Bahía de Chesapeake

James A Michener · Capítulo 4 de 13 · parte 12/15

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Bahía de Chesapeake

La Marisma

Este capítulo es largo, así que está dividido en 15 partes.

–Estoy demasiado cansado, Ellen. He trabajado todo el día en el astillero y toda la noche en mis planos. Discutir contigo me pone un nudo en el estómago.

–Pero ha llegado el momento, Levin. Redobla ya un gran tambor, y debemos avanzar…

–Estás muy militarista.

Ella hizo caso omiso de su observación y dijo:

–Cuando Ruth Brinton pidió que Edward Paxmore manumitiese a sus esclavos, él protestó diciendo que arruinaría su negocio si lo hiciese. Y el efecto producido fue exactamente el contrario.

Cuando Thomas Steed dio la libertad a los suyos, sus vecinos predijeron su quiebra. Ahora posee el doble de tierra.

–Yo no puedo dictar normas a los demás.

–En eso es en lo que consiste el testimonio -dijo Ellen, con profunda convicción-. Yo no doy testimonio para avergonzar a mis vecinos. Lo hago porque Dios no me permitirá hacer otra cosa. Es injusto que los cuáqueros posean esclavos. Es injusto mantener a los negros en la ignorancia. Es injusto separar familias. Es injusto comprar y vender seres humanos. Y, si te niegas a encabezar este movimiento, no estás condenando lo injusto.

–No haré tu trabajo en la reunión -dijo él.

Y, como Ellen continuara insistiéndole, salió de la casa dando un portazo y se refugió en el astillero, donde podía enfrentarse a problemas que tenían una solución concreta. Permaneció allí varias horas, inspeccionando con aprobación la sólida goleta que ya iba tomando forma definitiva, y, mientras la veía, emergiendo su mole entre las sombras, la imaginó en el agua, con sus dos mástiles erectos, y se le ocurrió que, si la rapidez era el requisito esencial, podría lograrse abandonando la rigurosa costumbre de aparejar toda goleta con grandes velas triangulares dispuestas en sentido longitudinal y sustituirla por un diseño mucho más ingenioso: Envergar esas velas de tal modo que el calcés de cada palo fuera susceptible de acoger un par de velas de cruzamen, y añadir otro foque a proa. Con esa mezcla… Con un trozo de madera esbozó en el suelo el aparejo en que estaba pensando, y le pareció bien, pero cuando se imaginó a sí mismo en el interior de una goleta así aparejada, empezó a percibir limitaciones.

Así, pues, acomodó sus imaginarias velas, desplazándolas a vergas invisibles: «Quiero que esta goleta sea capaz de maniobrar con cualquier viento, y nada mejor para eso que la vela redonda.

Pueden detener un barco en plena travesía. O incluso hacerlo retroceder. Pero también quiero ceñir el viento y para eso

necesitamos velas longitudinales mayores.» Continuó investigando en abstracto las propiedades de la vela, pero cuanto más racionalmente pensaba, más opresivo se tornaba el nudo en su estómago, hasta que, al fin, se estremeció en la noche, tan abrumadores eran los problemas que le acosaban.

De pronto, exclamó en voz alta:

–¡No daré testimonio en la reunión!

Pero, aun mientras pronunciaba estas evasivas palabras, debía reconocer que el hostigamiento moral de Ellen acerca de la esclavitud no era la causa de su confusión moral. Ésta surgía, curiosamente, de sus especulaciones sobre el aparejo, y era una perplejidad que sólo podía atormentar a un cuáquero: ¡Rapidez y maniobrabilidad! Ningún hombre necesitaría las dos cosas si estuviese, simplemente, importando mercancías de Londres. Pero tendría esa doble necesidad si se propusiera utilizar su barco para la guerra. Lo que estoy construyendo es un barco de guerra.

Al comprenderlo así, cayó de rodillas, entrelazó las manos y empezó a rezar: No estoy construyendo barcos de guerra. No estoy construyendo plataformas para cañones. Dios Todopoderoso, soy un pobre hombre que trata de vivir con sus vecinos de acuerdo con Tu ley. Ejerce todo Tu poder para mantenernos en paz. Rezó durante largo tiempo, pidiendo orientación respecto a lo que debía hacer con aquella goleta y con las otras tres que la seguirían. No quería construir para la guerra, y, sin embargo, cada mejora que había introducido en la Whisper la hacían más apta para aquélla.

Estaba de rodillas cuando se abrió la puerta del gran cobertizo y entró por ella un hombre que parecía llevar una brazada de herramientas. Si su dirección hubiera sido la contraria, Paxmore habría sospechado que se la robaba, pero, evidentemente, se las estaba devolviendo…, y eso resultaba desconcertante. Guardando silencio, Paxmore observó al hombre mientras se acercaba y, para su sorpresa, vio que se trataba de Gideon Hull, uno de sus mejores

trabajadores y cuáquero de toda confianza; efectivamente, llevaba toda una brazada de herramientas utilizadas en la construcción de barcos.

–¿Qué estás haciendo, Gideon? – preguntó, con voz serena.

El trabajador soltó las herramientas, miró con desaliento a su alrededor y vio a Paxmore, arrodillado entre las sombras. Ninguno de los dos dijo nada, así que Paxmore empezó a recoger las herramientas.

–¿Para qué eran, Gideon?

–Las estaba devolviendo.

–Si me las hubieras pedido, te las habría prestado.

–No eran para mí, Levin.

–¿Para quién entonces?

Hull permaneció mudo. Sabía que, si pronunciaba una sola palabra, se descubriría toda la historia, y no quería que ocurriese tal cosa, pues había otros que resultarían afectados. Pero Levin Paxmore, como su mujer, era persistente, y, después de muchas preguntas, Hull cedió.

–Es Teach Turlock. Ha vuelto a la marisma con el costado de su barco agujereado de un cañonazo. Hemos ido hasta allí para ayudarle a arreglarlo.

–¿Hemos?

–Leeds y Mott.

Paxmore estaba sorprendido. ¡Tres de sus mejores hombres implicados en la ayuda a un forajido! Comprendiendo los peligros legales que esa delictiva conducta entrañaba, se disponía a reprender a Hull, cuando se le ocurrió que él era tan culpable como Hull, y quizá más: En este astillero estamos construyendo barcos para la guerra. Nuestros actos constituyen traición, y ayudar a un pirata a reparar su falucho es la menor de nuestras fechorías.

Hull estaba ahora alardeando:

–Todo el mundo sabe que fue Turlock quien atacó a Copperdam. Ya ha vendido en Baltimore dos cargamentos de mercancías capturadas.

–¿Cómo recibió un cañonazo a través de las hiladas?

Hull rehusó dar más detalles, y Paxmore consideró preferible no insistir.

–¿Le hiciste la reparación?

–En estos momentos navega hacia Chesapeake -respondió Hull, con sombría satisfacción-. Voy a guardar esto.

Y, sin decir nada más, volvió a colocar en su sitio las valiosas herramientas, le hizo una inclinación a Paxmore y salió.

Paxmore permaneció allí hasta el amanecer, profundamente agitado por la acción de Hull, y vio entonces los tres grandes robles que esperaban ser convertidos en quillas, y recordó el aforismo de sus antepasados: Un barco Paxmore conserva la quilla intacta. Los barcos que él había construido tenían quillas de ésas, y ello explicaba el hecho de que no se hubiesen arqueado ni hubieran envejecido antes de lo debido.

Pero la quilla de su vida personal distaba mucho de mantenerse firme; su barco estaba generando un alto grado de oscilación. Sabía que su mujer tenía razón en lo que se refería a la esclavitud y que había llegado el momento de que los cuáqueros anunciaran inmediatamente que la posesión de esclavos descalificaba a un hombre o a una mujer para pertenecer a la sociedad, pero también sabía que un solo hombre no podía hacer gran cosa, y su trabajo era construir goletas para hacer frente a la inminente crisis. Pero al hacer esto aprobaba tácitamente la guerra, que veía a la vez como deplorable e ineludible. Los patriotas tendían a ser gentes irresponsables como Teach Turlock; procuraban inflamar al populacho con actos que serían lamentados. Los hombres honrados como Levin Paxmore y Steed evitaban tales excesos, y él rogaba por que lo siguiesen haciendo siempre.

Pero aquella noche había descubierto lo fácilmente que podía uno ser inducido a ayudar a la rebelión, y estaba confuso. Terminó su larga vigilia con una oración más: «Dios Todopoderoso, mantén a estas colonias en una quilla lisa.»

El precario equilibrio saltó hecho pedazos durante la fragante primavera de 1774. Guy Fithian, con las mejores intenciones y el deseo de obtener una ganancia comercial, envió a su cuñado Simon esta entusiástica carta:

¡Por fin una luz en las tinieblas! Como te dije cuando visitamos Virginia, me preocupaba la acción del Parlamento al conceder el monopolio del té a la «East India Company». La Compañía manejaba mezquinamente las cosas, y en perjuicio de los comerciantes honrados como nosotros. Me alegra comunicarte que he encontrado una forma de soslayar el monopolio de la Compañía, de tal modo que ahora podrás vender té en tu parte de Maryland con un impuesto mucho menor que antes y con beneficio considerable, tanto para ti como para mí. Por tanto, me he tomado la libertad de cargar en tu viejo bergantín Bella Rosalind 3.200

libras de la hoja más selecta. Como tu bergantín no es un buque rápido, sin duda llegará después que esta carta, pero estoy seguro de que no tendrás dificultades en vender su cargamento a estos precios tan atractivos.

Steed no preveía ninguna dificultad para la venta de aquel cargamento que no había pedido; Fithian enviaba hojas de primera calidad muy apreciadas por los clientes; y, como indicaba Londres, con el nuevo sistema costaba menos que el té importado de Holanda o Francia. Pero antes de que llegara, empezó a tropezar con dificultades en su casa.

Jane Steed estaba demostrando ser una esposa más deliciosa aún de lo que él había esperado; era una compañera fascinante, una anfitriona encantadora. Mejoraba cualquier vestido que caía en sus manos, y sus tres esclavas parecían disfrutar dando nuevas formas a

sus vestidos viejos, o adornándolos con trozos de encaje o de raso.

Se mostraba también innovadora en la cocina, aderezando el pato y el venado de nuevas formas y encontrando deliciosas aplicaciones para el maíz molido. Preparaba salsas excelentes y empleaba sabiamente nueces y frutas. Devon nunca había conocido comidas mejores que las que ella supervisaba, y cuando visitantes llegados de Europa pasaban una temporada en Venganza de Rosalind, siempre felicitaban a los Steed por la excelencia de su mesa. «Hay que agradecérselo a Simon -decía modestamente Jane-. Ha vivido en Francia, ya sabes, y allí aprendió los secretos de la buena cocina.» Era una divertida mentira; Simon compartía la honesta actitud americana hacia los alimentos: «Pon mucho y guísalo hasta que quede negro.» En los primeros tiempos de sus relaciones, Jane había ridiculizado a veces las pretensiones coloniales de ilustración de su futuro marido; después de vivir algún tiempo con él, descubrió que leía realmente en cinco idiomas: inglés, francés, alemán, latín y griego. Su biblioteca incluía los mejores libros disponibles en cada uno de esos idiomas, y los había estudiado todos. Sus conocimientos eran extraordinarios, y le complacía ver que eso no le había convertido en un radical; se mostraba conservador en todos sus juicios, y cuando hablaba vehementemente en defensa de Inglaterra, él la apoyaba.

Pero Jane se había ido sintiendo crecientemente preocupada por un hecho al que no había dado importancia durante los breves días de su noviazgo: Simon se dedicaba al comercio. Poseía tiendas en Patamoke, Edentown, Oxford y St. Michaels. Él y sus hermanos habían trabajado realmente en esas tiendas, sirviendo al público en general, y los sobrinos de la familia trabajaban ahora en ellas, adquiriendo los conocimientos prácticos que habían mantenido en prosperidad a la familia durante más de siglo y medio.

Los Steed no sólo tenían tiendas, sino que también ofrecían en venta los trabajos manuales de sus esclavos. Los negros de los

Steed hacían barriles, como los negros de todas las plantaciones, pero cuando habían hecho los suficientes para uso de la familia, continuaban haciéndolos, y los jóvenes comerciantes Steed iban vendiéndolos por Chesapeake. Vendían también madera, y telas tejidas por las esclavas de Devon. Lo que era más degradante aún, en dos ocasiones diferentes Simon había cargado hasta la borda uno de sus barcos, navegado con él hasta Martinica y vendido «carga y casco» a un emprendedor francés que, de una sola vez, adquiría varios barriles de tabaco, efectos navales diversos que eran de gran necesidad en las islas y un sólido barco construido por Paxmore.

En el primero de estos insólitos tratos, Steed había ganado mil libras, pagadas en monedas españolas, y en el segundo, cinco mil.

Jane encontraba desagradables esos negocios. Los caballeros no se dedicaban al comercio; dejaban la dirección de tiendas y el regateo de precios de artículos concretos a individuos de menor categoría. De hecho, un verdadero caballero rara vez llevaba dinero encima, y nunca hablaba de él con otros. El manejo del dinero -la transmisión de monedas de una persona a otra- era contaminante, y ella detestaba que su marido se mezclara en aquellos sucios asuntos.

–Fithian no hace otra cosa -protestó Simon un día.

–¡Ah, pero nosotros lo hacemos en general, nunca en detalle!

–No veo la diferencia -repuso Steed.

–La verías si te hubieses educado en Inglaterra. El comercio es repulsivo. Los caballeros se limitan a la dirección de grandes negocios.

Ella se mantenía inflexible en este punto, y Steed descubrió que para la clase acomodada inglesa era poco elegante la venta al por menor de un solo objeto, mientras que el movimiento al por mayor de mil de esos objetos era aceptable.

–Todo se reduce a una simple pregunta -dijo su mujer-. ¿Te inclinas servilmente ante cualquiera que tenga un chelín, o manejas

tus negocios como un caballero… con una contabilidad anual y de manera digna?

–¿Es eso lo que hace tu hermano? – preguntó Simon.

–Naturalmente. Dudo que haya manejado dinero en toda su vida. Hay libros y liquidaciones anuales de cuentas, y todo lo arreglan los empleados que escriben cartas.

Steed se echó a reír.

–¿No viste cuando estuvimos en Virginia que aquellas refinadas personas corrían peligro de perder sus plantaciones porque no sabían nada de negocios? ¿Y que los Steed hemos salvado los nuestros porque sí sabíamos? Nosotros sabemos administrar establecimientos comerciales y hacer trabajar a los esclavos para obtener un beneficio. Todos y cada uno de mis sobrinos saben fabricar un barril, como yo a su edad.

–¿No te parece… -trató de encontrar la palabra-, sucio? ¿No te hace sentirte degradado esa actividad de tendero?

–No, cuando nos proporciona solvencia económica. Y nos permite comprar los libros que queremos.

Si, como aseguraba, Jane se sentía «mancillada por los sucios dedos del comercio», debía reconocer que éste no se limitaba a una extensión superficial reducida. Desde luego, la fortuna de la familia descansaba en los mercados de la Orilla Oriental y operaciones colaterales de manufacturado de tabaco, pero los niveles de beneficios venían determinados por las exportaciones a Europa: tabaco, efectos navales y madera a Inglaterra; pescado, trigo y carne a otros países. No era raro que un barco mercante llegara a la bahía de Chesapeake con documentos comerciales de hasta cincuenta ciudades europeas distintas interesándose por cargamentos de géneros de los Steed. En Gran Bretaña, las cartas podían proceder de ciudades como Oxford, Cambridge, Edimburgo; en España, de ciudades como Barcelona, Cádiz, Sevilla; en Portugal, de Lisboa o de la ciudad de sal de Setúbal; en

Bélgica, de Gante, Ostende, Yprés; en Holanda, de Amsterdam, Utrecht, Haarlem; y en Francia, por haber estudiado allí Simon, de cualquiera de treinta y cuatro ciudades como Bergerac, Dunkerque, Metz, Besancon y, especialmente, Nantes. Trabajar en 1774 en la isla Devon era estar en contacto con los centros más refinados de Europa.

Pero en la primavera de aquel año, un acontecimiento comercial arrinconó a todos los demás; la llegada a la boca de Chesapeake del crujiente, casi anegado y viejo bergantín Bella Rosalind, cargado de paquetes de té que habían evadido el impuesto normal de Londres. Todo lo que se necesitaba para hacer legal aquella transacción era el pago de un pequeño impuesto simbólico, destinado por el Parlamento a constituir la prueba de que las colonias continuaban prestándole acatamiento. El otoño anterior se habían producido en Boston ciertos disturbios a causa de ese pequeño impuesto, y una partida de té había sido arrojada al agua, pero los ánimos se habían calmado, y los habitantes de Maryland leales al rey confiaban en que no ocurriría nada semejante en su colonia.

De hecho, los plantadores responsables con los que habló Steed manifestaron su favorable acogida a aquel té barato. Los jueces expresaron firmes sentimientos probritánicos y le dijeron:

–Ya era hora de que la madre patria ejerciese su autoridad. Ha hecho un buen trabajo, Steed, trayendo ese té.

Los Paxmore estaban desasosegados. Amaban su té, y, como no bebían nada más fuerte, se habían sentido privados al quedarse sin él. Pero, como los cuáqueros en general, reflexionaban sobre las consecuencias aun de la ley más transparente, y aquel impuesto sobre el té era mucho más complicado que eso.

–Yo quiero el té -dijo Levin Paxmore-, pero verme obligado a pagar un impuesto sobre el que no he sido consultado es algo que va contra la esencia de mis principios republicanos.

Concluyó que debía pagar el impuesto, tomar el té y temblar por lo que podría ocurrir después.

–Sé lo que hará Steed. Sé lo que haremos nosotros. Pero ¿quién puede predecir lo que vayan a hacer los Turlock?

¿Quién, realmente? Desde aquel día fatal de 1765 en que el Parlamento impuso arbitrariamente una Ley del Timbre que exigía una pequeña tasa sobre los documentos legales y comerciales, periódicos y almanaques, Teach Turlock y los habitantes de Maryland como él habían percibido intuitivamente que Bretaña trataba de poner su dogal a los colonos, y él se resistía como un perro salvaje. Jamás había utilizado uno solo de los objetos sujetos a impuesto -¿cómo podía hacerlo si era analfabeto?-, pero había percibido el peligro. «No es justo.» Había continuado resistiéndose a cada nueva ley del Parlamento que violaba su libertad, pues comprendía con primitiva lógica que, si Londres triunfaba en la cuestión del té, la estrategia se iría aplicando a nuevos campos hasta que quedaran estrangulados todos los derechos.

Teach no habría podido expresar en un frase razonada ni una sola de sus conclusiones, pero su astuta y analítica mente reconocía la tiranía en cualquier forma sutil que adoptase.

–El rector y el rey, igual. Él roba mi tierra. Él roba mis impuestos. Juntos, roban mi libertad.

Representaba la forma de pensar de muchos colonos, y ahora, al introducirse audazmente en su negro falucho por el Choptank, aplaudieron, pues era su adalid espiritual, aunque su carencia de instrucción le impedía ser su portavoz. Siguió al Bella Rosalind hasta su fondeadero de Patamoke; no penetró en el puerto, sino que ancló en el Choptank, desde donde pudo observar las celebraciones que tenían lugar en tierra al efectuar su atraque el barco que transportaba el té, cómo eran entregados sus papeles a las autoridades y la bienvenida a bordo dispensada al recaudador de impuestos inglés, que inspeccionó el té, calculó su valor y presentó

una factura a Simon Steed en su calidad de consignatario. Sólo cuando el impuesto hubo sido pagado, y la sumisión a Inglaterra legalizada, se dirigió Turlock a tierra a fuerza de remos.

Su llegada causó conmoción, pues su audaz comportamiento en el mar le había elevado a la categoría de héroe, pero su figura no daba el papel. Tenía cuarenta y dos años, sumamente delgado, barbudo, descalzo, vestido con dos toscas prendas que le caían mal y completamente sucio, a consecuencia de los meses pasados en el mar. No llevaba cinturón, pero la cuerda que sujetaba sus pantalones, sostenía también dos pistolas, y al andar le golpeaban las caderas, iba sin sombrero, pero como era más alto que la mayoría de los hombres, su peluda cabeza destacada sobre las demás, delatando una tosca especie de jefatura.

–¿Dónde está Steed? – preguntó al llegar a la oficina de la aduana.

–He ido a su tienda.

Moviéndose con la flexible desenvoltura de quien se ha deslizado por las marismas y los caminos del bosque, echó a andar en dirección al establecimiento de Steed, seguido por tres de sus marineros, pero al llegar a la tienda dijo a sus hombres que le esperasen fuera mientras él entraba. No se veía allí a Steed.

–¿Dónde está? – preguntó.

Y el joven sobrino Steed que regentaba el establecimiento indicó una habitación situada en la trasera.

–Hola, Simon.

–¡Turlock! ¿No es una temeridad que vengas a puerto?

–El té.

–¿Qué hay de él?

–¿Has pagado el impuesto?

–Sí.

–No lo vendas.

–Pero está pagado. La gente lo quiere.

–No lo vendas, Simon.

Continuaron hablando así durante algún tiempo: usa súplica de Turlock de que no vendiese, una respuesta de Steed de que se trataba de una transacción comercial normal. No llegaron a ningún acuerdo así que Turlock se encogió de hombros y se marchó, pero cuando los empleados de Steed intentaron descargar el té para llevarlo al almacén de la familia, los marineros de Turlock se lo impidieron. Se produjo una pequeña refriega, y el joven Steed que dirigía la tienda corrió al muelle y llamó a los tripulantes del Bella Rosalind para que echasen a los alborotadores, pero cuando esos tripulantes se acercaron con el propósito de ayudar a descargar el té, se interpuso la delgada figura de Teach Turlock.

–No toquéis -dijo, con voz reposada.

No hizo ningún ademán de empuñar sus pistolas, Simplemente permaneció, erguido y descalzo, ante el extremo de la pasarela que se apoyaba en el muelle, y aconsejó a los marineros de Steed que soltaran sus bultos de té y se retirasen. Así lo hicieron.

Turlock permaneció de guardia durante todo aquel día, y al anochecer llegó a tierra un bote de remos del falucho llevando a nueve marineros más, que se situaron alrededor de la pasarela.

La tensión creció durante los dos días siguientes. Llegaron al muelle los jueces y advirtieron a Turlock que no debía obstaculizar la descarga de una mercancía debidamente pagada y por la que se había satisfecho el tributo correspondiente, pero el resuelto capitán se limitó a decir:

–No té.

No había unidades militares destacadas en Patamoke, y el único ayudante del condestable no podía oponerse a la voluntad de aquellos bandidos, pero si se lograba movilizar al público en general, los filibusteros podrían ser castigados, y desembarcado el té.

Así, pues, los jueces apelaron al pueblo de Patamoke…, y ocurrió algo extraño. La gente escuchó respetuosamente, consideró lo que los jueces tenían que decir…, y concluyó que ellos estaban equivocados y que Turlock tenía razón. Un hombre recordó a la multitud:

–Ellos cogieron su tierra, y él coge su té.

–No estamos hablando de tierra -protestaron los jueces-.

Estamos hablando de té.

Entonces habló Turlock:

–No té. No impuesto. Pronto perdemos todo.

Las complejidades parlamentarias rebasaban la comprensión de la gente corriente, pero todos comprendían el peligro que acechaba en aquel insidioso tributo, y los intentos de los jueces por alistarles en la oposición a Turlock fracasaron.

Éste no se recreó en su derrota. En lugar de ello, se dirigió a la tienda de Steed e inició allí una conversación que decidiría el posterior comportamiento de todos los que vivían a orillas del Choptank. Ni Steed ni Turlock permitieron que la discusión se tornase acalorada, y las amenazas que llegaron a formularse lo fueron en los suaves tonos utilizados por dos viejos adversarios que se esforzaban en alcanzar una solución sensata a su situación.

–El té será desembarcado -advirtió Steed-. Enviarán soldados desde Annapolis.

–No encontrarán té.

–¿Por qué?

–Hablamos hoy. Hablamos mañana. Mañana por la noche quemamos tu bergantín.

–¡Eso es destrucción!

–Es viejo. Setenta años. Todo remiendos.

–¿Quemarías el Rosalinda

–Es la guerra, Simon. Hombres de Massachusetts me lo dijeron en Barbados.

–Inglaterra nos aplastará. Teach, si quemas mi bergantín.

Inglaterra te echará de los mares.

Por primera vez en sus discusiones, Turlock sonrió, y era una sonrisa llena de seguridad en sí mismo. Cuatro veces se había enzarzado con los ingleses en acciones navales, y, si bien era cierto que en tres de ellas le habían obligado a huir, tenía la seguridad de que cuando hubiera en el mar cien corsarios como él, sería imposible eliminarlos a todos. No intentó refutar los argumentos de Steed; sonrió.

Y con esa silenciosa arrogancia transmitió al comerciante un mensaje que ningún conjunto de palabras hubiera podido transmitir.

Steed dijo:

–¿Crees que es inevitable la guerra?

–¡Mmmm!

–Crees que podemos ganar?

–¡Mmmm!

–¿Crees que deben mantenerse libres los mares?

–¡Mmmm!

–¿Crees que Boston se mantendrá firme?

–¡Mmmm!

Una y otra vez, estos dos hombres, que solamente habían actuado juntos con ocasión de su comparecencia en juicio en el caso de los diezmos, pasaron revista a la situación, y, al cabo de dos horas, Steed dijo:

–Me gustaría que estuviese aquí Paxmore.

Turlock asintió, así que mandaron llamar al cuáquero, y éste apareció, gris y cauteloso.

–Turlock piensa que va haber guerra -dijo Steed.

Se dibujó una expresión de inquietud en el rostro de Paxmore, que dijo:

–Espero que no.

–¿Tienes miedo? – gruñó Turlock.

–Sí, porque Inglaterra nos destruirá.

–Pero, ¿y si no llegamos a tener una verdadera guerra? –

preguntó Steed-. Sólo escaramuzas. ¿Podemos mantener abiertas las vías marítimas?

Paxmore se vio precisado a hablar como un orgulloso constructor de barcos,

–La Whisper no será capturada. Su velocidad asombrará a todos.

–¿Cuándo estará lista?

–Tres semanas.

–¿Y empezarás con las otras?

–Ya he empezado.

Y Paxmore comprendió que al decir aquello se había comprometido a la guerra. Se enjugó la frente.

Los tres hombres permanecieron sentados en silencio en el pequeño despacho. Zumbaban las moscas, y Turlock seguía su vuelo con los ojos, desde la ventana a la puerta y al techo, esperando que los otros dijeran algo sensato. Finalmente, Steed preguntó:

–Paxmore, si la guerra llega, ¿podemos ganar?

–No.

–Pero pareces resignado a que estalle.

–Inglaterra vencerá, pero aprenderá que debe tratarnos mejor.

–Eso es exactamente lo que creo -exclamó Steed-. Tendremos guerra. Turlock se encargará de eso. Pero no tenemos ninguna probabilidad de vencer. Podríamos obtener algunas pequeñas concesiones.

–Ganaremos -dijo Turlock con energía.

–¿Cómo? – preguntaron los otros dos.

–Resistiendo. Mañana noche empezamos. Quemamos el

Rosalind.

–¿Qué? – exclamó Paxmore.

Turlock se puso en pie y, desde lo alto de su estatura, miró serenamente a sus dos asustados compañeros.

–Cuando estuvimos en el tribunal sabíamos que ocurriría esto.

Tú construyes goletas, Levin. Tú, Simon, las armas. Eso es guerra.

Mañana noche llega a Patamoke.

Se volvió y se marchó.

Paxmore, estremecido ante la posibilidad de que el bergantín pudiera ser incendiado intencionadamente, preguntó:

–¿Lo ha dicho en serio?

–Sí. Es un acto simbólico, y yo no haré nada por impedirlo.

Hizo una pausa para dejar que sus palabras quedaran bien claras y añadió:

–Y tú tampoco, Levin. Nos iremos a Acantilado de la Paz…

ahora… para buscar mástiles.

Y, para protegerse, anunció a varias personas que se encontraban en la tienda que él y Paxmore se dirigían a los bosques situados tras Acantilado de la Paz en busca de árboles altos. Se hallaban en el porche de la casa telescópica, contemplando cómo iban cayendo sobre el río las sombras de la noche, cuando el cielo resplandeció a sus espaldas y brotaron destellos de luz rojiza por el Este. Paxmore inclinó la cabeza en silenciosa oración, pero Steed observó los parpadeantes fogonazos hasta que se extinguieron.

–Hemos iniciado algo grande -dijo, pero Paxmore, aterrado ante las consecuencias, guardó silencio.

Era característico de los Steed de Devon que una vez resueltos a seguir una dirección determinada, la siguieran hasta llegar al algún desenlace, y en las agitadas semanas que sucedieron al incendio del té, Simon robusteció sus ideas sobre la amenaza de guerra.

–Siempre permaneceré leal al rey -confesó a su mujer.

–No esperaría otra cosa -dijo ella, como si no hubiese alternativa.

–Pero si el Parlamento persiste en violar nuestros derechos naturales…

–¿Qué derechos naturales tienen los colonos?

–Hablas como aquel miembro del Parlamento que dijo: «En Londres, la cabeza que piensa; en América, las manos y los pies que trabajan.»

–¡Naturalmente! La finalidad de una colonia es proporcionar riqueza a la madre patria, y me parece vergonzosa la forma en que has permitido a un sucio pirata quemar tu té.

Ella no tenía palabras lo bastante duras para condenar su estúpida rendición.

–La gente rechazaba el té.

–Lo habría cogido si tú hubieses luchado.

Despotricó contra la pusilanimidad de las autoridades y dijo que tres soldados ingleses de uniforme habrían sido suficientes para poner fin a todo aquel asunto. – Es más -añadió-. Creo que Turlock te comunicó previamente su intención de incendiarlo. Para que tú y ese morboso Paxmore pudieseis escabulliros. Haciendo caso omiso de esta inteligente deducción, él dijo: -Mi verdadera irritación proviene del hecho de que las colonias no están siendo utilizadas adecuadamente. La única justificación posible para la posesión por parte de Inglaterra de una colonia es experimentar aquí métodos que no pueden ser introducidos en la madre patria. – Estás diciendo tonterías, Simon.

–Yo quiero que Maryland continúe formando parte de Inglaterra, pero sólo si conservamos el derecho a nuestro peculiar desarrollo.

–Maryland se desarrolla como se desarrolla Inglaterra, y no hay más que hablar. Tu trabajo es servir al rey.

Una oportunidad de ello se presentó en el verano de 1774, cuando se reunió un comité de once destacados ciudadanos de Patamoke y los territorios circundantes para discutir los

acontecimientos que tenían lugar en diversos puntos de las colonias. Dos de los miembros integrantes del comité se habían prestado voluntariamente poco tiempo antes a colaborar como informadores locales con el Comité de Correspondencia de Maryland, cuya misión era mantener contacto con comités de intenciones similares existentes en otras regiones. Incendiarios documentos procedentes de Boston habían sido enviados a Carolina del Sur, y los corresponsales de ese Estado informaron que también ellos se habían opuesto a la importación de té.

En julio, el comité de Patamoke envió una delegación a Devon para discutir la posibilidad de que Steed presidiera una reunión que pasara revista a la situación imperante en las colonias y redactase una declaración de intenciones. Dos lanchas navegaron por el estero, y cuando los sombríos hombres subieron por el sendero hacia la mansión, Jane Steed se mostró rígidamente cortés. En el pasado había agasajado a aquellos hombres en ocasiones más venturosas y los conocía por sus nombres, pero ahora adivinaba sus intenciones, y le repelían.

–Pasen, caballeros -dijo, con evidente reserva-. Dejen los sombreros sobre la mesa. Mi marido viene en seguida.

Los hombres se sentían complacidos ante la posibilidad de ver una vez más la mansión principal de su distrito y comentaron distraídamente su excelente decoración. Jane permaneció unos instantes con ellos y, luego, se excusó, pues no quería participar en aquella sediciosa reunión. Su marido fue derecho al grano nada más llegar.

–Estoy seguro de que no han venido hasta aquí para tratar de temas triviales.

–No -respondió el que presidía el grupo, y pidió a los dos corresponsales que expusieran la situación general de las colonias.

–En Massachusetts, continuos problemas con el gobernador. En Carolina del Sur, casi rebelión. En Nueva York, confusión. Y en

Virginia…

Al llegar a este punto, uno de los corresponsales se detuvo, abandonó su pomposo estilo y dijo:

–Caballeros, podemos dar las gracias a Dios por Virginia. Esa colonia tiene patriotas notables.

–¿Qué están haciendo?

–Escribir. Discutir. Defendernos a todos con su fuerza moral.

–¿Quiénes?

–Jefferson…

–No le tengo en mucho aprecio -dijo Steed.

–Madison, Wythe.

–¿Ha hablado Byrd?

–No. Parece temeroso.

–Mal asunto. Los Byrd son los mejores de todos.

–Y los más timoratos.

–¿Y qué proponen para la Orilla Oriental?

–Para la orilla entera, nada. Para Patamoke, todo.

Y aquellos sosegados y conservadores hombres de negocios, la mayoría de ellos autodidactas, expresaron sus temores y sus esperanzas. Los acontecimientos iban empeorando. Como en Nueva York, todo era confusión. Las colonias eran como un barco sin timón al garete entre las olas, y correspondía a los hombres de buena voluntad manifestar con firmeza su posición. Los hombres de Patamoke estaban resueltos a hacerlo.

–Convocaremos una asamblea en el tribunal para el jueves próximo -dijo uno de los comerciantes-. Creemos que tú debes presidirla, Simon, y que debemos dejar constancia de nuestras decisiones.

–Es un asunto grave -repuso Steed-. Si firmamos y publicamos un documento que…

–Corremos riesgos -interrumpió el portavoz.

–Pero -intervino uno de los corresponsales-, para el jueves por la noche podríamos enviar nuestras resoluciones a todas las colonias. Los hombres de New Hampshire sabrían nuestra postura, y también los de Georgia.

Steed pensó: «Quiere despachar cartas porque su oficio es despachar cartas.» Y, en voz alta, dijo:

–Con eso estaremos poniendo el cuello en el tajo, ya lo saben.

El presidente de la delegación captó el significado del plural utilizado por Steed.

–Entonces, ¿estarás con nosotros?

–Sí.

–Gracias a Dios. No queríamos actuar sin ti.

Pero cuando se hubieron ido los once patriotas, fortalecidos por la aceptación de Steed, pero asustados sin duda por su referencia al tajo, Jane quiso saber de qué habían tratado, y, cuando Simon se lo dijo, se puso furiosa.

–¿Qué estáis haciendo, comerciantes de tres al cuarto? ¿Estáis desafiando al rey?

–Yo no lo había pensado de esa manera -respondió serenamente Steed.

–¡Más te vale! ¿Un puñado de palurdos provincianos de Patamoke van a decirle al rey de Inglaterra lo que debe hacer? ¿Es eso lo que os proponéis?

–Yo no lo había expresado de esa forma.

–¿Cómo expresas la traición?

Simon reflexionó unos instantes y, luego, respondió:

–Prefiero imaginar que un grupo de hombres que están sobre el terreno quieren informar al Parlamento de ciertos hechos que, en otro caso, podrían ser pasados por alto.

–¡Qué presunción! – exclamó Jane-. ¡Tú! ¡Tú vas a informar al Parlamento!

–Si viviese en Inglaterra, estaría en el Parlamento. No hay nadie en el Parlamento, Jane, que se aproxime siquiera a mi conocimiento de Maryland.

–Eso es pura vanidad, Simon.

–Lo expresaré de otra manera. Cada uno de esos once hombres que se han reunido aquí sabe más que cualquier miembro del Parlamento acerca de lo que debe hacerse en Maryland.

–¡John Digges! ¡Se dedica a coger ratas almizcleras!

–Y las conoce, y sabe curtirlas, y venderlas, y lo que es bueno para otros como él.

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–Simon, si te atreves a reunirte con esos hombres y enviar resoluciones insultantes al rey, no me extrañaría que vinieran aquí soldados para detenerte y, quizás, ahorcarte.

–Ése es exactamente el riesgo que corro -admitió Steed, pero nada consiguió alterar su decisión.

El jueves por la mañana pidió a dos esclavos que le llevasen a Patamoke, donde desembarcó a mediodía. Tras pasar por la tienda para cerciorarse de que no había té en sus estanterías, se dirigió al astillero, donde Paxmore tenía la Whisper casi lista para ser botada; era un elegante navío, y las finas líneas del calafateado formaban bellos dibujos en su fondo. Pero cuando Steed le preguntó si tenía intención de asistir a la asamblea a celebrar en el tribunal, Paxmore respondió con firmeza:

–No. Te estás dirigiendo a aguas por las que no puedo seguirte.

–Me gustaría tener tu firma -dijo Steed.

–Mi mujer también quería que asistiese, pero no me agrada firmar peticiones. No sé adonde va a llevar todo esto.

–Ya oíste a Turlock. Lleva a la guerra. Y la guerra no lleva a ninguna parte. Pero estamos en un rumbo que no puede ser alterado.

Paxmore repitió que él no participaría en la reunión, pero sorprendió a Steed mostrándole tres quillas cortadas en roble y un montón de perchas que aguardaban junto al borde del cobertizo. El día en que fuese botada la Whisper comenzaría la construcción de una nueva goleta.

Se reunieron catorce hombres. Steed no habló; permaneció sentado solo en el estrado, con semblante grave, y cuando el secretario empezó a tomar nota de lo que decían los diversos oradores, meneó firmemente la cabeza, y las anotaciones cesaron; explicó que no quería que quedase constancia permanente de quién formulaba las propuestas, a fin de que no pudiera utilizarse con fines perversos en el futuro.

La asamblea fue tan ridícula como había predicho Jane: un grupo de granjeros parcialmente instruidos y de pequeños comerciantes atreviéndose a aconsejar al rey, pero forcejeaban con ideas explosivas, y las sencillas verdades que exponían formarían uno de los más significativos compendios de agravios de América.

Cuando terminaron los discursos, Steed se levantó y recordó al comité:

–Estamos aquí para afirmar nuestra lealtad al rey y buscar su comprensiva cooperación. Yo no firmaré, a menos que se incluya una manifestación de lealtad.

Todos se mostraron de acuerdo, y cuando esto quedó bien claro, se dio lectura al documento:

«Alarmados ante la situación actualmente imperante en América, y preocupados por las incesantes usurpaciones cometidas contra nuestras libertades, estamos resueltos no sólo a quejarnos, sino igualmente a ejercer nuestros máximos esfuerzos para impedir se efectúen usurpaciones tales como privarnos de nuestra preciada nacionalidad inglesa. Impulsados por la lealtad y el fervor más calurosos hacia nuestro Gracioso Soberano, estamos resueltos, serena y firmemente, a actuar de común acuerdo con nuestros compatriotas de las colonias para poner en práctica todas las medidas legales y constitucionales tendentes a impedir la pérdida o menoscabo de nuestras libertades y promover una unión y una armonía más intensas aún con la madre patria, de la que debe finalmente depender la preservación de ambas.»

Trece hombres se adelantaron, uno a uno, para firmar, y luego la pluma fue entregada al presidente, que firmó resueltamente en el espacio a él reservado, Steed de Devon, y, antes de que se pusiera el sol, los dos activos corresponsales se hallaban ya camino de Annapolis, portando el documento que denominaron La Resolución de Patamoke.

En los primeros meses de 1775, la guerra privada de Teach Turlock contra Inglaterra se vio bruscamente interrumpida. Perdió su falucho.

Regresaba perezosamente de Barbados con un cargamento legal de azúcar, sal y esclavos, cuando fue interceptado por una fragata aduanera británica, cuyo capitán deseaba realizar un registro de rutina. Dado que no transportaba contrabando, Turlock podría haberse sometido, pero era tal su antagonismo a la autoridad, que se resistió. Cuando el capitán inglés sacó sus cañones, Turlock emprendió la huida.

En un barco decente hubiera podido escapar, pues era mucho mejor marinero, pero su viejo y quebrantado falucho se encontraba en muy mal estado y no tardó en ser alcanzado; pero como se aproximaba la noche, existía aún una probabilidad de que Turlock escapase, por lo que la fragata empezó a disparar, y una pesada bala dio en el palo mayor de Turlock, destrozándolo y dejando las gavias aleteando al viento.

Esto permitió al capitán inglés acercarse, pero, en vez de encontrar un castigado mercante esperando ser abordado, encontró un pequeño barco de guerra que se disponía al combate cuerpo a cuerpo.

–¡Bajad esos cañones! – gritó el capitán inglés cuando los dos barcos estaban a punto de tocarse, pero, antes de que pudiera repetirlo, se intercambiaron disparos y comenzó una batalla naval en regla.

Ganó el inglés. Tres de los marineros de Turlock resultaron muertos, y, cuando los demás fueron conducidos a bordo de la fragata, el viejo y negro falucho pirata fue incendiado y Turlock, apresado, tuvo que ver cómo se hundía en el Atlántico, mientras su tripulación era encadenada para su transporte a Londres.

–Piratería, motín, fuego contra un barco de Su Majestad -recitó el capitán-. Os ahorcarán a todos.

Pero cuando entraban en el Atlántico Norte, la fragata fue alcanzada por un veloz corsario salido del puerto de Boston, y se produjo una segunda batalla, en la que perdió el inglés. Los prisioneros americanos fueron despojados de sus cadenas, y el barco inglés, después de haber sido desvalijado, fue entregado a Turlock y su cuadrilla, que tenían ahora una magnífica fragata londinense en lugar de su maltrecho falucho, y con ella capturaron un mercante inglés que se dirigía a Plymouth.

Pero cuando entraban victoriosamente en Chesapeake, les salió al encuentro una lancha patrullera de Virginia que les condujo a Jamestown, donde su botín fue confiscado por el Gobierno. Desde allí fueron enviados a Patamoke, donde Turlock anunció:

–Libré dos batallas. Perdí dos barcos. Me he quedado sin nada.

Durante varias semanas trató de encontrar un barco, pero, aunque era un héroe para la plebe, era un pirata para las gentes acomodadas, y eran éstas quienes poseían buques. Así, pues, se retiró a la marisma y estaba cazando ardillas un día cuando acertó a mirar por encima de la ondulante vegetación y vio, regresando de una subrepticia travesía a Jamaica, la goleta más hermosa que había visto jamás, la Whisper, de Mr. Steed, alargada, esbelta y repleta de velamen. Pasó rápidamente ante la marisma, pareciendo flotar por encima de las aguas, y, al desaparecer en dirección a Patamoke, Turlock dijo:

–Ése es mi próximo barco.

Su campaña empezó aquel mismo día. Cuando Simon Steed bajó al muelle a inspeccionar su goleta, allí estaba Teach Turlock, inclinándose cortésmente y diciendo:

–Bonita goleta, señor. Si me dejara sacarla…, beneficios…

beneficios.

La idea era tan absurda, que Steed hizo caso omiso de ella, pero cuando la Whisper hubo sido descargada, allí estaba Turlock, sugiriendo:

–Nunca me cogerían en ésta.

Steed no tenía intención de arriesgar su fuerte inversión confiándosela a un bribón descalzo, pero un día en que fue a visitar su tienda de Patamoke Turlock, le expuso una razón convincente:

–Pronto tendremos guerra…, guerra de verdad…, ¿y cree que él puede capitanear la Whisper? -y señalaba con el pulgar en dirección al capitán Allworthy.

La pregunta había turbado a Steed. Allworthy era un hombre valioso y buen marinero, pero carecía de cualidades para el mando de un navío importante si existía amenaza de guerra. No derrocharía valor para romper bloqueos, y así quedó echada la primera semilla.

Germinó ésta unos días después, cuando la Whisper comenzó a cargar perchas para su venta en Francia, pues mientras Steed miraba desde el muelle, Turlock se le acercó y dijo en voz baja:

–Déjame ir a Francia. Aprender las aguas. Luego dale al capitán Allworthy el nuevo barco de Paxmore.

La idea era tan sensata, que Steed vaciló unos instantes y clavó sus ojos en los de Turlock. Lo que vio en ellos fue una dedicación y una entrega tan absolutas, que, con súbito impulso, capituló en el acto.

–Está bien. Sube a bordo como segundo oficial. Observa todo lo que puedas aprender.

Cuando la Whisper navegaba aguas abajo del Choptank hacia la bahía, Teach Turlock iba a bordo, barbudo y descalzo, sintiendo su balanceo, percibiendo su potencia y sus problemas. Al pasar ante la isla Devon, saludó y murmuró:

–Simon Steed, te sentirás orgulloso de lo que va a hacer esta goleta.

Y por la noche permanecía tendido en su hamaca, siguiendo con la memoria la trayectoria de todas las cuerdas, recordando cómo pasaba cada cabo por las poleas y dónde quedaba sujeto. Y

podía sentir cada uno de los movimientos de la nave y cómo tomaba las distintas olas.

Sumamente interesante era su relación con el capitán Allworthy, de quien había hablado tan despreciativamente.

Manifestaba gran respeto hacia él, siguiéndole siempre que le era posible y escuchando todo lo que tuviese que decir, pues se daba cuenta de que aquel hombre conocía el mar. Durante generaciones, que se remontaban hasta mucho antes de que fueran escritas las primeras palabras de la Biblia, ciertos hombres como Allworthy habían adquirido merced al estudio y la experiencia el conocimiento de lo que un barco de madera podía hacer. Este conocimiento, transmitido de generación en generación -de fenicio a griego, a galo, a anglosajón, al pescador de Terranova-, constituía la ciencia del mar, y cuando se observaban sus reglas, los barcos navegaban; cuando no, se estrellaban en las rocas. Y ningún capitán de esa ininterrumpida sucesión habría podido explicar exactamente lo que sabía. En esta travesía, Teach Turlock se sumó a la procesión de los que le habían precedido.

Cuando la Whisper regresó a Patamoke, él se hallaba al timón, con el corazón palpitante de excitación, pues vio que Paxmore había botado la siguiente goleta; sus mástiles estaban ya colocados.

No dijo nada, pero observó como un águila de la marisma cómo el capitán Allworthy descendía por la pasarela para informar a Mr.

Steed, y contuvo el aliento cuando el propietario subió a bordo.

–Bien, Mr. Turlock, ¿está listo?

–Sí.

–La Whisper es suya.

–Tendrá buenas noticias de ella -prometió Turlock.

Pero más tarde, cuando se dirigió en un pequeño bote a la isla Devon para discutir las estrategias, tropezó con dificultades, pues a Jane Fithian le mortificaba que su familia pusiese una excelente goleta bajo el mando de semejante hombre.

–¡Mírale! ¡No sabe leer ni escribir! Apenas si habla dos palabras seguidas. Es la peor clase de americano.

Cuando Simon trató de explicar que Turlock era precisamente la clase de hombre que se necesitaba en aquellos inciertos tiempos, ella replicó, indignada:

–¿Te lo imaginas llegando a Londres y entrevistándose con el capitán de un decoroso barco inglés? Ridículo.

–En los años que se avecinan, Jane, mis capitanes no irán a Londres.

–¿Estás hablando de traición?

–Estoy haciendo frente a los hechos. Teach Turlock es el hombre que necesitamos.

–Entonces, que Dios tenga piedad de nosotros.

–Y de Inglaterra.

Lo dijo con tan honda emoción, que hasta ella pudo comprender que había llegado a una gran encrucijada de un camino imaginario que había estado recorriendo, y, por un momento, deseó compartir su experiencia, pero luego dijo:

–Lanzar a Turlock al Atlántico con una goleta armada es como arrojar una bomba encendida entre las sábanas del rey Jorge.

Y cuanto más reflexionaba Steed en esta frase, más apropiada le parecía. Pero aún no estaba preparado para algunas de las cosas de que su imprevisible capitán era capaz, porque, cuando llegó el momento de zarpar, Steed subió a bordo para una última inspección, y lo que vio le agradó. Los marineros estaban encantados de trabajar para un héroe local como Turlock y bajo su dirección habían estibado magníficamente la Whisper. Los barriles estaban atados con cuidado exquisito, y todo estaba en perfecto orden, pero cuando se disponía a irse, satisfecho ante el estado que todo presentaba, vio en un rincón de la cámara del capitán a un chiquillo pelirrojo que no podría tener más de siete años.

–¿Quién es ése?

–Matt.

–¿Quién es?

–Mi hijo.

–¿Viajará contigo?

–Alguna vez tiene que aprender -y dijo al niño-: Acompaña a Mr. Steed a la pasarela.

Y el chiquillo echó a andar por los corredores con una segundad que demostraba que ya había detenido en su memoria su porción de la Whisper.

El hecho de que Jane Steed discutiera con su marido en torno al comportamiento colonial hacia Inglaterra, no significaba que su vida conyugal fuese tensa o desagradable. Amaba a su pomposo marido y consideraba divertidos sus intentos de ser un caballero inglés. Era generoso y afable y consentía los pequeños gastos que tanto placer le proporcionaban a ella. Jane había deseado desde el principio una esclava que supiese coser al estilo francés, así que le había comprado una en Annapolis. Cuando se enteró de que se había construido un teatro en esa ciudad, Jane quiso cruzar la bahía para verlo personalmente, y él la llevó. Y cuando protestaba si alguien la llamaba americana o marylandesa, insistiendo en que era inglesa, él asentía:

–Jane es de Londres. Una Fithian, nuestros comisionistas.

Y, siempre que lo decía, ella parecía resplandecer y sentirse mejor, pues siempre se había considerado una dama inglesa.

Por su parte, él la amaba más que cuando viajaban juntos por primera vez a Virginia. Su sonrisa era tan pura e iluminaba tan totalmente su rostro, que le fascinaba. Era amable y risueña; cualquier habitación en que ella entrase se iluminaba, y le agradaba ver la forma en que los hombres la seguían inconscientemente con ojos de admiración. Bajo sus cuidados Venganza de Rosalind se convirtió en la principal casa de la Orilla Oriental por lo que a generosa hospitalidad se refería, y cuando quedó visiblemente

embarazada, ella y Simon se movían con majestuoso orgullo, y su amor hacia ella aumentó.

–Cuando pienso en los años que podríamos llevar casados… -

dijo quejumbrosamente un día.

Y ella respondió:

–No era posible que me hubiese casado ni un solo día antes. No estaba preparada.

Cuando le preguntó cómo era que una muchacha tan

encantadora se había ido a América, «quiero decir, ¿por qué no estabas casada ya?», ella respondió:

–Desde niña, Guy me dijo que mi destino era venir a América y casarme contigo. Solía llevar a casa tus cartas y me las dejaba leer…, tabaco y lingotes de hierro… Me convertí en una verdadera experta sobre la plantación de Maryland.

Se alisó el delantal sobre el abultado vientre y dijo:

–También me dijo que eras rico y bueno.

Alargó la mano y le pasó la uña del pulgar por la barbilla.

–Y dijo que en Francia habías adquirido modales perfectos. Te hacía parecer irresistible. Así que esperé.

–Me salvaste la vida -dijo él, simplemente, y ella lo aceptó, pues se daba cuenta del cambio producido en él desde su llegada.

Sabía que antes de su visita la vida de Simon había estado enclaustrada en una férrea rutina: cada día se había levantado, leído los clásicos, escrito sus cartas a Europa, desayunado y salido a la tarea de dirigir una gran plantación. Él había supuesto que ése era su destino permanente y que, si conservaba la riqueza de la plantación, ésta pasaría a manos de sus sobrinos, que vivirían de modo semejante a como él estaba viviendo.

La llegada de Jane había revolucionado esa plácida rutina. Ella le había impulsado a nuevas ocupaciones, tales como practicar la navegación de recreo o invitar a matrimonios de plantaciones vecinas a pasar seis o siete días en su casa. También los pedidos

remitidos a Londres por los capitanes de Steed eran muy diferentes ahora, y cuando llegaron los refinados muebles el interior de Venganza de Rosalind, pasó a ser tan elegante como el exterior.

–Has desencadenado una revolución -le dijo afectuosamente una mañana de febrero.

Pero Jane, en vez de aceptar su cumplido como habitualmente hacía, le sorprendió diciendo bruscamente:

–No utilices esa palabra cuando yo esté delante. Estas malditas colonias no quieren nada más que revolución.

Deseoso de tranquilizarla, le aseguró que Maryland nunca se separaría del rey mientras le quedara aliento.

–Tal vez tengamos discusiones -dijo, sosegadamente-, y quizás incluso intercambio de disparos. Pero siempre haremos honor a nuestra lealtad al rey.

Ella rechazó sus palabras, afirmando que todo lo que los colonos estaban haciendo implicaba deslealtad al rey, pero él le recordó que en la Resolución de Patamoke era él quien había insistido en las frases que reafirmaban la lealtad.

–¡Palabras! – exclamó ella, y la fuerza con que lo dijo hizo comprender a Simon que llevaba ya algún tiempo reflexionando sobre las acciones de las colonias.

Pocos días después le fue entregada a Simon una carta sin cerrar para su envío a Londres. Iba dirigida a Guy Fithian, y, como tanto Simon como Jane tenían por costumbre añadir posdatas cada uno en las cartas del otro dirigidas a Guy, desdobló distraídamente el pliego y quedó sorprendido ante su contenido:

La vida aquí se ha tornado casi insoportable. El marylandés medio es un campesino sin modales y sin deseo de adquirirlos. La conversación es tan aburrida, que dan ganas de ponerse a gritar.

Nada de política, ni de modas, ni cotilleos, ni comentarios sobre la vida de una ciudad. Crucé la bahía para ver lo que llaman su teatro

«Sheridan», y ni una sola persona de las que se encontraban en el escenario sabía actuar, y los violines estaban desafinados.

No he comido carne decente en dos años, y si alguien vuelve a darme ostras, se las tiro a la cara. Comida horrible. Y aún podría soportar esto si los ciudadanos fuesen pacíficos, pero no se habla más que de guerra contra Inglaterra y de combates navales. Simon, que es un buen hombre, me asegura que este lastimoso país suyo permanecerá siempre leal a nuestro amado rey. Yo, en su lugar, les dejaría que se fueran al diablo.

Guy, explícame porqué los ingleses pudimos sojuzgar a los rebeldes escoceses en el 15 y el 45, y a los franceses en el 63, y permitimos ahora que estos ridículos colonos, sin escuadra, ni ejército, ni ciudades, ni jefes, estén buscándonos complicaciones.

¿Por qué no manda el rey un ejército, como hizo con Escocia, y les da una buena lección a estos idiotas? Te advierto que si estos estúpidos rebeldes, y deberías ver al imbécil que Simon ha puesto al mando de uno de sus barcos, empiezan a adoptar medidas contra el rey, saltaré al primer barco inglés que atraque aquí y me iré. a Inglaterra hasta que los idiotas sean sancionados. Voy a tener pronto un hijo, y lo llevaré también.

Gravemente, temblándole la mandíbula, llevó la carta a su mesa, encendió una vela, fundió la cera y la selló, sin añadir la habitual posdata. La puso luego sobre el abultado montón de correspondencia destinada a Europa y la dejó en su parte superior, para que Jane tuviera la seguridad de que era cursada. No le dijo nada acerca de su contenido, pero redobló sus atenciones hacia ella, escuchando sus quejas contra sus vecinos y correspondiendo a cada una de sus pequeñas peticiones.

Cuando llegó a Chesapeake la noticia de cómo se habían deteriorado las condiciones en Massachusetts después de Lexington, con rebeldes que seguían disparando contra los hombres del rey, Jane cayó en un estado de abatimiento del que Simon no

podía arrancarle. Empezó a despotricar abiertamente contra la monotonía de la vida en Maryland:

Seguir: parte 13 de 15