Un último asesinato

Barry Eisler · Capítulo 7 de 27

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Un último asesinato

Capítulo 7

 

 

Para matar el rato antes de encontrarme con Dox y pasar juntos la velada, me dirigí en taxi a la cercana zona de Silom, en busca de un cibercafé.

Por lo general, cuando instalo un tablón de anuncios electrónico, no lo borro. Los clientes tienen que disponer de un medio para ponerse en contacto conmigo, como el que les ofrece un tablón de anuncios electrónico. Pero cuando los imperativos laborales no justifican el mantenerlo continuamente, el placer, en forma de una persistente esperanza, me proporciona la necesaria motivación. De haber establecido un tablón de anuncios con Midori, que me había amado y posteriormente abandonado al averiguar que yo había matado a su padre, probablemente lo consultaría constantemente. En lugar de un tablón de anuncios, mantengo vivas mis esperanzas con respecto a Midori escuchando sus discos compactos, de los que poseo cuatro, a cual más profundo, conmovedor e innovador; imaginando a sus admiradores aplaudiendo con entusiasmo sus interpretaciones al piano en las oscuras cuevas de jazz en el sur de Manhattan, por el cual Midori había abandonado Tokio; susurrando su nombre cada noche como un melancólico conjuro que siempre logra invocar, junto con ciertas cualidades del espíritu de Midori, el persistente dolor de su ausencia.

Mientras consultaba el tablón de anuncios que había establecido con Delilah, me dije que era una mezcla de trabajo y placer. El haberme presentado Delilah a los israelíes fue lo que me había proporcionado el encargo de liquidar a Manny, y si yo conseguía solventar las catastróficas consecuencias del mismo, quizá recibiera más encargos. Pero el trabajo no era el motivo por el que yo mantenía el tablón de anuncios electrónico, ni el motivo de consultarlo casi a diario. Sabía que el verdadero motivo era el tiempo robado que Delilah y yo habíamos pasado juntos en Río después de nuestro altercado inicial en Macao, y la experiencia cercana a la muerte que yo había sufrido allí.

No era sólo sexo, por más que había sido fantástico, ni la impresionante belleza de Delilah. Era algo más profundo que poseía Delilah, algo que yo no lograba alcanzar ni identificar: remordimientos por el papel que había desempeñado en numerosos asesinatos; amargura por el trato despectivo que recibía de los de su organización; pesar por haber renunciado a una vida normal, a su familia, que probablemente jamás podría recuperar. Delilah no había sido una compañera ideal para mí. A veces se mostraba exigente, otras malhumorada, y tenía mal genio. Pero supuse que la dulzura y la perfección eran la pantomima que Delilah representaba ante los objetivos de su trabajo. La incertidumbre y las barreras que aderezaban nuestra relación me convencieron de sus sentimientos hacia mí y me indujeron a confiar en ella. Y la confianza, como yo había empezado a descubrir con Dox, era un narcótico peligroso. Creía haberme liberado de su hechizo, haber superado el «mono» que me producía su ausencia. Pero había vuelto a probar unas gotas de ese elixir, y pese a haberme acostumbrado a vivir sin él durante muchos años, éste se había vuelto de pronto indispensable.

Dije al taxista que me dejara en Silom Road, debajo de la estación del Sky Train, o tren elevado, de Sala Daeng. El tren había sido inaugurado hacía unos años, y era la primera vez que me hallaba de regreso en Bangkok e iba a comprobar su eficacia. No sabía si me complacería. Era indudable que su presencia facilitaba el tránsito por la ciudad, uniendo unos puntos que antes habían permanecido inoportunamente alejados debido a los embotellamientos del tráfico. Pero todo tiene un precio. El pasaje elevado formado por vías férreas y andenes de hormigón sumergía las calles que discurrían debajo en sombras, y concentraba y amplificaba el ruido, la contaminación y el peso condensado de la metrópoli. Sonreí con cierta tristeza porque había observado el mismo fenómeno en Tokio debido a las autopistas elevadas, para profundo pesar de todo el mundo salvo las empresas constructoras y sus corruptos colegas en el gobierno, los cuales se habían beneficiado de la ejecución de esos proyectos y sin duda volverían a beneficiarse cuando los urbanistas municipales decidieran que había llegado el momento de eliminar esas oscuras monstruosidades que anteriormente habían defendido. Al construir un metro que circulaba a través del cielo, los custodios de Bangkok habían convertido las calles que discurrían debajo de él en unos pasos subterráneos. Imaginé una época, no muy lejana, en la que el tren elevado se ampliaría dramáticamente y estaría tan atestado de restaurantes de comida rápida, tiendas de radios y vídeos, que la vida en las calles, los peatones, los coches y los comercios se convertirían sin una planificación deliberada o un reparto equitativo de responsabilidades en el auténtico paso subterráneo de la ciudad, la última parada para los habitantes que se habían caído a través de las grietas y yacían invisibles en la oscuridad del mismo.

Caminé haciendo zigzag a través de los sois y sub-sois —las calles principales y sus arterias— entre Silom y Surawong, pasando frente a varios escaparates que ofrecían acceso a internet y llamadas telefónicas al extranjero. En su mayoría consistían en unos pequeños espacios ubicados en grandes edificios que probablemente no habían sido utilizados hasta el invento de internet y la consiguiente posibilidad de sacar provecho de esos locales con media docena de mesas y sillas y unos terminales. Al cabo de unos minutos vi uno cuyo aspecto me gustó. Ocupaba un nicho en la planta baja de un suntuoso edificio que albergaba el Banco de Bangkok, casi como si se ocultara allí. Dentro había diez terminales, varias de las cuales estaban ocupadas por unas mujeres que parecían camareras de barra americana, que quizá estuvieran enviando unos correos electrónicos a sus clientes farang lo suficientemente estúpidos para facilitarles sus señas, contándoles unas historias intercambiables sobre madres enfermas, búfalos de agua agonizantes y demás motivos para pedir a esos farang, avergonzadas y excepcionalmente, unos dólares, unas libras esterlinas o unos yenes. Elegí una mesa que me permitía sentarme de espaldas a la pared. Las chicas, absortas en su correspondencia, apenas repararon en mi persona.

Antes de empezar, descargué un programa informático comercial de una página de almacenamiento que utilizo y consulté mi terminal para comprobar si los monitores de teclado y otros sistemas antiintrusos habían detectado algo. Tras comprobar que todo estaba en orden, abrí el tablón de anuncios que había establecido con Delilah, con la vaga esperanza de costumbre.

Tenía un mensaje. El corazón me dio un vuelco.

Tecleé mi contraseña y pasé a la pantalla siguiente. El mensaje decía: «Dispongo de unos días libres. ¿Y tú?». A continuación aparecía un número telefónico con el prefijo 331, el código de Francia y de París.

Maldita sea. Eché un vistazo a mi alrededor, un gesto reflejo en respuesta a la repentina alteración que había experimentado mi sensación de soledad. Las chicas siguieron tecleando con mirada calculadora y esperanzada.

Miré de nuevo la pantalla. El mensaje había sido enviado el día anterior. Escribí el número de teléfono, utilizando mi código habitual, salí del tablón de anuncios electrónico y limpié el navegador para eliminar todo rastro de las páginas que había visitado.

Me levanté, salí y eché a andar de nuevo por Silom. El corazón me latía aceleradamente, pero mi cerebro no se había desconectado. Me costaba creer que fuera una coincidencia que Delilah me hubiera llamado precisamente en ese momento. Probablemente estaba relacionado con la operación Manny, aunque no podía estar seguro de ello.

Me detuve y pensé: «¿No estás seguro? Pero ¿qué diablos te ocurre?».

Nunca he creído en las casualidades, y menos en ese tipo de casualidades. Puede que existan, pero conviene comportarse como si no existieran. Por regla general compruebas que lo que pudo haber sido una casualidad no lo era, y tus dudas te ayudan a sobrevivir. Pero ¿y si te equivocas y era una casualidad? ¿Hay alguna pega? Ninguna.

Pero, por lo visto, había una pega y parecía como si mi mente tratara de alterar mi cosmovisión. Lo que yo quería creer no importaba. Lo importante era lo que debía creer.

«Entonces ignora el mensaje. No la llames, al menos hasta que hayas resuelto el asunto de Manny.»

Era un pensamiento deprimente, incluso doloroso.

Dox no lo sabía, y yo no iba a decírselo, pero su comentario sobre la última vez que me había follado a una tía me había llegado al alma. Sí, de vez en cuando pago para divertirme. Uno tiene que satisfacer sus necesidades físicas. Pero no había tenido una relación real, importante, desde Delilah, y las que había tenido antes de ella eran escasas.

¿Cómo podía averiguar de qué se trataba, qué se proponía Delilah, si no nos veíamos? Quizá Delilah había obtenido la información que yo necesitaba para acercarme de nuevo a Manny. Quizá podía facilitarme ciertos datos sobre lo que opinaban los de su organización acerca de lo ocurrido en Manila, acerca de lo que pensaban hacer al respecto. Sí, comportaba unos riesgos. Como siempre. Que yo podía controlar. Como siempre.

Mi instinto me decía que merecía la pena arriesgarse. Durante unos instantes temí no poder fiarme de mi intuición, que el instinto que siempre me había guiado estuviera quizá algo distorsionado y comprometiera los instrumentos internos de navegación. Pero luego pensé: «Si el instinto te empieza a fallar, estás perdido».

Lo cual podía ser también una distorsión. Pero daba lo mismo.

Vi un teléfono público internacional y marqué el número. Mientras marcaba, noté que el corazón me latía con fuerza, haciendo que me sintiera como un estúpido. De haberlo sabido, Dox me habría tomado el pelo, diciéndome que me comportaba como un niño o algo por el estilo.

Delilah respondió después del primer tono.

—Alló —la oí decir.

—Hola —dije contemplando la calle, temiendo hacerme ilusiones.

—Hola —respondió Delilah. En vista de que yo no contestaba, preguntó —: ¿Cómo estás?

Al margen de mis expectativas, no había supuesto que fuera una conversación tensa.

—Bien. ¿Y tú?

—Bien. He estado trabajando en un… proyecto, pero puedo tomarme unos días libres si tú también puedes.

Ni la menor alusión a un asunto de trabajo. O era una llamada personal, como yo quería creer, o una de negocios camuflada bajo una llamada personal, lo cual, entre la gama de posibilidades, seguramente representaba la peor.

—Sí, puedo tomarme unos días. Estoy ocupado en un asunto que de momento ha quedado aparcado, pero que puede activarse repentinamente.

Me pregunté si Delilah reaccionaría a ese comentario. Pero no lo hizo.

—Puedo ir a reunirme contigo —dijo—, si te parece más conveniente.

Reflexioné unos instantes. Necesitaba permanecer en la zona, por si a Boaz y Gil se les ocurría algo que permitiera que Dox y yo retomáramos el asunto de Manny. Por lo demás, deseaba reunirme con Delilah en un lugar que le presentara ciertos problemas si decidía comparecer acompañada, por si acaso.

—¿Puedes venir a Bangkok? —le pregunté.

—Sí. Confío en poder tomar un vuelo sin escalas desde el Charles De Gaulle.

—Anota tu itinerario en el tablón de anuncios. Te estaré esperando a la salida de la aduana.

—De acuerdo. ¿Estás seguro de que quieres que nos encontremos en Bangkok? Dicen que citarte allí con tu pareja es como llevar una tartera a un restaurante.

—Conozco el tipo de comida que me gusta —respondí sonriendo.

Delilah se rió, y la tensión remitió un poco.

—De acuerdo. Me ocuparé del billete, y lo demás lo dejo en tus manos.

Reconocí la concesión a lo que Dox habría calificado de paranoia mía. Delilah sabía que era más cómodo para mí que me dejara elegir el destino final de nuestro encuentro, sin decírselo de antemano.

—Necesito que me digas el nombre con el que viajarás —dije—, para hacer la reserva.

—Lo colocaré en el tablón de anuncios.

—De acuerdo.

Después de una pausa, Delilah dijo:

—Tengo ganas de verte.

—Ya. Me alegro de que te pusieras en contacto conmigo.

—Jaa —respondió Delilah, exhibiendo ciertos conocimientos de japonés. De acuerdo.

Sonreí.

—A bientôt —dije, y colgué.

Caminé durante unos minutos, tras lo cual entré en otro cibercafé. Después de comprobar de nuevo si algún intruso había tratado de colarse en mi terminal, consulté los vuelos a Bangkok desde París. Los únicos vuelos sin escalas eran los de Thai Air y Air France. El vuelo de Thai partía a las 13:30. Ya eran las 13:15 en París, de modo que Delilah no podría tomarlo. El vuelo de Air France partía todos los días a las 23:25 y llegaba al aeropuerto internacional de Bangkok a las 16:35 del día siguiente.

Reflexioné unos instantes. O Delilah había comprobado de pronto que disponía de unos días libres, como me había dicho, en cuyo caso querría disfrutarlos a tope, o venía para hablar de negocios, lo cual era lo más probable y explicaba la urgencia que tenía de verme. En cualquier caso, yo sabía que Delilah se movería con rapidez, lo que significaba que probablemente tomaría el vuelo nocturno de Air France. Estaba convencido de ello.

Pensé adónde llevarla, y cómo abordar el asunto. Tenía que ser un lugar especial. En parte, reconozco que era porque quería impresionarla. Pero sobre todo, porque quería que se sintiera distanciada de quienquiera que la hubiera enviado a verme. Una sensación de distancia, de desconexión, aumentaría las posibilidades de que Delilah hablara con franqueza, o cuando menos que cometiera un desliz. Asimismo, tenía que ser un lugar seguro. Y teníamos que llegar a él de forma que yo tuviera la oportunidad de cerciorarme de que Delilah viajaba sola.

Consulté el tablón de anuncios de nuevo y vi que Delilah me había dejado el nombre bajo el que viajaría. Excelente. Pasé la siguiente media hora haciendo las reservas por internet. Cuando terminé, repasé de nuevo todos los detalles y me sentí satisfecho en todos los aspectos. El único problema era mi inopinada impaciencia. Todo estaba arreglado, y sólo cabía esperar. Al día siguiente, lo único que podría hacer sería matar el rato.

Por lo general, matar el rato en Bangkok significa asistir a un combate de boxeo tailandés en Lumpini o Ratchadamnoen, escuchar jazz en el Brown Sugar o el bar Bambú del Oriental, o pasar la velada con una de las chicas de Spasso en el Grand Hyatt. Pero esa noche simplemente saldría con un amigo.

La idea se me antojó extraña. No desagradable, ni mucho menos. Pero extraña. Era como oír una canción que tiempo atrás me había gustado y que había olvidado, una simple canción que en su momento me había parecido estupenda, fresca y llena de promesas y que ahora, debido a su inadvertida pérdida e inesperada reaparición, se había metamorfoseado en algo evocador, un recordatorio no sólo de lo que había experimentado sino de lo que había perdido durante los años acumulados, cuya melodía estaba ahora teñida de la esperanza de poder recuperar lo perdido y del temor de que su pérdida fuera irrecuperable.

Dox y yo nos encontramos en el vestíbulo del hotel, tal como habíamos quedado, y, después de las oportunas precauciones, tomamos un taxi a Silom. Le pregunté adónde íbamos, pero Dox se negó a decírmelo. El que yo no pidiera al taxista que parara para apearme del vehículo demostraba el grado de confianza que había depositado en Dox. Pero su pueril actitud al negarse a responderme me irritó.

Nos apeamos frente al State Tower Bangkok y subimos en el ascensor a la planta sesenta y tres, la más alta del edificio. Después de apearnos del ascensor, atravesamos una puerta de cristal que iba del suelo al techo y contemplamos lo que reconozco que constituía un espectáculo impresionante.

En la terraza al aire libre que se abría ante nosotros había unas mesas dispuestas simétricamente y cubiertas con unos manteles de hilo blancos y, en un extremo, una barra circular sobre un resplandeciente promontorio que pasaba del color rojo al azul y luego al amarillo. A nuestra izquierda había una terraza situada en un nivel más alto, en la que un cuarteto de jazz amenizaba la velada de los comensales. El suelo del restaurante, de piedra y madera de teca oscura, se prolongaba hasta los bordes del edificio, más allá de los cuales parpadeaban las innumerables luces de la ciudad en todas las direcciones y discurría el río Chao Phraya, manifestándose tan sólo como una sinuosa ausencia de luz, serpenteando en silencio a través de la ciudad. Un letrero de cristal situado al pie de la escalera indicaba discretamente que el local se llamaba Sirocco.

—¿Qué te parece? —preguntó Dox—. ¿Te gusta?

—Desde luego —confesé sin poder ocultar mi sorpresa.

—¿Creíste que iba a llevarte a un bar de chicas gogó o algo por el estilo?

—¿Es una pregunta retórica?

Dox frunció el ceño.

—A veces me subestimas, colega.

Ese comentario me sorprendió. Dox hacía el payaso tan a menudo y tan bien, que me chocó que pretendiera que yo reconociera de vez en cuando que tenía buen gusto.

—¿Cómo te enteraste de que existía este lugar? —le pregunté.

Dox se encogió de hombros.

—Paso mucho tiempo aquí, de modo que procuro enterarme de cosas. Se inauguró hace unos meses, y supuse que era el tipo de local que te gustaría. Así que pensé que podíamos cenar aquí.

Le miré y dije:

—Gracias. No pretendía…

—Olvídalo —respondió Dox sonriendo.

—Sólo iba a decir que yo pediré el vino.

La sonrisa empezó a disiparse, pero enseguida apareció otra de doble voltaje.

—Como quieras —respondió Dox.

La camarera nos condujo a nuestra mesa. El menú, consistente en lo que el Sirocco llamaba «sublime cocina mediterránea», era tan magnífico como la vista. Pedimos costillas de cordero a la parrilla adobadas con ajo y romero, langosta Phuket asada con una salsa de limón y aceite de oliva aromático, confit de pato y unos bocaditos de foie-gras dorados a la sartén. Yo pedí el vino: una botella de Emilio’s Terrace Cabernet Sauvignon, reserva del 96. Era un vino un poco joven, pero cuando respirara, cobraría más fuerza.

—Caray, es excelente —dijo Dox después de que la camarera hubiera descorchado y escanciado el vino y hubiéramos bebido los primeros sorbos—. No sé quién es ese Emilio, pero me gustaría estrecharle la mano. ¿Cómo es que entiendes tanto de vinos?

Me encogí de hombros.

—No soy un experto —respondí.

—Déjate de falsas modestias. Está claro que lo eres.

Volví a encogerme de hombros.

—Debido a mi profesión, tengo que saber desenvolverme en distintos estratos sociales. Para ello es preciso conocer los pequeños detalles. Como entender de vinos, o utilizar el tenedor adecuado. O cómo vestirte. O qué decir. No sé. Me limito a observar y procuro aprender. Soy un buen imitador. —Bebí un trago del Emilio’s Terrace—. Además, el vino me gusta.

—¿De modo que puedes asumir esa actitud y quitártela cuando te conviene, como un disfraz?

—Supongo que sí. Tú también lo haces, aunque en otro sentido. He comprobado que tienes el don de desaparecer cuando te conviene.

—Sí, lo aprendí en la escuela de francotiradores. Tienes que hacer acopio de toda tu energía. Es una práctica zen. Es difícil de explicar. Un colega me dijo en cierta ocasión que es como lo que hace el monstruo en Depredador, o un buque de guerra klingon provisto de un sistema de ocultación. Creo que es cierto. No me importaría aprender a desenvolverme cómodamente en esos estratos sociales que frecuentas. Pero debe de ser un tanto extraño poder moverte en ellos sin pertenecer a ninguno.

Asentí con la cabeza.

—Sí —contesté.

La cena resultó un inesperado placer. La comida y el vino eran de primer orden, y el hallarme en el corazón de la densa metrópoli que nos rodeaba, aunque encima de ella y aislado de la misma, me produjo una sensación tonificante, casi embriagadora. Hacía un tiempo espléndido en Bangkok: fresco y relativamente seco, con unas pocas estrellas diseminadas a través de la contaminada bóveda celeste. Dox y yo hablamos largo y tendido sobre Afganistán, que era el conflicto que teníamos en común: los hombres que habíamos conocido allí, las locuras que habíamos cometido, las consecuencias imprevistas de un grupo armado y perfectamente adiestrado de fanáticos islámicos que habían aparecido tras la partida del ejército soviético que habíamos contribuido a expulsar.

Hablamos también sobre Asia. Me sorprendieron los conocimientos y el afecto de Dox por esa región. Sus preguntas, especialmente sobre la cultura japonesa, eran inteligentes y oportunas. Me habló de su amor por Tailandia, donde había pasado unas temporadas durante varios años, prolongando su estancia con cada visita, y donde confiaba en poder retirarse. Me confesó que ya no se sentía a gusto en Estados Unidos.

Le comprendí perfectamente. Hay algo excepcional en la cultura tailandesa, y cierto tipo de farang, de extranjeros, se sienten muy atraídos por ella. La vertiente oscura del fenómeno son los pedófilos y demás depravados que vienen para satisfacer sus vicios ocultos. Y luego existen los tipos de mediana edad, los gerentes intermedios, que tratan de anestesiar su amargura por no haber alcanzado sus ambiciones y la inexorable aproximación cotidiana de la muerte alquilando a mujeres con las que no pueden funcionar como es debido porque están demasiado viejos y demasiado deteriorados, y de tranquilizarse sobre su valía personal viviendo en un estilo neocolonial que los lugareños no pueden permitirse. Pero muchos se quedan por unos motivos más nobles. Algunos, en cierto sentido, son unos orientales atrapados en unos cuerpos occidentales, que comprueban que pueden liberar su auténtica naturaleza en el ambiente «extranjero» de Tailandia. Algunos son meros aventureros, adictos a lo exótico. Otros vienen para refugiarse de una relación que terminó mal, o un divorcio, o una bancarrota u otros traumas personales. Y algunos, como Dox y yo, son soldados que están demasiado traumatizados por las cosas que hicieron en la guerra para regresar a la tierra de su juventud. Para algunos, la distancia entre quién eras y en quién te has convertido se ha hecho insalvable, y la disonancia que genera el intento de repatriación constituye un recordatorio permanente de los cambios que ansían olvidar.

Cuando terminamos de cenar, y mientras charlábamos distendidamente ante unos capuchinos servidos en unas tazas enormes, dije a Dox:

—Necesito que me ayudes a resolver un problema.

Dox me miró.

—Lo que quieras, colega, ya lo sabes. No tienes más que decírmelo.

—Se trata de mi contacto israelí, la chica que organizó el encuentro con Boaz y Gil. Se ha puesto en contacto conmigo. Quiere que nos veamos.

—Puede que sea la oportunidad que esperábamos. Quizá te dé más información sobre Manny.

Negué con la cabeza.

—No dijo nada acerca de Manny. Sólo dijo que quería verme.

Dox ladeó la cabeza y me miró.

—No lo entiendo. ¿Por qué quiere verte si no es por el asunto de Manny?

—Antes de que esa chica concertara mi reunión con Boaz y Gil, ella y yo pasamos un tiempo juntos. —Ofrecí a Dox una versión abreviada de cómo nos conocimos Delilah y yo en Macao, de lo que ocurrió entre nosotros allí y luego en Río.

Dox me escuchó en silencio, con una expresión inusitadamente grave. Cuando terminé, dijo:

—Estás pensando en reunirte con ella.

Asentí con la cabeza.

—¿Vas a hacerlo porque crees que esa mujer puede tener alguna información sobre la operación, o porque te apetece?

Parar ser un tipo al que le gusta hacerse el paleto, Dox tiene una gran habilidad para ir al grano. Quizá me equivocara, pero decidí ser sincero con él. Se lo merecía.

—Porque me apetece verla, simplemente.

Dox asintió con la cabeza durante unos instantes, tras lo cual dijo:

—Me alegro de que lo hayas dicho. Lo adiviné por lo forma en que te referiste a esa mujer, y me habría preocupado que trataras de engañarme. Me habría preguntado si estabas tratando de engañarte también a ti mismo.

—No sé si me engaño o no.

—Eso ya es de por sí una confesión profundamente honesta.

Bebí un trago de mi capuchino.

—Es posible que esa mujer pueda facilitarnos información. No creo que haya elegido precisamente este momento para reunirse conmigo por casualidad.

—Si no es una casualidad, y te ha dicho que añoraba tu encantadora personalidad, no ha sido sincera contigo. Quizá oculte algo execrable.

—¿Execrable?

—Ya sabes, inmoral, vil.

Fruncí el ceño.

—Sé lo que significa.

Dox sonrió.

—Pues si sabes lo que significa, ¿qué piensas al respecto?

—Quizá tengas razón.

—Pero vas a reunirte con ella.

—Sí.

Dox frunció los labios y espiró con fuerza.

—Suena a sexo peligroso, colega. Y no estoy seguro de querer ser el condón.

Asentí con la cabeza.

—Dicho así, yo tampoco estoy seguro.

Dox me dirigió una sonrisa de medio voltaje.

—De todos modos, dime qué quieres que haga.

—Esa mujer va a venir a Bangkok. Le dije que me reuniría con ella frente a la aduana. Si envía allí a unas personas para esperarme, tú podrás localizarlas.

—De acuerdo…

—Tomaremos un taxi desde la terminal internacional hasta la de vuelos nacionales. Tú nos seguirás, y así tendrás ocasión de comprobar si nos siguen a Delilah y a mí. Si no voy armado, pasaremos sin problemas los controles de seguridad en la terminal de vuelos nacionales. Llevaré dos billetes para Phuket, que es adonde nos dirigimos Delilah y yo, y tú llevarás un billete para otro destino. Así podrás pasar también los controles de seguridad y tendrás otra oportunidad de comprobar en el área de embarque si estamos solos.

—¿De modo que vais a Phuket? Confío en que hayas hablado con tu agente de viajes. Algunos lugares todavía no han sido reconstruidos después del tsunami.

—Lo sé.

—Podríais ir a Ko Chang, que está en el golfo de Tailandia y no ha sufrido ningún daño. Además, está menos edificado y tan sólo a una hora de Bangkok en coche.

—Lo sé. Prefiero volar. De ese modo será más difícil seguirnos.

—En eso tienes razón. En cualquier caso, Phuket es un lugar estupendo. ¿Dónde os alojaréis?

Dudé unos segundos antes de responder, más por costumbre que por otro motivo.

—En Amanpuri.

—¡Caray! ¡El paraíso en la Tierra! En cierta ocasión me alojé allí y vi a Mick Jagger. Ese lugar me encanta, aunque prefiero la playa de Chedi, que está al lado. No necesito alojarme en una de las villas ni nada por el estilo. Me conformo con un pabellón. Con una buena vista del océano, por supuesto. No tiene sentido estar en el paraíso si no puedes ver el agua.

—No creo que…

—¿Cómo quieres que te proteja si no estoy allí? Esa mujer podría llamar a los de su organización cuando llegarais y estarías solo.

—Sé cuidar de mí mismo.

—Entonces, ¿por qué me pides ayuda?

—No sé si podré conseguir otra habitación allí. Tuve suerte de poder reservar una con tan poca antelación.

—Venga, tío, sabes que las reservas hoteleras han disminuido porque los turistas piensan que los daños causados por el tsunami son peores de lo que son. Los cámaras de la CNN se apresuraron a ir allí y preguntaron a los lugareños: «¿Pueden mostrarnos un escenario de destrucción total para que aumente nuestra cuota de pantalla?». Los televidentes pensaron: «¡Joder!, lo ha arrasado todo, más vale que vaya a Hawai». Pero tú y yo sabemos que no es así.

No observé ningún margen de negociación en la expresión de Dox.

—De acuerdo —dije con un suspiro de resignación—. Pero esa mujer es muy lista. Toma nota de todo lo que sucede a su alrededor y recuerda las caras. Si te limitas a comportarte como un francotirador, todo irá bien. Pero si metes la pata, Delilah lo detectará inmediatamente. Lo cual podría multiplicar tus problemas.

Dox sonrió.

—Prometo portarme bien.

Le miré. Una parte de mí meneó la cabeza, pensando: «Esto no puede salir bien».

Sin embargo, me limité a decir:

—De acuerdo.

—Me alegro de ir a Amanpuri con todos los gastos pagados, pero no me gusta, colega. No conviene mezclar el placer con los negocios. Te confunde. Y sería trágico que te mataran para aclarar la confusión.

Bebí otro trago de mi capuchino.

—Existe cierto riesgo, pero también tiene sus ventajas. Si no me reúno con esa mujer, echaré a perder la oportunidad de averiguar lo que saben los israelíes, lo que están tramando.

—De acuerdo, hijo mío, pero ésas no son las únicas ventajas en las que estás pensando.

—Cierto.

—Ya eres mayorcito, de modo que no voy a decirte a qué hora debes acostarte ni con quién. Espero que esa chica valga el riesgo al que te expones.

Asentí con la cabeza. De pronto se levantó una brisa, y durante unos instantes hizo frío en la terraza. Me pregunté si era prudente lo que hacía, y si era justo que involucrara en ello a Dox.

Las estrellas, que habían sido visibles durante poco rato, habían desaparecido, reclamadas por el contaminado firmamento. Contemplé las luces de la ciudad. Después de la cena ya no tuve la grata sensación de estar por encima de todo, alejado del caos. Al contrario, tuve la sensación de haberme metido en algo que desconocía.