A pulso
Creerse el mejor, ser el mejor
Para acariciar la cinta de meta con su pecho necesita esprintar en el momento preciso. Con ochocientos metros por delante, tiene espacio para visualizar el final de su vida. Para llevar a su terreno ese instante decisivo idea un desenlace con tres elementos: un ataque en falso que se apaga como una llama en la tormenta, el desgaste del viento en el rostro de su rival y un arreón definitivo en el que aflore ese punto de velocidad que ha buscado durante todo el año. Matices para una escena sublime que termine con un inquietante silencio en la recta de meta. En su memoria se desdibuja ya el recuerdo de la caída que le había hecho tocar fondo al inicio del verano.
Aquellas cuatro semanas de régimen espartano en la soledad de Cabeza de Manzaneda (Ourense), junto a la estación de esquí. Cuatro semanas fascinantes para revestirse de escalador, retorcer un cuerpo necesitado de oxígeno y demostrar su estirpe de ciclista. El desafío ideal para romper la rutina mediada la temporada 2013. El diseño de las Series Mundiales de Kitzbühel incluía un puerto de montaña con rampas de hasta el 22% sobre la bici y un recorrido algo menor que el estándar de la distancia esprint, 750 metros a nado, apenas 16,5 kilómetros de ciclismo y solo 2,5 a pie. Una cierta ventaja en el momento de coronar el puerto austríaco sobre las dos ruedas podría valer el oro. Un triunfo en los Alpes reforzaría su liderato provisional del Mundial. La inercia de la felicidad de la plata olímpica, la intuición de acercarse al nivel estratosférico de Alistair y el aire fresco de otro cambio de entrenador habían dibujado un sobresaliente inicio de 2013 tras desentumecerse en la bahía de San Francisco como el más rápido de los fugados de Alcatraz. Triunfo en Mooloolaba. Victoria tras victoria, como unos años atrás. Su regularidad le aupaba también en el Mundial: exhibición en Auckland, octavo puesto por la fiebre en San Diego y platas en Yokohama y Madrid. En ese instante clave de la temporada, la novedosa carrera en Kitzbühel podía avivar su reconquista o relegarlo otra vez tras los hermanos. Alistair solo había comparecido en Estados Unidos y Jonathan le había superado en las otras dos carreras.
Su cuerpo responde después de tres semanas de concentración en el monte. Sus piernas ganan potencia sin perder frescura a pie. Los últimos siete días de concentración en Manzaneda deben servir apenas para ajustar unas cualidades sin descuidar otras.
En una de esas mañanas frescas de verano, coronado un repecho, se abre un horizonte casi virgen ante sus ojos e inicia el descenso. La felicidad tiene que ser algo parecido a aquella sensación que le invade cuando vence al sufrimiento en una agradable soledad. Aviva el ritmo en el descenso con el alivio de sentir la brisa en la cara, hasta que una mala maniobra lo precipita por el asfalto. Solo los ojos inquietos de Carlos David Prieto, su nuevo entrenador, grabaron la escena. El triunfo en Kitzbühel pasaba a ser una fantasía.
Parar le convierte en un león enjaulado. Esa misma tarde corre una hora, ritmo suave, para palpar los daños de la caída, contra el consejo de su entrenador. Cada noche le cuesta más conciliar el sueño. Al final aflora la fiebre como consecuencia de las heridas y le cuesta moverse al despertarse cada mañana.
Prieto le había acompañado en ese viaje alrededor del mundo durante 2013. Finalizado el ciclo olímpico, Javier había sentido que su etapa con Omar González se había consumido. El balance era excelente, pero pasar juntos tantas horas durante cuatro años le pedía ahora algo diferente. Y escogió la complicidad de su viejo compañero de habitación en los viajes con el Fluvial, entrenador de aficionados, otro loco del triatlón. El elegido para compartir salidas y someterle a largas sesiones de una especie de psicoanálisis alrededor del globo. Entrenar era comprender, ajustar entrenamientos y cambiarlo todo sobre la marcha. Porque la vida retuerce la planificación de la temporada y en realidad poco se aplica al final como indican los libros.
Sus huesos se habían ido al suelo algunas veces en carrera. Cuando reiniciaba su trayectoria en 2006, echó pie a tierra harto de encajar golpes en aquel firme resbaladizo de Alexandropoli. Y ya doble campeón mundial, un enganchón de la cadena de su bicicleta le lanzó contra el suelo durante las Series Mundiales de Londres de 2009. Pero ahora era distinto. Aquella brutal caída en Manzaneda, el momento más dramático del año, solo había trascendido para el círculo más cercano de Javier. «Me hice quemaduras de segundo grado en el brazo, la cadera y la pierna, heridas más dolorosas que un corte profundo. Quería seguir y hacerlo lo mejor posible en Kitzbühel, pero mi cuerpo se resentía cada vez más. Durante tres días me subió la fiebre y el dolor se agudizó. Apenas podía dormir. Fue una lástima porque en el último test en un puerto de nueve kilómetros había promediado 435 vatios durante veintisiete minutos, números que me daban mucha confianza para la carrera».
En los Alpes, oculta las heridas hasta que se destapa el neopreno. Pero se derrumba al subir el puerto, huérfano de confianza y sin vatios suficientes para mover la cadena al ritmo de los mejores. Decimotercero.
Había volcado un mes del verano para que, al final, el resultado de Austria ni contase para su clasificación. Quince días después, arrancó un bronce sobre la distancia esprint de Hamburgo tras Jonathan y Alistair. Su puesto de líder era ahora solo aparente, pues incluía ya sus cuatro mejores resultados previos a la final, por solo tres de los Brownlee, de mayor peso que los suyos. Estocolmo, un mes después, le brindaba una mínima oportunidad para mejorar. Solo con un oro o una plata podría descartar ese tercer puesto de Alemania. Pero la temporada le había desgastado como ninguna. ¡Como para añadirle más kilómetros! En contra de su idea inicial ya había ido a Yokohama para aprovechar su poderoso arranque del año. Si viajaba ahora a Suecia, completaría las siete paradas del Mundial previas a la final de Londres. Y en medio había ganado el Europeo de media distancia de Calella, otro reto refrescante para la mente, anticipo del futuro en largos formatos que podría aguardarle tras los Juegos Olímpicos de Río.
Escuchó a los suyos y decidió. Si quería ganar el Mundial, debía ir a por el Mundial. Al precio que fuese. Correría el 25 de agosto en Estocolmo, volaría después a Iowa para revalidar el IronMan 5150 de Des Moines el 1 de septiembre y finalizaría quince días más tarde en la final de Londres. ¿Una locura? Adelante con la locura. La historia solo recuerda a los valientes.
«Si llego a plantear esa idea en un trabajo para la Universidad, me suspenden. Diseñar una temporada es muy bonito, pero en la práctica hay que adaptarlo todo a la fatiga, a las sensaciones de cada semana, a las enfermedades, al extravío de una bici… Creo que ningún deporte exige semejantes esfuerzos. Hoy sufres en un continente y pasado mañana en otro. La gente se asombraría al ver entrenar a Javi. Ahí radica lo realmente sorprendente. La determinación en cada sesión, como si el día anterior no hubiese existido», razona Carlos David Prieto.
En marcha estaba un desafío a la lógica, al que se le iba a añadir otro incordio. Días antes de viajar a Estocolmo, el tendón le dio un aviso que lo devolvió a la camilla del fisioterapeuta dos sesiones al día, un recordatorio del estresante 2013 al que había sido sometido. Encajar dos visitas al día al recuperador en pleno verano convierte su horario en una especie de Tetris asfixiante. Jornadas en las que también reparte cinco sesiones de entrenamiento, comidas, descanso… En esas circunstancias, cuando asoma una lesión o siquiera una molestia, se vuelve invisible, olvida el teléfono y las veinticuatro horas del día piensa en triatlón. Un bucle de preocupaciones y entrenamientos que retroalimenta el estrés.
El intento de Suecia deja un rastro de señales contradictorias. Vence Alistair gracias a un ataque en bici mientras Varga y Jonathan tapan a Javier cuando se descolgaba tras dar la cara en un relevo. Aun así, ya en la treintena, brinda una demostración inédita a pie, con un tiempo para las hemerotecas, diez mil metros en 29.02. El mejor parcial registrado jamás en distancia olímpica. Ese ritmo, que brota de la rabia, ofrece claroscuros. Descolgó a Jonathan por las calles del centro, aunque no llegó a cazar a Alistair. Esa plata le permite descartar el bronce de Hamburgo para la general del Mundial, pero ahora le relega en la clasificación tras los dos Brownlee. Sumas y restas sobre las que, en realidad, se imponía lo esencial. El ritmo de sus piernas en el tramo clave de la temporada representaba un mensaje nítido con matasellos hacia Hyde Park.
Reeditar el título del Mundial de IronMan 5150 en Des Moines le obligó a diseñar entrenamientos casi en penumbra, a encadenar vuelos sin apenas adaptar sus biorritmos al horario americano. Ganó en Iowa y regresó crecido de confianza. «Durante algún tiempo Javi había llegado a considerar a Alistair casi invencible. Me empeñé en hacerle ver que su regularidad y la variedad de carreras en las que triunfaba (la media distancia, la montaña o las pruebas sin drafting) le hacían superior. Desde Hamburgo le había aconsejado que los Brownlee debían verle la espalda en carrera. Tenía que probarlos, para que supiesen que ya podía echarles un pulso a pie», recuerda la voz que más escuchó durante meses, de la mañana a la noche. Ese baño de autoestima terminó calando.
Ese intangible le impulsa ahora que ejecuta el plan definitivo en Londres. A 500 metros de meta, adelanta a Jonathan por su derecha, lo justo, sin llegar a distanciarse siquiera, y a continuación afloja como si le faltasen fuerzas. Si el cebo funciona, dejará que el inglés le adelante cuanto antes para que se desgaste con el aire como quien traga un veneno. Y el menor de los hermanos, que compite en casa, responde al estímulo unos segundos después, en la recta más desprotegida de la corriente de aire. La megafonía anuncia el relevo y el público jalea la maniobra de un título encarrilado. Va delante, pero no encuentra una marcha más para descolgar al español. Javier avanza escondido en su estela, a solo centímetros de la valla, paciente. Reserva lo poco que puede guardar en semejante momento del año y de la carrera. El circuito ofrece un suave viraje a la derecha y se abre a sus pies la alfombra azul, apenas metro y medio detrás de las huellas de Jonathan. El momento de salir del rebufo en un hectómetro de leyenda. Contiene la respiración y necesita 20 metros para alcanzarlo. Durante otros 30 corre casi en paralelo, sufre lo indecible, pero la silueta del inglés se descompone, y ya es consciente de que el título es suyo. Y completa los 50 definitivos con el chute de saberse otra vez el mejor. Lo acompaña el silencio que sucede a la tempestad, un sigilo sobre el que se alza un grito liberador.
«Fuck, yes!».
Una expresión malsonante en boca de un hombre modélico, que siempre ha tenido un comportamiento intachable, que ha sabido ganar, pero, sobre todo, que ha digerido la derrota con honor y deportividad. Nunca un mal gesto hacia un rival, nunca una excusa y nunca una palabra subida de tono. Solo ahora. Porque esto significa demasiado. Es la culminación de horas y horas de entrenamiento; de haberse sabido sobreponer al paso del tiempo, al relevo generacional; de haberse adaptado a ese ritmo infernal que le proponían los Brownlee. Otro, después de haber sufrido todo lo que él había sufrido en el pasado, habría abandonado. Se habría dicho que ya era suficiente. Pero él solo entiende la vida como un ejercicio de superación personal y ese era un punto y aparte. «Al día siguiente varias personas me preguntaron qué había dicho al levantar la cinta. Y la verdad es que no lo sabía. Volví a ver el vídeo por curiosidad y me reí al leer mis labios. La verdad es que “juro“ muchas veces en inglés, y en ese momento me salió así después de tanta tensión y esfuerzo contenido, ya que había conseguido lo que parecía imposible. Tras ocho carreras por todo el mundo se había decidido el mundial en los últimos 20 segundos, en casa de mi principal rival y donde el año anterior me había proclamado subcampeón olímpico».
Sobre el silencio que retumba en todos los rincones de la zona de llegada, se multiplican ahora las voces familiares que le dan armonía a la escena. Escucha nítida la de Theilacker, que le regala el primer achuchón. Instantes después, Mario Mola alcanza el bronce, y el abrazo entre los dos españoles cierra el círculo que habían abierto chocando sus palmas en plena carrera de Auckland cinco meses antes. De nuevo en la cumbre, la consecuencia de tantos pequeños detalles para reinventarse.
Tirado sobre la alfombra azul, Jonathan se levanta para felicitar al campeón. ¿Qué decirle al derrotado cuando uno se siente la persona más dichosa sobre la Tierra? «Lo siento, tío».
Jonathan todavía se preguntaba de dónde había sacado fuerzas para rebasarle a un palmo del final. «Me adelantó a falta de un kilómetro y lo agradecí porque había viento en contra. Pero en realidad él no me pasó con fuerza, así que yo creía que él debía de estar cansado. Después de derrotar a Alistair en Hamburgo aquel año, yo pensaba que tenía un buen esprint, y sentía que ganaría hasta que Javier me adelantó a diez o quince metros de la meta».
Javier tiene con Jonathan una relación más franca que con Alistar. En la victoria y en la derrota. El hermano menor ya se había disculpado de la maniobra que le había tapado en Estocolmo, cuando Alistair se fugaba en bici, y ahora reconoce al campeón con elegancia. Ya cuando había digerido el bronce de los Juegos en Hyde Park, por detrás de Javier, dejó escrita su admiración: «No tengo problema, además, por ser derrotado por Gómez. Es un gran triatleta. Debió haber ganado el oro en los Juegos de Pekín, y es un buen tipo. Pero me impactó lo rápido que corrió. Aquello fue lo más rápido que ha corrido jamás. Ninguno de nosotros lo esperaba».
Alistair, que cruza ahora la meta de la final de Londres en el puesto número 52, se pierde en el bullicio alrededor de la llegada. «Recuerda Pontevedra», le había susurrado su entrenador antes de irse al agua. Y el desplome del campeón olímpico supera su pesadilla de aquel Europeo. Acaba de tumbar a los dos Brownlee en la final del Mundial, sin llegar líder, en su casa y al esprint. Una revancha tan celebrada por su padre en la grada como por Javier sobre la alfombra azul. Su mente asimila ahora lo que parecía improbable, su tercer Mundial, y la memoria le lleva a Budapest, su otro título casi inesperado.
«Javi había conseguido generar a los Brownlee cierto estrés con su progresión de las últimas semanas. Debía intentarlo hasta el final. Los mejores tienen molestias en casi todas las carreras. Hay que convivir con ellas. Solo un detalle podía ser suficiente para devolver la situación a nuestro favor», razona Prieto. La cadena de compromisos que suceden a un título, ceremonias, controles antidopaje, entrevistas y felicitaciones, devuelve luego al campeón a la bici. Regresa como un ciclista más al hotel de concentración, se ducha y celebra la victoria en un restaurante italiano, donde repasa la carrera de su vida, ahora ya también junto a sus padres, su hermano, uno de sus primos y Bayón. La ITU había organizado luego la fiesta de final de temporada en un pub del centro de Londres. Allí aguanta junto a su entrenador apenas un rato antes de terminar el día como un turista, en un local cualquiera con un kebab y un refresco.
Con el siguiente amanecer, se abre paso la rutina, el precio que paga el campeón. A las nueve de la mañana ya trota por Hyde Park. Horas después, vuela a Pekín. Ya ha vuelto «al oficio», como le gusta decir a su cardiólogo. La celebración y las vacaciones pueden esperar.