A pulso
Tiger Woods
Correr y ahorrar. Volar y guardar. Alcanzado el grupo de cabeza sobre la bici, toca encontrar la posición idónea, bien acoplado, para no gastar más energía de la necesaria. A ese ritmo no hay espacio para mucho más mientras se dan relevos para abrir hueco con los rezagados. «Si te encuentras cómodo, significa que vas lento y los de atrás te pueden alcanzar. Así que piensas en economizar al máximo, juntarte al triatleta de delante, hundirte bien por la aerodinámica, respirar como debes, ir bebiendo…». Nada que ver con sus escapadas despreocupadas de crío, con su Motoreta roja, con su Trek 800 de montaña, bici tras bici, verano tras verano. Con doce años, en salidas junto a los amigos de su padre, empezó a engordar las piernas que ahora giran el plato grande, la elección para todo el circuito de Londres. Javier lleva desarrollos similares al resto de la élite del triatlón: 53-39 delante y 11-23 atrás. Le esperan sesenta minutos a medias entre 52 y 38 kilómetros por hora en el circuito rápido y sin giros bruscos de Hyde Park, que en realidad se estira hasta los 43 kilómetros, tres más que el estándar olímpico. Los tres favoritos para el mundial vuelven a vigilarse de reojo, como un rato antes en el pontón de salida. Le rodea el grupo, pero en realidad pedalea solo, sin aliados a los que recurrir ni socios a los que deber nada. Nunca forzó estrategias de equipo, coherente con la cicatriz que le había dejado el reparto de plazas para Atenas 2004. Siempre demostró una destreza impecable para reponerse de las heridas.
Solo tardó unos meses en fijar un nuevo orden en el triatlón mundial. Los descubrimientos, las victorias y el aprendizaje marcaron su reaparición en 2006. Casi en cada carrera, derribaba un muro, casi en cada cita, llenaba su mochila de experiencias. Los problemas que habían trabado su progresión hicieron que ahora se sumergiese en un torbellino de sensaciones. De sentir la alegría de terminar cerca del ganador, pasó pronto a notar la presión por acariciar cada triunfo.
Tenía experiencia y resultados al máximo nivel, pero 2006 resultó un año iniciático. Dio un estirón asombroso, pero también comprobó que el más fuerte no gana siempre. Empezó a competir en marzo al calor de Doha, quemado por un sol que abrasaba sus brazos a 40 grados, y demasiado sacrificado en el tramo ciclista. La versión más salvaje de un deporte exigente ya sin ningún aditivo. Lamentó la décima plaza final, un éxito a ojos del resto, asombrados al no saber de dónde venía, pero insuficiente para él, consciente de que «había hecho una mala carrera y tenía capacidad para estar mucho más adelante». Solo una semana después se colgó la plata en Aqaba (Jordania). Allí compitió de manual, hasta quedarse a pie solo junto al ucraniano Vladimir Polikarpenko, que lo entretenía con cantos de sirena a un par de kilómetros de meta. «Era perro viejo y me iba diciendo que yo era el futuro de este deporte, que estaba haciendo las cosas muy bien, que mi nivel era increíble… Hasta que me despisté un poco, me cambió el ritmo en una bajada y se fue. Hoy yo habría seguido otra estrategia, pero el segundo puesto era magnífico, mi primera medalla en la Copa del Mundo». En Aqaba abrió su racha triunfal de tres años de podios en el calendario de más prestigio. Venía de competir casi en la clandestinidad, así que en ese 2006 disfrutó en todo el planeta. No había otra cosa que le llenase más, la pasión por correr, la adrenalina de la competición, la camaradería con los rivales con los que más sintonizaba. Luego ganó la Copa de Europa de Estoril. Más tarde se retiró tras varias caídas en Alexandropoli (Grecia), sobre un circuito que se convirtió en una pista de patinaje cuando empezó a llover y el aceite y la suciedad de la carretera hicieron que muchos se fueran al suelo. Y llegó fino en junio a la Copa del Mundo de Madrid, la del relevo en la jerarquía en España. Porque subió al podio de la Casa de Campo por delante de Iván Raña, al que también había superado en Jordania. Firmó una victoria con un valor simbólico enorme y que le ungía entre los favoritos en todas las pruebas. En los últimos kilómetros corría sin pensar demasiado, porque no se creía lo que estaba a punto de conseguir. Derrotar a un mito, coronar una primera gran cumbre, demostrar al resto todo lo que iba a ser capaz de hacer de ahora en adelante. Los triunfos valen tanto como uno los siente, y estaba a punto de agarrar un trofeo singular.
Aunque todavía faltaba tiempo para que, en las distancia cortas, a su alrededor, todos le respetasen como a uno de los grandes. Apenas unos días antes de su triunfo en Madrid, se había sometido a una analítica junto al resto de triatletas españoles. Y los resultados arrojaron unos índices de 39 por ciento de hematocrito (nivel en sangre de glóbulos rojos, que transportan el oxígeno), guarismos atípicos para un triatleta de élite antes de afrontar una prueba de primer nivel, bajos en comparación con la mayoría de rivales. E iba corto de hierro, algo que el director técnico de la federación española, Andreu Alfonso, le instó a paliar con inyecciones. Se negó. Cada organismo sigue sus propios ritmos. Su cuerpo no era normal, por muchos motivos, y le permitía soportar cargas de entrenamiento infernales con el hematocrito bajo. Competía en plenitud incluso con un índice reducido (justo lo contrario de lo que persigue el dopaje con EPO, subir sus niveles). No tenía por qué tomar nada a 48 horas de la prueba. Así se lo confirmó por teléfono su cardiólogo personal, Nicolás Bayón. «Si nunca me habían inyectado nada, ¿cómo iban a hacerlo dos días antes de una carrera? Pero aquello me añadió presión, al ir contra el criterio de Andreu». La relación con el director técnico, que le había excluido de Atenas 2004, no terminaba de fluir. La corrección se imponía, pero sin llegar a disipar todas las nubes de la desconfianza.
«Pese a las diferencias que tuve con Andreu en aquella época, creo que fue un buen director técnico y ahora, con el tiempo, lo considero el mejor que tuve. Tomó una decisión a mi juicio equivocada que me privó de ir a unos Juegos, aunque lo hizo pensando en que lo mejor era hacer un equipo para Iván. Pero en las carreras nos ayudaba bastante, nos daba charlas y sin duda entendía. Vivía el deporte e hizo cosas buenas para el triatlón en España». La estruendosa victoria de Javier en Madrid facilitó que la brecha no creciese. El foco se puso en su ascendente jerarquía. «Ganar supuso un refuerzo extraordinario. Por el nivel de los rivales, por como controlamos la carrera, por la presencia de Iván… Me daba palo ganarle al jefe, por el tremendo respeto que le tenía. Pero fue el primero en venir a felicitarme, y él también estaba contento de volver al podio porque había pasado un 2005 complicado con una mononucleosis y muchos problemas». Por piernas Javier podía ser ya, prácticamente, el mejor del mundo, pero aún le quedaba perfilar todas sus aristas para llevar su deporte un paso más allá de lo conocido hasta entonces. La táctica en carrera, su capacidad para esprintar, su resistencia al calor, su manejo en determinadas situaciones sobre la bicicleta… Matices que gotean con el tiempo, hasta terminar empapando a un triatleta. En su caso, detalles para hacerlo casi invencible. Pero Javi quería demostrar sus galones en cada carrera. Tras dos etapas como proscrito, se generaba más presión que la exterior. Algo bueno y malo a un tiempo.
Las altas temperaturas le alejaron hasta el quinto puesto en el Europeo de Autun (Francia), que sufrió incómodo en el agua, lastrado por una avería en el cambio de su bici y deshidratado a pie. Otro infierno de calor que encumbró al local Frédéric Belaubre. «Solo quería terminar y sentarme. Tenía la sensación de ir corriendo muy lento. Crucé la meta y me tiré en un campito junto a Jose Rioseco. No me quería ni levantar. No sé si hasta perdí el conocimiento». Pasado el mareo, su cardiólogo le regaló un presagio: «Esta carrera te ha llevado al límite, quizá no vuelvas a sufrir tanto en toda tu vida». Y acertó.
El quinto puesto de Autun tampoco era tan malo. Mejoraba el octavo de su único Europeo, dos años antes. Al mismo tiempo, su regularidad le situó en la lucha por la Copa del Mundo, cuando esta aún valía como el principal termómetro para medir la fiabilidad de un triatleta, antes de que el Campeonato del Mundo, una cita de un solo día hasta 2008, se decidiese en un calendario de varias carreras y concitase el mayor interés del público. Empezó a estirar un reinado de tres años sin bajar del podio en esa clase de eventos. Agarró un bronce en Corner Brook (Canadá) detrás de Kris Gemmell y Whitfield. El subcampeón ese día, el mito de Sídney, le regaló elogios sinceros, que significaron el inicio de una sólida relación de amistad. También asombrado por su rendimiento en Madrid, le presentó sus respetos el australiano Brad Kahlefeldt, futuro íntimo rival. «Empecé a conocer en persona a los antiguos ídolos que veía en vídeo. Yo era algo tímido y me gustó que, en general, no había grandes egos entre ellos y podían reunirse en un bar después de una gran prueba», explica. Las leyendas iban reconociendo sus progresos porque siempre son las primeras en calibrar el valor de un purasangre.
Pero llegó el Mundial, en otro maldito día de sol en Lausana, y coronó a Tim Don. Javier solo fue décimo. «El calor me debilitó. En carreras duras todavía no estaba curtido. El resultado me sirvió para mantener los pies en el suelo, pero acabé muy cabreado». También su padre, su principal apoyo y su primer crítico. Con carácter para defenderle ante cualquiera y caliente también al analizar sus resultados. Nadie con más autoridad que Javier padre para corregir algún despiste, incluso ahora que el niño ya era un adulto. Claro que no hay nadie más exigente que Javier hijo, maniático del perfeccionismo, profesional en cada detalle. Tras la decepción, aquella voz que le había querido engatusar en Aqaba, ahora le reconfortaba en la fiesta posterior a la prueba, la de Vladimir Polikarpenko. «Me hacía ver que tenía todo un futuro por delante porque algún día dominaría el triatlón». Otra profecía de un gigante que, paradójicamente, no consiguió en un Mundial el triunfo rotundo que su trayectoria sostenida quizá merecía. La dificultad de rendir el día clave en las circunstancias concretas, la tumba de tantos sobresalientes deportistas engullidos por la responsabilidad.
Javier tradujo el décimo puesto de Lausana en un estímulo más para volar en la Copa del Mundo. El posterior oro en Hamburgo le situaba muy cerca del título y elevó un peldaño más su popularidad. Por primera vez bajó de 30 minutos en el triunfante diez mil final a pie en una ciudad tradicionalmente volcada con el triatlón, con 200.000 personas junto al circuito y televisión en directo para Alemania. «Comparada con la victoria en Madrid, era otra dimensión, y me dio más fama. Empecé a vivir las carreras como favorito». Llegaron más embarazosas victorias ante Raña, como en el Campeonato de España de Pulpí. «Seguía dándome reparo ganarle, pero Iván jamás cambió su actitud hacia mí por una derrota. Allí levantó mis brazos y lo asumió todo con la mayor deportividad. Siempre fue así. Para mí seguía siendo un referente, igual que hoy en día porque conozco su capacidad de trabajo y su pasión por este deporte».
Llegado el otoño, dos citas en extremos del globo sentenciaron su título de la Copa del Mundo. Recibió la plata en Pekín tras Belaubre y venció en Cancún tras un duelo final a pie con el checo Filip Ospaly. Había vuelto en marzo como meritorio y en noviembre lucía como campeón destacado. Tanto, que no tuvo ni que viajar al último evento a New Playmouth (Nueva Zelanda). «Era impresionante. Salvo el Europeo y el Mundial, todo había ido bien. A nivel internacional la gente se sorprendió. Sabían que había sido el mejor sub-23, pero, si no conocían mi historia, me habían visto desaparecer para luego volver y arrasar». Este repentino ascenso suscitó algunas reticencias. Las peores palabras las vertió una revista francesa que tituló «Gomez, réalité ou supercherie?» un texto en el que deslizaba sospechas de dopaje vinculando su éxito con la operación Puerto, la investigación de la Guardia Civil que dejó decenas de bolsas de sangre sin atribuir a ningún deportista. «Eso nos hizo a todos los españoles sospechosos porque la justicia no instó a identificar de quién eran las bolsas. Pero me parece grave que te vinculen de esa forma, sin argumentos». En su discurso, Javier desde siempre ha hablado claro contra los tramposos, pidiendo sanciones más duras.
Los patrocinadores que lo habían abandonado en 2005, cuando se quedó fuera de los grandes eventos internacionales, asistían incrédulos a su demostración de autoridad. Contratos aún pequeños, cuya ruptura había significado un revés anímico más que un agujero económico. Algunas condiciones de la época anterior, cuando era casi adolescente, eran irrisorias, como un bonus de la marca Polar de 400 euros por un posible oro olímpico en Atenas 2004. Ahora la situación era la contraria: algunos de sus acuerdos se habían llenado de ceros en función de objetivos, grandes y pequeños, y raro era el día en que regresaba en avión sin la medalla sobre los hombros y alguna prima por haber liderado alguno de los segmentos.
2007 estuvo a punto de ser su año más completo. ¿Por qué miraría atrás en aquella calle de Hamburgo? ¿Por qué no avanzó con seguridad hacia la alfombra azul? ¿Qué importaba donde viniese su rival? Aún le persigue la duda de si no fue aquel gesto del cuello el que le privó del Mundial y, por tanto, de la temporada más espectacular jamás vista hasta la fecha. Pero la campaña fue larga y le regaló enseñanzas. Descubrió que su cuerpo chirriaba al recluirse en altura. Por sobreentrenamiento o incomodidad, le descolocó su primera concentración en la estación invernal de Sierra Nevada con varios miembros del equipo español. Enjugó esa molestia con un flechazo en su primera visita a Australia, una de las patrias del triatlón, un país enamorado del deporte, un lugar donde podría vivir. «Se respira un ambiente atlético, gente de sesenta años surfeando con normalidad, personas en bici y corriendo por todas partes… Me encantó. Nos alojamos en Noosa, y la atmósfera en la Sunshine Coast era fantástica». Envalentonado, durante una sesión en la piscina se presentó a Greg Bennett, otro de sus referentes, ex número uno mundial durante 2002 y 2003.
La triatleta Cristina Azanza, en su libro Triatlón con Javier Gómez Noya. Técnicas, consejos y claves del campeón mundial (Timun Mas, 2010), recoge el delicioso relato de Bennett de aquel encuentro. «Como atletas siempre nos estamos midiendo contra los demás. Nuestros egos son gigantescos y nos negamos a aceptar que alguien puede ser mejor que nosotros. Cuando oímos hablar de un nuevo joven atleta que hace cosas increíbles, inmediatamente decides que no te gusta. Esto ocurre exclusivamente por el ego. Es la manera que tiene nuestro cerebro de animar al cuerpo a estar listo para la batalla. Es más fácil enfrentarte a alguien que no te gusta porque encuentras fuerza interior que a lo mejor no lograrías en otras circunstancias. Cuando Javier llegó al escenario mundial, no me gustó nada a pesar de que ni siquiera le conocía, pero así yo estaba listo para la batalla. No me importó nada que no me gustase, aún sin conocerle. Es más, así es como quería que fuese… Estaba preparado para la pelea. Me hice la película de que Javier sería un atleta arrogante, lleno de sí mismo y de su propia importancia. Entonces le conocí. Acababa de terminar un entrenamiento de natación en la piscina Noosa Aquatic, en Australia, con mi mujer Laura. Sabíamos que Javier había llegado a la ciudad para correr en la Copa del Mundo. Le dije a Laura con un ligero tono despectivo: “Ahí está ese atleta español… Gómez“. De repente, Javier se acercó y en un inglés perfecto me dijo: “Hola, Greg, qué ganas tenía de conocerte“. Pasó a felicitarme por mi éxito reciente en Estados Unidos y me dijo que algún día, a lo mejor, él también lo lograría. Charlamos unos diez minutos y después se despidió y se tiró al agua para hacer su entrenamiento de natación. Me había deslumbrado. Era uno de los tipos más simpáticos que había tenido el gusto de conocer, era educado y su humildad llegaba a tal punto que daba la impresión de no creerse lo bueno que era. Me sentí aplastado porque todo el empuje que me había dado el que no me gustase Javier se había desvanecido; ahora, ¿cómo iba a lograr animarme a mí mismo y enfrentarme a él? Ahora nos hemos hecho buenos amigos e incluso entrenamos juntos. Todavía sigo sorprendido por su humildad y su saber estar con los pies en el suelo».
Ese 2007 de Javier iba a superar cualquier precedente. Su arranque en las cuatro primeras fechas del calendario de máximo prestigio fue alentador. Segundo en Mooloolaba tras Kahlefeldt, campeón en Lisboa tras soltar al australiano y a Ospaly en la última vuelta, plata al esprint en Madrid ante el checo y, por último, bronce en Des Moines (Iowa), en la carrera con más dinero en juego, una locura de ataques constantes en la que cruzó la meta tras Rasmus Henning y el neozelandés Bevan Docherty. Javi ya era líder indiscutible, favorito siempre y rutilante estrella del planeta triatlón a sus veintitrés años. Por eso se le indigestó un segundo puesto en Madrid. Defendía el título en España y se dejó llevar de un lado a otro durante los días previos a la carrera para entrevistas, actos de promoción, sesiones de fotos y compromisos publicitarios. Todo el bombo que a partir de entonces supo apartar de las jornadas previas a una cita importante. «No disfruté y eso afectó a mi rendimiento. Si hubiera tenido una semana tranquila, creo que habría ganado, pero entonces no lo podía decir, claro». El valor del descanso y el entrenamiento sin agobios, otra enseñanza más para el futuro.
El primer pico de ese 2007, en cambio, lo había fijado en el Europeo, que aún le faltaba. En Copenhague le arroparon sus padres, Villanueva, Meilán… Listos para celebrar un título que merecía. Llovió, Tim Don se cayó, Javier estuvo a punto de ir al suelo y la criba le dejó para el final con dos alemanes a los que luego volvería a enfrentarse en instantes clave. Primero descolgó a Daniel Unger, y ya hacia el final soltó a Jan Frodeno, aprovechando uno de los típicos repechitos donde solía apurar el paso para ganar, cuando para el resto la cuesta se convertía en muro. «Al día siguiente saboreé el éxito de verdad, una victoria que me quitaba presión para el resto del año». En la maraña de telegramas, cartas y felicitaciones, asomó un correo electrónico de Bennett, quizá las palabras que más le calaron, pendiente desde la otra parte del globo de lo que acababa de lograr.
Ya campeón de Europa, su regreso a la Copa del Mundo resultó todavía más dominante, aunque cada zancada hacia el título encerró historias paralelas. Arrasó en Salford (Reino Unido), donde se consintió una escapada de Kahlefeldt que le exigió una proeza luego a pie. Allí les siguieron en la meta nombres de leyenda, Whitfield, Don, Raña y Docherty. No era una victoria más, sino un alarde ante la vieja guardia. «Fue como una revolución. Los grandes empezaban a tenerme miedo porque veían que no tenía puntos débiles. Muchos cambiaron sus entrenamientos para cubrir carencias y hacerme frente». Casi dos minutos detrás, vigésimo, cruzó la meta la promesa local, Alistair Brownlee, el paliducho chaval de Yorkshire que, con diecinueve años, ya podía presumir de un currículo potente, vigente campeón mundial y europeo júnior. Por primera vez, Javier fue consciente de que se había cruzado con Alistair en una carrera. Tras la victoria en Salford, repitió oro en Tiszaujvaros (Hungría), mientras su material extraviado volaba de aeropuerto en aeropuerto. Con gorro, gafas, bici, casco y zapatillas prestadas, también triunfó. Allí donde un día disfrutó de su primer viaje internacional de triatlón, donde vistió los colores de la selección por primera vez en un Europeo juvenil por relevos que acabó en fracaso, esta vez sintió un placer diferente desde la cima. Camino del oro, una anécdota ilustra el pánico de sus rivales. Ya a solas con Gemmell durante el diez mil definitivo a pie, escuchó al neozelandés transmitirle calma. «Afloja, que ya se quedaron». Pero no entendía bien el mensaje porque la victoria estaba aún en juego. Al felicitarse tras cruzar la meta, su rival se explicó. «Me había pedido pausa porque no me iba a disputar la llegada». Para revalidar la Copa solo faltaba ya la puntilla en Pekín en septiembre.
Con ese título encarrilado, en la práctica ya solo le separaba una carrera de una triple corona inédita, lograr en un mismo año el Europeo, la Copa del Mundo y el Mundial. Este se discutía a finales de agosto en Hamburgo. En 18 meses podía pasar del ostracismo de su segundo veto al olimpo de una cumbre nunca antes pisada. ¿Y el corazón? ¿Estaba su caso olvidado? Dos días antes de la prueba de Alemania, falleció el futbolista Antonio Puerta, que había sufrido una parada cardiorrespiratoria durante un partido con el Sevilla. Arreciaron llamadas en su móvil de periodistas buscando el testimonio de un deportista señalado años atrás por un riesgo similar. «Me preguntaron si sentía miedo. Y en realidad me generó una cierta ansiedad. Mi caso no tenía absolutamente nada que ver con el del futbolista, pero a la prensa eso le daba igual». Ya en carrera se sucedieron escaramuzas clásicas que obligan a tomar decisiones clave. Javier salió del agua delante y sudó en una fuga junto a Belaubre y el francés Stéphane Poulat, un esfuerzo en vano sobre la bici que no llegó a cobrarse más de veinte segundos sobre el gran grupo. Una mala transición le exigió otro arreón para pasar a controlar a pie desde posiciones avanzadas. «Entonces se bajó el ritmo, parecía que esperaban a que yo cambiase». Tras unos kilómetros, se quedaron con él Frodeno, Unger, Kahlefeldt, Gemmell, Whitfield y el británico William Clarke. Poco a poco, fueron cediendo los rivales. El penúltimo, Kahlefeldt. Y finalmente Javier soltó a Unger en una de las subidas donde su potencia le solía dejar solo. Corría el sudor por su rostro mientras abría un hueco. Resistía a la fatiga como si fuese la de toda una vida. Pero al rato miró atrás para comprobar su ventaja, una señal que su rival interpretó como un síntoma de flaqueza, para recuperarse, alcanzarlo a unos doscientos metros de meta y ganar ante su gente. Tendidos sobre el suelo, destrozados por el esfuerzo, Javier felicitó al nuevo campeón, que luego, borracho de felicidad, pidió ese día matrimonio a su pareja. Con un octavo puesto como techo, el subcampeonato no era tan malo para Javier. «Quizá aún no tenía la mentalidad suficiente para ganar un Mundial. No me sentí muy fresco corriendo, ataqué casi más por obligación que por convicción, porque no tenía fuerzas, y el hueco que abrí no fue suficiente para mantenerlo hasta el final. Según Daniel, encontró energías porque corría en casa y pudo creer otra vez en la victoria al verme mirar atrás varias veces».
Con Javier crecía también José Rioseco, entrenador de natación al principio y ya auténtico experto en las últimas tendencias de triatlón. «Ese año 2007 varió el enfoque. Si antes había unos cinco campeones que se repartían los títulos, a partir de entonces Javier empezó a ganarles con normalidad. Entendió que podía aspirar a la victoria siempre. Desde entonces, por consistencia y regularidad, ya fue el mejor. Luego Alistair logró hazañas, pero no se acercan a las de esa etapa de superioridad de Javi», reflexiona el entrenador que lo acompañó de la infancia a la plenitud. Cuando cerró ese 2007 llevaba trece pruebas de la Copa del Mundo sin bajarse del podio, una cifra que estiró hasta diecisiete cuando acabó el siguiente año, el último antes de crearse las Series Mundiales. Jamás se había visto nada igual.
Al margen de títulos y tiempos, acababa de conseguir algo más importante, trascender y fijar el nuevo canon de triatleta. Cuando la ITU permitió el drafting — acoplarse a rueda en grupos durante el segmento ciclista— hubo un primer cambio en la forma de competir sobre distancia olímpica. Los especialistas en alguna de las tres modalidades se la jugaban en la parte que más les convenía. La llegada de Javier marcó una segunda transformación. Surgió el primer campeón completo, sin carencias, inabordable en los tres terrenos.
Hasta la novedosa tiranía de Gómez Noya, no eran demasiado extrañas las victorias protagonizadas por escapados en bici. Estos vencían gracias a la osadía de una aventura en solitario o una alianza en ruta, pero sin ser grandísimos corredores. Abundaban los triatletas con un punto débil en alguno de los tres sectores de la prueba.
«Quizá fui el primer modelo de triatleta completo. Hasta entonces había gente que corría bien porque venía del atletismo y luego mejoró muchísimo nadando, como Kahlefeldt, pero a los que les costaba enganchar con el primer grupo en el agua y podían quedarse descolgados ya en ese inicio. Iván era más completo, pero también podía tener algún problema al principio. A veces el que más corría era un mal nadador y terminaba lejos en muchas pruebas. En mi caso, venía de la natación y solía acabar ya ese segmento entre los cinco primeros, luego en bici demostraba que rendía también en circuitos duros, y además corriendo era de los más rápidos», razona Javier. «Él introdujo un punto más en todas las disciplinas. Hasta entonces apenas había triatletas capaces de nadar en esos tiempos, se defendía perfectamente sobre la bici y era el más veloz también corriendo», coincide Raña.
«En los primeros momentos, no me sentía como el rival a batir porque otros tenían mucho más nombre que yo. Creía que a los más grandes les superaba porque no estaban finos, pero ahora, con perspectiva, lo analizo de otra forma. Si nadaba delante, iba bien en bici y corría más que nadie, ¿cómo me iban a ganar? Esa era la preocupación de muchos. En un día malo, yo acababa tercero, mientras que otros caían al puesto 25», reflexiona Javier.
Acabaría completando casi tres años sin bajarse del podio, la tiranía del «Tiger Woods del triatlón», como lo bautizó el canadiense Simon Whitfield, campeón olímpico en Sídney 2000, aquella carrera que había abierto definitivamente los ojos de Javier para el triatlón. «Es el mejor competidor que este deporte ha tenido jamás», le elogió la leyenda. «Alcanzó las diez victorias en la Copa del Mundo en tres años; yo necesité doce años para conseguir once».
«Él podía hacer el mejor tiempo en cualquiera de los tres sectores. Ningún otro triatleta había sido así hasta entonces. Le iba cualquier tipo de carrera», coincide Omar González.
Los Brownlee también lo reconocen. «Gómez, sin ningún punto débil, posiblemente fue el primer triatleta espléndido en las tres disciplinas, la mayor amenaza para todos. Antes de que nosotros apareciésemos, él era el nadador más rápido, el ciclista más rápido, un corredor que podía cambiar el ritmo y destrozarnos a todos. (…) Corriendo tan cerca de tus talones que hasta tocaba tus pies, demostrándote el esfuerzo que estaba haciendo, poniendo sus labios en forma de embudo y jadeando duro», destaca Jonathan en su libro autobiográfico junto a su hermano, Swim, bike, run (Penguin Books).
«Todo eso lo logró en un deporte sin apenas tradición en Galicia, sin haberse ido a vivir fuera de su tierra, sin salir de Ferrol y Pontevedra. Durante un tiempo aprendió de Raña, pero representan dos métodos diferentes. Iván es un superatleta del sufrimiento, con una capacidad agónica increíble, mientras que Javier resulta más metódico y eficiente. Él compite como siempre, pero entrena como nunca. Competir es lo fácil porque lo difícil se esconde en su día a día. Por eso ganó tantísimas pruebas. Quizá otros trabajan más horas, pero Javi lo hace a plena concentración. Cambió el triatlón por su rendimiento sin fisuras y sus ataques a pie entre el kilómetro tres y cinco. Quienes quisieron plantarle cara tuvieron que doblar la apuesta, y él terminó igualándola», explica Bayón, quizá la persona que mejor conoce el funcionamiento de su organismo, como el engranaje de un reloj de precisión.