Un último asesinato
Tercera Parte
Capítulo 17
Teniendo en cuenta que Winters y compañía podían haber rastreado el móvil de Dox hacía varios días, el Grand Hyatt ya no era un lugar seguro. Dox y yo tomamos todo tipo de precauciones al regresar allí, y permanecimos sólo el tiempo suficiente para recoger nuestras cosas. Luego nos dirigimos a Sukhumvit, empleando las medidas de seguridad adecuadas, y alquilamos unas habitaciones en el Westin. Consciente de que Winters había estado a punto de atraparnos, Dox no puso ninguna objeción.
Después de ducharme y afeitarme, me di un baño muy caliente, lo que suele ayudarme a conciliar el sueño. Pero seguía tenso debido al desagradable incidente ocurrido frente al Brown Sugar. Tenía que partir para el aeropuerto a las seis de la mañana, y si no lograba descansar, ya no podría hacerlo hasta haber montado en el avión.
Acerqué una butaca al lado de la ventana y me senté en la oscuridad, contemplando Sukhumvit Road y la masa urbana en la calle. La vista no tenía nada de particular; el Westin no es un edificio muy elevado y la ciudad está demasiado congestionada. Durante unos instantes deseé, absurdamente, hallarme de nuevo en mi apartamento de Sengoku, un sector tranquilo de Tokio donde había residido hasta que la CIA y Yamaoto habían descubierto mi paradero allí. En aquellos momentos no había caído en la cuenta de lo seguro que me sentía allí, de lo apacible que era esa zona. Tenía la impresión de que eso había ocurrido hacía mucho tiempo, y que desde entonces habían sucedido muchas cosas. Comprendí que no me había parado para lamentar el haber tenido que marcharme de allí. En todo caso, hasta ese momento. Pero ahora no podía permitirme el lujo de recrearme en ello.
Pensé en el plan que Dox y yo habíamos urdido. Parecía sensato, hasta cierto punto. Pero me pregunté por qué todas las soluciones a las que llegaba eran siempre violentas.
«¿Violentas? Estamos hablando de matar.»
Sonreí sarcásticamente. Cuando sólo dispones de martillos, todo parece un clavo.
Quizá mi mentalidad por defecto fuera atrozmente defectuosa, o retorcida. Quizá existieran otros métodos menos siniestros, que mis largos y nefastos hábitos me impedían ver.
Sí, era posible. Pero la sensación que experimenté sentado allí en la oscuridad, repasando los pormenores del operativo que íbamos a montar al día siguiente, me resultaba momentáneamente tan familiar que conllevaba el peso opresivo del destino.
Llevaba matando desde el primer Vietcong que había abatido, junto al río Xe Kong, cuando tenía diecisiete años. Durante un tiempo había llevado la cuenta, pero ya no recordaba cuántas vidas me había cobrado, lo cual, lógicamente, había horrorizado a Midori cuando me lo había preguntado. ¿Era posible que hubieran sido las circunstancias lo que me habían obligado a empezar tan joven y seguir haciéndolo durante tanto tiempo, o se debía a algún rasgo intrínseco de mi carácter?
Mucha gente reconocía que yo era un asesino: Tatsu; Dox; los psiquiatras del ejército; Carlos Hathcock, el legendario francotirador que había conocido en Vietnam.
«¿Por qué le das tantas vueltas? —me pregunté—. Acéptalo y punto.»
Recordé algo de mi infancia relacionado con una visita a la iglesia. Creo que un versículo del Evangelio según san Mateo, en el que Jesús decía: «Enfunda de nuevo tu espada, pues el que a hierro mata a hierro muere».
Tras reflexionar sobre ello unos instantes, pensé: «¡Y un cuerno! A Dios le importa un comino. Como dice Dox, si le importara, ya habría hecho algo al respecto. Si Dios hiciera algo al respecto, ¿te darías cuenta? ¿Prestarías atención? Claro que me daría cuenta si Dios me castigara o algo parecido, que es lo que haría yo».
Pensé que quizá se tratara justamente de eso. Hacía tiempo que esperaba —que exigía— que Dios me castigara por mis transgresiones y confirmara con ello su existencia. Pero ¿y si Dios no se dedicara a castigar a la gente? ¿Y si los castigos fueran impuestos sólo por el hombre, y Dios prefiriera comunicarse mediante unos métodos más sutiles, unos métodos que los tipos como yo fingían que no existían?
Me incliné hacia delante, con los codos apoyados en las rodillas, y miré mis manos como si pudieran ofrecerme una respuesta. Ojalá pudiera experimentar cansancio. Anhelaba dormir.
Pensé en El libro de los cinco anillos, de Musashi, que había leído repetidas veces. En sus relatos de más de sesenta duelos con espada, y de más de media docena de grandes batallas en las que había participado, Musashi no mostraba la menor duda sobre la moralidad de sus actos. Perecía dar por sentado que los hombres luchaban, mataban y morían, y supuse que Musashi daba tan poca importancia al tema como al hecho de que los hombres respiraban, comían y dormían. Lo primero era natural e inmutable, como lo segundo. Lo importante era la destreza que tuviera uno.
De alguna forma, Musashi había logrado deponer su espada al hacerse viejo. Poco antes de cumplir sesenta años, había dedicado buena parte de su tiempo a enseñar, pintar, meditar, beber té y escribir poesías y, por supuesto, esa obra tan profunda. Incluso había logrado morirse en la cama, una perspectiva que no me disgustaba. Pero no sabía cómo iba a alcanzar ese apacible fin si no dejaba esta profesión.
Cuando las personas hacen balance de su vida, ¿cómo se lo plantean? ¿De dónde obtienen su satisfacción, su justificación? Mientras permanecía solo en esa habitación en penumbra, traté de hallar el medio de hacer balance de mi existencia, de justificar quién era yo. Pero lo único que se me ocurrió fue: «Eres un asesino».
Apoyé la cabeza en las manos. No se me ocurría nada más. Lo único que hago bien es matar. Matar y sobrevivir.
Sin embargo, quizá no había captado lo esencial del asunto. Por más que mi naturaleza fuera inmutable, las causas a las que prestaba esa naturaleza dependían de mí. Entonces pensé en el sueño que había tenido, el de las dos catanas. A eso se refería justamente el sueño.
Al margen de otras funciones que pueda tener, una espada es esencialmente un instrumento mortal. Sí, uno puede utilizarla como el quicio de una puerta o un abridor de cartas, pero ésa no es la función a la que está destinada. No es lo que la espada desea, en el fondo, hacer. Pero su naturaleza intrínseca no hace que una espada sea buena o mala, sino que la moral de la espada viene determinada por el uso que se le dé. Existe la katsujinken, la espada que da vida, o arma de justicia, y la setsuninto, la espada que quita la vida, o arma de opresión. En el sueño, algo indescriptible había estado a punto de atraparme debido a mi incapacidad de tomar una decisión. No podía permitirme el lujo de cometer ese error en mi vida.
¿Podía convertirme en una katsujinken? ¿Era ésa la respuesta? Matar a Belghazi en Hong Kong hacía un año había impedido el envío de unos misiles equipados con puntas radiológicas a unos grupos que pretendían detonarlos en zonas metropolitanas. ¿No había salvado mi acción un número incontable de vidas humanas? ¿No podía esa acción contrarrestar… otras cosas que yo había hecho?
La idea era al mismo tiempo sugestiva y preocupante: sugestiva porque insinuaba la posibilidad de redención; preocupante porque indicaba la certeza de que, de una forma u otra, en última instancia yo sería juzgado.
Solté una amarga carcajada. Katsujinken y redención… Seguiría tratando de conciliar Oriente y Occidente hasta que el intento acabara matándome.
Pensé en Manny. Era como Belghazi. Su muerte aportaría numerosos beneficios.
«Y su hijito sufrirá durante muchos años.»
Pensé en el tacto con que Dox me había preguntado si temía volver a quedarme bloqueado, y la simple confianza con que había aceptado mi respuesta cuando yo le había asegurado que no tenía por qué preocuparse.
De pronto el hecho de quedarme bloqueado, atrapado en un siniestro purgatorio entre criterios contrapuestos, empezó a parecerme la peor de las posibilidades. Éste no era el momento para ponerme a filosofar, ni dejar que las dudas me atormentaran. Me tenía sin cuidado el precio que tuviera que pagar. Me tenía sin cuidado si era justo o injusto. Estaba decidido a terminar lo que había iniciado.
Sentí que mis compuertas mentales se cerraban, obstaculizando el paso de las emociones, haciendo que me concentrara sólo en los elementos esenciales de lo que tenía que hacer y cómo lo haría. Una parte insensible de mí, desconectada del resto de mi ser, activó los resortes para que todo ocurriera como tenía que ocurrir. Fuera lo que fuere, este sentimiento me ha resultado muy útil en infinidad de ocasiones en mi vida. No sé si otras personas lo poseen, pero forma parte esencial de mí, de lo que hace que sea quien soy y como soy. Cuando esas compuertas se cerraron, la parte de mi ser que quedó aislada tras ellas se preguntó si eso no sería otra transgresión, otro pecado. Haberme aproximado tanto a lo que parecía una epifanía complicada y haber renunciado deliberadamente a ella…
Me recliné en la butaca y dejé que mi mirada se paseara por la habitación. Empecé a pensar en cómo podíamos hacerlo de la forma que tenía que hacerse.
Había estado en el China Club en una ocasión y conocía la disposición del local. Ocupaba las tres plantas superiores del viejo edificio del Banco de China en Central. Los ascensores se detenían en la planta trece, y sólo se podía acceder a las dos plantas siguientes a través de una escalera interior.
Tendría que llegar temprano y utilizar un pretexto para entrar. Podía decir que trabajaba para una gigantesca corporación japonesa y tenía que comprobar si a mi jefe le merecería la pena desembolsar un montón de yenes para hacerse socio del club. Era un buen ardid. Lo había utilizado anteriormente, y por lo general hacía aflorar los deseos más profundos de mi anfitrión de mostrar los aspectos más positivos de su local y responder a todas mis preguntas inocentes.
Lo malo era que Manny podía reconocerme. Podía minimizar el problema alterando un poco mi aspecto, lo cual tendría que hacer en cualquier caso, dado que seguramente habría unas cámaras de seguridad instaladas en el perímetro del edificio y posiblemente en el interior. Por lo demás, soy muy hábil a la hora de mimetizarme con el entorno si es necesario. Pero Hilger, que supuse que sería un objetivo mucho más difícil de alcanzar que Manny, también nos reconocería a Dox y a mí. La CIA tenía unas fotos de ambos, como yo había averiguado con motivo del operativo Belghazi hacía un año, y Hilger las habría examinado atentamente, al igual que habría hecho yo. Entrar en el edificio no sería difícil. Pero una vez dentro, Dox y yo no podríamos movernos con libertad.
Seguía reflexionando sobre el asunto. Podía llegar temprano y probablemente hallar un sitio donde ocultarme: un lavabo, un armario ropero o algo parecido. Dox llegaría más tarde. Quizá podríamos utilizar unas cámaras, como habíamos hecho en el Peninsula de Manila, y Dox podría monitorizarlas e indicarme a través de nuestro equipo transmisor lo que debía hacer. Pero ¿dónde podíamos situarlo de forma que nadie reparara en él? Imaginé a Dox sentado solo en el famoso bar del China Club llamado Gran Marcha, que estaba destinado a agasajar e impresionar a los clientes. Cualquiera que permaneciera solo durante varios minutos allí llamaría la atención. Esa opción quedaba descartada.
Claro que si Dox no estaba solo, la opción era más factible. Podía estar acompañado por una atractiva ejecutiva europea.
Imaginé a Dox vestido con un traje austero, confeccionado por un sastre de Hong Kong, acompañado por Delilah, que probablemente luciría un traje de chaqueta elegante y de buen gusto. Dox podía hacerse pasar por un directivo empresarial expatriado; Delilah, por una inteligente ejecutiva europea de publicidad que trataba de conseguir una cuenta con la empresa de Dox. Ese tipo de negocios se llevan a cabo todas las noches en el China Club. Ni Dox ni Delilah desentonarían allí.
Estaba desvelado. Me levanté, encendí una de las lámparas de lectura y tomé el móvil. Coloqué una nueva tarjeta SIM, lo encendí y llamé a Delilah. Ésta respondió después del primer tono.
—Hola —dije—. Espero no haberte despertado.
—No. Aún sufro los efectos del desfase horario.
—¿Podemos hablar?
—Desde luego. Estoy sentada en mi habitación.
Se me ocurrió preguntarle de nuevo si quería que nos reuniéramos. Era absurdo que ambos estuviéramos en la misma ciudad y no nos viéramos. Quizá Delilah se alojaba en mi hotel, en la habitación contigua a la mía.
Sin embargo, comprendí que Delilah tenía razón. Habría sido una estupidez quedar para vernos sabiendo que Gil la estaba vigilando. Si Delilah tenía que tratar de despistarlo, quizá sólo tendría una oportunidad, y yo quería que esa oportunidad fuera el China Club. Por lo demás, una parte de mí, quizá la menos madura, se resistía a ser rechazada por tercera vez, aunque los motivos del rechazo estuvieran fundados y no fueran personales.
—Creo que mañana tendré la oportunidad de zanjar este asunto —dije—, de terminar lo que empecé.
Tras una pausa, Delilah respondió:
—De acuerdo.
—Pero necesito que me ayudes. Si eso representa un problema, lo comprenderé. Este asunto no te concierne.
Delilah se rió suavemente.
—Ojalá fuera cierto.
—De acuerdo. Si estás dispuesta a ayudarme a solucionar el asunto, ¿puedes viajar a Hong Kong mañana?
Se produjo otra pausa.
—Le he dicho a Gil que me quedaría unos días en Bangkok por si te ponías en contacto conmigo. No sé cómo explicarle mi repentina necesidad de marcharme.
Después de reflexionar unos instantes, respondí:
—Dile que me he puesto en contacto contigo, que me he disculpado por haberte dejado plantada y te he pedido que te reúnas conmigo en Hong Kong.
—Pero si le digo eso, Gil querrá ir también a Hong Kong, al igual que vino a Bangkok, para poder pillarte cuando aparezcas de nuevo. Además, sospecha de mí. No querrá perderme de vista.
—¿Puedes sortear todos esos contratiempos?
Noté que Delilah estaba sopesando los pros y los contras. Por fin respondió:
—Probablemente.
—¿Puedes tomar el primer vuelo que parta por la mañana?
—Desde luego.
—De acuerdo. Hazlo. Cuando llegues, consulta el tablón de anuncios. O yo te llamaré de nuevo.
Delilah guardó silencio unos instantes, y pensé: «Quiero que nos veamos esta noche. Dímelo».
Pero Delilah se limitó a decir:
—De acuerdo. Iré.
Le di las gracias y colgué.
Desconecté el móvil, apagué la luz y me senté de nuevo en la butaca, al estilo oriental, con las piernas cruzadas. Observé a través de la ventana cómo las luces de la ciudad empezaban a apagarse, casi imperceptiblemente, una tras otra.
Pensé en Delilah, tan cerca y a la vez tan lejos.
Confiaba en poder fiarme de ella. Necesitaba hacerlo. Pero eso no era lo que me preocupaba.
Lo que me preocupaba era lo mucho que ansiaba fiarme de ella.