Bahía de Chesapeake
La Marisma
Este capítulo es largo, así que está dividido en 15 partes.
El tercer hombre había comparecido con frecuencia ante aquel tribunal. Delgado, rápido de movimientos y aire truhanesco, capitaneaba un viejo y lastimoso falucho que comerciaba a lo largo de la bahía de Chesapeake. Venía de la marisma e iba vestido en consecuencia: improvisados zapatos hechos de piel de animal; pantalones bombachos sujetos a la cintura por una deshilachada cuerda; gruesa camisa de lana, pero no llevaba casaca ni sombrero; y lucía una oscura barba. Era Teach Turlock, y hasta su nombre constituía una ofensa para la comunidad, pues el bribón que había sido su padre le había puesto el nombre del pirata Barbanegra, «un hombre que sabía lo que quería». Cuarenta años atrás, cuando le fue puesto ese nombre, Barbanegra era todavía un temible recuerdo, pues había asolado los océanos, y dos caballeros habían acudido al tribunal para obligar al viejo Turlock a poner a su hijo un nombre adecuado, y así lo había ordenado el tribunal; figuraba en el registro con el nombre de Jeremiah Turlock, pero era conocido universalmente como Teach, que hasta sus enemigos tenían que admitir que era más adecuado, pues poseía la mayor parte de las cualidades permanentes de aquel pirata.
Los principios sociales y morales de los tres acusados eran tan variados como sus ropas. Simon Steed era un confesado defensor del rey; no soportaba a los agitadores de Massachusetts y Virginia, cuyas palabras rezumaban traición, y esperaba fervorosamente que los nombres mal intencionados tanto de América como de Inglaterra no tardaran en volver a la sensatez; pensaba que los Gobiernos estaban instituidos por Dios y que los hombres no tenían ni siquiera derecho a opinar sobre ellos, y mucho menos a protestar.
Era Teach Turlock quien representaba el nuevo espíritu que comenzaba a extenderse por las colonias; era un revolucionario en potencia, no por principios, sino por un maligno deseo de igualarse a los situados por encima de él. Cuando los hombres hablaban en susurros de rebelión, él acariciaba su escopeta.
Sólo la intervención de una fuerza extraña tan poderosa como el rector de Wrentham hubiera podido alistar a aquellos tres dispares compañeros en una causa común, y ahora el gigantesco y jadeante servidor de la Iglesia avanzó trabajosamente hasta la parte delantera de la sala, se sentó cautelosamente en una amplia silla e hizo seña a los jueces de que comenzara el juicio.
Prestó testimonio en primer lugar el recaudador de impuestos.
–Desde tiempo inmemorial, todos los buenos ciudadanos de este distrito me han entregado antes del último día de diciembre treinta libras de tabaco selecto para su entrega al rector de Wrentham en concepto de sueldo por mantener la Iglesia Oficial en nuestro distrito.
–¿Ha sido siempre ésa la ley de esta colonia? – preguntó el juez presidente.
–Desde la época de sus padres y los míos. Sus señorías me entregaban el tabaco, como deben hacerlo los cristianos honrados.
Y los tres jueces asintieron farisaicamente.
–¿Ha dejado alguien de pagar? – preguntó el juez presidente.
–Esos tres.
–Usted es el recaudador de impuestos. ¿Por qué no tomó ninguna medida?
El recaudador de impuestos enrojeció de turbación, bajó los ojos y dijo luego, con voz aguda y quejumbrosa:
–El otro rector me dijo: «Deje en paz a esos malditos papistas y cuáqueros. Dios les castigará.» Pero nuestro nuevo rector -y miró aprobadoramente al corpulento clérigo- se propone enderezar las cosas.
–¿Cómo? – preguntó el juez.
–Cada uno de esos tres debe pagar diez años de diezmos.
Nuestro rector insiste en percibir lo que se le debe.
–¿Y ha pedido usted a esos hombres su tabaco?
–¿Y se negó Simon Steed a pagar sus trescientas libras?
–Sí. Dijo que era católico y que se negaba a pagar.
–¿Tampoco entregó su parte Levin Paxmore?
–Tampoco. Dijo que era cuáquero.
–¿Y también se negó Teach Turlock?
–Sí.
–¿Y pidió usted a cada uno de esos tres hombres en tres ocasiones distintas, como prescribe la ley, que pagasen sus impuestos?
–Sí.
–¿Y se negaron tres veces?
–Sí.
El condestable testificó que tan pronto como el recaudador de impuestos puso el delito en su conocimiento, él personalmente hizo cuanto pudo por recaudar las trescientas libras, pero las respuestas habían sido negativas.
–Mr. Steed, si el tribunal me permite, se mostró indiferente por completo… no quiso hacerme caso… dijo a uno de sus hombres:
«Echa a ese individuo de mi propiedad.» Amigo Paxmore, el del sombrero en la cabeza, se comportó de modo muy distinto. Ya anteriormente me había visto obligado a detenerle por no querer servir en la milicia, y cuando me vio llegar, preguntó en voz baja:
«¿Qué quieres ahora?», y cuando yo le dije: «Trescientas libras para la capilla», respondió: «Sabes que no puedo pagar eso.»
–¿Y qué dijo usted?
–Dije: «Tú sabes que te pueden enchironar por eso.»
El público rió, y hasta Paxmore dejó que una leve sonrisa distendiera sus labios.
–¿Ofreció pagar Turlock? – preguntó el juez.
–Ofreció pegarme un tiro.
También esto provocó risas, pero el condestable añadió:
–No tenía ningún arma y consideré que era sólo una forma de hablar.
–¿Pero ofreció pegarle un tiro?
–De palabra, sí.
Llegó el momento de que prestara testimonio el rector. Se incorporó gravemente de su silla, se ajustó el blanco y almidonado cuello de la camisa bajo la fláccida garganta y dijo, con tono preciso y educado:
–Desde tiempo inmemorial ha sido costumbre respetada en esta colonia que todo hombre, mujer o niño de más de dieciséis años contribuya a pagar el sueldo del rector. Ello suministra fondos para los pobres, mantiene los edificios eclesiásticos destinados al culto y constituye la prueba de que todos los ciudadanos pertenecen a la Iglesia y se ofrecen a protegerla. Con sólo una persona que se niegue a pagar, toda la estructura de nuestra fe cristiana se ve comprometida, y así lo han reconocido siempre los tribunales.
Estos tres hombres han negado persistentemente el derecho de la Iglesia a recaudar sus justos honorarios, y yo pido que se les multe con diez veces treinta libras y se les condene a pena de cárcel por su contumacia.
–Ya han oído los cargos -dijo el juez-. Turlock, ¿tiene algo que decir?
El botero se encogió de hombros.
–Amigo Paxmore, ¿puede ofrecer alguna justificación?
El alto cuáquero negó con la cabeza.
El juez preguntó luego a Steed, pero, antes de que el plantador pudiera responder, se opuso el rector.
–Señoría, yo creo que sería prudente no permitir que este hombre hable en sesión pública de un tribunal. Se ha educado en Francia, donde se impregnó de las perniciosas y debilitantes doctrinas del ateísmo. Ha importado libros de Voltaire y Montesquieu y se los ha prestado a cualquiera que supiera francés.
Ha llegado, incluso, hasta el extremo de encontrar un ejemplar de
Cándido en inglés y lo ha divulgado también. Cualquier cosa que diga será sediciosa e irrelevante.
Pero los jueces convinieron en que se le permitiese hablar a Steed, quien, con la forma serena y eficaz con que solía abordar todos los problemas, comenzó a interrogar al rector.
–¿Sostiene usted que incluso los católicos y los cuáqueros deben pagar él diezmo anual?
–Sí.
–¿Aun cuando el tabaco sea tan difícil de obtener?
Antes de que el rector pudiera responder, Steed preguntó:
–¿De dónde sacaría tabaco Turlock?
–Otros lo hacen.
–No ha respondido a mi pregunta. ¿De dónde?
–Los problemas domésticos de Teach Turlock no son cosa mía.
Y con la mirada de desagrado que dirigió al botero, indicó que tampoco le habían interesado nunca los problemas morales de Teach.
–En una época en que escasea grandemente el tabaco, todas las demás dependencias gubernamentales han aceptado recibir sus impuestos en lino… o maíz… Sólo usted insiste en el tabaco. ¿Por qué?
–Porque los lores Baltimore celebraron un contrato solemne con Dios para darle treinta libras de tabaco selecto por cabeza al año.
Steed se dirigió al lugar en que se encontraban sentados un granjero y su mujer. Situándose junto a ellos, preguntó al rector:
–¿Aceptó usted de este hombre parte de su granja como pago de su impuesto?
–Él ofreció hacerlo.
–¿Cuántos acres?
–Sesenta y siete.
–¿Posee usted actualmente, a su nombre, no a nombre de la Iglesia, un total de trescientos setenta acres de la mejor tierra de labor de Choptank?
–El rector de cualquier parroquia tiene derecho a vivir en una casa confortable y a cultivar su tierra.
–¿Con una extensión de trescientos setenta acres?
–Es tierra que ha llegado honorablemente a mi poder.
–¿Me propuso usted el año pasado que le cediera cincuenta y tres acres al oeste del Estero Divisorio?
–Usted me lo debía.
–¿Y qué extensión calcula que tendrán sus posesiones a finales de este año?
El rector apeló al tribunal, y los jueces convinieron en que aquello era infamatorio, por lo que Steed cambió de táctica.
–¿Qué limosnas ha realizado usted en los doce últimos meses?.
–Si alguien ha acudido a mí…
–¿No acudió a usted Peter Willis?
–Su mala reputación era notoria. Haberle ayudado…
–¿A quién ayudó usted?
La insistencia de Steed irritó al clérigo, que replicó:
–¿Quién? ¿Quién? ¿Y quién es usted para interrogarme de esa manera?
Sosegadamente, Steed dijo:
–Simplemente, quería conocer qué limosnas ha hecho.
El grueso clérigo apeló de nuevo al tribunal, y de nuevo le apoyaron los jueces.
–Mr. Steed, no estamos juzgando al rector de Wrentham. Le estamos juzgando a usted.
–Les ruego me disculpen -dijo humildemente Steed-. Pero debo formular una nueva pregunta, que es quizá más importante aún que las anteriores.
–Cuide su comportamiento -advirtió el juez presidente.
–Rector Wilcok, éstos son años difíciles. Se están atando voces extrañas en el país…
–¡Eso es sedición! – advirtió el rector.
–Puede estar próximo el día en que Inglaterra necesite de todo defensor…
–¡Eso es sedición francesa!
–¿No cree que sería prudente el que, en tiempos tan difíciles, cuando usted posee ya tan extensas propiedades…?
–¡Sedición! ¡Sedición! No tolero este interrogatorio.
Los jueces asintieron.
–Mr. Steed, se ha excedido usted. Ha formulado preguntas de tendencia sumamente perniciosa y ha intentado introducir en el sosegado recinto de este tribunal las pasiones que excitan a las multitudes en el exterior. Debe sentarse.
–Esas pasiones, señor…
–Condestable, hágale sentarse.
El funcionario no necesitó intervenir; Steed se inclinó ante los jueces, se inclinó ante el rector y, con una elegancia que sólo podría calificarse de exquisita, se volvió y se inclinó ante el matrimonio de granjeros cuyas tierras les habían sido robadas. Luego, regresó a su asiento con los otros acusados, donde Levin Paxmore le apretó la mano.
–Pónganse en pie los acusados -salmodió el juez presidente.
Y cuando estuvieron ante él, dijo gravemente:
–Especialmente en estos turbulentos tiempos es necesario que sean observadas con extrema diligencia las tradiciones en que se basa nuestra colonia. Desde tiempo inmemorial, los hombres buenos han pagado parte de sus beneficios a la Iglesia que les protege y les guía. Ahora más que nunca necesitamos esa protección y esa guía, y quienquiera que incumpla esa obligación, sea católico o cuáquero, está infringiendo sus deberes ciudadanos.
Simon Steed y Levin Paxmore, este tribunal os ordena entregar a la
Iglesia de Wrentham trescientas libras de tabaco debidamente envasadas.
Los acusados asintieron con la cabeza.
–En cuanto a usted, Teach Turlock…
Ante este portentoso comienzo, el desgreñado botero se volvió hacia los espectadores y sonrió, como diciendo: «Están hablando de mí.» El juez continuó:
–Usted no tiene tabaco, ni medios de ninguna clase para adquirirlo. Carece de bienes personales que valga la pena embargar, pero tiene una deuda de trescientas libras, por lo que este tribunal ordena que ceda al rector de Wrentham ochenta acres de la tierra firme que posee al norte de la marisma.
La sonrisa se desvaneció. El huesudo botero miró consternado a los jueces en silenciosa apelación contra aquella terrible sentencia: le estaban arrebatando tierra que amaba, tierra que sus antepasados habían adquirido a los indios y protegido con sus vidas contra lobos y mosquitos y recaudadores de impuestos y Steed que habían querido sembrarla de tabaco. Un sofocado grito brotó de su garganta. Lanzándose hacia el banco de los jueces, exclamó:
–¡No!
El condestable le apartó de un empujón, pero al hacerlo le envió en dirección al rector, que se encontraba en aquel momento levantando de la silla su pesada mole.
Sin reflexionar en la gravedad de su acto, Turlock saltó contra él y empezó a golpearle en la cara. Se organizó un alboroto tremendo en el tribunal, y, una vez que el condestable y dos granjeros hubieron aplacado al furioso botero, el juez presidente dijo tristemente:
–A la cárcel. Seis semanas.
Y Teach Turlock fue conducido afuera.
Cuando los espectadores hubieron abandonado la sala del tribunal, los jueces acompañaron al rector hasta el muelle, donde,
con la ayuda de seis hombres, fue cargado de nuevo en su barcaza.
El juez presidente echó a andar por la orilla, enviando obsequiosos saludos de despedida al clérigo, pero sus dos compañeros permanecieron gravemente en el muelle, y uno dijo:
–Créeme, el año que viene no volveré a respaldar las pretensiones de ese individuo.
–Es la ley.
–Pues habrá que cambiar la ley.
–Esas ideas son peligrosas, Edward -y el segundo juez miró a su alrededor para ver si alguien había oído la traición.
–Estamos en tiempos peligrosos. Por nacimiento, por educación, soy inglés, pero últimamente he empezado a pensar que Londres…
–Sé razonable. Teach Turlock merecía la cárcel…, por muchas razones.
–Pero no que le quiten su tierra.
–¿Qué le importa a él la tierra?
–¿Le viste cuando Arthur pronunció la sentencia? ¿Y a Steed y Paxmore? Son hombres buenos.
–Son disidentes. Está llegando el momento en que todos debemos unirnos.
El juez que había hablado primero miró en dirección a la calle principal de Patamoke y, luego, indicó a su compañero que mirase también. Simon Steed y Levin Paxmore caminaban cogidos del brazo y conversando animadamente.
–¿Te das cuenta -preguntó el primer juez- de que hoy hemos realizado aquí un milagro?
–Extraña palabra, milagro.
–Sí, nosotros, jueces, hemos hecho inevitable que tres hombres tan diferentes como Steed, Paxmore y Turlock se alien sobre una base común. Te advierto que veremos el día en que esos tres y otros
como ellos despojarán de sus tierras al gordo rector de Wrentham, y después…
–¡Edward! No acabes esa frase, por favor.
El segundo juez se tapó los oídos con las manos para no escuchar lo que su colega iba a decir.
–Se pondrán en movimiento ideas que todos los jueces de este condado se verán impotentes para detener.
TRES PATRIOTAS
Los dos jueces se equivocaban si suponían que Steed y Paxmore estaban hablando de traición. De lo que estaban hablando era de cuestiones comerciales, y cuando llegaron al astillero, Paxmore invitó a su compañero de juicio a entrar en la sencilla oficina de paredes de madera desde la que dirigía sus negocios.
–¿Qué te hace pensar que los barcos vayan a aumentar de valor? – preguntó Paxmore mientras se sentaban en sillas que él había tallado en roble.
–El odio que vi en los ojos de Turlock… cuando los jueces le quitaron su tierra.
–Los Turlock siempre son salvajes.
–Pero esto era diferente. Esto era una declaración de guerra, y, francamente, Levin, tengo miedo.
–¿A qué? Turlock es impotente…
–Al espíritu. Anda suelto un espíritu maligno, Levin, que tarde o temprano acabará envolviéndonos a todos.
–¿Y por eso es por lo que quieres barcos? ¿Para hacer frente a días turbulentos?
–Exactamente. Creo que llegará el día en que las personas como tú y yo que quieran mantener los lazos con Inglaterra, se verán acorraladas por la chusma entre la espada y la pared.
–Tú me llevas ventaja. Yo no he estudiado en Francia.
–Los perros rabiosos…, los Turlock. No tardarán en gritar que las colonias deben separarse de Inglaterra. Inglaterra resistirá,
como es su obligación. Y temo que incluso pueda haber guerra.
Vaciló, miró nerviosamente al suelo y murmuró:
–Si estalla la guerra, necesitaremos navíos.
Paxmore, tratando de ignorar la terrible carga que contenían aquellas palabras, se refugió en la pedantería náutica.
–Amigo Steed, no utilizas las palabras con propiedad. Un navío es un barco muy grande, con tres palos, o más. Las naciones poseen navíos. Los hombres de negocios tienen bergantines y balandras.
Steed, deseoso también de evitar toda referencia a la guerra, preguntó:
–¿Cuál debo construir?
–Ninguna de las dos. Necesitas una goleta. Capaz de moverse con velocidad.
Y los dos hombres contuvieron el aliento, pues ambos sabían que se había ofrecido y aceptado un encargo, y ello no era asunto trivial, pues si Steed estaba dispuesto a pagar una goleta, debía dedicar a ello una parte importante de su riqueza, y si Paxmore emprendía la tarea de construirla, debería prescindir de proyectos de menor entidad de los que dependían sus ingresos normales.
Así, pues, los dos hombres permanecieron en silencio, meditando en las obligaciones que estaban a punto de contraer, y, finalmente, habló Steed. Acercándose con pasos rápidos a la mesa, apoyó en ella el dedo índice.
–Velocidad, Levin. Por encima de todo, debemos tener velocidad.
Le correspondía ahora a Paxmore actuar con decisión, y esto constituía para él un intenso proceso. Sin levantarse, empezó a contraer el cuerpo, girando los hombros y ladeando los codos hacia atrás y hacia delante en una serie de movimientos que podrían haber parecido grotescos a quien no se hallara familiarizado con lo que estaba haciendo. Años antes, Steed había dicho a los hombres del almacén: «Cuando Levin Paxmore piensa en una goleta, se
convierte en esa goleta.» Y ahora el sagaz constructor se enfrentaba a los mismos problemas que habían inquietado a los más antiguos constructores de buques. Finalmente, al término de sus contorsiones, dijo:
–Puedes tener velocidad, pero no puedes tener velocidad y carga máxima. Puedo estirar las líneas así -e indicó la longitud del navío proyectado-, pero eso significa que debo estrecharlo aquí, justo donde tú querrías estibar los barriles.
–Olvida los barriles. Esta goleta transportará una carga comprimida de valor triple.
–La obra muerta debe tener poca altura, pero los mástiles habrán de ser muy altos. Necesitaremos una gran extensión de velamen.
–Necesitaré una superestructura muy sólida.
–Eso disminuirá la velocidad.
–Pero debo tenerla. Para el cañón.
Al oír esta palabra, Paxmore apoyó las dos manos en la mesa.
–No puedo aceptar poner un cañón en uno de mis barcos, Simon.
–Tampoco te lo pediría. Pero haz una construcción sólida, de tal modo que, cuando hayas terminado, pueda yo colocar el cañón.
–Yo no podría acceder…
–Tú sólo dejas los espacios…, cuatro.
–Pero eso lo haría muy pesado -advirtió Paxmore.
Y nada más pronunciar estas palabras, se dio cuenta de que Steed le había engatusado para colaborar en un asunto de índole militar, y se echó atrás:
–No voy a construir un gran buque de guerra -advirtió.
–¡Por supuesto! – asintió Steed-. El nuestro será una pequeña goleta de paz.
Durante dos días, los hombres planearon el barco que habría de convertirse en el contraste de los astilleros de Paxmore: esbelto,
rápido, máximo de lona, mínimo de manga, fondo afilado, timón ligero, bauprés fantásticamente largo. Iba a ser una goleta definida por un hombre de negocios y ejecutada por un poeta, y en todos los puntos críticos cada hombre tomaba sus decisiones teniendo en cuenta una visión del futuro que él mismo había elaborado tras detenido análisis de lo que veía estaba sucediendo en las colonias.
Simon Steed veía que hombres vehementes y acalorados como Teach Turlock iban a empujar cada vez más a las colonias a una confrontación con la madre patria, y que agitaciones de proporciones descomunales iban a poner fin al comercio y al uso normal de los océanos. Esta probabilidad influía sobre él de dos modos. Sabía que en tiempos de turbulencia prosperaban los comerciantes aventureros, pues estaban dispuestos a comprar y vender cuando otros quedaban inmovilizados por la ansiedad. Se sentía también aguijoneado a emprender audaces aventuras por el recuerdo de la obstinada lucha de su abuela contra los piratas; al igual que ella, creía que debía mantenerse la libertad de los mares.
Por tanto, estaba dispuesto a correr riesgos y a pagar, no sólo el barco que él y Paxmore estaban diseñando, sino también otros tres, en rápida sucesión, pues veía que una flota de cuatro navíos le depararía una gran ventaja para comerciar en aquellos agitados tiempos. Pero no tenía la más mínima duda de que lo haría bajo el pabellón británico, entonces y siempre.
En sus cuarenta años en Patamoke, Levin Paxmore había construido muchos barcos capaces de cruzar el océano, pero todos habían sido pesadas y poco perfectas embarcaciones: bergantines de ridículos mástiles gemelos, o de mástiles cortos y achaparrados.
Siempre había sabido que los mejores buques aguardaban entre los bosques y los pinos de sus bosques, y, a veces, al ver entrar en puerto por delante de su astillero a un gran barco británico de líneas esbeltas y mástiles precisamente proporcionados, experimentaba punzadas de resquemor artístico: Yo. podría construir mejor que
eso, si alguien me lo comprase. Y ahora tenía su cliente, un hombre de percepciones tan profundas, por lo menos, como las suyas, y estaba ansioso por comenzar. Lo haría como cuáquero pacifista que aborrecía la guerra, y nunca se le ocurrió que su cooperación con Steed le llevaría poco a poco a comprometer esas convicciones.
Así, pues, aquellos dos hombres de buena intención pusieron en marcha su proyecto en la creencia de que podrían desarrollarlo sin renunciar a pasadas fidelidades. No habían llegado aún a un acuerdo sobre las dimensiones de su goleta, pero al término de aquel segundo día propusieron concretar las medidas a la mañana siguiente; sin embargo, poco después del amanecer llegaron a la rampa del astillero dos esclavos con la excitante noticia de que había llegado a Devon un mercante procedente de Londres, a bordo del cual viajaban Guy Fithian y su esposa, que realizaban un viaje de inspección.
–¿Se les ha dado la bienvenida?
–La esposa de amo Isham les ha recibido.
Simon Steed no se había casado, y a sus cuarenta y tres años no tenía el menor interés en hacerlo; llevaba los negocios de la familia, leía libros de pensamiento recibidos de París y dejaba que su hermano menor Isham y su mujer supervisaran la vida social del imperio Steed. Si Isham se había encargado de las cortesías, no había ninguna necesidad de abandonar el excitante trabajo de diseñar una gran goleta, por lo que Simon dijo a sus esclavos:
–Regresad, y asegurad a Fithian que estaré allí para el anochecer.
–No, amo. Él decir ir ahora.
Y uno de los esclavos entregó a Steed una breve nota de su hermano en la que le comunicaba que habían llegado graves noticias de Londres. Era imperativa su presencia. Así, pues, Steed dijo a Paxmore:
–Tenemos dos horas para hacer el trabajo de dos días. ¿Qué tamaño tendrá nuestro nuevo navío?
Los dos hombres, en mangas de camisa, pese al frío de enero, empezaron t medir las dimensiones propuestas.
–Lo quiero más largo que antes -dijo Paxmore-. He estado pensando en que debe tener veinticinco metros y varias decenas de centímetros más.
Y clavó dos estaquillas para indicar esa considerable distancia.
–Largo, mejor que corto -indicó Steed, y movió ligeramente las estaquillas. – Estrecho de manga, por debajo de los seis metros -y Paxmore movió de nuevo sus estaquillas.
–Eso me gusta -dijo Steed-. Proporciona sitio suficiente para hacer girar
el cañón.
El cuáquero hizo como si no hubiera oído la referencia a la artillería, pero, situándose en medio del boceto, dijo:
–Creo que debemos poner una profundidad de dos metros y medio o tres en
la bodega. Naturalmente, Steed, no podrás navegar por las aguas superficiales de la bahía.
–Seguimos el canal… hasta el océano. Haz el fondo tan afilado como sea
preciso.
–Calculo que tendrá unas ciento sesenta toneladas.
Se pasaron las dos horas restantes revisando todos los aspectos de su decisión y, cuando tuvieron la convicción de haber alcanzado un adecuado compromiso en muchos puntos conflictivos, Paxmore llamó a uno de sus sobrinos y dijo:
–Martin, ese gran roble que hemos estado reservando. Empieza a formarle una quilla.
Y, antes de que Steed saliera del astillero, se oían ya los tranquilizadores sonidos de una azuela.
En el rápido y agradable viaje de vuelta a Devon, trató de adivinar qué clase de información podría haber inducido a su hermano a enviar aquella imperativa nota: Puesto que procedía de Fithian, debe de tener su origen en Londres Y, como ya no hay guerra con Francia, debe referirse a las colonias. Algo sobre política. Luego frunció el ceño. ¿Podría tratarse de negocios? El Parlamento no puede haber aprobado una legislación que perjudique a nuestro comercio.
Estaba convencido de que Londres no sería tan necio, y su razonamiento era original. Las únicas personas en que el rey debe apoyarse tienen que ser hombres como Paxmore y yo. Sólo nosotros podemos contener a la chusma. Y al pensar esto vaciló, pues la balandra estaba pasando ante la marisma de Turlock, e imaginó a aquel ardiente radical en la cárcel, planeando venganza, y esto le estimuló a resumir ideas que había estado considerando desde hacía meses: La sociedad debe ser un compromiso entre hombres nuevos y no sometidos a prueba, como Turlock, que quieren destruir los viejos moldes, y hombres viejos y probados, como Paxmore y yo, que tienden a aferrarse durante demasiado tiempo a los moldes que estamos tratando de proteger.
Continuó especulando sobre esto durante varios minutos y, fiel a su costumbre siempre que manejaba conceptos tales como sociedad, Humanidad y cambio, empezó a pensar en francés, y éste era el cáncer fatal de su carácter: todos los signos externos hacían de él un caballero inglés, salvo que había aprendido a leer libros franceses, y éstos le habían corrompido.
Se sentía enormemente cautivado por Montesquieu, y había pasado un verano evaluando la desafiante teoría del francés, según la cual el Gobierno del hombre se realiza mejor dividiendo la autoridad en tres compartimientos estancos: ejecutivo, legislativo, judicial. Nunca se le había ocurrido que ésas fuesen las funciones
del Gobierno, pero bajo la exquisita dirección de Montesquieu comprendía que era así.
No obstante, al llegar a esta conclusión, se abstenía de continuar a sus consecuencias lógicas: «La mejor forma de lograr el equilibrio es seguir el sistema inglés. Un rey justo, un Parlamento fuerte, un sabio grupo de jueces.» Resultaba contradictorio: en todas sus aplicaciones prácticas era un inglés; en todas sus actitudes básicas hacia la bondad de la vida era un francés. Y ahora se tornó práctico: Sería un día trágico si nuestras colonias se sintieran tentadas a alejarse de Inglaterra, y cuando su embarcación llegó al muelle Steed subió el sendero, ansioso por conocer qué clase de crisis había llevado a Guy Fithian a través del Atlántico.
Los que se encontraban en el interior de Venganza de Rosalind.
le oyeron llegar y se apresuraron a salir a la puerta a su encuentro, y allí, por primera vez, vio a Jane Fithian, muchos años más joven que él, alegre, y rubia, y encantadora del brazo de su competente marido. Resultaba tan atractiva en su vestido azul cielo de indiana, con corpiño de encaje delicadamente aplicado, que pareció flotar hacia él, extendiéndole la mano y diciendo con voz dulce:
–Hola, soy Jane Fithian.
–¡Bien venida a Devon, Mrs. Fithian!
–¡Oh, no! – rió alegremente-. Soy su hermana, no su mujer.
Al oír estas palabras enrojeció tan intensamente, que todos los presentes, incluso los esclavos, comprendieron que se hallaba excitado por aquella muchacha inglesa, y tan pronto como quedó a solas con Guy le preguntó:
–¿Por qué la has traído?
Y Fithian respondió, sin la menor turbación: -Porque ya es hora de que te cases, Simon.
Las palabras, y la intención que subyacía a ellas, eran tan claras y manifiestas, que Steed volvió a ruborizarse, y se disponía a
protestar cuando Fithian dijo: -Lo que realmente me trae aquí es un desastre… doble.
Y procedió a exponer las situaciones, cada vez peores, que le habían obligado a cruzar el océano.
–La caída de los precios del tabaco significa que muchas de las grandes plantaciones con las que hemos negociado…, bueno, están en quiebra. Y si continuamos concediéndoles crédito, quebraremos nosotros también.
–Nosotros tenemos una posición sólida -dijo Steed, en tono defensivo.
–Ojalá todas las plantaciones americanas estuviesen en vuestra situación. Isham y tú sabéis trabajar, mantener las cosas en equilibrio.
Meneó gravemente la cabeza.
–Simon, ¿te interesaría hacerte cargo de la de Janney…, esa gran plantación a orillas del Rappahannock?
Sin reflexionar ni un instante, Simon respondió:
–No.
–¿No está relacionada en cierto modo con tu familia?
–Vagamente. Pero no nos interesa. ¿Es por eso por lo que has venido?
–La de Janney es sólo una entre una veintena de ellas. ¿Te das cuenta de que comisionistas como nosotros poseen la mayor parte de Virginia? Yo represento un consorcio. Seis comisionistas de Londres, y se nos pide que absorbamos deudas americanas por valor de varios millones. Tú llamas a esos lugares Maryland y Virginia. En realidad, son Fithian y Goodenough.
Presa de gran agitación, empezó a pasearse por la estancia, meneando la cabeza y diciendo:
–Poseemos las malditas plantaciones, y no queremos. Simon, ven por lo menos a ver qué puede hacerse con la de Janney. Me debes eso.
De nuevo protestó Steed que para un hombre de la Orilla Oriental entrometerse en una plantación de Virginia era una locura, pero Fithian le cortó en seco.
–Te guste o no, Simon, todos estamos envueltos en la locura.
Y la gravedad con que aquel buen amigo pronunció estas palabras, forzó a Steed a escuchar.
–Tú te sientes seguro porque administras prudentemente tu plantación y tus almacenes. Bien, pues el Gobierno de Londres parece decidido a expulsarte de los negocios. A ti y a los perezosos Janney.
–¿De qué se trata?
–El té. Te van a rebanar el pescuezo con el té. Y si eso da resultado, luego, paso a paso, todo lo demás.
–¿Por qué té?
–Porque la «East India Company»…
–Lo sé. Lo sé. Una de las Compañías peor administradas del mundo. Pero tiene el monopolio concedido por el Gobierno.
–Y va a ejercerlo. El truco es el siguiente: Si vosotros, los comerciantes americanos, queréis comprar té en Londres, tendréis que pagar un fuerte impuesto. La «India Company», no. No podréis competir. La Compañía desembarcará su té en vuestros muelles y venderá a bajo precio.
Cuando quedaron claras las interioridades e injusticias de aquel plan, Steed se dejó caer en su silla, se cubrió la frente con las manos y dijo:
–Parece como si el Parlamento estuviera decidido a hundir precisamente a los habitantes de las colonias de los que Inglaterra debe depender.
Y, con evidente frustración, pasó revista a la sucesión de leyes que ya determinaban una discriminación contra los comerciantes de Maryland: las restricciones al tráfico mercantil, los impuestos injustificados, las ventajas concedidas a los monopolistas de
Londres a costa de los hombres de negocios coloniales, las absurdas leyes marítimas, la arrogancia de los recaudadores de impuestos.
–¿Os habéis propuesto destruir a vuestros amigos? – estalló.
–Creo que sí -admitió Fithian.
Bajó la voz, y la conversación abandonó el terreno mercantil, en que Steed y él se veían amenazados por fuertes pérdidas, para abordar cuestiones de tipo más espiritual.
–Lo que Inglaterra debería hacer inmediatamente, Simon, antes del verano, es decir a las colonias con sonriente buena voluntad:
«Seguir vuestro camino, hijos. Creced y compartid más tarde vuestra munificencia con nosotros.»
Steed no dijo nada. La idea era tan radical, tan contraria a sus propias conclusiones, que apenas podía digerirla. Fithian continuó:
–Si hacemos eso, os ligaremos a nosotros para siempre.
Depositaréis vuestro dinero en Londres, y compraréis allí vuestras mercancías, y enviaréis vuestros hijos a Oxford. Créeme, una unión así podría constituir una fuerza poderosa en este mundo.
–¿Piensan muchos como tú? – preguntó Steed.
–Te daría ganas de vomitar oír a los imbéciles. Ellos no pueden imaginar un futuro diferente del pasado. Yo hablo del futuro del comercio a través del Atlántico, y no oyen nada. Ese tal Burkes habla de la situación legal, y tampoco le oyen.
–¿No es posible ninguna concesión?
–Todas serían posibles si los hombres fuesen razonables.
Haremos las insignificantes. ¿Pero las importantes que podrían rehacer el mundo…? Imposible.
–O sea, que los plantadores nos iremos quedando cada vez más acorralados.
–Sí. Porque sois visibles.
–Sería un terrible error que el Parlamento continuara abusando de nosotros, los comerciantes. Somos vuestro lazo con la cordura.
Somos leales a un hombre. Amamos a Inglaterra, pero no toleramos indefinidamente los abusos.
Y la discusión continuó, el inglés propugnando la separación y el colonial reafirmando su fidelidad. Terminó cuando Fithian dijo bruscamente:
–Dejemos esto. Debes venir conmigo a la plantación de Janney.
–Te lo he advertido. No la tocaré.
–Pero, por tu propio bien, debes ver el problema. Además, quiero enseñarle a
Jane la costa de Virginia.
–¿Va a venir ella?
–Naturalmente. Quiero que te conozca. Quiero que se case contigo.
–Me sorprendes.
–Es mi hermana menor. Una chiquilla preciosa y maravillosa. Y
llevamos tanto tiempo relacionados con las colonias, que he creído llegado el momento de intensificar los lazos.
–Yo soy católico.
–Tenemos una amplia provisión de protestantes en las otras ramas de la familia -dio a Steed unos golpecitos en el pecho-.
Todos nosotros necesitamos sangre nueva, ideas nuevas. Y tú necesitas una esposa.
Steed empezó a protestar, pero Fithian le interrumpió.
–En Londres yo leo cartas de todo el mundo, y al cabo de unos años me formo una imagen de quiénes las escriben. Y la imagen que tengo de ti, Simon, es la de un calculador imperturbable, honrado y nada excitante, que se siente a veces profundamente conmovido por los sucesos contemporáneos, pero de corazón seco.
No desperdicies la vida contemplándola sólo a distancia.
La travesía hasta el Rappahannock fue una pacífica égloga universal: volaban en lo alto los patos en vastas congregaciones, y el cielo emanaba una luminosidad gris; ocasionalmente aparecía
como la neblina algún barco que navegaba rumbo a Baltimore, con sus nueve velas apenas hinchadas, y al cabo de un rato pasaba de largo. El tiempo era fresco, y todas las mañanas las mejillas de Jane Fithian presentaban un intenso color rojo y ella se excusaba:
–Estoy segura de que parezco una lechera.
Era una muchacha inteligente, perfectamente capaz de participar en las elevadas conversaciones que dirigía su hermano.
–Yo creo que el rey debería enviar a las colonias dos ejércitos, uno que marchase desde Nueva York hacia el Norte, y el otro desde Nueva York hacia el Sur. Entonces veríamos de lo que son capaces esos obstinados rebeldes.
Decía esas cosas para fastidiar a Simon, que era veintiún años mayor que ella, pero no lo conseguía.
–Sus ejércitos, mi querida Miss Fithian, nunca llegarían ni a Boston ni a Filadelfia. No somos niños, ¿sabe?
–Son bárbaros, eso es lo que son, y si nosotros detuviéramos nuestros barcos nada más que durante seis meses, ustedes perecerían… por falta de alimentos… y de ideas.
–Y si nosotros detuviéramos los nuestros durante seis meses, Fithian se derrumbaría… por falta de dinero.
–Sería una estupidez que actuáramos de esa forma -reconoció ella-, y estoy segura de que no lo haremos.
Pero cuando llegaron a la plantación de Janney y vio su lamentable estado, se sintió profundamente agitada.
–Parecen todos unos necios. ¡Oh, Guy, si pudiéramos quedarnos aquí uno o dos años para enderezar esto…!
Su hermano señaló que la culpa no la tenían sólo los infortunados Janney, sino también los políticos de Londres.
–Y yo también tengo culpa por concederles crédito.
Sólo Simon permaneció imperturbable ante el hundimiento de los Janney.
–Siempre han sido ineptos, y el destino les ha sorprendido ahora en forma de un interés al diez por ciento.
En su opinión, Fithian debía ejecutar sus créditos, asumir el control de las vastas tierras y venderlas a bajo precio a quienes supieran administrarlas mejor.
–No podemos hacer eso -protestó el inglés-. Porque, si forzamos a Janney a la quiebra, tendríamos que hacerlo también por lo menos con otros diecinueve. ¿Y cuál sería el resultado?
Pánico en Virginia. Y Fithian con más plantaciones de las que podría supervisar.
–¿Qué vas a hacer? – preguntó Steed.
Guy Fithian, representante espiritual y legal de muchos hombres de negocios ingleses, bajó la cabeza, se frotó la barbilla y dijo:
–Rezar. Eso es lo que haremos, rezar.
–¿Para qué?
–Bueno, mi primera oración ha sido para pedir que lograse encontrar alguien como tú para dirigir la plantación de Janney. Y
las otras diecinueve. Para ayudarnos a aguantar hasta que empiece la guerra.
Al oír mencionar la guerra, Simon parpadeó.
–Y después rezaría por que, al término de la guerra, las colonias libres hagan honor a sus deudas.
–Hablas como si la guerra fuese inevitable -dijo Steed.
–Lo es -repuso serenamente Fithian.
Y después de haber inspeccionado una serie de plantaciones que se bamboleaban al borde de abismos que los propietarios apenas comprendían, Jane preguntó a su hermano:
–¿No podemos hacer algo?
–Como he dicho antes, podemos rezar.
–De modo que la guerra de que yo hablaba en broma va a ser realidad, ¿no?
–Creo que sí -respondió su hermano.
Las visitas a las grandes plantaciones eran como un sueño; la balandra remontaba lentamente los ríos; en los muelles aguardaban esclavos para coger las amarras; al frente se extendía el impecable césped; se veían a un lado los alojamientos de los esclavos, y en medio de todo se alzaba la hipotecada mansión, a veces con columnas que relucían bajo el sol invernal. El recibimiento era invariablemente generoso, con selectas bebidas y una intrascendente conversación acerca de Londres, pero en los ojos de los propietarios había un silencioso terror ante la presencia de aquel comisionista que era el dueño ya de la plantación.
Guy Fithian no era un destructor; estaba allí para saber si podía instalarse todavía algún reinado de la razón para salvar tanto a los propietarios aparentes como a él mismo, pero nunca había un plan racional.
–Hay que dar de comer a los esclavos, Mr. Fithian. El tabaco se recuperará, sin duda. No sabemos cultivar trigo ni maíz. Se ha hablado de cultivar manzanas, pero sólo para sidra. Y cada mes nuestras deudas parecen hacerse mayores.
Sin embargo, eran aquellas buenas gentes, tan gravemente perjudicadas por Londres, quienes más entusiásticamente apoyaban a Inglaterra y al rey.
–Nunca habrá rebelión aquí. Algo se ha hablado en Richmond y Williamsburg. Jefferson no es de fiar, y Patrick Henry es un camorrista nato sin la menor importancia. No, señor, Virginia está firmemente con el rey.
–Eso es más de lo que yo haría -confesó Fithian a Steed mientras se disponían a regresar a Devon.
Steed no respondió, y Fithian, cambiando bruscamente de tema, preguntó:
–¿Y qué hay de Jane?
–En estos inseguros tiempos…
–Precisamente es cuando hay que poner en orden los asuntos personales propios. ¿Piensas casarte con ella?
–¡Santo cielo!
–Simon, durante las seis últimas semanas hemos estado visitando a personas incapaces de tomar decisiones. No te vuelvas como ellas a tu edad.
La mención de la edad fue algo desafortunado, pues le proporcionó a Simon una excusa.
–Después de todo, tengo ya cuarenta y tres años y ella sólo tiene veintidós. Soy lo bastante viejo…
–Una bonita excusa -saltó Guy-. Y se me ocurren una docena más de ellas. Y ninguna sirve.
–¿Por qué no? – preguntó Simon, casi petulantemente; no le gustaba ser puesto en ridículo.
–Porque vivimos en una época de tensión. Todo es inseguro, y en momentos así los hombres sensatos atienden a las cosas fundamentales…, como el matrimonio.
–Pensaré en ello durante el viaje de regreso -prometió Steed.
Y cuando la isla asomó a lo lejos, en el Este, semioculta entre la bruma del río, Guy le llamó a la popa de la balandra y preguntó:
–¿Cuál es tu decisión?
–Podría hacerlo -respondió Steed, con tono vacilante.
–¡Jane, ven aquí! – exclamó Guy.
Y cuando ella acudió, llena de vida y con las mejillas coloradas, su hermano dijo:
–Simon quiere casarse contigo.
Y ella besó a Steed, le dio unos cariñosos golpecitos en las costillas y dijo:
–No necesitabas proponérmelo. Lo iba a hacer yo cuando llegásemos a la isla.
Steed se sintió aliviado ante el hecho de haber llegado tan fácilmente a una decisión importante; cuanto más veía a Jane en las
mansiones de Virginia, más había llegado a amarla. Era una mujer vigorosa y seductora, de arraigadas creencias y vivo interés en las empresas Fithian. Él estaba seguro de que habría podido casarse con un hombre más joven -en Virginia, varios habían parecido deseosos de proponérselo-, y le halagaba que le hubiera elegido a él.
–Tú podrías haber puesto orden en cualquiera de esas plantaciones -le dijo, mientras subían por el sendero desde el muelle-. Quiero que administres ésta.
Pero, en obediencia a algún profundo sentido de propiedad, ella respondió:
–No he venido a administrar. He venido a amar.
Pero, más allá de estas consideraciones prácticas, inglesas por naturaleza, Steed se sentía también sexualmente atraído hacia Jane, y no experimentaba la menor turbación para expresar ese anhelo, hecho que él atribuía a su herencia francesa. Jane fue tornándose cada vez más deseable cuando se iban a la cama en la gran habitación cuadrada que antaño ocupara la amarga soledad de Rosalind Janney Steed, y una noche en que las llamas se retorcían en pequeñas espirales en la chimenea del dormitorio, ella dijo:
–Pensabas que tu vida había terminado, ¿verdad, Simon? Pero estaba sólo preparándose para comenzar.
Y se echó a reír.
Mientras Simon Steed se hallaba ausente en Virginia, viviendo su reticente noviazgo, Teach Turlock bufaba en la cárcel, y a todo preso que compartía su celda le dirigía palabras de velada traición:
–Quizá tengamos que echar de Maryland al rector gordo. Ese ladrón de tierras.
Sugería que los jueces eran ladrones también, y siempre que se mencionaba a algún inglés, incluso el rey, hablaba con aspereza de él.
Algunos de sus compañeros de celda, dándose cuenta de la finalidad a que tendían sus pensamientos, trataban de apaciguarle argumentando contra sus excesos, pero él rechazaba sus consejos.
–Está llegando el momento… -decía, y les confiaba que, cuando él saliese de la cárcel, ya podían andarse con cuidado los ingleses.
El carcelero tuvo un atisbo de su cada vez más dura actitud cuando le fueron entregados unos documentos para que los firmase Turlock; en ellos se transfería la propiedad de ochenta acres al rector de Wrentham, pero cuando Turlock lo supo, se negó a estampar su marca:
–Ningún rector me quita a mí mi tierra.
–Pero el tribunal dice que debes firmar -explicó pacientemente el carcelero, mientras el secretario asentía.
–¡Al diablo con el tribunal!
Los dos funcionarios contuvieron el aliento, pues en Patamoke no se empleaba ese lenguaje. La ley era terminante en tales casos: por hablar irrespetuosamente de cualquier tribunal, encarcelamiento; por una segunda transgresión, marcado de la lengua con un hierro candente; por una tercera, horca.
–No les cuentes su blasfemia a los jueces -suplicó el carcelero cuando él y el secretario estuvieron a solas-. Es un chiflado que ama su tierra.
Pero, naturalmente, los jueces tenían que saber que Turlock se había negado a firmar, y se enfurecieron. Dos de ellos se presentaron en la cárcel para advertirle del peligro en que se estaba poniendo, pero él permaneció sombrío y sucio, sentado sobre sus manos para no sentir la tentación de coger la pluma.
–Podemos prolongar tu condena. O quitarte tu falucho -le advirtieron.
Pero él era obstinado, y ni halagos ni amenazas le indujeron a tomar la pluma, por lo que los jueces se retiraron, y poco después
fue informado de que su condena había sido doblada; debía permanecer en la cárcel hasta abril.
Empezó a reírse de los jueces, del rector y de sí mismo. Se daba cuenta de que las cosas habían ido terriblemente mal y que no podía hacer gran cosa al respecto. En aquel momento podría haber sido salvado de la rebelión; un solo gesto conciliatorio le habría aplacado. En lugar de ello, su mujer le visitó en la cárcel con la noticia de que los agrimensores habían apeado los ochenta acres.
–No tierra pantanosa junto al estero. La mejor. Con los árboles grandes.
Sorprendentemente, no se enfureció ni prorrumpió en insultos.
Cuando su mujer se hubo marchado, quedó inmóvil en su taburete, entumecido, ardiendo interiormente, de tal modo que uno de los presos dijo:
–Cuando le quitan un trozo de su tierra le quitan un trozo de intestino.
Cuando aparecieron dos jueces, acompañados del condestable y provistos de los documentos que debía firmar, les dejó que le esposaran y le cogieran el brazo derecho y obligaran a sus dedos a trazar las abiertas equis que enajenaban su tierra. Pero más tarde, cuando los jueces rememoraron todo lo que había sucedido, recordaron que durante el acto de la forzada firma Turlock había observado los dos documentos con una animal ferocidad: «No sabía leer, pero estaba reteniendo en su memoria el aspecto que presentaban los papeles.»
El 6 de abril de 1773 fue puesto en libertad, y el 7 de abril fue saqueada la rectoría de Wrentham. Al principio, el grueso clérigo no pudo descubrir qué le habían robado, pues sus candelabros y su plata parecían intactos, y pasaron varios días antes de que se diera cuenta de que había desaparecido su título de propiedad de los ochenta acres de la marisma; cuando tuvo la seguridad de que así era, llamó a sus esclavos y les ordenó que le llevasen a Patamoke lo
más rápidamente posible. Bufando y resoplando, informó a los jueces que había sido robado el documento firmado por Turlock, y cuando los jueces dijeron: «Haremos que el secretario le extienda una copia», descubrieron que también el suyo había desaparecido.
–¡Fue Turlock! – recordó el secretario-. Estuvo aquí la tarde siguiente a su salida de la cárcel. Pidió ver la escritura que había firmado.
–Pero si no sabe leer.
–Lo olvidé. Me llamaron afuera…
Se interrumpió, mientras trataba de recordar lo sucedido aquel día, y entonces comprendió la estratagema de que había sido objeto.
–¡Era Mrs. Turlock! Vino a la otra puerta. Preguntó si estaba aquí su marido.
–¿Y no se cercioró usted de que la escritura era devuelta a los archivos?
–¿Quién roba escrituras?
Evidentemente, Turlock lo hacía, así que los jueces ordenaron extender unos duplicados, pero cuando el condestable fue a la marisma para informar a Teach de que el tribunal le había multado con veinte acres más por robo y que esos veinte acres debían añadirse a la propiedad del rector, montó en una cólera tan violenta, que resultó vana toda esperanza de hacerle estampar su señal en el documento.
–He tenido suerte de escapar con vida -informó el condestable, por lo que que los jueces firmaron ellos mismos la escritura, y Turlock fue despojado de otra nueva porción de su tierra.
Furioso, se retiró a su falucho, ennegrecido y próximo ya al fin de sus días: tenía la popa arqueada, las velas rasgadas y el fondo agujereado por la carcoma, pero Turlock había aprendido a navegar en él con sorprendente destreza, e incluso lo había llevado a Barbados para transportar ron de contrabando y a Tortuga por sal.
El falucho estaba previsto para una tripulación de diez hombres, pero a menudo navegaba sólo con dos, pues Turlock podía permanecer varios días seguidos despierto, o casi despierto, manteniendo a flote su destartalada embarcación. En su actual viaje llevaba ahora una tripulación de dieciocho hombres, pues se proponía realizar algo más que una travesía a Barbados para practicar contrabando. Durante la noche, abandonó sigilosamente la marisma, pasó ante Devon y salió a la amplia extensión de la bahía de Chesapeake, donde se prometía permanecer por algún tiempo.
Un barco de carácter muy diferente estaba siguiendo el mismo plan. El teniente Copperdam, de la Armada Real de Su Majestad, llevaba varios meses dominando la costa de Massachusetts y había capturado varios navíos americanos que intentaban evadir las aduanas. Tenía por costumbre abordar el buque, confiscar su contrabando y enviar a los marineros a Londres, cargados de cadenas. Este despótico comportamiento había enfurecido tanto a los ciudadanos de Massachusetts, que Copperdam había decidido probar fortuna en Chesapeake.
El primer barco colonial que avistó fue un viejo y destartalado falucho que renqueaba con todos los indicios de transportar contrabando. Al principio, Copperdam pensó en dejarle pasar de largo, pues, dado su estado, no podía llevar gran cosa, pero como no se veía nada más en el horizonte, avanzó, dispuesto a una fácil captura.
Sin embargo, al aproximarse al maltrecho barco, sus costados se abrieron súbitamente y tronó el fuego de seis cañones. Los disparos fueron contenidos, y Copperdam vio con estupefacción que el enemigo se proponía el abordaje y la lucha cuerpo a cuerpo.
Demasiado tarde, trató de separarse, pero, al hacerlo, embarrancó, y a continuación el falucho, mejor acondicionado para navegar por aguas poco profundas, se acercó y sus hombres saltaron a bordo.
¡Y entonces ocurrió un milagro! En vez de capturar el barco inglés y arrestar a su tripulación, los invasores se limitaron a saquear cuanto había en él de valor y continuaron bulliciosamente su travesía hacia el Atlántico. El teniente Copperdam, al informar de su humillante experiencia a las autoridades inglesas de Nueva York, dijo:
–Era como luchar con las manos desnudas contra un puerco espín. Ellos dijeron que llevaban una tripulación de dieciocho hombres solamente. Mas parecía como si fuesen ochocientos.
Cuando le preguntaron acerca de su capitán, dijo:
–Barbudo, descalzo, sucio y no pronunció una sola palabra.
Y, mientras estaba informando de lo sucedido, llegó a Nueva York otro buque inglés con una historia similar.
–Un falucho negro que parecía a punto de hundirse nos llamó, vació nuestra bodega y se alejó.
–¿Era su capitán un hombre descalzo y de espesa barba?
–El mismo.
Cuando circuló por Chesapeake esta descripción, los marineros comprendieron que Teach Turlock había declarado su guerra privada a los ingleses, y lucubraron acerca de cuánto tardaría en generalizarse la guerra. Los propietarios de plantaciones, consternados ante la posibilidad de una ruptura abierta con Inglaterra, gruñeron:
–¿Qué ha hecho ese maldito imbécil? ¿Expedir su propia patente de corso y represalia? Deberían colgarlo.
Pero, una oscura noche, el falucho entró sigilosamente por el Choptank, y, antes del amanecer, los habitantes del lugar habían tomado su botín, desmontado sus mástiles y ocultado la embarcación en el interior de la marisma. Turlock era su adalid.
Hacia finales de 1773, Levin Paxmore trabajaba catorce y quince horas diarias. El yugo del barco en construcción había sido ya tallado y pintado (Whisper), y la sobrequilla había quedado
sujeta a la quilla. Se había dado forma a los dos enormes mástiles -
cuadrado a octógono a círculo- y estaban hechos los resaltes en que finalmente encajarían. Pero la tablazón estaba muy retrasada. La razón era vieja: cortar tableros de pino, arquearlas de conformidad con la silueta de la goleta y ajustar una plancha de babor con otra ya cortada para estribor eran tareas difíciles y que requerían largo tiempo. Había un límite a lo que dos serradores podían hacer en un día, y un barco de aquel tamaño consumía madera a un ritmo de unas seis veces más que las embarcaciones más pequeñas que Paxmore se había acostumbrado a construir.
Y, sin embargo, cada nueva información que llegaba a Patamoke confirmaba a Steed en su primitiva convicción de que el trabajo debía ser terminado rápidamente. Como Paxmore explicó a su mujer:
–Los augurios son aterradores. Ayer vino hasta Patamoke un barco de guerra inglés. ¡Acosándome para saber si era uno de los nuestros el que había atacado al teniente Copperdam! Queriendo saber por qué estaba construyendo yo el Whisper. Tomando nota de todo.
–¿Qué crees que ocurrirá? – preguntó Ellen.
–Tengo la mente en blanco. No hago más que trabajar día tras día.
Hizo una pausa y, luego, añadió:
–De lo único que estoy seguro es de que cuando acabe éste será necesario otro.
Vaciló de nuevo.
–Lo que he hecho es enviar mis hombres al bosque. Han cortado tres quillas más y otros seis mástiles, y ahora estoy mirando hacia los que seguirán a éstos.
–¿Ves guerra?
Paxmore paseó la vista por la cocina para asegurarse de que no estaba escuchando ninguno de los niños y dijo:
–Veo confusión.
–Entonces, ¿por qué hacen falta tantos barcos?
–No lo sé. Pero en tiempos de confusión…
–Levin, con frecuencia es en esas ocasiones cuando se realiza la obra buena del Señor.
–¡No! – exclamó él, levantándose de la silla y empezando a pasear por la estancia, agitando las manos como si quisiera impedirle que dijera lo que sabía que estaba resuelta a decir-. No puedo tratar de tus preocupaciones esta noche.
–Ha llegado el momento, Levin. Dios nos proyecta a tiempos difíciles para que podamos dar testimonio de Él.
Hablaba con tan dulce insistencia, y con tanta lógica, que Paxmore se rindió. Dejándose caer junto a ella en una silla, dijo:
–Adelante.
–El año pasado, en Reunión de Patamoke, la moción fue derrotada por sólo trece votos. En la Reunión Anual de Baltimore, por menos de cien. Dios nos impone la obligación de lograr que esto termine.
–Yo no lo propondré.
–Levin, yo lo he propuesto tres veces. La gente lo espera de mí.
Pero si tú lo planteas esta vez, será una voz nueva…, tu apoyo bastará para convencer a la mitad de los que se oponen.