Beso

Ted Dekker · Capítulo 15 de 47

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Beso

Capítulo 13

Scott Norris, mucho más diligente y voluntarioso de lo que ella hubiera imaginado de un hombre con rastas, devolvió la llama de Shauna en menos de una hora y accedió a encontrarse con ella. A las cuatro en punto en las oficinas del periódico en la Avenida South Congress.

Durante los siguientes minutos Shauna buscó en las páginas amarillas locales a Jeremy Ayers, el hombre con el que Wayne y ella se habían cruzado en la puerta, pero no salía nada, incluso después de haber probado algunas variaciones del apellido. Al final se rindió. Tal vez el hombre no fuera nada más que lo que Wayne había dicho: alguien buscando una vía rápida para hacerse famoso.

Wayne terminó su llamada a las tres y media y salió de su habitación.

—Lo siento. Estaban en crisis en la oficina.

—No te preocupes. Mira —dijo Shauna, no muy segura de que fuera a morder el anzuelo—, he programado una cita en un spa a las cuatro.

Miró su reloj.

—Puedo llevarte.

—Tomaré el coche de Rudy. Será bueno para mí.

Las arrugas de la frente de Wayne se hicieron más profundas.

—¿Estás seguras de que puedes conducir de nuevo?

—Estaré bien —insistió ella—. ¿Quedamos para la cena?

—¿Dónde quieres ir?

—¿Qué te parece al Iguana Grill? Está junto al lago Travis.

—Lo encontraré.

Parecía pertinentemente reacio, y aceptó con más facilidad de la que Shauna esperaba. Para un hombre que acababa de prometer vigilarla más de cerca, la iba a dejar sola casi todo el día.

Él se inclinó y le propinó un beso en la frente. Ella se puso tensa y sintió que se ponía a la defensiva, expuesta como estaba a que se le transfirieran las experiencias ajenas, como fuera que funcionase aquello. Se concentró en el detalle más minúsculo que no tuviera que ver con Wayne: la brisa que entraba por la ventana abierta y le levantaba el suave vello de su antebrazo. Si se concentraba lo suficiente, tal vez pudiera protegerse de aquello que la hacía susceptible a las visiones.

No pasó nada.

Sin embargo, la ansiedad de Shauna sobre Wayne Spade Marshall le rondaba por la mente.

Pero media hora más tarde, sentada en una silla junto a la recepción del Statesman, reconsideraba la idea de si debía preguntarle algo de aquello a Scott Norris. En vez de eso, a lo mejor podría ver si podía recrear las circunsancias que la llevaron a sus visiones en primer lugar. Necesitaba comprender cómo funcionaba aquello.

¿Tenía que utilizar su encanto? ¿Hacer que un hombre se confiase?

Shauna se rio sola y la recepcionista miró por encima del monitor de su ordenador. Se abrió una puerta en uno de los lados de la sala y apareció el hombre de las rastas cobrizas, el hombre de MySpace, apurado, con la mano extendida. Con la otra mano hizo que sus gafas volvieran a encontrarse con sus ojos.

—Señora McAllister, disculpe por hacerle esperar —dijo. Ella permaneció de pie y le devolvió el apretón, esperando (¿esperando el qué?) otra caída súbita en una vívida escena. A poder ser, evitando el desmayo.

Sus palmas estaban cálidas y secas. Él agitaba su brazo con fuerza.

Ninguna conexión.

Tendría que intentar un acercamiento diferente.

—Estoy tan, tan contenta de conocerte —dijo ella con entusiasmo—. Soy una gran fan. He leído todo lo que has escrito. Todo lo que he encontrado, eso es.

Él parpadeó.

—Eh, gracias —parecía recobrarse de la personalidad extrovertida de ella—. No sabes lo increíble que es que hayas contactado conmigo. Quiero decir, ¿tienes idea de la clase de fortaleza que tu padre ha levantado allí en West Lake? Es como si tuviera las líneas de teléfono preparadas para electrocutar a todo el que llamase. No he sido capaz de encontrar gran cosa de ti o de tu hermano desde que saliste de Hill Country. Siento mucho lo de él, por cierto.

La llevó a través de una puerta por un estrello pasillo, caminando deprisa y apresurados, como si se estuviera lanzando de cabeza contra una corriente de aire.

—¿Así que nuestra pequeña tragedia familiar se ha convertido en tu campo de trabajo? —dijo ella lo más emocionaba que pudo, dando grandes zancadas para mantenerle el paso.

—No exactamente. Pero tu papá se come todas las cabeceras. No tengo mucha competencia cuando se trata de las cosas de la familia.

—¿En serio? Eso debería darnos a ti y a mí toda clase de oportunidades inesperadas.

Él la miró de reojo el suficiente tiempo como para hacerle ver a Shauna que no estaba siguiendo el hilo de lo que decía, y luego siguió adelante. El pasillo se abrió en un lateral y dio paso a una sala de redacción que estaba mucho más tranquila de lo que ella se habría imaginado. Los teclados tecleaban y las voces murmuraban en voz baja. Unas cuantas cabezas se giraron para mirarla.

Scott alcanzó una sala de conferencias a la izquierda y abrió la puerta.

—Incluso con todo el desastre del éxtasis. —Encendió las luces—. Te sorprendería qué poca gente está interesada en ello.

—Suerte para mí.

Shauna eligió una silla que estaba frente a la ventana y le daba una panorámica de la sala de redacción.

—Ellos dicen que «no debería sorprender que los hijos de un magnate de las farmacéuticas tengan libre acceso a lo que quieran». Es bastante corriente. Así son las cosas. Bastante lamentables, en mi opinión.

—Ya creo que lo es, si piensas que tu candidato a la presidencia le está dando drogas a sus propios hijos.

—¿Lo está haciendo?

Shauna inclinó su cuello y negó con la cabeza como una mamá regañona. O como una profesora burlona. No podía creer que estuviera haciendo aquello. —Vaya, estoy segura de que tú eres mucho más listo que eso, Scott.

—Por desgracia, la inteligencia no es contagiosa.

Por desgracia, tampoco lo era su voz dulce. Él fue a una esquina de la habitación y cogió una cafetera medio llena de un quemador aún caliente. Shauna se preguntó cuánto tiempo llevaba sentada allí. Él sirvió dos tazas de café negro y las llevó a la mesa.

—Así que, ¿de dónde ha salido? —dijo él.

—¿El qué?

—El éxtasis.

—Yo me he estado preguntando lo mismo —envolvió la taza con sus manos—. Y si tú eres el periodista que creo que eres, tal vez puedas ayudarme a averiguarlo.

Sus cejas se levantaron como las solapas de una caja sobre sus gafas rectangulares y delgadas, y frunció los labios.

—Oh… La clásica negación de andar por casa. —Dio un gran sorbo de café—. Pero no te voy a atacar, no viniste aquí para ser insultada.

Aquello se estaba convirtiendo en una horrible pérdida de tiempo. Tenía que ser más directa.

¿Se atrevería?

—¿Quién habla de insultar? He venido para pedirte un favor.

—Te lo concederé en la medida en que yo reciba algo.

—Vas a pensar que soy un poco rara.

—Ponme a prueba.

—Bésame —dijo ella.

Él escupió su café.

—¿Perdona? —Secó el líquido marrón que se había derramado en la mesa. Ella se inclinó sobre él.

—Bésame.

—No.

—¿Por favor?

—Señorita, formas parte de la familia más loca que haya…

Tendría que haberse revisado los sesos en la puerta antes de experimentar con un periodista. Se había expuesto a sí misma de la peor forma posible. Se deslizó de nuevo en su asiento.

—Quiero hablar de Rick Bond —dijo ella.

Él cerro su boca desencajada, se puso de pie y tiró su taza de café a la papelera.

—¿El conductor? Me prometiste una entrevista exclusiva.

—Si sigue siendo tan testarudo tendré que reconsiderarlo.

Él sacudió su dedo como un metrónomo y lo movió hacia ella.

—Exclusiva.

Ella lo miró con odio, y él se rio.

—Tú tienes tu beso. Yo tengo mi entrevista.

Nerviosa por estar perdiendo el control de la situación, consintió. La irá le encendió las mejillas, pero si aquello era por la desvergüenza de él, la insensatez de ella, o el hecho de que el beso fuera solamente un beso, no lo podía asegurar. Su visión siguió siendo clara, la sala permaneció estable.

Una total y completa pérdida de tiempo.

—Rick Bond —dijo ella.

—Sí. El tipo del camión contra el que chocaste. ¿Qué quieres saber?

—Lo entrevistaste después del juicio con mi padre.

—Sí, lo hice. Tuvo la boca tan cerrada como una almeja hasta que consiguió la victoria. Luego sus abogados no pudieron hacer que se callara.

—¿Qué dijo que no pusieras en tu artículo?

—Bueno, no puedo citar a todo el mundo de memoria. Tendría que mirar mis notas.

—Estaría bien con lo más esencial.

—¿Estás buscando algo en particular?

—Quiero saber lo que dijo que pasó en el puente.

—Dijo que estaba tan alterado por haber chocado contigo que aunque había sido tu culpa echó toda su cena sobre los zapatos del ayudante del sheriff. ¡Ja! Eso sí que no lo puse en el artículo.

Shauna tomó un sorbo de aquel café tan rancio sin quitar los ojos de Scott. Era la única manera de evitar decir algo que jamás en la vida diría a un miembro de los medios de comunicación.

Eso era algo más de lo que ella había dicho.

—Quiero información importante —pidió ella.

Scott aún se reía.

—¿Quién llamó al 911?

—Bond hizo una llamada por radio pidiendo ayuda. El tipo del SUV (¿cómo se llamaba? ¿Danson?) usó su teléfono móvil. Tuviste doble cobertura.

Bien, entonces. Ni siquiera podía respaldar a su pasajero misterioso con una llamada de emergencia.

Smith había sido un engreído haciéndole creer que había habido una tercera persona en su coche. ¿Qué pretendía conseguir contándole mentiras? ¿Él era solo una distracción, un pasatiempo para alejarla de la verdad?

Se preguntó si Scott conocía a aquel tipo. Tanteó las aguas.

—Había un reportero que se las arregló para atravesar esa fortaleza metafórica que mencionabas.

—¿Sí? ¿Quién?

Shauna se encogió de hombros.

—Me contó que él tenía un testigo que vio otro pasajero en mi coche.

—¿En serio? ¿Alguien vio eso en una carretera oscura en una noche de tormenta? Me suena a que te has encontrado con un aficionado que busca hacerse un hueco.

Podría ser.

—Un aficionado que encontró la manera de llegar hasta mí mientras que tú no podías, de todas maneras. No me preguntó nada. Excepto que si era cierto que había alguien detrás de Rudy en el coche.

—¿Había alguien?

—No lo recuerdo.

—Qué oportuno.

A Shauna se le iba acabando la paciencia con aquel Scott tan sabelotodo.

—Me preguntaba si esa persona podría resolver el misterio del éxtasis.

—Los traficantes son unos profesionales a la hora de no ser encontrados. Y lo mismo con el olvido.

—No se trataría de un traficante, señor Norris. Solo de alguien que recuerde.

—Tendrás que preguntarle al Señor Periodista para que te ponga en contacto con sus fuentes, entonces.

Shauna suspiró.

Scott sacudió su cabeza y se terminó el café.

—Él es también un fantasma, ¿eh?

—¿Dijo algo el camionero sobre los pasajeros de mi coche?

—Bond vio a Rudy salir despedido por la puerta lateral cuando tu pequeño híbrido salió volando. El chaval casi cae encima de su motor.

Shauna encontró un lugar en la sala de conferencias (un panel de noticias junto a la salida), y se concentró en cómo estaban colocadas las noticias allí clavadas. Lo que fuera por evitar la imagen de Rudy catapultado hacia el cielo de una noche lluviosa.

—¿Puedo hablar con él?

—¿Con Rick Bond? No te lo recomiendo.

—¿Por qué no?

La puerta junto al panel de noticias se abrió.

—Creo que es el momento de que yo haga mis preguntas, ¿verdad?

Scott sacó una pequeña libreta electrónica del bolsillo de su camisa.

Un hombre alto y rubio entró en la sala de conferencias.

Smith.

Shauna se puso de pie.

—¿Quién es ese?

—¿Quién? —Scott miró.

—El rubio. Con la vieja chaqueta militar.

—Ah, él. Ese es Smith —Scott estudió su cara—. ¿No esperarás besarle a él también?

Tecleó algo en la libreta con el lápiz.

—¿Realmente se llama Smith?

—Corbin Smith. Fotógrafo freelance. Solía ser uno de los buenos.

—¿Solía ser? —Ella tenía ahora la mano en el pomo de la puerta.

—Un amigo periodista suyo desapareció tiempo atrás. Miguel Lopez. Se lo tragó la tierra. Renunció. No se sabe nada. Todos aquí tienen dificultades, pero esos dos estaban muy unidos. Como hermanos, ya sabes, nada raro. Ahora a él se le ha ido un poco la cabeza. Teorías de conspiraciones y todo eso. Sus fotografías ya no son lo que eran —volvió a centrarse en la libreta—. No estoy seguro de cuánto trabajo más le dará el jefe. ¿Estás lista para tus preguntas?

—Más tarde —dijo ella abriendo la puerta.

Él la miró, y frunció sus cejas de solapa de caja.

—¿Qué quieres decir con más tarde?

—¿En serio crees que voy a contestar tus preguntas antes del juicio? —dijo ella parada en la puerta. Mi abogado me cortaría la cabeza. Pero te prometo una exclusiva después.

—Me podrías prometer una cena también, después de todo.

Ella salió de la habitación.

Corbin Smith se había parado en un escritorio, aparentemente esperando a que el hombre detrás de él colgara el teléfono. Un cigarrillo apagado colgaba de la esquina de su boca.

Scott gritó:

—¡Y otro beso!

Y al escuchar la voz de Scott, Corbin se giró hacia la sala de conferencias y vio a Shauna dirigiéndose hacia él, e hizo como si no la hubiera visto.

Pero ella le miró a los ojos y le vio la preocupación en los labios.

Él sacó un CD del bolsillo de su malograda chaqueta verde y lo lanzó sobre el escritorio. «Llámame», le dijo al hombre, y se lanzó con grandes zancadas hacia la puerta más próxima que le sacara de aquella sala.

—Espera —le gritó Shauna detrás de él—. ¿Corbin?

Intentó cortarle el camino.

Pero las piernas de él eran aún más largas que las de ella y se movía por la habitación como un autómata. Llegó a la salida en unos pocos pasos.

La puerta se cerró de golpe detrás de él.

Ella corrió, alcanzó la puerta, la abrió y se lanzó a través.

Algo la agarró del brazo izquierdo y gritó de dolor mientras la puerta se cerraba.

—Aquí no —dijo Corbin, empujándola y dirigiéndola por un pasillo de hormigón hacia la salida trasera del edificio. Ella escuchaba el ruido de las fotocopiadoras funcionando al otro lado de la pared.

—Hablaré contigo, pero no aquí.

Se quitó el cigarrillo de la boca con la mano que le quedaba libre y lo guardó en el bolsillo delantero de su chaqueta, mirando fijamente la escalera que tenían delante, que subía hasta el final del vestíbulo. Cuando llegaron a ella, empujó a Shauna en el hueco en sombras de debajo de la escalera y le soltó el brazo. Ella se frotó la parte por donde la había agarrado.

—Quiero saber… —empezó Shauna.

—Sh.

Él cogió un trozo de papel (parecía un recibo) de uno de sus bolsillos y un bolígrafo de otro. Se puso el capuchón del bolígrafo en la boca y empezó a escribir.

—¿Quién sabe que estás aquí? —preguntó él con el capuchón aún en la boca.

—Solo Scott. ¿Tú podrías…?

—No cuentes con ello. Espera aquí cinco minutos después de que me vaya. Luego sales.

—¿Por qué…?

Él le colocó el trozo de papel en las manos y puso de nuevo el capuchón en el bolígrafo.

—Porque ambos viviremos más tiempo de esta manera —dijo. Luego la dejó sola, y Shauna se encogió envuelta en aquellas sombras que esperaba que la protegiesen, consciente ahora de que estaba completamente ciega ante el peligro en el que se encontraba.