A pulso
16-18 Westmoreland Street
Entre golpes, espumas y referencias muy vagas se descorcha la final del Mundial en el lago Serpentine. Pese a su formación de nadador de travesías, Javier no se maneja como otros en aguas abiertas, donde a veces se dan brazadas por intuición, sin una visión clara de donde están los rivales. Siente que su salida es pobre y aprieta para no sufrir complicaciones en cadena. Jamás se ganó un triatlón en esos primeros 1.500 metros a nado, pero la historia es rica en fiascos después de que un favorito se quedase algo descolgado en el primer segmento. «Siempre empiezas fuerte, sin pensar que tienes dos horas por delante. Pero ese día me enganché con algunos rivales y me agobié desde el principio». Intuye que el eslovaco Richard Varga va líder para que los Brownlee naden más fluidos justo a sus pies, pero no los ve, tapado en una maraña de neoprenos negros, uniformes prácticamente idénticos. Solo los triatletas que abren el grupo tienen una idea nítida de hacia dónde van. El resto avanza entre la desorientación. «Después de unos cien metros sabía que no estaba donde debería, dándome golpes con gente y gastando mucha energía para avanzar poco. Los de delante nadan sin tocarse con nadie y van poco a poco incrementando su ventaja. En ese momento pude identificar a mi lado a Richard Murray, lo que confirmaba mis temores. Richard es uno de los mejores del mundo, y muy pocos pueden correr como él, pero la natación es su punto débil».
Aunque se maneja como un anfibio, Alistair también se crispa al sentir que se queda atrás. Puro instinto, olvida las normas, hunde a un rival y pronto se sitúa a los pies de Varga, en un primer grupo con su hermano Jonathan y varios triatletas que no cuentan para el podio. Esos 1.500 metros a nado también se han endurecido en los últimos años. Cuando Javier irrumpió en el triatlón solía salir en cabeza sin apenas dificultad. Ahora ya no se siente el nadador más fuerte del circuito. La competencia ha crecido y, pese a que sus tiempos en piscina siguen siendo mejores que los de casi todos los triatletas, se encuentra rivales con más habilidad en ese sálvese quien pueda de las aguas abiertas.
Mientras no se aleje demasiado de ese primer grupo que empieza a intuir delante, no hay nada perdido. Aunque la situación en el agua es agobiante. Un aluvión de preguntas y ninguna certeza flotan en su cabeza. Debe seguir concentrado. Focalizar lo que mejor sabe hacer.
Una tarde del verano del año 2000 Javier también se vio obligado a hacerse preguntas. Interrogantes para los que no estaba preparado. De golpe, con solo diecisiete años, tuvo que convertirse en un hombre para hacer frente a un horizonte delicado, para afrontar el mayor contratiempo con el que se tropezaría nunca. Hasta ese momento, no tenía la mínima sospecha de que su vida estaba en juego.
Aquel día caluroso, su padre, Javier Gómez Sequeiro, había recibido una llamada telefónica. El mensaje era tan preocupante que no recuerda con exactitud de qué boca salió. Su hijo no volvería con la selección española de triatlón y debería dejar el deporte para evitar riesgos para su salud. Tenía una válvula aórtica bicúspide, que no cerraba tan bien como las normales y producía un cierto reflujo, y el ventrículo izquierdo de su corazón estaba más desarrollado de lo normal. Descolocado, agarró el teléfono y se puso en contacto con Pepín Rioseco, primero familiar, luego amigo y más tarde presidente del Natación Ferrol. También era el padre del entrenador de su hijo. Pero lo llamaba en realidad porque era médico, y de toda confianza. Quisieron tratar el tema en persona y, para darle una primera opinión, Rioseco se acercó a la cafetería familiar. Era un local espacioso, con decoración clásica, pero sin recargar, cerca del Ayuntamiento de Ferrol. La familia lo había montado con el dinero ahorrado en Suiza, adonde había emigrado en los años ochenta. Allí, en Basilea, nació el hijo pequeño: Javier.
Cuando Pepín entró en la cafetería, estaba tan inquieto como lo habían visto con el cronómetro en mano el día en que Javier se estrenó en un triatlón. No dejaba de moverse de un lado para otro de la barra. «Es un tema muy delicado. Hay que ser muy prudentes, y verlo muy bien», le avanzó Rioseco sin entrar en muchos detalles. Javier padre seguía alarmado. Habló con su mujer, Manoli Noya, y ambos lo tuvieron claro desde el principio. Con tanta transparencia como cariño debían contarle a su hijo el problema al que se enfrentaba.
Entraron en la habitación y Javier se sentó en la cama. Intuía por los gestos atropellados de sus padres que no eran buenas noticias. Cada palabra sonaba más pesada que la anterior. Y se le fue hundiendo el alma entre las lágrimas. Era un llanto de desesperación. Ni siquiera el calor de los suyos, ni siquiera el aliento de su hermano, le servían de consuelo. Terminó desplomado sobre las sábanas. «¿Y qué queréis que haga ahora? ¿Que ande por ahí borracho por las noches?», decía entre sollozos.
«Se me vino el mundo encima. Pasé noches sin dormir y durante unas semanas estuve tocado, triste, apagado. Me encontraba perfectamente, entrenaba con normalidad. Así que, de repente, te cuentan eso y no lo entiendes. Tampoco quise compartirlo con nadie. Ni con mis amigos. Me lo comí con la familia y luego con algunas personas contadas que lo fueron sabiendo».
De acuerdo con las recomendaciones de la jefa de Cardiología del Consejo Superior de Deportes, Araceli Boraíta, no podría volver a practicar triatlón. Según esta experta, el deporte lo podía matar. La valvulopatía se le había detectado en uno de los controles periódicos que pasaban los triatletas seleccionados por la Federación Española de Triatlón. Aquellas pruebas médicas de diciembre de 1999 habían incluido su primer ecocardiograma, que había arrojado valores atípicos. Las mediciones se habían prolongado más de lo habitual. Pero Javier recuerda que no le detallaron nada en el momento. Nadie había llegado a informar con exactitud a su familia, aunque se filtró el rumor de que algo pasaba con aquel corazón. La salud de un niño, su espacio más íntimo, se empezaba a violar, pero durante varios meses no le llegaron comunicaciones oficiales sobre el asunto.
Después de aquellas exploraciones, la federación española le citó incluso para la concentración de Semana Santa en Arriondas, donde arrasó en las pruebas para entrar al equipo del Europeo juvenil por relevos de Tiszaujvaros (Hungría). Allí se lo pasó en grande durante diez días, aunque el debut internacional resultó tan alocado como aquella cita iniciática en Castropol. La natación, por ejemplo, se celebró en una piscina, con dos equipos por calle. Javier y sus compañeros Dani Guzmán «Pegaso» y Eudald Romero, alentados por el atrevimiento que da la juventud, estaban convencidos de la victoria, pero cuando le llegó el tercer y último relevo a Javier, España ya solo peleaba por las migajas. Tras su remontada, la selección terminó séptima, sin que el fiasco hundiese a un grupo desenfadado, que todavía masticaba sus primeras aventuras.
Lo peor vendría al volver, justo cuando sus padres entraron en su habitación y supo con exactitud lo que se comentaba a sus espaldas, cuando le fueron liberando los detalles sobre aquel corazón algo más grande de lo normal.
Tras hacerse una primera idea sobre la patología, una de las siguientes llamadas de Javier Gómez Sequeiro, necesitado de respuestas, la recibió Paco Villanueva, presidente de la Federación Gallega de Triatlón, la persona que de forma más desinteresada se había volcado con la carrera de su hijo. Le reconfortaba la generosidad de aquel ATS de Lugo, siempre dispuesto a ayudarlo, a llevarlo a campeonatos y a alojarlo en casa de sus familiares si competía en Asturias. Era un apoyo fundamental. «Iba en el coche cuando lo escuché y, aunque se comentaba algo sobre su corazón desde hacía tiempo, saber aquello me dejó paralizado».
Gómez Sequeiro y Villanueva hicieron una primera visita a Madrid para conocer en profundidad qué era lo que tenía Javier. Pensaron que nadie mejor que Boraíta para explicarles en qué consistía la patología y los riesgos que entrañaba. «Nos dijo que tenía el corazón de un remero de más de dos metros de altura y 110 kilos, cuando él medía 1,76 y pesaba 64. Entendía que, si seguía haciendo deporte, pondría en riesgo su vida», explica el padre.
«En aquel momento, la única preocupación de la familia era el tema médico. No pensábamos en si podía seguir compitiendo o no. Solo queríamos que se le diagnosticase de la mejor manera. Nadie hablaba de su vida deportiva en aquel momento. Nadie», matiza Rafael, el hermano mayor de Javier, su espejo en tantas cosas, también a la hora de abrirse paso en la vida, y muleta imprescindible para seguir en pie.
Villanueva mantuvo varias reuniones con Boraíta. Porque, al ir desmenuzando el caso, había argumentos que no le convencían. Por eso terminó proponiendo a la familia buscar una segunda opinión médica completamente independiente de la doctora del CSD. Les habló del cardiólogo y triatleta aficionado Nicolás Bayón. Todos coincidieron en una competición en Leiro, un pequeño pueblo al sur de Galicia, y unas horas después Javier ya estaba tumbado sobre la camilla del hospital comarcal de Monforte (Lugo). Allí se sometió a nuevas pruebas y, junto a su padre, escuchó un mensaje tranquilizador, rico en matices, que le devolvía la esperanza. Su vida no corría peligro y además cabía la posibilidad de que pudiese hacer deporte bajo control periódico. La angustia daba paso a un moderado optimismo. La valvulopatía no era tan marcada ni tenía por qué provocar consecuencias dramáticas en su vida, le transmitían ahora.
«La válvula aórtica bicúspide la tiene el 0,8% de la población, no es tan extraña. Comprobé que la regurgitación de la válvula de Javier era moderada y le dije que en mi opinión podía seguir practicando deporte». ¿Cómo podía haber diagnósticos tan diferentes? «No es lo mismo un corazón de atleta, que había demostrado altísimos consumos de oxígeno, fuera de los parámetros normales, que un corazón deficiente, como entendían otros cardiólogos. Los corazones de atleta no representan ni al 1 o 2% de los deportistas, porque la mayoría tienen corazones vulgares. Y lo diferente no es patológico. En mi opinión, Javi tenía una aorta distinta, con diámetros en los límites superiores de la normalidad», añade el cardiólogo que lo ha sometido a más pruebas, al menos un examen cada seis meses desde el año 2000. «Su raíz de aorta era de 40-42 milímetros [cuando los parámetros normales suelen rondar entre 20 y 35]. El ventrículo de la población normal mide 60 milímetros y el suyo llegaba a 68. Para nosotros su valvulopatía era moderada-ligera, cuando le habían diagnosticado una severa. El tiempo fue indicando después que las cifras elevadas que presentaba Javier obedecían a dos motivos: el entrenamiento fuerte de natación que él ya hacía por aquella época y la gran elasticidad aórtica de su corazón. En resumen, eran parámetros que lo convertían en una persona distinta», matiza Bayón.
«Las pruebas y los razonamientos de Nicolás me tranquilizaron. La situación ya era muy diferente para mi salud. Aunque él no había visto mi evolución de los años anteriores, entendía que el riesgo radicaba en si la válvula y el ventrículo degeneraban más. Pero el cambio no sería brusco, sino progresivo y podría detectarse», explica Javier.
Bayón pidió tiempo y prudencia para seguir estudiando su caso. Del terror que había causado el diagnóstico del CSD, su familia pasó a una moderada preocupación. Javier siguió haciendo ejercicio, sintió de nuevo el cosquilleo de la adolescencia. El siguiente paso fue concertar una nueva reunión en Madrid con Boraíta para buscar medidas proporcionales a la peculiaridad de su organismo. «Nos derivó a varios médicos elegidos por ella, que vieron los datos de sus mediciones y ratificaron sus tesis. Al principio tuvimos una relación cordial. Pero se torció cuando fuimos claros y directos y pusimos a la misma altura su opinión y la de Bayón», recuerda Villanueva.
Boraíta mantuvo su diagnóstico y Javier se volvió invisible a ojos de la federación española. Pero, gracias al dictamen de Bayón, conservó su licencia autonómica, con la que pudo seguir disputando muchas pruebas.
«Con controles periódicos, me podía autorizar para hacer ejercicio durante plazos de seis meses. Yo no pensaba en mucho más. Estaba bien y no me importaba si iba a competir solo en Galicia, en España o a nivel internacional», explica Javi, pendiente de disfrutar más que de ganar. Bayón sería el encargado de vigilar su evolución y de darle el visto bueno a la luz de las pruebas médicas. «Siempre tuvo claro, en las mediciones, los límites que no puedo pasar. Si los rebaso, pararé».
Se formaron dos bandos. La federación española se alineó con el CSD y la gallega defendió el derecho del chico a competir con el certificado médico. Con el tiempo las posturas se alejaron y el debate sobre la salud de un niño llegó a un punto de no retorno. Villanueva terminó dimitiendo como directivo de la federación española y el deportista prolongó durante años una situación atípica. En ese mismo 2000, ganó el Campeonato de España juvenil en Lugo, el Open de España, su primera prueba absoluta en Caldas… Triunfaba en Galicia, pero tenía cerradas las puertas de la selección. Mientras, su carrera como nadador avanzaba con cierta tranquilidad, ajena a cualquier debate.
Empezó entonces un proceso farragoso, largo y con altibajos. La situación tenía infinidad de aristas. Villanueva también buscaba comprensión a nivel político para desatascar un asunto que ya estaba bloqueado en un despacho. Además Bayón se empapaba de documentación y estudios sobre válvulas bicúspides, en un caso que llegó a obsesionarle porque creía en una causa justa. Y la familia de Javier, sus padres y su hermano, trataban de mantenerlo al margen de esa primera línea de batalla, defendiéndole donde hiciese falta y apoyándolo en su intención de seguir practicando deporte.
«Fui a Madrid, pero ellos se consideraban los que más dominaban el tema. No deja de ser paradójico que el criterio válido fuese el suyo cuando la sanidad en España está transferida a las comunidades autónomas. Si desde allí lo enviasen al médico, este lo atendería en Galicia, quizá con otro diagnóstico, y se produciría un bucle. Volvió de Madrid con un problema, pero sin ninguna solución. Aunque entiendo que Boraíta actuó de buena fe, se generó un ambiente hostil alrededor de Javi», lamenta Bayón. Y recuerda que esa animadversión se propagó luego a otros ámbitos. «Hubo un rechazo institucional, federativo, de entrenadores, de deportistas, de periodistas… No encontró mucho apoyo, salvo en la federación gallega. Esa es la realidad».
Villanueva presidía la federación gallega y era directivo de la española, de la que terminó dimitiendo ante el veto a la participación de Javier en pruebas internacionales: «Hubo una agria discusión en la directiva y solo yo me opuse a la medida». Tras seis años en el cargo, también acabó dejando luego la primera línea del organismo autonómico, en el que Sonia Cantalapiedra se puso al frente. «En las reuniones en Madrid la presionaban muchísimo. “Si al chaval le pasa algo, irás a la cárcel“, llegaron a decirle para amedrentarla por haberle mantenido la licencia gallega. Pero siempre nos ratificamos. Ella ejerció un año y luego la relevó en el puesto José Ramón Meilán, que reafirmó la misma línea en las reuniones con la federación española».
Sobre Villanueva siguió volando fuego cruzado. «Algunos decían con frecuencia que no nos importaba mancharnos las manos de sangre por una medalla. Incluso siendo comentarios inconscientes, te llegan a doler. Una de esas frases lapidarias la dejaron en el contestador de mi casa. Hubo amenazas anónimas», recuerda.
«Paco invirtió tiempo, dinero y salud», repiten a un tiempo Javier y su padre. «Durante este conflicto muchos nos creyeron unos locos y unos suicidas, y vinieron a por nosotros. Hubo artículos en los que se mezclaba de todo, hasta la idea de los padres explotando a los hijos. Cuando en realidad plantamos cara por justicia y por dar una salida a un caso. Nada más», recuerda Bayón.
Ya en 2001, tras consultar con el subdirector de Alta Competición del CSD, Ángel Luis López de la Fuente, la Federación Española de Triatlón nombra como coordinador del caso a su propio jefe de los servicios médicos, Manuel Chamorro, y establece unos pasos que no convencen a la familia de Javier. A principios del verano, prolonga su suspensión en «las actividades del Programa de Futuras Selecciones y en las actividades como miembro del Equipo Nacional». Aunque él siguió adelante. Sin entrenar como un auténtico especialista, Javier empezó a correr en el pinar de Doniños con la familia Rioseco. Esteban, el hijo menor, notable atleta, le marcaba los ritmos en algunas ocasiones, ya que estudiaba en Estados Unidos. Progresó hasta que una lesión de ligamentos en la rodilla le impidió disfrutar del triatlón durante el verano, como solía hacer. Salió de la Selectividad con una media de 7,06 que le permitía optar casi a cualquier título universitario. Eligió una ingeniería, como su hermano, que estudiaba Aeronáutica. Y se trasladó a A Coruña para cursar Caminos, una carrera que no le permitía, ni mucho menos, una dedicación preferente al triatlón.
Esa etapa simboliza su amor al deporte. No tenía a su disposición grandes centros de entrenamiento, no disfrutaba de alta tecnología a su servicio, no encontraba retos claros por los que luchar, ni tenía tampoco el aliciente de ganar premios en metálico. Se preparaba casi solo, por vocación, por placer. Con pocos medios para entrenar como nadador, y vetado en las grandes pruebas de triatlón, mantuvo rutinas espartanas en los difíciles años de la llegada a la Universidad. Los libros le robaban minutos al sudor, los exámenes le arrebataban horas a los entrenamientos.
Compartía piso de estudiante con un par de amigos. Y para no perder tono en su nueva ciudad, buscó encaje en el grupo de competición que dirigía Luisa Domínguez. Más tarde lo tuvo que dejar, los horarios de las clases y del grupo eran incompatibles, y pasó a compartir calle con jubilados y chavales en la piscina del populoso barrio de A Sardiñeira. «Algunos protestaban porque hacía tiradas de 5.000 o 6.000 metros». Completaba la planificación en contacto con José Rioseco, al que veía los fines de semana en Ferrol. Para soltar las piernas con algo de carrera, a veces se iba al césped alrededor de la avenida de entrada a la ciudad, y otras hacía girar el rodillo en su habitación. La precariedad era esto. «Fue una época complicada para mí. Los estudios me exigían mucho, los entrenamientos que me planificaba Jose también. No conseguía sacar horas suficientes en el día. Entrenaba siempre solo, salía de clase lanzado en cuanto acababa para optimizar cada jornada y poder entrenar o estudiar… No dedicaba ni un minuto al ocio, simplemente no tenía tiempo. Me entraban dudas porque en ese momento no podía competir a nivel internacional, no sabía si alguna vez podría hacerlo. Y tampoco me volcaba en los estudios como debería».
Javier reapareció con fuerza en 2002 gracias a su licencia autonómica. En el Fluvial de Lugo había encontrado un club potente y nuevas amistades. Y allí ganó el Campeonato de España júnior de duatlón, la modalidad que incluye carrera y ciclismo. Aquel título permitió su presencia en el Campeonato de Europa de la categoría en Zeit (Alemania), en mayo. Tenía derecho a participar como vigente campeón nacional, nadie se hizo demasiadas preguntas y viajó con el resto del equipo español. «Andreu era el único directivo que nos entendía, aunque luego votaba con el resto, en contra de que viajase con la selección. Pero a Alemania lo convocó porque no le quedaba otra por sus resultados», considera Villanueva. Al margen de aquel experimento de los relevos en Hungría, vivía su primera prueba internacional, y ganó con autoridad, pese a que se encontraba en una fase de la temporada casi específica de natación. Venció en modalidad esprint, cinco kilómetros a pie, veinte en bici y otros dos y medio a pie. Así que sorprendió en su primea entrevista recién conseguido el título continental. «¿Qué parte prefiero? Yo soy nadador, mi principal virtud está en el agua», contestó a un sorprendido periodista local, pues no había tenido que dar ni una brazada para ganar.
Claro que el subidón de Alemania se volvió otro espejismo. Aquella semana representó un oasis en medio de un desierto de incomprensión en Madrid. Días después de regresar, llegó a su casa una carta firmada por Andreu Alfonso. A instancias del CSD, no volvería a contar con él por su valvulopatía. Su círculo interpretó que algún cargo entendió su convocatoria como una desautorización. ¿Cómo podía haber competido en Alemania si Boraíta y el CSD lo habían declarado no apto para la competición? La respuesta fue inmediata.
Vuelta a los dos bandos. Le apoyaba el mismo grupo reducido de personas, pero con una convicción a prueba de presiones, personales, políticas y profesionales. El veto había ido haciendo más gruesa su piel. Aunque creía que nada era definitivo, el proceso se volvió un tormento para Javier. Su alma se llenó de cicatrices, invisibles pero profundas. «Después de ganar en Zeit, estaba ilusionadísimo. Si había triunfado ya en duatlón, ese año aspiraba a ir al Europeo de triatlón de Győr (Hungría) y al Mundial júnior en Cancún, donde luego Iván Raña logró el título absoluto». No llegó a disputar ninguno.
De nuevo sus ilusiones se quebraban. Un día se abría una puerta a una posible solución y al siguiente se incumplía la palabra dada. El vaivén duraría más tiempo. Y a base de decepciones fue arraigando en Javier un cierto escepticismo, una desconfianza hacia los planes sin confirmar, hacia las promesas a medio plazo. Y se volvió algo más reservado, como un involuntario mecanismo para no salir aún más dañado del proceso. Si ya era un niño sociable, pero no extrovertido, aquel problema le encerró algo en sí mismo. Prefirió guardárselo casi como un secreto durante meses, durante años. Solo al cabo de un tiempo empezó a compartirlo con sus amistades más íntimas, con Arturo Calvo, su amigo de siempre, con Pablo Racionero, su compañero de piso, con Sara Fonterosa, su novia de adolescencia. Y con nadie más.
«Desde aquello, quizá levantó más barreras. Todas las dificultades que pasó acentuaron esa prudencia al relacionarse con los demás», explica Arturo Calvo. De ese aislamiento nacieron también fuertes lealtades hacia quienes estuvieron a su lado.
«En Galicia, muy poca gente ayudó a Javi. Muy poca», insiste Villanueva. Tras aquella carta descorazonadora al regreso de Zeit como campeón de Europa, retomó sus rutinas. Seguía tranquilo por su salud y dejaba que su entorno fuese activo primero y reivindicativo después en la búsqueda de alternativas para que volviese a competir. «Algunos pensaron que era joven y se volvería atrás, pero se toparon con sus convicciones», remarca Bayón.
Aquel 2002 Javier había dado un paso más en la mutación que concluiría en Nueva Zelanda. En esa época la licencia gallega le permitía participar en algunas pruebas en España y en las copas continentales, pero no en los eventos de mayor prestigio, las Copas del Mundo y el Mundial, a los que debía convocarlo la federación española. De esa forma durante los años 2002 y 2003 disfrutó de salidas internacionales para ir fogueándose y no perder contacto con el triatlón.
Pero cuando iba fuera sentía hasta un cierto desprecio de la federación española. En su primera competición internacional absoluta, fue sexto en la Copa de Europa de 2002 en Estoril, donde ganó el inglés Simon Lessing, tetracampeón mundial en distancia olímpica, una leyenda, un espejo y quien se convertiría a largo plazo en un rival por un pedestal en la historia. En esa misma carrera de Portugal se disputaban las medallas del campeonato iberoamericano, en el que Javi acabó segundo. «Cambiaron el protocolo de la entrega de premios, y el presidente de la federación española, José Hidalgo, ni apareció. Para ellos éramos unos apestados», se queja su padre. Más pruebas médicas en Madrid no cambiaron el enfoque de su caso. «El trato personal con Boraíta era bueno, pero yo no estaba cómodo allí. Me hacían las pruebas, luego me decía que ella tenía que quedar como la mala de la película, por el bien de mi salud, y volví a casa. No había manera». Un noveno puesto en la Copa de Europa de Madrid, pese a sufrir una caída, cerró su temporada en septiembre. «Ese año ya gané casi todas las pruebas a nivel nacional absoluto en las que participé, como el Campeonato de España de acuatlón o la Liga Nacional de Clubes».
El siguiente invierno fue el último que pasó en A Coruña. Y ocupó parte del curso en competir en duatlones. Ganó el campeonato de España sub-23 de esa modalidad en Pulpí y repitió experiencias internacionales en triatlón. Fue quinto en las Copas de Europa de Győr y de Estoril. Y en Praga, cuando iba cuarto, le descalificaron junto a todo el grupo de favoritos, que equivocó la ruta enfilando la recta de meta una vuelta antes del final, que esta vez incluía nueve giros, algo atípico. «Por aquel entonces las Copas de Europa tenían un nivel mucho más alto que ahora, con muchos de los mejores del mundo. De hecho en Praga en realidad solo me habían superado Filip Ospaly (campeón de Europa 2001), Dmitry Gaag (campeón del Mundo 1999) y Martin Knavek (bronce en el Europeo 2003)».
El veto acabó resolviéndose gracias a la opinión de una autoridad mundial en casos como el de Javier. El jefe de Bayón, el doctor Penas Lago, propuso al cardiólogo que el deportista visitase la consulta de William McKenna en Londres. Cruzó las puertas del 16-18 de West Moreland Street y cuando las volvió a flanquear adivinó un futuro repleto de luz. El director de The Heart Hospital también creía que Javier podía seguir compitiendo sin correr riesgos. Sin saberlo, el especialista canadiense iba a convertirse en decisivo gracias a la personalidad con la que defendió su postura en todas las instancias donde fue requerido.
Tres años después de iniciarse la batalla científica y política sobre su salud, se abría un camino nuevo. Javier había conocido su valvulopatía siendo un niño de diecisiete años y, a los veinte, ya universitario, aún no había conseguido plena libertad. Lo ganaba todo en España, pero apenas competía fuera. Arreciaron las preguntas ante la extraña situación. Su caso, debatido con trazo grueso en los foros de Internet, donde se generó un ambiente muy desagradable, llegó a los periódicos justo cuando estaba casi a punto de desbloquearse. La Voz de Galicia publicó su historia el 22 de septiembre de 2003, y ese mismo día un portavoz del CSD anunció que Javier podría volver a competir a nivel internacional. El proceso lo había desbloqueado McKenna. Su palabra valdría para que la federación española llevase a Javier a pruebas internacionales, aunque se mantenían las desconfianzas. Faltaba el sí definitivo.
Aquella larga temporada parecía terminar el 27 de septiembre con su victoria en el Campeonato de España sub-23 de triatlón en Rosas (Gerona). Porque se demoraba su habilitación definitiva para competir con la selección. «Aprovechamos para desentrenarlo y ver como evolucionaba la elasticidad de su aorta, y vimos que todo estaba bien. Así que perdió la forma», asegura Bayón. «Nicolás decía que mi corazón era muy elástico y por eso crecía algo más cuando entrenaba y se contraía cuando no hacía tanto ejercicio», recuerda Javier.
Pasaron los días, cada vez más cercano el Campeonato del Mundo sub-23 de Queenstown (Nueva Zelanda) de diciembre. «Les enviamos las conclusiones de McKenna en inglés y nos obligaron a remitírselas en español, firmadas por un traductor colegiado», recuerda el padre del deportista. Aquel papeleo demoró algo más el visto bueno definitivo.
En cuestión de horas se iba a completar aquella transformación que se había gestado en Javier durante tantos años.