A pulso

Paulo Alonso · Capítulo 2 de 16

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A pulso

Castropol

«Vas a ganar la carrera. Vas a ganar. Y serás campeón del Mundo». Un mantra ronda su mente. Una idea tan simple como difícil de plasmar. Un martilleo para convencerse de sus posibilidades en un escenario adverso. En la soledad de la habitación de su hotel en Notting Hill, Javier Gómez Noya se enfrenta al rodillo la víspera de la final del Campeonato del Mundo de triatlón de 2013. La sensación de saberse el mejor del planeta ya la ha disfrutado dos veces antes. Más como una liberación, la tranquilidad del deber cumplido, que como una hazaña. Pero no hay un desenlace igual a otro y ahora necesita una heroicidad para volver a reinar. Pedalada a pedalada repasa el plan para salir de Hyde Park con la medalla de oro colgada del cuello al día siguiente. Una estrategia valiente. Si le sale bien, tras 1.500 metros a nado y cuarenta kilómetros sobre la bici, se lo jugará todo en los diez últimos a pie y, cueste lo que cueste, esta vez pasará al ataque.

«Vas a ganar», le repite su círculo más íntimo, contadas personas de toda confianza que lo arroparon, animaron y levantaron en distintos momentos de su vida. Sus padres, su cardiólogo y su entrenador. Llega a Londres como tercer clasificado del Mundial. Un puesto suficiente para optar al título, pero un lugar relativamente alejado que también le hace depender de otros. Ganar y esperar. Obligado a superar a todos y dejar atrás, sin que pase del bronce, a Alistair Brownlee, el líder del campeonato, su gran antagonista en la edad de oro de este deporte, el caníbal que no sabe de tácticas ni de amor fraternal en cuanto empieza a competir. Porque su hermano Jonathan es en carrera un aliado que se metamorfosea en rival. Entre los tres habían trazado líneas sobre el mapa de sus conquistas de 2013. Javi había triunfado en Auckland; Alistair, en San Diego, Kitzbühel y Estocolmo, y Jonathan en Yokohama, Madrid y Hamburgo. Las siete pruebas de las Series Mundiales.

Las gotas de sudor le empapan la cara. El sonido punzante de las guitarras eléctricas entra con fuerza por los auriculares. Sube la cadencia mientras dibuja lo que horas más tarde le tocará vivir. Y se imagina un camino repleto de trampas, una natación infernal con los gregarios de los británicos abriendo paso, unas transiciones donde el mínimo descuido significaría una despedida. Y la lluvia. No quiere que llueva. Si de algo está convencido es de eso. No quiere rodar sobre mojado.

El viaje hacia aquella habitación de hotel había empezado con una mezcla de azar, sencillez e improvisación un verano de 1998. Ese cóctel bastó para prender una llama en el alma de un chaval de quince años al que ya movían los desafíos. La noche antes de su primera prueba de triatlón fue la antítesis de la tensa espera de aquel 15 de septiembre de 2013, el día antes del triatlón más emocionante de todos los tiempos.

Javier ya era un notable nadador a los quince años. Finalista en campeonatos de España, su vida giraba alrededor de una piscina, y ese rumbo le llenaba. Disfrutaba cada metro sobre el agua, se divertía en el ambiente despreocupado de un equipo y también soñaba con crecer en un grupo bautizado con el ambicioso gancho de Sídney 2000.

Iba a la piscina de Caranza incluso terminada la temporada, cuando ya solo disputaba travesías en mar abierto. Era un hábito, y también una necesidad en un mes de agosto con días largos. Cabía de todo en la jornada de aquel adolescente: el remoloneo en la playa de Doniños, un lugar mágico, un punto de la costa donde la arena se mezcla con el azul del océano y el verde que se derrama desde las montañas como solo sucede en Galicia; los juegos con su pandilla de A Cabana, el pequeño barrio residencial a las afueras de Ferrol donde vivía, otro refugio frente a la atmósfera decadente de una ciudad en permanente recesión, y el deporte, siempre el deporte.

Por Caranza desfilaban mujeres embarazadas, padres con bebés que se adaptaban al medio acuático, futuros nadadores frustrados… La mezcla típica de una piscina pública. También bomberos y aspirantes a una plaza que descubrían la adrenalina del deporte de las tres disciplinas, el triatlón aficionado, sencillo, humilde, con pocas pruebas. Precarias competiciones que, en todo caso, colmaban el espíritu de anónimos que ansiaban nuevos retos. En Ferrol no había todavía ni club de triatlón. Quedaba todo por hacer. Así que entre un grupo de aficionados crearon dentro del Natación Ferrol una sección para tramitar las licencias y poco más.

«Yo no conocía casi nada sobre triatlón. Pero Carlitos Castro, Carlos Núñez y Alberto Paz ya se habían iniciado. Coincidía con ese grupo de bomberos que en Caranza preparaban los triatlones. Ellos sabían que me gustaba correr y que también había salido algo en bici. Un día me hablaron de una carrera en Castropol. Me entró la curiosidad y les pregunté qué era lo mínimo que hacía falta para competir. Me animé a ir y hasta tuvimos que comprar una bici. Solo tenía las de montaña en las que había salido algunos domingos, años antes, con la pandilla de mi padre. Nos hicimos con una Vitus de segunda mano por diez o quince mil pesetas».

Aquella idea dio paso a una inmersión acelerada en las distancias, rutinas y consejos más básicos del triatlón. Con voluntad intentaron tapar carencias solo por añadir otro divertimento al verano. «Un par de días antes de la carrera de Castropol, Carlitos Castro vino a mi casa para explicarme algunos detalles: que en la transición hacia la parte de bicicleta los más cuidadosos dejaban una toalla en el suelo para secarse los pies, que otros añadían al kit una silla plegable, y que algunos hasta llevaban una tina con agua para quitarse las arenas. En aquella época iban sin tanta prisa. También me dio consejos para después de dejar la bici. Empezaban a tunear zapatillas con gomas, pero yo solo tenía las normales de cordones y debería atarlas mientras otros ya arrancasen».

El ritual previo a la prueba de Castropol trastocó sus hábitos. La víspera aparcó el deporte, e incluso alguien le animó a darse un baño de agua caliente en casa para relajar los músculos. «Hice justo lo contrario de lo que se debe hacer, pues pierdes tono muscular». En realidad, afrontaba la carrera de su vida, la que iba a abrirle las puertas de un mundo fascinante.

«Llegamos con una hora de antelación para prepararlo todo, y allí no había nadie. Como en las travesías, me presenté sin neopreno, al contrario que el resto. Y, sobre todo, me extrañó que fuéramos a tirarnos en una zona donde apenas cubría. Sabía que estaba bajando la marea, y el agua además venía contracorriente… Al empezar a nadar, en seguida vi gente corriendo sobre la arena y adelantándome; algunos casi no avanzaban por la corriente; otros atajaban… Una chapuza. No entendía nada. Al final, yo también me ponía de pie y me tiraba de vez en cuando».

Aquel día se cruzó con los pioneros del triatlón gallego y personajes que se iban a encontrar en momentos decisivos de su carrera. Rivales, amigos, entrenadores, actores de una historia trufada de emociones y reveses. Experiencias que iban a curtir su personalidad, su forma de rodearse de un círculo de confianza como coraza, la protección que le permitió salir adelante. Porque pronto sabría que el deporte le exigiría mucho más que entrenar y competir, que probaría el límite de su fortaleza mental.

Iván Raña, ya el gran triatleta gallego de aquella época, salió el primero del agua, seguido por David Castro, otro competidor de nivel internacional. Tras su figura de muchachotes fornidos, cubiertos con neoprenos, un chavalín en bañador naranja y cuerpo menudo. Se enfundó una licra y se subió a su recién adquirida bici para encarar 40 kilómetros en una carretera abierta al tráfico. Rodaría en solitario. Así se lo habían indicado. Creía que no se podía tomar la rueda de un rival. Aunque, en realidad, el triatlón federativo estaba dejando atrás esa norma, por lo que en Castropol sí se formarían grupos. Abrigarse en uno de ellos le habría permitido reservar fuerzas en el sector más desfavorable para sus intereses.

«Al principio me pasaban de uno en uno y yo me separaba para que no me descalificasen. Hasta que me rebasó un grupo de unos veinte rivales, todos juntos. No supe ni aprovecharme del rebufo, pero ya me di cuenta de que sí estaba permitido ir a rueda. En un circuito durillo y con viento, que se me hizo muy largo, hice una media de 32 kilómetros por hora. Pero es que era un niño que no entrenaba nunca en bicicleta». Por delante todavía tenía el diez mil final a pie. Trasladado a su edad, el esfuerzo de un triatlón olímpico rondaría el de un IronMan en un adulto. Se ató las zapatillas y afrontó el trecho definitivo. Pronto le adelantaron Iván Raña y su entrenador, César Varela, que lo acompañaba sobre una bici de montaña. Ya le llevaba una vuelta de ventaja. También le pasó Carlos David Prieto. «Tengo la imagen de rebasar a un chavalín colorado por el esfuerzo. Y al terminar comentamos la forma en que se había vaciado. En la siguiente prueba, en Vigo, nos sorprendió a todos, porque llegó al tramo final con nosotros», explica Prieto, al que también impactó el rostro inquieto del padre de Javier, vigilante, siempre dispuesto a dar instrucciones agarrado a su cronómetro.

Después de más de dos horas de esfuerzo en Castropol, terminó decimosexto en la general y segundo en la clasificación juvenil, en la que solo le superó el asturiano Fernando Barroso, dos años mayor, entrenado por Omar González, presente en la cita iniciática de Asturias y en próximos episodios de su vida.

«Acabé bastante cansado. Los niños hacíamos la misma distancia que los profesionales. Una salvajada para un niño de quince años y que no estaba entrenado. Por suerte, hoy los chavales participan en distancias adaptadas a sus edades. Por una parte, estaba indignado porque debía de haber sido el mejor o el segundo a nado, si no llega a haber todo aquel desbarajuste. Pero, en realidad, me encantó la experiencia». Hasta en aquel precario debut afloraba ese gen competitivo que le acompañaría siempre. El papel del crío, sin que fuese consciente de ello, ya despertó comentarios en el mundillo del triatlón, que se había reunido aquella mañana para disfrutar del poderío de Raña y se tropezó con el arrojo de un niño portentoso. ¿De dónde había salido aquel chaval con la cara pintada por el esfuerzo de unos relucientes coloretes y combativo como un veterano? El interés que generó en unas pocas horas le brindaría un premio unas semanas después…

Aquel día de agosto, tras comer en ruta con su padre, que iba al volante de su Renault 19 de regreso de Asturias, Javier disputó la travesía a nado sobre otros ochocientos metros en Ares, cerca de Ferrol. Llegó el primero, pero sin la suficiencia a la que estaba acostumbrado. Esa noche, exhausto, empezó una transformación que le llevaría cinco años. El proceso para despojarse de una piel y lucir otra se completó una tarde de diciembre en Nueva Zelanda. Para llegar hasta allí tendría que pagar un alto precio.