A pulso
La libertad
«Me llamó y quedamos para cenar. Se sentó y no paraba de hablar. Cuando le empezaba a decir algo, él me cortaba. Lo conozco desde hace muchos años, somos amigos, y nunca lo había visto tan extrovertido. Normalmente soy yo el que hablo y él está callado. Pero esta vez era diferente, apenas pude tomar la palabra. Se había liberado de un peso». José Rioseco levanta la mirada y sonríe. Nada describe mejor lo insólito de aquella cena con Javier que esa sonrisa limpia y redonda. La idea de que aquella victoria resultó liberadora la comparte todo su círculo. «La plata olímpica fue algo increíble, pero al fin y al cabo has quedado segundo. Y él quería ganarles, y ganarles de la manera en que lo hizo fue algo único. A mi hermano le molestaba mucho que en algunas pruebas daba la sensación de que ya lo empezaban a presentar como alguien del pasado. Aquella carrera de Londres fue su manera de decir: “Todavía estoy aquí, que a nadie se le olvide“», indica su hermano.
Con la sensación de que tras aquel título memorable, con un final apoteósico en Londres, se había abierto un enorme claro, Javier arrancó una nueva etapa. También a nivel personal. Tras la ruptura con Ricarda Lisk, inicia una relación con la triatleta neozelandesa Anneke Jenkins. Y será un año en el que probará cosas nuevas, como entrenar en grupo o disputar el Mundial de media distancia. Pero, sobre todo, intentará afianzar esas toneladas de confianza que había recuperado con aquel desenlace demoledor.
Viaja a Fuerteventura, su refugio habitual cuando las primeras borrascas del invierno se cuelan en el otoño y riegan Galicia de agua y frío. Ese frío del que es imposible despojarse, porque en su camino hacia los huesos lo acompaña un catalizador tan eficiente como la humedad. Bajo la eterna primavera canaria pone a tono los músculos. Conoce al milímetro los caminos y las pistas de arena fina por los que acumula kilómetros. Lleva muchos años pisando los mismos sitios, tocando los mismos azulejos, flotando en la misma agua, rodando por el mismo asfalto, pero si tiene una ventaja respecto a otros competidores, esa es que no le asfixia la rutina.
Y regresa al pasado. En marzo, cuando el debut en las Series Mundiales se aproxima, acompañado por su entrenador y los triatletas Henri Schoeman, Pablo Dapena, Jesús Gomar y Cesc Godoy, que componen su núcleo de preparación, inicia una concentración en Nueva Zelanda. Aconsejado por Kris Gemmell eligió Wanaka para establecerse antes del arranque en Auckland. Una zona muy próxima a Queenstown, el punto donde hace once años había empezado todo, en el que se proclamó campeón del mundo sub-23 y al que aseguró que volvería en una mañana de diciembre de 2003.
Su comienzo es estratosférico. Arrolla en Auckland, donde realiza un cambio de ritmo impecable en la mitad del 10.000 para descolgar a Jonathan. Algo similar sucede en Ciudad del Cabo veinte días más tarde. El menor de los Brownlee tampoco puede contener su ataque. Está desatado. Las piernas fluyen y la cabeza responde. Se siente con valor suficiente como para empujar al límite y para hacer ver a los demás que está por encima del resto. En Yokohama realiza una exhibición abrumadora. Con todos los favoritos en liza, solo Mario Mola consigue aguantarle hasta el esprint y allí, evidenciando sus progresos en esta suerte decisiva, Javier lo derrota sin contemplaciones. Pleno. Tres victorias en tres carreras. No tiene freno.
Pero no se acomoda bien a la distancia esprint. En Londres, sobre un recorrido la mitad de largo que en las anteriores pruebas y un desarrollo más explosivo, finaliza en sexta posición. Allí se empieza a fraguar la lesión en la planta del pie que lo mantendría en jaque hasta el final de temporada. Pero el calor de Chicago, que esta vez derrite al resto de sus contrincantes, lo devuelve al primer peldaño del podio. Ya tiene cuatro triunfos. El tetracampeonato está encarrilado. «Esa victoria me sorprendió porque las últimas semanas habían sido irregulares, no había corrido bien por molestias en una fascia. Pero esta vez las altas temperaturas se aliaron conmigo. Cuando nos bajamos a correr a pie, tenía muy malas sensaciones. Podía sentir mi fascia quejándose. Pero al cabo de un kilómetro vi que podía ser mi día. Íbamos muy despacio, Mario no tomaba la iniciativa, Murray se había quedado pese al ritmo lento, Pereira tampoco quería tirar… A los jóvenes les estaba pasandon factura esas condiciones extremas, igual que a mí años antes, cuando empezaba a ganar carreras. Así que, dentro de mis dificultades, me fui creciendo. Más que nunca tenía que hacer una prueba de desgaste, sin grandes cambios, y la gente poco a poco cedería. Así, con unos discretos 31.30 en un circuito lleno de curvas y con calor sofocante, logré una victoria clave para encarrilar el Mundial».
De todas formas, se siente preocupado. Esas molestias incipientes en el pie se empiezan a enquistar en el ánimo. Ya lo ha vivido más veces. Dolores que aparecen de la nada. El cuerpo protesta por la acumulación. Debe parar, pero no es el momento oportuno. Tiene que competir. Debe reemplazar la sexta plaza de Londres. No puede llegar a la gran final con ese lastre. En Hamburgo, todavía tocado, acaba cuarto. Ahora tenía algo de margen para descansar. Cinco semanas hasta Estocolmo y seis para viajar a Edmonton a la cita más decisiva de la temporada. Evoluciona favorablemente. Nota cómo la inflamación remite y cada vez puede entrenar con más soltura. No hay nada como volver a sentir que todo está en orden, que puede volver a acelerar al máximo sin que nada se resienta.
Y aprieta el pedal a fondo, porque siete días después de la final del Mundial sobre distancia olímpica también quiere disputar el título planetario de media distancia. Para ello, tiene que acumular kilómetros y kilómetros, pero al mismo tiempo no puede perder intensidad en sus sesiones de calidad. «En Nueva Zelanda, durante abril y mayo, la preparación fue muy dura, porque es el momento de la temporada donde el volumen se empieza a compaginar con entrenamientos de alto nivel. Esa zona mixta se hace absolutamente insoportable», comenta el triatleta gallego Pablo Dapena, quien esa temporada formó parte del grupo de preparación de Gómez Noya. «Te duele todo, piernas, brazos,… el cuerpo entero. Llegaban los viernes, nuestro día de descanso, y yo solo quería tumbarme en la cama y ponerme a descansar». En esa mezcla de dos tipos de sesiones se ha sumergido ahora Javier, justo antes de la fase determinante de la campaña. Su minuciosa disciplina le permite soportar estas cargas fuera de lo común. «Lo que de verdad lo diferencia del resto es la capacidad de descanso. Acaba su entreno, estira, se marcha para casa y a la cama. Hay mucha gente que no es capaz de hacer eso, él ni siquiera toma algo, ni una caña. Vive en una monotonía que tiene asimilada», recalca su compañero.
Finalmente, Javier decide viajar a Estocolmo. Ya no es solo lo que él consiga, sino lo que evite que consigan sus adversarios por el título, Jonathan Brownlee y Mario Mola. Dos días antes de la carrera, se enfangan los planes. Una dolencia gastrointestinal lo deja fuera de combate. Apenas puede comer. Cualquier cosa le sienta mal. De todos modos, sale a competir. La ciudad amanece encharcada y continúa lloviendo. Cuando la senda hacia el Mundial parecía reluciente, despejada, ahora se cubre de clavos. Por las calles de la capital sueca, Javier hace algo que en contadas ocasiones había consumado: se retira. Exhausto y sin opciones de mejorar sus resultados anteriores, opta por el abandono. Es lo más recomendable, pese a que hiera su orgullo de campeón.
Lo peor es no saber si está en condiciones de rendir en la gran final para la que apenas falta una semana. Allí no necesita ganar, solo vigilar a Jonathan y Mario. Entrar cerca de ellos le daría el tetracampeonato, la cifra mágica de la que solo Simon Lessing puede presumir.
«Claro que crecen las dudas. No sabes cómo vas a responder. Estaba haciendo muy buenos entrenamientos en Pontevedra, pero luego surgieron esos problemas estomacales y quedé tocado. Sabía que la carrera en Edmonton iba a ser muy exigente, que Alistair y Jonathan tratarían de que algo extraordinario sucediese».
Conforme pasan las horas, Javier progresa. Vuelve a comer con normalidad y recupera el vuelo que había perdido en Estocolmo. Estaba relativamente preparado. «Volví a encontrarme bien. Pero en tan solo una semana, y con un viaje transoceánico por medio, no sabes si el cuerpo va a estar totalmente recuperado para la carrera más dura y decisiva del año, donde mi principal rival, Jonathan, contaría con la ayuda de uno de los más fuertes, su hermano Alistair».
Una natación deficiente en Edmonton lo deja enganchado en puestos retrasados. Por fortuna, Jonathan también se encuentra en problemas. El primer viraje tan cerca de la salida le había perjudicado. A él no le gusta el revoltijo de las aguas abiertas, prefiere la calma de la piscina. Pero ya contaba con ello. Sabía perfectamente que aquella baliza se iba a convertir en un embudo. Tras la primera transición se vacía. Delante, Alistair ya ha empezado a jugar y se distancia. No le preocupa. Está descartado para el Mundial. Mantiene la tranquilidad y entra en el primer grupo. Con Mario Mola también rezagado, su única misión es ponerse a la rueda de Jonathan Brownlee. Solo se mueve si el británico se mueve. Cumple con diligencia. Y en la carrera a pie, no defrauda. Lo tiene todo bajo control. Solo le queda disfrutar. El título ya es suyo y también hay espacio para permitir que Mola alcance el subcampeonato del Mundial. Javier lleva años padeciendo las estrategias de los Brownlee y quiere tomarse una dulce revancha. Apura el paso. A Alistair ya no le pueden dar caza, pero va a probar a Jonathan. Se propone saber si está preparado para discutirle el título, si está a su altura. En pocos metros obtiene la respuesta. Jonathan se descuelga, se deja caer lentamente. Solo Mario permanece junto a él y así caminarán hasta poco antes de la alfombra azul, donde Javier no le disputa el esprint al mallorquín. Entra tercero. Suficiente para ser el número uno. Ya es una leyenda.
«Tengo más respeto por Javi que por ningún otro triatleta. Desde que lo admiraba cuando era un júnior, hasta estar en la misma carrera, y luego disputarle el mayor espectáculo en los Juegos Olímpicos. Ha sido un rival fantástico», reflexiona Alistair Brownlee sobre el pentacampeón mundial. El menor de los hermanos comparte el elogio, pues creció intentando alcanzar a un mito viviente. «Oí hablar por primera vez sobre Javi cuando era un joven triatleta en un campus de la federación británica. Nos decían que si queríamos batir a “Gómez“, teníamos que hacer nuestros entrenamientos bien para poder correr lo suficientemente rápido. Javi era el nivel que nosotros teníamos que alcanzar. Estaba en lo más alto de nuestro deporte. Él es uno de los más rápidos nadadores, ciclistas y corredores. Eso significa que siempre va a estar en la lucha por la victoria».
¿Cuál sería la dimensión de Javier, vista su carrera con perspectiva? «En la historia del triatlón él estaría en el podio (ha logrado medalla en todo lo que ha hecho). Los próximos años determinarán en qué peldaño», consideran. «Su habilidad de mejorar el rendimiento a lo largo de la temporada y su consistencia en un período tan largo de tiempo lo hacen diferente… Si tuviésemos que pensar en otro deportista, lo compararíamos con Roger Federer», coinciden ambos hermanos.
Una leyenda viva, pletórica, que solo piensa en el horizonte, que se ha mentalizado para escribir en la historia. «Ahora mi hermano no va a parar… Todo lo que ha conseguido se lo ha ganado a pulso… Y está más convencido que nunca de que puede seguir ganando».
Se levanta del amplio sofá que domina la habitación. Es un cuarto de la última planta de la casa familiar a las afueras de Pontevedra. El lugar que escoge para tocar la guitarra, su pasatiempo predilecto cuando necesita evadirse del trabajo, de una vida enfrentado al cronómetro. «¿A cuántas cosas me he visto obligado a renunciar para llegar hasta aquí? A ninguna. Me sorprende lo que piensan otros deportistas. Pero yo estoy aquí porque durante este tiempo solo he hecho lo que más me gusta hacer».
Ferrol, otoño de 2014