A pulso
Metamorfosis
Olvida que el agua está fría. La adrenalina y el molino de brazadas de su cuerpo mitigan esa sensación en las mejillas, que ahora lucen sonrosadas bajo la superficie agitada del lago Serpentine. Continúa atrancado, envuelto en una estela hiperoxigenada que le hace imposible vislumbrar dónde van los hermanos Brownlee. Levanta la cabeza durante una fracción de segundo. Intenta coger referencias, encontrar siluetas familiares que le dibujen el mapa de la carrera, que le indiquen cómo están disgregadas las piezas en el tablero de ajedrez. Vuelve a meter la cabeza bajo el agua y los brazos recobran la rutina, repiten con la precisión de un autómata los movimientos que vienen ejecutando desde que se dio la salida, justo en el único instante en que sintió el frío del lago envolviéndole la cara. Fueron milésimas. Suficientes como para devolverle al oficio, a su trabajo, una tarea repetida tantas tardes, y que casi siempre empieza y termina de la misma manera para él: sin sobresaltos.
Aquello pasó hace unos minutos y no duró más que un suspiro. Ahora solo tiene una certeza: las cosas no marchan a su gusto. La final no se parece en nada a uno de esos días en los que se siente liviano y se desliza con suavidad por la lámina intacta de una piscina. Esas jornadas en las que hace temblar el crono y que le rememoran lo que un día quiso ser, un olímpico bañado en cloro. Pero hoy percibe con fuerza la presión en el pecho y cuando el oxígeno se atasca, las piernas se vuelven rígidas y pesadas. Sabe que necesita apretar. El corte se le escapa.
Había dejado de entrenar. No tenía grandes competiciones a la vista de natación ni de triatlón. Era la época de descanso. El futuro levantamiento del veto suponía una esperanza, pero el ambiente continuaba enrarecido, y quizá todo se dilatase todavía más. Y entonces sonó el teléfono. Andreu Alfonso envuelve el mensaje en demasiados matices. Cuenta con él para el Mundial sub-23 de Nueva Zelanda, que Javier ya daba por olvidado. Aunque le desliza que el viaje es caro, que debe valorar si merece la pena competir si no está preparado… En lugar de convocarlo, casi parecía que le pedía una renuncia. Llevaba años esperando esa oportunidad, no una amenaza. Ni loco dejaría escapar aquella convocatoria después de tanto tiempo entre tinieblas. «Le digo que estoy listo para competir, por supuesto, aunque realmente no lo estaba. Llevaba casi un mes de descanso, lejos de mi mejor forma, pero quería ir a Nueva Zelanda, me lo había ganado en carrera».
Quedan solo tres semanas para la prueba que medirá a las mejores promesas del triatlón. Asume que en esas condiciones no bordará un examen tan exigente y le falta tiempo para afinar. Pero quiere aprovechar cualquier oportunidad para calibrar sus fuerzas de verdad, con oponentes de relevancia. Lleva enjaulado demasiado tiempo entre luchas de despachos. Quiere volver a sentirse libre, por fin soñar tranquilo. Rioseco diseña un plan para incrementar su rendimiento en apenas unos días. Los dos son realistas. El margen para la progresión es estrecho. Pero la auténtica derrota sería no intentarlo, pese a la presión que le había trasladado el seleccionador. «Psicológicamente fue un momento complicado. También temía hacer el ridículo y que me lo pudiesen echar en cara».
Cosió el globo a través de escalas en varios aeropuertos, Santiago de Compostela-Barcelona-Londres-Los Ángeles-Auckland-Queenstown, y aterrizó en un mundo nuevo, el evento más grande del triatlón, donde los jóvenes conviven con las leyendas. Llegó a Nueva Zelanda diez días antes de la carrera, molido por el cansancio, y durante varias jornadas se sintió pesado. Si el entrenamiento es una ciencia inexacta, aquel plan acelerado para convertirlo en competitivo en solo unas semanas podía haberle dejado tocado. Al menos su compañero de apartamento era una cara muy familiar. Durante días le guio el campeón del mundo, el defensor del título absoluto, un espejo donde mirarse para Javier. A Iván Raña le unía además una amistad fraguada durante sesiones de entrenamiento conjuntas en Galicia. En realidad, eran tan distintos, que quizá por eso habían encajado tan bien desde el primer momento. El descaro de Iván y la prudencia de Javier, la meticulosidad de Gómez Noya y el entrenamiento por sensaciones de Raña. Uno se enamoró del triatlón viendo de madrugada por la televisión como el otro era quinto en la cita olímpica de Sídney. Luego llegó el aprecio. Intercambiaron visitas a sus casas, viajaron de A Cabana a Santiago. «Lo que más me impresionaba de Javier eran sus ganas. Nunca le saturaba entrenar, nunca se cansaba de hablar de triatlón. En eso era algo fuera de lo común».
Las sesiones juntos funcionaron como un recuerdo al que aferrarse para el joven aspirante. «Pese a estar fuera de forma, tenía una ligera confianza en que quizá podría hacerlo bien. Porque había tenido la suerte de entrenar con Iván durante el verano de 2002 y gran parte de 2003. Él era el mejor triatleta del mundo y yo sabía que podía aguantar sus ritmos corriendo o estar cerca de él en los entrenamientos. La competición era distinta, Iván era capaz de rendir aún más de lo que lo hacía a diario, pero, al fin y al cabo, yo no tenía que competir contra él, sino que me medía con los sub-23».
Así que en Queenstown Javier se pegó a la espalda de su ídolo y se empapó de detalles para conocer a fondo la vida de un profesional del deporte ante un gran evento: alimentación, compromisos, rutinas, descansos… En el apartamento que compartían, Iván cocinaba pasta sin salsas y carne a la plancha. De postre, casi siempre había yogur desnatado. Y Javier le cosía a preguntas para saber los porqués.
Raña frenaba el ímpetu del debutante hasta para entrenar. «Ahora no vas a ganar nada, relájate. El trabajo ya está hecho». Sin embargo, la situación de Javier era diferente a la de cualquier participante. El resto del equipo español estiraba una temporada más larga de lo habitual, con ese Mundial en diciembre tras una concentración previa en Lanzarote. Pero él venía de estar parado y había vuelto a empezar dos semanas antes para intentar ponerse lo más en forma posible. Y en ocasiones los títulos se ganan gracias a lo que sucede justo en los días previos a las carreras.
«Recuerdo dos entrenamientos en Queenstown en los que sufrí más que en la carrera. Pero resultaron clave para subir un puntito mi nivel. Una de esas sesiones se produjo en bici, dando relevos durante una hora a ritmo de competición con Iván y el resto de triatletas españoles sub-23, Jóse Tovar, Ramón Ejeda, Jordi Elías y Rubén Bravo. Yo era el que más justo iba, apenas podía pasar al relevo y, al llegar al último repecho, mi amigo Ramón arrancó y solo Iván pudo seguirlo, con Tovar algo por detrás… Aquello me impresionó. Éramos compañeros de equipo, pero también rivales en carrera, y les vi muy fuertes, bastante más que yo. Mis sensaciones cambiaron unos días después. El miércoles previo a la competición hice el último entrenamiento fuerte, el mismo que había completado Iván el día anterior. Consistía en noventa minutos de bici, con la última media hora de forma progresiva, para luego, en transición, bajar y correr una vuelta al circuito de carrera a pie, dos kilómetros y medio a ritmo de competición. En esa última parte me estaba esperando el entrenador de Iván, César Varela, para acompañarme desde la bici y recuerdo que al pasar el primer kilómetro me dijo: “¡Tranquilo, que vas más rápido que Iván!“ Pero mantuve el ritmo y completé la vuelta en un tiempo muy bueno. Ese día, aún sin saber por qué, me empecé a encontrar bien y a creer en mis posibilidades».
Recibía guiños para alimentar su confianza. La víspera de la prueba, Raña suelta en la tienda de neoprenos Orca, uno de sus patrocinadores: «Mañana este chico saldrá el primero del agua». Un pronóstico que le proporcionó a Javier un traje nuevo para el mundial. No resulta aconsejable estrenar material en carrera, pero sería una especie de amuleto.
La predicción se cumple, sale del agua en cabeza, se siente fresco desde el primer esfuerzo en un escenario abrumador. Pedalea sobre un vergel con montañas nevadas al fondo, pero se escapan un par de rivales. El diez mil final a pie se convierte en una caza sobre un terreno agreste de asfalto, caminos de tierra, subidas y bajadas. Rebasa rivales, deja atrás al alemán Steffen Justus y sentencia al australiano Nicolas Hornman. Pero cree que todavía queda por delante uno de los escapados. A menos de un kilómetro, una voz en español desde el público le pide un último esfuerzo para ganar. Ve una bicicleta abriéndole paso, como si fuese líder, y otea al fin la cinta de meta. ¡Va primero! La parte final sobre césped resulta un regalo para las articulaciones. Sobre el tepe nota que flota. El triunfante dorsal 103 agarra una bandera camino de la llegada y levanta los dedos índices. Campeón del mundo sub-23 con solo veinte años. Su primera gran hazaña, tan inesperada como merecida por tanto sufrimiento. Oro después de una preparación deficiente, pero, al fin y al cabo, una gran carta de presentación ante el mundo. Estaba exultante.
Ya era el mejor de su categoría, pero la curiosidad le empujaba a saber más. Encontró un cíber para saber los puntos que el triunfo le proporcionaba para el ránking. Ahora quería ver cuánto le separaba del siguiente techo. ¿E Iván, su guía en el bullicio del Mundial? No había podido contener una fuga en bicicleta de Olivier Marceau, un especialista, y Peter Robertson, otro de los favoritos, que acumularon dos minutos de ventaja. En la segunda transición, Raña ya sabía que el oro se perdía en su horizonte. Aumentó el ritmo de las zancadas al máximo y atravesó la meta solo 24 segundos por detrás de Robertson. Demostraba que era el mejor, pero con una exhibición insuficiente para el primer puesto.
«Cuando abrió la puerta de nuestra habitación la verdad es que no sabía si consolarlo o felicitarlo. Era subcampeón del Mundo, pero por aquel entonces nadie tenía las piernas de Iván».
La proeza de Queenstown tuvo un epílogo a la mañana siguiente. Raña, Gómez Noya y el paratriatleta Santos Caballero se regalaron una ruta en todoterreno por la isla sur de Nueva Zelanda. Subido a una montaña de postal, donde se había rodado la película El Señor de los Anillos, Javier soñó un horizonte entre los grandes. Y por primera vez, mientras despachaban unas pizzas, habló de Atenas, de los Juegos, pensó en un futuro de normalidad. Si ese porvenir le sonreía, le gustaría volver a pisar aquel lugar maravilloso en el futuro. Y regresaría once años más tarde, cuando se propuso pulverizar definitivamente la historia.
«Durante aquellos años forjé una gran amistad con Iván. Creo que nos ayudamos mucho mutuamente en los entrenamientos. A los dos días de llegar de Nueva Zelanda, tras pasar más de un mes fuera de casa, se presentó en mi casa. Teníamos unos días de descanso y me propuso dar una vuelta. Desvelados por el jet lag, cogimos su coche a las cinco de la mañana y nos fuimos a desayunar a Cedeira. Y allí seguimos hablando sobre el 2004, sobre los Juegos Olímpicos y sobre cómo planeábamos arrasar en el triatlón mundial… En esa época aprendí mucho de este oficio, lo que supone ser profesional de verdad, y eso es dedicar las veinticuatro horas a tu deporte, no solo cuando se entrena».
Desde que aterrizó en Santiago procedente de Nueva Zelanda, Javier ya era un triatleta. El cambio de piel se había consumado, aquella metamorfosis que le había llevado cuatro temporadas encontró el epílogo en el retorno a Galicia. Su vida como nadador era historia. Desde el cálido recibimiento en el aeropuerto empezó a sentir el sabor del éxito. Su relevancia pública empezaba a crecer. Pero, sobre todo, aquel resultado en Queenstown demostraba que ya estaba para probarse con los elegidos. El año olímpico estaba a punto de empezar y quería acudir a los Juegos de Atenas 2004. Raña era indiscutible, pero él pelearía por alguna de las otras dos plazas del equipo olímpico español. La siguiente cita reafirma su convencimiento. Después de unos días de vómitos antes de la Copa de África de Bloemfontein (Sudáfrica), gana allí su primer título internacional absoluto. Otra reafirmación, otra barrera derribada.
«Había decidido que ya solo competiría en categoría absoluta para intentar ganarme una plaza para Atenas, pese a que aún podía seguir otras tres temporadas en categoría sub-23. Llegué a Bloemfontein con mucha ilusión, pero enseguida me puse enfermo. Me había sentado mal algo que había ingerido y durante cuatro días solo comí las manzanas que Andreu me traía al hotel. Todo lo demás lo digería mal. Cuarenta y ocho horas antes de la carrera me empecé a sentir mejor, y salí dispuesto a dar el máximo. Ya en el agua me notaba débil pero me las arreglé para salir entre los diez primeros. Luego en la bici se produjo una situación curiosa: los cuatro españoles, Xavi Llobet, Fernando Cabellos, Iván y yo, nos metimos entre los ocho triatletas de cabeza y los cuarenta kilómetros fueron como una contrarreloj por equipos. A día de hoy fue una de las pruebas más rápidas que recuerdo en el segmento ciclista. Empecé a no pasar al relevo porque no podía, de lo débil que estaba, y el belga Axel Zeebroeck, en lugar de recriminármelo a mí, se dirigió a Iván, como capo del equipo: “Tu compañero no pasa“. Raña se situó a mi par y me aconsejó guardar las formas: “Oye, tío, si puedes da algún relevo, aunque sea en la bajada, que si no este se va a enfadar y, como se desorganice el grupo, nos cazan por detrás“. Yo di algún relevo más, aún a riesgo de quedarme, porque iba muerto, y la escapada fructificó. Luego fui capaz de irme corriendo y ganarles a todos, aunque sin encontrarme muy bien. De hecho en los últimos kilómetros me empezaron a recortar la ventaja y, si hubiera siquiera 200 metros más, no habría vencido. Mi primera victoria internacional absoluta me dio mucha moral para lo que tenía por delante».
Las dos plazas libres para los Juegos empiezan a discutirse en el Europeo de Valencia. Javier llegaba como el más joven de la lista de salida, y tocar el podio significaba el pasaporte hacia Atenas. Eneko Llanos terminó segundo y, en la práctica, aseguraba su plaza olímpica. Ya solo quedaba una libre, con el Mundial de Madeira todavía por delante. El octavo puesto de Javier era bueno, pero escaso para lo que podía dar. Raña, que enfocaba su planificación para rendir en agosto, acabó noveno. «Eneko se lo curró. Consiguió meterse en el corte bueno, hizo un trabajo muy fuerte en la bici y se bajó a correr con margen. Yo me había quedado enganchado, no tuve mi mejor día».
El desgaste de entrenamientos le dejó una herencia a la vuelta de Valencia. Una molestia en la cadera complicó el momento más sensible de la temporada. Porque solo tres semanas separaban el Europeo del Mundial. Apenas salió a correr a pie esos días. Aunque lo peor llegó al no verse inscrito en la prueba absoluta de Madeira, sino en la sub-23. La federación española razona que al final espera conseguirle una invitación para la carrera estrella. Pero su círculo no se fía y le aconseja plantarse. «Nos parecía una tomadura de pelo porque hacía meses que le habían asegurado que participaría en la prueba élite», explica el padre de Javier. O compite con los mejores —su única opción para clasificarse para los Juegos— o no va. La selección viaja el miércoles previo a la carrera, y Javier pasa el día distraído en A Coruña, completamente ajeno a lo que sería la rutina previa a un gran evento deportivo. «Me agobié. Llamé a mi amigo Pablo Racionero, con quien había compartido piso hasta el año anterior, y me fui a Coruña, donde él seguía estudiando Ingeniería de Caminos. Pablo entendió lo que ocurría y, sin muchas preguntas, faltó a clase y nos fuimos a un circuito de karts. Competimos por lograr el mejor tiempo, comimos en un restaurante chino y dimos una vuelta por la ciudad. De camino a casa, ya de noche, mi padre me citó en su cafetería, el Rialto. Allí me esperaban mis padres, Paco Villanueva y algún otro amigo. Mi ausencia en la lista de salida élite había llegado a los medios de comunicación y su presión hizo que la federación española lograse una invitación para competir finalmente en élite. Mi primer pensamiento me devolvió a los karts. ¡Pero si hoy ni he entrenado! Tras hablarlo con mi entorno, decidí volar a Madeira al día siguiente».
Rumbo a otro Mundial, de nuevo con retraso, y de nuevo en una situación incómoda. «El ambiente al llegar era de tensión entre toda la expedición, también porque se decidía la última plaza. El equipo español ni siquiera se reunía para cenar». Empieza a cobrar cuerpo la sospecha de que, haga lo que haga, no irá a Atenas, aunque en teoría un octavo puesto le valdría para agarrar la tercera plaza.
La reunión previa con el director técnico de la federación española confirma en cierto modo esa idea. La charla de Andreu Alfonso con el equipo la víspera de la carrera se transforma en un encuentro con cada triatleta por separado. Entró José María Merchán, entró Eneko Llanos, entró su hermano Héctor, y luego entraron juntos Iván Raña y Xavi Llobet. «Yo pensé: “¡Pero esto qué es!“ Así que cuando me tocó la charla solo pedí saber qué necesitaba para ir a Atenas. Andreu me explicó que solo podía mejorar la plata de Eneko en el Europeo con un resultado entre los cuatro primeros, algo que yo veía fuera de mi alcance. Ahí asumí que había una plaza para Llobet por algún motivo. Pero como el criterio anterior por escrito decía que bastaba el octavo puesto del Mundial, pensé que podría valer también».
De nuevo el más joven de todos, Javier se desfondó en Madeira por un sueño. El diez mil final a pie le colocó ante una situación factible, hasta cierto punto. Por delante avanzaban hacia las medallas Docherty, Raña y Gaag, oro, plata y bronce al final. Javier y Hamish Carter discutieron el cuarto puesto durante varios kilómetros. «Nadie contaba con esa situación. Pero en la última vuelta me pasaron más rivales y terminé octavo. Un resultadón en mi primer Mundial absoluto. Acabé con la esperanza de que una plaza olímpica tenía que ser para mí, pues solo un español, Iván, había sido mejor que yo».
Tres días después, Andreu anunció el equipo olímpico y llamó a Javier como primer reserva de un grupo con Raña, Llobet y Llanos. «Me pareció injusto. Porque había sido octavo en el Europeo y en el Mundial. También porque no entendía la táctica de llevar un gregario, algo complejo en un deporte como el triatlón, en el que te puedes quedar cortado ya en el agua. Hasta ese momento nadie había dicho que un miembro del equipo trabajaría para Iván. Yo era joven y podía haber jugado ese papel. Pero nadie me preguntó. Si me hubiesen dicho que tenía que ir a Atenas a ayudar a Iván, habría ido con los ojos cerrados. Incluso así, mis padres y la federación gallega entendían la decisión aún menos que yo». De nuevo Paco Villanueva hizo algunas gestiones para que el gregario fuese Javier, pero asegura que no encontró respuesta en el entorno de Raña.
La calma había durado solo unos meses. La federación gallega denunció la modificación de los criterios de la clasificación olímpica. Según su versión, las normas decían al principio que el duodécimo del mundial iría a Atenas, pero el texto se retiró de la web de la federación española para, a posteriori, justificar una decisión tomada de antemano, con una plaza a criterio del director técnico. «Llobet está porque en España solo hay un triatleta que puede ganar los Juegos. Y ese es Raña. Vamos a poner todos los medios para que lo consiga. Y uno de los medios es contar con la ayuda de Llobet, excelente en el ciclismo, en la primera parte del circuito», declaraba Andreu Alfonso antes de la cita de Grecia.
«A mí lo único que me preocupaba era competir y hacerlo lo mejor posible. Entiendo a Javi y entiendo a su familia, pero también creo que había gente interesada en enfrentarnos», sostiene Raña. Hubo un distanciamiento entre ellos. Y la resaca duró, como mínimo, hasta el final del verano. Con la exclusión de los Juegos todavía en las entrañas, el Campeonato de España brinda el último combate simbólico de la guerra por la plaza olímpica. Callejeando por Valladolid, se crea un grupo de cabeza con solo diez triatletas sobre la bici. Ausente ese día Llanos, Llobet trata de mostrar sus galones como futuro gregario de Raña en los Juegos. Lanza un ataque, Javier va algo justo y del grupo salta para abortar ese intento un rival sin ninguna opción para el podio. Dani Puerta, el antiguo compañero de concentraciones, con el que Javier había crecido en aquellos días de verano, se dispone a rescatarlo cuando más lo necesita. Lo lleva hasta la rueda de Llobet para que, a partir de ahí, recobre el aliento y la balanza se vuelva a inclinar hacia su lado. Esa cara conocida, ese esfuerzo sin mayor interés que el cariño, evita un triunfo que habría sido complicado de asimilar, que se habría gestado en un ataque ante el que nadie quiso reaccionar. «A Xavi le pareció mal, y le decía a Dani: “¿Qué te importa a ti esto?“ Se vació por ayudarme. Nada más», explica Javier. «Desde el principio se sentía tensión en el ambiente. Si antes de salir me dicen que iba a poder ayudar a Javi, no me lo creo. Pero la carrera se dio así y me alegré de poder echarle una mano», recuerda Puerta.
Javier se colgó la plata, al cruzar tras el rebufo de Raña la meta de la plaza Mayor. «No vine a demostrar nada. Pero todo el mundo pudo ver con sus propios ojos que Iván y yo somos los dos mejores de España, y si alguien no lo quiere ver, pues es su problema», espetó entonces a unos metros del seleccionador. Le quedaba el consuelo de haber enseñado una vez más que tenía sitio entre los mayores, que había dejado de ser un niño.
Una semana después, la Copa del Rey se celebró en Ferrol. Ganó Javier, y sus amigos de la federación gallega lucieron camisetas con cabezas de burro. Un recado para los responsables de su exclusión de los Juegos. Con Raña, su relación también se resintió. «Ya no tuvimos la amistad de antes, eso es evidente. Pero a Javi le guardo un gran cariño y, siempre que nos vemos, charlamos o salimos a rodar. Entre nosotros hay un respeto mutuo y confío en que el paso del tiempo también le haya ayudado a distinguir entre las personas que realmente le querían y quienes estaban a su lado por su propio interés. Yo sé dónde estoy y lo que soy. Para llegar a la altura de Javi tendría que ponerme a ganar desde ahora hasta que cumpla ochenta años», razona Raña, molesto con que se le culpe de la ausencia de Javier en Atenas 2004.
«Está claro que en aquel momento nuestra relación se resintió. Iván quería que Llobet fuera su gregario en los Juegos y eso me dejó fuera cuando había hecho méritos sobrados para ir. Pero creo que fueron nuestros entornos los que enrarecieron más el ambiente. Mucha gente quería enfrentarnos, aunque los dos manejamos esa situación lo mejor posible y la verdad es que nunca llegué a tener mala relación con Iván. Cuando nos vimos de nuevo en Manchester, antes de la Copa del Mundo de Salford, y con el equipo olímpico ya decidido, salimos a trotar juntos y hablamos del tema. Yo ya tenía asumido que no iba a los Juegos y trataba de mirar hacia delante. Iván soportaba mucha presión, era el favorito y entendió que la ayuda de Llobet podría facilitarle las cosas o, al menos, proporcionarle cierta seguridad en caso de que la carrera se le complicase en la bici. Creo que los dos entendimos la situación del otro y, pese a que quisieron seguir enfrentándonos desde muchos sectores, a nivel personal nuestras diferencias quedaron solucionadas. Le deseé la mejor suerte en Atenas y él me aseguró que, en no mucho tiempo, yo dominaría el triatlón mundial».
En aquellas Copas del Mundo de 2004, el jovencísimo Javier se convierte en un asiduo del top ten. En la primera, acaba cuarto en Tongyeong (Corea), en la de Salford concluye noveno y cierra prácticamente el año con un sexto puesto en Madrid.
Mientras tanto, Atenas niega al final la medalla que la carrera de Raña merecía. Iván se encontró con un muro en la terrorífica cuesta del cementerio de Vuligmeni, con rampas del 22 por ciento. Y su teórico gregario, todavía más atrás, no estaba para ayudarle. Llanos terminó vigésimo. Iván acabó vigésimo tercero. Y Llobet no concluyó la carrera ni pudo ayudar a Iván en ningún momento, como se le había pedido. Ese drama, con un esprint de consolación entre leyendas que Raña le ganó a Peter Robertson por el puesto 23, lo tuvo que narrar en directo Javier como comentarista de la Televisión de Galicia. Esas horas sufrió con el calvario de su amigo. Una imagen, la llegada lejos de los focos en el gran día, que tendría su reverso en una de las mayores desilusiones en la vida de Javier, en una tarde nefasta por Pontevedra, donde, saliendo como favorito, estuvo a punto de abandonar en un punto solitario del Estadio de la Juventud.
Tras ver el triatlón olímpico, en realidad, por la cabeza de Javier solo ronda una idea: tiene que añadir un nuevo agravio a una lista que empezaba a tomar consistencia. Alguien le debe unos Juegos.