Un último asesinato

Barry Eisler · Capítulo 6 de 27

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Un último asesinato

Capítulo 6

 

Jim Hilger no se alteraba nunca. No es que no mostrara nerviosismo, sino que no lo experimentaba. Cuanto más caótica era la situación que le rodeaba, más sereno y centrado se sentía, una cualidad que le había convertido en uno de los mejores tiradores de combate de las Fuerzas Especiales durante la primera guerra del Golfo. Cuando alguien disparaba contra él, parecía como si su personalidad abandonara su cuerpo dejando en su lugar una metralleta. Hilger sabía que, de haber vivido en la época de los duelos, no habría permitido que nadie se pusiera chulo con él.

Hilger sabía también que su imperturbabilidad constituía un rasgo muy útil para un líder. En combate, cuando sus hombres observaban lo sereno y letal que se mostraba, asumían también una actitud serena y letal. Y ahora, en su nuevo papel, Hilger había descubierto que su actitud de encefalograma plano le confería poder sobre las personas a las que dirigía. Cuanto más se alteraban durante una crisis, más disminuía la temperatura de Jim, enfriando también a la gente que le rodeaba. Parecía como si los otros dieran por supuesto que Hilger sabía algo que ellos ignoraban; de lo contrario, él también habría perdido los estribos. Lo cierto era que Hilger dudaba que supiera más que los demás. Simplemente confiaba en su frialdad, creía que era una de las cualidades con las que podía contar para superar una crisis, como siempre había ocurrido. Confiaba en ello más que en ninguna otra cosa.

Cuando Manny le había llamado la víspera, casi histérico de furia, había puesto a prueba la serenidad de Hilger. «Cuéntame lo ocurrido», había repetido Hilger mientras Manny tronaba y amenazaba. Le había costado lo suyo, pero por fin había logrado que Manny se sosegara. No obstante, la situación era como para ponerse histérico. Alguien había tratado de asesinar a Manny en Manila, y Calver y Gibbons, dos de los mejores hombres de Hilger, los cuales habían pertenecido a su unidad durante la guerra del Golfo, habían muerto en el tiroteo. Una primera e importante reunión con un colaborador, que Jim Hilger había tratado de concertar con ayuda de Manny desde hacía dos años, y para la que Calver y Gibbons se habían desplazado a Manila, había sido abortada. ¡Qué desastre!

Mientras Manny le contaba la noticia entre jadeos y bufidos, Hilger comenzó automáticamente a pensar en la forma de resolver el problema.

—¿Dónde está VBM? —preguntó, utilizando las siglas que habían asignado al nuevo colaborador.

—No lo sé —respondió Manny—. No tengo una forma inmediata de comunicarme con él. Probablemente acudió al lugar donde debía celebrarse la reunión y, al ver que no aparecíamos, se marchó.

«Mierda.» No era la primera impresión en la que Hilger había confiado.

—¿Puedes volver a ponerte en contacto con él y fijar otra reunión? — preguntó.

Eso generó un pequeño estallido.

—¿Otra reunión? ¡Alguien ha tratado de asesinarme! ¡Delante de mi familia!

Hilger comprendió que no estaba manifestando las debidas prioridades. Bien, vayamos por partes.

—Mira, no podemos resolver nada por teléfono —dijo Hilger a Manny—. Es preciso que nos veamos para que me des todos los detalles. Luego pensaremos en lo que debemos hacer.

—Pero ¿cómo puedo fiarme de ti? —se lamentó Manny—. ¿Cómo sé que no estás detrás de esto?

—Esos hombres que murieron estaban a mis órdenes —contestó Hilger—. No puedo darte una prueba más fehaciente.

Manny no se comportaba de forma racional.

—Quizá fuera un truco —dijo.

Hilger suspiró.

—Si trabajamos juntos, quizá logremos resolver este problema como es debido —dijo.

Se produjo una larga pausa. El corazón de Hilger latía a un ritmo lento y regular.

—De acuerdo —respondió Manny.

—Bien. ¿Dónde quieres que nos veamos? —preguntó Hilger. Dar a Manny la opción de elegir el lugar contribuiría a aplacar sus absurdas sospechas.

—En Manila, no. Puedo ir a…

Manny se detuvo, y Hilger dedujo que había estado a punto de decir Hong Kong, pero había cambiado de parecer. Hong Kong era donde residía Hilger, donde vivía bajo su tapadera de consultor financiero. Manny no quería ofrecerle demasiadas ventajas en esos momentos y, probablemente para fastidiar, se afanaba por ponerle las cosas difíciles.

—Yakarta —dijo Manny—. Puedo ir a Yakarta.

A Hilger no le apetecía volar a Yakarta. Manny era un coñazo de tío.

—De acuerdo. Pero antes tengo que resolver unos asuntos aquí, lo cual me llevará unos días. ¿Estás seguro de que no puedes venir a Hong Kong?

Se produjo un prolongado silencio.

—Mira, podemos encontrarnos donde quieras —dijo Hilger—, pero en Hong Kong solucionaremos antes el tema, y me gustaría zanjarlo cuanto antes. Podemos reunirnos en cualquier lugar de Hong Kong. ¿Te parece bien?

Manny accedió. Al día siguiente estaban sentados en una cafetería cerca de Nathan Road en Kowloon, a quince minutos en taxi del despacho de Hilger a través del túnel de Cross-Harbor. En Kowloon no se veían tantos rostros blancos como en el distrito Central, donde trabajaba Hilger, pero los suficientes para que ninguno de los dos llamara la atención, y no era probable que Hilger se topara con algún conocido. No es que temiera que alguien reconociera a Manny —su rostro no aparecía en unos carteles en las comisarías, aunque quizá el día menos pensado aparecería—, pero había que andarse con pies de plomo. Hilger había tomado las precauciones habituales para asegurarse de que no le seguían, y confiaba en que Manny hubiera hecho lo propio. Hilger había escuchado pacientemente mientras Manny se dejaba llevar por su acostumbrado histerismo. Después de un buen rato de limitarse a asentir con gesto comprensivo, comenzó a interrogarle.

—Cuéntame exactamente lo ocurrido —ordenó Hilger a Manny, sabiendo que su serenidad tranquilizaría a éste—. No sólo ese día, sino todos los días, desde el momento en que llegaste a Manila.

Manny obedeció. Cuando terminó, Hilger profundizó en los detalles.

—Dices que había dos tipos.

—Eso creo. Alguien entró después de que lo hiciera el guardaespaldas.

—Pero no le viste la cara.

—No con claridad. Era un tipo corpulento. Creo que caucásico. No estoy seguro.

Después de reflexionar unos instantes, Hilger dijo:

—No importa. Aunque no le hubieras visto, yo te habría dicho que estaba allí. Dices que el primer tipo, el asiático, ya se encontraba en el lavabo.

—Sí.

—Te había estado siguiendo durante un rato antes de tomar la decisión de adelantarse a ti y entrar en el lavabo. Pero no lo habría hecho de no haber tenido a un colega que te estuviera observando constantemente. De lo contrario, si se hubiera equivocado al creer que ibas a entrar en el lavabo, te habría perdido.

—Sí, parece lógico —respondió Manny asintiendo con la cabeza.

—¿Crees que podrías reconocer al asiático?

Manny asintió.

—Sí, si le viera de nuevo. Le vi la cara con bastante claridad. ¿Puedes dar con él? ¿Y el otro?

—Tengo unas fotografías —respondió Hilger tras reflexionar unos instantes—. Te las enseñaré antes de que te vayas. Así comprobaremos si viste a los hombres que creo que estaban allí.

—Entonces puedes dar con ellos.

Hilger sabía que si tenía razón sobre la identidad de esos hombres, identificarlos sería coser y cantar comparado con la tarea de dar con ellos. No obstante, respondió:

—Creo que sí.

—Más vale que des con ellos —dijo Manny inclinándose hacia delante—. Y cuando los encuentres, hazles sufrir durante un buen rato. Me siguieron cuando iba acompañado de mi familia, podrían haber lastimado a mi hijo.

Hilger asintió para demostrar a Manny que podía contar con él.

—¿Y VBM? —preguntó Hilger—. ¿Puedes ponerte en contacto con él, concertar otra entrevista?

Hilger quería que Manny comprendiera que se trataba de un favor a cambio de otro favor.

Manny se encogió de hombros.

—Ya le he dejado un mensaje. Pero no es fácil localizarlo. Quizá se asuste cuando averigüe lo que ocurrió en Manila.

Hilger dudaba que VBM se asustara con facilidad. Los hombres como él son duros de pelar. Pero no merecía la pena contradecir a Manny.

—Si se asusta, mala suerte —dijo—. Pero si le has explicado lo que los de mi organización pueden hacer por él, creo que no dudará en asistir a esa reunión.

—Ya se lo he dicho.

—Bien. Sigue tratando de localizarlo. Cuando lo consigas, dile que ya nos hemos ocupado de las personas implicadas en el problema de Manila. Dile que…

—Se lo diré cuando sea cierto.

—Cuando consigas dar con él, será cierto —replicó Hilger con un tono tan impávido como su mirada.

Manny asintió con la cabeza, y Hilger prosiguió:

—Dile que yo también asistiré a esa reunión, que podemos organizarla donde él prefiera. Y dale el número de mi móvil, para que me llame cuando quiera hablar directamente conmigo.

Manny asintió de nuevo con la cabeza.

—De acuerdo —respondió.

Hilger detectó cierto gesto de malhumor en la forma en que Manny apretó los labios, sin duda provocado por el empeño de Hilger en hablar de temas no relacionados directamente con los problemas que había sufrido Manny recientemente.

—¿Quién crees que puede estar detrás de esto? —preguntó Hilger, en parte para seguir interrogando a Manny sobre el incidente y en parte para aplacarlo.

Manny se repantigó en su asiento y se encogió de hombros.

—¿Cómo voy a saberlo? Podría ser cualquiera.

—«Cualquiera» no me sirve, procura ser más concreto.

—¿Sospechas tú de alguien?

—Yo tengo mis propias ideas, Manny, pero dudo que haya alguien más cualificado para saberlo que tú. ¿Me estás ocultando algo? Porque en ese caso va a dificultar mi tarea.

Manny negó con la cabeza.

—No te oculto nada. No lo sé. Supongo que pudo haber sido el Mossad. Quizá no les gusten mis amistades. ¡Malditos hipócritas!

Hilger había pensado en los israelíes. De hecho, estaban a la cabeza de su breve lista.

—¿Se te ocurre alguien más?

Manny miró a Hilger.

—La CIA, por supuesto.

Hilger asintió con la cabeza.

—Los contactos que tengo allí lo están investigando. ¿Quién más? ¿El BIN?

—¿El BIN?

—El Badan. Los servicios de inteligencia de Indonesia. Han tenido muchos problemas: Bali, el Yakarta Marriot, la embajada australiana…

—El BIN, sí. Es posible.

Hilger comprendió que Manny no iba a ayudarle en eso. Era el tipo de hombre al que le irrita reconocer que tiene enemigos peligrosos, lo cual, teniendo en cuenta sus actividades, era casi cómico. Parecía como si fuera la primera vez que Manny se enfrentaba al hecho de que alguien estaba empeñado en eliminarlo y no reparara en medios para conseguirlo. A Manny le llevaría un tiempo aceptar esa realidad. Entre tanto, Hilger tendría que investigar por su cuenta. En cualquier caso, estaba acostumbrado a hacer las cosas solo. A veces era la única forma de obtener resultados.

Hilger decidió regresar a la primera parte del interrogatorio, en la que Manny se mostraba más útil.

—Dices que cuando el asiático te vio, se quedó como paralizado —dijo Hilger—. ¿Quizá porque vio a tu hijo?

—No, creo que me vio a mí —contestó Manny con hosquedad.

Hilger se preguntó cuántos detalles recordaba Manny del episodio. No creía que lo recordara con gran precisión; los recuerdos de los incidentes traumáticos no suelen ser exactos. Por otra parte, Manny probablemente quería convencerse de que los hombres que habían intentado matarlo eran unos asesinos crueles e inhumanos. De esa forma se sentiría como un dechado de virtudes en comparación con ellos. El que uno de esos hombres hubiera dudado al ver al niño no encajaba con ese punto de vista, impedía que Manny se sintiera virtuoso en comparación con los otros y, por tanto, lo rechazaría. La mentalidad de un hombre como Manny tenía muchas formas de halagarse inconscientemente. Uno tenía que andarse con cautela.

—No obstante —dijo Hilger—, me extraña que ese hombre dudara, independientemente de sus motivos. El dudar suele ser un defecto de los inexpertos.

Manny le miró malhumorado.

—Puede que esos hombres fueran inexpertos.

—Unos inexpertos no habrían podido cargarse a tu guardaespaldas y a mis hombres. Los despacharon a todos de unos tiros certeros en la cabeza. Créeme, esos tiradores no eran unos principiantes.

—Entonces, ¿por qué dudó ese tío?

—Aún no lo sé —respondió Hilger meneando la cabeza.

—Mi hijo está traumatizado —dijo Manny—. Su madre y él han ido a pasar una temporada en casa de unos parientes que tiene ella en las provincias.

—Puedo conseguir más protección para ellos.

—Allí estarán seguros. Pero yo necesito un nuevo guardaespaldas.

Eso era lo más aproximado que Hilger había oído a una manifestación de pesar por la muerte de uno de los hombres que habían sacrificado su vida para salvar la de Manny. «Yo, yo, yo», pensó Hilger. No era sólo Manny. Era todo el puto mundo.

—De lo contrario —prosiguió Manny—, no podré seguir ayudándote.

Hilger suspiró. Manny siempre profería unas amenazas innecesarias y a destiempo.

—Ya me he ocupado de eso —respondió Hilger.

—¿Y los tipos que trataron de matarme?

—Mis hombres darán con ellos.

Manny crispó la mandíbula y dijo:

—Pues procura dar con ellos cuanto antes. No eres el único amigo que tengo.

Otra estúpida amenaza. Hilger la había previsto.

—Ya sé que tienes muchos amigos, Manny —dijo Hilger—. ¿Te han demostrado ser tan fiables como yo?

Tras guardar silencio unos instantes, Manny le espetó:

—¡Me aseguraste que nuestra amistad me protegería, que jamás ocurriría algo como esto!

Hilger le miró. Por primera vez desde que habían iniciado la conversación, dejó que su tono denotara cierta emoción; en parte para impresionar a Manny, pero no del todo.

—Dos de mis hombres murieron para protegerte —dijo Hilger—. Junto con el guardaespaldas que te asigné.

Manny no respondió. Hilger interpretó su silencio como un gesto petulante. Habían muerto tres hombres por él, y Manny ni siquiera era capaz de decir: «De acuerdo, tienes razón».

—Si acudes a otras personas —prosiguió Hilger—, eso complicará mi tarea. Dame tiempo para solventar el problema antes de complicar las cosas, ¿de acuerdo?

—Tengo otros amigos —insistió Manny.

Hilger suspiró. Había llegado el momento de administrarle una inyección de realismo.

—Manny, las personas a las que te refieres no son amigas tuyas. Son personas que conoces, que tienen sus propios intereses. Si esas personas deciden que sus intereses no coinciden con los tuyos, adoptarán una actitud decididamente poco amistosa hacia ti. ¿Cómo quieres que yo te proteja entonces?

Manny miró a Hilger, enojado porque éste no se tomaba en serio sus amenazas y encima había proferido una amenaza velada.

—Hazles sufrir —repitió Manny, exigiendo algo para guardar las apariencias.

Hilger asintió.

—Lo haré —respondió, más porque pensaba en sus hombres que por el deseo de complacer a Manny.