Bahía de Chesapeake
La Marisma
Este capítulo es largo, así que está dividido en 15 partes.
–Este prisionero conducido ante el tribunal es también un ministro.
Habla directamente con Dios, y Dios habla con él.
–¡Háganle callar! – gritó el juez, y de nuevo las manos de Kenworthy fueron atadas, y su boca, tapada.
Paxmore, tembloroso a consecuencia de haber sido implicado por dos veces en aquel juicio, contempló fascinado cómo el juez ordenaba minuciosamente los papeles que tenía sobre la mesa, en un claro intento de recuperar la calma. Haciendo una profunda inspiración, se inclinó hacia delante y se dirigió al cuáquero, con mesuradas frases: La colonia de Massachusetts se ha mostrado en extremo clemente contigo, Thomas Kenworthy. Ha recibido tu herejía y ha hecho cuanto ha podido para hacerte ver la falsedad de tu conducta. Tres veces te ha permitido vagar por nuestras ciudades y pueblos, vomitando tu blasfemia. Y no has manifestado el menor arrepentimiento. En consecuencia, la sentencia de este tribunal es que seas atado a un gran
cañón y azotado treinta veces, después de lo cual serás llevado a la plaza pública y ahorcado.
La cruel sentencia no produjo ningún efecto en Thomas Kenworthy, pues se encontraba ya viviendo en una especie de éxtasis en el que carecían de importancia latigazos y patíbulos, pero causó un efecto devastador sobre Edward Paxmore, que se puso en pie de un salto y gritó al juez:
–Si vais a ahorcarle, ¿por qué azotarle primero?
La pregunta era tan explosiva, tan evidentemente oportuna, que el juez Goddard cometió la imprudencia de caer en la trampa de responder.
–Para castigarle -respondió, sin reflexionar.
–¿No es un castigo la muerte? – exclamó Paxmore.
–No suficiente -replicó el juez.
Y luego, dándose cuenta de lo que había hecho -que había hablado como un necio-, rugió:
–¡Encierren a ese hombre! – y abandonó la sala.
El sheriff llevó a sus dos prisioneros a la cárcel, un húmedo recinto situado bajo el nivel de la calle, y ordenó al herrero que aplicara un juego de grilletes en los pies de los dos hombres. Cuando se hubo finalizado este difícil trabajo, y ambos hombres quedaron sujetos entre sí como si fueran uno solo, el herrero y el sheriff se marcharon, dejando en la semioscuridad al cuáquero condenado y al carpintero.
Entonces comenzó el diálogo de salvación. Thomas Kenworthy, uno de los primeros predicadores cuáqueros en América, graduado en Oxford y hombre versado en griego y latín, explicó la sencilla revolución teológica que había tenido lugar en Inglaterra hacía menos de veinte años:
–George Fox no es un santo, ni un sacerdote, en ningún sentido de la palabra. No se diferencia nada de ti y de mí.
Kenworthy explicó cómo Fox, aquel modesto inglés, había comprendido que muchas de las manifestaciones de religión no eran sino vanos adornos, y que el ritual era innecesario:
–No hacen falta sacerdotes, ni bendiciones, ni sermones de ministros, ni imposiciones de manos. Dios habla directamente al
corazón humano, y las bendiciones de Jesucristo están al alcance de todo hombre y toda mujer.
Paxmore observó que Kenworthy nunca decía hombre en el sentido religioso, sin añadir mujer, y el cuáquero le dijo:
–Cuando fui azotado en Virginia, una mujer colgaba junto a mí en la trasera del carro, y era más valiente de lo que yo pude ser jamás. Las cuerdas me herían, pero laceraban a la mujer, y ella ni siquiera gemía.
–¿Duelen los latigazos?
–En Virginia, yo lloraba y maldecía; pero en Ipswich, Dios vino a mí y preguntó: «Mi Hijo pudo soportar Su crucifixión, ¿y tú no puedes resistir una simple flagelación?»
Paxmore preguntó si podía tocar las cicatrices, y Kenworthy respondió negativamente.
–Eso las haría demasiado importantes. La dignidad de mi espalda radica en mi corazón, en el que he perdonado a los flageladores de Virginia y Massachusetts. Ellos eran como los soldados romanos; cumplían con su deber.
Estaba describiéndole a Paxmore los demás principios de los cuáqueros -igualdad de las mujeres, negativa a empuñar las armas, pago de diezmos, ausencia de himnos y de manifestaciones exteriores de culto, inexistencia de sacerdotes y ministros y, sobre todo, la relación directa entre Dios y el hombre-, cuando el carpintero exclamó:
–Thomas, yo abandoné Boston y he permanecido vagando por la región porque buscaba algo. ¿Es ésta la revelación que estaba buscando?
–No es ninguna revelación, ningún misterio, y no necesitabas haber abandonado Boston para conocerlo. Es el simple descubrimiento de que cada hombre constituye su propio camino hacia Dios.
Ya entrada la noche, un carcelero llevó la cena a los presos, pero ninguno de los dos podía comer. Ligada la pierna de uno a la del otro, deseaban hablar sobre la revolución espiritual de la que el cuaquerismo constituía sólo una pequeña manifestación.
–Habrá otros muchos como yo -predijo Kenworthy-. Tendrá que haberlos, porque Dios se acerca a los hombres de diferentes formas.
–¿Tiene razón el gobernador en su religión?
–Desde luego. Para él, lo que dice y aquello en lo que cree es totalmente justo.
–Entonces, ¿por qué condena a…? ¿Qué palabra utilizó?
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–Cuáqueros -recordó el hombre de Oxford-. Nuestros enemigos nos acusan de temblar en presencia de Dios, y es cierto [1].
–¿Por qué te condena a muerte?
–Porque tiene miedo.
–¿Por eso es por lo que el juez ordenó que fueses azotado… y ahorcado?
–Sí. Cuando vio en el tribunal mi espalda llena de cicatrices, cicatrices debidas a él, y comprendió el poco efecto que habían causado en mí… Edward, la última vez en Roxbury ni siquiera sentí las cuerdas…
En un arrebato de percepción espiritual, perdió el hilo de su pensamiento, la conciencia de estar en la cárcel y toda sensación de presión causada por los grilletes. Intentó levantarse, y luego intentó arrodillarse para orar. Fallidos ambos esfuerzos, se sentó en el banco y cruzó las manos sobre el pecho, diciendo:
–Si no me hubieras dicho que habías abandonado Boston en misión de búsqueda, no me atrevería a decirte lo que te voy a decir, pues supone depositar una pesada carga sobre ti, Edward. Pero Dios te ha llamado.
–Así lo creo -respondió Paxmore, y los dos hombres se pasaron toda la noche hablando.
El viernes por la mañana entró el herrero para cortar los grilletes que les mantenían unidos, y, mientras lo hacía, advirtió a Kenworthy que iba a ser ahorcado ese mismo día. A él le quitó por completo la argolla, pero no a Paxmore, a quien le sujetó a la suya una cadena de dos metros.
–Todos los presos deben presenciar la ejecución -explicó el herrero-, y con esta cadena el sheriff puede impedir que te escapes.
Cuando los dos presos quedaron de nuevo solos en su celda, Paxmore supuso que Kenworthy desearía rezar, pero el hombre de Oxford se hallaba en un estado de exaltación tal que no necesitaba orar para prepararse a la muerte que esperaba.
–Somos hijos de Dios, y la reunión con Él no puede nunca ser dolorosa. La paz de mi corazón es mayor aún, porque sé que tú has recogido la carga que dejo tras de mí.
–¿Podríamos rezar? – preguntó Paxmore.
–Si sientes necesidad de ello…
–Yo no tengo la inteligencia que tú tienes…,
–La tienes, Edward. Es decir, la capacidad para ello. Todos los hombres y tnujeres la tienen. Lo que se necesita es el descubrimiento de la verdad. Y eso llegará.
Se arrodillaron, y Paxmore comenzó una atormentada oración, pero Kenworthy posó su mano sobre el hombro del carpintero y dijo:
–Las palabras no son necesarias. Dios te oye.
Y los dos hombres oraron en silencio.
Continuaban en esa posición cuando entraron los carceleros. Eran hombres fornidos, de brazos poderosos, y parecían disfrutar con su trabajo, pues lo abordaron con una especie de alegre jovialidad.
–Ha llegado el momento -anunció el más corpulento de los dos, agarrando del brazo a Kenworthy. El otro cogió el extremo de la cadena de Paxmore y le dijo:
–El sheriff se encargará de ti.
Los dos cuáqueros fueron separados por última vez, pero no antes de que Paxmore tuviera oportunidad de gritar:
–¡Estaré en el cadalso contigo, Thomas!
A lo cual, Kenworthy respondió:
–Todo Boston estará.
Paxmore y otros tres presos -dos hombres y una mujer que habían preguntado algunos pequeños detalles acerca del puritanismo- fueron conducidos al patio de ejecución, donde se hallaba esperando una multitud de espectadores con diversas clases de deleite. Algunos se sentían fascinados por el patíbulo, del que pronto colgaría un hombre; otros, por el monstruoso cañón a cuya rueda sería atado el hereje. Ocho hombres de la ciudad se habían prestado ya a empujar el cañón y estaban atando cuerdas a la cureña. Pero todos experimentaban una exaltada sensación de existencia, porque su Iglesia iba a purificarse.
Paxmore, en pie con los otros presos, sobre los que caían constantemente las burlas de los espectadores, buscó en vano con la vista a Kenworthy; el condenado estaba siendo retenido hasta que apareciesen los funcionarios de la colonia, y, en aquellos momentos, procedentes de la blanca iglesia en que habían estado rezando, llegaron
el gobernador y el juez Goddard, vestido de negro, seguidos por los padres de la ciudad, con gesto torvo y decidido.
–¡Traigan al preso! – gritó el gobernador.
Era evidente que se proponía supervisar personalmente la muerte de aquel aborrecible disidente. Cuando Kenworthy apareció, el gobernador se dirigió a él, adelantó la mandíbula y preguntó:
–¿Te convences ahora de que tenemos el poder de reducirte al silencio?
–Mi voz será mañana más fuerte de lo que lo ha sido jamás -replicó Kenworthy.
–¡Al cañón! – exclamó el gobernador.
El sheriff dejó caer la cadena que sujetaba a Paxmore y llamó a tres ayudantes, que se adelantaron para agarrar al hombre de Oxford y atarle a la rueda de hierro del cañón, boca arriba y con los brazos y piernas muy abiertos.
–Carcelero -ordenó el gobernador-, treinta latigazos, bien aplicados.
El más corpulento de los dos carceleros dio un paso hacia delante, y el escribano de la ciudad le entregó un palo de madera al que se habían sujetado nueve gruesas cuerdas de la clase utilizada para manejar una vela. En cada una de ellas se habían hecho tres grandes nudos, y, al acercarse al cañón, el carcelero hizo restallar expertamente el látigo junto al oído del postrado preso.
–Ése no cuenta -dijo, y la multitud se echó a reír.
–¡Uno! – salmodió impasiblemente el escribano, y las nueve cuerdas cayeron sobre la espalda, cubierta de cicatrices, del cuáquero.
–¡Dos! – contó el escribano.
Y luego:
–¡Tres! ¡Cuatro!
–Hacedle gritar -exclamó entre la multitud una mujer, pero Kenworthy no lanzó ningún sonido.
«Siete» y «Ocho» pasaron sin que surgiera ningún sonido de la rueda, por lo que el gobernador ordenó:
–Empujad el cañón hacia delante.
Y los hombres que sujetaban las cuerdas estiraron hasta que la rueda adoptó una nueva posición, exponiendo al látigo partes diferentes del cuerpo de Kenworthy.
–¡Pegad, pegad! – gritó el gobernador.
Y, cuando los siguientes latigazos continuaron sin hacer brotar un solo grito de dolor del prisionero, el gobernador se adelantó coléricamente y cogió el látigo de las manos del primer carcelero, entregándoselo al segundo.
–¡Pega! ¡Destruye a ese hombre!
El segundo carcelero, encantado de la oportunidad que se le presentaba para mostrar la clase de servicio que estaba dispuesto a prestar a su colonia y a su Iglesia, se puso de puntillas y descargó el látigo con fuerza salvaje, haciendo que se estremeciera el cuerpo entero de Kenworthy. Al decimoquinto latigazo el cuerpo quedó flaccido y, cuando el entusiasta carcelero se disponía a golpear de nuevo, Edward Paxmore gritó:
–¡Se ha desmayado! ¡Basta! ¡Basta!
–¿Quién ha gritado? – preguntó el gobernador.
Y el juez Goddard, que había estado observando a Paxmore, señaló:
–Ése.
El gobernador se volvió a mirar al culpable.
–Nos ocuparemos de él después -dijo. Luego, gritó-: Moved el cañón
-y la gran rueda giró.
Para el vigésimo quinto latigazo, Thomas Kenworthy estaba casi muerto, pero el gobernador ordenó entonces que el látigo fuese entregado a un nuevo aspirante ansioso de demostrar lo bien que podía golpear, y briznas de carne saltaron de la sanguinolenta masa.
–¡Acabad con él! – exclamó una mujer, mientras el escribano finalizaba su letanía:
–Veintinueve, treinta y terminado.
–Echadle agua en la cara -ordenó el sheriff, y, una vez cumplida la orden, fueron cortadas las ataduras que sujetaban al inerte cuerpo.
–Al patíbulo -dijo el gobernador, y abrió la marcha en dirección hacia la horca.
El agua y el paseo reavivaron al preso, que, después de haber sido colocado en la plataforma desde la que sería dejado caer, exclamó con voz que pudo oírse a bastante distancia:
–Te avergonzarás de lo que has hecho hoy.
Un ministro que había contemplado la flagelación corrió al patíbulo y gritó, con tono ardiente y condenatorio:
–¡Hereje, separatista! Dios nos ha enseñado la verdadera religión, y tú la denigras. Es justo que mueras.
–Verdugo, a tu trabajo -ordenó el gobernador, y un saco negro fue colocado sobre la cabeza de Kenworthy.
Al desaparecer el radiante rostro, Paxmore murmuró:
–¡Oh, Dios! No es tan viejo como yo.
Descendió la soga sobre la negra máscara, y el nudo quedó situado en la nuca.
–¡Que muera! – exclamó la mujer que había gritado antes, y fue accionada la trampilla del suelo.
El lunes, cuando Edward Paxmore, encadenada todavía su pierna izquierda, compareció ante el juez Goddard, no presentaba un agradable aspecto. Sus muñecas y tobillos continuaban emergiendo de sus toscas ropas; su nuez seguía moviéndose como el corcho del aparejo de un pescador; sus ojos seguían siendo acusadores, pero la barba le cubría las mejillas, pues no se le había permitido afeitarse, y tenía todo el aire del perfecto criminal. El juez atacó con voz seca:
–Bien, hermano Paxmore, has tenido oportunidad de ver lo que hacemos con los herejes. ¿Estás ahora dispuesto a prestar juramento de fidelidad a nuestra religión y abandonar luego Massachusetts para siempre?
La propuesta era tan contradictoria, tan diferente a la cristalina lógica de Thomas Kenworthy -jurar fidelidad a una religión y, luego, abandonarla-, que Paxmore se sintió obligado a hablar.
–Tu razonamiento es absurdo -repuso.
–¿Qué forma de hablar es ésa? ¿Has sido ya contagiado?
–En la medida en que tus expresiones parecen confusas y obra del diablo, no palabras de Dios.
El alto juez se recostó en su asiento. Ni siquiera Kenworthy le había hablado con semejante desprecio, y por un momento quedó desconcertado. Pero renació su furor, y gritó a Paxmore:
–¿Eres, pues, cuáquero?
–Creo en un Dios personal, que me habla como hablaba a Thomas Kenworthy.
–Thomas Kenworthy fue azotado en la rueda, y está muerto.
–Vive en todos los corazones que le vieron morir.
–Los corazones no tienen ojos. No pueden ver.
–Y las personas que presenciaron la muerte de Kenworthy no tardarán en hartarse de tus flagelaciones y tus ahorcamientos, y tu nombre será anatema.
–¿Sabes que puedo mandar que te azoten?
–Y otros jueces como tú mandaron azotar a Jesús.
Esto era tan blasfemo, constituía un tal ataque a la colonia y a su Iglesia, que Goddard no quiso oír más.
–Arrástrelo fuera de mi vista, sheriff.
Y el corpulento sheriff se tomó las palabras del juez al pie de la letra. Dando un vigoroso tirón a la cadena de hierro, derribó a Paxmore al suelo y, a rastras y con los pies por delante, lo sacó de la sala del tribunal. Antes de que hubiera transcurrido una hora, el juez Goddard había redactado esta sentencia:
A los condestables de Dover, Roxbury, Rowley e Ipswich: Se os requiere a todos y cada uno de vosotros, en nombre de Su Majestad, para que recibáis en vuestra custodia a Edward Paxmore, carpintero vagabundo y presunto cuáquero, y debéis conducirle de ciudad en ciudad atado a la trasera de un carro, y todos y cada uno de vosotros debéis echarle a latigazos de cada ciudad con diez azotes bien dados, y esto debe hacerse de conformidad con la Ley de Cuáqueros Vagabundos. Y el condestable de Ipswich ha de encargarse de que Edward Paxmore sea trasladado a la frontera de Massachusetts y expulsado a la colonia de Rhode Island, donde habitan los herejes.
Fechado a 17 de marzo de 1661.
Cuando los horribles términos de la condena le fueron leídos en su celda, Paxmore cayó de rodillas y pidió al espíritu de Thomas Kenworthy que le diera valor, pero cuando los primeros latigazos cayeron sobre él en Dover, descubrió que no tenía poder de resistencia, y cuando los veintisiete nudos hendieron su carne, rompió a gritar. Al décimo golpe, era un tembloroso idiota, y cuando el agua fría, a la que se había añadido gran cantidad de sal, fue arrojada sobre su espalda, chilló y se desmayó.
Nunca olvidaría el terrible viaje de Dover a Roxbury, caminando penosamente, atado a la trasera de una carreta. Le dolía el cuerpo; las moscas se cebaban en sus heridas; tenía, el rostro cubierto de polvo; y, durante todo el trayecto, los habitantes de los pueblos se burlaban de él y le preguntaban si ahora se arrepentiría y aceptaría al verdadero Dios.
Cuando llegó a Roxbury, se le concedieron tres días de descanso. El condestable dijo:
–Sólo el tiempo necesario para que cicatricen las heridas y puedan abrirse de nuevo a latigazos.
Paxmore reflexionó largo tiempo sobre estas palabras y se preguntó por qué personas tan apegadas a Dios encontraban semejante placer en crucificar a un hombre que sentía exactamente el mismo amor a Dios, pero con distinta manera de expresarlo. Incluso comprendía el castigo, pues había observado que todas las personas aliadas a una Iglesia tratan de protegerla, pero nunca comprendería el placer que los puritanos encontraban en aplicar el castigo.
La flagelación en Roxbury fue más cruel aún, pues el condestable se movía cuidadosamente de un lado a otro para cubrir toda su espalda de profundas heridas. Cuando la carreta salía de la ciudad, el conductor exclamó, volviendo la cabeza: -Ésa ha sido buena, ¿en? Nuestro condestable hace doble nudo. No le olvidarás fácilmente.
Paxmore, pensando ya estar próximo a la muerte a consecuencia del dolor y de los insectos que se abalanzaban sobre él, llegó a Ipswich sin poder mover las piernas. La carreta le introdujo a rastras en la ciudad.
Permaneció allí cinco días, casi inconsciente, pues el médico expresó su opinión de que diez latigazos más le causarían la muerte, y, cuando se recuperó lo suficiente como para darse cuenta de lo que sucedía, oyó decir a tres personas distintas que las flagelaciones en aquella ciudad eran especiales, y todos los que hablaban de ello se relamían evidentemente ante la perspectiva.
No sólo sería azotado Paxmore -y había corrido rápidamente por la ciudad la noticia de que podría morir a consecuencia de ello-, sino también una mujer cuáquera que había sido igualmente apresada. Su nombre -oyó decir Paxmore- era Ruth Brinton, y ya había sido desterrada de Virginia por su desvergonzada adhesión a la herejía cuáquera, y había sido azotada en Roxbury.
–A las mujeres sólo les damos seis latigazos -explicó el carcelero, con tono de auténtica compasión-. No pueden soportar mucho más, pero dicen que ésta es una arpía. Seguía predicando mientras la pegaban, y en Roxbury tuvieron que pegarle en la boca para hacerla callar.
¡De Virginia! ¿Podría ser esa cuáquera la mujer de quien había hablado Kenworthy, una mujer serena, decidida, enviada por Dios, que rezumaba santidad y comunicaba valor a los hombres? Trató de interrogar al carcelero, pero el hombre se limitó a repetir que era una arpía y que, cuando la azotasen, las buenas gentes de Ipswich verían algo bueno.
Esto turbó tanto a Paxmore, que pidió ver al juez local, y, cuando aquel digno hombre apareció en la celda, Paxmore dijo:
–Azotar a una mujer es indecente y contrario a la voluntad de Dios.
–Nosotros tenemos una ley -replicó el juez.
–No puede ser la ley de Dios.
–¿Quién eres tú para determinar cuál es la ley de Dios?
–Él me habla.
El juez se puso las dos manos ante la cara como para rechazar el mal.
–Es bueno que vayas a salir de Massachusetts, Paxmore. No tenemos sitio para malvados como tú.
El carpintero, viendo que de nada serviría seguir discutiendo con aquel virtuoso hombre, bajó la cabeza y dijo:
–Permitidme recibir yo sus latigazos.
–Pero la sentencia ha sido escrita.
–Por la misericordia de Dios, permitidme recibir sus latigazos.
–No serviría de nada. Después de los de aquí tiene seis más en Duxbury.
–¡Oh, amadísimo Padre!
–¿Apelas a Dios contra su propia ley? Tenemos una sentencia contra esa mujer, por escrito.
–Será mejor que te vayas -dijo Paxmore- y te ocultes en un profundo pozo, pues Dios te buscará, sin duda.
Estas proféticas palabras turbaron al juez, que dijo, tratando de razonar:
–Paxmore, sería fatal para ti recibir seis latigazos más. El médico nos dijo que quizá no sobrevivieras a los diez que te corresponden.
Duerme en paz antes de mañana, y sal de Massachusetts. No hay sitio para ti entre los piadosos.
Cuando Edward Paxmore y Ruth Brinton fueron maniatados a la misma carreta, formaban una incongruente pareja… Él, alto y desgarbado; ella, menuda y de proporciones delicadas. Pero cuando el sheriff desnudó a los dos de cintura para arriba, mientras los espectadores contemplaban la escena con deleite, quedó manifiesta su herencia común: ambas espaldas estaban despellejadas y cubiertas de melladas cicatrices. No había diferencia entre hombre y mujer.
Naturalmente, fue ella la que suscitó más comentarios, pues, al adelantarse para ver de cerca a una mujer semidesnuda, con la espalda cubierta ya de grandes verdugones, los puritanos expresaron a gritos su satisfacción, y uno exclamó:
–¡No se olvidará de Ipswich!
Dos veces intentó Paxmore hablar a la mujer atada junto a él, y dos veces ordenó el juez local al condestable que le hiciera callar, como si las palabras cruzadas entre los dos proscritos pudieran contaminar a la teocrática ciudad. Pero al tercer intento lo consiguió.
–¿Eres la mujer de Virginia que Thomas Kenworthy…?
El condestable golpeó brutalmente a Paxmore en la boca y gritó:
–¡Silencio, infiel!
Pero la mujer asintió con la cabeza, y por entre sus ensangrentados labios, Paxmore dijo:
–Fue ahorcado.
–Todos lo seremos -respondió la mujer, y comenzaron los latigazos.
No era frecuente en Ipswich la flagelación de mujeres, por lo que había gran número de espectadores. Contemplaron aprobadoramente cómo las nueve cuerdas hendían su espalda en los tres primeros latigazos, y, luego, un cuchicheo de contenida excitación recorrió la multitud al caer el cuarto.
–¡Está sangrando por delante! – exclamó una mujer, y los espectadores se apretujaron hacia delante para ver por sí mismos los lugares en que las puntas de las cuerdas habían rasgado los pechos.
–¡Buen golpe, Robert! – dijo un hombre-. ¡Dale otra vez!
–¡Oh! – gimió la mujer azotada al recibir los dos últimos latigazos.
–Bien pegado, Robert. Ahora, el hombre.
Paxmore no recordaría su suplicio de Ipswich. El primer latigazo le rasgó oblicuamente la cara, y todo lo que podía ver era a la mujer cuáquera a su lado, una menuda mujer de oscuros cabellos, fláccida y desmayada, con sangre goteándole de los pechos. Aquella noche fueron separados; él, al exilio en Rhode Island; ella, a su definitiva instalación en Duxbury.
La subsiguiente historia de Edward Paxmore en Massachusetts parece una grotesca pesadilla. Tras su última flagelación en Ipswich, el condestable le condujo a la frontera de Massachusetts, y, en las frías semanas de finales de marzo de 1661, le quitó todas sus ropas y le mandó desnudo a Rhode Island. Los ciudadanos del primer pueblo a que llegó estaban acostumbrados a recibir esa clase de exiliados procedentes de la teocracia del Norte, y rápidamente le vistieron con ropas demasiado pequeñas. Le dieron un juego completo de herramientas de carpintería, y a las cuatro semanas estaba de nuevo en Massachusetts, predicando la doctrina cuáquera y poniéndose en grave peligro.
Consta en los archivos que fue detenido en Ipswich en 1662 y azotado a través de cuatro ciudades antes de ser nuevamente expulsado a Rhode Island. Los archivos no lo dicen, pero también esta vez llegó completamente desnudo.
Regresó a Massachusetts en 1663, y de nuevo fue azotado en tres ciudades y exiliado, también desnudo. Volvió en enero de 1664, convertida su espalda en una masa de entrecruzadas cicatrices, más grave la voz y dedicado por entero a su obra de conversión. Esta vez fue aprehendido en Boston y conducido a presencia del juez Goddard, que quedó horrorizado ante su aspecto: estaba demacrado a consecuencia de su deficiente alimentación a lo largo de sus huidas; ropas prestadas de diversos tamaños colgaban curiosamente de hombros que se encorvaban hacia delante como bajo el peso de invisibles cargas; sus ojos ya no llameaban, y su comportamiento había cambiado mucho. No se mostraba respetuoso con la autoridad, buscaba la discusión, y su conversación con el juez Goddard, anotado por
funcionarios de la colonia y por simpatizantes del cuaquerismo que escuchaban en el tribunal, fue enérgico.
Goddard: ¿Por qué has vuelto, cuando has recibido ya cien latigazos? ¿Es tu espalda tan fuerte que puede resistirlo todo?
Paxmore: ¿Por qué insistes en tus persecuciones? ¿Es tan negro tu corazón que no hay en él ningún sentido de culpa?
Goddard: ¿Por qué habría de haber culpa en mí?
Paxmore: Porque tu actuación constituye un desafío a la ley de Dios y a la del rey.
Goddard: ¿Te atreves a afirmar que la justa ley del rey es mala?
Paxmore: Así lo afirmo, pero no es necesario que lo haga, pues la propia ley lo expresa.
Goddard: ¿Sabes que tus palabras constituyen traición? ¿Además de herejía?
Paxmore: Si hablo contra el rey, cometo traición, lo reconozco, pero el propio rey declarará nula tu ley, porque va contra sus intenciones y es mala.
Goddard: ¿Crees que el rey de Inglaterra modificará una ley porque se lo pida un levantisco cuáquero?
Paxmore: No, porque se lo pide el razonamiento de un Dios justo, y él obedecerá.
Goddard: ¿Crees de veras que la gran ley de Massachusetts será cambiada para acomodarse a ti?
Paxmore: Para acomodarse a mí, no. Para acomodarse a las leyes eternas de Dios.
Goddard: Te atreves a interpretar los deseos de Dios. ¿A qué colegio de Inglaterra asististe? ¿Estudiaste teología en Harvard? En ese caso,
¿qué obispo te ordenó interpretar la ley de Dios?
Paxmore: Estudié de noche, en la celda de tu cárcel, y mi profesor fue Thomas Kenworthy, a quien tú mataste.
(Todos los que asistían a este juicio, tanto puritanos como cuáqueros, observaron que las palabras de Edward Paxmore producían un acusado cambio en el juez Goddard. Abandonó su sarcasmo y perdió el aplomo. Bajó la voz, se inclinó más hacia delante y desvió a otro plano el debate con el preso.)
Goddard: Sabes que no quiero ordenar que te azoten de nuevo.
Paxmore: Estoy seguro de ello, buen juez, pues el terror de la muerte de Kenworthy pesa sobre tu conciencia.
Goddard: Entonces, ¿por qué no te quitas el sombrero, como muestra de respeto a este tribunal?
Paxmore: Jesús me ordenó que permaneciera cubierto.
Goddard: Si te envío en paz a Rhode Island, ¿te quedarás allí?
Paxmore: Debo ir a donde Dios me envíe.
Goddard: Thomas Paxmore, ¿te das cuenta de que le estás poniendo muy difícil a la colonia de Massachusetts tratar contigo? ¿No nos dejarás en paz?
Paxmore: Yo traigo la paz.
Goddard: Una extraña clase de paz. Tenemos aquí una buena colonia, una buena religión que nos va perfectamente. Lo único que pedimos es que nos dejes en paz, y tú lo único que haces es predicar traición, sedición y herejía.
Paxmore: Vuelvo a tu tribunal, juez Goddard, porque sigo instrucciones del Señor.
Goddard: ¿Qué mensaje constructivo puedes traer?
Paxmore: Que tu pecado del 10 de marzo de 1661 puede ser expiado.
(Al oír esta extraña declaración, el juez revolvió sus papeles.) Goddard: No te condené en esa fecha. Ni tampoco a Thomas Kenworthy.
Paxmore: Condenaste a la mujer cuáquera Ruth Brinton a ser azotada a su paso por Boston e Ipswich y Duxbury. Una mujer…, a ser azotada desnuda.
(Hubo una larga pausa.)
Goddard: Debemos defendernos. La sedición y la herejía socavan los cimientos de nuestra sociedad. Nuestra colonia y nuestra Iglesia deben defenderse.
Paxmore: La carga de esa defensa descansa pesadamente sobre ti, buen juez. Veo en tu rostro las huellas del pecado. Rezaré por ti.
Goddard: No me dejas otra salida, Edward Paxmore. Te condeno a ser atado a la rueda del gran cañón para recibir en ella cuarenta latigazos y, luego, a ser conducido al cadalso y a morir ahorcado.
Paxmore: Te perdono, buen juez. Soportas una pesada carga.
El carpintero fue conducido a la celda en que había tenido lugar su conversión, y habría sido ahorcado de no haber ocurrido algo sin precedentes. Avanzada ya la noche del miércoles anterior al viernes en que debía tener lugar la ejecución, el juez Goddard, alto y solitario, llamó al sheriíf y le ordenó abrir la puerta de la celda y cerrarla luego, una vez que hubiese entrado para hablar con el condenado.
–Edward Paxmore -empezó el austero juez-, no puedo tener las manos manchadas con tu sangre.
–Buen juez, ninguna sangre debería manchar tus manos.
–Pero supón que un ciudadano transmite secretos a los franceses y entrega con ello la colonia al enemigo.
–Eso sería traición.
–O que un recaudador de impuestos asesina a un comerciante para tomar a su mujer.
–Ha cometido una ofensa contra la ley de Dios.
–¿No reconoces que tu traición es igualmente grande? ¿La destrucción de la Iglesia que Dios ha establecido para Massachusetts?
–¿En verdad crees que Dios ha establecido personalmente tu rígida y horrible Iglesia, tan carente de amor?
–Sí. Dios es un capataz severo, como tú mismo has aprendido.
–Dios es amor, y, si condena al recaudador de impuestos por asesinar al comerciante y lo envía a la horca, lo hace con talante de perdón, lo mismo que perdonó al rey David por un crimen semejante.
–Paxmore, no puedo verte morir. Si cometo un acto ilegal, ¿juras por el Dios que amas no revelarlo?
Esta oferta presentaba para Paxmore una doble dificultad: como cuáquero, tenía prohibido jurar, es decir, utilizar la existencia de Dios como prueba de que él, un mortal, estaba afirmando; y, como cristiano, no quería ser causa de que otro hombre cometiese un acto ilegal. Pero sentía profunda compasión por los sufrimientos que estaba experimentando el juez Goddard, así que dijo en voz baja:
–Tengo prohibido jurar, buen juez, pero conozco tu tormento, y prometeré.
–Acepto.
–Lo prometo.
–Y, en cuanto a la ilegalidad, el acto es exclusivamente mío, Paxmore, y no requiere tu participación.
–Sea.
El juez llamó al carcelero y le ordenó que abriese la puerta. Luego sorprendió al funcionario sacando a Paxmore de la celda y conduciéndole hasta un carruaje que esperaba. Antes de subir a él, el juez entregó al carcelero un puñado de monedas y le hizo jurar que mantendría el secreto. Después, el carruaje emprendió el camino hacia el puerto.
–Vas a ir a Maryland -dijo el juez-. Allí son más tolerantes.
–¿No forma Marylanld parte de Virginia? Allí también azotan a los cuáqueros.
–Las dos colonias se han separado -explicó el juez-, o así me lo han dicho, al menos.
–Habrá trabajo en Maryland -dijo Paxmore. Pero luego aferró la mano del juez-. No estoy huyendo de la muerte, pues no tengo miedo.
Tú me expulsas.
–Sí -admitió el juez, y tras una pausa, le confió-: La muerte de Thomas Kenworthy me turba por las noches. No el ahorcamiento, pues era un hereje y merecía la horca, sino la flagelación que le precedió…, las ruedas de ese gran cañón…
–Sin embargo, me condenaste a mí a ese mismo cañón. Cuarenta latigazos… no habría sobrevivido.
–Lo hice porque…
Goddard no pudo encontrar ninguna explicación lógica; quizá lo había hecho para halagar a la chusma más probablemente para justificar la acción que se disponía a emprender.
En la época en que Massachusetts apoyaba al Parlamento y Maryland al rey, no era fácil viajar de una a otra. Zarpaban pocos barcos, pues ninguno de los dos lugares producía las mercancías que necesitaba el otro, y no había carreteras, ni carruajes para circular sobre ellas. Por el contrario, era fácil llegar a Londres, pues aquí radicaba el centro del Gobierno, de los fabricantes y de la enseñanza; grandes barcos, algunos sorprendentemente rápidos, navegaban de un lado a otro constantemente y con poco coste, y muchos capitanes
adquirieron la costumbre de hacer escala en algunas de las islas del Caribe.
En 1664, Barbados era un animado centro metropolitano, con barcos procedentes de muchas naciones en un puerto y excelentes tiendas a lo largo de la costa. Se podían obtener libros y objetos selectos de Francia y España. Los documentos legales podían despacharse allí con la misma facilidad que en Londres, y había escuelas a las que podían asistir los hijos de los colonos americanos.
–Te voy a embarcar en un buque que se dirige a Barbados -dijo el juez Goddard-. Desde allí puedes llegar fácilmente a Maryland.
El juez entregó al capitán el dinero del pasaje, y luego puso en manos de Paxmore una bolsa, y, mientras el carpintero se guardaba el dinero en un cinturón, el conductor del carruaje rebuscó en la trasera de su vehículo para sacar las sierras y las azuelas de Paxmore.
–Es mejor así -dijo Goddard-. Si vuelves a aparecer por Massachusetts, te ahorcaré antes del anochecer.
–¿Por qué?
–Porque constituyes una amenaza para la tranquilidad de nuestra colonia.
–Lo sería si pudiese sacudirla desde de su base.
–Lo sé. Habrá otros como tú, pero venceremos. Ahora, vete.
Paxmore cogió sus herramientas, se despidió con una grave inclinación de cabeza del juez que le había salvado la vida y subió a bordo del barco que se dirigía a Barbados. Al amanecer, el capitán levó anclas, y comenzó el largo y agradable viaje a la paradisíaca isla.
En Barbados, Paxmore fue retenido en su camarote hasta que se hubieron realizado investigaciones en tierra, y, al cabo de un rato, subió a bordo un bullicioso vendedor de efectos navales llamado Samuel Spence, preguntando con fuerte voz:
–¿Dónde está ese Edward Paxmore?
Y, cuando le fue presentado el carpintero, Spence le abrazó, exclamando:
–Yo soy de tu mismo credo.
–¿Un cuáquero? ¿Es posible?
–En Barbados todo es posible.
Y condujo al aturdido carpintero al muelle y a un mundo que Paxmore no hubiera podido imaginar. Había allí una riqueza que Boston jamás había conocido, y una extraordinaria libertad de espíritu.
–¿No pegan aquí a los cuáqueros? – preguntó Paxmore.
Spence se echó a reír y dijo:
–¿Quién iba a molestarse? Hay dinero que ganar y trabajo que hacer, y cada hombre reza como quiere.
–¿Te reúnes en público?
–Por supuesto.
–¿Podríamos ir al lugar de reunión?
–El domingo, sí. Habrá por lo menos treinta personas.
–Quiero decir ahora.
–Sería inútil, amigo Edward. ¿Eres buen carpintero?
–Hago buen trabajo.
–Lo creo. Tus herramientas se encuentran en perfecto estado.
Necesitamos un carpintero, y el salario es alto.
–¿Salario?
En toda su vida, y entonces cumplía los treinta y cinco años, nunca había trabajado por un salario, siempre como siervo escriturado.
Spence le llevó de barco en barco, arreglando mástiles, cepillando puertas que se habían atascado y construyendo armarios en nuevos lugares. Al cabo de unos días, Paxmore tenía tres ofertas de empleo permanente, y aún no había visto la casa de reunión, pero el domingo, Spence le llevó a un cobertizo contiguo a la casa de un próspero comerciante, y allí los cuáqueros de Barbados mostraron a Paxmore por primera vez en qué consistía el nuevo estilo de culto.
Cuatro sillas corrientes se hallaban dispuestas contra una pared, y en ellas se sentaban tres hombres mayores y una mujer, los tres, tocados con sombreros. En la parte central del cobertizo se alineaban varios bancos, separados por una cuerda que pasaba por el centro, indicando que los hombres debían sentarse a un lado y las mujeres al otro. El resto del cobertizo era sencillo a más no poder, sin adornos de ninguna clase. Al comenzar la reunión, los bancos se llenaron, y los cuáqueros mantenían las manos cruzadas sobre el regazo, mirando fijamente adelante.
Nadie hablaba. Aquél era el tiempo sagrado de que le había hablado Thomas Kenworthy, el tiempo en que el espíritu de Dios descendía y ocupaba tanto el lugar de reunión como los corazones de quienes se habían reunido en él.
Transcurrieron cuarenta minutos, y en el solemne silencio, Edward Paxmore reflexionaba sobre el curioso destino que le había llevado allí y que pronto le haría marcharse. Todo su ser físico clamaba por quedarse allí, cómodo y seguro, con un trabajo fijo y nuevos amigos que querían que se quedase, pero la voz interior de que le había hablado Kenworthy le urgía a dirigirse a Maryland y cumplir las obligaciones que allí le esperaban.
Transcurrieron ochenta minutos, y los cuáqueros continuaban en silencio. Luego, uno de los hombres de las sillas situadas delante se levantó y habló con voz potente:
–Hoy tenemos entre nosotros a un amigo de Massachusetts. ¿Cómo van las cosas por allí?
Durante más de un minuto, Paxmore no comprendió que se le estaba invitando a hablar en una reunión cuáquera, y no sabía qué hacer. Permaneció callado, por lo que el hombre de la voz potente volvió a levantarse y dijo:
–Amigo Edward, nos privarías de un conocimiento necesario. Te lo ruego, habla.
Así, pues, Paxmore se puso en pie y miró a las cuatro figuras silenciosas de las sillas situadas al frente. Quería decirles cómo era la vida en Massachusetts para un cuáquero, compartir con ellos los azotes, y la soledad, y el exilio del espíritu. Pero en las iglesias de Nueva Inglaterra había oído a demasiados hombres que tenían grandilocuente respuesta para todo. Él nunca hablaría así, ni levantaría la voz y gritaría los truenos de Dios. Él había terminado con la grandilocuencia.
–En Massachusetts no nos reunimos así -comenzó, con voz sosegada-. Allí hay una ley escrita que determina que los cuáqueros son heréticos y traicioneros y cuando se les captura, son atados a la trasera de una carreta y arrastrados de pueblo en pueblo y azotados en todos ellos.
Bajó la voz, y añadió:
–Hombres y mujeres por igual, desnudos de cintura para arriba y azotados.
Guardó silencio, tratando de dominar sus emociones para que su voz no se elevara, y ninguno de los presentes emitió el menor sonido.
Finalmente, carraspeó y concluyó:
–Una reunión como ésta, en paz, con amigos, es algo inimaginable para los cuáqueros de Massachusetts, que permanecen en la cárcel con los pies encadenados. Éste no es sólo el primer día de la semana. Es el Primer Día de mi nueva vida.
Nadie más tomó la palabra, pero cuando terminó la reunión, los cuáqueros de Barbados se apiñaron en torno a Paxmore para preguntarle si conocía a éste o aquel cuáquero que había pasado por la isla camino de Boston, y él tuvo que recitar una lúgubre letanía:
–Fue ahorcado. Fue atado al gran cañón y azotado. Está predicando en los campos próximos a Ipswich, pero temo por él.
Y, luego, un hombre mayor le cogió del brazo y, cuando se hubieron separado de los demás, le dijo:
–Gracias, amigo Edward, por tu mensaje espiritual, que nos ha fortificado. ¿Pero tenías que pronunciar, en reunión pública, la palabra
desnudo?
–Creo que era necesario -respondió Paxmore.
Y el viejo cuáquero dijo:
–Quizá, pero hablar de una mujer desnuda…, aunque no lo hubiese hecho ella misma…
Él no estaba tan seguro.
El lunes, Paxmore se vio implicado en una tarea que causó poca impresión en él a la sazón, pero que había de ejercer más tarde una indeleble influencia en su vida. Un barco inglés atracó en Barbados llevando a bordo como pasajero al capitán de otro barco, y este hombre se dirigió al establecimiento de Spence para explicarle que, cuando se aproximaba a la vecina isla de St. Lucia, había sido atacado por unos piratas. Con grandes mosquetes y cañones fijos, sus hombres habían logrado rechazar a los piratas e incluso infligirles importantes bajas.
–Si el barco no ha sufrido daños, ¿cuál es el problema? – preguntó Spence.
–Durante la batalla, mientras la tripulación se hallaba ocupada, nuestro cargamento de esclavos se amotinó y arrancó las cadenas de sus argollas.
–Pueden arreglarse.
–Pero al descargarlos rompieron el barracón.
–Eso es grave -respondió Spence-. No se puede permitir que los esclavos organicen tumultos.
Y se dispuso que Paxmore y otros dos carpinteros regresaran con el capitán a St. Lucia para reparar el barco y el barracón.
Fue una agradable travesía sobre las hermosas aguas verdeazuladas del Caribe, y Paxmore se hallaba en un feliz estado de ánimo cuando el barco llegó a las proximidades de Marigot Bay, donde aguardaba el navío dañado. No estaba preparado para la belleza que le esperaba: la entrada de la bahía apenas era visible desde alta mar, pero, una vez alcanzada, se abrió ante los ojos de Paxmore una ubérrima extensión de verdes montañas, valles tropicales y agua azul. Era uno de los puertos más hermosos del mundo, un lugar fascinante, y allí les aguardaba el barco averiado.
Los carpinteros necesitaron sólo dos días para reparar los daños causados por los piratas y por los esclavos amotinados; luego se trasladaron a tierra para arreglar el barracón. Era éste un recinto de altas paredes, en el que eran depositados los esclavos de todos los barcos que arribaban a Marigot antes de ser nuevamente embarcados rumbo al Brasil o a las colonias inglesas de América del Norte. Los inútiles, o los que parecía que no podrían sobrevivir a la travesía, eran introducidos en cualquier barco que pasase y vendidos en Haití para seis u ocho meses de servicios antes de morir.
El actual cargamento de esclavos, habiendo desencadenado un motín parcialmente victorioso durante el ataque de los piratas, había continuado arrancando el techo de tablas del barracón y mostraba intenciones de destruir el resto, si se les dejaba.
–No quiero disparar contra ellos -explicó el capitán-, pero no podemos dejar que se escapen.
–Hay que reforzar todo -dijo Paxmore, y los semipiratas que actuaban en Marigot se mostraron de acuerdo, por lo que el trabajo de los carpinteros se prolongó a lo largo de tres días más, y durante ese
tiempo Paxmore tuvo abundantes oportunidades de observar la belleza natural del lugar; su combinación de empinadas colinas y profundas aguas le fascinaba, y pensó: «Algún día, cuando Maryland haya terminado, me gustaría vivir aquí.»
Por el contrario, el barracón apenas le causó impresión, y los esclavos encerrados en su interior, ninguna en absoluto. En Boston no había tenido oportunidad de ver negros. Alguna que otra familia había poseído esclavos, pero en una ciudad su rango era muy semejante al de los sirvientes escriturados, y se les trataba de la misma manera. Ahora vio varios centenares, apretujados unos contra otros y vigilados por hombres armados de mosquetes, y su único pensamiento fue: Parecen todos muy fuertes.
Para él, los esclavos negros constituían, simplemente, una extensión del sistema de escritura del que él mismo había formado parte. En Londres, antes de zarpar para el Nuevo Mundo, él y sus compañeros habían permanecido encerrados en barracones, y, al desembarcar en Boston, ofrecidos en subasta. Él había sido una especie de esclavo, y su esclavitud había constituido el camino para una vida mejor. La única diferencia entre su situación hacía once años y la actual de aquellos esclavos radicaba en que la escritura de éstos era vitalicia y no podía ser redimida por el transcurso de ningún período de tiempo, ni por una fiel servidumbre.
No podía comprender las implicaciones de esta diferencia, porque, para él, era razonable la idea de una escritura perpetua, ya que el negro disfrutaría de una posición fija, una seguridad conocida y un amo permanente con quien podría establecer una relación eficaz.
Mientras daba los últimos martillazos sobre las tablas del barracón, sujetándolas con cadenas, Paxmore no podía percibir el terrible problema moral que surgiría si la escritura permanente de aquellos negros se extendiese a sus hijos, y a los hijos de sus hijos, a lo largo de todas las generaciones. Se trataba de una clase de esclavitud que le era imposible contemplar por sí mismo.
Pero no sentía ninguna necesidad de reflexionar seriamente sobre el problema, y cuando el barracón estuvo arreglado, se encontró con que disponía de tres días para disfrutar de Marigot Bay antes de regresar a Barbados, y los pasó grabándose en la mente las peculiaridades de los
trópicos. Pero al anochecer del tercer día, entró en la bahía un mercante inglés portando alarmantes noticias:
–Los piratas andan sueltos de nuevo. Han realizado una incursión sobre Port Royal y se les ha visto dirigirse hacia el Sur.
Así, pues, todos los esclavos que se encontraban en el barracón fueron apresuradamente cargados en el mercante, que zarpó seguidamente rumbo a Maryland. Fue en ese buque donde embarcó Paxmore.
Una vez depositados los esclavos en Jamestown, el barco continuó hasta Devon con su cargamento de muebles. Paxmore descendió por la plancha, examinando el lugar con ojos muy abiertos. Le salió al encuentro un hombre elegante, de pelo entrecano y unos cincuenta años de edad, que le tendió la mano y dijo, en tono cordial:
–Soy Henry Steed, y, si busca trabajo, yo necesito un carpintero.
–Me envían a los cuáqueros del Choptank.
–Es muy duro trabajar para ellos. Le irá mejor aquí.
–Soy cuáquero.
–Eso no tiene importancia en Maryland. Pago bien, Mr…
–Paxmore.
Le agradaba el hecho de que un patrono se ofreciese a contratar un obrero antes de preguntar su nombre.
–Me gustaría trabajar para ti, pero estoy obligado a buscar primero a los cuáqueros.
–Debes hacerlo, si así lo prometiste.
Y entonces, para sorpresa de Paxmore, Mr. Steed dispuso que una de sus propias embarcaciones transportase a Paxmore aguas arriba hasta el lugar en que los Steed habían abierto recientemente un gran almacén.
–Se llama Atracadero de Patamoke -explicó Steed-. Pocas casas, pero mucha actividad.
–Me sorprende que ofrezcas una embarcación a un desconocido -
dijo Paxmore.
–Estamos necesitados de colonos. Los cuáqueros me parecen tan buenos como cualquiera.
Cuando la falúa entró en el puerto, Edward Paxmore vio algo que infundió una sensación de reposo en su errante corazón: un refugio
seguro ante las tormentas, una tosca cabaña de troncos que servía de taberna, dos casas, una docena de lanchas llegadas de penínsulas vecinas. Alguien tocó una campana, y acudió gente de lugares inesperados.
–¿Hay alguna mujer entre los recién llegados? – preguntaron dos jóvenes.
–Sólo un carpintero -respondió uno de los hombres de Steed, y los jóvenes se marcharon.
–¡Señor carpintero! ¡Señor carpintero! – gritó excitadamente un hombre-. Me llamo Pool.
La puja por obtener los servicios de Paxmore empezó antes de que éste hubiera desembarcado, pues otros voceaban también sus nombres, informándole de que le necesitaban, pero él no hizo caso a nadie y, cuando, finalmente, pisó tierra, sujetando su sierra y sus hachas, dijo:
–Busco a James Lamb.
De entre un grupo de hombres que estaban junto al almacén de Steed, se adelantó uno, que le tendió la mano.
–Soy James Lamb y te doy la bienvenida al atracadero de Patamoke.
Añadió que él no necesitaba un carpintero, pero que su compañero cuáquero Robert Pool, sí.
Un niño, al oír esto, exclamó:
–Robert Pool, te llaman.
Un hombre alto y serio acudió corriendo.
–Soy Pool, el hombre que te llamó.
Por alguna intuitiva razón, Paxmore creía que debía mantenerse junto a James Lamb, y dijo a Pool:
–Ya he hablado con el amigo Lamb.
Lamb comprendió la vacilación del recién llegado, pues dijo a Pool:
–Llevaré a mi casa a nuestro amigo.
Luego preguntó:
–¿Cómo te llamas?
–Edward Paxmore.
–¿El hombre de Boston?
–Sí.
–¡Oh…!
Lamb pronunció la palabra en tono grave, y luego se movió entre la multitud, informando a todos que aquél era Paxmore de Boston, y un grupo de cuáqueros formó en círculo alrededor del carpintero, haciéndole preguntas que denotaban tanto su conocimiento de su historia en Massachusetts como el respeto que sentían hacia él.
–¿Cómo te has enterado de las flagelaciones? – preguntó él, simplemente.
–Hace dos meses llegó aquí un barco procedente de Boston -
respondió Lamb, casi reverentemente-, y en él venía una mujer cuáquera que había sufrido mucho en Massachusetts.
–¿Ruth Brinton? – preguntó Paxmore.
–Sí -admitió Lamb.
Paxmore miró fijamente al grupo y, luego, preguntó:
–¿Murió?
–No -respondió Lamb-. Está en mi casa, gravemente enferma.
El grupo de cuáqueros se desplazó acto seguido a la tosca casa de madera de James Lamb, y, cuando se aproximaban a la baja puerta, Lamb llamó:
–¡Prudence! ¡Sal!
Apareció en el umbral una delgada y atractiva mujer de cuarenta años, cubierta por un pesado vestido tejido a mano y tocada con un ajustado sombrero. Llevaba las manos cruzadas sobre la cintura y preguntó:
–¿Qué quieres?
Y, luego, al ver al nutrido grupo:
–¿Qué ocurre, James?
–Éste es Edward Paxmore, de Boston.
Prudence Lamb dejó caer las manos y miró fijamente al carpintero.
Se le llenaron los ojos de lágrimas, y cayó de rodillas e inclinó la cabeza.
–Eres un hombre de heroica resolución -dijo-. Ruth Brinton nos lo ha contado.
Y James Lamb ayudó a su mujer a incorporarse, y entraron en la pequeña casa, y allí, tendida en una cama, estaba Ruth Brinton, menuda, frágil y próxima a la muerte a consecuencia de su serie final de flagelaciones en Massachusetts. Y, al ver al carpintero que se había ofrecido a recibir los latigazos reservados a ella, rompió a llorar en
silenciosas y abundantes lágrimas, y a partir de aquel momento comenzó su recuperación.
EL ACANTILADO
Todos los cuáqueros que vivían en las proximidades del pequeño asentamiento de Patamoke quedaron tan encantados cuando Edward Paxmore se casó con Ruth Brinton, y tan endeudados espiritualmente con ellos por haber librado las batallas del cuaquerismo en Virginia y Massachusetts, que aunaron sus esfuerzos para dar un hogar al matrimonio. Se recaudó un pequeño fondo y una parcela de tierra cercana al puerto, pero cuando iba a ser transmitida la propiedad, intervino James Lamb con la información de que él poseía, más allá de las marismas habitadas por los Turlock, un promontorio que siempre había tenido intención de ocupar como uno de los mejores lugares del río, y se sentiría encantado de cedérselo a los Paxmore.
El comité subió a las lanchas y navegó aguas abajo del Choptank, más allá de las marismas, hasta el promontorio, protegido por un acantilado, que, ochenta y un año antes, Pentaquod había elegido para fijar su primer hogar en la tierra firme. Continuaba siendo un emplazamiento admirable, con incomparables vistas en tres direcciones y una cálida sensación de seguridad entre los altos pinos y los sólidos robles. En aquel promontorio, uno parecía formar parte de un vasto panorama de bahías, ríos y ensenadas, y, al mismo tiempo, parte íntima de un pequeño y protegido mundo.
–Me gusta esto -dijo Paxmore, pero, antes de comprometerse, consultó a su mujer-: ¿Qué opinas, Ruth?
–¿Dónde estará tu trabajo? – preguntó ella, respetando el fundamental principio cuáquero de que en este mundo los hombres y las mujeres deben trabajar. Después de la obediencia a Dios, lo que cuenta es el fiel desempeño del propio oficio.
–Trabajaría de carpintero para los colonos, pero tendríamos aquí nuestro hogar permanente…, es decir, si tú quisieras vivir en un remoto…
–¡Oh, claro que sí! – exclamó ella, sin poder contener su entusiasmo.
Había visto demasiadas luchas fratricidas, y la perspectiva de vivir ahora en un promontorio que dominaba el mundo, era irresistible. Allí
construirían un hogar hermanado con los vientos, en una planicie protegida por acantilados. Fue ella quien bautizó el lugar:
–Lo llamaremos Acantilado de la Paz.
Y, a todo lo largo del río, el promontorio en que vivían los cuáqueros se convirtió en un símbolo de estabilidad.
Pasaron tres días, construyendo, con la ayuda de amigos un wigwam
indio en el borde más lejano del acantilado, y, en cuanto quedaron solos, Ruth Brinton empezó la reconstrucción de su marido.
–¿Por qué llevas ropas que te quedan demasiado pequeñas?
Y él respondió:
–Me gusta tener libres las muñecas, para poder trabajar con las manos. – Pero no trabajas con los pies. ¿Por qué llevas pantalones tan cortos?
Y él explicó:
–Un carpintero tiene que encontrar su madera en muchos lugares, y quiero tener libres los tobillos.
–No obstante, podías tener un aspecto más pulcro -se quejó ella.
Pero él le dio un beso y le dijo:
–Tú eres la pulcra, mi pequeño colibrí.
Y, siempre que la veía, bien ataviada y delicada en sus sencillos vestidos grises, experimentaba un impulso amoroso, y, con el tiempo, ella renunció; su marido era un desgarbado carpintero que nunca ofrecería un aspecto de pulcritud, pero que experimentaba una auténtica pasión por realizar un trabajo pulcro.
En el otoño de 1664, en una explosión de jubilosa energía, demostró lo magnífico carpintero que era; construyó dos edificios que le ganarían un puesto en la historia de Maryland, y un tercer objeto cuyo impacto vitalizaría la Orilla Oriental. El primer edificio era su propia casa; con la ayuda de cuatro indios y dos jóvenes cuáqueros cuyos padres les enviaron en ayuda de los recién llegados, cortó y ensambló maderas para una modesta casa de dos habitaciones. «Sería presuntuoso,,y desagradaría a Dios, si la construyésemos más grande», dijo a Ruth Brinton, y ella asintió. Utilizaron pocos clavos y nada que hubiese sido importado de Inglaterra, pero la construyeron tan cuidadosamente, que su pequeña casa cuáquera sobreviviría durante siglos. Firmemente