Un último asesinato

Barry Eisler · Capítulo 4 de 27

Páginas del PDF

Un último asesinato

Capítulo 4

 

La terminal de llegada del aeropuerto Ben Gurion de Tel Aviv estaba atestada, bullía de actividad y era ruidosa. Los turistas vestidos con camisetas y pantalones cortos se mezclaban con los haredi, los que tiemblan ante Dios, ataviados con sus trajes y sombreros negros. Los anuncios en inglés y hebreo reverberaban entre los largos muros de hormigón. El Sol comenzaba a declinar y durante unos instantes penetró a través de las ventanas de poniente un resplandor oblicuo de color anaranjado cuya intensidad producía dolor de cabeza.

Delilah ya no se sentía cómoda aquí. Aunque su jefe le permitía regresar al menos una vez al año para visitar a sus padres y demás parientes, los muchos años que llevaba viviendo como una agente secreta extranjera la habían apartado inexorablemente de las costas de Oriente Medio, hasta que esa tierra había desaparecido de su vista. Éste era su país, pero Delilah no debía estar aquí. Las extraordinarias medidas de seguridad que acompañaban esas visitas —documentos falsos, una identidad falsa, medidas de contravigilancia— lo corroboraban. Hoy en día Delilah se sentía más cómoda pidiendo pain au chocolat en francés en París que dando las señas en hebreo a un taxista en Tel Aviv. Delilah trató de convencerse de que esto era la consecuencia natural y quizá no indeseable de su entrega a su trabajo, pero le extrañaba notar que empezaba a olvidar quién era o cómo había sido antes. Temía que los motivos que la habían inducido a elegir esta vida acabaran convirtiéndose en algo remoto, abstracto. Delilah se preguntaba a veces si otros agentes experimentaban también esa sensación, pero sabía que no era prudente comentar sus problemas con nadie. Con todo, entendía que esta creciente sensación de alejamiento de las cosas que hace un tiempo le habían parecido indefectiblemente suyas sería considerada, en otras circunstancias, el coste de su trabajo.

El trabajo de Delilah consistía en lo que los medios informativos domésticos denominaban sikul memukad, o «prevención específica», un término que Delilah prefería a la palabra más brutal de «asesinato». A su entender, lo primero era más descriptivo, y estaba más asociado con el propósito de salvar vidas que con el de liquidarlas. Delilah no se dedicaba a oprimir el gatillo, cosa que a veces lamentaba. Los hombres que iban armados con pistolas se llevaban la parte más fácil del reparto de tareas. No tenían que conocer al objetivo. No tenían que pasar ratos con él, y menos acostarse con él. Sólo se aproximaban a él una vez, durante unos instantes, y cuando terminaban, se marchaban sin mayores problemas. Desde el punto de vista emocional, la diferencia era la misma que existía entre separarse después de un ligue de una noche, por una parte, y deshacer un matrimonio por la otra.

Con todo, Delilah se sentía discretamente orgullosa de sus sacrificios, de haberlos hecho por motivos personales y no para que sus compañeros se lo reconocieran. Quizá la palabra más adecuada no fuera «reconocimiento», sino «notoriedad». Sus superiores reconocían sus extraordinarias dotes y las utilizaban con implacable frialdad, pero en el fondo Delilah sabía que la consideraban en cierto sentido corrompida por las cosas que le obligaban a hacer. En el mejor de los casos, sus jefes se sentían incómodos con una mujer que sabía introducirse en las vidas de sus víctimas, que se acostaba con esos monstruos noche tras noche, que cuando dejaba que la penetraran sabía que los conducía a la muerte. En el peor de los casos, la consideraban una puta.

A veces Delilah sentía una fría indignación contra los hombres que pensaban eso; otras, casi se compadecía de ellos. El problema que tenían era su incapacidad de ir más allá de los límites de su experiencia esencialmente masculina. Los hombres eran muy simples: actuaban en función del deseo sexual. Por consiguiente, daban por supuesto que las mujeres eran iguales. Les desconcertaba que una mujer pudiera acostarse con un hombre por unos motivos más calculadores, incluso por motivos de seguridad del Estado. Se preguntaban si eran tan vulnerables como las víctimas de esa mujer, lo cual los ponía nerviosos. Si la mujer era atractiva y ellos la deseaban en secreto, su nerviosismo se convertía en auténtica fobia. De modo que para tranquilizarse y convencerse de que controlaban la situación, la tachaban de puta.

Delilah se preguntó por qué la habían llamado en esos momentos. Todo iba bien con la operación que se traía entre manos, la «dulce trampa» de un diplomático saudí instalado en París que se había apartado de sus creencias religiosas wahabi, fascinado por la larga melena rubia natural de Delilah, que, cuando la llevaba suelta, le caía como una cascada sobre los hombros; por sus ojos azules que miraban infinitamente arrobados al diplomático mientras éste soltaba sus necias peroratas; por su sugestivo escote occidental y su piel de porcelana. El hombre se había tragado la historia que le había contado Delilah sobre un marido que la tenía abandonada y su afán de hallar el amor auténtico, y estaba casi dispuesto a oír la triste historia de que alguien había averiguado que ambos mantenían una relación ilícita y chantajeaba a Delilah amenazando con divulgarla —lo cual comprometería también al saudí—, a menos que éste tomara ciertas medidas, en sí triviales, pero que al cabo de un tiempo podrían comprometerlo aún más, hasta caer definitivamente en manos de los jefes de Delilah. ¿Por qué la habían hecho venir cuando Delilah estaba a punto de alcanzar su propósito? Habían utilizado los cauces de comunicación habituales, sin ninguna señal de que era preciso abortar la operación, por lo que Delilah supuso que ella no corría ningún peligro, que la presente operación no estaba comprometida. Lo cual hacía que el hecho de llamarla resultara aún más misterioso.

Delilah tenía sus papeles en orden, y su hebreo, aunque ya no era su primera lengua, seguía siendo su lengua materna, por lo que ella y su bolsa de viaje pasaron rápidamente los trámites aduaneros. Tomó un taxi en la parada de la terminal y se dirigió hacia el centro. Tenía que llegar al Crowne Plaza en Hayarkon, un hotel discreto y agradable frecuentado por personas de negocios y el lugar donde le habían dicho que iba a celebrarse la reunión. Los participantes llegarían y se marcharían por separado para no poner al descubierto la filiación de Delilah, y durante varios meses no volverían a utilizar ese hotel. Después de la reunión, Delilah llamaría a sus padres e iría a verlos, tras lo cual pasaría la noche en casa de éstos, en Jaffa. Delilah nunca anunciaba sus visitas; aunque ignoraban en qué consistía, sus padres entendían que su trabajo no le permitía avisarlos con antelación de que iría a visitarlos. Pero lo primero era el trabajo.

Delilah cambió varias veces de taxi y utilizó diversas tácticas para evitar que la siguieran. Cuando comprobó que no la seguían, se dirigió al hotel. Subió en el ascensor a la cuarta planta y se encaminó hacia la habitación 416. No le costó localizarla; apostados junto a ella había dos hombres con el pelo cortado al cepillo, con un auricular en el oído y empuñando una Uzi. Los guardias de seguridad de rigor. Algo se estaba cociendo.

Uno de los hombres examinó la tarjeta de identidad de Delilah. Aparentemente satisfecho, abrió la puerta y la cerró de inmediato tras ella. Al entrar, Delilah vio a tres hombres sentados alrededor de una mesa. A dos de ellos los reconoció en el acto: eran Boaz y Gil. El tercero era un par de décadas mayor que los otros, y Delilah tardó unos instantes en identificarlo. Lo había visto sólo en una ocasión.

«Cielo santo. El director». ¿A qué venía esto?

—Shalom, Delilah —dijo el hombre mayor levantándose de la silla. Se acercó a Delilah y le estrechó la mano, tras lo cual prosiguió en hebreo—: ¿O debería decir bonjour?

¿Prefiere que hablemos en francés?

A Delilah le complació que se lo preguntara. El hecho de andar siempre de tapadillo, de utilizar dos identidades distintas, era muy estresante. Delilah negó con la cabeza y respondió en hebreo:

—No. Se supone que ella no está aquí. Dejemos que duerma. Ya se despertará cuando regrese a París.

El hombre asintió con la cabeza y sonrió.

—Y esto le parecerá simplemente un sueño. ¿Conoce a Boaz y a Gil? — preguntó señalando a los otros hombres.

—Sí, hemos trabajado juntos —respondió Delilah sonriendo. Boaz y Gil se levantaron y la saludaron con un apretón de manos.

Boaz era uno de los mejores expertos en AEL, artefacto explosivo improvisado. A Delilah le caía bien, como a todo el mundo. Cuando era necesario, se mostraba serio; pero en el fondo tenía un temperamento juvenil, bromista, jovial hasta el punto de que a veces le daba la risa tonta. Nunca se había insinuado con Delilah; de hecho, la trataba casi como a una hermana o una colega, lo cual era raro en la organización. De no haber estado presente el director, Delilah le habría abrazado.

Gil era distinto, seco, arisco, vehemente. Los demás lo admiraban, pero al mismo tiempo se sentían un tanto intimidados por él, ambas cosas por el mismo motivo: Gil era un profesional extremadamente competente. En dos de las operaciones en las que había participado Delilah, Gil había sido el francotirador. En ambos casos, había surgido de las sombras y había disparado una bala del calibre 22 a través del ojo de su objetivo, tras lo cual había desaparecido sin dejar rastro. Trabajaba con otros cuando no tenía más remedio, pero Delilah sabía que en el fondo era un lobo solitario, que se sentía en su elemento cuando acechaba en silencio a su presa.

En cierta ocasión, en un piso franco en Viena, Gil se había insinuado a Delilah. Lo había hecho de forma grosera, y a Delilah le había molestado que se creyera con derecho a tirarle los tejos y suponer que ella aceptaría. Delilah sabía que el hecho de acostarse con Gil habría dado a éste cierto poder sobre ella —que era lo que Gil pretendía—, y no estaba dispuesta a entregar uno de sus pocos misterios, uno de sus escasos resortes de influencia, a un colega. Delilah lo había rechazado con la misma franqueza con que Gil le había propuesto que se acostaran. Había sido un incidente sin importancia —ni el primero ni el último de ese tipo—, pero las pocas veces que Delilah se había topado con Gil posteriormente, éste siempre la había mirado como si no lo hubiera olvidado y con evidente rencor. Algunos hombres tienden a sentirse humillados por el rechazo de una mujer, y Delilah sospechaba que Gil era uno de ellos.

La mesa estaba puesta para cuatro comensales, lo cual indicó a Delilah que no esperaban a nadie más. Los cuatro se sentaron.

—¿Le apetece comer algo? —preguntó el director señalando los sándwiches.

Delilah negó con la cabeza, sintiéndose un tanto incómoda.

—He cenado en el avión.

Gil tomó un sándwich y le dio un bocado. Boaz tomó la tetera y preguntó sonriendo a Delilah:

—¿Una taza de té?

—Gracias —respondió Delilah devolviéndole la sonrisa y acercando su taza de té.

Boaz sirvió té a los cuatro. Todos guardaron silencio unos minutos mientras se bebían el té.

—Delilah —dijo por fin el director—, permita que le explique por qué la hemos llamado. Quizá se haya preguntado el motivo.

Delilah asintió con la cabeza.

—En efecto —respondió.

—Nosotros hemos tenido un problema en Manila. Creemos que usted puede ayudarnos a resolverlo.

«Nosotros hemos tenido un problema», pensó Delilah. ¿No era eso lo que habían dicho los astronautas del Apollo 13 cuando su nave espacial se había averiado? Que el director empleara el pronombre inclusivo también era interesante, a la vez que un tanto inquietante.

—Entiendo —dijo Delilah preguntándose qué iba a proponerle el director.

—Hace poco contratamos a un agente independiente para un trabajo en Manila. Un tipo japonés llamado John Rain.

Delilah respondió sin titubear:

—Lo sé, yo organicé el encuentro.

Durante unos instantes Delilah se preguntó si el director se estaba haciendo el tonto con ella. Si el problema era lo suficientemente grave para requerir su presencia en esta reunión, era lógico pensar que el director estaría informado de todos los pormenores, incluyendo la participación de Delilah en los primeros estadios del asunto. Delilah supuso que la estaba poniendo a prueba, buscando la oportunidad de calibrar su reacción.

—Por supuesto —prosiguió el director—. Conoció a Rain en Macao, con motivo de la operación Belghazi.

—Así es.

—Todo lo que averiguamos sobre ese hombre, incluida su evaluación sobre él, indicaba que era de fiar.

«Incluida su evaluación sobre él.» Algo había fallado, pensó Delilah, y querían cargarle a ella el mochuelo.

—Sí —repitió Delilah, intuyendo que era preferible hablar poco.

El director se detuvo para beber un sorbo de té, y Delilah dedujo que estaba tratando de arrancarla de su mutismo. Delilah resistió el deseo de hablar y bebió también un sorbo de té. Al cabo de unos instantes, el director prosiguió:

—Contratamos a Rain para que eliminara a un tal Manheim Lavi, al que llaman «Manny». Es un ciudadano israelí que actualmente reside en Sudáfrica. Tiene contactos en Filipinas y, según parece, una segunda familia que vive allí. Hace poco averiguamos que se ha convertido en un traidor. Ha estado compartiendo la tecnología que posee sobre la construcción de bombas, una tecnología muy avanzada, con nuestros enemigos.

Delilah comprendió que el director no le habría contado eso si ella no tuviera que saberlo. Aunque no lo había dicho explícitamente, era evidente que quería involucrarla en la operación. El director había mencionado su «evaluación» sobre Rain para insinuar que Delilah era en parte culpable del problema que había surgido. La información que acababa de revelarle tenía como fin indicarle que era ella quien debía solventar el problema.

—¿Por qué contratasteis a un agente externo? —preguntó Delilah mirando a Gil—. ¿Por qué no utilizasteis a uno de la organización?

—Manny tiene muchos contactos —respondió Gil—. Creemos que es un colaborador de la CIA. A la CIA no le gusta que unos servicios de inteligencia «amigos» eliminen a sus colaboradores.

—De modo que decidisteis contratar a un agente independiente que la ha pifiado.

Gil entrecerró un poco los ojos, y Delilah le dirigió una sonrisa que indicaba «que te den» por haberse dirigido a ella con tono despectivo. Pero la respuesta de Delilah tenía otro propósito: mostrar al director que, aunque conocía a Rain, no tenía ningún interés en minimizar el que éste la hubiera pifiado o en querer protegerlo.

—Nos dijiste que Rain era de fiar —dijo Gil. El toque de petulancia que denotaba su tono complació a Delilah.

El director hizo el gesto típico de un padre que trata de zanjar una disputa entre sus hijos a la hora de cenar.

—No importa cómo hemos llegado a esta situación. Lo importante es decidir qué debemos hacer a partir de este momento.

Los cuatro guardaron silencio unos instantes, tras lo cual el director prosiguió:

—Rain trató de matar a Manny en los lavabos de un centro comercial de Manila. Manny logró escapar, pero Rain mató a otras tres personas: un guardaespaldas —el director hizo una pausa y miró a Delilah—, y dos agentes de la CIA.

El director se detuvo para dejar que Delilah asimilara esa información. Delilah no dijo nada, pero pensó: «¡Dios santo!».

—¿Es posible que la CIA relacione este desastre con nosotros? — preguntó.

—Ésa es la cuestión —respondió el director.

—Esto es lo que sabemos —dijo Boaz—: Rain llamó ayer para informarnos. Nos dijo que había seguido a Manny y a su familia hasta un centro comercial de Manila. Manny iba acompañado por una mujer y un niño. Cuando la mujer y el niño se marcharon, Rain supuso que Manny iría al lavabo y se adelantó para esperarlo allí. Manny entró en el lavabo, pero de pronto apareció el niño. Cuando Rain vio al chico, vaciló unos instantes.

—Por lo visto, Rain no quiere lastimar a mujeres y niños —apostilló Gil.

Delilah le miró.

—¿Tienes algún problema con eso?

—Depende de lo grave que sea la pifia que ha cometido.

—¿Qué pasó luego? —inquirió Delilah dirigiéndose a Boaz.

—Después apareció el guardaespaldas. Rain cree que Manny debió pulsar algún botón de alarma. Rain desarmó al guardaespaldas en el preciso instante en que aparecieron los dos agentes de la CIA. Rain ignoraba quiénes eran, y todo indicaba que sigue ignorándolo. Pero ellos también iban armados.

—Rain se los cargó a todos menos a Manny —dijo Gil.

Delilah se volvió hacia él.

—¿Y el niño? —preguntó.

Gil se encogió de hombros como si pensara que eso no tenía importancia.

—Al niño tampoco lo mató.

Delilah miró de nuevo a Boaz y preguntó:

—¿Consiguieron Manny y el niño verle la cara a Rain?

—Rain dice que no está seguro.

—Eso es absurdo —añadió Gil—. ¿Cómo es posible que se organizara ese follón sin que nadie le viera la cara? Alguien debió de verlo con toda claridad, y Rain lo sabe. De lo contrario, no nos habría dicho que había logrado escapar sin que nadie pudiera identificarlo. A Rain le conviene restar importancia a lo ocurrido. Cabe pensar que si Rain reconoce que Manny le vio la cara, significa que podría identificarlo.

Delilah no podía rebatir ese argumento y asintió con la cabeza.

—La situación es la siguiente —prosiguió Gil—: Manny ha logrado huir. En estos momentos debe de estar con sus colegas de la CIA, que le estarán mostrando unas fotografías de agentes asiáticos conocidos, las cuales no deben de ser más de tres o cuatro. Si tienen alguna foto de Rain, y Manny puede identificarlo, la CIA irá a por Rain sin reparar en gastos.

Delilah comprendió adónde querían ir a parar. Un estribillo empezó a darle vueltas por la cabeza: «¡Mierda, mierda, mierda!». No dijo nada.

—Manny tiene muchos enemigos —continuó Gil—, pero creo que podemos afirmar sin temor a equivocarnos que cuando la CIA redacte una lista, nosotros la encabezaremos. De modo que si dan con Rain, nuestro estatus pasará de «principal sospechoso» a «culpable».

Durante unos instantes se produjo un silencio en la habitación. El director miró a Delilah y suspiró.

—¿Comprende lo que está en juego? —preguntó.

Delilah asintió con la cabeza.

—No sólo la carrera de usted —prosiguió el director—. O la de ellos. — El director miró a Boaz y a Gil, dejando que asimilaran su comentario. Luego miró de nuevo a Delilah—. O la mía. Nosotros seríamos sólo las primeras víctimas. El Gobierno se apresuraría justificadamente a sacrificarnos para tratar de controlar los daños. Pero si no lograran controlarlos…, es imposible predecir qué ocurriría. Podría incidir en los billones de dólares que invierte Estados Unidos en ayuda. Y no digamos la venta de armas. Acceso a imágenes por satélite y otros métodos de cooperación entre servicios de inteligencia. ¿Comprende? No se trata de un problema de la organización. Es un problema geopolítico. Debemos controlarlo.

—Lo comprendo —respondió Delilah.

El director asintió como si su respuesta le satisficiera y preguntó:

—¿Conoce bien a ese hombre?

«Debí suponerlo», pensó Delilah. Ahora lo comprendía todo.

—Nos conocimos en Macao —respondió Delilah encogiéndose de hombros—. Algunas personas —prosiguió mientras miraba a Gil— querían eliminar a Rain allí porque perseguía a Belghazi y temían que lo matara antes de que obtuviéramos lo que buscábamos. Yo les convencí de que era preferible controlarlo.

—Estabas equivocada —dijo Gil—. Es cierto que el asunto terminó bien, pero fue pura suerte. Rain pudo haber matado a Belghazi antes de que hubiéramos conseguido lo que queríamos.

—Yo logré controlarlo —replicó Delilah, comprendiendo de inmediato su error al responder a la provocación de Gil.

—¿De modo que tuvo ocasión de tratarlo? —preguntó el director.

Delilah volvió a encogerse de hombros.

—Ya se lo he dicho. Le convencí para que se retirara durante un tiempo, el suficiente. Luego averiguamos que estaba en Río. Me desplacé hasta allí y lo localicé. A partir de ahí intervinieron Boaz y Gil. Está todo en el expediente.

—¿Cómo te pusiste en contacto con él en esa época? —inquirió Gil.

«Que te den a ti y a tus jueguecitos», pensó Delilah.

—¿No has revisado el expediente? —contestó ésta sonriendo con gesto inocente.

Gil crispó la mandíbula y trató de encajar el golpe.

—Por medio de un tablón de anuncios electrónico, ¿no es así?

—¿Me lo preguntas porque no te acuerdas? Me extraña que hayas olvidado esos detalles, Gil. Sueles tener buena memoria.

Gil crispó de nuevo la mandíbula. Delilah sabía que la odiaría por haberle puesto en ridículo delante del director, especialmente con esas insinuaciones, lo cual hizo que se sintiera profundamente satisfecha.

—¿Puedes ponerte en contacto con él ahora? —preguntó Gil dejando a un lado ese juego en el que tenía todas las de perder.

—No lo sé. Supongo que sí, siempre y cuando Rain conserve el tablón de anuncios y siga consultándolo.

Gil abrió la boca para decir algo, pero el director alzó la mano.

—¿Conoce usted a ese hombre en otros aspectos que no constan en el expediente, Delilah?

—No sé a qué se refiere —respondió Delilah, aunque lo sabía de sobra. Pero no estaba dispuesta a contestar a esa pregunta sin hacer que el director se sintiera al menos incomodado por habérsela hecho.

—¿Tuvo usted una… relación personal con Rain?

Tras unos instantes Delilah contestó:

—No voy a responder a esa pregunta.

Delilah observó en su visión periférica una expresión de admiración y simpatía en los ojos de Boaz. En los de Gil vio una expresión de sorpresa por haberse comprometido de esa forma, lo cual él jamás habría tenido la dignidad de hacer. Pobre Gil. No comprendía que la ventaja de Delilah en este juego era que tenía mucho menos que perder. Gil estaba progresando en el escalafón. Quería consolidar su carrera aquí. Delilah sabía que eso era imposible para ella. Dentro de pocos años, sería demasiado vieja para seguir haciendo lo que hacía y entonces le darían un trabajo administrativo o de adiestramiento y la arrinconarían, la ignorarían y la olvidarían. En esas circunstancias, ¿qué tenía que perder?

El director tamborileó con los dedos sobre la mesa y al cabo de unos instantes dijo:

—No se lo pregunto por motivos personales. Se lo pregunto desde el punto de vista profesional. Porque esa información repercutirá en la forma en que resolvamos este asunto tan peliagudo.

Delilah le miró a los ojos.

—Sigo negándome a responder. No permitiré que cruce usted hoy esa línea, porque si lo hace, mañana la cruzará de nuevo.

Después de observar a Delilah durante unos instantes, el director sonrió admirado de su valor y no insistió más, cosa que Delilah agradeció. Pero ¿por qué iba a seguir insistiendo el director? Delilah ya había respondido con su negativa a su pregunta.

La confusión de Gil dio paso al desconcierto. ¿Era posible que Delilah se hubiera apuntado un tanto ante el director?

—Delilah —dijo Boaz—, ¿crees que… podrías aproximarte a Rain?

—¿Te refieres a si puedo tenderle una trampa?

Boaz asintió con la cabeza.

—No estoy segura. Puedo intentarlo.

Los cuatro se repantigaron en sus sillas, como si se sintieran más relajados. En ese momento Delilah comprendió con toda claridad el tono de la conversación que había precedido a su llegada: «¿Creéis que Delilah se acostó con Rain? ¿Estará dispuesta a hacerlo? ¿Podemos fiarnos de ella?».

—¿Por qué me necesitáis a mí? —preguntó Delilah a sus colegas—. Vosotros le conocéis y supongo que tenéis el medio de poneros en contacto con él.

—Si pedimos a Rain que se reúna ahora con nosotros —respondió Boaz —, sospechará. Necesitamos a alguien que le haga bajar la guardia.

—Dadas las circunstancias, quizá sospeche también de mí —replicó Delilah.

—Contamos contigo para hacer que se disipen sus recelos —intervino Gil —. En eso eres la mejor. —Su tono indicaba que los métodos de Delilah, aunque útiles, eran también en cierta forma sospechosos.

Delilah le miró, pero pasó por alto su comentario.

—¿Cómo pensáis hacerlo? —preguntó.

Gil hizo ademán de restar importancia.

—Ponte en contacto con él. Proponle una escapada romántica. Llegado el momento oportuno, te pondrás en contacto conmigo.

—¿Quién será el francotirador?

—Yo.

—Rain te conoce. ¿Cómo piensas acercarte a él?

—No me verá.

Delilah estuvo a punto de soltar una carcajada.

—No sabes con quién te la juegas.

—La ha cagado. Es preciso eliminarlo.

Delilah recordó la forma en que Rain había matado a un tipo en un ascensor en Macao. Estaba charlando tranquilamente con ella cuando de pronto le había partido el cuello a ese hombre sin mayores problemas.

—Si te ve —dijo Delilah—, comprenderá que le he tendido una trampa.

—Entonces hazlo tú.

Delilah no respondió.

—No me verá —dijo Gil—. En cualquier caso, sabes cuidarte.

Se produjo un prolongado silencio. Delilah estaba acostumbrada a tomar decisiones difíciles rápidamente y bajo presión, y cuando el director tomó de nuevo la palabra, ya se había decidido.

—¿Está dispuesta a hacerlo? —pregunto el director mirándola con franqueza y con tono afable.

—¿Me he negado alguna vez? —replicó Delilah.

—Nunca —respondió Gil, y en esas dos sílabas Delilah oyó un eco de «puta».

Delilah le miró y dijo con voz tan dulce como gélida:

—En cierta ocasión me negué, Gil.

Gil se sonrojó, y Delilah sonrió para rematar la jugada.

El director, fingiendo no haber captado esas insinuaciones, dijo:

—Entonces está decidido.