Un último asesinato

Barry Eisler · Capítulo 12 de 27

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Un último asesinato

Segunda Parte

Capítulo 12

 

Delilah esperó una hora para asegurarse de que Rain y Dox tuvieran tiempo suficiente para marcharse, tras lo cual llamó al móvil de Gil.

Gil respondió al primer tono. Delilah lo imaginó como hacía siempre en esa fase de una operación, sentado a solas en la penumbra de una habitación de un hotel, sin que necesitara comida ni otro sustento, con su móvil sobre una mesa o un escritorio frente a él, en silencio, aguardando pacientemente a que el aparato sonara para aventurarse cual fantasma en el mundo y hacer lo que mejor hacía.

—Ken —le oyó decir Delilah en hebreo. «Sí.»

—Soy yo —respondió Delilah. Gil no contestó. Delilah prosiguió, ignorando lo que interpretó como una de las tácticas de poder de Gil—. Nuestro amigo se marchó esta mañana. Hizo las maletas y se largó.

Tras una pausa, él respondió:

—Mierda. ¿Dónde estás?

—En Phuket.

—¿Por qué no me llamaste antes?

—No pude. Estuve con él todo el tiempo.

—¿Ese tío no duerme nunca?

—¿Y tú?

Se produjo otra pausa, seguramente mientras Gil trataba de hallar una buena respuesta. Como no se le ocurrió ninguna, dijo:

—Así que te ha llevado a Phuket.

Delilah captó la insinuación y contestó indignada:

—Así es la vida, Gil. Algunos hombres saben cómo tratar a las mujeres. Saben cómo conseguir lo que desean.

Delilah se arrepintió inmediatamente de haberlo dicho. Por regla general, su profunda necesidad de no tolerar impertinencias le resultaba útil, pero en esa ocasión iba a perjudicarla. Quería obtener información de Gil. Para ello, tenía que tratarlo con prudencia, manipularlo, no reaccionar automáticamente a sus constantes y mezquinas provocaciones. Sí, ella le había devuelto el golpe, pero Gil seguía obligándola a luchar de acuerdo con sus propias reglas. El único medio de derrotarlo era cambiar las reglas del juego.

Gil guardó silencio, y Delilah pensó que quizá su comentario le había herido. Ese pensamiento aplacó su indignación, la hizo sentirse más generosa. Intuyó que esa sensación podía serle útil.

Delilah reflexionó unos instantes. Quizá lo que necesitaba Gil era tan sólo una victoria en la incesante dialéctica que mantenían ambos. Puede que eso restaurara su virilidad, le permitiera comportarse de otra forma en lugar de tratar continuamente de ofenderla. Delilah había pensado a menudo que eso era lo que el Gobierno debía hacer con los palestinos. A fin de cuentas, fue después de la guerra de Yom Kippur, después de propinar a Israel una sonada derrota, que Egipto se había mostrado dispuesto a hacer las paces. Quizá eso era lo que Delilah debía hacer en esos momentos con Gil. Quizá si le permitía gozar por una vez de una insólita posición de éxito y poder, Gil se mostraría generoso, o en todo caso bajaría la guardia y le facilitaría la información que Delilah deseaba. Sí, ésa era la solución: dejarle ganar.

Al cabo de unos instantes Gil preguntó:

—¿Qué ha ocurrido?

—Creo que nuestro amigo empezó a sospechar.

—¿Sabes adónde ha ido?

—No.

—Mierda —volvió a decir Gil.

Sí, mierda. Para Gil, no poder asesinar a alguien que tenía en su punto de mira representaba algo así como un coitus interruptus.

—¿Dónde estás? —preguntó Delilah.

—En Bangkok.

Era lo que Delilah había supuesto. Había dicho a Gil que iba a Bangkok para encontrarse con Rain. Gil trataría de permanecer lo más cerca que le fuera posible para moverse con rapidez.

—Tengo que pasar por Bangkok para ir al lugar al que me dirijo —dijo Delilah—. ¿Por qué no nos encontramos allí para que yo te informe sobre el asunto? —Luego, como si se le hubiera ocurrido repentina y espontáneamente, agregó—: O podrías venir tú aquí. Es un lugar maravilloso, y quién sabe si tendremos la oportunidad de volver.

Después de una larga pausa, Gil respondió:

—Es mejor que vengas tú aquí.

La pausa dio a entender a Delilah que su propuesta de encontrarse con él en Phuket había tentado a Gil, quizá por la sutileza con que Delilah había empleado el plural del pronombre personal. La respuesta de Gil le indicó asimismo que recelaba; de lo contrario, habría cedido a la tentación.

—De acuerdo —dijo Delilah—. Tomaré el próximo vuelo y te llamaré en cuanto llegue. Estaré allí dentro de unas pocas horas.

—De acuerdo —contestó Gil, y colgó.

Delilah asintió con la cabeza. Un lugar desconocido, solos, lejos de la gente que ambos conocían… Un lugar ideal para hacer que alguien se relaje y desembuche. Delilah lo sabía por experiencia. John, sin ir más lejos, había empleado esa táctica con ella.

Delilah se trasladó al aeropuerto en el coche del hotel y consiguió un billete para un vuelo de Thai Air que partió menos de una hora más tarde. Cuando llegó al aeropuerto de Bangkok, llamó a Gil. Éste le pidió que se dirigiera al hotel Oriental y se reuniera con él en la terraza del restaurante, que daba al río. Delilah le aseguró que estaría allí al cabo de una hora.

El tráfico de mediodía no era excesivamente denso, y Delilah tardó menos de cuarenta minutos en llegar al hotel. En cuanto lo vio, comprendió por qué lo había elegido Gil. Era un edificio de un estilo colonial clásico, que ocupaba una manzana de la ciudad y sin duda disponía de varias entradas y salidas. Los huéspedes podían abandonarlo en taxi, en tuk-tuk o en una especie de taxi fluvial adyacente a la entrada del hotel. Por lo demás, el hotel disponía de numerosas medidas de seguridad, tales como cámaras de vigilancia y guardias provistos de auriculares. Lo cual dificultaba el crear un embudo para una emboscada, llevar a cabo la emboscada sin que las videocámaras captaran tu imagen y seguir de cerca a alguien cuando éste saliera del hotel. Gil no sólo recelaba, sino que le preocupaba que Delilah se hubiera pasado al otro bando.

Durante unos instantes Delilah experimentó de nuevo una sensación de irritación. Luego pensó: «Gil no anda muy desencaminado».

Delilah atravesó el vestíbulo del hotel y salió a la terraza. Gil estaba apoyado en la balaustrada, cual turista admirando la espectacular vista del río. Pero en cuanto apareció Delilah, se volvió y la miró. A continuación se enderezó y la saludó con un gesto de la cabeza. Al aproximarse, Delilah observó que Gil miraba detrás y a ambos lados de ella para cerciorarse de que nadie la seguía. Lucía una camisa de manga corta fuera del pantalón, como la mayoría de los turistas. La diferencia era que, en el caso de Gil, ese atuendo informal le permitía ocultar la pistola que Delilah sabía que llevaba. Gil era diestro y, dado que llevaba la camisa fuera del pantalón, probablemente tenía la pistola sobre su cadera derecha, lo cual Delilah pensó que era una buena solución intermedia entre el ocultamiento y el acceso. Tomar nota de esos detalles no era particularmente relevante en esos momentos —a fin de cuentas se trataba de Gil, y aunque fuera un cretino, ambos estaban en el mismo bando—, pero esas observaciones constituían un acto reflejo para Delilah, que lo hacía casi de forma inconsciente al margen de la persona con quien fuera a encontrarse.

—Qué lugar tan bonito —comentó Delilah pasando por alto la evidente suspicacia de Gil.

Gil asintió con un movimiento de cabeza, pero no respondió. Delilah notó que estaba tenso. Tenía que hallar la forma de tranquilizarlo.

—¿Qué prefieres? —preguntó Delilah—. ¿Que nos quedemos aquí, o que vayamos a otro lugar?

Gil la miró durante unos instantes y luego se encogió de hombros.

—Podemos quedarnos aquí.

—Perfecto. Tengo hambre.

Comieron en el Verandah Restaurant, frente al río. Era un escenario magnífico, que Delilah pudo admirar a gusto porque Gil ocupó el asiento de espaldas al río. A Delilah no le hacía gracia estar sentada de espaldas a la puerta, pero muchos de sus objetivos estaban obsesionados con el tema de la seguridad y ella estaba acostumbrada a esa pega. Gajes del oficio.

Pidieron khao phad goong —a fin de cuentas estaban en Bangkok, y era lógico que degustaran la cocina local— y conversaron. Delilah explicó a Gil su encuentro con Rain desde que éste fuera a recogerla al aeropuerto de Bangkok. Dejó que Gil le formulara unas preguntas. Al principio, Gil se divirtió deslizando alguna que otra insinuación ofensiva. Delilah lo había previsto y había decidido no hacer caso, pero después de tragarse varias e irritantes pullas, dijo:

—Mira, prefiero que enfoquemos esto desde el punto de vista profesional, ¿vale?

Gil captó el mensaje, y Delilah comprendió que la reacción que había tenido, más espontánea que la táctica que había planeado, era más provechosa. A partir de ese momento, Gil dejó de hacer sus habituales insinuaciones y Delilah respondió a sus preguntas con la sinceridad que éste esperaba. Quería que su charla con Gil se basara más en un interrogatorio por parte de éste que en un informe por parte de ella. De esta forma Gil se sentiría más cómodo. Y de paso creería que controlaba la situación.

Gil miraba a su alrededor con frecuencia. Un observador ajeno lo habría interpretado como una indicación de que gozaba de ese paraje exótico, de que trataba de asimilar todo su encanto. O quizá esperaba a alguien y echaba de vez en cuando un vistazo a su alrededor para comprobar si esa persona había llegado. Pero Delilah sabía por qué lo hacía Gil. Y no le gustó la insistencia con que lo hacía.

—¿Te pongo nervioso? —preguntó Delilah cuando Gil escrutó por enésima vez el perímetro del restaurante, sonriendo con expresión afable y divertida.

—No —contestó Gil mirándola.

La sonrisa de Delilah se ensanchó, sin perder su carácter afable.

—Por un momento pensé que no te fiabas de mí.

—No me fío de nadie.

Delilah sospechó que era la triste realidad.

—Y menos de mí —dijo Delilah como si lo lamentara.

—No es personal.

—¿Seguro? —El tono de Delilah denotaba una mezcla de tristeza e incertidumbre a partes iguales.

Gil meneó la cabeza, temiendo o resistiéndose a adentrarse en esos vericuetos.

—¿Qué crees que hizo sospechar a nuestro amigo? —inquirió Gil.

Delilah comprendió que su táctica no había dado resultado. Pero no tenía importancia, y decidió seguir guiándose por su intuición.

—Es paranoico por naturaleza —respondió encogiéndose de hombros—. Hasta que le propuse que fuéramos a una playa privada, Rain se había encargado de organizarlo todo. El que otra persona propusiera el momento y el lugar…

—No debiste precipitarte. Eso fue lo que le alarmó.

En otras circunstancias, ese comentario habría hecho que Delilah se lanzara sobre la yugular de su interlocutor. Eso era lo que Gil esperaba, y estaba preparado para ello. Pero Delilah estaba cansada de esas fintas. Si Gil pretendía presionarla, ella esquivaría sus pullas, confiando en que eso le desestabilizara.

—Lo sé —respondió Delilah, bajando la vista como si le costara confesarlo, como si Gil hubiera conseguido minar su resistencia—. Lo siento. Debí ser más sutil con Rain. Yo tengo la culpa.

Se produjo una pausa mientras Gil digería las palabras de Delilah. Luego dijo:

—Me choca que cometieras ese error. Tu intuición no suele fallarte.

Parecía un cumplido, pero Gil lo había dicho para demostrar su derecho y su prerrogativa a juzgarla. Por tanto, era otro comentario que en otras circunstancias habría enfurecido a Delilah.

Delilah sonrió débilmente, como si se sintiera al mismo tiempo agradecida por la manifestación de confianza por parte de Gil y avergonzada de su metedura de pata. Luego desvió la vista.

Al cabo de unos instantes, Gil dijo:

—No te preocupes. Buscaremos otra solución.

Hacía unos minutos, Delilah se había ablandado al darse cuenta de que había herido a Gil, y ahora su supuesta rendición había tenido el mismo efecto en Gil. Excelente.

—Gracias —respondió Delilah mirándole.

Gil meneó la cabeza y desvió la vista, como si se sintiera turbado por su gratitud. Delilah aprovechó el momento para decir:

—¿Por qué te muestras siempre tan hostil conmigo?

Gil la miró tratando de mostrarse perplejo, pero sin conseguirlo.

—¿Hostil? No siento ninguna hostilidad hacia ti.

—No mientas. Lo noto continuamente.

Gil meneó de nuevo la cabeza.

—Tengo que realizar un trabajo y me lo tomo muy en serio. No tengo tiempo de andarme siempre con miramientos, por más que algunos no lo entiendan.

«Claro, eso forma parte del tema», pensó Delilah, respetando la intuición de Gil de ofrecerle una respuesta que no era mentira sino una verdad a medias.

—De acuerdo —dijo Delilah emitiendo una risita nerviosa—, quizá sea demasiado susceptible.

—Tu trabajo también es duro —respondió Gil—. No creas que no me doy cuenta.

Delilah bajó la vista, como si la amabilidad de Gil la hubiera conmovido en lo más profundo de su psique, como si quisiera darle a entender algo más pero no encontrara la forma de expresarlo. Delilah observó que había pasado un minuto sin que Gil efectuara una de sus exploraciones visuales.

Estaban a punto de conectar. Delilah sabía que a Gil le parecería una perspectiva atrayente y no la desaprovecharía.

—Colgaré otro mensaje en el tablón de anuncios —dijo Delilah—. Diré a nuestro amigo que me siento ofendida por haberme dejado plantada de esa forma. Quizá acceda a reunirse de nuevo conmigo.

Gil asintió con la cabeza. Delilah intuyó que éste prefería proseguir por unos derroteros menos prácticos. Quizá estaba dispuesto a saltarse algunas normas con tal de retomarlos.

—O quizá la CIA pueda ofrecernos alguna pista —continuó Delilah—. Ellos también le están buscando. ¿Se han puesto en contacto con nuestra organización para averiguar algo?

—No.

—¿No? Pensé que habrían tratado de obtener alguna información de unos servicios de inteligencia amigos.

—Todavía no.

Delilah asintió con la cabeza.

—Se me ha ocurrido una cosa —dijo—. Quizá te parezca raro, pero ¿estamos seguros de que esos hombres no eran de la CIA?

Gil asintió con la cabeza, satisfecho de poseer una información que Delilah no tenía, de que ésta se viera obligada a preguntárselo.

—Segurísimos —respondió Gil.

—Porque ya sabes cómo son los americanos. Para ellos es difícil atrapar a un tipo como Lavi. Si el Congreso lo averiguara, más de uno se vería en una situación muy comprometida.

Gil se echó a reír. Burlarse de los puntos débiles de la CIA era como pescar en un barril. Y el comentario chistoso de Delilah le recordó que ellos no eran así, que estaban en el mismo bando.

—Hace aproximadamente un año —dijo Gil—, cuando empezamos a sospechar lo que Lavi se traía entre manos, dirigí un equipo que se encargó de seguirlo y monitorizar sus movimientos. Le vimos reunirse en más de una ocasión con un americano que yo había conocido durante la primera guerra del Golfo que se llamaba Jim Huxton, pero que ahora se hace llamar Jim Hilger. Por aquella época, Hilger servía en las Fuerzas Especiales estadounidenses. Los dos americanos que Rain mató en Manila formaban parte de la unidad de Hilger. Después de la guerra todos abandonaron el ejército para trabajar para la CIA.

A Delilah le sorprendió que los vínculos de Gil con esa gente se remontaran a esa época.

—¿Trabajaste con ellos?

Gil asintió con la cabeza.

—Tenían como objetivo las lanzaderas de misiles balísticos SCUD de Hussein. No sé qué más se traían entre manos. A nosotros no nos lo dijeron.

Delilah reflexionó unos instantes.

—¿Te dijeron que iban a trabajar para la CIA? —preguntó.

Gil se encogió de hombros.

—Ya sabes, miradas de complicidad, codazos, guiños… Pero la relación de Hilger con Lavi lo confirma, aunque era una confirmación innecesaria. Disponemos de unos interceptores electrónicos muy sofisticados. El nombre en clave de Hilger en la CIA era «Pez Gordo». ¿Sabes qué nombre en clave pusieron a Lavi?

Delilah negó con la cabeza.

—«El Judío» —respondió Gil.

—Caray.

Gil volvió a encogerse de hombros.

—Así fue como lo averiguamos.

—¿Sabemos qué hacían esos hombres en Manila con Lavi?

—No. De haber sabido que iban a estar allí, habríamos prevenido a Rain.

—¿Qué crees que la Agencia conseguía de Lavi?

—Lo ignoro. Fuera lo que fuere, no lo compartían con nosotros. De haberlo hecho, quizá habríamos comprendido que Lavi era más útil vivo que muerto, al menos durante un tiempo. El Gobierno quiere a tipos como Lavi… —Gil hizo ademán de despachar o liquidar algo.

—Para que otro pueda ocupar su lugar —dijo Delilah sonriendo con auténtica tristeza.

—Ya sabes cómo funciona. Todo se basa en trastocar y privar. Matar a Lavi trastocará las redes que dependen de él. Y les privará de sus conocimientos.

Delilah asintió. Había llegado el momento de reconducir la conversación por unos derroteros más personales. Estaba dispuesta a complacer a Gil, pero no como éste esperaba.

—¿Recuerdas nuestra estancia en Viena? —preguntó Delilah mirándole.

Gil le devolvió la mirada, pero no respondió. Delilah sabía que deseaba responder «sí» para que ella prosiguiera, pero temía que si pronunciaba esa palabra, confesaría algo que no quería confesar.

—No es que no me apeteciera. Pero no puedo. He de guardar las distancias con los colegas. De lo contrario, acabaría enloqueciendo. ¿Lo comprendes?

Gil asintió con gesto turbado. ¿Qué iba a hacer?

—Te admiro por lo que haces —prosiguió Delilah—. Sé que debe de ser difícil. Quería que… lo supieras.

Las palabras de Delilah daban a entender que quería decirle muchas otras cosas. El sentirse admirado, incluso deseado, no podía sino ablandar a Gil, y evitar que pensara en las perspicaces preguntas que Delilah acababa de hacerle.

—De acuerdo —contestó Gil esbozando una efímera y vacilante sonrisa.

Delilah había logrado que Gil aceptara que en esa ocasión no iba a ocurrir nada, y que por tanto confiara que en el futuro quizá se presentara una oportunidad más favorable.

Delilah sonrió también. Qué fácil era convencer a los hombres.