Un último asesinato
Capítulo 13
De regreso en Bangkok, Dox y yo nos registramos en el Grand Hyatt Erawan, en Ratchadamri. No era un hotel tan discreto como el Sukhothai, pero siempre procuro no utilizar el mismo hotel dos veces seguidas. Lo que le faltaba en cuanto a encanto y discreción, el Erawan lo compensaba con unas magníficas prestaciones: estaba dotado de múltiples entradas y salidas en dos plantas y de una buena infraestructura de seguridad en forma de guardias y cámaras. Por regla general, las medidas de vigilancia y seguridad constituyen un obstáculo para mí, por lo que trato de evitarlas. Pero en esta ocasión quería alojarme en un lugar que presentara obstáculos a cualquiera que decidiera visitarme de forma inesperada. Aunque nadie conocía mi paradero, siempre duermo mejor cuando todos los elementos están controlados. Y si uno de esos elementos son unas sábanas de puro hilo de algodón egipcio, mejor que mejor. Teniendo en cuenta los escasos incentivos que ofrece esta profesión, procuro aprovecharlos todos.
Sólo cabía esperar, y dejé que Dox me convenciera para salir de nuevo juntos esa noche. Había disfrutado con la cena que habíamos compartido hacía unas noches, pues había sido mejor que pasar como de costumbre la velada solo en la habitación de hotel, por lo que a Dox no le costó mucho convencerme. Pero en esta ocasión yo elegí dónde iríamos.
Bajé al vestíbulo para encontrarme con Dox a las ocho, tal como habíamos convenido. Dox se me había adelantado de nuevo. Lucía una camisa de hilo color crema fuera del pantalón y unos vaqueros, lo cual le daba el típico aspecto de expatriado local. Parecía absorto en el libro que estaba leyendo. Al acercarme, observé el título: Más allá del bien y del mal.
—¿Lees a Nietzsche? —pregunté incrédulo.
Dox alzó la vista y me miró.
—Sí, ¿te extraña?
Durante unos instantes me devané los sesos en busca de una respuesta que no fuera ofensiva.
—No, es que…
Dox sonrió.
—Ya sé que todo el mundo piensa que un tipo sureño no puede ser un intelectual. Mi padre trabajaba para una importante empresa farmacéutica, y yo me crié en Alemania, donde estaba destinado mi padre. Estudié al viejo Friedrich en la escuela, y sus obras me gustaban, especialmente las que tratan de la voluntad de poder y todo eso. Ahora, cuando las leo, me reconfortan.
—Quién iba a decirlo —comenté, imitando el acento sureño de Dox.
Dox se echó a reír.
—Y tú ¿cómo has reconocido lo que yo leía? No te creía capaz de ello.
Me encogí de hombros.
—De niño siempre estaba enfrentado a alguna pandilla. Comprobé que el mejor lugar para esconderme era la biblioteca. Nunca se les ocurría buscarme allí. Al cabo de un rato, cuando me aburría, me ponía a leer libros. No he dejado de hacerlo desde entonces.
—¿No has dejado de tener problemas con alguna pandilla?
—Eso parece —contesté riendo—. No, me refiero a que no he dejado de leer.
—Ahora comprendo de dónde sacas esas frases grandilocuentes que sueles utilizar. Me tenías perplejo. Por otra parte, nunca te muestras irritado por mi extenso vocabulario, ni siquiera por una palabra como «perineo». Pareces acostumbrado a oírlas.
Dox cerró el libro y se levantó.
—¿Adónde vamos esta noche? ¿A una discoteca? ¿A una sala de masaje?
—Había pensado que podemos asistir a unos combates de boxeo tailandés en Lumpini y luego tomarnos unas copas en un bar. Un bar para adultos.
—De acuerdo, me encantaría ver unos combates de boxeo tailandés. En cuanto a lo del bar de adultos… ¿Se parecen a los vídeos para adultos? Me encantan.
—Entonces quizá te lleves un chasco. Pero deberías probarlo.
Dox sonrió.
—Por supuesto —respondió—. Me considero un trisexual, colega. Estoy dispuesto a probarlo todo al menos una vez.
Bajamos por la escalera hacia el sótano y salimos a través del centro comercial de Amarin Plaza. Al alcanzar la calle, Dox levantó la mano para parar un taxi.
—Espera —dije—, movámonos un poco.
—¿Que nos movamos un poco? ¿Es imprescindible? Ya exploramos el trayecto de camino al hotel. Sabemos que no nos sigue nadie.
—Que antes no nos siguiera nadie no significa que ahora tampoco nos sigan. Ayer te duchaste, ¿no es así? ¿Significa eso que ahora ya no necesitas ducharte?
—Ya, pero…
—Existen varias formas de localizar a alguien, aparte de seguirlo físicamente. ¿Recuerdas lo que dijo Delilah? Hay unas personas muy motivadas que nos buscan. No les facilitemos la tarea.
—De acuerdo —respondió Dox con un suspiro de resignación—. Pero no quiero perderme los combates.
Nos dirigimos a pie a la estación de Chit Lom y tomamos el tren elevado hasta Phloen Chit, que era la próxima parada. Esperamos en el andén hasta que todos los pasajeros se marcharon y nos montamos de nuevo en el tren para regresar a Siam. Bajamos en el ascensor hasta el nivel de la calle y luego atravesamos uno de los sois hasta Henri Dunant, donde tomamos un taxi.
Dox consultó su reloj.
—¿Estás satisfecho? Nos perderemos la mitad de los combates.
—Los buenos empiezan a las nueve.
Dox me miró.
—Veo que conoces Tailandia mejor de lo que supuse.
—He pasado un tiempo aquí —respondí encogiéndome de hombros—. Aunque no últimamente, y no como tú.
—Eres un enigma, Rain.
Al oírle pronunciar mi nombre, torcí el gesto. De acuerdo, sé que soy un paranoico, como solía decirme Harry. Mi nombre no le diría nada al taxista, que nos había recogido al azar y que seguramente no hablaba inglés. Pero ¿qué sacas con utilizar un nombre? Si tu paranoia no te cuesta nada, ¿por qué no vas a alimentarla? Hasta ahora me ha dado un excelente resultado.
No obstante, lo dejé correr. Había aprendido que con Dox, como quizá en cualquier circunstancia, tenía que elegir mis batallas.
Tardamos diez minutos en llegar en taxi al estadio de Lumpini. Adquirimos dos asientos de primera fila a mil quinientos baht cada uno y entramos.
El Muay Thai, o boxeo tailandés, constituye la forma autóctona de pugilismo en Tailandia. Los contendientes utilizan guantes, y en éste y en algunos otros aspectos ese arte se asemeja superficialmente al boxeo occidental. Pero los boxeadores thai luchan también de forma legítima y entusiástica con sus pies, rodillas, codos y cabezas, incluso en unas llaves que cualquier árbitro occidental separaría de inmediato. El ambiente que rodea este tipo de combate también es distinto, pues carece de la estúpida jerga que preside numerosos deportes americanos. Los boxeadores thai realizan juntos un precalentamiento en el cuadrilátero, ignorándose mutuamente mientras ejecutan los bailes wai khru mediante los cuales rinden homenaje a sus maestros, y combaten al son de la música, una enloquecedora mezcla de clarinete, tambores y címbalos. Durante los años que pasé en Japón trabajé con un ex púgil que se había inscrito en el Kodokan para aprender judo. Nos enseñamos varias cosas, y llegué a sentir un profundo respeto por la ferocidad y eficacia de este tipo de lucha.
El estadio era puramente funcional: tres gradas, un desvencijado suelo de hormigón y unas luces incandescentes que iluminaban despiadadamente el cuadrilátero. El aire apestaba a años de sudor y linimento acumulados. La segunda grada era la más atestada, y la más típicamente tailandesa, pues era donde se llevaban a cabo las apuestas más fuertes, y cada patada en la espinilla o patada circular con el talón era acogida por ese sector con un coro de gritos que tenían tanto que ver con el comercio como con la sed de sangre.
Dox y yo presenciamos los tres últimos combates de la velada. Como de costumbre, me impresionó la destreza y el entusiasmo que esos hombres derrochaban en el cuadrilátero, y en esa ocasión experimenté también cierta envidia. Cuando yo tenía su edad, poseía la misma agilidad que ellos, y mi rapidez me había librado de más de un apuro. Pero mis reflejos, aunque seguían siendo buenos, y pese a una esmerada dieta, unos suplementos vitamínicos y constantes ejercicios, ya no eran los mismos. Palpé el cuchillo que llevaba en el bolsillo y pensé: «Para eso están estos juguetitos, junto con las tácticas modernas».
Dox se mostró tan bullicioso como siempre, gritando con entusiasmo durante los combates e incluso levantándose para felicitar en tailandés a los vencedores cuando éstos abandonaban el cuadrilátero. Habría preferido que se comportara de forma más discreta, pero comprendí que eso era imposible para Dox. Pensé que, si pretendía que nuestra amistad en ciernes prosperara, tenía que aceptar a Dox tal como era.
Cuando concluyó el último combate, Dox dijo:
—La noche es joven. ¿Hacemos una visita a ese bar para adultos?
—Sí —respondí asintiendo con la cabeza—, si no estás demasiado cansado.
Dox sonrió.
—Si a ti te apetece, a mí también. Tomemos un taxi. —Al observar mi expresión, comentó—: No, tío, otra vez no…
—Sólo unos metros. Caminaremos por Lumpini Park. Luego tomaremos un taxi. Hay menos gente, por lo que será más fácil.
—¿Por Lumpini Park? Ahí no habrá ni un alma.
—Mejor que mejor. Así no tendremos competencia.
Dox suspiró y asintió con la cabeza. Comprendí con una rara sensación de gratitud que Dox había hecho el mismo cálculo sobre nuestra incipiente amistad.
Después de caminar un rato, paramos un taxi. Tardamos sólo unos minutos en llegar al local que yo había elegido: el Brown Sugar, el mejor club de jazz de Bangkok.
El club estaba situado en Soi Sarasin, frente a la esquina noroeste del gigantesco Lumpini Park. Anunciaba su presencia con discreción y firmeza: una simple marquesina de color verde con unas letras blancas que decían «Brown Sugar: el mejor restaurante de jazz». Una fachada de ladrillo rojo y una puerta de madera lacada, la cual estaba abierta, nos invitaban a entrar. En el exterior del local había una ventana con unas baldas de cristal que exhibían diversos objetos: una licorera de bourbon de cerámica, una colección de botellines de cristal, una antigua coctelera para preparar martinis, una tacita, unos soldados de cerámica ataviados con el uniforme napoleónico; así como unas mesas y sillas de madera dispuestas en la acera frente al local, iluminadas tan sólo por la luz que se escapaba del interior del mismo.
Me alegré al comprobar que el local seguía prosperando. Estaba situado entre un callejón, a la derecha, y un grupo de bares, a la izquierda, iluminados por unos letreros de neón y con unos nombres como Bar D y The Room and Café Noir. En contraste con el Brown Sugar, que tenía un aspecto clásico — algunos dirían que trasnochado—, los otros parecían nuevos. Tuve la sensación de que dentro de un año ninguno de esos advenedizos seguiría abierto. Por más que el Brown Sugar fuera un local antiguo, tenía la suficiente solera para perdurar.
Dox y yo nos apeamos del taxi, atravesamos la calle y entramos en el club de jazz. Un cartel junto a la puerta indicaba que tocaba una banda denominada Anodard, la cual consistía en dos guitarras, un saxo, unos teclados, una batería y una atractiva cantante. Estaban interpretando una bonita versión de «Baby Eyes», de Brenda Russell, y la sala principal, un espacio reducido con el techo bajo que algunas noches probablemente alojaba a una treintena de personas, estaba algo más de medio llena. La decoración era justamente como debía ser: una luz tenue, el techo desnudo, unas mesas tan destartaladas como el suelo y unas fotografías desteñidas de personajes del jazz colgadas en las paredes. Confié en que no se le ocurriera a nadie reformar el local. Dox y yo nos sentamos a una mesa situada en el lado derecho del bar, frente a la banda. El único defecto del Brown Sugar era su poco imaginativo surtido de whiskys de malta, pero me conformé con un Glenlivet de dieciocho años. Dox pidió un Stoli con hielo. Nos instalamos cómodamente, bebiendo nuestras copas y escuchando la música. Ésta era más pop que jazz, pero los componentes de Anodard eran buenos y eso era lo importante.
Me resultaba un tanto extraño escuchar una música en vivo con un acompañante. Por lo general voy a los clubes de jazz solo, entrando y saliendo silenciosa y discretamente sin tener que preocuparme de si alguien disfruta de la experiencia tanto como yo. Al cabo de una media hora, cuando los músicos hicieron una pausa, pregunté a Dox:
—¿Qué te parece?
Dox frunció el ceño como si se concentrara.
—Me cuesta un poco acostumbrarme. En la mayoría de los establecimientos de Bangkok que conozco hay unas chicas bailando sobre las mesas y luciendo unos números en las braguitas de sus bikinis. Pero es agradable.
—Menos mal —respondí asintiendo con la cabeza—. Aún hay esperanza para ti.
—Y la cantante es muy sexi.
—Poca esperanza.
Dox se echó a reír.
—Esa mujer, Delilah, tiene clase. No me explico qué hace con un indeseable como tú.
—Yo tampoco.
Dox esbozó una sonrisa despectiva.
—Parece que en Phuket te dio un buen viaje. No sabía que te gustaran esos números.
Miré a mi alrededor en busca de la camarera.
—Me gusta que una mujer no tema mostrarse apasionada —prosiguió Dox con gesto pensativo, pasando por alto mi falta de respuesta—. Sólo con pensar en ello me pongo cachondo.
—No es necesario que me cuentes tus batallitas sentimentales.
—Venga, hombre, somos colegas y amigos y nos encontramos en el gran estado de Bangkok, la tierra de las sonrisas. Podemos relajarnos un poco.
—Tú siempre lo estás, Dox.
—Tomo tu comentario como un cumplido. En cualquier caso, creo que tu chica nos ayudará. Lo intuyo.
—¿Ah, sí?
—Sí.
—No siempre puedes hacer caso de tu intuición.
—Verás, colega, yo no tengo tu desarrollado sentido de paranoia universal, por lo que generalmente sólo puedo apoyarme en mi intuición. Hasta ahora no me ha ido mal, puesto que aún puedo contarlo.
Me sorprendió comprobar que las palabras de Dox me habían escocido. Desde que nos habíamos marchado de Phuket, yo no había dejado de imaginar diversos escenarios, confiando en que Delilah fuera tan leal con nosotros como yo esperaba. Me habría gustado tener la aplastante seguridad que tenía Dox.
—Ya veremos —me limité a responder.
Cuando la camarera se acercó, pedimos otra ronda. Periódicamente entraba una nueva pareja o un grupo en el local. Me complació ver que Dox miraba la puerta cada vez que eso sucedía. En un profesional debería ser un acto reflejo, tan natural como respirar. Uno siempre tiene que vigilar quién entra y sale, para tener controlada a la gente que le rodea.
De pronto alcé los ojos y vi entrar a una joven tailandesa muy hermosa. Lucía una blusa de seda estampada de color peltre, sin mangas, con un cuello Mao, y unas sandalias de tacón alto. Iba perfectamente maquillada y peinada con un elegante moño que acentuaba su empaque y su airoso caminar. En sus orejas relucían unos pendientes que parecían de jade.
La joven se sentó en la barra como una reina en un trono y echó un vistazo a su alrededor. Dox me dio un codazo y preguntó:
—¿Te has fijado en esa chica que acaba de entrar?
Asentí con la cabeza, pensando que tal vez me había equivocado al atribuir a Dox un marcado sentido del deber al vigilar el perímetro. La explicación más probable quizá fuera su excesivo afán de ligarse a una chica.
La mujer miró a Dox y le sonrió. Dox le devolvió la sonrisa.
«Genial —pensé—, lo que faltaba.»
—¿Te has fijado, tío? —preguntó Dox—. Esa mujer me ha sonreído.
Me volví hacia Dox.
—Probablemente es una prostituta —respondí—. Sonríe a todo el mundo, especialmente a los occidentales de los que supone que tendrán suficiente dinero para comprarle unos pendientes de jade.
—Me importa un bledo cómo se gana la vida. Quizá le apetezca echar una canita al aire. ¿Qué más da? Eso no importa. Lo importante es que creo que le gusto.
—Lo que le gusta es tu dinero.
—Puede que también le guste mi dinero, y quizá le dé una buena propina, como muestra de mi agradecimiento y para ayudarla un poco. Pero no me sentiría atraído por ella si no se hubiera fijado en mí como hombre. Observa.
Dox miró de nuevo a la joven y le dedicó una prolongada sonrisa. La joven sonrió también, dijo algo al barman, se levantó y se encaminó hacia nuestra mesa.
—¿No te lo dije? —preguntó Dox.
La seguridad que mostraba la joven al encaminarse descaradamente hacia Dox me demostró que no me había equivocado al sospechar que era una prostituta. Pero pensé que su presencia en el local era un tanto chocante. Las prostitutas de alto nivel suelen frecuentar los clubes y bares elegantes como el Spasso en el Grand Hyatt, no unos tugurios auténticos y alejados del centro como el Brown Sugar. Quizá la chica no había tenido suerte en ninguno de los locales cercanos y había entrado aquí para escuchar música o tomarse una copa. No obstante, agucé mis sentidos, como hago siempre cuando algo me llama la atención. Aunque había permanecido discretamente pendiente de lo que ocurría a nuestro alrededor, eché un vistazo para cerciorarme de que no ocurría nada extraño. Todo parecía normal.
La joven se acercó a nuestra mesa. Observé sus manos. La derecha estaba vacía, y en la izquierda sostenía un bolsita negro de vestir que probablemente sólo contenía el móvil, una barra de labios y un espejo. No capté ninguna señal de peligro. Pero mi intuición de que había algo que no encajaba persistía, por lo que no bajé la guardia.
La chica me miró a mí y luego a Dox.
—Hola —dijo con una voz al mismo tiempo dulce y ligeramente ronca—. Me llamo Tiara. —Tenía un marcado acento tailandés.
—Hola, Tiara —respondió Dox, con una enorme sonrisa—. Yo me llamo Bob, y éste es Richard. Pero la mayoría de la gente le llama Dick. —Dox me miró al tiempo que su sonrisa se ensanchaba.
La chica ofreció la mano a Dox, que se la estrechó. Luego me la tendió a mí. Tomé su mano y se la apreté suavemente. Tenía los dedos lisos, desprovistos de callos. Cuando la joven retiró la mano, se la miré. Tenía los dedos largos y bien arreglados, y sus uñas pintadas relucían bajo la luz como si fueran unas pequeñas gemas.
—¿Te apetece tomarte una copa con Dick y conmigo? —preguntó Dox.
La joven le dedicó una sonrisa radiante e hizo ademán de arreglarse el pelo.
—Me encantaría —respondió. Supuse que ese tipo de conversación era el único en el que la joven sabía desenvolverse en inglés, aparte quizá de: «¡Qué polla tan grande tienes! ¡Haces que me corra!», y otras frases shakespearianas típicas de su profesión.
Me levanté y le ofrecí mi silla, situada junto a la de Dox y frente a la banda de jazz.
—Siéntate —dije—, tengo que ir al lavabo. No tardo nada. Entre tanto, Bob y tú podéis iros conociendo.
La chica asintió cotí la cabeza y se sentó en mi silla.
—Gracias Dick —dijo Dox sonriendo.
Lo cierto era que yo no tenía ninguna necesidad de ir al lavabo. Sólo quería aprovechar la oportunidad para escrutar la sala desde otros puntos de vista, para observar nuestra mesa como la observaría otra persona, para tranquilizarme.
El Brown Sugar tiene dos cuartos interiores, a los que me asomé. Ambos estaban ocupados por unos grupos de tailandeses de mediana edad que charlaban, comían y reían animadamente. Las otras mesas estaban ocupadas por personas de veinte y treinta y tantos años, extranjeras y tailandesas. Ninguna hizo que se activara mi radar. Pero había algo que seguía preocupándome. No era nada grave, pero ahí estaba.
«Puede que estés nervioso —me dije—. No estás acostumbrado a frecuentar un local acompañado y que otra persona se acerque inopinadamente.»
Era posible. Después de utilizar el lavabo, regresé a la mesa. Dox y la chica habían pedido otras dos copas. Conversaban en voz baja y cogidos de la mano. Todo indicaba que yo acabaría la velada solo.
Me situé a la izquierda de la joven y dije:
—La verdad es que estoy un poco cansado.
La joven alzó la vista y me miró. Visto desde ese ángulo, el cuello Mao de su vestido quedaba un poco desbocado. Debajo de su piel tersa observé el leve bulto del cartílago cricoides, la nuez.
«Vaya, vaya», pensé. De pronto comprendí lo que me había chocado desde un principio. Reprimí una carcajada.
—Venga, hombre, la noche es joven. Quédate un rato y procura divertirte.
«Seguro que me divertiré —pensé para mis adentros—. De eso no me cabe la menor duda.»
Miré a Dox con gesto risueño, tratando de reprimir la falsa sonrisa que mi talante demandaba en esos momentos.
—De acuerdo. Me quedaré para escuchar otro par de canciones.
—Estupendo —contestó Dox señalando la silla situada frente a él—. Siéntate. Tiara y yo hemos pedido unos Stolis. ¿Te apetece otro whisky?
—Sí —contesté.
Dox indicó a la camarera que se acercara y pidió magnánimamente otra ronda para los tres. Luego Tiara y él juntaron de nuevo sus cabezas y siguieron cuchicheando.
La situación prometía ser de lo más divertida. Yo no sabía qué había hecho para merecer algo tan maravilloso. La velada no había hecho más que empezar.
La camarera nos sirvió las copas. Gocé de la mía en silencio, observando alternativamente la barra, la sala y a mis compañeros de copas, quienes se hallaban en su microcosmos particular. El brazo de la joven había desaparecido debajo de la mesa. A juzgar por el ángulo de sus cuerpos, deduje que la chica tenía la mano apoyada, como mínimo, en el muslo de Dox. Posiblemente la tuviera apoyada algo más al norte.
La joven susurró algo a Dox, y éste asintió con la cabeza. La chica me sonrió, se levantó, se disculpó y se dirigió al lavabo.
Dox apuró su copa y se inclinó sobre la mesa. Tenía la cara arrebolada.
—Te echaré de menos, colega, pero el deber es el deber. Sonreí.
—Lo comprendo. Vas a hacer a esa chica muy feliz, eso está claro.
—Espero que ella también me haga feliz a mí. ¿Te has fijado en ella? ¿Cuánto hace que no ves a una tía tan estupenda? Tiene poco pecho, pero eso no me molesta en absoluto. Seguro que posee otros encantos que contrarrestan ese defecto.
—Desde luego. Estoy convencido de que… debe de estar muy bien dotada. —No me resultaba fácil controlar mi voz. Si se me escapaba la risa, sabía que se desencadenaría un torrente de carcajadas.
—Gracias por mostrarte tan comprensivo. Ha llegado el momento de que esa joven viva la experiencia de su vida. Después de esta noche, los demás hombres la decepcionarán, pero ése es el precio de gozar de una noche de amor con Dox.
Asentí con la cabeza. Sabía que si intentaba articular una respuesta, estaba perdido.
Dox interpretó equivocadamente mi silencio.
—No tienes por qué pasar la noche solo. No tienes mal aspecto, y las mujeres no se darán cuenta de tus defectos hasta que ya sea tarde. No te costará ligarte a una tía.
Una parte de mí, mayor de lo que yo estaba dispuesto a reconocer, quería que Dox se diera la costalada. Hubiera pagado casi cualquier precio por estar presente en el momento de la verdad. Sin embargo, Dox era un buen amigo. Me había salvado la vida. No podía dejar que se llevara ese chasco, aunque lo tenía bien merecido.
Cerré los ojos y respiré hondo.
—Esa chica es un katoey, Dox.
Un katoey, o transexual, posee numerosas acepciones, desde un tío al que le gusta vestirse de mujer de vez en cuando a un hombre que se ha sometido a una operación de cambio de sexo y se ha convertido en una mujer. En Tailandia proliferan y en general son aceptados por la sociedad, aunque no siempre es fácil reconocerlos. Al margen de las diferencias, lo que todos tienen en común es que supuestamente Dox no querría acostarse con ninguno de ellos.
Dox hizo una mueca y ladeó la cabeza.
—Ése no es tu estilo, colega. No trates de estropearme la velada simplemente porque no has conseguido ligar.
—¿No has observado sus manos? Son demasiado grandes para su estatura. ¿No te has fijado en su nuez? Las mujeres no tienen nuez, y esa tía luce un cuello Mao para ocultarla.
Dox palideció un poco.
—No me gastes esas bromas, colega.
Negué con la cabeza al tiempo que reprimía una carcajada.
—No es una broma.
En ese preciso momento la chica regresó al lavabo. Dox se levantó y le dijo:
—Oye, mira, Dick cree que… que…
Sonreí suavemente y dije:
—No quiero que haya un malentendido. Bob no se ha dado cuenta de que eres un katoey.
La joven sonrió también y miró a Dox sorprendida.
—¿No te gustan los katoey?
Dox palideció aún más.
—Yo… Yo… —balbució.
—Supuse que lo sabías —dijo la chica—. Por eso no dije nada.
—Pues no, no lo sabía —contestó Dox con tono angustiado.
—Para la mayoría de los hombres eso no es un problema. De noche…
—No soy así.
La chica sonrió.
—Por favor, cariño. Tú me gustas.
La expresión de Dox indicaba casi un malestar físico.
—No quiero ser grosero —dijo—, pero vete.
La chica titubeó unos instantes y luego asintió con la cabeza.
—De acuerdo, gracias por la copa.
—De nada —respondió Dox. Su tono hacía patente su desazón.
La chica se levantó y abandonó el club, sin duda decepcionada de que el tiempo que había invertido no le hubiera reportado ningún beneficio. Parecía como si Dox hubiera recibido un balazo en la tripa.
Dox se sentó en la silla y me miró.
—¿Cuándo te fijaste en sus manos y su cuello? Estuviste calladito durante un buen rato, colega.
—Supuse que lo sabías. Estaba muy claro.
—Yo no creo que estuviera tan claro.
—¿Estás seguro de que no te apetece llevártela al hotel? Si te apresuras…
—Por supuesto que estoy seguro.
—Venga, hombre, tuviste que darte cuenta de algún detalle.
—Te aseguro que no me di cuenta de nada hasta que me lo dijiste.
—¿De veras? Tú mismo comentaste que tenía poco pecho. Y me parece increíble que no te fijaras en sus manos y en su nuez. Era como si llevara un letrero colgado del cuello.
—Pues yo no lo vi. De todas maneras, creo que debería llevar un letrero.
—Quizá te hubieras divertido —dije sonriendo.
—Ya vale.
—Me refiero a que si esa chica sólo te la hubiera mamado, no te habrías dado cuenta. Sólo habrías pensado que era la mejor mamada que te habían hecho en la vida. Se habría convertido en uno de tus mejores recuerdos. — Rompí a reír. No pude evitarlo—. No habrías dejado de hablar de ello.
—¿Quieres otra copa? —preguntó Dox—. Yo necesito otra.
—¿Cuántas veces, Dox? Ésa es la cuestión. ¿Cuántas veces te ha ocurrido con anterioridad?
Dox indicó a la camarera que nos trajera otras dos copas.
—Joder —dijo estremeciéndose—, de buena me he librado. Habría preferido que hubieras intervenido antes en lugar de gozar con mi desgracia.
—¿Que yo gozaba?
—Ya veo que te parece muy cómico. —Dox apuró su Stoli y volvió a estremecerse.
Pensé en proseguir con el tema, en señalar a Dox que pese a sus conocimientos sobre los usos y costumbres del lugar, había estado a punto de enrollarse sin querer —o supuestamente sin querer— con un transexual. Sin embargo, tenía un aspecto tan deprimido que decidí abandonar el asunto.
La banda de jazz comenzó a tocar de nuevo. Al cabo de unos minutos, Dox se inclinó hacia mí y dijo:
—Si no te importa, prefiero cambiar de local. Si quieres, puedes acompañarme, pero no sé si el lugar al que me apetece ir te gustará.
—¿Unas chicas con las tetas al aire y unos números pegados a sus braguitas?
—Es probable, sí.
—Perfecto. Si están desnudas, podrás cerciorarte de… ya me entiendes.
Dox me miró con cara de pocos amigos.
—¿Quieres venir? —preguntó.
—No, es mejor que vayas solo. No quiero inmiscuirme con el deseo de un hombre de recuperar su virilidad. Por otra parte, ¿quién va a prevenirte si vuelves a tropezarte con otro…?
—Puedo ir solo. No necesito que me acompañe un yanqui degenerado como tú.
Sonreí y le tendí la mano.
—De acuerdo. Hablaremos por la mañana.
—Hasta mañana —respondió Dox, y nos despedimos con un apretón de manos. Dox se levantó, dejó unos cuantos centenares de baht sobre la mesa y se encaminó hacia la puerta.
Sonreí para mis adentros. Me complacía tener algo en mi arsenal a lo que echar mano cada vez que Dox me irritara.
Me reí de nuevo, más suavemente. No obstante, seguía pareciéndome raro que esa chica hubiera entrado en el local. Daba la impresión de ir en busca de algún cliente, y el Brown Sugar no era el lugar adecuado. Claro que podía haber entrado para disfrutar de la música o tomarse una copa, pero la forma en que había escudriñado el local, la forma en que se había fijado de inmediato en Dox…
Puede que fuera una casualidad.
Pero no parecía una casualidad. Parecía algo calculado.
Reflexioné sobre ello. De pronto, en un destello semiconsciente que se me apareció en su totalidad en lugar de deducirlo por partes, pensé: «Si alguien quisiera ir a por Dox y a por ti, lo primero que haría sería tratar de separaros. Para conseguirlo, si era inteligente, emplearía algún medio que te distrajera, al menos temporalmente, e impidiera que te percataras de alguna disparidad en el entorno que te rodeaba. Te ofrecería algo que te llamara la atención. Por ejemplo, un katoey. Para hacerte decir: ¡Eso es lo que me chocaba, el que esa chica no sea en realidad una mujer! O bien, si no te percatabas y uno de vosotros se iba con ella… ¡Bingo, habría logrado separaros! Quizá habría sido más fácil, menos complicado, utilizar a una verdadera mujer como cebo. Pero un katoey presenta ciertas ventajas. Un transexual sabe salirse del apuro en caso de producirse un altercado. Y está acostumbrado a actuar, a hacerse pasar por lo que no es, a engañar a la gente, a engatusarla».
Sentí que palidecía y que el corazón me latía con fuerza al tiempo que la adrenalina corría por mis venas. De haber estado Dox sentado a la mesa, se habría reído de mí. Pero me tenía sin cuidado. Yo estaba dispuesto a modificar ciertos rasgos de mi carácter para no perjudicar nuestra amistad. Pero no estaba dispuesto a prescindir de mi intuición.
Me levanté y me encaminé apresuradamente hacia la puerta, tan rápidamente como pude sin llamar la atención. Confiaba en estar equivocado, pero en el fondo sabía que no lo estaba.