Un último asesinato
Capítulo 25
Tatsu tardó unos días, pero por fin logró averiguar dónde podía hallar yo a la esposa filipina de Manny. Supuse que, después de lo que le había ocurrido a Manny en Manila, éste habría enviado a su esposa a casa de su familia, fuera de la ciudad, y acerté.
Mientras esperaba a que Tatsu me facilitara esa información, me quedé en mi suite en el Four Seasons. Era un hotel precioso y una excelente base desde la cual visitar de nuevo muchos sectores de la ciudad que había echado de menos durante mi reciente exilio. Evité los sectores que tiempo atrás había frecuentado lo suficiente como para ser reconocido si regresaba a ellos, pues no quería hacer nada que activara la pantalla del radar de Yamaoto. Pero había muchos lugares que yo había frecuentado anteriormente, y que podía volver a visitar sin sufrir ningún percance: bares como Teize y Bo Sono Ni en Nishi Azabu; templos como Tomioka Hachimangu, donde no tardarían en florecer las glicinias; alegres bulevares como Chuo-dori en Ginza y callejones y callejuelas oscuros y demasiado desconocidos.
Comprendí que Tatsu había estado en lo cierto sobre la Tierra y el Sol. Todo cuanto contemplé se correspondía con la plantilla que guardaba en mi memoria, pero los contornos aparecían sutil e indescriptiblemente distintos. La idea de que me había convertido en padre me abrumaba. No había visto a mi hijo salvo en unas fotografías tomadas con un teleobjetivo, ni siquiera había sospechado su existencia hasta hacía unos días, pero de pronto me sentía conectado a un posible futuro de una forma que jamás había imaginado. No era sólo que tenía un hijo, y mis padres, un nieto póstumo. Era la conexión que ese niño me ofrecía con Midori, algo que intuí que jamás podría negarse, ni siquiera después de lo que yo había hecho a su padre. Ignoraba si esa nueva vida lograría superar una muerte que yo había provocado tiempo atrás, pero la posibilidad me llenaba de una angustiosa esperanza.
Respondí al mensaje de Delilah diciéndole que necesitaba urgentemente unas vacaciones. Tenía que atender unos asuntos que me llevarían unos días, pero después podíamos reunirnos donde ella quisiera. Delilah me preguntó si había estado alguna vez en Barcelona. Le dije que no, pero que hacía tiempo que deseaba ir. Acordamos mantenernos en contacto durante los próximos días, mientras Delilah resolvía su situación y yo solucionaba unos asuntos.
Todos los días leía la prensa, principalmente el Washington Post. Confiaba en ver el nombre de Hilger en los periódicos. La publicidad, como Kanezaki sabía, hundiría a Hilger, quizá incluso hiciera que sus protectores le dieran la espalda. Pero no vi ninguna noticia sobre él, y temí que no apareciera ninguna. Hilger era muy astuto.
Los tiroteos que se habían producido en el China Club y a bordo del Star Ferry habían recibido una amplia cobertura en el South China Morning Post y otros periódicos locales en lengua inglesa. Unos testigos habían ofrecido unas descripciones de varias personas involucradas en dichos incidentes, pero hasta la fecha sólo habían «arrestado» a un hombre caucásico, Gil, que había fallecido a causa de las heridas de bala recibidas antes de que pudieran interrogarle. Habían identificado el cuerpo de Manny. Su guardaespaldas había recobrado el conocimiento tras sufrir tan sólo la resaca de un tranquilizante de caballo y un gigantesco hematoma en la parte posterior de la cabeza, y había identificado a su difunto cliente ante la policía. Y habían sacado de las turbias aguas de Victoria Harbor un cadáver. La policía estaba cotejando las pruebas dentales y el ADN, pero aún no podía decir quién era el difunto.
Una tarde me hallaba en un cibercafé en Minami Azabu, uno de mis sectores favoritos de la ciudad, cuando recibí el mensaje de Tatsu. Era breve: una dirección en Batangas, a unas dos horas en coche al sur de Manila. Como de costumbre, Tatsu se abstuvo de peguntarme por qué quería obtener esa información, pero una breve nota, al pie de su mensaje, indicaba que quizá ya lo supiera:
Me alegré mucho de verte la otra noche. Deberíamos reunirnos más a menudo. Ni tú
ni yo nos hacemos más jóvenes.
Ya me dirás lo que quieres que haga referente al asunto que comentamos. Como es
natural, cuenta con todos mis recursos para ayudarte.
Te deseo suerte con lo que debes hacer en primer lugar.
«Cuenta con todos mis recursos.» Eso era mucho decir. No se trataba sólo de su cargo en el Keisatsucho, el FBI japonés. Eso era lo de menos. Tatsu disponía de un grupo de hombres leales, aparte de otros colaboradores que dejarían pálido al espía más curtido. Yo tendría que reflexionar sobre ello. Pero lo primero era lo primero.
Hice los acostumbrados preparativos para el viaje a través de internet, transferí dinero de una cuenta en el extranjero a otra, y me pasé por el Citibank para retirar una elevada cantidad de dinero, la suma que me habían pagado por eliminar a Manny. Me llevé el dinero en billetes de diez mil yenes, que equivalían a cuatro fajos, cada uno compuesto por quinientos billetes, y lo guardé en el maletín.
Al salir del banco, hice unas compras en esa zona: las típicas golosinas japonesas como daifuku, sakura-mochi y kashiwa-mochi, un quimono, unas zapatillas geta y varios paquetes de papel para caligrafía de calidad superior. En todas las tiendas envolvieron los artículos exquisitamente —eran para regalo— y me los entregaron en una elegante bolsa.
Tras finalizar las compras, me dirigí a Kinko’s, donde reduje el contenido de uno de los paquetes de papel para caligrafía a fin de guardar en él los fajos de billetes. Cerré el paquete y lo coloqué de nuevo en la bolsa correspondiente.
Abandoné el hotel a la mañana siguiente, temprano, y tomé un vuelo para Manila. Llegué a las nueve y media y no tuve mayores problemas al pasar la aduana junto con docenas de otros hombres de negocios procedentes de Tokio. Todos llevábamos los típicos regalos del exótico Japón. Un taxi me llevó al Mandarin Oriental en Makati. Les dije que deseaba alquilar un coche con chófer durante medio día. Por supuesto, les pagaría en efectivo. Me dijeron que no había ningún problema y me facilitaron de inmediato un Mercedes E230 y un chófer. Di al conductor las señas y partimos.
Hacía un tiempo caluroso y húmedo, como suele hacer en esa región, y el cielo estaba saturado de una contaminación que casi imploraba que estallara una violenta tormenta para eliminarla. Durante el trayecto sustituí el inocuo contenido del maletín por los cuatro fajos de billetes.
Mientras circulábamos, dejamos atrás el núcleo urbano de Metro Manila, y al cabo de un rato pasamos frente a unos arrozales y unos cocoteros. Hacía pocos días había contemplado la misma campiña, pero hoy me pareció diferente, como inhóspita, implacable.
Contemplé a través de la ventanilla los campos y los animales de granja y me pregunté si la mujer se habría enterado ya de la muerte de Manny. Había ocurrido hacía pocos días, y pensé que era posible que no hubiera recibido aún la noticia.
Las carreteras por las que circulábamos se hicieron más estrechas, con unos baches más frecuentes y profundos. El chófer se detuvo en dos ocasiones para preguntar la dirección. Por fin nos detuvimos delante de una destartalada vivienda de techo bajo, situada al final de un camino de tierra y rodeada de arrozales. Junto a la casa había unas vacas escuálidas que agitaban la cola para ahuyentar a los insectos, así como unos pollos y unos perrillos que correteaban alegremente. En el porche había una docena de personas sentadas en unas sillas de plástico. Supuse que se trataba de una familia numerosa, pero eran demasiados como para alojarse todos en esa casucha. Algo había ocurrido, posiblemente una tragedia, y los visitantes habían acudido para ofrecer su apoyo, para ayudar a los supervivientes a superarla.
Vi a la esposa de Manny sentada frente a otras dos mujeres más jóvenes, quienes quizá fueran sus hermanas. El niño estaba sentado con gesto apático en el regazo de una anciana, posiblemente su abuela. Yo conocía bien esa escena, y durante unos instantes vacilé. Luego, paradójicamente, las frías anteojeras que me habían permitido liquidar a Manny me permitieron seguir adelante también esta vez.
Me apeé del coche. Observé que la conversación había cesado. Las personas congregadas frente a la casa me miraron con curiosidad. Tomé el maletín y me encaminé hacia la esposa de Manny con paso decidido. Antes de hablar, incliné la cabeza respetuosamente.
—Soy abogado, encargado del reparto de la herencia de Manny Lavi — dije. Sentí que con el traje y el maletín que llevaba desempeñaba mi papel a la perfección. Y si un abogado suele comportarse con frialdad en un momento tan delicado como ése, esa parte de mi actuación también era impecable, pues hasta me costaba mirar a la mujer.
La esposa de Manny se levantó. Era una mujer menuda, muy guapa y, como muchas filipinas, parecía más joven de lo que probablemente era.
—¿Sí? —preguntó en un inglés con un ligero acento.
—El señor Lavi dio a mi bufete unas instrucciones precisas respecto a lo que se debía hacer en caso de que él falleciera. Ordenó que ciertos fondos fueran transferidos a usted, en beneficio de… su hijo.
Pensé que era posible que Manny se hubiera ocupado de dejar un dinero a su esposa y su hijo en caso de que él muriera. Pero en vista de que ya tenía una familia en Johannesburgo, quizá no lo había hecho. En cualquier caso, me daba lo mismo. Eso era lo de menos.
El niño saltó del regazo de su abuela y echó a correr hacia su madre. Quizá se asustó al ver a su madre hablando con un extraño.
—Mamá, mamá —gritó a la vez que se acercaba a su madre con los brazos extendidos.
La mujer lo tomó en brazos, no sin cierto esfuerzo, y el niño se abrazó a ella. Observé que el pequeño estaba traumatizado por la noticia que acababan de recibir. «Es normal», me dije.
—¿Unos fondos? —preguntó la mujer mientras movía la cabeza con perplejidad.
—Sí —respondí, carraspeando para aclararme la garganta—. De la herencia del señor Lavi. Tome.
Le alargué el maletín, pero la mujer no podía cogerlo mientras sostenía al niño en brazos.
Sentí una extraña sensación, como si estuviera mareado. Quizá se debía al calor, a la humedad.
—Este dinero le pertenece —dije depositando el maletín frente a la mujer. Volví a carraspear—. Confío… Mi bufete confía en que le sea provechoso. Lamento que haya perdido a su marido.
El niño rompió a llorar débilmente. La mujer le acarició la espalda. Tragué saliva, incliné de nuevo la cabeza, di media vuelta y me dirigí hacia el coche.
Cielos, estaba casi a punto de vomitar. Sí, debía de ser el calor. Me monté en el coche. Cuando arrancamos, me volví. Todos me estaban observando.
Pasamos de nuevo junto a los arrozales y los animales de granja que nos observaron con indiferencia. Me sentía deprimido. No cesaba de oír en mi mente al niño gritando «¡mamá!» una y otra vez. Temía no dejar de oír nunca su voz.
Seguimos avanzando por la carretera. Los baches parecían cráteres.
—Pare —dije al conductor.
Éste se arrimó al borde del camino de tierra y detuvo el coche. Abrí la puerta y bajé apresuradamente. Casi no me dio tiempo. Me apoyé en la puerta del coche, me incliné hacia delante y vomité todo lo que llevaba dentro. Sentí como si mi estómago fuera a desprenderse de sus amarras y cayera en ese camino de mala muerte en el que me hallaba.
Por fin mis náuseas remitieron. Me detuve unos instantes, aspirando aire, luego me enjugué la cara, escupí y me monté de nuevo en el coche. El conductor me preguntó si estaba bien. Asentí con la cabeza. Era el clima, respondí. No lograba acostumbrarme.
Pedí al conductor que me llevara al aeropuerto. No sabía adónde iría desde ahí. En cualquier caso, sabía que todo lo que había hecho me acompañaría siempre.