Un último asesinato

Barry Eisler · Capítulo 5 de 27

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Un último asesinato

Capítulo 5

 

 

Al día siguiente del frustrado intento de eliminar a Manny, me dirigí al restaurante Baan Khanitha situado en Sukhumvit 23, en Bangkok, el lugar de encuentro que Dox y yo habíamos convenido en caso de que las cosas se torcieran, como efectivamente había ocurrido.

Decidí dar un rodeo para llegar al restaurante, en parte para satisfacer una incipiente sensación de nostalgia y en parte por los motivos habituales de seguridad. Comprobé que Sukhumvit había cambiado mucho en las décadas transcurridas desde los breves pero intensos momentos que había pasado allí durante la guerra, aunque sus aspectos esenciales seguían siendo los mismos. En aquel entonces no había rascacielos y menos aún lujosos centros comerciales, y el tráfico, aunque caótico, no había alcanzado las proporciones de catástrofe bíblica. Pero exhalaba un tufo y unas vibraciones de comercio de bajo nivel, en gran parte sexual. A mi entender, Sukhumvit representaba siempre lo último: la última fiesta de la última noche que todo el mundo quiere prolongar porque mañana hay que volver a la guerra; la última oportunidad de correrse una juerga nocturna de la que seguramente nos arrepentiremos a la mañana siguiente; la última y desesperada oportunidad para aquellas mujeres cuyos encantos, y por consiguiente sus precios, no alcanzan siquiera los niveles del cercano Patpong.

Eché a andar por Sukhumvit Road, dejando que la muchedumbre me arrastrara, pasara de largo y luego volviera a arrastrarme. Era increíble cómo había crecido ese sector. Yo había regresado varias veces desde la guerra, e incluso en cierta ocasión había hecho un trabajo allí, un expatriado japonés, pero mi punto de referencia, que había quedado anticuado hacía más de tres décadas, se negaba a amoldarse a la cambiante topografía de la zona. Tiempo atrás había vendedores ambulantes, sí, pero no tantos como ahora. Hoy en día invadían las aceras y vendían todo tipo de cachivaches: maletas de imitación de firmas de gama alta, relojes rebajados, deuvedés piratas, camisetas que proclamaban «Igual-Igual» y «Sin dinero no eres nadie». Los vendedores ambulantes trataban de convencerte y engatusarte, compitiendo con el runrún de la multitud, el estruendo de los autobuses, el característico rugido de la onda sinusoide de los escúteres y los tuk-tuks que serpenteaban a través del congestionado tráfico. Percibí un olor a humos de gasoil y a curry, y pensé: «Sí, aquí todo es igual-igual», y me sorprendió la abrumadora sensación de tristeza y nostalgia que sentí pero no pude identificar. Aquí nada parecía igual, pero a mí me parecía que todo olía igual, lo cual suponía una disonancia desconcertante.

Seguí avanzando. De pronto, con una impactante mezcla de alegría y horror, descubrí una reliquia: el hotel Miami, que seguía en pie en Soi 13, un edificio sórdido y destartalado desde el momento en que lo habían construido a finales de los sesenta para albergar a las tropas estadounidenses de permiso. En la actualidad el hotel parecía un dedo del corazón arquitectónico enhiesto, dándole por el culo a la opulenta y moderna Bangkok que crecía a su alrededor. Al pasar junto al edificio, vi a un expatriado de pelo canoso contemplando la calle desde una ventana, mostrando la expresión de un hombre que cumple cadena perpetua por un crimen que no comprende. Tuve la impresión de haber visto a uno de los habitantes originales, tan obstinado y anacrónico como el propio hotel. Debajo de los techados de hierro ondulado de los desvencijados comercios vi a unos árabes y unos sijs fumando un cigarrillo y bebiendo café. En los vestíbulos de las salas de masaje merodeaban unas prostitutas, mientras los transeúntes pasaban de largo sin reparar en sus ojos tristes y sus sonrisas desesperadas. Un hombre con la pierna amputada que estaba tendido en la acera, cubierto con unos harapos inmundos, agitó la taza que sostenía para que le echara unas monedas. Le di unos baht y seguí andando. Tras recorrer media manzana, conseguí ver entre las mesas de los vendedores el letrero del Thermae Bar & Coffee House, un tugurio de mala muerte que antaño había albergado a las mujeres que prestaban sus servicios a los soldados del Miami. Me pregunté si los parroquianos seguían llamándolo, inevitable y lógicamente, el Termita. El edificio original había sido demolido, pero el Termita había renacido, demostrando en su reencarnación que aunque el cuerpo se deteriore y muera, el espíritu, para bien o para mal, pervive eternamente.

Pasé junto a un vendedor ambulante que vendía cuchillos y aproveché la ocasión para adquirir una navaja Emerson provista de un mango de madera y una hoja de diez centímetros, parcialmente serrada, a precio rebajado. Durante mucho tiempo había conseguido arreglármelas sin ir armado. Lo prefería. De entrada uno tiende a comportarse de forma distinta cuando va armado, y algunas personas detectan esos signos. Por otra parte, mi falsa identidad de abogado se habría visto comprometida si me hubieran arrestado y hubieran comprobado que iba armado con una Karambit plegable u otro tipo de navaja. Además, hay que tener en cuenta la sangre, que puede ponerte perdido y comprometer gravemente tu intento de pasar inadvertido después de una refriega. Pero intuí que el equilibrio entre los pros y los contras estaba cambiando. Para empezar, yo no era tan rápido como antes, ni tan duradero. Me pregunté si lo que me había ocurrido con Manny en el lavabo de aquel centro comercial era también consecuencia de la edad. Dox había tenido que echarme una mano, al igual que había hecho en Kwai Chung un año antes. Para colmo, el hallarme de nuevo en Sukhumvit era de por sí un recordatorio de que había envejecido, y que las cosas que podía hacer antes con mis manos hoy en día podía hacerlas más eficazmente con unas herramientas.

Tomé un tuk-tuk para recorrer el último trecho hasta Sukhumvit 23. Dox y yo habíamos quedado en encontrarnos en el restaurante al mediodía, pero yo llegué con antelación para inspeccionar la zona, como hago siempre en las raras ocasiones en que accedo a encontrarme con alguien cara a cara. Un disimulado vistazo evita sorpresas desagradables. Pero en esta ocasión la sorpresa que me aguardaba era Dox. Luciendo una espléndida camisa de seda color crema, estaba sentado en una silla de teca cubierta con un mullido cojín al fondo del comedor principal, bebiendo un mejunje tropical en un vaso alto a través de una caña. Tuve que reconocer que ofrecía un aspecto relajado y cómodo en aquel lugar.

—Sabía que llegarías temprano —dijo Dox sonriendo. Dejó su bebida en la mesa y se levantó—. No quería cometer la grosería de hacerte esperar.

Me acerqué a él al tiempo que echaba una ojeada alrededor del restaurante. La mitad de la clientela era local, y la otra mitad, extranjera; y todos parecían más interesados en la excelente comida tailandesa tradicional que servían en el Baan Khanitha que en lo que ocurría a su alrededor. No obstante, comprendí que había hecho mi registro visual por costumbre, no porque creyera que Dox hubiera provocado algún problema. Me sorprendí, por no decir que me quedé estupefacto, al darme cuenta de que había depositado mi confianza en Dox. Le miré y supongo que Dox se percató de mi perplejidad, porque arqueó las cejas y preguntó:

—¿Estás bien?

Asentí con gesto entre irritado y contento de reunirme de nuevo con él después de la debacle de Manila.

—Sí, perfectamente.

Le tendí la mano, pero Dox me echó los brazos alrededor de los hombros y me abrazó efusivamente. «Caray», pensé dándole unas torpes palmaditas en la espalda.

Dox retrocedió, me miró y se echó a reír.

—¡Pero si te has sonrojado! No estarás enamorado de mí ni nada por el estilo, ¿eh?

Pasé por alto su comentario.

—¿Has tenido algún problema durante el viaje de vuelta?

Dox volvió a reírse.

—Ninguno. Me alegro de verte, tío, aunque hayas empezado a experimentar tinos sentimientos anómalos hacia mí. ¿Quieres que comamos aquí, o prefieres que Vayamos a otro sitio? Yo recomiendo que nos quedemos. Sirven el mejor poo nim pad gra pow de la ciudad.

Eché otro vistazo a mi alrededor. Por más que Dox fuera un experto en poo nim o como se llamara, su pericia no alcanzaba siempre los niveles de excelencia que yo esperaba. Aunque para ser sincero, no conozco a nadie cuya pericia alcance siempre esos niveles.

—Supongo que habrás apagado tu móvil.

—Sí, mamá, lo he apagado, para decepción de todas las damas que quieran localizarme.

—¿Estás seguro de que nadie te ha seguido?

Dox puso los ojos en blanco.

—Venga, tío —replicó—, deja esa actitud de lobo solitario y hombre enigmático internacional. No puedes vivir así las veinticuatro horas del día durante los siete días de la semana. Acabarás hecho cisco, te lo aseguro.

—¿Eso significa que no te ha seguido nadie?

Dox frunció el ceño.

—Sí, eso es lo que significa. Puede que yo no sea el fantasma urbano que tú eres, pero sé tomar precauciones. Llevo mucho tiempo arreglándomelas yo solito en este puto trabajo, y aunque muchos querrían verme muerto, sigo vivo y coleando.

—Quisieran, no querrían.

Dox se llevó las manos a la cabeza y exclamó:

—¡Auxilio, mi colega es una institutriz!

—De acuerdo, de acuerdo —dije alzando las manos con gesto de resignación.

—«John Rain, asesino y gramático.» Deberías imprimirlo en tu tarjeta de visita.

—Ya vale —contesté.

—«Si no utilizas correctamente el subjuntivo, te matará.»

«Y dale», pensé mirando a mi alrededor.

—Comamos aquí —dije.

—Menos mal. Estoy hambriento —respondió Dox.

Nos sentamos a su mesa. El camarero se acercó, y Dox se encargó de pedir. Sabía lo que hacía; incluso hablaba un tailandés pasable. Pedimos también un par de cafés con hielo. Habían pasado pocos días, que a mí se me habían hecho muy largos.

—¿Cómo va todo? —preguntó Dox cuando el camarero se alejó—. Espero que los israelíes no estén cabreados.

Yo le había explicado quién era nuestro cliente. Ellos no sabían que yo trabajaba con Dox. No era necesario.

—No estoy muy seguro —respondí.

—¿A qué te refieres?

—En cuanto salí de Manila, me puse en contacto con mis amigos Boaz y Gil. Les conté lo sucedido. Parecieron tomárselo con calma. Estaban disgustados de que Manny hubiera logrado escapar, y preocupados de que a partir de ahora reforzara su sistema de seguridad. Pero se tranquilizaron al saber que había conseguido largarme sin mayores problemas.

—Es decir, sin que te arrestaran y tuvieras que involucrarlos a ellos.

—Exacto.

—Quizá les jorobe que no hayas muerto en la refriega.

—Gajes del oficio.

—Que deseen tu muerte son gajes del oficio, pero otra cosa muy distinta es provocarla.

—No creo que debamos preocuparnos por eso. No les merece la pena tratar de eliminarme. Según parece, nada me relaciona con lo sucedido, y a ellos tampoco.

—¿De veras? ¿Qué ha sido del profesional paranoico que todos conocemos y queremos?

—Procuro ser cauto. Te he dicho lo que me parece probable, pero no doy nada por sentado.

—¿Qué les dijiste?

—Que dos tipos que no había logrado detectar aparecieron en escena y se organizó un tiroteo. Que los susodichos eran unos excelentes tiradores y quizá fueran de la CIA.

—Y ellos ¿qué respondieron?

—Como te he dicho, se mostraron preocupados. Pero no tardarán en verificar el recuento de víctimas. La noticia aparece publicada hoy en la prensa filipina de habla inglesa.

—¿Estás seguro?

Asentí con la cabeza.

—Me he pasado la mañana conectado a internet.

—Y ¿qué dice la prensa?

—Un filipino muerto, dos extranjeros muertos cuyas identidades están siendo investigadas. Los testigos creen que había dos tiradores. Ambos asiáticos.

Dox sonrió.

—Conque ambos asiáticos, ¿eh?

Asentí.

—Incluso en circunstancias favorables, las personas no ven con claridad. Si añades a eso el estrés emocional, no recuerdan lo que vieron. En estos momentos la policía podría estar buscando a unos marcianos. Boaz y Gil también están investigando las identidades de los fallecidos. Cuando averigüen más datos, nos lo dirán. Entre tanto, tenemos que monitorizar la situación y esperar.

El camarero nos trajo la comida y se marchó. El poo nim resultó ser cangrejo de mangle de caparazón blando salteado. Dox no había exagerado. Era un plato excelente, delicado, fresco y aromatizado con albahaca.

—Yo creo que pertenecían a la Agencia —dijo Dox.

—Es posible, pero no lo sé. ¿No los viste antes de entrar en el lavabo?

—Por supuesto que los vi. Estaban sentados en uno de los restaurantes del centro comercial, solos. Pero no me parecieron unos agentes secretos. Aunque confieso que quizá estuviera distraído observando lo que hacían Manny y el guardaespaldas y no presté atención a los pequeños signos. ¿Tú los viste?

—Sí, pero tampoco les presté atención. Se comportaban de un modo muy discreto… —Hinqué el diente al cangrejo—. Tengo la sensación de que se comunicaban con Manny por medio de algún artilugio. No iban a por él; de lo contrario, habrían tratado de matarlo cuando salió del lavabo, como hice yo. Trataban de protegerlo.

—Eso pensé yo. ¿Más guardaespaldas?

—Es posible. Pero no los vimos con anterioridad. Creo que fueron allí para participar en una reunión.

—¿Con Manny?

—Sí. No parecían lugareños, por lo que deduzco que se alojaban en un hotel, quizá el Península, el Mandarín Oriental o el Shangri-La. Todos están a un tiro de piedra del Ayala Center, que es adonde Manny llevó a su familia a comer, aunque tenían más cerca el centro comercial de Greenhills.

—De modo que Manny almuerza con su familia, se despide de ellos, la mujer y el niño se marchan y Manny se reúne con los tipos que le están esperando.

—Exacto. Y cuando ven a un tipo gigantesco, con una perilla y aspecto peligroso entrar en el lavabo junto con el guardaespaldas de Manny, se dan cuenta de que ocurre algo raro y entran también en el lavabo.

Dox asintió.

—Estoy de acuerdo con esa tesis. Actuaron con frialdad y emplearon una buena táctica. Y como dices, eran discretos. No caí en la cuenta de quiénes eran hasta que fue demasiado tarde. Ahí la pifié, y lo lamento. Como he dicho, me salvaste la vida.

Quería decirle la verdad, que al entrar apresuradamente en el lavabo, había sido Dox quien me había salvado la vida a mí, y no a la inversa. Pero me limité a decir:

—El caso es que no sabemos con certeza quiénes eran, ni con quién estaban, ni por qué iban a reunirse con Manny. Si lo supiéramos, quizá tuviéramos una segunda oportunidad.

—¿Crees que podríamos intentarlo?

—Depende. Odio dejar las cosas a medias.

—¿Como un talón sin cobrar? —preguntó Dox riéndose. Asentí con la cabeza.

—En parte. Informar a Boaz y a Gil de que aún persigo a Manny me ofrece una excusa para permanecer en contacto con ellos, para seguir calibrándolos.

—Para asegurarte de que no han cambiado de parecer y han decidido abandonar el asunto.

—Por supuesto. Aparte de que son una posible fuente de información.

—Sobre quiénes eran esos sicarios.

—Etcétera.

Dox y yo comimos en silencio durante unos minutos. Luego Dox dijo:

—Quiero preguntarte una cosa.

Enarqué las cejas y le miré.

—Cuando llegué allí, me sorprendió comprobar que Manny aún estaba vivo. Sé de lo que eres capaz de hacer con las manos cuando te acercas a alguien. Estuviste solo con él durante un buen rato.

No respondí.

—¿No quieres decirme lo que ocurrió? —preguntó Dox.

—No lo sé con exactitud —respondí desviando la vista.

—¿Lo dices en serio? —le oí preguntar.

Tras unos instantes, contesté:

—No lo sé. Manny entró en el lavabo, de espaldas a mí, y yo salí del cubículo. En ese momento me dijiste que el niño se acercaba y retrocedí de nuevo hacia el cubículo antes de que el niño apareciera, pero debí de hacer ruido porque Manny se volvió. Le miré a los ojos…

—¡Joder! ¿Por qué le miraste a los ojos?

—No lo sé —respondí meneando la cabeza.

—Cuando miro a través de la mira telescópica, siempre procuro no mirarlos a los ojos. Y si lo hago, sólo miro un ojo, y lo único que veo es una diana. —Dox me miró y añadió—: Si los miras a los ojos, eso puede hacerte… vacilar.

Se me ocurrieron varias respuestas, pero no dije nada.

Dox bebió un sorbo de su café con hielo y alzó la vista como si contemplara algo. Luego dijo:

—Todos disponemos de una determinada reserva de valor. Si echas mano de ella con frecuencia, esa reserva acaba agotándose. Lo he visto más de una vez. Supongo que un día me ocurrirá también a mí. —Dox se detuvo y sonrió, añadiendo—: Aunque probablemente no.

—Eso no fue lo que pasó —dije.

—Entonces, ¿qué ocurrió?

Miré la pared; las imágenes desfilaban sobre ella como a través de una pantalla cinematográfica.

—Fue algo relacionado con el niño. Al verlo con su familia… No lo sé.

Se produjo otra pausa.

—Quizá pasaste demasiado tiempo observándolos este fin de semana — dijo Dox.

—Es posible.

—Nos puede ocurrir a cualquiera. Reconozco que eso complica las cosas.

Me sentí como un idiota. ¿Qué diablos me pasaba? ¿A qué venía este mutismo? ¿Por qué no podía explicárselo a un hombre junto al cual había combatido en la guerra, en el que confiaba?

«Confiar», pensé. Esa palabra sonaba escurridiza y peligrosa en mi mente.

—No se trata de eso —respondí—. Es decir, no se trata únicamente de eso.

—Explícate.

Meneé la cabeza y suspiré profundamente.

—Hace mucho que no trabajo con un compañero.

—¿De modo que es culpa mía?

Meneé de nuevo la cabeza.

—No me refería a eso. Es que… Al principio, cuando viniste a Río a por mí, no me fiaba de ti.

—Ya lo supuse.

—Pero luego, después de lo que hiciste en Kwai Chung… Comprendí que estaba equivocado. Esas cosas no me resultan fáciles.

—Quizá debí matarte de un tiro y embolsarme el dinero. Así habrías tenido razón al no fiarte de mí.

—¿Lo pensaste?

Dox soltó una carcajada.

—¡Caray, tío, lo preguntas casi con tono esperanzado!

—¿Lo pensaste o no?

Dox negó con la cabeza.

—Ni por un momento.

—Maldita sea. Lo sabía.

—¿Quieres que me disculpe?

—No —contesté.

—No me debes nada. Como te dije en su momento, sé que habrías hecho lo mismo por mí. No es necesario que respondas, no quiero llevarme un chasco.

El camarero apareció y se llevó nuestros platos. De postre pedimos mango y arroz dulce. Observé al camarero alejarse.

Quería preguntarle algo a Dox, algo que hacía tiempo que me rondaba por la cabeza, especialmente después de lo de Manila. Era algo que nunca había comentado en voz alta, y comprobé que me resistía a hacerlo. En parte porque temía que adquiriera una mayor autenticidad, y en parte porque suponía que a Dox le parecería una idiotez. Pero ya le había revelado muchas cosas y quería zanjar el tema.

—Quiero hacerte una pregunta —dije mirándole.

Dox apartó un poco su silla, se repantigó y enlazó los dedos sobre su vientre.

—Adelante.

—¿No te has sentido nunca… preocupado por lo que hacemos?

Dox sonrió.

—Sólo cuando no me pagan puntualmente.

—Hablo en serio.

Dox se encogió de hombros.

—La verdad es que no.

—¿Nunca tienes la sensación… —pregunté riendo— de que Dios nos observa?

—Por supuesto que nos observa. Pero le importa un pimiento.

—¿Tú crees?

Dox volvió a encogerse de hombros.

—Él ha creado las normas del juego. Yo me limito a cumplirlas. Si a Dios no le gusta lo que ocurre en el planeta Tierra, no tiene más que decirlo. Si yo fuera él, lo haría.

—Quizá lo haga pero nadie le presta atención.

—Entonces debería hablar más claro. —Dox alzó la vista y añadió—: Si no te importa que te lo diga.

Observé mis manos durante unos instantes.

—A mí me preocupó pensar que el niño iba a perder a su padre.

—Es natural. Si no te preocupara, no serías un tío tan legal como eres. Por eso conviene no aproximarse demasiado al objetivo. «Si habita tu mente, puede habitar el dedo que empleas para apretar el gatillo», como me dijo en cierta ocasión uno de mis instructores.

—Eso es cierto.

—No puedes tomar las decisiones y llevarlas también a cabo. El papel de juez y el de verdugo son distintos. El juez hace lo que debe hacer, y el verdugo acata sus órdenes. Así es como debe ser. Nosotros hacemos lo que debemos hacer.

—No deja de ser una forma interesante de interpretarlo —respondí un tanto incómodo.

—Es la única forma. No sabía que fueras un filósofo, colega. De hecho, nunca te había oído hablar durante tanto rato.

—Lo siento.

—No tienes por qué disculparte. Pero creo que los tíos como nosotros no debemos reflexionar demasiado profundamente. Podríamos empezar a pensar que somos jueces, lo cual sería desastroso.

El camarero trajo el postre de mango y arroz dulce. Estaba muy rico, pero yo pensaba en otras cosas.

—¿Qué vamos a hacer a partir de ahora? —preguntó Dox—. Me refiero al asunto de Manny.

Después de reflexionar unos instantes, respondí:

—No podremos acercarnos a él como antes. Para empezar, me vio la cara, y supongo que habrá tomado todo tipo de precauciones.

—Estoy de acuerdo.

—Necesitamos una nueva variable, algo que modifique la situación. La única solución que se me ocurre es obtener información de Boaz y Gil. Si logran averiguar la filiación de los dos tipos que liquidamos en los lavabos en Manila, quizá consigamos algo. De lo contrario, la operación habrá fracasado.

—De modo que lo único que podemos hacer es esperar a ver qué nos ofrecen los israelíes.

—Exacto.

Dox se reclinó en su silla y sonrió.

—Según mi amplia experiencia, no existe mejor lugar donde esperar que aquí, en Bangkok.

Suspiré, sintiéndome como un padre que se dispone a regañar a su hijo adolescente.

—Aún quedan cosas por hacer. No me serás de ninguna utilidad si agotas tus reservas de fluidos corporales y pillas una cogorza descomunal.

—De acuerdo, mamá.

—Procura estar preparado por si te llamo y tenemos que movernos con rapidez.

Dox asintió con la cabeza y dijo:

—La mejor forma de que esté preparado es que permanezcamos juntos. ¿Por qué no salimos juntos esta noche?

—No, creo que…

—Venga, hombre, ¿cuánto hace que no te follas a una tía como es debido, o como sea?

Negué con la cabeza.

—No me apetece ir de putas.

—¿Quién ha dicho nada sobre putas? Las chicas locales se arrojarán sobre ti cuando te vean acompañado por un tío tan cachas como yo. Pero no has respondido a mi pregunta.

Pensé en Delilah, si bien no dije nada.

—Venga, anímate, te compraré unas pastillas de Viagra en el mercado negro.

—No me apetece.

—Con una dosis doble, funcionarás de maravilla. Además, aún te corre por las venas una cuarta parte de mi sangre. Eso debería ayudarte.

Dox se refería a la transfusión que me había dado cuando yo había estado a punto de desangrarme en Kwai Chung.

—No tengo ganas de ir de juerga esta noche en Bangkok —dije.

—¿Te preocupa que puedas divertirte? Prometo que si te veo reír y pasarlo bien, no se lo diré a nadie. Comprendo que debas proteger tu reputación.

Pensé en ello. Podía dar un largo paseo por los bulevares menos transitados de la ciudad. Así vería algunos de los lugares que había frecuentado con otros adolescentes curtidos por la guerra, los cuales, bien mirado, seguían siendo increíblemente inocentes, y al contemplar esas reliquias, comprobaría si mis recuerdos animaban o distorsionaban el aspecto que presentaban actualmente en Bangkok. Pero mientras pensaba en esas posibilidades, me sorprendió darme cuenta de que no me apetecía estar solo.

—¡De acuerdo! —dijo Dox interpretando mi indecisión como un «sí»—. Iremos a cenar, visitaremos unos cuantos bares, charlaremos con algunas señoritas y quién sabe. ¿Te gusta el jazz? Conozco un local nuevo en Silom que te encantará. Yo prefiero las discotecas, pero sé que eres un hombre de gustos refinados y estoy dispuesto a complacerte.

Asentí con la cabeza en un gesto de capitulación.

—De acuerdo.

La sonrisa de Dox se ensanchó.

—Ha tomado usted una decisión muy acertada, señor Rain, y le garantizo que no lo lamentará. ¿Te has registrado ya en el hotel?

Nos alojábamos en el Sukhothai, que ofrecía una excelente combinación de alta categoría y baja visibilidad. El Oriental tenía mucho de lo primero pero nada de lo segundo; innumerables hoteles de Bangkok ofrecían la combinación opuesta. Pero el Sukhothai había sido construido para ofrecer belleza y discreción. El hotel, con sus hectáreas de jardines florales y estanques de lotos, sus líneas simétricas, su suave iluminación y sus toques tradicionales de arquitectura y arte tailandeses, constituía un triunfo de la forma. Pero desde mi punto de vista, era también un hotel muy funcional: su vestíbulo pequeño e íntimo era diametralmente opuesto a los gigantescos y concurridos vestíbulos que acogían al visitante en el Four Seasons, por ejemplo, un hotel reservado a personas con afán de ver y ser vistas, pero que resulta incómodo para quienes prefieren permanecer en el anonimato.

—Me registré esta mañana temprano —le contesté—. ¿Y tú?

—Yo también. Es un hotel estupendo. Me encantan esas bañeras tan inmensas, en las que caben hasta tres personas. Y está lleno de espejos, lo cual puede ser muy divertido. Esta vez…

—¿Quedamos en el vestíbulo? —pregunté.

Mi interrupción hizo sonreír a Dox.

—De acuerdo. ¿A las veinte horas?

—¿No quieres descansar un rato?

—No, hijo mío, quiero salir y comprarte una dosis doble de Viagra.

Con Dox era imposible tener la última palabra. Pedí al camarero que nos trajera la cuenta y dije:

—Muy bien, a las ocho.