A pulso

Paulo Alonso · Capítulo 6 de 16

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A pulso

La lista de los más buscados

Las semanas previas a la final de Londres afilan su cuerpo. Las facciones de Javi lucen más marcadas, su figura se afina, los músculos se pegan a los huesos, no le queda ni un gramo de grasa, pero eso le resta potencia en el agua. Ahora precisa otra marcha. Piensa que se puede quedar cortado, que está en el límite. Ya entrada la segunda vuelta consigue por fin rebasar a varios rivales y empieza a pensar en la transición, en el momento en el que se ha de subir a la bicicleta.

Pese al arreón, sale del lago Serpentine a quince segundos de Varga y a nueve de los hermanos Brownlee, oculto en el puesto decimonoveno. Una distancia salvable a costa de un mínimo desgaste sobre la bici, un esfuerzo matador si diez de los triatletas que iban por delante se sincronizan para romper la prueba y descolgar rivales por detrás. «¡Apura! ¡Apura!», le grita la voz reconocible de su entrenador cuando corre hacia las dos ruedas. «Ese fue el momento más tenso de la carrera, hasta llegar a los instantes previos al esprint final. El riesgo de que se quedase cortado existía, pero hizo la mejor transición de todos», explica Carlos David Prieto, sus ojos para interpretar desde fuera la final del Mundial, la voz que le pedía que apurase aún más, algo tan necesario como difícil. Mientras se quita el traje de neopreno con los pies y se ajusta el casco con las manos, es consciente de que si se engancha algo, necesitará un gasto enorme para alcanzar la cabeza. Hasta la rutina de desvestirse del mono de natación puede frustrar un título o acercarlo.

El kilómetro inicial lo completa sin meter siquiera los pies dentro del calzado de ciclismo. Cuando alcanza a los primeros ya va muerto, con las piernas duras, pero por fin puede parar de pedalear para colocarse las zapatillas. Echa un vistazo para saber quiénes van entre los elegidos e intenta recuperar algo. Sin embargo, a los pocos segundos pasa hacia delante, sabe que los Brownlee pueden lanzar una ofensiva al mínimo descuido, no quiere, como le había ocurrido otras veces en la vida, que ese contratiempo le coja desprevenido.

A los veintiún años necesitaba olvidar la incertidumbre inicial sobre su corazón, el veto para Europeos y Mundiales y la extraña exclusión de Atenas… Comenzaría 2005 en las Copas del Mundo de Honolulu y Mazatlán. Con los billetes ya en casa para volar a Hawái, se enteró de que la batalla para evitar que compitiese por motivos de salud no había terminado. Apoyada en las últimas guías de la Conferencia de Bethesda, una de las cumbres de referencia de la cardiología, que esta vez se había celebrado en Nueva Orleáns, Araceli Boraíta volvió a declarar a Javier no apto para el triatlón. El CSD impuso un nuevo veto. Su licencia se retiraría de nuevo. Por un lado estaba la argumentación científica sobre su caso. Y de forma paralela se abrió una persecución institucional que le hurtó incluso sus derechos como ciudadano. De niño le habían ignorado, pero ahora pretendían destruirle. Le quisieron impedir el acceso a centros de alto rendimiento hasta como visitante, intentaron apartarle de pruebas populares que carecen del más mínimo filtro de admisión e internacionalizaron el conflicto con episodios surrealistas.

En realidad, el pulso había estado latente durante 2004. No había cesado ni siquiera cuando se había protocolizado el derecho de Javier a competir con su valvulopatía, apoyado en informes favorables. La Federación Española de Medicina Deportiva (Femede) se había alineado con Boraíta en un editorial titulado «Practicar deporte puede matar». Y aprovechó algún episodio de muerte súbita en el deporte, como el del futbolista Milos Feher (Benfica) en pleno partido, para quejarse sobre la situación de Javier. Las dimensiones de la cacería las descubrió golpe a golpe.

El revés resultó casi incomestible al principio. De pronto, lo citaron a una reunión en Madrid. «Les pedí que invitaran formalmente a Nicolás para que nos pudiese acompañar, pero no lo hicieron. Por eso, pensé que en la reunión no se debatiría la cuestión médica, aunque allí vimos que ese era precisamente el motivo de la cita. Y aún encima me dijeron que Nicolás no había ido porque no había querido, que siempre estaba invitado. Les repliqué que nadie lo había invitado formalmente y que deberían haberlo hecho. “Tiene, como mínimo, tanto prestigio como la especialista del Consejo“, les dije. Fue una encerrona. Mi padre y yo no éramos especialistas y no les pudimos discutir nada de lo que nos expusieron».

El CSD anunciaba su decisión como irrevocable, respaldando su tesis con argumentos aparentemente irrefutables, que, sin embargo, el entorno de Javier se encargó de ir matizando. «Los datos demuestran que el triatlón no me está perjudicando», advirtió en público desde el comienzo.

Pero también admitió la posibilidad de abandonar el triatlón si una mayoría de expertos le instasen a hacerlo, aclaró que no ondeaba la bandera de su derecho a decidir, en realidad, solo defendía que se afinase en su diagnóstico. «No voy a decir “hago con mi vida lo que me da la gana y corro“. No es el caso», argumentó ya entonces. No se declaraba en rebeldía, sin más; no sería un kamikaze, sino que pedía un debate de ideas.

Y, con esta premisa, las nubes comenzaron a disiparse como si llegase el verano, muy tímidamente, como lo hace en Galicia.

Para desenmarañar el nudo, buscó opiniones de peso sobre su situación. En Londres, otra vez McKenna fue la primera eminencia en ver a Javier pormenorizadamente. Solo unos días después de que el veto se hiciese público, lo sometió a un nuevo reconocimiento y se reafirmó: «En mi opinión, puede correr sin arriesgar su salud». En Madrid Araceli Boraíta, la jefa de Cardiología del CSD, admitió el «prestigio mundial» de McKenna en «miocardiopatías hipertróficas, pero no en casos como el de Javier». Y reiteró su postura a la luz de las guías de actuación de Bethesda: «Recogen de forma expresa la patología de Javier, incompatible con la competición en triatlón». No se atisbaba una solución, y a nivel político esta vez las puertas parecían absolutamente cerradas. Aunque, después de aquellos primeros días de desconcierto, en su círculo nadie dudó. Javier jamás abandonaría el deporte. Competiría a mayor o menor nivel, pero no dejaría de fijarse retos, de entrenar, de sufrir y de disfrutar. Esa era su vida.

Javier trató de salir adelante, respaldado por su familia en el plano afectivo, por su médico desde el punto de vista científico y por la federación gallega a nivel institucional. Su círculo señaló un instigador. Ángel Luis López de la Fuente, poderoso subdirector de Alta Competición durante ambos vetos, con gobiernos tanto del PP como del PSOE. Según sus sospechas, fue el responsable de que, a partir de un informe médico, se desencadenase una persecución. «Nunca entendí por qué actuó así. Nos cogió más tirria que la propia Araceli», recuerda Villanueva.

La partida había vuelto a comenzar. Y de nuevo cada movimiento de piezas parecía cambiar el equilibrio de fuerzas.

En junio se abrió al fin una grieta en la postura firme del CSD. Admitió que sería un grupo de expertos el que arbitrase la decisión definitiva, y no solo su jefa de Cardiología. Pero el tema se fue dilatando durante meses. La política no entiende de urgencias cuando no le interesa. Los primeros pasos no transmitieron a Javier demasiada confianza. Quizá algún alto cargo, como López de la Fuente, se había sentido ninguneado cuando se involucró en el debate al secretario de Estado para el Deporte, Jaime Lissavetzky. Así que las represalias contra él se recrudecieron por detrás, aunque ya se hablaba sobre la posibilidad de un debate sereno a nivel científico sobre su situación.

«Lloré, y más de una vez». Consumido por la rabia, por la impotencia, por considerarse víctima de un exceso de celo por un lado y de una demostración de autoridad por otra. «Lo vi todo más negro que en el veto anterior, porque se apoyaba en unas conclusiones de una organización a nivel internacional. No llegué a preocuparme por mi salud, pues ya sabía bien qué era lo que me pasaba, ni tampoco perdí la esperanza. Porque Nicolás volvió a ser muy claro, al matizar que las guías se hacían sobre población normal y que, en último caso, tendríamos que llegar a los autores de las guías».

Rafael Gómez Noya, el hermano de Javier, ya tenía entonces su residencia en Madrid y siguió el asunto con preocupación, pero desde la perspectiva que da encontrarse a cierta distancia. «Esta vez había mucha presión. El carácter luchador de mis padres, que se preocuparon por llegar hasta el fondo, jugó un papel determinante. Cuando se escarbó en el tema, se vio de otra manera», recuerda.

Pero si el anterior veto trastocó sus años de adolescencia, ahora le frenaba cuando era plenamente profesional. Había enfocado su vida hacia el triatlón. Se había trasladado a Pontevedra para entrenar en las mejores condiciones, había cambiado Caminos por Ciencias del Deporte para poder estudiar en su nueva ciudad, y todo volvía a torcerse.

«Mucha gente me pregunta por qué seguí entrenando. Yo lo veo normal. ¿Por qué no iba a hacerlo si era lo que más me gustaba? ¡Claro que aquello me afectó! Estaba triste. Sentía que iban a por mí. Y hasta ya no sabía qué pensar sobre la elección para los Juegos de Atenas». Algún día flaquearon sus fuerzas. La razón le animaba a salir a correr, pero la presión que conllevaba su caso llegó a ser demasiado pesada. Durante un mes aparcó su día a día, las sesiones interminables desde la mañana a la noche. Necesitaba un respiro, oxigenar su mente antes de seguir su exigente preparación, no quería continuar por simple rutina. Quería una pausa, pero no era capaz de aparcar del todo el deporte.

«Era una situación rara porque estaba triste, desanimado, no quería salir de casa, tampoco para ir al cine o cualquier otra cosa. Pero en realidad él seguía entrenando algo. Igual paraba dos días y una tarde estaba de bajón, yo me iba a correr, y de repente aparecía en el parque haciendo series. Él no aguantaba parado. Nunca se planteó dejar el triatlón. Cualquier persona hubiese actuado de otra forma. Lo más fácil era rendirse, pero muy pronto se puso a entrenar como si tuviese una competición al día siguiente, cuando en realidad no sabía la fecha para volver. Eso me hizo admirarlo muchísimo más», explica Saleta Castro, también triatleta, con la que salía entonces.

«Lo vi más tocado que nunca. No había hacia dónde ir. El único optimista era Nicolás, convencido de que la verdad prevalecería», recuerda Villanueva.

Javier compartía piso en Pontevedra con el entrenador del Centro Gallego de Tecnificación Deportiva, Omar González. Fue otra pata sobre la que se apoyó en los momentos más duros. «Trataba de animarme y proponerme cosas para sacarme de casa. También Jose Rioseco me ayudó mucho. Siempre nos entendimos muy bien, aunque no estuviese tan metido en la guerra como Paco o mi padre».

Tras aquel parón de un mes, con la mente más despejada, decidió volver a poner en marcha la maquinaria de su cuerpo. Y le costó lo suyo. Fue una tarde de primavera cerca de casa. En compañía de los triatletas becados en Pontevedra, jóvenes que ya lo idolatraban, se vio obligado a echar pie a tierra en medio de un repecho. Las piernas se le habían apelmazado, sentía los músculos tiesos y apenas le quedaba energía en la reserva. Aunque esa salida actuó como catarsis. «Después de un tiempo parado y sin saber qué hacer con mi vida, una tarde Omar me sugirió salir con ellos en la bici un par de horas, para que me oxigenara. Realmente entrenaban a diario, pero creo que intuyó que había llegado el momento para proponérmelo. Quizá fue el empujón que me hacía falta en ese instante. Mi cabeza pensó: “Vale, vuelvo a entrenar, voy a trabajar para llegar a mi mejor forma, ya que mi salud no corre peligro. Es posible que no pueda volver a competir a nivel internacional, o ni siquiera nacional, pero allá donde pueda, demostraré mi talento. Al fin y al cabo, esto es lo que me gusta hacer“. Me vestí de ciclista y bajé al punto de encuentro. Los chavales se sorprendieron al verme. Algunos conocían mi situación, y otros no, pero en cualquier caso les motivó verme allí. Salimos bastante rápido, hicimos varias subidas y al principio me encontraba relativamente bien. Un grupo reducido nos adelantamos, pero según fueron pasando los kilómetros mis fuerzas iban a menos… Ya llegando a Pontevedra, solo con otros tres triatletas, iba completamente vacío, pero no quería decir nada, apenas quedaba un rato para acabar. Pero en el último repecho del día, ni siquiera de un kilómetro, en Poio, me quedé totalmente clavado, y con calambres en las piernas. No dije nada, me eché a un lado y me puse a estirar. Solo se dio cuenta Óscar Vicente —en el futuro también compañero de entrenamientos—, que tendría unos quince años y no sabía qué me pasaba. Entonces monté de nuevo, subimos despacio y ya nos dejamos caer hasta Pontevedra. Ese día decidí que quería volver a luchar, que quería volver a ser triatleta».

Había regresado por puro amor al deporte. Siempre volcado en retos, en su horizonte faltaba ahora un destino claro hacia el que mirar kilómetro tras kilómetro. Pero siguió como el ciclista, sin parar para no caerse, pedalada a pedalada.

«Al dejar de competir parecía que se quedaba sin esa motivación en su día a día. Era muy metódico: entrenar, ganar y fijarse un nuevo reto. Pero el deporte le gusta demasiado. No creo que ni se le pasase por la cabeza abandonar. Si no pudiese competir más, lo habríamos visto corriendo solo por ahí y saliendo en bici, como cuando era un niño», razona su amigo Arturo Calvo. «Sufrió mucho, pero nos parecía imposible que lo dejase», coincide Rioseco.

El deporte era la causa de su preocupación y al mismo tiempo la forma de sentirse vivo. «Tenía otra carga. En muchos medios de comunicación había sido un chico que podría llegar a ser el mejor del Mundo y, de repente, parecía un loco que se podía morir en cualquier triatlón. Y eso le afectó mucho», explica Saleta Castro.

Aunque las puertas a nivel político se abrían muy lentamente, el respaldo de sus médicos le animó a competir de nuevo. Después de seis meses sin pelear contra el cronómetro, reapareció en Pontevedra. Aunque la federación española volvía a denegarle la licencia, corrió con una ficha de la autonómica. Primero venció en Galicia, y luego ganó fuera, recuperando terreno palmo a palmo, sobre el campo de batalla de una guerra que jamás habría querido librar. Siempre en un segundo plano mediático, Nicolás Bayón no dejó de moverse. Su cardiólogo recabó apoyos a nivel científico para defender de nuevo sus tesis cuando le diesen la oportunidad. En llamadas, correos y viajes se cocía una decisión clave en la trayectoria de Javier.

Ese verano de 2005 se multiplicó y no dejó rincón de Galicia sin tocar: Vigo, Viveiro, As Pontes, Vilagarcía… Le sobraba tiempo. Volvió a participar en pruebas de natación, batió el récord gallego de natación de 1.500 metros y repasó alternativas en su calendario, sin descartar nada. Ni siquiera el biatlón, la modalidad del pentatlón moderno que une la carrera a pie y la natación, una especialidad casi desconocida.

El biatlón no debería estarle vetado, al carecer de tramo ciclista, el más crítico para su salud, según la interpretación de las guías de Bethesda. No había motivo para que no lo practicase. Y triunfó desde el primer día. Ganó el Campeonato de España en Camargo, pese a una nueva ofensiva para apartarlo.

«Aquello era como una persecución. Fuimos al campeonato de España de biatlón en Santander y una hora antes de la salida, un sábado por la tarde, el presidente de la federación española de pentatlón recibe una llamada para que no dejasen competir a Javi porque se podía morir», declara Saleta Castro, testigo directo de aquel suceso. «Llamaron a la Guardia Civil para que parase la carrera», asegura Villanueva. Pero las federaciones cántabra y española le dejaron participar por los certificados médicos de Bayón.

Llegó septiembre, cinco meses después del veto, y el caso seguía sin desbloquearse. Un proceso agotador, de consulta en consulta, de carrera en carrera, de amenaza en amenaza. En esa época Gómez Noya también visitó al cardiólogo Ricardo Serra Grima, que apoyaría las tesis de Bayón. A su llegada a Barcelona, el director técnico de la Federación Española de Pentatlón Moderno, Manuel Montesinos, le propuso visitar el CAR de Sant Cugat antes de la consulta. Por conocer las instalaciones y saludar a otros deportistas. Allí sufrió una situación humillante cuando le prohibieron la entrada, a instancias de un escrito del CSD. «Era una auténtica persecución, como si estuviese en la lista negra de los más buscados. Y allí dentro entrenaba gente que había dado positivo por dopaje», recuerda Javier.

«Era casi un prófugo, cuando apenas un año antes había sido octavo del mundo. Fue una pasada. Como de película. Le quitaban y le daban la licencia como si fuese algo ligero. Le decían igual vas al Mundial o igual no. El de Nueva Zelanda había sido así», comenta Saleta Castro.

Era el campeón nacional de biatlón, tenía la mínima para el Mundial de Mónaco y no había un informe de Boraíta sobre la no aptitud de Gómez Noya para esa modalidad. Pero la Federación Española de Pentatlón Moderno, pese a su firmeza inicial, no llegó a convocarlo ante una nueva oleada de presiones del CSD.

Ganarlo todo en Galicia, cuando había sido octavo del mundo, resultaba demasiado sencillo. Quería algo más estimulante. Y, casi sin que nadie se enterase, se inscribió en la Copa de Europa de Lough Neagh (Irlanda del Norte) con el certificado médico de Bayón. José Ramón Meilán, el nuevo presidente de la federación gallega, mantenía la línea combativa de Villanueva y le expidió la licencia autonómica. Y Javier tampoco encontró en su nuevo reto demasiada oposición hacia la victoria. Sin él saberlo, en la estela de rivales que avanzaron durante minutos viendo como la espalda del campeón se alejaba hacia la meta, sufría un valiente chaval de diecisiete años, que entró undécimo, Alistair Brownlee.

Luego saltó a Francia. El triatleta Carlos Gil medió en su fichaje por el Mulhouse Olympique, que celebró su incorporación con la documentación de Bayón. «Recuerdo su llamada, que me abrió una puerta tremenda. Aunque no conocía exactamente mi situación, competía para este club francés y tenía claro que les podía ayudar. Yo sabía el nivel de las pruebas del Grand Prix y del por entonces muy prestigioso IronTour, donde Iván Raña había sido segundo en la general de 2002».

Todos salieron ganando porque Javier dibujó una hazaña inédita en el IronTour, una prestigiosa prueba de seis días, cada uno con un triatlón en diferentes terrenos y distancias. Venció en las seis etapas. ¿Cómo frenar ahora aquellas ganas de volver a competir? «Disfruté mucho. Podía enfrentarme a referentes como Olivier Marceau (campeón del mundo en 2000), Carl Blasco (sexto en Atenas 2004) o Valentin Mescheriakov (campeón del mundo júnior en 2004) en una prueba con gran repercusión mediática, seguida por el canal Sport +, con la retrasmisión de la última etapa en directo. La prensa especializada francesa no daba crédito, los periodistas no se explicaban de dónde había salido. Llevaba un año desaparecido y arrasé en todas las jornadas, seis triatlones seguidos en seis días, en diferentes puntos de Francia. Supuso también un impulso económico, porque en esos momentos no tenía muchos ingresos. Algunos patrocinadores me habían dejado al perder la licencia y las carreras en las que competía apenas tenían premios en metálico. Me hizo ilusión recibir un coche por la victoria en la general. Y también vi que ya tenía nivel para ganar Copas del Mundo o incluso disputar Campeonatos del Mundo con opciones de victoria. Pero participar en ellos parecía una posibilidad aún lejana».

Javier no había continuado entrenando sin más. Tras aquellas semanas de dudas, se había desfondado como nadie en uno de los deportes más exigentes, con una capacidad de sufrimiento inconcebible. Se había convertido en mucho mejor triatleta desde el ostracismo. «Con rabia, trabajó muchísimo, más incluso de lo que podría haber hecho si compitiese en grandes pruebas», entiende Rioseco. ¿Adónde podría llegar en libertad?

Sus éxitos fueron ganando repercusión. Estaba por un lado el morbo del enfrentamiento entre un deportista y el CSD. Conmovía además la lucha por su causa. Como ya no solo ganaba en provincias, y no solo competía en triatlón, alguien recrudeció su respuesta en el verano de 2005. El CSD instó a varias federaciones a perseguirlo, a impedirle participar en cualquier prueba, incluidas las populares. Era víctima de un exceso de celo que le estaba haciendo más fuerte, que lo convertiría en invencible.

El CSD hizo de Javier su enemigo número uno y algunas federaciones se plegaron a sus dictados. La española de atletismo trasladó un escrito a sus clubes y territoriales para que «extremasen el control» e impidiesen a Javier participar en carreras. Otras se rebelaron contra la orden por su incoherencia. Fue el caso de la Federación Gallega de Atletismo, que presidía Isidoro Hornillos. «¿Cuántos cientos de atletas corren populares sin un solo control médico?», se preguntó entonces. Varias entidades permitieron que Javier compitiese con los mismos requisitos que el resto de participantes.

Vivía en la incertidumbre. Podía llegar a la línea de salida de una prueba en un pueblo y encontrarse problemas. Y entre los deportistas profesionales apenas tuvo apoyos relevantes. Muy pocos se atrevían a defenderlo en público. Pese a las presiones, corrió en la media maratón de Pontevedra y en la carrera Lugo Monumental.

«Lo habían declarado casi prófugo, y debían detenerlo. En cualquier popular se puede competir hasta escapado de la cárcel, pues no hace falta ni licencia. Jamás se deja fuera a nadie. Había una persecución, incluso cuando el tema médico había estado parado», recuerda Bayón, dolido por la injusticia. E insiste en las contradicciones del veto, ejercido por instituciones estatales cuando la Sanidad figura entre las competencias transferidas a las Comunidades Autónomas.

El entorno de Javier se reafirmaba en que el instigador de la persecución era López de la Fuente. «Cada médico debe defender su tesis, es normal. Y, en ese debate científico, si nos hubiesen convencido, lo habríamos aceptado. Fue el entorno el que lo enturbió todo, como en una jauría. Parecía que una persona que trabajaba en un pueblacho, en Monforte, no podía debatir el tema. Así que tuvimos que darle más peso a nuestra idea con la opinión de expertos extranjeros», explica Bayón.

Se acercaba una reunión decisiva para resolver el futuro del triatleta, pero por detrás la beligerancia aumentaba. Con licencia del Mulhouse francés se apuntó a la Copa de Europa de Palermo. En Italia también arreciaron las presiones sobre la organización. Rafael Gómez Noya y Paco Villanueva fueron testigos del esperpento.

«La organización del triatlón de Palermo recibió un aviso de la federación española para que no me inscribiesen, y desde Italia llamaron a Francia, de donde venía mi ficha. No solo presionó el CSD, sino que Enrique Quesada, el jefe de jueces, también trató de que no participase. Pero el organizador fue inflexible. El final de la carrera resultó raro, porque hubo himnos para las tres primeras chicas, pero solo uno para el ganador masculino», recuerda Javier, que lució en Sicilia el mono de Galicia como un gesto hacia la federación que le apoyaba, como otras veces.

Cruzó la meta en segundo lugar, y aún guarda aquella plata en su casa, pero su resultado desapareció de la clasificación de la ITU hasta hoy y no se computaron sus puntos para el ránking. «Fue un infierno. Para él no se trataba solo de prepararse para una carrera, entrenar, descansar, comer… Debía estar pendiente de si le dejarían participar. Un desgaste enorme. Durante aquel viaje pensé que nadie podía aguantar aquella pelea continua», recuerda su hermano. «Quizá por todos esos problemas, maduró antes. Se comporta como un señor desde los veinte años», matiza Saleta Castro.

Las gestiones políticas se eternizaban. Primero, su lucha había llegado al Parlamento Gallego y concitó una inusual unanimidad en el arco político autonómico. En el Congreso, intentó mover el tema la diputada socialista Isabel Salazar, pero resultó inútil. Y las reuniones iniciales en Madrid ratificaban el veto.

Hasta que una visita a Lugo del entonces secretario de Estado para el Deporte, Jaime Lissavetzky, había permitido a finales de mayo iniciar una nueva estrategia, que se había ido atascando por la burocracia.

En Lugo había competido Gómez Noya desde chaval. Así que el alcalde, José López Orozco, accedió a propiciar un encuentro para que el secretario de Estado conociese la versión del deportista. Una visita para inaugurar unos campos de fútbol permitió la breve reunión en el restaurante La Palloza.

Lissavetzky, que solo conocía vagamente los argumentos que sus colaboradores del CSD sostenían sobre el caso, explotó ante lo que consideró una encerrona. Sus formas hirieron a sus interlocutores. Trataban de explicarle sus motivos para que Javier pudiese volver a competir. Villanueva y Bayón intentaban hacerse oír, con Orozco a un lado. Y el responsable del deporte español se fue abriendo tímidamente a razones, a medida que apelaban a su condición de científico —químico de formación — para permitir un debate riguroso sobre el tema. Sin comprometerse a nada, aceptó estudiar el caso y escuchar a todas las partes.

«Lissavetzky creía que estábamos falsificando certificados y que nos negábamos a una reunión de expertos, cuando era justo lo que pedíamos. Y aceptó tratar el tema», recuerda Villanueva.

Pero luego cayeron hojas y hojas del calendario mientras Javier perdía oportunidades de ampliar su palmarés internacional. Por eso se había llegado al otoño en una situación tan tensa. Rioseco, que como entrenador vivió el conflicto desde un segundo plano, aplaude la estrategia reivindicativa de Villanueva: «La opción de ir por las malas era la correcta».

Si en la Conferencia de Bethesda habían aflorado los argumentos para que Javier no compitiese más, Bayón acudió a la raíz del problema, a los autores de las guías.

La razón se fue imponiendo. Con el paso del tiempo, el CSD terminó convocando una reunión multilateral en la que se expondrían los informes de cinco cardiólogos de prestigio internacional. La cumbre se retrasó hasta diciembre. Se citaron una decena de personas, entre políticos, federativos y médicos, y se aportaron las conclusiones de los expertos en un ambiente tenso, que incluyó amenazas personales. «Si te están apuntando con una pistola, ¿cómo te quedas delante? Puedes recibir un cañonazo», cuenta Bayón que le espetaron alguna vez. Y, de forma velada, le advirtieron también de represalias en sus oposiciones a una nueva plaza en el sistema público de salud. «Ten cuidado, que a lo mejor te repercute», llegó a oír.

«Entre nuestros expertos, elegimos precisamente a las personas que habían hecho las guías sobre las que se apoyaba Boraíta», recuerda Bayón. McKenna y los estadounidenses Robert O. Bonow y Robert G. Thompson respaldaron que la salud de Javier le permitía competir, mientras que se posicionaron en contra el español Arturo Evangelista y el italiano Antonio Pelliccia.

En diciembre, la batalla había terminado, aunque todavía colearía hasta febrero. El CSD amagó con exigirle firmar un consentimiento informado y dilatar el proceso, y Javier se reservó el derecho a tomar medidas legales para que le resarciesen de ese año que pasó sin competir con la selección y en otras pruebas. «Pero estaba tan cansado de tantos líos que no me apetecía uno nuevo. Tenía muy claro quién había estado a mi lado y ya solo quería disfrutar. Sobre todo habían sido mi familia y amigos, y Nicolás Bayón, Omar González, Jose Rioseco, Paco Villanueva, José Ramón Meilán, Antonio Pérez Montecelo y José López Orozco, que se mojó sin tener por qué».

En marzo, volvió a correr en Doha.