Bahía de Chesapeake

James A Michener · Capítulo 4 de 13 · parte 4/15

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Bahía de Chesapeake

La Marisma

Este capítulo es largo, así que está dividido en 15 partes.

asentada en su promontorio y visible desde muchas millas a lo largo del río, se convirtió en la más sólida de las casas del Choptank.

El segundo edificio era más importante, y, por ser mayor, necesitó los servicios no sólo de los cuatro indios y los dos jóvenes, sino también de cuáqueros adultos de la comunidad. En Patamoke, James Lamb había adquirido otra parcela de tierra que estaba dispuesto a ceder a los cuáqueros en general si querían construir en ella una casa de reunión. Esta sencilla secta evitaba la palabra iglesia por su excesivo sabor a arquitectura, prescindiendo de su finalidad; los cuáqueros construían casas de reunión, y la que Edward Paxmore diseñó para Patamoke, y construyó como testimonio de su aprecio al albergue que le habían proporcionado, era una obra maestra. Con el tiempo se convertiría en la casa de culto, superviviente más antigua de América, continuamente usada, y cada año de su existencia, sería cada vez más apreciada como obra de arte.

Se hallaba situada entre árboles, emplazamiento soberbio para cualquier edificio. Una vez asignada la tierra, Paxmore pasó más de tres semanas analizándola antes de permitir que sus asociados talaran un solo árbol, y, aun entonces, acomodó sus planos a los árboles, y no al revés. Quería que un largo sendero condujese a la puerta de la casa de reunión, y, aunque fue preciso cierto ingenio para encajar este sendero entre sus árboles, finalmente lo consiguió, de tal modo que la entrada al terreno se convirtió en una especie de invitación a la oración.

Así orientado, Paxmore se sintió a gusto, y en un espacio abierto trazó un edificio rectangular con la puerta central situada en medio del eje longitudinal. Era un edificio de un piso, de alto techo, y con una elevación del tejado sobre la puerta central que proporcionaba una grata sensación de simetría. Las ventanas estaban austeramente dispuestas para transmitir una impresión de dignidad, pero era el interior lo que cautivaba a las personas que se reunían allí.

Directamente enfrente de la puerta, y alargándose un cierto trecho a derecha e izquierda, se elevaba una pequeña plataforma a la que se llegaba por un tramo de tres espaciosos escalones que recorrían toda su longitud. Sobre esa plataforma se encontraban seis de las más sencillas sillas de madera de roble, todas ellas de curvados brazos; eran las sillas en que se sentaban los ancianos de la reunión, de frente a los fieles. Los

que ocupaban esas sillas -algunos domingos, sólo dos; otras veces, seis-desempeñaban las funciones de ministros y sacerdotes de la congregación. No ordenados, y a menudo autonombrados, daban continuidad y estabilidad a la reunión.

La nave de la casa de reunión se componía de largas filas de bancos bellamente proporcionados y separados por un riguroso pasillo central: los hombres se sentaban a la derecha, según se entraba; las mujeres, a la izquierda, pero había muchos chicos y chicas adolescentes que dominaban el arte de sentarse parcialmente de lado para poder ver y ser vistos desde el otro lado del pasillo.

Una vez terminada, tras haber participado en el trabajo todos los cuáqueros del distrito, Reunión de Patamoke, como fue llamado el lugar, constituyó la prueba de lo que podía lograrse aún en una Naturaleza agreste si un simple trabajador que dominaba el uso de sus herramientas recibía el estímulo necesario para seguir su sentido intuitivo de las proporciones. No sería capaz de construir una catedral gótica, que era el fruto de siglos de experimentación y sabiduría acumulada en Europa, ni una gran iglesia católica como las que a la sazón se construían en Italia, donde se poseía la misma clase de conocimientos, pero tenía plena competencia para erigir una pequeña casa de culto que parecía formar parte del bosque y ser consecuencia natural del río, y tal edificio, si era perfecto en todos sus detalles y dotado de armonía interior, adquiriría su propia belleza catedralicia.

–Parece sólida -comentó James Lamb cuando estuvo terminada.

Y el primer domingo, que los cuáqueros llamaban Primer Día, Paxmore ocupó, por voluntad general, una de las seis sillas. Junto a él tomó asiento la mujer más vieja de la reunión, y, luego, por silenciosa aclamación, se indicó que Ruth Brinton Paxmore, como sería conocida siempre, se sentara también en el banco frontal, pues había dado testimonio más grande que nadie de las cualidades de aquella nueva religión. Fueron estas tres personas quienes dirigieron el primer acto de culto en el sencillo y nuevo edificio, y durante la hora y cuarenta minutos que duró nadie habló; todos se conformaban con saborear aquel hogar enclavado en plena Naturaleza.

La tercera labor de construcción que Paxmore abordó en aquellos febriles años marcó la pauta para el resto de su vida. Era experimental,

lleno de fallos y maravillosamente gratificante. La construcción del hogar y de la casa de reunión no había presentado problemas; después de todo, en Inglaterra había progresado mucho en su oficio y dominado la mayor parte de las técnicas necesarias para levantar un edificio que no se cayese, pero nunca había construido una embarcación, y, sin la colaboración de un experto carpintero naval para asesorarle, era poco probable que acertara con los trucos necesarios para tan complicada construcción. Pero como Ruth y él se proponían pasar el resto de sus vidas a orillas del agua, debía aprender.

Durante aquel primer otoño, James Lamb le había prestado una pequeña balandra, que podía utilizar siempre que quisiera, pero sabía que estaba privando a Lamb de su propiedad, y eso le desagradaba.

Así, pues, tan pronto como quedó terminada la casa, dijo a Ruth:

–Creo que debemos construir una embarcación.

–¿Sabes hacerlo?

–No, pero aprenderé.

Buscó como maestros a los indios que habían trabajado en la casa de reunión, y los acompañó varias tardes mientras exploraban sus bosques para encontrar el roble adecuado. Él señaló un espléndido árbol, y, cuando ellos lo rechazaron, quiso saber por qué.

–¿Cómo lo llevaríamos al río? – preguntaron por señas, y él hubo de reconocer que era imposible mover en una sola pieza un árbol tan grande.

Pero, a lo largo de la linde septentrional de su terreno, situado no frente al río, sino frente al pequeño arroyo que desaguaba en él, localizó un ejemplar satisfactorio que podía ser derribado en una posición tal que, una vez quemado su interior y moldeado, se le podía hacer rodar hasta el agua, pero los indios le previnieron contra aquel árbol.

–Mejor elegir pino.

Y, cuando preguntó por qué, dijeron:

–Madera más ligera. Más fácil de cortar.

Pero él continuó con el árbol que había elegido, explicando:

–Yo construyo con roble.

Había asumido un trabajo agotador. La tercera noche, Edward llegó a casa renqueando y se desplomó, con las manos sobre la boca,

soplándose en ellas en un intento de mitigar el tremendo ardor de los callos que las cubrían.

–¿Qué ocurre? – preguntó Ruth.

–¿Has intentado alguna vez cortar un roble?

Ruth Brinton era una mujer austera, de firme y ardiente rectitud; caminaba con Dios y comprendía sus planes para las personas. Tenía una docena de virtudes, pero el sentido del humor no figuraba entre ellas.

–¿Por qué iba a querer cortar un roble? – preguntó.

–Era sólo…

–Si yo quisiera un roble, acudiría a uno de esos hombres cuyo trabajo es cortarlos.

–Ruth, era simplemente…

–Pero si el trabajo es difícil y crees que yo podría ayudarte, con mucho gusto iré mañana contigo…

–¡Ruth! Tengo las manos llenas de ampollas. ¿Tienes grasa de oso?

–¡Oh! Quieres grasa de oso. ¿Por qué no lo decías?

Cuando, finalmente, cayó el árbol, Paxmore comprendió mejor por qué los indios habían seguido un sistema que precisaba varios años para derribar un árbol: practicar una incisión a todo lo largo de su contorno, quemarla, dejar que la savia dejara de correr, quemarlo más, empujarlo.

–No tengo tiempo para eso -explicó a Ruth, pero ella tenía la mente ocupada en cosas más importantes.

–He estado pensando en la grasa de oso -dijo-. Podría prepararte un emplasto que podrías llevarte, y, así, te aplicarías un poco de grasa de vez en cuando durante el trabajo.

–Me resbalaría el mango del hacha.

–Usa una que no resbale -replicó ella, y varios días después le dio una bolsa cuidadosamente cosida en cuyo interior había unos trapos impregnados en grasa de oso.

Para entonces los indios habían cortado las ramas e indicaban cómo había que cortar los extremos del enorme tronco para poder moldear las extremidades anterior y posterior de la canoa. Esta vez, Paxmore siguió su consejo y utilizó fuego, en lugar de recurrir a la fuerza bruta, y, cuando el tronco de siete metros quedó depositado junto al arroyo,

ayudó a los indios a quitarle la corteza, dejando al descubierto un objeto dorado tan bello, que ya parecía medio canoa.

Alisando la parte que quedaba hacia arriba, logró el tosco perfil de lo que buscaba, y, luego, mientras los indios encendían fuego para quemar el interior, abordó la difícil tarea que debía dominar si quería convertirse en constructor de embarcaciones: en cada extremo del tronco empezó a arrancar con una azuela los trozos innecesarios de madera. Trabajando con sumo cuidado, y sin cortar nunca ni siquiera un fragmento hasta tener la seguridad de que ello realzaría la curva de la canoa, aprendió cómo la proa y la popa de una embarcación debían surgir naturalmente de la madera hasta quedar acomodadas al agua.

Podía adquirir esta destreza técnica, porque era un buen carpintero, pero nunca habría deducido por sí mismo la estratagema intelectual que los indios le enseñaron cuando fue hecha rodar la casi terminada canoa, y fue este inesperado descubrimiento lo que le permitió convertirse en experto constructor naval.

Cuando el gran tronco ahuecado quedó invertido al borde del agua, uno de los indios cogió un trozo recto de madera y, con una concha de ostra, trazó una línea a todo lo largo de la canoa y a cinco centímetros del centro. Luego, sirviéndose de los mismos útiles, trazó una línea paralela a la anterior, también a cinco centímetros del centro por el otro lado. A continuación, él y sus amigos empezaron a arrancar pequeños fragmentos de madera a lo largo de los bordes exteriores de esta franja central de diez centímetros, y, al cabo de muchas horas de paciente trabajo, dejaron en la canoa una especie de espinazo ligeramente prominente, y Paxmore comprendió que aquello sería el cable salvavidas de la embarcación. Le proporcionaría dirección y estabilidad; impediría que la canoa derivase de lado a causa del viento; y serviría de protección para el resto del fondo cuando la canoa fuese arrastrada a tierra.

En su vida personal, Edward Paxmore había descubierto que un hombre vivía mejor cuando mantenía alguna creencia central en la que pudiera apoyar toda acción y a la que remitir todos los difíciles problemas morales; se hallaba entonces vertebrado, con un espinazo que lo sostenía, y había descubierto que los hombres y mujeres que no desarrollaban esta creencia central vagaban desorientados y tomaban

decisiones terriblemente equivocadas porque, en momentos de crisis, carecían de todo punto de referencia al que remitirse instantáneamente.

Él había encontrado su espinazo en la obediencia a Dios, en la forma más sencilla posible y con el acceso más directo.

Y ahora descubrió que una embarcación debía tener también un espinazo, una estructura central de la mayor fuerza posible que recorriera toda su longitud sin la mínima desviación y de la que dependía todo el resto. Durante toda su vida posterior, jamás construiría una embarcación sin un espinazo de roble; trabajaría siempre sobre este central e inmutable hecho.

La canoa, con sus dos mástiles, tuvo un éxito tal que los colonos establecidos a lo largo del río ofrecieron comprarla, pero, como dijo él a Ruth:

–No tengo fuerza para seguir talando robles, ni tiempo para irlos quemando centímetro a centímetro.

–La tendrías si utilizaras la grasa de oso que te di -repuso ella.

Comprendió que lo que podía hacer era animar a otros a que cortaran robles y pinos y obtuvieran de ellos planchas de madera que él ensamblaría luego para formar pequeñas embarcaciones. Pero, no bien hubo saltado, lleno de optimismo, a este nuevo campo, descubrió que construir una lancha con tablas constituía una tarea infinitamente más difícil que ahuecar un tronco; surgían problemas que resultaban casi imposibles de resolver para un carpintero corriente. El principal consistía en lo siguiente: tender en el suelo un espinazo de la longitud deseada. Unir a él costillas que forman más o menos el perfil de la embarcación. Hasta ahora, bien. Pero luego, cortar planchas que puedan ser unidas a esas costillas para formar un cuerpo impermeable que, al mismo tiempo, se deslice suavemente hacia delante y hacia atrás para formar la proa y la popa de la embarcación. Parece fácil, es cruelmente difícil hacerlo. Y cuando, por casualidad y por la benevolencia de un Dios paciente, domina uno el arte de cortar esas planchas, ¿cómo se las sujeta a proa y a popa?

Muchos de los residentes establecidos a lo largo del río felicitaron a Paxmore por su canoa, pero él comprendía que el mérito no era suyo; la Naturaleza intrínseca de un roble había determinado la forma general que adoptaría la canoa. No hubiera podido fallar al construir

su primera embarcación, porque el roble no se lo habría permitido.

Pero al tratar de construir un bote pequeño, sus planchas de madera serrada carecían de forma intrínseca. Necesitaba una clara idea de lo que quería lograr, y no la tenía. Por eso, cuando su primer tosco bote quedó terminado, nadie se ofreció a adquirir el monstruoso objeto; en realidad, apenas se mantenía a flote, y, cuando fueron izadas las velas, resultó ingobernable. Lo único a su favor era su sólido espinazo; las partes secundarias que determinan la calidad eran un confuso revoltijo.

Él lo sabía.

–Mira esa cosa que llamo bote -dijo a Ruth, mientras la embarcación permanecía amarrada al muelle-. Un niño podría hacerlo mejor.

–Querido -dijo ella, con aquella terrible sencillez que a tantos enfurecía-, cuando se trata de construir una embarcación, eres un niño.

Así, pues, él decidió empezar de nuevo, como si realmente fuese un niño dispuesto a aprender una técnica completamente nueva, y estudió sus errores, dándose cuenta de que había intentado que planchas de madera realizaran funciones para las que no estaban dotadas, pero siempre volvía al gran principio fundamental: instalar un sólido espinazo y procurar que todo se relacione adecuadamente con él.

Empezó con una lancha mucho menos presuntuosa, más corta y más estrecha de manga, y se pasó todo el tiempo no en la vistosa sección central, sino en la proa y en la popa, tratando de resolver el problema de hacer coincidir todo aquel maderamen en un punto delicadamente proporcionado, y cuando terminó, tenía un bote que no ofrecía un aspecto especialmente atractivo, pues rebosaba de imperfecciones, pero navegaba. Esta vez, un hombre quiso comprarlo.

–Voy a construir tres más -dijo a Ruth-, y al último lo bautizaré con el nombre de Ruth Brinton. Ése será muy bueno.

Y, cuando terminó el calafateado, invitó a Ruth a celebrarlo navegando en él; pero cuando llegaron al centro del Choptank, dijo impulsivamente:

–Vamos a pasar por Devon.

Ella protestó:

–Con este vestido, no.

Le hizo regresar a Acantilado de la Paz y esperar hasta que se hubo puesto su mejor vestido gris y el pequeño sombrero cuáquero que lo acompañaba; pero al verse junto a su desharrapado marido, éste le pareció tan fuera de lugar, que dijo:

–Tú también debes vestirte. Son los Steed los que vamos a ver.

Y no lo permitió desatracar la lancha hasta que se hubo cambiado.

Presentaban un aspecto tan correcto mientras navegaban por el arroyo Devon -él, alto e incómodo en el traje nuevo que su mujer le había elegido; ella, pulcra y seria, con las manos cruzadas-, que varios criados avisaron a los Steed, los cuales llevaron a sus familias al muelle.

–¡Qué lancha tan hermosa! – exclamó Henry, e indicó a Paul que saltase a la embarcación para ver si era tan sólida como parecía.

Cuando Paul movió afirmativamente la cabeza, Henry dijo:

–Alice, ¿por qué no llevas a Mrs. Paxmore a la casa y le ofreces una taza de té? Nosotros vamos a dar un paseo.

Bajaron por el riachuelo y salieron al Choptank, y, finalmente, a la bahía, con Paxmore manejando la vela y muy serio en su traje nuevo y su sencillo sombrero cuáquero. Durante el regreso, con Henry al timón, los Steed quedaron convencidos de que aquel carpintero cuáquero había aprendido el arte de construir embarcaciones.

–Creo que deberíamos echar un trago -dijo Henry, mientras descendían del Ruth Brinton.

–Yo no bebo -replicó Paxmore.

–¿Ni siquiera té?

El carpintero rió, y cuando se reunieron con las señoras, no se habló en absoluto de embarcaciones, porque Mrs. Steed cogió del brazo a Paxmore y le dijo excitadamente:

–¡Ya está todo arreglado! Va usted a quedarse aquí durante tres días con esta maravillosa mujer -y señaló a Ruth- para construirme un armario especial…, aquí…, para éstos.

Y señalaba una cercana repisa de chimenea sobre la que se alineaba un elegante juego de platos, tazas, cuchillos y cucharas de estaño.

–Son los lares y penates de los Steed -explicó.

La vacua expresión de Paxmore indicó que no sabía de qué estaba hablando, pero, antes de que ella pudiera explicarlo, intervino Ruth Brinton:

–Sus dioses familiares. Es una expresión romana.

Paxmore dirigió entonces una extraña mirada a su mujer, como si los dioses paganos a los que se había referido fuesen blasfemos; pero Ruth sonrió y dijo:

–No te preocupes. Sólo significa que son de gran valor para los Steed.

Paxmore se tranquilizó y preguntó a Mrs. Steed:

–¿Qué clase de armario te gustaría?

–Aquí, en el rincón. Cubierto con este cristal que acabamos de recibir de Holanda.

–Quedaría muy bien -dijo él, mientras estudiaba el rincón y la lámina de cristal-. ¿Unos seis estantes?

–Ya veremos sobre la marcha -respondió ella.

Luego, entregando a cada uno de los Paxmore una pieza de la vajilla, dijo:

–Abuela Steed le tenía mucho cariño. Una vez al año, durante toda su vida, servía una comida de liberación. Nada de vasos de cristal ni platos de porcelana; sólo las preciosas y antiguas piezas de estaño. Lo hacía para recordarnos cómo habían vivido en los tiempos difíciles.

Paxmore, palpando la pesada vajilla, pensó que sería muy razonable conservar aquellas piezas en un armario.

–Lo haré -dijo a Mrs. Steed.

Durante los días siguientes, él y Ruth tuvieron su primera oportunidad de ver de cerca a una familia católica. Muchos aspectos sorprendieron a los cuáqueros: las volubles oraciones antes de las comidas, en lugar del solemne silencio de una familia cuáquera; el sustitutivo de la misa en que participaban todos los miembros; la Biblia diferente y el peligroso acercamiento al paganismo en su profusión de santos y objetos sagrados. Se sintieron particularmente impresionados por las historias del padre Ralph y su evidente santidad.

–Creo que me gustaría Ralph -dijo Ruth.

Y Paul replicó:

–Nunca se ha relacionado gran cosa con las mujeres. Le resultan desconcertantes.

–¿Por qué? – preguntó Ruth.

–Por su franqueza. Por su disposición a participar en todo.

–Ése es el estilo cuáquero -dijo ella.

–Lo sé -respondió Paul-, y eso es lo que le resultaba desconcertante a Ralph. En su iglesia las mujeres no…

Dejó la frase en el aire, sin saber cómo terminarla, pero Ruth, reacia a deiar pasar un desafío, dijo:

–En la nuestra, sí.

A los hermanos Steed les resultaba más fácil hablar con Edward Paxmore, y un día, mientras las mujeres admiraban la elegancia con que el terminado armario lucía la vajilla de estaño, se llevaron a un lado al carpintero, y Henry, después de carraspear dos veces, dijo:

–Edward, creo que estás preparado para construirnos un barco.

Paxmore nunca respondía precipitadamente a ninguna invitación, y, mientras los hermanos aguardaban su respuesta, calculó cuántas horas necesitaría para construir una réplica del Ruth Brinton.

–Creo que podría construirte una lancha como el Ruth Brinton…

–No nos referimos a una lancha, nos referimos a un barco.

Paxmore quedó estupefacto ante la propuesta.

–¿Quieres decir…, un barco grande… para cruzar la bahía?

–Para cruzar el Atlántico -corrigió Henry, y, una vez que las palabras hubieron salido de su boca, se convirtió en un persuasivo visionario-. Paxmore, si poseyéramos un barco, podríamos enviar nuestro tabaco directamente al mercado y ahorrarnos enormes sumas en alquileres. Podríamos regresar con mercancías para los almacenes, a precios que te parecerían increíbles.

–Pero yo nunca he…

–Hemos visto los progresos que has hecho en tus cuatro últimas embarcaciones. Has recorrido un largo camino, Paxmore.

–El primero resultó mal, ¿verdad?

–Y estamos convencidos de que te encuentras en condiciones de construirnos un barco para ir a Londres.

–Nunca he construido un barco -repuso serenamente Paxmore-.

Nunca he aprendido.

–Un hombre aprende construyéndolo.

Lo que dijo Paxmore a continuación demostraba que era un verdadero y cauteloso cuáquero:

–¿Arriesgarías tu propio dinero en semejante aventura?

–Desde luego -respondieron los hermanos.

Paxmore permaneció largo rato en silencio; luego se levantó calmosamente y regresó a la habitación en que se encontraban las señoras. Dirigiéndose en línea recta hacia su esposa, la cogió de la mano y dijo:

–Ruth, nos vamos a casa…, a construir un gran barco.

Edward Paxmore fue conducido a un prolongado período de confusión moral sin intervención alguna por su parte; la culpa fue de Samuel Spence. El vendedor de efectos navales de Barbados nunca olvidó que, cuando su ayudante Paxmore zarpó precipitadamente rumbo a Maryland por causa de la presencia de piratas, lo hizo sin haber cobrado los salarios que se le debían, por lo que, a finales de 1666, Spence cursó una carta que, al llegar a Acantilado de la Paz, produciría las complicaciones.

Entretanto, el larguirucho carpintero estaba siguiendo la tradición de los constructores de barcos en América. No estableció un astillero arbitrario y dijo: «Aquí construiré mi barco.» En lugar de ello, buscó una concentración de árboles altos y fijó allí sus talleres. El punto que eligió se encontraba a orillas del arroyo, junto al lugar en que había construido su canoa; contenía uno de los robles más prometedores que había visto jamás, un gigante en el cielo, así como una importante cantidad de pinos. Y una mañana, después de orar en petición de guía y buena salud, empezó a talar el roble del que dependería su barco.

Con sudoroso esfuerzo, él y sus indios blandieron sus hachas, y cuando el imponente árbol cayó, finalmente, junto al arroyo, conforme a lo planeado, midió con pasos los dieciséis metros que había decidido tuviera el espinazo; pero al ver la distancia tan enorme que esto suponía, se apretó contra el pecho las doloridas manos y pensó: «Nunca podré construir un barco de ese tamaño.» Pero estaba ya comprometido, y comprendió que sólo lo conseguiría si avanzaba cuidadosamente paso a paso. En consecuencia, empezó a cortar las ramas, algunas tan grandes como árboles corrientes, y, cuando el inmenso tronco quedó limpio, lo estudió durante dos largos días, tratando de imaginar el espinazo terminado que cortaría de él y las diversas formas en que quedaría unido al cuerpo del barco.

A cada análisis crucial, comprendía lo ignorante que era, y por la mañana del tercer día, cuando hubiera debido empezar a arrancar la madera innecesaria, quedó paralizado por un sentimiento de autodesprecio. Aquella tarea era demasiado ingente para un simple carpintero. Pero mientras permanecía sentado sobre el talado roble, vio sobre el agua su canoa y pidió a los indios que le ayudaran a sacarla a tierra. Volcándola del revés sobre la hierba, se pasó toda la mañana estudiando las líneas y la sutil forma en que rectas superficies de madera se fundían con otras curvas, y cómo se combinaban distintos segmentos para formar la proa y los codastes, y a partir de esta antiquísima forma, que se remontaba a diez mil años o más, empezó a percibir lo que podía hacerse y lo que se debía hacer.

Interrumpiendo todo el trabajo, salvo la tala de pinos, cogió un pedazo de madera de pino y empezó a tallar una maqueta del gran barco que quería construir, y en esta tarea se pasó dos semanas enteras, moldeando acá y retocando allá, hasta que tuvo un barco en miniatura de bello aspecto.

Pero aún carecía de confianza, así que hizo que los indios botaran de nuevo la canoa y navegó en ella hasta Devon para enseñar a los Steed lo que proyectaba. Como hombres prudentes que no perdían de vista el futuro, sólo le formularon una sugerencia:

–Si haces el barco más ancho por el centro, podrá transportar más mercancías.

–El mayor volumen le haría navegar más despacio -señaló Paxmore.

–Tenemos tiempo de sobra -respondió Henry, y Paxmore pegó a los costados de su maqueta finos listones de madera adicional, lo que le permitió darle una forma más amplia. Cuando hubo terminado, Henry Steed cogió una pluma y escribió en la popa el nombre que llevaría el barco: Martha Keene, Devon.

–Cuando hayas finalizado -dijo a Paxmore-, me gustaría tener esa maqueta.

–La tendrás -respondió el carpintero.

Pero durante el regreso a su improvisado astillero, tuvo una idea:

«Si corto la maqueta por la mitad, a lo largo, tendré no sólo un plano del exterior del barco, sino también del interior.» Así, pues, cuando llegó al lugar en que le esperaba el roble, encajó la maqueta en una

prensa y cogió su sierra, pero al empezar a cortar, comprendió que para hacerlo bien tenía que dividir el espinazo en dos mitades, y eso era algo a lo que no podía resolverse.

Tirando la sierra, pensó: «Nunca podría partir un espinazo. – Y

reflexionó para encontrar una salida, y poco a poco descubrió un compromiso razonable-: No tocaré el espinazo. Serraré a lo largo de él»; y esto fue lo que hizo, obteniendo, no la verdadera media maqueta necesaria, sino una aproximación suficiente, y siempre que utilizaba este modelo, sus dedos palpaban el intacto espinazo, y se sentía complacido.

Ordenó luego a sus hombres que empezaran a tajar el roble, y, mientras trabajaban, tomó una decisión que ahorraría muchas horas de complicado trabajo: «La parte posterior del barco no será afilada.

Será lisa.»

Se desplazó luego al otro extremo, y allí se enfrentó a problemas sumamente agudos y desconcertantes: cómo empalmar el extremo anterior del espinazo con la parte delantera del barco, lo cual requería una curva ascendente. Mientras los indios trabajaban escuadrando el espinazo, se concentró en este problema y vio que si pudiera moldear la parte delantera del tronco en una curva dirigida hacia arriba, por leve que fuese, dispondría de una importante ventaja. Así, pues, reorganizó rápidamente el trabajo para lograr que la extremidad delantera adquiriese el máximo de curvatura posible. No pudo obtener mucha, pero cuando el espinazo quedó finalmente terminado, se combaba hacia arriba, y ello le permitiría dotar al barco del crucial empuje hacia delante.

Pero con cada éxito surgían nuevos problemas, y ahora debía determinar la forma exacta de lograr la proa de su barco, el cortante filo que hendiría las olas. No tenía la más mínima idea de cómo podría conseguirlo. Era un carpintero de casas, pero, como cualquier hombre prudente, podía aplicar a los barcos lo que sabía respecto de las casas, y el hecho crucial en que se basó fue que un rectángulo abierto nunca podría ser estable, porque una presión suficiente en cualquiera de los ángulos lo haría desplomarse, mientras que una diagonal, firmemente colocada, permitiría que se ejercieran enormes presiones sobre los

ángulos sin que se viniese abajo; los triángulos resultantes podrían romperse, o podría astillarse la madera, pero eran estables.

Abstractamente, el problema era sencillo: se surcaba de diagonales el interior del barco, y ninguna tormenta podría hundir sus costados; naturalmente, tampoco podría transportarse carga ni pasajeros, porque el interior estaría ocupado por las diagonales.

El problema, pues, consistía en lo siguiente: ¿Cómo lograr la rigidez de la diagonal sin utilizar nada que impidiese contener la carga? Como la mayor parte de las dificultades importantes, se enunciaba con facilidad, pero su resolución se presentaba difícil.

Estaba en un callejón sin salida, Deseaba que llegase a Devon algún buque procedente de Londres para poder examinarlo. Pero no llegaba ninguno. Una página de un libro de Londres lo explicaría todo, pero no tenía tales libros. Recordó amargamente los tediosos días pasados a bordo de los barcos que le habían llevado desde Londres a Boston, a Barbados, a Marigot Bay, a Devon: «He pasado todo ese tiempo en barcos y no he visto nada.»

Esto no era del todo exacto. Había visto mucho sobre el cubrimiento de un barco, la construcción de amuras y el terminado de las bordas, pero, como un artista que monta cien veces un caballo y nunca lo capta hasta que trata de dibujarlo, o como un novelista que ha presenciado repetidamente una situación humana, pero no la ha comprendido realmente hasta que se ve obligado a expresar con frías palabras lo sucedido, él había vivido en el corazón de los barcos, pero no los había visto.

Irónicamente, durante su confusión la solución se encontraba a su alrededor…, en el suelo. Mientras se dirigía hacia el extremo delantero de su tronco, con los ojos fijos en la curva, tropezó y, al bajar la vista, vio las macizas raíces del roble que emergían lateralmente del tocón del cortado tronco. Se detuvo, observó la curiosa articulación que formaban la raíz y el tronco, y luego se arrodilló y empezó a escarbar febrilmente en la tierra, y, cuando hubo terminado, tenía ante sí al descubierto una de las articulaciones más poderosas de la Naturaleza: la curvada estructura que, en forma de codo, se presenta cuando una fuerte raíz emerge de un tronco, y, contemplándola, Paxmore comprendió que había encontrado la solución a su problema: en lugar

de apuntalar la proa con engorrosas diagonales, montaría en ella esta sólida articulación que contenía su propio apuntalamiento.

Pero cuando se volvió hacia sus indios para pedirles que le ayudaran a extraer la raíz, se encontró con que habían desaparecido; estaban hartos de construir barcos y no trabajarían más. Le resultaría imposible continuar sin ellos, así que, lleno de zozobra, botó por sí mismo la canoa y se dirigió a Devon para preguntar a los Steed qué debía hacer. Al llegar allí, los encontró ocupados en el muelle, pues un barco procedente de Barbados había fondeado recientemente en Jamestown, y la falúa de los Steed había traído del otro lado de la bahía la extraordinaria carta de Samuel Spence y un cargamento que Paxmore jamás habría imaginado:

Me ha estado preocupando la deuda que tengo contigo por el excelente trabajo que realizaste para mí, en especial la reparación de aquel barco en Marigot Bay, y no he dejado de preguntarme cómo podría pagarte. No tenemos absolutamente ninguna moneda, y nuestros corresponsales en Londres se encuentran peor aún que nosotros. No pueden pagar mis facturas, pues la peste del año pasado y el incendio de éste les han diezmado, y había llegado a la conclusión de que tendrías que quedarte sin cobrar, cuando una singular sucesión de circunstancias me ha puesto en situación de ayudarte.

Un caballero de esta isla tenía una deuda con una de las firmas de Londres de las que yo era acreedor, y convinimos en que simplificaría las cosas si me pagase directamente a mí, pero tampoco tenía dinero.

Sin embargo, poseía participación en un barco de esclavos procedente de Luanda, y, cuando éste llegó a nuestro puerto, me entregó una parte de sus esclavos.

Me atrevo a enviarte nueve de esos negros en pago de mi deuda, con la esperanza de que lo consideres un arreglo justo. Varios cuáqueros que han pasado por aquí nos dicen que te has casado con Ruth Brinton, esa valerosa mujer, y os enviamos a los dos nuestro afecto.

Los esclavos no habían sido descargados aún, y, cuando se acercó a la falúa, Paxmore vio que permanecían apiñados unos contra otros, y se preguntó por qué, en la seguridad del puerto, continuaban arracimados, pero cuando subió a la embarcación advirtió que habían sido encadenados para evitar disturbios durante la travesía de la bahía.

Se detuvo un momento para observar a aquellos extranjeros: vio sus negras figuras, sus prometedores músculos, el porte orgulloso de las mujeres, aun encadenadas.

–Suéltalos y los llevaré a Acantilado de la Paz -propuso a Henry Steed.

Pero Steed, que había oído con frecuencia a plantadores de Jamestown murmurar sobre sus esclavos, dijo cautelosamente:

–Es más seguro mantenerlos atados hasta que desembarquen -y ordenó a su capitán que llevara la balandra hasta el acantilado.

Allí, los negros fueron sacados al muelle, todavía encadenados. Seis hombres fuertes y tres mujeres en edad fértil, todos ellos con argollas.

La Orilla Oriental había recibido su primer cargamento de esclavos, propiedad legal de los cuáqueros.

–Todos excelentes -admitió el capitán, mientras volvía a echar las cadenas en la balandra.

–Podemos utilizarlos -dijo Paxmore.

Las mujeres fueron conducidas a la casa, donde Ruth Brinton estaba en el suelo, preparando una mesa adicional para su cocina.

Quedó atónita al ver a las negras y preguntó:

–¿Quiénes son ésas?

–Son nuestras.

–¿Cómo?

–Samuel Spence, de Barbados, las manda como pago de su deuda conmigo.

–¿Y qué vamos a hacer con ellas?

–Nos pertenecen. Son nuestras esclavas.

Ruth Brinton se levantó, se secó las manos y observó a las mujeres.

Podía acordarse de cuando ella tenía su edad, llena de perplejidades, y pensó: «¡Cuánto mayores deben de ser las suyas!» Volviéndose hacia su marido, dijo:

–No estaría bien que tuviésemos esclavos. Sería contrario a la voluntad de Dios.

Y entonces empezó el gran debate, que acabaría invadiendo todo cuerpo legislativo, toda iglesia y todo hogar. Edward Paxmore citó tres hechos, los dos primeros de los cuales eran económicos y, por tanto, poco convincentes por lo que se refería a Ruth Brinton:

–Spence me debía dinero y tenía derecho a pagármelo a su manera.

Además, los esclavos llegan en el momento en que más los necesitamos.

Dios ha debido de enviarlos para ayudarnos a terminar el barco.

Su mujer le miró, asombrada de que adujese tales irrelevancias, pero su tercera cita era moral, y en absoluto irrelevante:

–Cuando yo era un siervo escriturado en Massachusetts, existía la costumbre de que los predicadores nos sermonearan constantemente sobre los deberes del siervo hacia el amo. ¡Qué bien recuerdo aquellas tonantes admoniciones!

Y empezó a recitar, tal como los recordaba, aquellos pasajes en los que Dios ordenaba y apoyaba específicamente un sistema de esclavitud:

«Siervos, obedeced en todas las cosas a vuestros amos, no sólo cuando os vigilen, sino con temor de Dios.

Siervos, sed obedientes a vuestros amos con temor y estremecimiento.

Los siervos deben complacer a sus amos en todas las cosas, sin oponerse a ellos.

Que todos los siervos que se hallen bajo el yugo consideren a sus amos dignos de todo honor.»

Ruth Brinton quedó espantada al oír este recitado; no podía creer que se tomara en serio semejantes enseñanzas. Era como si estuviese viendo por primera vez el perfil completo de su marido…, y no le gustaba.

–Edward -dijo con férreo vigor en sus suaves palabras-, ¿no te das cuenta de que toda la enseñanza de Jesús es opuesta a la esclavitud de un hombre respecto a otro?

–Sólo sé lo que la Biblia dice, y dice una y otra vez que algunos hombres deben ser esclavos y están obligados a obedecer a sus amos.

Antes de que su mujer pudiera interrumpirle, añadió:

–Ahora bien, la Biblia dice también que los amos deben ser justos, y que deben cuidar del bienestar del esclavo. Los ministros de Boston solían recalcar eso también. Debo decir, en justicia, que siempre exhortaban a los amos a ser benévolos.

Luego, recordando aquellos lejanos sermones, añadió:

–Pero recuerdo que a los siervos nos exhortaban más severamente que a nuestros amos.

Él sería un buen amo. Interrumpió todo el trabajo en el barco para poder construir sólidas cabañas en que vivieran sus esclavos. Sugirió a Ruth Brinton que se llevara a la casa a las mujeres con el fin de que éstas hicieran los trabajos más pesados, pero ella rehusó. No obstante, enseñó a una de ellas a cuidar de su hijo; las otras cultivaban verduras y cuidaban el tabaco.

Los hombres, altos y erguidos, resultaron unos excelentes ayudantes en la construcción del barco. Abiram y Dibo mostraban tal destreza en cortar planchas, que Paxmore les preparó un pozo de serrador: grandes troncos de pino eran colocados sobre un profundo pozo, en el que Dibo permanecía día tras día. Abiram, el más fuerte de los dos, se encaramaba en el tronco, sosteniendo una larga sierra de dos mangos cuyos dientes mantenía en línea recta a lo largo del pino. Al grito de una palabra africana, Dibo daba un salto en el aire, agarraba el mango de la sierra y estiraba de él hacia abajo con todo su peso. Este descenso de la sierra realizaba el corte; luego, Dibo soltaba su presa, gritaba otra palabra, y Abiram volvía a colocar la pesada sierra. De esta manera, los dos hombres serraron las tablas con las que se construiría el barco.

Pero cuando llegó el momento de ajustar los maderos a la quilla y formar así el esqueleto del barco, Paxmore se quedó sin raíces con las que ensamblar su trabajo. Exploró la zona del acantilado en busca de raíces de roble que formaran ángulos rectos, pero no encontró ninguna; descubrió unas cuantas de pino, pero no tardó en advertir que éstas carecían de la resistencia necesaria, y continuaba buscando lejos de sus propias tierras, cuando se encontró con Stuby Turlock que se hallaba cazando lobos. Informó a su mujer acerca de este primer encuentro:

«Parecía un visitante de otro mundo, un hombre adulto de veintiséis años con la ignorancia de un niño de cuatro. Sin embargo, cuando le indiqué que estaba buscando raíces especiales de árbol, comprendió en seguida y me llevó hasta, por lo menos, nueve robles que contenían ejemplares espléndidos. Demostró poseer un conocimiento tan extraordinario de los árboles, que le invité a trabajar conmigo, pero esta palabra le asustó.»

Cuando necesitó más raíces para formar las cuadernas del barco, Paxmore buscó a Stuby, pero no le encontró. Al saber que el joven vivía en la marisma con su poco recomendable padre, navegó hasta allí una

tarde, pero no consiguió hallar la entrada, y estaba rondando por los límites cuando se oyó el disparo de un mosquete, no lejos de la canoa.

Alzándose de entre los juncos como una aparición, Timothy Turlock gritó:

–¿Quién va?

–Estoy buscando a Stuby.

Turlock escupió en el agua y, luego, indicó el punto por donde se entraba a su estero, y, cuando Paxmore atracó en el destartalado muelle, el viejo le estaba esperando.

–¿Puedo ver a Stuby? – preguntó el carpintero.

–No está.

–¿Por qué no me dijo…?

–Puede esperar.

Ayudó a Paxmore a saltar de la canoa y le condujo a una mugrienta choza en la que haraganeaba una corpulenta rubia. La mujer no hizo el menor ademán de saludarle, así que se sentó en un tronco apoyado en unas patas dispuestas en forma de trípode, y, mientras esperaba allí, se dio cuenta de que había una muchacha en un rincón de la choza.

–¡Es Nancy, de la casa de James Lamb! – exclamó, complacido al ver a una persona conocida-. ¿Qué haces aquí?

–Escapó -intervino Turlock.

Paxmore no podía saber que aquélla era la chica con la que Turlock había sido frecuentemente sorprendido en la cama. Supuso que se había escapado por las habituales razones que solían dar los sirvientes y los esclavos.

–James Lamb es un buen amo -dijo, y nadie le llevó la contraria.

Stuby no aparecía, y, tras una prolongada espera, que se iba haciendo cada vez más desagradable, pues la choza y sus ocupantes resultaban detestables, Paxmore anunció que debía regresar al acantilado.

–Mr. Turlock, ¿querrá decirle a su hijo que necesito más raíces?

–Si.

Y la visita terminó, pero tres días después llegó Stuby al astillero para decir que había encontrado más de dos docenas de ejemplares excelentes, y que si Paxmore le cedía tres esclavos para el trabajo de extraerlas, se las llevaría allí. Fue así cómo Stuby empezó a trabajar

para Paxmore, nunca de un modo regular, pues rehusaba ligarse a ningún oficio; simplemente, correspondía siempre que Paxmore necesitaba maderas o raíces especiales.

–Es realmente estúpido -comentó Paxmore a su mujer-, y, sin embargo, no lo es.

Lo que no advirtió fue que, siempre que iba a llevarle madera, Stuby observaba con sus ojos de rata cada nuevo paso dado en la construcción del barco.

Al final, Stuby sabría tanto como Paxmore acerca de la construcción naval, y habría dado un paso de gigante para convertirse en un completo hombre del agua: no sólo conocería las aguas, sino también los barcos que las surcaban.

El aspecto más notable de la construcción naval de Edward Paxmore era su colección de herramientas. Tenía que fabricarse por sí mismo todo lo que necesitaba, y al cabo de dos años poseía una asombrosa serie de utensilios. Tenía, naturalmente, sus sierras y sus azuelas, herramientas esenciales del carpintero de ribera; viéndole tallar una tabla con delicada precisión, Paul Steed dijo a su hermano:

–Paxmore podría escribir su nombre con una azuela.

Hacía bridas para sujetar objetos pequeños, gubias para eliminar madera superfina, taladros para abrir agujeros y las especies más complicadas de sierras. Como los clavos eran más preciosos que el oro -

toda la construcción colonial dependía de lo que se pudiera importar de Inglaterra-, aprendió a tallar pequeños trozos de roble hasta darles forma de clavos; una vez introducido a martillazos o atornillados, y empapándolos de agua, se hinchaban y unían partes separadas, tan bien como los clavos metálicos.

Pero siempre careció de la herramienta esencial sin la que el trabajador nunca puede alcanzar la verdadera maestría: no conocía los nombres de ninguna de las partes que estaba construyendo, y, sin el nombre, era artísticamente incompleto. No fue casual que médicos, abogados y matarifes inventaran nombres específicos, pero secretos, para las cosas que hacían; poseer el nombre era conocer el secreto. Con nombres correctos entraba uno en un nuevo mundo de perfección, se convertía en miembro de una arcana hermandad, partícipe de misterios y, al final, en meritorio ejecutor. Sin los nombres, no pasaba

uno de ser un aficionado o, en el caso de la construcción de barcos, un simple carpintero de casas.

Paxmore recordaría siempre la mañana de julio en que llegó a Devon un mercante de dos palos procedente de Bristol y la alegría con que fue examinando todas las partes del barco, preguntando al carpintero de éste cuáles eran los diversos elementos. Fue entonces cuando empezó a desvelar el misterio de los nombres.

–Los llamamos espigas -dijo el hombre de los clavos que Paxmore había estado tallando, y como espigas adquirieron un nuevo valor, pues eso significaba que formaban parte de una antigua herencia.

–No es espinazo. Es quilla. Y la plancha que colocamos encima para sujetarla es la sobrequilla.

Pero la palabra que más le agradó fue la que utilizaba el inglés para designar las dobladas raíces de que dependía la estabilidad del barco.

–Son codillos, y es mejor que los hagas de alerce. Mejor que de roble.

Las dimensiones de una tabla eran las escuadrías, el madero vertical de la parte posterior era el codaste; el trozo de madera utilizado para prolongar el bauprés, un botalón, y el empalme de listones, un ayuste.

Pero lo que le asombró fue el hecho de que la palabra suelo no significase una zona lisa y amplia, como en una casa, sino el pequeño y rugoso madero encajado contra la quilla, al que se ajustaba el fondo interior del barco.

En esta visita, Paxmore aprendió un centenar de palabras, y con cada una, una nueva concepción de su tarea, pero ninguno de estos conocimientos le turbó tanto como lo que descubrió acerca del mástil.

Para su barco, había cepillado cuidadosamente un pino muy alto hasta lograr un cilindro perfecto y lo había erigido de manera arbitraria en un punto arbitrario. Ahora aprendió que lo había hecho todo mal.

–¡No! ¡No! – advirtió el carpintero inglés-. ¡Nunca una base redondeada! Porque si es redondeada por abajo, ¿cómo vas a acuñarlo firmemente en la sobrequilla? Y si es redondeado en el lugar por donde atraviesa la cubierta, ¿cómo puedes calafatearlo para impedir que se filtre el agua?

Llevó a Paxmore a la parte más baja de su barco y le mostró cómo plantaban sus mástiles los constructores de barcos del mundo.

–La base tiene que ser cuadrada. Así, se puede encajar en este hueco y apoyar en él los codillos y acuñarlo a lo largo de líneas rectas, y ningún viento lo moverá.

¡Qué diferencia entre un verdadero mástil y el que había ideado Paxmore! El verdadero se mantenía firme, sólidamente unido a la quilla. El suyo se bamboleaba porque su base circular no proporcionaba ninguna línea segura para calzarlo.

–Y a esta altura, al acercarse al agujero de cubierta, dale una forma octogonal.

Y el inglés le mostró el magnífico trabajo que habían hecho los carpinteros de ribera de Bristol al lograr la transición de una base cuadrada a un contorno octogonal; la vista apenas podía distinguir dónde se había operado la transformación, y, al atravesar la cubierta, tránsito crucial, el mástil ofrecía ocho sólidas caras que podían ser calzadas e impermeabilizadas. El de Paxmore carecía de toda protección frente al agua.

–Sólo al llegar aquí -explicó el hombre de Bristol cuando subieron a cubierta- es cuando haces que el octógono se convierta en círculo.

Y de nuevo el paso de una forma geométrica a otra había sido logrado con exquisita delicadeza.

–¿Sabes por qué tienen que ser redondos por encima de la cubierta?

–No.

–No presenta resistencia al viento. Y otra cosa: si tu mástil está perfectamente plantado y debidamente encajado, se sostendrá solo. El peso del viento sobre la vela se transmitirá hacia abajo. Paxmore, no dejes que nadie sujete tan firmemente tu mástil que cante como un arpa. Los obenques deben estar flojos, siempre flojos. No están para mantener en posición al mástil; sólo para ayudarle si se desata un temporal.

Y llevó a Paxmore hasta cada uno de los obenques que protegían el mástil y le mostró lo flojos que estaban, sin soportar ninguna presión en tiempo de calma, pero disponibles para un momento de súbita tensión.

Y, luego, dijo algo que desconcertó por completo al novicio.

–Naturalmente, habrás situado debidamente tu mástil.

–Lo he centrado en el espinazo… la quilla…, quiero decir, la sobrequilla.

–Claro. Pero me refiero entre la proa y la popa.

–Lo he puesto…

La vacua expresión que asomó a los ojos de Paxmore delató el hecho de que no sabía nada acerca de capacidad de la vela, equilibrio, momento de fuerzas actuantes sobre un barco en marcha, ni sobre el intrincado problema de situar un mástil de modo que la vela no levante ni hunda la proa, ni haga guiñar al barco.

–No sabes nada acerca de colocar mástiles, ¿verdad? – preguntó el hombre de Bristol.

–No.

–Bueno, calafatéalo bien, y reza por que flote. Las mejoras vienen con la experiencia.

En diciembre de 1668, una pinaza cruzó la bahía, llevando a la isla Devon a un visitante que alegró los corazones de todos. Era el padre Ralph Steed, de cincuenta y dos años y cabellos entrecanos a consecuencia de sus esfuerzos a todo lo largo de Maryland. Permaneció unos momentos en el muelle para contemplar los impresionantes cambios ocurridos en Devon desde su visita anterior: el sólido muelle, los amplios senderos que conducían a la casa de madera, en constante crecimiento, las acristaladas ventanas, la segunda chimenea, que denotaba la presencia de nuevas habitaciones, y, sobre todo, la sensación de sereno logro. En su juventud, aquel lugar había sido una precaria avanzadilla en la naturaleza virgen; ahora se estaba convirtiendo en sede de una nobleza campesina.

–Me complace especialmente ver que habéis adquirido esclavos -

dijo a sus hermanos-. Adecuadamente utilizados, pueden ser de gran ayuda para una plantación, y el contacto con sus amos blancos contribuye mucho a la salvación de sus almas.

Era un privilegio renovar la relación con sus hermanos, y se sintió asombrado ante la fecundidad de sus esposas: Henry tenía dos hijos y una hija, Paul tres hijos y dos hijas, y esta tercera generación contenía ya once nietos, sin contar las muchas criaturas que habían muerto.

Pero la joya de la colección era un chiquillo rubio de siete años, travieso

y muy guapo, que experimentó una inmediata simpatía hacia su tío abuelo y se inclinó ante él con exagerada cortesía, al tiempo que decía:

–Nos alegramos de verte nuevamente en Devon, tío Ralph.

–Éste es Fitzhugh -dijo orgullosamente Henry-, mi nieto.

–Con sus modales, será consejero de Estado -dijo el sacerdote, cogiendo al niño de la mano mientras comentaba a los hermanos-: Es extraordinario y muy grato a Dios que nuestra familia haya podido siempre encontrar muchachas católicas con las que casarse.

Pero mientras lo decía, hizo una mueca de dolor y tuvo que soltar la mano de Fitzhugh.

–¿Tu cadera?

–Me caí de un caballo. No es nada.

No expresó ninguna queja por la dureza de la vida que había llevado, pero sí formuló una protesta, y con tono sumamente serio.

–¡No habéis reconstruido la capilla!

–Era demasiado ostentosa -repuso Henry, encogiéndose de hombros en un gesto de autojustificación.

–Yo he sido ostentoso en todos los ríos -replicó Ralph, con tono de reproche, y no se habló más de la capilla.

Pero tan pronto como llegó a la casa, con su elegante coche nuevo, pidió que se reuniera la familia para la lectura de una misa, y, cuando se hubieron congregado todos y hubo saludado a los que no conocía, ofreció una celebración familiar. Después, señaló el armario del rincón que contenía la vajilla de estaño y dijo a sus hermanos:

–Me gusta eso. Pasamos días muy duros y es bueno recordarlos.

Se mostraba voraz en su deseo de conocer detalles sobre el funcionamiento de la plantación y observó a Henry:

–Es una vergüenza que la Orilla Oriental no puede producir hoja aromática como Virginia. El oronoco que cultiváis aquí siempre rinde menos beneficios en Londres.

–Se vende bien en Francia -repuso Henry-. Parece que les gusta nuestro sabor, más recio.

–Te he traído varias semillas de una clase más fuerte de hoja aromática. Deberíamos probar a ver si va bien en nuestro terreno.

–No irá bien. Hemos probado todas las clases posibles, y no hay manera. Las hojas aromáticas, como las damas hermosas, sólo crecen

en Virginia. El oronoco, como los verdaderos hombres, sólo crece en Maryland.

El padre Steed quería saber también cómo marchaban las negociaciones con Fithian, y Paul explicó:

–El año pasado le visité en Londres. Es ya mayor, y ahora son sus hijos quienes se encargan de nuestros asuntos. Y admirablemente.

–El año pasado tomó posesión de dos plantaciones a orillas del James -dijo el sacerdote-. Oí cosas muy poco agradables y temí por nuestras relaciones con él.

–Siempre ha ocurrido lo mismo con los plantadores de Virginia -

replicó Paul, defensivamente-. Ganan mil libras con sus hojas aromáticas y encargan mercancías por valor de once mil. Si lo hacen durante un tiempo suficiente, Fithian acabará siendo dueño de sus tierras.

–¿Estamos nosotros en deuda con él?

–Al revés. Nuestras cuentas tienen un saldo favorable para nosotros.

–¿Cómo es posible?

–Hemos abierto un almacén en el Embarcadero de Patamoke. A todo lo largo del río vienen gentes a comerciar con nosotros.

Y pidió una falúa para llevar a Ralph hasta el floreciente asentamiento.

–El edificio bajo y alargado es nuestro -dijo, mientras la embarcación entraba en el puerto-. Y ese local que hay junto al muelle es una taberna. Sólo tres casas hasta el momento, pero he traspasado treinta acres a Lord Baltimore por la fundación de una ciudad, y él ha prometido dictar un decreto nombrando a Oxford y Embarcadero de Patamoke puertos de entrada de buques dedicados al comercio general.

–¿Hay alguna industria?

–Ninguna todavía, pero he estado pensando en la posibilidad de ceder aquel terreno a Edward Paxmore para la instalación de un astillero.

–Has hablado varias veces de él -observó el sacerdote-. ¿Quién es?

–Uno de los mejores carpinteros de Inglaterra. Vino a establecerse en nuestro río. Es cuáquero.

–¿Sí? – exclamó el sacerdote-. ¡Oh, me gustaría conocerle! En todos los lugares adonde voy oigo hablar de esa nueva secta. Y los informes que recibo son de lo más contradictorio. Me gustaría conocer personalmente a uno.

–Es fácil. Su astillero nos pilla de paso. Está construyendo un barco para nosotros, ¿sabes?

–¿Un barco de verdad?

–¡Espera a verlo!

Y en el camino de regreso, la falúa se desvió para enfilar el riachuelo a cuyas orillas realizaba Paxmore su trabajo.

–¡Es enorme! – exclamó el sacerdote al levantar la vista hacia la gran construcción-. ¿Cómo lo botarás al agua?

–Desde la popa haremos pasar unas cuerdas en torno a poleas sujetas a aquellos robles -explicó Paxmore-. Luego reuniremos a todos los hombres disponibles, y, mientras ellos estiran en esta dirección, nosotros quitaremos esos troncos, y el barco se deslizará hacia ahí…, hasta el agua.

Seguir: parte 5 de 15