A pulso

Paulo Alonso · Capítulo 10 de 16

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A pulso

«Tranquilos, que corro yo»

Y la mente se libera.

Durante hora y media no ha parado de procesar información. Vigilar rivales. Calcular diferencias. Actualizar estrategias. Intuir debilidades. El triatlón se decide en tres partes, se piensa, se sufre, se espera. Al guion previsto lo sacuden giros inesperados. Pero el nudo de la historia vuelve a cambiar en un instante. Hasta aquí. Ya todo es simple. Solo, junto a Jonathan Brownlee, tiene nueve kilómetros por delante para alcanzar su tercer Mundial. Casi media hora para palpar las costuras de su rival. Si encuentra espacio para soltarlo pronto, lo intentará en su zona preferida, cuando el camino se empine. Si intuye robusto al inglés, se resignará a confiarlo todo al esprint final. En su memoria, visualiza los dos escenarios como si los tuviese ahora ante sí, una película que ya vivió con final feliz otras veces junto el menor de los hermanos.

Segunda vuelta al circuito. El público va quedando atrás. Y Javier procesa el griterío casi ininteligible a favor de Jonathan como si recibiese él las palabras de aliento. «Por primera vez en toda la carrera, me convencí de que ganaba el Mundial. Hasta entonces, todo era complicado. Porque para ser sincero, en el grupo de bici no había visto a nadie en condiciones de superar a Alistair, como yo necesitaba». Pero la cabeza puede ahora pensar demasiado. Y por un instante, en un punto de giro, ve como aquel triatleta que antes se retorcía de dolor ahora rebasa rivales. «¿Y si sigue adelantando y luego Jonathan lo espera y le deja terminar segundo? En esa situación ya no dependería solo de mí». ¿Está realmente tan lesionado? «Luego lo ves a las cinco de la mañana en una discoteca, o haciendo trekking en el Kilimanjaro. Algo no te encaja. Así que no nos creíamos del todo la lesión. Pensábamos más en que, al hablar del pie, estaba tratando de manejar el estrés», se sincera Carlos David Prieto. Lesionado o superado por la situación, al final de otra temporada extenuante, el favorito vuelve a descolgarse del grupo. Quinto, sexto, séptimo… Adiós, Alistair.

Tercera vuelta. Un abismo divide la final de Londres en dos pruebas distintas. Un par de caballos desbocados galopan hacia el título. O el subcampeonato. Por detrás, ya lejos, otros cincuenta permutan sus plazas, algunos rebasan rivales engullidos por el esfuerzo, otros sienten las piernas tiesas y ya intuyen el puesto final que les concederá esa aritmética del Mundial que prima el último evento. Por libre, la figura desgarbada de un aspirante en tierra de nadie. Alistair ya se mueve por la carrera ajeno a cualquier código. Se para cuando su camino se cruza con el de Jonathan. Grita y gesticula como un hooligan, le pide cabeza a su hermano pequeño. ¿Cabeza? ¿El triatleta más impulsivo del mundo? «A veces puede parecer un loco. Porque en carrera no obedece a la lógica. También es temible por eso. Ataca en lugares donde parece imposible ganar algo, gasta energía sin nada a cambio. Al final el cuerpo lo paga. Lo había pagado esta vez», razona el entrenador de Javier.

Suena la campana. La última bala antes del esprint. Con el puente que cruza el Serpentine en el horizonte, Javier prueba un cambio de marcha, en subida, durante un minuto largo. Jonathan aviva la respiración y responde como el fantástico rival que es. Afloja uno y afloja el otro. Las fuerzas no dan para más. El año se decidirá en un esprint. No vale la pena desgastarse en más cambios de ritmo. «¡Cómo podía estar pensando tantas cosas! Señal de que iba bien». La táctica ralentiza ligeramente el diez mil final a pie. ¿Qué esperar de la recta de meta? Justo doce meses atrás, Javier había batido a Jonathan en los metros decisivos de la final de Auckland. Quince días antes, le había arrebatado en los últimos pasos la segunda plaza de Estocolmo. Dos recuerdos ahora vívidos para alimentar su confianza. Sí, llega en mejor forma que nadie al último kilómetro. Alistair ya no existe. Vuelve a intuirse el mejor, pero debe demostrarlo en la alfombra azul.

En el otoño de 2010 Javier tenía todavía veintisiete años, pero aún le faltaba el podio olímpico. Ahí empezaba el camino a los Juegos de Londres. Una estrategia arriesgada al condicionar dos temporadas en plenitud por un solo objetivo. Competiría menos antes de la gran cita de Hyde Park para que justo allí aflorase su pico de forma. 2011 sería el banco de pruebas. Y el Europeo de Pontevedra, la ciudad donde vivía, una especie de ensayo general. Debía volar ese día de junio y testar su rendimiento.

Pero ese pausado viaje a los Juegos encerró luego tantos contratiempos que se pasó dos años resolviendo problemas junto a su equipo, buscando soluciones, alterando el plan inicial a la terca realidad.

Tras la concentración en Australia, se desperezó con un quinto puesto de rodaje en Mooloolaba y firmó un triunfo épico en la bahía de Sídney, primera parada del Mundial. Arrancó en posiciones de privilegio, pero estaba a punto de firmar una de las remontadas de su vida, la remontada de su vida. Pedaleaba el grupo medio a ciegas, sobre un circuito que no había podido ni probar, y los cuarenta kilómetros sobre la bici se convirtieron en un juego de sorpresas. De pronto cruzaban una mediana, al rato se encontraban giros bruscos sin señalizar, algunos triatletas sufrieron las primeras caídas y una fina capa de lluvia, una película que se mezcla con el aceite que siembran los coches sobre el asfalto, completó el cuadro. Javi se fue al suelo. Más rabia que dolor, ajustes en la cadena y puesta en marcha. Culebreó por un circuito técnico y, cuando bajó a correr, tenía a medio centenar de rivales por delante. Diez kilómetros para sentir de nuevo un placer casi olvidado, el de adelantar contrarios, cinco, diez, veinte, en una caza despiadada. La adrenalina anestesió el dolor de la caída sobre la cadera. «Planeé la primera vuelta al máximo para ver adonde podía llegar». En ese paso inicial por la meta ya era sexto, cada vez más cerca de los de siempre, los Brownlee Brothers. Cada adelantamiento se volvió más caro. «Vas más rápido que todos y te creces. Corría con rabia. Me veía superior». Alistair se cayó en un giro. Y Jonathan sacó la bandera blanca a ochocientos metros de la línea de llegada. Javier ya tenía una victoria redonda en Australia.

Vigente campeón mundial, todavía seguía montado en la ola buena, pero se desplomó en solo unos meses, envuelto en preguntas que no siempre tenían una respuesta clara.

El desastre nuclear de Fukushima frustró la cita de Yokohama y el Mundial continuó en Madrid, un circuito donde le merma una contumaz alergia. En la Casa de Campo Alistair y Jonathan solo le dejaron el bronce. Pero el verdadero reto llegaba veinte días después, en Pontevedra, ante su gente. La cita en casa recreaba la presión y la ilusión que encontraría 14 meses después en los Juegos.

Por tiempos, sensaciones y descanso, la puesta a punto parecía perfecta. El día salió caluroso como casi nunca en Galicia. Y a la incomodidad de Javier se le unió una sombra que molestó todo su recorrido. El británico Harry Wiltshire. En el agua lo sumergió un par de veces, le cegó el paso hacia la boya, lo llevó contra las rocas. En la primera transición lo atascó y, ya subidos a la bici, entorpeció los relevos. Hasta que el grupo perseguidor en el que se repartían los esfuerzos comenzó a gritarle. Javier tragó agua a nado, se ahogó en estrés, quedó rezagado y tuvo que remontar en el tramo ciclista. «Iba muerto, con sensación de sed. Empecé a correr por honor. A pie los Brownlee se fueron muy pronto, así que pensaba ya en una tercera o cuarta plaza». Las piernas remoloneaban, faltaba el aire. Vio pasar rivales. En una zona medio oculta por el graderío de la recta de meta del Estadio de la Juventud, se paró. Quizá lo mejor era retirarse y zanjar esa agonía. Y de pronto escucha una voz familiar. «Voy suave, ven conmigo. Ha venido toda esta gente a verte y tienes que acabar. Hazlo por ellos». Iván Raña, su viejo amigo, le rescataba en uno de los instantes más amargos de su vida. Continuaron hablando. Conversación para anestesiar la frustración. Puestos 40 y 41 para dos gigantes, un palo para Javier similar al de Iván en Atenas 2004, cuando había entrado junto a Robertson, ya peleando solo por migajas.

«Javier, queremos hablar contigo sobre lo que pasó en la natación, para conocer tu punto de vista», le pide Enrique Quesada, el responsable de los jueces de la ITU, nada más cruzar la meta. Una de las causas del hundimiento tenía nombre: Harry el Sucio, como le apodaron en Pontevedra. ¿Qué había fallado? ¿Otra vez el calor? ¿La falta de hidratación? ¿La alimentación? Le costó abandonar la zona de la carrera. Estaba en casa y no podía irse de allí sin pararse con amigos y conocidos. La noche se hizo larga, y al final solo una idea se abría paso entre tanta confusión. «El equipo británico iba a llevar a los Juegos a los Brownlee más un gregario, porque el criterio que habían fijado en el Reino Unido para conseguir la plaza por méritos objetivos era inalcanzable para el resto. Y pensé que Harry había venido como un matón, a por mí, para convertirse en olímpico. Lo que tengo claro de todo el caso es que Harry no salió a hacer la mejor competición posible, como el resto de atletas. Salió a por mí, a complicarme la vida desde que me encontró en la segunda vuelta de natación, utilizando cualquier medio para que yo no acabara la prueba o terminara sin opciones de podio. ¿Por qué? No tengo ninguna duda de que alguien le indicó que lo hiciera. Había competido contra Harry muchas veces y nunca había tenido problemas con él ni se le conocía por ser agresivo. Resultó muy frustrante para mí por cómo había preparado esa carrera. Jamás había vivido una situación así en este deporte. El calor me pasó factura, desde luego, pero el estrés y el sobreesfuerzo de la lucha con Harry me eliminaron completamente. Pasé de ir cómodamente instalado en la quinta posición en el agua a perder más de veinte posiciones en tan solo trescientos metros».

Como un gabinete de crisis, su entorno más cercano se sentó a hablar tras el sexto puesto de Hamburgo. «El deporte no es una ciencia exacta. Intentamos aprender de ese palo de Pontevedra. Eliminar aún más factores de riesgo. Debíamos tener aún más cuidado con la alimentación y la hidratación en días de tanto calor», apunta Omar González. Javier escuchó también a su padre, a Nicolás Bayón, a Paco Villanueva. Quizá solo necesitaba ganar para oxigenar la mente. Así que cogió confianza en la asequible Copa de Europa de Banyoles antes de volver al Mundial. Cuarto en Londres víctima de una escapada, segundo en Lausana —donde agarró el subcampeonato del Mundo en distancia esprint, tras Jonathan, pese a sufrir unos días antes un proceso febril— y sexto en la gran final de Pekín. Ahora Alistair igualaba los dos títulos mundiales de Javier.

El resultado de China era frustrante, aunque le bastase para amarrar el bronce del Mundial 2011 y la plaza olímpica.

Otra vez la misma duda. Quizá había competido demasiado, quizá había sobreentrenado. Primero, obsesionado con el Europeo en casa; y luego, dolido por ese revés. En los dos días clave, en Pontevedra y Pekín, se volvió intrascendente, apagado por la fatiga.

Héroe en Sídney, subcampeón mundial esprint en Lausana y bronce en el Mundial de distancia olímpica. Incluso así, despedía su año más pobre desde el fin del veto, 2011. Si antes tenía un problema con Alistair, ahora tenía dos porque había emergido Jonathan. Wiltshire fue sancionado con seis meses sin competir, después de un proceso largo que incluyó videoconferencias desde distintas partes del mundo y el relato de varios testigos. Pero ya no había reparación posible para el derrotado. Ya al día siguiente de la prueba se había disculpado con Javier, sembrando el hilo de la sospecha de una maniobra orquestada por los británicos. «Me dio a entender que tenía instrucciones. La realidad es que fue a Pontevedra a acabar conmigo». La novia de Harry también admitió en una conversación privada que había actuado movido por alguien.

Con el tiempo el episodio fue quedando atrás. Para ir con más calma en la temporada olímpica, Javier empezó a entrenar todavía antes. Y reforzó algunas voces en su equipo de trabajo. Ninguna le producía más confianza que la de Nicolás Bayón. «Cobró un papel más importante a nivel técnico en los entrenamientos a pie. Ya no era solo un consejero. Nos guiamos más por lo que hacían la mayoría de fondistas de Estados Unidos. Pasé a entrenar más controlado por el pulsómetro para no pasarme de ritmo al inicio de la temporada. Evitaría el error de cuatro años antes en Pekín. Al estar tan bien tan pronto, o te viene una lesión, o te fundes de cabeza, o tienes fatiga». Enseñanzas que solo calan con el paso del tiempo, porque el deportista casi siempre quiere entrenar más y competir pronto para probarse.

La apuesta cambió. Elevó las horas de gimnasio, los ejercicios de propiocepción y fuerza específica y la musculatura del glúteo. La sangre solo podía bombear a unas pulsaciones determinadas en cada etapa. La mayoría de sus rivales siguieron pegados a la rutina. Concentración en Australia, Copa del Mundo de Mooloolaba, Series Mundiales de Sídney… «Yo estaba en casa. Con ese pulso tan bajo, corría el diez mil en 31 minutos y pico. Y Nicolás tenía que tranquilizarme. “Aún con ese ritmo, habrías ganado esas pruebas. Ya habrá tiempo de que revientes. La preparación fue muy progresiva, enfocada a un solo objetivo y con pocas competiciones de preparación para no interferir en los entrenamientos. Estuve más tiempo en Pontevedra y en lugar de ir a Australia volví a Sudáfrica parte del invierno, ya que el viaje resulta más fácil, sin cambio horario. Con la única idea de prepararme, sin ninguna competición».

Soltó las piernas con una victoria fácil en Miami, en una carrera sin drafting sobre la bici y, por fin, casi un año después de su última victoria, volvió a exhibir toda su jerarquía en el Europeo de Eilat, donde solo faltaron los Brownlee y manejó la prueba con plena autoridad. Un oro para alimentar su confianza y creer en lo que hacía. Al menos durante unos días. Porque el fatalismo no le abandonó. Un par de semanas después, estaba postrado en la cama. Jarras de té y zumos de fruta formaron su dieta durante la enfermedad, el sudor le empapaba por la noche, los médicos debatían sobre el diagnóstico y el tratamiento, y el termómetro se disparaba por encima de los 40 grados. «Al no remitir la fiebre, a veces se hace una cobertura antibiótica, pero en esas fechas habríamos sentenciado sus opciones en los Juegos. Se tomaron decisiones clave que al final lo salvaron», recuerda Bayón con esos ojos abiertísimos con los que grabó desde el principio la carrera de aquel niño que no tenía límites. Y a continuación comparte su admiración por la respuesta de un cuerpo y una cabeza privilegiados. «Si sientas durante diez días a cualquier atleta olímpico en un sofá, te advierte que no va a los Juegos. Pero Javi tuvo el valor de volver a prepararse otra vez sin apenas tiempo». Su círculo sospecha que en aquel avión de camino al Europeo de Eilat pudo haberse contagiado de Marina Damlaimcourt, que habría viajado ya tocada con mononucleosis y un parvovirus.

Sídney y San Diego habían sido sus dos primeros descartes en el Mundial, que ahora era lo de menos. Así que en Madrid no se arrastraría sin fuerzas. Por primera vez faltó en la Casa de Campo. Su sensación era horrible y los datos de los entrenamientos le enviaban señales aún más preocupantes. El parón en mayo había debilitado sus piernas y quebrado su ánimo. Once días duró la tortura. Hasta que Bayón le aconsejó salir a caminar por Mourente, alrededor de su casa. Al regresar, agarró el móvil. «Nicolás, no me veo corriendo ni hoy ni dentro de un par de meses».

El joven triatleta Óscar Vicente le marcaba el ritmo en la pista. «Si no me ganas el domingo en Canet, no lo harás nunca», lo picó Javier antes de la liga española de clubes. Mientras sus rivales se zurraban en el Mundial, el triatleta más grande hasta la fecha se descomponía en cada segmento de una prueba menor. «Salí vigésimo del agua después de una natación malísima, pero enganché pronto en bici, en un grupo de siete en el que no había nadie más de mi equipo, el Fluvial. Una excusa para no dar relevos. Pero algo fallaba. Bajaba piñones y no había manera de encontrar la cadencia. Al final a pie me quedé solo con Vicente Hernández, cambié el ritmo de farol y abrí un hueco definitivo para ganar. No estaba bien.

«Cuando volví a los entrenamientos, la primera sesión dura en la pista fue de seis series de 1.500 metros, serviría para ver dónde estaba exactamente. Óscar estaba en forma y me ayudaba en las series. Habitualmente él tenía que tirar el primer kilómetro y luego, según yo iba acelerando, algo menos. Ese día marcó siempre el ritmo, y le tenía que pedir que lo bajara porque me quedaba. Si dos semanas antes hacía cada serie de 1.500 a ritmo controlado en 4.10 o 4.15, las estaba haciendo a 4.30 o 4.32 con diez pulsaciones por minuto más de lo habitual. Me costó volver a encontrar sensaciones, pero trabajé más centrado que nunca para que volvieran».

Faltaban apenas dos meses para los Juegos. El parón por la fiebre había devuelto su cuerpo a principios de invierno. El pulso y el cronómetro eran implacables. Solo cabía esperar a que el sol volviese a salir gracias al ejercicio que había acumulado ese año 2012 antes de la enfermedad. «Como había hecho un tremendo trabajo de base, cuando apretó el acelerador, al final el cuerpo respondió», entiende Omar González. Con descanso, paciencia y perseverancia, se perfilaron sus rasgos, se soltaron las piernas y se aflojó el estrés. El bloque de las seis últimas semanas hacia los Juegos, el trabajo más exigente en la pista, a pulsos máximos, a ritmos de auténtico bicampeón del mundo, podía elevarlo casi hasta donde había previsto al empezar la temporada. Pero solo si todas las piezas encajaban ya sin ningún contratiempo.

Le faltaba competición. Los tres grandes se reencontrarían en Kitzbühel, cada uno arrastrando su particular historia. Javier emergía tras el virus, Alistair reaparecía tras una lesión de Aquiles y Jonathan asumía al fin un papel principal en el Mundial gracias a las ausencias. El mayor de los Brownlee firmó una exhibición memorable, el pequeño siguió su estela y Javier se tuvo que conformar con el bronce. «Hice un carrerón, intenté aguantar y, al final, salí desmoralizado. Alistair había aparecido por primera vez en Austria y nos había dado un repaso. Se escapó con su hermano en bici, los alcanzamos y volvió a irse al inicio de la carrera a pie. Hizo el 10.000 en un minuto menos que el año anterior, cuando también había ganado. ¿Cómo se le gana a alguien así? A Jonathan lo veía más asequible. Lo más positivo de esa carrera fue que superé al esprint a Bryukhankov y Polyanski».

Añoraba la garra que solo aflora al enfrentarse a una prueba tras otra. Faltaban 17 días para que sonasen los himnos en Hyde Park y también Richard Murray fue capaz de ganarle sobre distancia esprint en Hamburgo. Pero cada entrenamiento alimentaba ahora poco a poco su confianza. Era otro. En las series no se vaciaba hasta la tortura como en las horas previas a sus anteriores Juegos. No hacía falta. Había recuperado la ligereza sobre el mismo tartán donde un año antes había querido retirarse del Europeo de Pontevedra. En cierto modo se debatía entre dos ideas encontradas. Sentía que Alistair y ahora también Jonathan le superaban de forma habitual, pero ejecutaba entrenamientos en tiempos estratosféricos.

A su alrededor, se intentaban interpretar datos como quien desentraña un jeroglífico. ¿Hasta qué punto iba a llegar en el instante óptimo a la cumbre olímpica del 7 de agosto?

«Volaba. Pero no sabíamos si aún era capaz de algo más», coincide su entrenador de entonces, y añade un matiz: «Quizá estaba tan fino como los Brownlee, pero entre la enfermedad y las últimas derrotas, sobre todo en Kitzbühel… Tan importante es llegar fuerte físicamente como sentirse ganador mentalmente. Y eso aún no lo tenía».

La apertura de los Juegos la disfrutó por la tele desde Pontevedra. La mística de la ceremonia le atraía, pero asistir no era lo apropiado once días antes de competir. Y, cuando en su fuero interno se debatía entre el placer y la obligación, el resultado siempre caía del mismo lado. No vería encenderse el pebetero. Apuró los días en casa hasta que un comentario inocente en las redes sociales le situó en medio de una monumental polémica de trazo grueso. Lamentó que el fútbol olímpico no reuniese a los mejores y que el juego sucio —engaños al árbitro, caídas simuladas, protestas— iba contra el espíritu de los Juegos. Algunos medios generaron tal revuelo que, solo unas horas después, Javier se explicó más pausadamente en un amplio comunicado donde argumentaba sus recelos.

El fin de semana previo a la prueba viajó a Londres. Renunció al bullicio de la Villa Olímpica de Stratford para acomodarse en un coqueto hotel de Kensington, nadar en su piscina de siempre en el centro de Londres, correr y rodar por Hyde Park y minimizar todas las distracciones que acompañan a los Juegos. Ganar era ahora más difícil que cuatro años atrás en Pekín. Pero la presión era inversamente proporcional a su favoritismo. Eso lo tranquilizaba. No tenía la ansiedad de verse señalado por todos ni la preocupación por la lesión en el pie que había acompañado su anterior experiencia olímpica. Pese a las dificultades de los meses anteriores, todo fluía de otra forma. Tras la cena la víspera de la carrera, empezó a rumiar un temor absurdo que se retroalimentaba a medida que le daba vueltas. ¿Y si no era capaz de dormir? ¿Y si no encontraba el descanso apropiado? Se retiró a su cuarto muy pronto, sufrió las voces que escupía la televisión de la habitación de al lado, dio golpes en las paredes de papel de fumar para pedir respeto y, justo cuando salía al pasillo para quejarse, cesó el ruido. Suavemente, le envolvió el sueño.

Por la mañana, descorrió las cortinas, comió un plátano, hizo unos ejercicios en la habitación y salió a correr. Ya estaba en marcha. En la cafetería del hotel, donde todo el personal habla español, un establecimiento cómodo hasta por su escaso número de habitaciones, donde cualquier voz se oía en toda la planta baja, le saludan dos rostros tensos hasta el dolor cuando llega para desayunar.

Javier los mira y esboza una sonrisa. «Vosotros tranquilos, que corro yo».

Junto a Omar, como en los días cumbre de cada temporada, le arropaba en Londres Javier Theilacker, su mánager. Lo había conocido unos años antes, al ligar su imagen a la multinacional de la representación IMG, pero cuando se cerró aquella etapa continuaron juntos y el vínculo se volvió de amistad. Theilacker gestiona patrocinios internacionales y la relación con grandes eventos, y aporta su ingenio al grupo en momentos puntuales del año, cuando todo se enmaraña.

Javier pedaleó hasta el parque, alucinó con la cantidad de gente apostada junto a las vallas desde tan temprano, guardó la bici, hizo un par de progresivos a pie para desentumecerse y nadó en el lago ya con el neopreno de competición. Todo estaba listo… Menos sus zapatillas. Cuando entraba en la cámara de llamadas alzó la vista y distinguió a su padre gesticulando y braceando. Las zapatillas no estaban en su sitio en la zona de transición. Colocó el material y regresó a su puesto ya sin apenas margen. En Londres firmó un triatlón para enseñar en las escuelas. En cada segmento calcó la estrategia predeterminada. Nadó a los pies de Varga para formar un primer grupo ciclista de cinco unidades, que completaban los Brownlee y el italiano Alessandro Fabian. Por detrás se unieron otros diecisiete triatletas, pero los ojos de Javier no llegaron ni a identificar a la mayoría. El peligro se reducía a dos siluetas de mono azul marino. Amagaron varias veces con arrancar, escarceos que controló siempre desde posiciones adelantadas. En otro arreón también apareció la figura rotunda de Jan Frodeno, el defensor del oro de Pekín, para estirar el grupo y abortar la fuga del mayor de los hermanos. Porque los Juegos representan la competición por países, pero las banderas se entrelazan con otros intereses. Javier renunció a presionar para llevar un gregario a Londres. Mario Mola, aún joven para apuntar al podio, y Josemi Pérez tendrían libertad en carrera. Para mover los hilos de la prueba, sobre todo en bici, los Brownlee contaban con el británico Stuart Hayes y algunos otros socios, habituales compañeros de entrenamientos, el eslovaco Varga, el italiano Fabian, el ruso Ivan Vasiliev…

Camino de Buckingham, entre el griterío, la voz del francés Laurent Vidal le trajo buenas noticias: «Jonathan tiene una penalización». Debía parar quince segundos en alguno de los pasos por meta por irregularidades al salir del agua y subir a la bici. Un margen que podía ser decisivo.

Empezó el 10.000 final a pie en la estela de los hermanos. Tras la primera vuelta, 2.500 metros de ritmo con el sello Brownlee, ya estaban los tres solos. Primer alivio. La medalla olímpica parecía encarrilada porque Frodeno y los franceses Vidal y David Hauss iban ya 25 segundos por detrás. Con el bronce en el bolsillo, quiso dejarse ver y se situó segundo, entre Alistair y Jonny, un movimiento acompañado del murmullo del público. Al segundo paso por meta, sus ojos buscan un mensaje en el rostro de su entrenador. Omar veía al favorito con mala cara, pero al final con una mueca le aconseja calma porque cinco kilómetros se pueden hacer muy largos todavía.

«Creo que fue la decisión correcta. Alistair recibía el viento de frente al ir delante todo el tiempo, y Javi marchaba muy justo. Un mes después de la carrera repasamos juntos el vídeo y tuvimos las mismas dudas. ¿Y si hubiera podido ver su cara de sufrimiento? ¿Y si lo hubiese adelantado unos instantes para probar un cambio de ritmo? ¿Qué habría pasado? La decisión de aguantar era la más lógica tal como estaba de fuerzas», razona Omar González.

Para lanzar ese ataque irracional, faltaba en la memoria el recuerdo fresco de un triunfo contra el entonces vigente campeón del Mundo.

Alistair escribió luego que esta vez él tampoco podía intuir el verdadero estado de su rival por la atmósfera irrepetible en Hyde Park. Era incapaz de descubrir pistas. «Cuando corres contra alguien tan a menudo como nosotros hemos competido con Gómez, llegas a saber cómo están corriendo incluso cuando ellos van escondidos detrás de ti: por el sonido de su respiración, por el ritmo de sus pies sobre el asfalto. Esta vez no. No podías oír ni tu propia respiración ni los pies; menos aún de algún otro».

Ya a casi cuatro kilómetros de meta, el primero en derrumbarse fue el menor de los hermanos, que además todavía debía parar para cumplir con su penalización. El mayor reaccionó avivando aún más el ritmo. Demasiado. La diferencia se fue estirando hasta que en la última vuelta las medallas ya quedaron repartidas.

«Durante los cinco primeros kilómetros, sentía que íbamos muy rápido, aunque me veía con margen para atacar hacia el séptimo o el octavo. Pero Alistair fue muy fuerte. No es fácil correr toda la carrera delante, tirar con dos rivales detrás. Fue capaz de incrementar el ritmo poco a poco a mitad de carrera hasta reventar primero a su hermano y, tras una ligera bajada, abrir un pequeño hueco que no pude recuperar. Puse todas mis energías en tratar de seguirle, hasta que se fue marchando. La opción de atacar se desvaneció progresivamente».

Tendido sobre la alfombra azul, Javier estiró el brazo para felicitar al campeón.

La ceremonia se demoró porque el menor de los hermanos había sufrido un desvanecimiento tras cruzar la meta.

«No cometí ni un error. Llegué vacío tras darlo todo. Gané una plata, no perdí un oro. El último 10.000 estaba homologado esta vez también por la federación internacional de atletismo, la IAAF. Alistair venció con 29.07 después de dejarse ir en los últimos metros, así que para ganar yo habría necesitado sobre 28.50, un tiempo que en ese momento estaba fuera de mi alcance tras una bici a casi 45 km/h».

Había sacado también lo mejor de su rival más poderoso. «El momento de la carrera en que empiezas a relajarte depende de contra quien compites. A veces, como en algunas de las batallas que he tenido con Gómez, hay dolor hasta la línea de meta», reflexiona Alistair en su libro. «Muy pocos de los diez kilómetros a pie de un triatlón son tranquilos. El primero será siempre muy rápido, y el segundo no será mucho más lento. El ritmo bajará entonces, antes de incrementarse hacia el final. Necesitas ser capaz de lidiar con esos ataques, aguantar si Gómez lo revienta, o tomarte un respiro en los dos kilómetros finales después de una hora y cuarenta minutos de brutal carrera».

La duda sobre el preciso estado de forma del subcampeón olímpico se resolvió muy pronto. En las siguientes carreras exhibió un punto más de velocidad a pie. Asaltó la banca en Des Moines, el triatlón Hy-Vee, el de mayores premios del año. De vuelta al Mundial encadenó segundos puestos en Estocolmo y Yokohama, y en la final de Auckland superó al esprint a Jonathan, que se llevó el título de ese 2012.

Javier libraba dos asuntos a la vez. Por un lado estaban sus ciclos de cada temporada, llegar bien a cada carrera, solventar lesiones y contratiempos, pero también mantenía una evolución constante como triatleta. Aunque había fijado el nuevo canon en aquella etapa casi invencible de 2006 a 2008, no había dejado de impulsar mejoras. Pulir las aristas de un cuerpo ya casi perfecto. En la videoteca de sus éxitos faltaban más victorias al esprint. Le costaba superar a sus actuales antagonistas si las medallas se dirimían justo sobre la alfombra azul. Los Brownlee lo sabían, por eso a partir de ese final del 2012 se sorprendieron de la reinvención de un deportista a punto de alcanzar la treintena. «Alistair y yo pensamos que en 2012 alcanzó su pico de forma más impresionante, realmente corrió más rápido de lo que esperábamos», asegura el menor de los hermanos.

De hecho, Jonny Brownlee no se imaginaba que Javier lo apuntillaría en la última recta de Auckland. «[El final] se redujo a dos, Gómez y yo, justo como había pasado en Estocolmo, justo como había sucedido antes con Al en Londres. Hagámoslo, Jonny. A quinientos metros del final, los dos estábamos pegados. Su mano derecha chocando con mi codo izquierdo en cada zancada. Solo un esfuerzo más. A doscientos metros apretamos. Gómez no sabe esprintar, o al menos él nunca había sabido antes. Hoy era diferente. Por un momento lo rebasé, pero a cincuenta metros de meta me adelantó de nuevo», recuerda el menor de los hermanos en Swim, bike, run. Javier ya podía esprintar y ganar. Era todavía mejor que antes. Un aviso de cara al futuro.

En el epílogo del 2012, Javier alimentó su ansia de nuevos retos con el oro en el Mundial X-Terra de montaña en Maui (Hawái), en su debut en una prueba de ese tipo, sobre terrenos escarpados y paradisíacos, sin tener experiencia en ese campo.

«Ese año me volví a sentir ganador.»