A pulso
Capítulo 17
A las siete y media suena el despertador en Notting Hill. Javier inicia su ritual del gran día. Trotar un rato, desayunar, recorrer en bici el camino a Hyde Park y nadar en la piscina próxima al circuito. En Londres siempre había vivido grandes emociones por caídas, triunfos épicos, medallas que saldaron cuentas pendientes… Un lugar clave también para su supervivencia deportiva, donde había desbloqueado uno de los problemas más enquistados a los que se enfrentó nunca. A su lado, Carlos David Prieto, como tantos años antes, cuando lo tenía todo por descubrir. Su antiguo compañero de habitación en los viajes con el Club Fluvial de Lugo, luego confidente y amigo, se había convertido en su entrenador unos meses atrás. La compañía perfecta después de diez años dando vueltas por el mundo. La charla intenta tapar los nervios en esas horas anteriores a la carrera, se palpa la tensión de jugarse en solo un par de horas todo un año de sacrificios. «Me dijo que sus sensaciones eran positivas. Suficiente», explica su sombra de todo el 2013. El ambiente festivo en el parque, un bullicio colorista de miles de personas rumbo a la final del Mundial, contribuye a activar el cuerpo. La atmósfera perfecta para otro duelo a tres, los hermanos Brownlee y él. Nadie apostaría su dinero por ningún otro aspirante a campeón. Quince minutos antes de la carrera, no hay espacio para tácticas. Carlos David Prieto se acerca y le susurra una última frase al oído: «Acuérdate de Pontevedra». Allí vive desde hace diez años, allí había sufrido en 2011 uno de los mayores reveses de su carrera en un Europeo extraño, en el que hubo hasta juego sucio, y del que salieron victoriosos Alistair y Jonathan Brownlee, oro y plata.
En la cámara de llamadas se cruzan los tres favoritos. Hay una relación cordial, pero sin la familiaridad de otros auténticos amigos a los que la competición convierte durante horas en rivales.
—¿Lloverá? Vosotros sois locales —pregunta Javier, ávido de conversación para reducir la tensión.
—Nosotros somos de Yorkshire, no de Londres. De locales, nada. Pero creo que sí, algo lloverá —espeta Alistair divertido, siempre tomando la iniciativa como hermano mayor, por delante del pequeño, tanto en las carreras como en la vida.
Londres en septiembre puede mostrar en cuestión de horas las cuatro estaciones del año. Así que, para evitar riesgos en un asfalto resbaladizo, Javier había rebajado ligeramente la presión de las ruedas de su bicicleta, con la misma previsión que sus rivales.
Las presentaciones siguen el orden de la clasificación del Mundial. El primero en elegir un puesto en el pontón de los 1.500 metros a nado (dos vueltas al tramo central del lago Serpentine) es Alistair Brownlee, el líder. Y, en contra de lo que suele hacer, se va al extremo izquierdo, el más cerrado hacia la boya de giro, un punto delicado y primera referencia. Jonathan, no hay duda, se sitúa al lado de su hermano. Ocupan el lugar habitual de Javier, que, tras pensarlo un instante, mantiene su idea y se acomoda junto a ellos. Siempre escoge el lado que le permite llegar por dentro al giro de la primera baliza.
Mientras se sitúan los actores secundarios, los tres se activan en un último calentamiento sin espacio ya para más bromas. «Hacía muchísimo frío y los Brownlee parecían boxeadores, protegidos por sus chubasqueros». Lanza los brazos hacia adelante y hacia atrás para que los músculos ganen temperatura. Toma unas bocanadas de aire. Siente que el corazón se acelera. La visión se va reduciendo paulatinamente. Ahora ya solo se centra en los metros de agua que tiene delante. El tiempo se agota. Todos se ponen en formación. Llega el momento. Da un paso al frente. Se prepara. Contiene el aliento. Y, por fin, escucha la señal.
«¡Salta, Javi! ¡Salta o no nos dará tiempo! ¡Salta!». La natación había sido su puerta de entrada al triatlón. Y el entrenamiento de un finalista en los Campeonatos de España requería sacrificios desde muy joven. Con catorce años ya acudía a las seis y media de la madrugada a entrenar a la piscina de Caranza. Muchos días sin más compañía que su fuerza de voluntad. Y el momento de tirarse al agua no era fácil para un niño casi en ayunas. Por eso le apremiaba José Rioseco, el primer entrenador que le marcó de verdad, cuando su hobby ya no era pura diversión y las satisfacciones solo llegaban después de un enorme desgaste durante meses.
«¡Salta, Javi!». La soledad envolvía en eco los gritos de Rioseco en una piscina prácticamente vacía. No había tiempo que perder en la primera sesión de la jornada, cuando al final la constancia tumbaba siempre a la pereza de lanzarse al agua fría. Tras hora y media de ejercicios, pasaba por la ducha y cogía un termo y un sándwich durante el trayecto en coche hacia el instituto.
Había llegado al Natación Ferrol con once años, animado por su padre, buen nadador desde siempre, y por su amigo Eduardo Suárez, vecino en su barrio de A Cabana y compañero de clase en el colegio London School. El equipo de fútbol Os Amigos perdió un lateral derecho y la piscina ganó un alumno muy disciplinado, aunque no le atrajese en principio la competición. En su primer día en el club, le marcaron series de mariposa, que ejecutó sin rechistar. «A mitad del entrenamiento, el responsable, Jesús Foces, me mandó para casa. Fue un alivio. En las primeras semanas avancé muy rápido, recuperando el tiempo perdido respecto a otros compañeros que habían empezado mucho antes. Todo iba muy bien, por el ambiente en el grupo y los entrenamientos. Hasta que mis padres me obligaron a probar en una competición en Narón, cerca de casa, a la que no quería ir. Nadé 100 espalda, nerviosísimo. Temía que me descalificaran por algún error. En aquellos años me tensionaba, sufría antes de la salida». En su primer Campeonato Gallego infantil ya ganó un par de oros en 400 y 1.500 metros libre. Con constancia, empezó a moverse entre los cinco o seis mejores de España. Progresó rápido y se hicieron frecuentes los entrenamientos con Rioseco, director técnico del club, testigo directísimo del viaje que iba a emprender, un amigo que también le inculcó luego una forma de trabajar y moverse por el mundo. Las jornadas se estiraron. Cerraba la piscina pasadas las diez y media de la noche y dos días a la semana volvía a abrirla a las seis y media de la madrugada. Una instalación que terminaría llevando su nombre en reconocimiento a su trayectoria vital y deportiva.
«Tenía un cuerpo normal, pero una cabeza extraordinaria. Se le veía casi inmediatamente, al meterse en el agua. Era muy trabajador y se adaptó a hacerlo todo perfecto para nadar de una forma muy económica», recuerda Rioseco sobre su despertar en la piscina.
La natación le proporcionó sueños, pero también frecuentes inmersiones en la realidad. Figura en Galicia, le tapaban gigantes como Marco Rivera y Javi Núñez cuando salía a competir fuera. No había espacio para la resignación pese a ciertas limitaciones. «Ahora sé que me faltaban altura y fuerza para competir con los mejores, aunque lo intentase a base de técnica y capacidad aeróbica». Con trece años, en su primer campus nacional descubrió, paradójicamente, otra virtud. «¡Se me daba mejor correr que nadar! No estaba tan formado muscularmente como el resto y no era el típico nadador pesado al que le cuesta moverse. Además, ya me gustaba correr por ahí sin ningún plan predeterminado». Iba perfilando, sin saberlo, su preparación como triatleta con un entrenamiento variado. También con tiradas en bicicleta junto al grupo de veteranos de su padre. «¡Pero como traes al niño!», le habían afeado en la primera ruta por el monte antes de ver que aguantaba como cualquier otro.
Javier devoró horas de natación en cintas de VHS, coleccionó revistas, memorizó tiempos y resultados… Se fijó en ídolos como Martín López Zubero, el campeón olímpico de Barcelona 92, y los australianos Kieren Perkins y Grant Hackett. Metódico y silencioso. Una anécdota ilustra su meticulosidad al entrenar. «Una tarde marqué las rutinas para calentar y desde entonces iba todos los días a la misma baldosa, entre una columna y una pizarra, para completar el mismo ritual. Era algo especial», recuerda Rioseco.
Como nadador, dominaba las pruebas en aguas abiertas; sin saberlo, otro aprendizaje para el futuro como triatleta. Su amigo Arturo Calvo vivió a su lado su transformación en una estrella del triatlón, desde que empezó a volar cuando iban juntos al instituto. «La gente sabía todo lo que entrenaba, los madrugones… A la mayoría les parecía una locura. Porque ya entonces lo hacía todo con una disciplina brutal. Con catorce o dieciséis años era incapaz de perderse un entrenamiento. Era increíble. No solo por entrenar mucho volumen, sino por abordar cada sesión con una concentración plena». Palabras de amigo, pero también testigo de infinidad de pruebas, observador de las rutinas y los hábitos con que cada deportista envuelve una carrera. Y vio a varios talentos quedarse por el camino… «Hay triatletas con mucha clase, pero no tan meticulosos desde niños. Javi se marca un objetivo y lo cumple. No era eufórico cuando ganaba. Sentía los éxitos como una consecuencia del esfuerzo, y a continuación se marcaba el siguiente objetivo. Era muy analítico». Por eso Javier se involucró muy pronto en sus entrenamientos. Ávido de saber los porqués de los cambios en el cuerpo, activo para aportar sugerencias. «Llegaba a la pizarra, veía el entrenamiento y lo hacía, pero también le gustaba saber el motivo», matiza Calvo. Y se empapó de textos sobre Lance Armstrong, entonces paradigma de la superación en el deporte y su ídolo durante esa transformación personal que iba a concluir en Nueva Zelanda.
El verano de 1998 lo cambió todo. Tras el peculiar estreno en Castropol, rindió aún mejor en los siguientes triatlones, en Vigo y A Coruña. Era un crío en carreras de hombres, y también un portento capaz de probar a los mejores de Galicia sin tener experiencia ni entrenar de forma específica. Semanas después de su debut, le llegó la recompensa. «Soy Andreu Alfonso, seleccionador español juvenil. Quiero que vengas a una concentración en Oliva, en Gandía, como miembro del equipo nacional».
La experiencia de esos días en el camping Miramar le divirtió y sorprendió al mismo tiempo. Disfrutó de las bromas en los bungalows, hizo grandes amigos en un ambiente más distendido que el de rivalidad de las grandes citas de natación y confirmó que tenía un talento único para ese deporte.
«Era más joven, y el resto ya nos conocíamos casi todos. Así que su llegada supuso una novedad. Pronto le llamamos “17”, porque era el único capaz de completar los 1.500 metros en el agua en ese tiempo», recuerda Dani Puerta, uno de los chavales que allanó la adaptación al grupo de aquel nadador entre proyectos de triatletas. «Aún tenía muchísimas carencias técnicas. En bici iba atrancado con el plato, aunque su clase era enorme. El primer día que subimos el puerto de Pego, allí en Miramar, atacamos como fieras, hasta que fue alcanzándonos y descolgándonos uno a uno, sentado, con un desarrollo duro», explica Puerta, que después convirtió a Javier en un amigo más de los Diablillos de Rivas, su club en Madrid.
En el ambiente despreocupado de Oliva unos no dejaban de mirar de reojo a otros. Porque disputarían una prueba para medir fuerzas. «Me anunciaron que haríamos un 1.000-30-7 y ni sabía a qué se referían. Era ajeno a la jerga del triatlón. Luego supe que hablaban de las distancias de cada segmento, mil metros a nado, treinta kilómetros en bici y otros siete a pie». En la porra previa de los chavales, el nombre del novato no apareció en ninguna apuesta. Pero ganó con suficiencia siendo el más pequeño de la concentración. Le bastó su talento. Venció, por ejemplo, al entonces vigente campeón de España juvenil, Francisco Ezequiel Lázaro.
Aquel grupo de triatletas le hizo sentirse cómodo desde el primer día en Gandía. Su carácter formal y espartano se refrescó con el contrapunto de un ambiente muy lúdico. Entabló una buena relación con los chavales con los que más sintonizaba. La empatía era mutua. Puerta le demostraría su aprecio años más tarde en carrera, cuando no había más en juego que el honor de rebelarse contra una decisión injusta y una emboscada en bici. Por aquel entonces sus caminos les habían llevado a vidas muy diferentes. Era poco antes de los Juegos de Atenas. En el verano de 2004, Javier se asomaba a la élite; a Puerta el profesionalismo le quedaba lejos.
A la vuelta de Gandía, Javier priorizó todavía la natación durante una etapa. Cada año, hasta junio no salía del agua, y en verano emergía como triatleta. Mantenía su vínculo con su deporte de siempre y arrasaba en el nuevo. En 1999 coincidieron ambos campeonatos de España el mismo día, y eligió irse a nadar a Elda, teñido de rubio como el resto de su equipo. «Tenía muchas probabilidades de ganar el de triatlón y muy pocas de llegar al podio en el de natación, pero sentía que debía ir al de natación porque era para el que más me había preparado». A medida que pasaban los triatlones, algo había en aquel chaval que no dejaba de sorprender. Así que se hizo habitual en las reuniones de los aspirantes a la selección. Ese mismo 1999 le convocaron para la cita de Benicàssim y también ganó la versión para populares de la Copa de España de Torrevieja sin haber dormido ni un minuto la víspera, de tanta fiesta que había en aquel grupo durante las concentraciones. Fue aquella una de sus primeras exhibiciones tras salir el primero del agua, asumir la responsabilidad en bici, sentir durante todo el camino el aire en la cara y ganar a su manera, en solitario. Firmó uno de los mejores parciales en la carrera a pie, mejor incluso que el de varios profesionales que correrían en la siguiente serie.
Volvió en el año 2000 a otra reunión de jóvenes talentos en Arriondas (Asturias) y también arrasó… A ojos de los demás no había dudas de adónde encaminaría su futuro. Raña, Whitfield, Gemmell, Docherty y Robertson tomaron la cabeza de Javier como referentes que en breve se convertirían en rivales.
Le gustaba quedarse en casa de Puerta y Dani devolvía la visita a A Cabana. Con Arturo Calvo estiraban los días y las noches hasta caer rendidos. «Y soñábamos. Una noche terminamos hablando de olimpismo. “¿Te imaginas lo que sería correr unos Juegos?”», recuerda Puerta que fantasearon. Javier flotaba en una nube. Todo iba más rápido de lo que jamás había imaginado. «Sentía que llevaba muchos años nadando con total entrega y disciplina, pero “solo” me alcanzaba para llegar a la final de un campeonato de España. Y, de repente, sin apenas entrenar corriendo y en bici, ganaba a los mejores triatletas de España de mi categoría y podía competir de tú a tú con muchos de la élite». Era una historia de colores. Pero pronto se desteñiría. Pasaría de golpe al blanco y negro.