A pulso
La mirada perdida
Las primeras gotas comienzan a teñir de oscuro el asfalto. El cielo encapotado desde el amanecer amenaza ahora con volver loca la carrera. El agua alimenta lo aleatorio, ensancha el espacio para el error. Los favoritos la detestan. Nunca es grato terminar por los suelos o tener que arriesgar al máximo porque un segunda fila apueste por jugársela a tumba abierta. Nervios. Demasiada tensión. Sobre todo en el grupo de los mejores. Apenas quince unidades con medio minuto de ventaja. Atrás Mola, Murray, Riederer… Los grandes que no han logrado el corte en el lago Serpentine. Desde la cabeza de la prueba, los Brownlee giran una y otra vez la mirada hacia sus compañeros de escapada. Tratan de identificar a los que no colaboran, a los que ahorran fuerzas dando pedaladas resguardados a rueda. Incluso se descuelgan hasta la cola de esa avanzadilla para reprender a los que minimizan el gasto de energía. Javier pasa puntual, empujado por el respeto a un código, impulsado por el honor y porque, si no lo hiciese, probablemente lo coserían a demarrajes. «Creo que es una obligación. Cuando vas en un grupo hay que colaborar, aunque en ese momento me daba lo mismo que nos cogiesen o no».
«Siempre le aconsejo que se reserve, que se proteja más, porque los Brownlee corren en equipo y no están los dos solos, en muchas ocasiones reciben el apoyo de otros triatletas con los que entrenan», explica Carlos David Prieto. De hecho, en Estocolmo, hacía pocas semanas, habían ensayado lo que podría ser una estrategia para Londres. Le habían lanzado a Javier varios ataques antes de la última transición. Solitario en la réplica, no fue capaz de responder al último empujón del mayor de los británicos. Alistair se colocó las zapatillas de correr con más de 20 segundos frente a los perseguidores. Javier, que aquel día voló sobre la última parte del trazado de la capital sueca, destrozó a Jonathan y recortó la diferencia con Alistair, al que, sin embargo, no pudo atrapar.
Los reproches de los hermanos comienzan a surtir efecto. El grupo acelera la marcheta y, con el transcurso de las vueltas, se amplía la ventaja respecto al pelotón principal. Ya son casi 40 segundos. No habrá reagrupamiento. Las nubes también deciden apartarse de la primera línea de la escena. Por unos instantes, remiten las ligeras precipitaciones. La gloria estará donde se presumía que iba a estar. Tres grandes nombres para un título mundial.
La presión sobre Alistair se agiganta. Domina las series a su antojo y en un trazado similar, un año antes, aupado por el aliento de su público, se había colgado el oro en los Juegos Olímpicos. Depende de sí mismo. Necesita menos puntos que nadie para ser campeón. La sombra de una lesión en el tobillo, que aireó en la prensa a pocos días de la gran final, parece lo único que le puede apartar del éxito. «Las temporadas son largas y hay momentos en los que no estás al cien por cien. A mí me había tocado en San Diego, adonde llegué con fiebre; y en Kitzbühel, una prueba en la que terminé decimotercero después de una fuerte caída en bici durante la concentración previa que hice en Manzaneda [Ourense]», indica Javier.
Alistair baja la cabeza. Hurga en las manetas de las marchas. Prepara el arsenal para una aceleración. Como en Suecia, a por la meta con la única compañía del sonido de su respiración. Tal vez, un derroche injustificado. Una decisión sin encaje en cualquier estrategia racional. Está a punto. Javier estrecha la mirada. Es cuestión de segundos.
Quedaba muy poco para que hiciese las maletas hacia Corea y nada iba según lo previsto en su preparación para los Juegos de Pekín 2008. Herméticos, Javier y su entorno guardaban con celo que llevaba casi dos meses sin poder entrenarse en plenitud de condiciones. Para el público y sus adversarios continuaba siendo el máximo candidato a colgarse el oro en los Juegos que exhibirían a Occidente el poderío del gigante asiático. Muchos ya habían descontado la medalla.
Entra en la cafetería del Centro Galego de Tecnificación Deportiva. Tiene una cita con quien puede poner fin a su calvario. «Paco me había recomendado que hablase con un médico. Me empezaba a desesperar. Lo saludé y me senté a la mesa. Le comenté lo que me dolía y qué clase de ejercicios me resultaban muy difíciles de realizar». Pero pronto se percata de que en ese cara a cara tampoco le solucionarán sus problemas. «Las preguntas que me hacía eran extrañas. Él giraba toda la conversación sobre mi estado de ánimo. Y yo volvía con el dolor… Entonces me di cuenta de que me habían mandado a un psicólogo… Recuerdo que aquello me molestó muchísimo».
Incluso sus allegados, su círculo más íntimo, consideraron la posibilidad de que su dolencia en el tobillo izquierdo fuese producto de la presión, que el subconsciente le estuviese jugando una mala pasada a quien solo le faltaba una medalla olímpica. Le habían realizado varias pruebas. El diagnóstico que había prevalecido hasta ese momento: una tendinitis en la inserción del Aquiles. «Cuando hacía las series fuertes en la pista de atletismo me molestaba mucho y se hinchaba, pero casi ni se apreciaba. José Bodoque, fisioterapeuta de la federación española y amigo, estuvo una semana en mi casa y me trataba todos los días. Me ponía vendajes para tratar de minimizar el juego de la articulación, para descargar un poco la presión sobre la zona. Y eso, aunque con molestia, me permitía ir entrenando. Su presencia fue un apoyo psicológico importante».
Los veteranos, los pesos pesados, se habían encargado de colgar el papel de favorito a la estrella emergente. Razón no les faltaba. Javier había mostrado un dominio abrumador. Había dibujado un 2008 en el que pocos habían podido acercar el resuello a su nuca. Pero esa forma de trasladar el control de la carrera hacia él también formaba parte de una táctica planificada en la sombra. Ellos preferían competir sin esa carga sobre sus espaldas. «Años más tarde, Whitfield y Docherty me confesaron que se habían puesto de acuerdo para decir en todas las comparecencias públicas que era el indiscutible número uno para el oro». Querían saber cómo respondía a la presión, ese ingrediente invisible capaz de achicar las piernas, de contraer el alma.
Entre todas sus victorias, una desató un pánico desconocido entre sus rivales. Javier ganó la Copa del Mundo de New Plymouth 2008 con un tiempo de 29.37 en el 10.000 final a pie. No acusó, siquiera, el esfuerzo para lograr la prima por salir primero del agua, y aflojó en los últimos metros hacia la cinta de llegada. Asombroso. Kahlefeldt cruzó la meta con la sensación de haber firmado el mejor triatlón de su vida, pero entró medio minuto después. Desde su casa, Whitfield se frotaba los ojos ante lo que veía. A la mañana siguiente, el canadiense salió a correr espoleado por la rabia de sentir a un rival fuera de su alcance. Y por primera vez en su vida completó en menos de ocho minutos su habitual circuito de Beacon Hill Park, en Victoria. Desde entonces encontró un antídoto contra el cansancio. «A veces empiezo a aflojar durante un entrenamiento. Cuando sucede, solo me digo “Javier no va a aflojar, así que tú tampoco puedes. Tienes que seguir“». Otro día, añadió otro estímulo, al llevarse el cartel que indicaba el lugar del triatleta español en la zona de transición. La tabla con su obsesión, «Javier Gómez», la situó en el jardín de su casa, justo delante del rodillo donde pedaleaba, para motivarse. «Tendrás noticias de mí», dejó escrito en su blog.
Los éxitos de Javier habían azuzado a sus rivales. Ajustaban sus entrenamientos y le intentaban inquietar fuera de carrera. «Como dijo una vez el nadador americano Gary Hall Jr. “Si no le derrotas en la piscina, derrótale en el aparcamiento”», bromea Whitfield.
Javier conocía a la perfección el circuito de Pekín. Había sido el recorrido donde, en septiembre de 2007, casi un año antes, había hecho una demostración sin precedentes. Sin querer, en la última parada de la Copa del Mundo, dejándose llevar por la recurrente afición de los grandes campeones de explorar sus propios límites, adivinó el futuro, vislumbró lo que se convertiría en norma en los próximos años. Su habitual cambio de ritmo del kilómetro cinco se anticipó. Elevó la frecuencia de sus zancadas prácticamente al inicio del 10.000. Pronto acumuló tanta ventaja que el trecho final, el que le conducía hacia una nueva victoria, lo usó para llevar a cabo un ejercicio de memorización. Iba anotando mentalmente cada palmo, cada curva del futuro trazado de los Juegos. No hacía un calor sofocante. Eso lo transformaba todo. Era un paseo más ameno. Sentía el esfuerzo llevadero. Y así alcanzó la llegada sin proponérselo.
En aquella prueba también comenzó su relación con la triatleta alemana Ricarda Lisk. Y en diciembre se marcharon juntos a Sudáfrica. Ella acostumbrada a hacer las pretemporadas allí. Escapaba del gélido invierno que en noviembre se instala en el centro de Europa, para no abandonar el continente hasta que en abril la primavera derrama, por fin, algo de luz. «Me quería convencer de que la acompañase durante la siguiente pretemporada. Pero, para mí, 2008 no era un año cualquiera. Estaban los Juegos y no quería arriesgar, no quería hacer cosas que no tuvieran sentido». Aceptó ir en diciembre de vacaciones y comprobar si el lugar se adaptaba a lo que necesitaba para ponerse a punto.
Ya había acordado con José Rioseco que el entrenador solicitaría una excedencia en su trabajo para centrarse en exclusiva en su preparación. La expedición a Sudáfrica en febrero la completó Ramón Ejeda. Su presencia le ayudaría a exprimirse durante los entrenamientos. Una referencia para saber si las cosas van por el buen camino. Está el cronómetro, sí. Pero todos luchan contra el tiempo. La cuestión, cuando estás en la cima, es conocer si mantienes las diferencias con los demás, si no te has dormido, si progresas tanto como los que vienen por detrás. Y luego, claro, llega la hora de la verdad. Las competiciones son la balanza del deportista, que siempre espera con expectación que se incline hacia su lado.
Y el primer arreón dibujó una enorme sonrisa en el rostro de Javier. «En marzo estaba a tope. Me repetía una y otra vez: “Si estoy así ahora, ¡cómo estaré en unos meses!“ Quizás había subido demasiado deprisa, aunque yo tenía la sensación de que no había hecho nada especial entrenando y creía que tenía margen de mejora». El éxito comenzó a bañar sus vitrinas. Bloemfontein, Mooloolaba, New Plymouth… Avanzaba la campaña y no se descabalgaba de la gloria. Hacía pleno en las pruebas de la Copa del Mundo, el primer puesto se había convertido en su guarida. «Me hizo especial ilusión la Copa de Europa de Pontevedra. Había mucha gente en la calle. La ciudad se había volcado para acoger por primera vez una cita tan importante a nivel internacional». Era abril. Un día frío, de sol perezoso y con el agua helada. «Quizás la más fría en la que nadé nunca. Por momentos, me preguntaba: “¿Qué hago aquí?“». Pero quería ganar ante su afición, la que desde que había fijado su residencia allí, lo animaba a diario. Le mostraba su apoyo como a un vecino de toda la vida. En el tramo ciclista estuvo a punto de perder el primer grupo. Un pinchazo cuando iba primero lo descolgó. Sin embargo, un compañero suyo en el equipo francés, Frankie Batelier, se vació para que enlazase. Corriendo, pese a tener los músculos agarrotados, se impuso con suficiencia. Aunque no era una prueba del máximo nivel, tuvo un eco importante. Pero, sobre todo, se sentía reconfortado por haber triunfado en casa. Desde la cumbre, se daba un homenaje en sus orígenes.
Sin embargo, el dulce despertar de año olímpico acumularía en breve contratiempos significativos. El horizonte, limpio, de un azul metálico hasta ese momento, empezaba a apagarse. El Campeonato de Europa de Lisboa le sirvió para ponerse en alerta. Ya se sentía señalado por sus rivales. Ratificada su superioridad, el oro de Pekín podría ser una guerra de todos contra él. Los grandes nombres le estaban transfiriendo paulatinamente la responsabilidad de convertirse en un líder. Pero era consciente de que existían otras amenazas. En cuarenta kilómetros en bicicleta, frente a un único enemigo, es posible engendrar un aluvión de emboscadas. El Europeo lo confirmó. En un abrir y cerrar de ojos, se vio enjaulado en el pelotón perseguidor. Nadie colaboraba para echar abajo la escapada. Acabar corriendo a su lado era un derroche estéril para sus rivales. Preferían que se desgastase antes. Y ni siquiera así parecía que alguien tuviese opciones de ir a pie tan rápido como él. Tras la segunda transición, solo pudo remontar hasta el séptimo lugar. El francés Belaubre se colgó el oro y su compañero de selección Tony Moulai, la plata; el tercer peldaño del podio lo ocupó el suizo Olivier Marceau.
Hablar de la posible solución para aquel tipo de estratagemas parecía un tabú. Después de lo que le había sucedido en Atenas y, aunque tal vez era la respuesta más adecuada, nadie se atrevía a plantear la posibilidad de rodear a Javier de triatletas españoles que trabajasen para él. No tenía sentido. «Iván también tenía sus opciones». Más tarde, esto quedaría en un segundo plano. Se tamizaría por la intranquilidad de los acontecimientos y por el convencimiento de que había pocas posibilidades de que en los Juegos sucediese algo así. «En cierto modo, llegamos a la conclusión de que no era tan preocupante. Los grandes aspirantes a las medallas no eran excelentes ciclistas. A ellos también les convenía un sector controlado, sin sobresaltos. Y pronto volví a ganar, de forma autoritaria de nuevo, en la Copa del Mundo de Madrid. Por primera vez compartí podio con Alistair Brownlee, cuyo bronce le clasificó para los Juegos».
La temporada se deshojaba y en el almanaque Javier había marcado otra fecha en rojo, el 5 de junio. Le prestaba tanta o más atención que a los Juegos. «Aún no me había empapado del espíritu olímpico». Por eso, ganar el Mundial de Vancouver en junio continuaba siendo una prioridad. «Asumía que era la carrera que realmente otorgaba el prestigio. Ya tenía la Copa del Mundo, pero un Mundial… Un Mundial era otra cosa». Nadie parecía tener la suficiente energía como para apartarlo de su destino, de aquel que un día había pronosticado Vladimir Polykarpenko en la carpa de Lausana, mientras digería su décimo puesto en el Mundial de 2006. «Dominarás el triatlón mundial». No le creyó. Lo veía a leguas de distancia. Pero el vaticinio, viniendo de quien venía, le sirvió para edulcorar el mal trago.
«Al principio, sentí una pequeña molestia al pisar. No le di demasiada importancia. Siempre ando con dolores raros que acaban por desaparecer». Había llovido mucho en abril y eso había obligado a Javier a utilizar en demasiadas ocasiones clavos en la pista. Aunque quizás no era consciente, se enfrentaba ya al desgaste de un fondista. «Hacía ocho series de mil a 2.40. No sé si había muchos triatletas capaces de correr en esos registros». El dolor, lejos de remitir, se acrecienta. Se sienta en el avión rumbo a Canadá con ese runrún obstruyendo sus pensamientos. Todo da vueltas alrededor de una misma idea. Cada pequeño gesto se convierte en un modo de averiguar si todavía sigue ahí. Si no se ha escapado para siempre. Cuando no lo siente, respira aliviado. ¿Será definitivo? No. Es machacón. Vuelve y vuelve. Y cuando regresa, se hace más presente.
En Vancouver comparte habitación con Iván Raña y Ramón Ejeda. Ante la ausencia de persianas en el hotel, empapelan las ventanas con periódicos para poder dormir. No querían que un hilo de luz perturbase su descanso. «Era una manía que heredé de Iván y que con el tiempo he ido perdiendo». Se despierta el día de la carrera. No se olvida de las rutinas. Siempre las rutinas. Sale a correr 20 minutos. Hace frío, mucho frío y llueve. Lleva los cascos puestos. El sonido atronador de Metallica se le incrusta en la cabeza. Unos ejercicios de movilidad de nuevo en el hotel y coge la bici para ir a la piscina. Se zambulle en el agua. Suelta los músculos y recuerda la conversación que había tenido con José Rioseco durante el viaje. «Hay que dar el cien por cien». Hoy es el favorito.
Cuando se aproxima a la primera transición, percibe que está delante. Se encuentra bien. Todo su organismo responde a sus estímulos como debería. Empieza a dar pedales y se acomoda entre las primeras plazas para cubrir los cuarenta kilómetros muy rápido. Ritmo vivo hasta en la subida del repecho, un desgaste que se podía pagar luego a pie, pero que al mismo tiempo impidió que hubiera movimientos extraños. El grupo iba justo solo con aguantar. Se ha olvidado del dolor. La agitación de la carrera lo enmascara. Una nueva transición. Ajusta las zapatillas a los pies y acelera. «Eran tres vueltas de 3,3 kilómetros. Y después de la primera, giro la cabeza y veo que todavía aguanta un grupo de veinte corredores… “¡Pero esto qué es!“ Sabía que tenía un punto más para cambiar, pero me puse un poco nervioso. Luego cuando hice un primer cambio, vi gente ya muy justa y nos quedamos tres, Docherty, Reto Hug y yo».
A partir de ahí, experimenta una sensación que ya se había vuelto familiar. La de ser el hombre a batir, el que marca las diferencias, al que el resto se encarga de vigilar. «Si alguien te intenta soltar porque va delante, te pegas a él y si revientas, revientas. No hay mucho más. Pero si eres tú el que tienes que dejar a alguien, cambias hasta al límite sin saber cómo va el otro. Si él va peor que tú y aguantas unos metros, se queda, pero si va bien, te va a remachar luego. Conoces a los rivales y te imaginas que si tú no vas bien, ellos tampoco, pero es un juego psicológico difícil de controlar». Antes de la última vuelta ejecuta su famosa aceleración. «Era conocido en aquel entonces por mi cambio a partir del kilómetro cinco. Muchas carreras las solucioné así. Si iba bien, era como un esprint hasta meta, pero desde la mitad del 10.000». Nadie le aguanta. Recupera su versión de solista hasta que tumba la cinta con el pecho.
Lo acaba de lograr. Ya tiene el título que le quitaba el sueño. Derrota a Docherty, aunque se había imaginado una celebración más dulce para el objetivo por el que había luchado hasta la extenuación, por el que se había dejado la vida. Pero aquel, como se encarga de recitar, tampoco era un año cualquiera. Llegaban los Juegos y no había mucho margen para las alegrías. Habla con sus padres. Están emocionados. Él también, pero no se puede parar. Ahora no. Y en la cabeza persiste la lesión, la maldita lesión. «Ni siquiera lo disfruté. En cuanto acabé con los compromisos de la victoria (podio, entrevistas, antidóping…) me fui al hotel preocupado. Era como si haber ganado el Mundial quedara en un segundo plano por la molestia, que no me llegaba a impedir competir, pero estaba ahí. Tenía dos meses por delante claves de cara a los Juegos. En el hotel me vio Marta Villar, la fisio que venía con el equipo. Me decía que sí, que lo tenía inflamado, pero que no se veía nada muy grave. No apreciaba diferencia con el otro tendón. No se veía más engrosado. Un pelín ahí abajo, pero no una tendinitis típica, con el tendón como un chorizo. Después había una especie de fiesta en un hockey arena donde se entregaban las medallas a los grupos de edad. Fui a desgana. Tras una hora en la que solo me saqué fotos con triatletas de otras categorías, seguía notando esa molestia incluso al caminar. Me fui sin avisar a nadie. Tomé un taxi y en el hotel traté de pensar con claridad cuales debían ser los pasos a seguir a partir de entonces. Tenía cinco o seis días de descanso activo y guardaba la esperanza de que eso me ayudara a recuperar mi tendón».
Ya en casa, de nuevo en Galicia, la lesión se recrudece. Pasa por varias consultas. Radiografías, resonancias… Y dolor, más dolor. Y el fisioterapeuta en su casa. Tratando de amansar lo que parecía una tendinitis. Y la molestia que no se acorta. Y termina enojado despidiéndose educadamente de un psicólogo en la cafetería del Centro Galego de Tecnificación Deportiva de Pontevedra. «Él vino a verme con toda su buena intención».
No había ni un milímetro para detenerse. Había que seguir adelante. Camuflar lo máximo posible la debilidad, ocultar los vendajes, hasta las muecas de desánimo. El alto rendimiento es un universo caníbal. Si alguien adivina un flanco descubierto no lo dudará, se tirará a degüello. Continúa entrenando. Se consumen los días y ya empieza a temer que su nivel de forma haya bajado sustancialmente. Además, no está seguro de que en esas condiciones pueda aguantar un desafío tan exigente como el de Pekín. Así que retoca los planes porque le parecía demasiado arriesgado competir. Se toma la Copa del Mundo de Tiszaujvaros (Hungría) como único test previo. Buena carrera y triunfo ante un gran rival como Kahlefeldt, que también arrastraba en secreto una lesión en la cadera. «Yo sabía que en los Juegos necesitaría correr más rápido para ganar. La molestia estaba ahí, en cada paso, pero la iba soportando. Ya solo había dos opciones: seguir adelante como pudiera hasta Pekín, esperando que no me rompiera completamente, o parar y recuperar la lesión de forma adecuada, lo que suponía renunciar a los Juegos». Elige pelear.
De pronto, justo antes de partir hacia la isla de Jeju, en Corea, donde quedará concentrado con el equipo español, se abre una puerta a la esperanza. Lo van a infiltrar. Una inyección de moral, pero se consume en un instante. El tratamiento no le alivia lo que esperaba. No esquiva el runrún. «Quería que, al menos, desapareciese el dolor, y eso a esas alturas ya era una gran noticia, aunque no resolviese la lesión. Pero el dolor seguía ahí. Una decepción. Y ya pensé que podía haber algo más que la inflamación en el Aquiles». Al poco de instalarse en Asia, libra otra guerra. Se ve obligado a combatir el sofocante calor, catalizado por una humedad pegajosa. Nunca había rendido bien con esa meteorología. Está habituado al clima atlántico de Galicia. Se crece cuando el mercurio no se dispara. Ahora le cuesta hallar horas del día para hacer entrenamientos de calidad. Siempre bajo la tiranía de la deshidratación. Hasta el agua tiene sed. Y está la lesión, la maldita lesión.
Un día antes de su estreno en unos Juegos sale a trotar por el entorno del circuito de Pekín. Por el mismo de su exhibición de un año antes, por el mismo en el que había hecho de Alistair cuando ni el propio Alistair siquiera sabía lo que eso significaba. El cielo por unas horas se conserva cubierto y una leve brisa refresca el ambiente. «Rogaba que se quedase así. Era perfecto para mí».
Pero después de la noche, cuando suena la alarma, el bochorno ya se ha apoderado de la capital. «Había que llevar los botellines de agua helados y aun así cuando los empezabas a beber estaban tan calientes como un caldo. Es una sensación muy desagradable». Nada bien posicionado y en la bicicleta se acomoda en las primeras posiciones. Pocos segundos después de accionar la maneta del cambio de marchas, todos los ojos se fijan en él. La misma sensación que vivirá Alistair en Londres cinco años más tarde, cuando en un día de lluvia fina correrá como principal favorito para ganar el Mundial. Nadie ve el vendaje. Nadie se centra en el tobillo. Lo único que el resto de triatletas murmuran hacia sus entrañas es: ¿En qué kilómetro nos va a triturar?
Aparcan la bicicleta. A solo 10.000 metros de balancear el metal. Algo de flato. Se toca la zona abdominal. Nada extraño en él cuando le aprieta la temperatura. Va por eliminación. Se quedan delante Frodeno, Docherty, Whitfield, Raña y Javier. El ritmo, asumible. Se puede elevar un par de peldaños. Y es Iván el que se encarga de despedazar el grupo. Ataca cerca del ecuador y solo Javier se pega a su espalda. «Era el momento ideal. Si hubiese estado bien, si hubiese tenido gasolina, era la ocasión para haberlos dejado atrás. El grupo estaba roto y solo tenía que darle continuidad». Pero todo lo que había atravesado en los últimos meses comienza a desplomarse sobre su cuerpo. Y los pies pesan más. Y el flato le incomoda como nunca. Y el calor lo tortura como siempre.
Los cogen. Se reagrupan. Un nuevo cambio elimina a Raña. Whitfield también se descuelga y hace la goma. Cuando los de delante aflojan, él se aproxima; cuando tiran, se aleja. A falta de un kilómetro, Javier solo intuye el bronce. Un nuevo parón permite a Whitfield alcanzar la cabeza de carrera. «Yo iba muerto. No me quedaban fuerzas para disputar la tercera plaza». Ve volatilizarse la medalla. Frodeno es oro; Docherty, plata; y Whitfield, bronce.
Entra noqueado en la meta. Un cuarto puesto que tardaría tiempo en apreciar. Se sienta en el césped. Todavía tiene la mirada perdida. Lo acompañan Ricarda y José. No habla. Traga desilusión. Escuece. Casi tanto como algunas decisiones que tomará después de concluir sus vacaciones. Ya puede descansar.