A pulso
Savia nueva
Tensa los maxilares. Revoluciona las pedaladas e intenta acercarse a la estela de Alistair. No lo puede dejar escapar. No tan cerca de bajarse a correr, cuando ya ha realizado un sacrificio descomunal para controlar la carrera. Gira la cabeza y busca con la mirada a Jonathan. «¿Y tú qué? ¿No quieres ser campeón del Mundo? ¿Solo quieres ser segundo?», le espeta con el organismo a 180 pulsaciones por minuto. La figura de eterno gregario de Alistair no se descompone por el reproche. Un último golpe de riñón y ya siente el alivio del rebufo. Lo que tenga que pasar, sucederá a pie. En el 10.000 decisivo, donde se juegan los campeonatos, donde desde el principio del año había focalizado los esfuerzos para mejorar. Ahora libera los pies y los apoya sobre los pedales. El día sigue gris, plomizo, uno de esos días tan británico que encoge el alma, que derrumba el ánimo, como si el cielo se propusiese tocar las puntas de tus pies. Pero aun así las pulsaciones se elevan un punto. Las primeras zancadas son reveladoras, las que transmiten más información, y la impaciencia por sentirlas, por ver cómo va el resto, incrementa la excitación.
Agarra la bici por el sillín y se pone a trotar a su lado. Lo hace como un robot. Ha ensayado tantas veces en su vida este ritual que puede hacerlo sin pensar en ello. Sabe de memoria cuál es el sitio donde debe dejarla colocada, desprenderse del casco y calzarse las zapatillas de correr. Acaba de meter el pie derecho y arranca con fuerza, con determinación. Jonathan está cerca, casi hombro con hombro. Pero falta una sombra en su campo visual reducido por la fatiga. Pocos metros más atrás Alistair se retuerce de dolor. Cada encontronazo con el suelo de Londres se le clava en las entrañas. Retrocede posiciones bruscamente como si de pronto fuese arrastrado por una corriente. «Me giré un par de veces hacia atrás y ya vi que no venía, que se estaba quedando cada vez más rezagado». Aun así, no se fía.
El ritmo es vivo, pero Alistair ha realizado exhibiciones portentosas durante la temporada (en San Diego había corrido en 29.30 minutos sin apenas rodaje) y a pleno rendimiento sería capaz de enjugar la diferencia que los separa con una vuelta de tuerca. Su papel puede ser una estratagema. Siempre es complicado jugar contra dos triatletas de tanta calidad y que funcionan como un equipo. Ellos arman una emboscada donde menos te lo esperas.
El cronómetro avanza y Javier ya no vuelve a girar la cabeza hacia atrás. El recuerdo de Alistair se empieza a difuminar. Ahora se centra en vigilar a Jonathan. Lo tiene tan cerca que podría adivinar sus pulsaciones. De repente se da cuenta de que casi sin proponérselo se han quedado los dos solos en cabeza. La situación con la que había soñado durante los días previos a la gran final, la que le garantiza depender de sí mismo. El Mundial deja de ser una quimera para aproximarse a la realidad. Pero queda demasiado por delante. Intenta procesar cómo debe gestionar esta nueva fase, cuáles tienen que ser los siguientes pasos. Quizás nada ha cambiado. De hecho, si lo analiza fríamente, el plan original está más vigente que nunca. Se había planteado como primer objetivo ganar la carrera y eso es lo que ahora tiene que hacer. Centrarse en ganar la carrera. A Jonathan ya lo había tumbado un año antes en el mismo escenario durante los Juegos. Volverlo a hacer no semeja un desafío desproporcionado. Aunque tal vez hoy no tenga las piernas tan ligeras como entonces. Nota los músculos agarrotados, apelmazados por el frío y el agua. Es consciente de que también debe dosificar sus ataques. La victoria, si llega, no será sencilla.
El diagnóstico no dejaba lugar a dudas. Después de pruebas exhaustivas en la clínica Povisa de Vigo, los médicos descubrieron aquello que había permanecido oculto, que solo había aflorado en el dolor de una pisada. Javier tiene una fractura por estrés en el talón de Aquiles. La lesión que lo había perturbado desde que había ganado el Campeonato del Mundo de Vancouver y que se convirtió en un quebradero de cabeza en la preparación para los Juegos de Pekín ya tiene nombre.
«En ese momento nos dimos cuenta de que incluso algunas cosas que habíamos hecho para tratar de mitigar las molestias habían sido contraproducentes», admite Javier, con una mueca de resignación mientras se lleva a la boca la taza de té que desde hace rato ha dejado de estar caliente, como si con ese sorbo tratase de diluir aquella experiencia.
La forma en la que Alistair frunce el ceño viendo cómo se le escapa un Mundial que ya estaba anotado en su palmarés y la de Javier rumbo a la meta de Pekín son instantáneas calcadas. Las separan cinco años. Es la única diferencia, pero el gesto es el mismo, el que identifica a un ganador cuando sus cimientos se vuelven de hojalata. Dos figuras hercúleas encogidas cuando solo les falta un pequeño paso para adivinar la gloria.
La pregunta que le hacen y que él se hizo es también idéntica. ¿Había competido demasiado en una temporada donde los Juegos tendrían que haber sido su prioridad? «Probablemente sí. Pero es que entonces los Juegos no eran la única prioridad. Quería ganar como fuese el Mundial. Era muy importante para mí, el título que más me apetecía. Todos los grandes del triatlón tenían un Mundial… Y luego competí en pruebas a las que no habría ido si hubiésemos sabido el verdadero alcance de la lesión. Pero necesitaba confianza, sentir que podía rendir como era capaz de hacerlo».
«Lo del pie pudo influir, pero sigo pensando que el calor fue la clave. Si el día fuese como los que estábamos teniendo, con temperaturas más suaves, Javier habría ganado. Porque fíjate que ese día hacía tanto calor que aún a la sombra era imposible parar de sudar», explica su hermano.
La diferencia entre regresar a España con un metal en la maleta o con las manos vacías era gigantesca. Lo pudo comprobar en el aeropuerto de Peinador cuando su vuelo con escala en París tocó tierra. Mientras otros habían sido recibidos como héroes por una multitud, a él solo le esperaba un grupo reducido. Su familia y algunos amigos. Pero era un recibimiento mayor del que se había imaginado. Siempre fue consciente de que los triunfos atraían a las masas y las decepciones se masticaban en la intimidad. Por eso, su sonrisa se estiró cuando las puertas automáticas que delimitaban el acceso a la zona de equipajes se abrieron de par en par.
Con la gammagrafía en la mano, con la constatación de que tenía una fractura en el talón, nunca había estado tan claro que lo que necesitaba era reposo. Vacaciones para liberar la mente de la tensión de un año frenético, de una temporada demoledora que había acabado en China de una forma amarga. Y también se abría de par en par un período para reflexionar, para meditar sobre las cosas que quería cambiar.
Después de reposar las piernas, después de olvidar una campaña con el sinsabor de haberse quedado sin paladear el sabor del podio olímpico en Pekín, toma una de las decisiones más complicadas de su trayectoria deportiva. Prescinde de José Rioseco, el hombre que lo había entrenado en la piscina desde que era un crío, el que lo radiografiaba con un simple mirada a los ojos, el que le había enseñado a conocerse, a escuchar los latidos del corazón en cada largo. Pero ahora sentía que era preciso poner tierra de por medio. Savia nueva para edificar un proyecto repleto de ilusión, otro arreón para aproximarse al máximo a la excelencia.
Rioseco habla con un chorro de voz intenso y una feliz melancolía. Mueve con cuidado sus manos gruesas y pinta una sonrisa en su cara de bonachón. Rememora la última vez que cenó con Javier. Jamás lo había visto así de exultante. Su discurso se traslada al pasado y emerge sin proponérselo poco después de Pekín, cuando Javier había regresado de sus vacaciones por el Índico. Entonces el hilo sostenido y fuerte por el que sus palabras brotaban de la garganta empieza a entrecortarse. Y adelgaza y se vuelve más fino. Y la mirada se pierde. Y la sonrisa se emborrona. «Personalmente me pasó factura. Había hecho un gran esfuerzo para mover a mi familia desde Ferrol a Pontevedra para estar con Javi y no me lo esperaba. Sobre todo, porque estaba convencido de que en el vuelo de vuelta desde Pekín habíamos aclarado todo lo que teníamos que aclarar y allí acordamos que seguiríamos adelante juntos. Pero lo entiendo… yo lo entiendo… y estoy seguro de que también fue duro para él».
La frustración se incrustó en el ánimo del reciente campeón del Mundo, que maduró los cambios lentamente hasta dar un vuelco radical a la gestión de su carrera.
«El cuarto puesto de Pekín me dejó muy afectado, más de lo que la gente pueda pensar porque tampoco lo exterioricé. Había sufrido muchísimo para llegar a la carrera. Había aguantado el dolor y entrenado lo mejor que podía bajo aquellas circunstancias. Había dado absolutamente todo lo que tenía en la competición y me quedé a las puertas de las medallas. Eso es parte del deporte y lo entendí. Pero cometí el error de leer la prensa y ver comentarios de gente, que realmente me afectaron porque los consideraba injustos. Periodistas deportivos que ignoraban el triatlón durante los cuatro años que dura el ciclo olímpico, y que apenas conocían el orden en el que se disputaban los tres deportes, de repente hablaban como expertos, criticando duramente mi actuación y acusándome de no haber podido con la presión. En ese momento también entendí lo que significan los Juegos, donde los deportes pequeños se vuelven grandes a nivel mediático por unos días. Todo el mundo opina y todo el mundo sabe.
Mentiría si dijera que disfruté de esa experiencia olímpica. Para mucha gente estar en la Villa, formar parte de un evento así, ya es un gran logro. Y sin duda lo es. Yo lo enfoco como una competición, la más importante, y todo lo demás es un negocio de dimensiones monstruosas montado a su alrededor, que no me llama demasiado la atención. Para mí lo mejor de los Juegos son las competiciones, ver a los mejores medirse con los mejores. El resto no me interesa. Después de la carrera, Ricarda, que había sido decimoquinta, quería ir a fiestas y eventos organizados por patrocinadores y amigos. En definitiva, le apetecía disfrutar de la experiencia olímpica, pero yo iba por cumplir, porque mi mente estaba en otro lado. Lo único que quería era irme a casa.
Antes de volver a Galicia, volé a Hong Kong para firmar un contrato importante con un patrocinador con el que estaría durante cuatro años. Era una buena noticia, pero yo seguía dándole vueltas a la competición, a la preparación previa, a lo que había hecho mal. Una tarde en The Peak, el punto más alto de la isla, con excelentes vistas a la ciudad, empecé a replantearme el futuro y qué dirección le iba a dar a mi carrera. En ese momento me hubiera gustado poder seguir compitiendo para olvidar el mal trago de Pekín, pero con la lesión no era posible. Ahora lo prioritario era regresar, hacer todo lo posible para recuperarme y ver cómo afrontaba el futuro. Algunas ideas iluminaron mi mente.
Después de cumplir con algunos compromisos en España, me fui de vacaciones a Isla Mauricio, con el objetivo de despejar la cabeza para que cuando volviese tuviese claro el rumbo que iba a tomar mi vida. Y fue allí donde decidí que necesitaba cambios y el más radical suponía dejar de trabajar con Jose. Esa era una decisión dolorosa: Jose es mi amigo, el entrenador que me formó y con quien había compartido mucho más que entrenamientos. Sentía que necesitaba ese cambio, nuevas aportaciones y nuevas ilusiones, incluso siendo consciente de que Jose es uno de los mejores entrenadores del mundo por ese feeling especial que es capaz de tener con el atleta y que pocos consiguen. Desde ese momento también intuí que no volvería a tener un entrenador fijo como había sido Jose. A partir de entonces yo era el CEO de mi propia empresa y contrataría a gente que me iba a ayudar en los diferentes ámbitos (entrenador, mánager, fisio…), gente que pudiera aportar cosas nuevas y detalles a mí ya establecida forma de trabajar. Si tuviera que asociar mi carrera a un entrenador, ese sin duda sería Jose, con el que más tiempo pasé y el que me formó».
Asesorado por su entorno y por sus propias sensaciones, Javier escoge al asturiano Omar González, precisamente quien había sido su compañero de piso durante una de las etapas más desoladoras de su vida, la del segundo veto, en la que estuvo a punto de arrojar la toalla, cuando llegó a replantearse el futuro, cuando vio más lejos que nunca su sueño, el de ser deportista profesional. Viejos conocidos para un nuevo comienzo. Por delante, desafíos que ni siquiera imagina. Sin saberlo estaba a punto de sumergirse en una nueva era. No solo en lo personal, sino mayor de lo que entonces podría imaginar.
Debido a la lesión en el talón de Aquiles, los entrenamientos de carrera quedaron eliminados de las rutinas diarias durante los meses siguientes. Era como regresar al principio. La natación volvía a estar en el centro, recobraba el papel protagonista. Y también el ciclismo, como cuando salía los domingos con la grupeta de su padre. De hecho, para compensar la falta de kilómetros en la pista y para incrementar sus capacidades sobre el manillar, Javier se apunta al club ciclista Cambre (A Coruña). Siempre le había gustado el mundo del pedal. En verano no apartaba la vista de las retransmisiones del Tour. Por fin iba a conocer el trajín de las etapas desde dentro de un equipo aficionado, las iba a vivir en primera persona. La excitación de la nueva experiencia también hace que la herida emocional de Pekín apenas supure.
«En realidad, a mi hermano no lo vi tan jodido. Estuve con él después de la carrera… ya no recuerdo si ese mismo día por la noche para cenar o al día siguiente. Pero la sensación que tengo es que él no había sufrido una derrota de proporciones descomunales. No se le notaba así, por lo menos. Hombre, estaba fastidiado, pero nada desproporcionado… como podría estar en otra carrera. Creo que fue con el paso del tiempo cuando se dio cuenta de que quizás se le había escapado la ocasión más clara que probablemente tendrá jamás para proclamarse campeón olímpico», asegura Rafael.
La recuperación va por buen camino y también sus pinitos en el pelotón. Le va cogiendo el gusto a rodar en manada y a ponerse a tirar delante de todos cuando hace falta trabajar para el equipo. Sobre todo, cuando la carretera gana pendiente, se pone cuesta arriba. Bajo esas condiciones demuestra que es capaz de hacer sufrir hasta a los escaladores más finos. Sus compañeros están sorprendidos. Nunca habían pensado que aquel triatleta acostumbrado a rendir sobre segmentos de cuarenta kilómetros pudiese aguantar los esfuerzos prolongados por encima de los ciento cincuenta.
Aquella época la conoce a la perfección Omar González, meticuloso, puntillista en la descripción. Cuando coge carrerilla es difícil pararlo. «Recuerdo el Trofeo Iberdrola, en Zamora. Se fue un grupo de escapados y había opciones de que un corredor del Cambre ganase la etapa si cazaban a los de delante. Yo iba en el coche con el director y me pregunta: “¿Javi podría ponerse a tirar?“ Le digo que por supuesto. Y dicho y hecho. Pasa delante en un pequeño puerto que había y de repente empieza a hacer una escabechina hasta tal punto que tiene que aflojar para no dejar descolgados al resto de compañeros».
Nueve meses después de Pekín, vuelve a competir en un triatlón. Lo hace en casa, en la Copa de Europa de Pontevedra, donde las calles están abarrotadas por sus propios vecinos. Domina gran parte de la prueba, sin embargo en el 10.000 final cede ante el ruso Dmitry Polyanski. Todavía le falta rodaje, el mismo que le había robado la fractura en el talón. Pero las sensaciones son positivas. Con tan poco entrenamiento a pie, aún es difícil de derrotar, parece que sigue siendo la referencia.
Aunque estos buenos presagios se torcerían al poco de empezar el nuevo formato del Campeonato del Mundo: las Series Mundiales. Viaja a Madrid para la primera parada e irrumpe en escena un jovencísimo británico que deja sorprendido a todo el mundo. Alistair Brownlee se sube al primer peldaño del podio y Javier es tercero por detrás de Courtney Atkinson.
«Lo había visto en los Juegos. Había estado muy activo en la bicicleta, pero luego, cuando nos bajamos a correr, pagó el esfuerzo… Terminó en el puesto décimo o por ahí», asegura Javier, mientras mueve el dedo índice de la mano derecha de arriba a abajo, como agitando la memoria. «En Madrid todavía no era consciente de lo que estaba ocurriendo. Pensaba que Alistair había tenido un gran día y yo, como siempre allí, no había estado todo lo fino que quería. Pero en Washington, cuando me quedé solo con él, ya sabía que aquello no era una casualidad».
Alistair había crecido viendo como Javier agarraba la cinta de meta una y otra vez en las mejores pruebas del mundo. Por eso un par de años antes, en septiembre del 2007, sintió un subidón diferente cuando por primera vez había podido correr a la par del triatleta más autoritario del planeta, aunque fuese en una prueba mediana, la final del Grand Prix francés en La Baule. «Bajé de la bici y corrí realmente duro durante los primeros dos kilómetros y medio. Estábamos solo cuatro, el flamante campeón del mundo Javier Gómez, Will Clarke, Stuart Hayes y yo. Pensé: ¡Guau! ¡Estoy corriendo con Gómez! Al tercer kilómetro él de repente lanzó un ataque y salí tras él. Sentí como si estuviese esprintando al máximo solo para aguantarlo. Una idea seguía martilleando mi cerebro: ve a por él, ve a por él, ve a por él. Will y Stu se descolgaron. Pero no podía soportarlo. Seguí a Gómez durante tres kilómetros zancada a zancada hasta que me quedé atrás. Will y Stu remontaron para ganarme en el esprint final. Pero para mí lo importante no era eso. Intenté ir con el mejor corredor del mundo, en un momento en el que él lo estaba dominando todo, cuando nadie lo habría siquiera pensado», recuerda Alistair en el libro en que repasa la mayor rivalidad de la historia del triatlón.
Aquel año y medio entre el Grand Prix de La Baule y la segunda prueba del Mundial del 2009, en Washington, había transformado a Alistair de promesa en alternativa. El inglés enlaza otro triunfo en Estados Unidos y alumbra otra pequeña revolución en el triatlón. Le da una vuelta de rosca a todos los segmentos. Endurece las carreras desde el primer kilómetro hasta el último. Y especialmente devastador resulta su 10.000 final, en el que no deja ni un segundo para oxigenarse. Se lanza a tumba abierta después de la transición, ejecuta un cambio colosal para el que solo él está preparado. Con esas armas, el año se convierte en un paseo triunfal. Javier consigue una victoria parcial, lo derrota en el Europeo de Holten (Holanda). Es uno de los pocos momentos que le permiten adelgazar el rostro de preocupación. Se prepara a conciencia para la gran final del Mundial en la Gold Coast (Australia), pero de nuevo el británico se cruza en el camino. Alistair llega a coquetear con bajar de veintinueve minutos (29.04) en la parte a pie. Un tiempo estratosférico.
«El desenlace de Gold Coast fue diferente a la tónica general de esa temporada, cuando todas las pruebas habían sido rápidas desde el principio, con bicis muy agresivas en las que se rompía el grupo. Aquí, en un circuito plano y con buena carretera, el grupo se paró bastante y el segmento de ciclismo fue un trámite antes del final a pie. Yo estaba corriendo muy bien y pensaba: “Vale, vamos a hacer un 10.000 frescos, a ver cómo responde Alistair“. Salimos muy fuerte y al tercer kilómetro habíamos descolgado al único que nos aguantaba, un Frodeno que no daba crédito a la velocidad a la que íbamos. Nos quedamos solos y le cambié de ritmo varias veces y finalmente en el último kilómetro me machacó. Había hecho la carrera a pie más rápida de mi vida, pero no había sido suficiente». Un sufrimiento compartido. En las piernas y la cabeza aquella victoria obligaron a su rival a atravesar el infierno a pie. «Tuve que dar cuanto tenía, vaciarme todo, para ganar la prueba. La carrera fue muy igualada: Gómez atacó despiadadamente, una y otra vez, y yo me exprimí para adelantarlo, solo para mostrarle que podía. Nunca antes había estado en una batalla tan psicológica», recuerda Alistair en su libro. «El lanzó un ataque final tremendo en la colina de la tercera vuelta. Lo rebasé en lo alto, eché un vistazo a su cara y supe en aquel instante que había ganado».
En el Europeo de Holten ganó Javier; en la final del Mundial de Gold Coast venció Alistair. El dolor extremo alcanzó a ambos. Para el británico, esas dos pruebas representan el mayor umbral de sufrimiento físico que han experimentado juntos en toda su vida.
La temporada siguiente, ya en 2010, el británico no comparece por lesión en las primeras pruebas. Y a Javier unas molestias en la cadera también lo alejan de la competición y de los primeros puestos del podio. El pulso entre los dos favoritos se pospone. «Empecé con los problemas cuando me preparaba en Noosa (Australia). La lesión me tuvo un mes y medio sin correr e hizo que me perdiera la primera carrera en Sídney. Fue un momento duro. Tenía ansiedad por volver a ganar después de tantos segundos puestos del año anterior y había completado un invierno bueno. Así que la lesión fue un palo duro. Tanto que un día me fui a una tienda de música en Noosa, me compré una guitarra y me pasaba el día tocando para tratar de evadirme y no pensar demasiado».
Jan Frodeno, el oro en Pekín, se beneficia de la circunstancia y se pone al frente de la clasificación. Cuando regresa al tope de su potencial, Javier derrota a Frodeno en Hamburgo; y solo siete días después, en Londres, ya con Alistair recuperado, desmonta al británico a poco más de un kilómetro de la meta con un cambio endemoniado. El inglés, que lo perseguía soldado a su sombra, se queda sin fuerzas. Hasta tal punto, que entra caminando y lo tienen que sostener al cruzar la llegada lejos de los primeros puestos. Frodeno es tercero en la meta. Pero esas dos exhibiciones, más su posterior plata en Kitzbühel, le sirven a Javier para volver a poner a tiro el Mundial antes de la gran final. Los cálculos son complejos. En Budapest precisa ser primero o segundo y que Frodeno entre al menos cuatro puestos por detrás.
No semejaba factible. Todos creían que el alemán conseguiría subirse al podio. Había un helicóptero preparado para trasladar a Frodeno a Alemania, donde le esperaría una recepción con los honores de un gran campeón. Pero el día amaneció lluvioso y frío, y a Frodeno ese invierno dentro del verano se le sumó al peso de la responsabilidad. Y, de pronto, el cuerpo le dijo que no y la cabeza no supo hacerle cambiar de opinión. Se desfondó en el último 10.000 y acabó en el puesto 41. Ni siquiera figuró al final entre los tres primeros de la general del año. Javier, que controló la carrera a pie a su antojo, fue segundo en Budapest. Alistair lo superó en un esprint que él ya no necesitaba disputar.
Era bicampeón del mundo. Un premio para una temporada repleta de dudas. Y dura, terriblemente dura, en el aspecto psicológico. De nuevo, las lesiones. Y, por primera vez, la sensación de que quizás se le había empezado a secar el combustible. Pero su determinación en el tramo decisivo había borrado la agonía. Le había permitido volver a creer. «Hubo momentos muy difíciles. No quería correr. Tenía miedo de que le pasara lo del talón, que si se echaba a correr, acabaría fastidiando la cadera por una fractura de estrés. Y de ahí vino su peor racha de resultados. A principios de año tuvimos que hacer una labor minuciosa para convencerlo de que estaba bien», explica Nicolás Bayón. «Y entonces enganchó Hamburgo y Londres… y todo volvió a ser como antes». La historia le devolvía lo que Frodeno le había quitado en Pekín 2008. Allí lo tenía todo para ganar y ni siquiera entró en el podio; en Budapest, al alemán solo le faltaba el último esfuerzo para alcanzar el Mundial y terminó engullido por la regularidad de Javier.
De todas formas, es consciente de que antes de los Juegos de Pekín, la medida de todas las cosas era él. En cambio, en esta campaña había constatado que Alistair era imparable cuando estaba bien. Y esa idea fue anidando en su subconsciente.
«Quizás yo soy más regular, puedo rendir en otras distancias, terrenos… en ese sentido soy mejor triatleta», echa la mano a la cara y desvía la mirada hacia el té que todavía humea encima de una bandeja. Lo hace como un acto reflejo, como si se ruborizase al tratar de profundizar en el debate sobre cuál de los dos es mejor. «Pero a Alistair le he visto hacer cosas que jamás le había visto a nadie».