierda. Era inútil.
Casi parecía ajena a mi presencia, como si en su camino se hubiera interpuesto algo que trataba de esquivar ciegamente. Pero como no podía avanzar, tuvo que cambiar de estrategia, y entonces comprendió que ese obstáculo era yo. Achicó los ojos y pareció como si moviera las orejas hacia atrás. En mi visión periférica observé que trasladaba el peso de su cuerpo de un pie al otro, una ligera rotación de sus caderas. Acto seguido alzó el codo derecho para golpearme en la sien.
Aparté la cabeza y encogí el hombro izquierdo al tiempo que alzaba la mano izquierda para protegerme el rostro. Su codo apenas me rozó la parte superior de la cabeza. Entonces Delilah alzó el codo izquierdo. Me cubrí, me agaché y esquivé de nuevo el golpe.
Delilah retrocedió y trató de golpearme en la nariz con la palma de su mano izquierda. Me moví hacia un lado y desvié el golpe con la mano derecha. Delilah intentó la misma maniobra con la otra mano, pero sin éxito.
Trató de asestarme dos ganchos en la cabeza. Esquivé el impacto de ambos golpes. Entonces me agarró del brazo e intentó apartarme a un lado, pero la rabia y la ira frustraban sus tácticas.
Si hay algo que he aprendido en los veinticinco años de practicar judo en el Kodokan en Tokio, es a conservar el equilibrio. Por más que Delilah se esforzara en derribarme, era como si tratara de mover uno de los gruesos postes de teca de la habitación.
Delilah soltó un grito de rabia y de desesperación. Retrocedió y trató de golpearme en la cabeza con la bolsa. Frené una parte del impacto desviando la cabeza y absorbí el resto cubriéndome con el hombro, los bíceps y el antebrazo. Delilah se detuvo unos segundos para volver a coger fuerzas y me atacó de nuevo. Encajé de nuevo el golpe empleando la misma táctica.
Delilah empezó a soltar unas palabrotas en hebreo y a tratar de golpearme con la bolsa, sin otro propósito evidente que el de desahogar su furia. Dejé que me golpeara, absorbiendo buena parte de los impactos con los brazos y los hombros. Delilah estaba en excelente forma, y tardó más de lo que supuse en cansarse. Pero al cabo de un rato la potencia de los golpes remitió y el intervalo entre ellos se prolongó. Por fin se detuvo, sosteniendo la bolsa de viaje con una mano, jadeando. Bajé los brazos y la miré.
Delilah miró de nuevo alrededor de la habitación. Supuse que buscaba un arma más eficaz que la bolsa. Me tensé para sujetarla antes de que pudiera tomar un objeto pesado y contundente, o afilado.
Delilah debió de intuir que yo había adivinado sus intenciones. O quizá no vio ningún objeto que le pareciera útil. El caso es que dejó de registrar la habitación con la vista y me miró a los ojos. Tenía las pupilas enormes y negras, dilatadas debido a la adrenalina.
—Apártate… de mí… de una puñetera vez —dijo con voz entrecortada y jadeando.
—No hasta que me digas qué ocurre.
Delilah suspiró profundamente y respondió:
—Que te den.
La miré.
—Ésta va a ser una noche muy larga.
—¿Qué quieres? —me preguntó.
—Quiero… —respondí.
Pero había sido una finta. Delilah bajó el hombro derecho y cargó contra mí, tratando de derribarme. El movimiento me pilló desprevenido y Delilah estuvo a punto de conseguir sus propósitos, pero la sujeté por los hombros con ambas manos y utilicé mi cuerpo para inmovilizarla momentáneamente. Delilah se revolvió, tratando de golpearme con la cabeza, y me alcanzó en el mentón. Cerré la boca bruscamente, casi mordiéndome la lengua.
Estaba harto de ese jueguecito. La agarré por los bíceps y la empujé contra la pared.
—Dime qué ocurre —insistí.
Delilah soltó la bolsa y trató de asestarme un gancho en el vientre. La así por las muñecas y le inmovilicé los brazos contra la pared, a ambos lados de su cabeza. Nuestros rostros casi se rozaban.
Sentí que Delilah alzaba una rodilla y oprimí mi cuerpo contra ella para frenar el golpe. Delilah se revolvió hacia un lado y el otro. Yo tenía la mejilla oprimida contra la suya, y su olor, ese perfume que me gustaba tanto, que se mezclaba con el sudor, el temor y la rabia, me penetró en la piel y me produjo una extraña alquimia. Apoyé la cara en su cuello, como para inmovilizarla, pero de pronto empecé a besarla.
—No, no —oír decir a Delilah, pero sin oponer resistencia, o en todo caso poca.
Mientras yo seguía sujetando sus brazos y su cuerpo contra la pared, moví la cara para besarla en la boca. Delilah apartó la cabeza. Le solté las muñecas y tomé su rostro entre mis manos. Delilah se resistió durante unos instantes, tratando de apartarme, pero luego me besó ferozmente, casi atacándome con su boca. Le acaricié los pechos y le sobé la cintura y el culo. Me di cuenta de que la estaba besando con tanta pasión como ella a mí.
Traté de desabrochar uno de los botones de su blusa, pero las manos me temblaban y no pude. «Joder.» Introduje los dedos de ambas manos en los ojales de los botones y tiré con fuerza. Los botones saltaron. Debajo de la blusa Delilah lucía un sujetador de encaje, con un corchete en la parte delantera. Palpé a través del tejido sus pezones, que estaban duros. Al tratar de desabrocharle el sujetador, se desgarró el tejido. El sujetador se abrió y le sobé los pechos. Delilah tenía la piel suave, cálida y húmeda debido al esfuerzo.
Delilah me besó con tal ímpetu que me obligó a apartarme de la pared y me desgarró la camisa del mismo modo que yo le había roto la suya. Luego trató de desabrochar la hebilla de mi cinturón. «No —pensé—, primero tú.» Le bajé la blusa y el sujetador hasta las muñecas y le obligué a volverse hacia la pared. Empezamos a forcejear de nuevo. Le inmovilicé el brazo izquierdo sujetándolo por la muñeca y doblándolo hacia atrás. Lo sostuve en alto, casi a la altura de sus omóplatos, con mi mano izquierda, y la empujé contra la pared. Luego introduje mi mano derecha debajo de su falda. Tenía las bragas húmedas. Le levanté la falda, sosteniendo el tejido contra su culo con mi cadera, y le arranqué las bragas. Delilah echó la cabeza hacia atrás y me asestó un cabezazo en la mejilla que me hizo ver las estrellas. Me apreté contra ella con más fuerza y oprimí mi mejilla contra la suya, de forma que tenía la cabeza aplastada contra la pared. Luego deslicé la mano hacia abajo y empecé a acariciarla. Delilah cerró los ojos y gimió. Le metí los dedos en la vagina y su cuerpo empezó a temblar.
Miré frenéticamente a mi alrededor. A nuestra izquierda estaba la cómoda. Arrastré a Delilah hasta ella. Sobre la cómoda había una pila de revistas, que derribé al suelo con la mano que tenía libre. Luego obligué a Delilah a tumbarse sobre la cómoda, apoyándome sobre su brazo e inmovilizando su torso. Delilah se revolvió, pero yo la sujeté con fuerza por la muñeca. Me aparté a un lado, me desabroché el cinturón, el botón de la bragueta y me bajé la cremallera.
Pisé la vuelta de la pernera izquierda con el pie derecho y me quité el pantalón, apartándolo a un lado con mi pierna izquierda en cuanto cayó al suelo. No iba a follarme a Delilah con el pantalón alrededor de mis tobillos. Repetí la operación con mi pierna derecha y me quité los calzoncillos. Tenía el pene erecto, apuntando hacia arriba como un objeto de cemento cargado por un resorte.
Me coloqué entre las piernas de Delilah y le levanté la falda. Delilah respiraba trabajosamente, al igual que yo.
Sin dejar de sujetarla por la muñeca, empecé a acariciarla de nuevo. No sé a qué estaba esperando. Quizá quería atormentarla un poco, atormentarnos un poco a los dos.
—Hazlo —dijo Delilah con voz entrecortada—. Hazlo o te mato.
Mi corazón latía tan violentamente que me retumbaba en la cabeza. Sentí un hormigueo en los dedos de las manos y los pies. Obligué a Delilah a separar las piernas de un puntapié, unté mi miembro con un poco de su flujo vaginal y la penetré rápida y fácilmente.
Delilah emitió un gemido tan potente que me recorrió el cuerpo como un grito en feedback a través de un micrófono. Comencé a moverme dentro de ella, moviendo las caderas hacia arriba y hacia delante, encogiendo y relajando el vientre y el culo cada vez que le metía la polla hasta lo más profundo.
La miré. Delilah tenía un lado de la cara oprimido contra la cómoda, los ojos cerrados, la boca entreabierta, y jadeaba de dolor o placer, o ambas cosas. Lo ignoro. Tenía la mejilla humedecida por las lágrimas. Seguí moviéndome dentro de ella sin detenerme.
Transcurrió un minuto, quizá dos. Olvidé quién era Delilah, quién era yo, por qué estábamos allí. Sólo era consciente de la habitación, del calor, de una singularidad que generaba un ritmo tan antiguo como los océanos.
Oí un profundo gemido y comprendí que provenía de mí. O quizá era de Delilah. Abrió los ojos y me miró con gesto implorante. Le solté la muñeca y la aferré por las caderas. Delilah sujetó los bordes de la cómoda y se alzó de puntillas, levantando el culo. Movió los labios, pero si pronunció unas palabras, yo no las oí. Las piernas le temblaban. Cuando sentí que empezaba a correrse, me volví loco. Le clavé los dedos en las caderas. Los violentos latidos que me retumbaban en el pecho y la cabeza se fundieron con todo lo demás, mis piernas, mis testículos, mi vientre, el cuerpo de Delilah debajo de mí y frente a mí. La oí proferir de nuevo unas palabrotas en hebreo al tiempo que sentía que se corría en unas oleadas debajo de mí y a mi alrededor, y me corrí junto con ella.
Al cabo de unos instantes el delirio remitió. Me tendí suavemente sobre ella, apoyándome en mis antebrazos para no aplastarla. Ambos permanecimos quietos mientras nuestra respiración se normalizaba y nuestro sudor se secaba, recuperando el control.
Al cabo de un rato me incorporé, me aparté a un lado y la toqué en el hombro.
Delilah se alzó de la cómoda y me miró. Ninguno de los dos dijimos nada.
—¿Estás bien? —le pregunté al cabo de unos instantes.
—Sí —respondió Delilah.
—¿Quieres que hablemos?
—No, quiero salir de aquí.
—¿Crees que adelantarás algo con eso?
—No.
—Entonces es mejor que hablemos.
Se produjo una pausa. Delilah miró los jirones de su blusa y su sujetador y dejó que se deslizaran por sus brazos y cayeran al suelo. Luego se quitó la falda.
—Quiero saber una cosa —dijo Delilah.
—Adelante.
—Dime que no lo has hecho nunca. Me refiero a acostarte con una mujer sin ponerte un condón.
Pensé en Naomi y sobre todo en Midori.
—No lo he hecho desde hace unos años.
Delilah asintió con la cabeza.
—Me alegro. Aunque a estas alturas lo que menos me preocupa es el sida.
—Dime qué te traes entre manos.
Delilah se encaminó hacia la ducha, tomó un albornoz que colgaba de un gancho junto a la puerta y se lo puso. Yo me levanté e hice lo propio. Luego ambos nos sentamos en la cama.
—Esos hombres que mataste en Manila —dijo Delilah mirando sus manos. Tenía la voz un poco ronca—. Dos de ellos eran agentes de la CIA.
La miré. Comprendí que no me mentía.
—Joder —dije.
Delilah no respondió. Al cabo de unos instantes le pregunté:
—¿Es grave la situación?
—Mis colegas temen que la Agencia dé con tu paradero y te obliguen a confesar. No quieren correr ese riesgo.
—De modo que te enviaron ellos.
Delilah se encogió de hombros.
—¿Qué habrías hecho tú en mi lugar?
—¿Has venido para tenderme una trampa?
—Eso creía. Pero ahora no estoy segura.
—Eso no es lo que quería oír.
—Es la verdad.
—¿No tenías el valor de apretar tú misma el gatillo?
—Mi trabajo no es fácil.
Ambos guardamos silencio un rato mientras yo asimilaba la noticia.
—¿Y ahora qué? —pregunté.
Delilah se apartó unos mechones de pelo que tenía adheridos a la cara.
—Se supone que debo llamar a mi contacto para informarle de cuándo y dónde estarás en una situación vulnerable.
—¿Qué vas a decirle?
Delilah miró el techo y respondió:
—No tengo mi puñetera idea.
—¿Qué te ha hecho cambiar de opinión? —pregunté, pensando: «Aunque quizá no lo hayas hecho. Quizá sea ésta la trampa más astuta que has tendido a una víctima».
Decidí seguir poniéndola a prueba para cerciorarme. No creí que la forma en que su cuerpo había respondido fuera fingida. Pero quizá había un montón de tíos que habían muerto convencidos también de eso. Y quizá fuera un idiota por suponer que el cuerpo sigue siempre los dictados de la mente. O a la inversa.
Tras un largo silencio, Delilah dijo:
—Hasta ahora has tenido suerte. No conozco a nadie que haya tenido tanta suerte durante tanto tiempo. Pero nadie es inmune a las balas. No puedo seguir protegiéndote.
—¿Protegiéndome?
—Te advertí sobre aquel tipo en tu habitación en Macao.
—No era preciso que lo hicieras.
—¿Ah, no? Pero tomaste buena nota de mi advertencia.
Pasé por alto su comentario.
—¿Y esta vez? —pregunté.
Delilah me miró.
—Ya basta, ¿vale? Tú sabes por qué no quiero ser responsable de tu muerte. En Manila la cagaste y no sé si esta vez lograrás sobrevivir. Pero no quiero matarte. Ni contribuir a que te maten.
—No quisiera complicarte la vida.
Delilah me miró indignada.
—Deja de comportarte como un niño. Tú mismo provocaste esta situación, en la que yo también estoy metida.
Me detuve y suspiré. Necesitaba reflexionar. Tenía que haber una forma de salir del apuro.
—¿Te contaron lo que ocurrió en Manila? —pregunté.
—Sólo lo que les explicaste tú. Que trataste de matar a Lavi en unos lavabos, pero apareció su hijo y se interpuso entre vosotros. Luego entraron el guardaespaldas y otros dos tipos, y Lavi y el niño se escaparon.
—Sí, así fue como ocurrió más o menos.
—Quisiera oír tu versión, con todos los detalles.
Se lo conté, omitiendo a Dox.
Cuando terminé, Delilah dijo:
—Eso encaja con lo que mis colegas me han explicado. Al menos fueron sinceros.
—¿Saben qué hacía Manny con esos agentes de la CIA?
—Si lo saben, no me lo han contado. Aparte de decirme que Lavi es un conocido colaborador de la CIA.
Había algo que no dejaba de rondarme por la cabeza, reclamando mi atención. Analicé los datos, tratando de identificar las suposiciones. De pronto lo comprendí.
—¿Cómo saben tus colegas que esos hombres eran de la CIA? — pregunté.
Delilah se encogió de hombros.
—Lo ignoro. No se lo pregunté.
Tras reflexionar unos instantes, dije:
—Por lo que me han contado los de tu organización, Manny es un indeseable de primer orden. No es el tipo de persona que la Agencia pueda incorporar a su nómina. De hecho, es ilegal emplear a un tipo como Manny, incluso con posterioridad al 11-S. Si trascendiera, causaría a la CIA un problema de órdago. Las personas implicadas en el tema tendrían que dimitir.
—No te entiendo.
—Lo sé —respondí asintiendo con la cabeza—, y puede que tus colegas tengan el mismo problema. Trabajáis para una organización pequeña, cohesionada, que opera con escasa supervisión y pocos controles. Pero la CIA es distinta. Lo sé porque he trabajado para ellos esporádicamente durante muchos años. Los han atacado una y otra vez: la comisión eclesiástica, las purgas durante la época de Stansfield Turner y ahora de nuevo con ese tío llamado Goss. Han desarrollado una aversión pavloviana al riesgo. ¿Hacen bien reclutando a terroristas? Por supuesto. Pero si tú eres el tipo que se encarga de hacerlo, la persona que los recluta, más vale que te andes con cuidado. Que Dios se apiade de ti si pagas a alguien que tiene las manos manchadas de sangre americana, y si tu nombre figura en un documento comprometedor, la primera vez que un comité del Congreso trate de reafirmar sus prerrogativas, o que alguien necesite echar mano de un chivo expiatorio, o te granjees un enemigo burocrático, te crucificarán.
—De modo que das por supuesto que estaban utilizando a Lavi. Quizá enviaron a esos tíos para matarlo, al igual que te enviaron a ti.
Negué con la cabeza.
—No —respondí—. Por la forma en que entraron apresuradamente en el lavabo cuando Manny pulsó el botón de alarma, está claro que se dieron cuenta de que estaba en peligro y acudieron para protegerlo. Créeme, conozco los métodos que emplean.
—De acuerdo, no iban a por él.
—Exacto. ¿Entiendes adónde quiero ir a parar? Aquí hay algo que no encaja. Manny no es como un segundo secretario del consulado chino de cuya muerte todo el mundo quiere arrogarse el mérito. Es un tipo explosivo, un terrorista con las manos manchadas de sangre americana. Si Manny trabaja para la CIA, lo tratarán como si fuera radiactivo. No hubieran enviado a dos agentes para encararse con él. No tendría sentido.
Delilah me miró.
—Y si no eran de la CIA…
—Yo no tendría problemas con la CIA. En todo caso, no más graves que los que suelo tener con ellos. Quizá la situación sea más fluida de lo que parece en estos momentos. Quizá pueda intentar de nuevo eliminar a Manny.
—Ya te entiendo.
—¿Puedes averiguar cómo saben tus colegas lo que creen saber?
Delilah miró a su derecha, un signo neurolingüístico de construcción. Estaba imaginando cómo iba a hacerlo.
—Lo procuraré —contestó.
—¿Qué vas a decirle a Gil? —pregunté tratando de adivinar lo que Delilah estaba pensando.
—Que…
Delilah me miró, dándose cuenta de mi maniobra y de que había metido la pata. Pero el daño ya estaba hecho y prosiguió:
—Le llamaré por la mañana. Le diré que te propuse ir a bucear a una determinada playa en un determinado momento y que mi propuesta te hizo sospechar. Que cuando me desperté, te habías ido.
Supuse que sería Gil. Un asesino conoce a otro asesino.
—¿Crees que se lo tragará? —pregunté.
—Supongo que sospechará. Pero eso nos permitirá ganar tiempo.
—¿Confías en él?
Delilah frunció el ceño.
—Es un tipo muy… comprometido.
—Sí, a mí también me dio esa impresión.
—Pero es un profesional. Se mueve impulsado por un motivo. Si eliminas ese motivo, se centrará en otra cosa que le mantenga desvelado por las noches.
Asentí con la cabeza. El análisis de Delilah coincidía con el mío.
—Necesito dormir —dijo Delilah restregándose los ojos.
Me incliné hacia ella y le acaricié la mejilla. La miré a los ojos, deseando averiguar qué vería en ellos.
Fuera lo que fuere, era positivo. No había nada más que añadir. Apagamos la luz y nos metimos en la cama. Durante largo rato escuché su respiración en la oscuridad. Luego no recuerdo nada.
Delilah durmió profundamente durante dos horas, tras las cuales se despertó debido al desfase horario. Se volvió de costado y observó a Rain mientras dormía. Cielos, menudo follón.
Había venido convencida de que Rain la había pifiado y que la única forma de resolver el problema que había causado era matarlo. Rain conocía los riesgos y en cierto modo se merecía las consecuencias. Pero Delilah comprendió ahora que eso no era más que un intento de racionalizar el asunto, una defensa psíquica contra unos sentimientos que temía. Ver a Rain no había nublado su juicio, sino que lo había aclarado.
Habían contratado a Rain para un trabajo, y Rain había hecho lo que había podido sin apenas ningún dato en que basarse. ¿Qué pretendían que hiciera, que asesinara al niño? ¿Habían llegado a ese extremo? Delilah sabía que en el caso de Gil, sí. Si se encaraba con él, Gil utilizaría los argumentos de «un mal mayor y un mal menor», «daños colaterales» y «o ellos, o nosotros». Delilah no creía en nada de eso. Se negaba a creerlo. Le impresionaba que Rain aún fuera capaz de hacer distingos morales después de llevar en esta profesión tanto tiempo, más tiempo que Gil. Le hacía confiar en que ella también podía salvarse. Delilah no quería contribuir a tenderle una trampa por haberse comportado de una forma que hasta Gil, en última instancia, confesaría públicamente que era correcta. Sí, existía un problema, pero el director, Boaz y Gil habían propuesto una solución equivocada. Delilah lo veía ahora con toda claridad. Lo único que tenía que hacer era hallar una solución más conveniente. Estaba convencida de que lo lograría. De lo contrario… No, no quería pensar en eso. A menos que no tuviera más remedio.
Delilah sabía que, en cierto modo, estaba racionalizando el tema, que sus colegas considerarían su afán de hallar una tercera vía como una traición. Pero no le importaba. No eran tan listos como creían. Y su inversión era distinta de la de Delilah. Para ellos, Rain no era más que una pieza del tablero. Para Delilah, se había convertido en algo mucho más importante.
Rain le gustaba mucho, más de lo que le había gustado un hombre desde hacía tiempo. El sexo era estupendo —más que estupendo, increíble—, pero sólo constituía una parte. Además de eso, Delilah se sentía cómoda con Rain. No había reparado en la ausencia de ese bienestar en su vida hasta después de haber pasado unos días con él en Río. Hacía mucho tiempo que esa sensación había desaparecido, y en aquel entonces se había sentido tan abrumada por otros problemas que no había lamentado su pérdida.
Delilah había tenido muchas relaciones, tantas que había perdido la cuenta. Pero ninguno de esos hombres sabía a qué se dedicaba. Por intenso que fuera el enamoramiento, por satisfactorio que fuera el sexo, Delilah siempre era consciente de que esos hombres no la conocían, no podían conocerla. No podían comprender sus convicciones, sus dudas, calmar sus frustraciones, aliviar el dolor periódico de su alma. No era de extrañar que se cansara rápidamente de ellos.
Rain era distinto. Desde un principio Delilah había comprendido que Rain sabía exactamente a qué se dedicaba, aunque Delilah no se lo hubiera dicho. Rain la comprendía sin que ella tuviera que darle ninguna explicación. Se mostraba paciente con sus arrebatos de malhumor. Sabía lo que hacía, sí, pero no la juzgaba. Más importante aún, Delilah intuía que Rain incluso la admiraba por sus convicciones, por los sacrificios personales que había hecho para la causa que la definía. Delilah había identificado la ausencia de una causa en el caso de Rain, y su afán de alcanzarla, como uno de los rasgos clave de su personalidad, y recordaba, no sin remordimientos, que ella misma se lo había contado a sus colegas por considerarlo una baza potencialmente útil.
Delilah había hallado también cierto confort en la situación en que se encontraban ambos: no cabía la menor duda sobre el estatus de ambos, ni absurdas esperanzas sobre adónde los conduciría su relación. No había dolor ni recriminaciones sobre por qué uno de ellos no había llamado al otro o había tenido que anular una cita. Ni siquiera sus distintas filiaciones y el posible conflicto de intereses que éstas podían provocar, como efectivamente había ocurrido, representaban un problema grave. En francés lo llamaban sympa, «simpatía». En inglés utilizaban la expresión banal pero quizá más descriptiva de same sheet of music, «estar en la misma onda». En cierto aspecto era maravilloso.
Todo eso era importante para Delilah, pero había algo aún más importante, más improbable: Delilah sabía que Rain confiaba en ella. Como es natural, Rain no había abandonado sus tácticas, ni ella esperaba que lo hiciera. Sus movimientos eran tan sutiles como de costumbre, pero por más que Rain tratara de fingir un comportamiento normal y corriente, Delilah sabía lo que hacía. El hecho de recogerla frente a la aduana en Bangkok y conducirla en taxi a la terminal de vuelos nacionales había sido una forma agradable, aunque evidente, de controlar la situación. Si Gil u otra persona hubieran estado siguiendo a Delilah, Rain lo habría descubierto en el acto. Delilah sospechaba que Rain utilizaba otros medios, posiblemente electrónicos, de contravigilancia, que ella no había detectado. A veces era consciente de que las preguntas «inocentes» que le hacía Rain encerraban unas trampas y unos significados ocultos. Pero eran unos reflejos automáticos en Rain, generados por la costumbre. Delilah intuía que Rain empleaba esas tácticas para asegurarse de que no se había ablandado, de que seguía protegiéndose, de que no iba a ser tan estúpido como para fiarse de alguien como ella.
Aunque no se lo habría revelado a Gil ni a nadie, Delilah había comprendido desde el momento en que sus colegas se lo habían propuesto que Rain aceptaría reunirse con ella. Delilah se preguntó qué razonamientos había utilizado Rain para convencerse de que debía reunirse con ella en Bangkok. Probablemente se había dicho que Delilah le proporcionaría más datos sobre Lavi. Y quizá Rain había confiado en que fuera así, pero Delilah conocía la verdadera razón. La verdadera razón era que confiaba en ella.
Al observarlo mientras dormía, Delilah sintió una gratitud tan profunda que se le saltaron las lágrimas. Deseaba despertarlo con un beso, tomar su rostro entre sus manos, mirarle a los ojos y darle las gracias, para que Rain comprendiera el valor que tenía para ella esa confianza, una confianza que ni siquiera los hombres con quienes trabajaba habían depositado jamás en ella. Delilah sonrió ligeramente ante aquel deseo tan ridículo y esperó a que se le pasara.
Rain era en muchos aspectos un tipo extraño, lo cual a Delilah le parecía muy atrayente. A veces lo que veía en sus ojos le recordaba lo que habían mostrado los ojos de sus padres cuando su hermano había sido asesinado en el Líbano. Era una expresión que la enternecía, al igual que el que Rain tratara siempre de borrarla cuando se percataba de que Delilah le observaba atentamente. En cierta ocasión Delilah le había preguntado si alguna vez había sido niño. Rain había respondido negativamente. Delilah no había insistido, intuyendo que debía abordar los eventos capaces de propiciar esa expresión de forma progresiva, indirecta, suponiendo que eso fuera posible.
Delilah sabía que Rain y ella lo tenían todo en contra, pero no quería pensar en eso ahora. Prefería pensar en cómo tratarían de recuperar el tiempo perdido cuando todo se resolviera. Habían estado juntos en Macao, en Hong Kong y ahora en Tailandia. Siempre en territorio de Rain. Y en Río, que constituía un terreno neutral. Delilah deseaba llevar a Rain a Europa, donde se sentía más en su casa que en Israel. Quizá a Barcelona, o a la costa amalfitana. Un lugar donde Rain no hubiera estado nunca, donde el tiempo que pasaran juntos representara una novedad despojada de recuerdos.
Delilah observó a Rain. Jamás había conocido a un hombre que durmiera de una forma tan silenciosa. No dejaba de ser un tanto inquietante que alguien se mostrara sigiloso incluso cuando dormía.
Al cabo de un buen rato, Delilah se quedó también dormida.