A pulso

Paulo Alonso · Capítulo 13 de 16

Páginas del PDF

A pulso

Epílogo

por CHRIS MCCORMACK

 

Recuerdo vivamente la primera vez que pronuncié el nombre de Javier Gómez. Yo acababa de competir en el triatlón de los Juegos de la Commonwealth en Manchester, en el verano europeo de 2002. Durante un entrenamiento en bici en Girona con el entonces campeón mundial ITU, Iván Raña, oí hablar por primera vez del talento de un joven triatleta llamado Javier Gómez. Cuando un campeón mundial habla tan bien de las habilidades de un deportista, te llama la atención. En ese momento Raña era el corredor más letal de nuestro deporte. ¡Y elogiaba con tanta autoridad y convencimiento las cualidades de Javier Gómez! «Macca, atento a él en el futuro.» Charlamos mucho tiempo de sus impecables habilidades como multideportista. Un auténtico ciclista, alguien de una nueva era, que venía de una familia de nadadores y con una formación perfecta para la carrera. En aquel momento, tenía una combinación de cualidades pocas veces vista antes. Aunque el deporte evolucionaba, y con tantos triatletas empezando cada vez más jóvenes, era la mezcla que sabíamos que veríamos algún día. Hasta ese punto de la historia de nuestro deporte, lo más parecido a este tipo de competidor fue Simon Lessing e incluso él tenía debilidades de las que Raña dijo que Javier Gómez carecía.

Menos de 12 meses después, vi a Javier ganar su primer título mundial sub-23 en Queenstown, Nueva Zelanda. Nunca en mi vida había visto a nadie con tanta fuerza bruta en las tres disciplinas. Un triatleta que podía acabar una carrera de forma tan eficaz y con un esfuerzo tan controlado. Cuando lo hacía él, parecía fácil y natural. Queenstown era una carrera dura por caminos irregulares y un circuito muy técnico y serpenteante que hacía difícil encontrar un buen ritmo. Javier era un deportista joven, que competía con la experiencia de un veterano, pero a la vez tenía la velocidad y agilidad de uno de su edad. Era cautivador y hermoso para la vista. No se suelen encontrar estas cualidades en un chico de veinte años, pero viéndole era obvio que estábamos ante alguien muy especial.

Los años siguientes fueron buenísimos para mí como espectador. Como triatleta que se había alejado de las carreras ITU para buscar retos en Ironman, seguí con un gran interés el circuito de la Copa del Mundo. Fue increíble ser testigo del dominio de Javier en el calendario ITU antes de los Juegos de Pekín. En mi opinión, estábamos ante un atleta que representaba la perfección de las pruebas multideporte. Un competidor que no tenía debilidades y que se entregaba con una potencia y una velocidad en los últimos 10 kilómetros a pie jamás vistas antes en el triatlón. Los corredores a pie con mucho talento, como Simon Whitfield, Brad Kahlefeldt y Peter Robertson, podían esprintar, pero se volvían vulnerables frente a un atleta que podía resolver cualquier situación de carrera que se presentase y todavía quedarle el «punch» definitivo. Un impresionante ataque final, iniciado a mitad del último segmento, dejando a los mejores del mundo frente a alguien con unas condiciones anaeróbicas sin precedentes.

Javier podía igualar el ritmo de los mejores corredores al principio de la carrera y después superarlos al final. No existía absolutamente nadie que pudiera batirlo en aquel momento. Inauguró el nuevo paradigma del competidor ITU. Los oportunistas que lucían en una sola disciplina, pero que podían ser vulnerables si no iba todo a su favor, ahora se quedaban desfasados. Con Javier vino el nuevo estándar. O compites con ese nuevo modelo y te preparas para correr a ese ritmo devastador, o te extingues. Eso es exactamente lo que Javier aportó. Tenía todas las cualidades para enfrentarse a cualquier problema en natación, ciclismo y carrera. Nunca se había visto algo así antes. Por primera vez en mi trayectoria aprecié un cambio en mi deporte al que no podía enfrentarme. Como atleta profesional, puede ser difícil de digerir. Ver una modalidad que has dominado y admitir que los rivales ahora hacen cosas que para ti son imposibles. Cuando aceptas eso, pasas de ser un competidor a ser un fan. En eso me convertí con la nueva forma de competir de Javier Gómez. Él representaba el siguiente nivel, una nueva ola de talento y habilidad con la que los de mi generación habían soñado, pero que nunca habían visto. Un atleta impecable en natación, ciclismo y carrera. Él fue el primero.

Yo solo podía admirarlo desde la distancia y seguirle mientras acumulaba títulos por todo el mundo. Fue impresionante. La llegada en 2009 de la dinamo inglesa, Alistair Brownlee, me abrió el apetito aún más para sentarme a admirar lo lejos que había llegado mi deporte y lo increíbles que eran estos atletas. La rivalidad entre Brownlee y Gómez actuó como catalizador para el triatlón, inspiró a la siguiente generación de campeones y nos brindó un espectáculo a los de la generación anterior, que podíamos disfrutar de esos retos extraordinarios en los mismos circuitos donde habíamos competido en el pasado.

Tuve el placer de conocer a Javier en 2011. La última etapa de mi trayectoria me tenía entrenando para carreras largas y viviendo entre Estados Unidos y Suiza. Los Ironman y los circuitos ITU, a pesar de estar dentro del mismo deporte, llevan caminos separados. Después de ganar el Campeonato Mundial de Ironman en 2010, prometí a mis hijos que intentaría conseguir una plaza en el equipo australiano de los Juegos de Londres 2012. Era un reto casi imposible, pero valía la pena intentarlo. Durante ese tiempo nuestros caminos se cruzaron. Javier y yo teníamos el mismo patrocinador de bicicletas. Gracias al responsable de márketing de la empresa, nos conocimos en una cena en mi ciudad, Sídney. Las primeras impresiones cuentan mucho. La honestidad e integridad de una persona son evidentes al empezar cualquier conversación. Allí tenía al atleta más importante de la historia de nuestro deporte y alguien del cual yo era un auténtico admirador. Charlamos sobre algunas carreras y nos reímos como amigos de toda la vida. Javier es una persona tan impresionante fuera del circuito como dentro de él. Un auténtico caballero y un líder en cada aspecto del deporte.

Mi madre siempre me decía: «No importa lo que los demás creen que eres, importa lo que eres.» Nunca cambiaré de opinión sobre Javier Gómez gracias a un pequeño detalle, del cual quizás ni se acuerda. El hecho de que a lo mejor no se acuerde da incluso más valor a la anécdota.

Tras las Series Mundiales de Sídney en 2011, mi hija mayor, Tahlia, pasó 45 minutos bajo la lluvia. Esperaba a Javier con su foto en la mano, con ganas de pedirle un autógrafo. Con siete años, tenía su primer héroe. Cuando un atleta gana una carrera, la maraña de periodistas y los compromisos posteriores a la carrera lo arrastran de un lado a otro. Javier había sufrido ese día una caída bastante fuerte por la lluvia, así que después de 45 minutos de espera, me acerqué a mi hija para decirle que quizá sería mejor ir a verlo al día siguiente al hotel. Se negó, empeñada en seguir allí para conocer a su ídolo. Como padre tuve aprensión, pues sé las responsabilidades posteriores a una carrera. Me preocupaba que no lo viera y que se quedase decepcionada. Mi mujer y yo nos resguardamos de la lluvia en una cafetería, vigilando desde arriba a mi hija, sola, con su paraguas en la mano, esperándolo junto a la zona de atletas. Cuando salió Javier, ella estaba atónita y no dijo nada. Se quedó quieta, mirándolo, casi fuera de su vista. Javier y su séquito volvían caminando a su hotel. Estaban metidos en una conversación y con prisa para regresar tras un largo día de carrera. Tahlia se quedó petrificada y sin aliento al verlo pasar. Tenía en la mano un bolígrafo y una revista cuya portada protagonizaba Gómez. No dijo ni una sola palabra y, viéndola así, me sentí triste por ella. Pensé que no notarían su presencia. Javier la vio de reojo e, inmediatamente, se paró y caminó hacia ella. No hay palabras para describir lo que un simple gesto puede hacer. Y cuando dicho gesto es honesto, verdadero y no forzado, muestra qué clase de persona es alguien. Le firmó la revista, sacó una gorra de su patrocinador de la mochila y se la regaló. Le dijo unas palabras y se fue. No había cámaras ni medios de comunicación viéndolos. Nadie para juzgarlo si pasase de ella. Solo él y sus dos amigos. Ni mi hija ni Javier sabían que mi mujer y yo habíamos seguido la escena. Como padre, ver algo así te derrite el corazón. Inmediatamente, Tahlia vino corriendo para contarnos lo que le había pasado. Mi mujer y yo sonreímos al escucharla y sentimos un respeto aún más grande por este hombre.

Javier Gómez, tienes clase en todo lo que haces. Se hablará de tu habilidad atlética durante muchos años. Lo que estás haciendo por nuestro deporte te convertirá en uno de los grandes de verdad. Pero para mí, y así te veré siempre, ese simple gesto significa más que cualquier premio que puedas ganar. Tengo el gran honor de conocerte y solo te deseo éxito y felicidad en tu vida. Eres una persona maravillosa y esto cuenta más que cualquier logro atlético. La gente como tú es como el cometa Halley. Solo pasa una vez en la vida. Es un placer poder llamarte amigo.