Beso
Capítulo 41
Shauna permaneció sentada en la camioneta de Wayne durante un minuto entero antes de decidirse a salir. Peor que la posibilidad de que Trent no negociara con ella era la posibilidad de que los hombres de Wayne llegaran con Miguel antes de que ella hubiera intentado asegurarse la ayuda de Trent.
Temblando, subió pesadamente los escalones de ladrillo y llamó al timbre.
Esperaba la cara de Trent y su repugnante traición. Pero fue Patrice quien abrió la puerta.
Patrice.
La confusión se llevó por delante las palabras que había ensayado para Trent. Y después miró más allá de su madrastra, hacia el vestíbulo, donde su tío la miraba con ojos inexpresivos. La última esperanza de Shauna quedó aplastada por aquella revelación. Sus rodillas notaron la textura del hormigón del porche cuando se desmoronó, exhausta de haber estado persiguiendo un imposible, solo para encontrar, en cada recodo del camino, más noticias horribles.
Estaban trabajando juntos.
Ella y Miguel morirían.
Patrice frunció el ceño.
—¿Dónde está Wayne?
Landon empujó a Patrice a un lado y se puso en la puerta, mirando a su hija con los ojos muy abiertos.
Así que él también estaba en ello.
El dolor de la revelación le hizo temblar los brazos. Miró fijamente la silueta de Landon, iluminada desde atrás en el marco de la puerta y emborronada por las lágrimas.
—¿Por qué estás haciendo esto?
La expresión de confusión en su cara le dijo que él no entendía lo que ella quería decir.
—¿Por qué quieres hacerme daño? ¿Y a Rudy? ¿Por qué les dejaste hacerle aquello?
Landon vio a Trent acercándose por encima de su hombro.
—Shauna, ¿dónde está Wayne? —preguntó Trent.
Shauna no podía hablar a través del nudo de su garganta. Las líneas de expresión de Landon se endurecieron. Estaba impaciente con ella de nuevo.
—Parad esto, ahora. ¿Por qué estás tú aquí?
—Miguel —solo pudo decir ella, y después tragó para aclararse la garganta—. Vosotros tenéis a Miguel…
—¿Quién es Miguel?
Patrice se giró sobre sus talones, empujó a Trent fuera de la entrada y se inclinó para susurrarle algo en la oreja. Luego se fue a la cocina, indignada.
Trent regresó a la puerta y puso una mano en la espalda de Landon.
—Entrémosla —le dijo a Landon.
¿Dentro? El pánico se hizo con ella. ¡La harían entrar y nunca volvería a salir con vida!
Shauna se puso histérica. Echó todo su peso contra los esfuerzos de Landon por levantarla.
—¡No! ¡No podéis matarme!
Landon relajó la expresión de su boca.
—¿Matarte? Shauna, yo nunca haría…
—¡Tú lo harías todo! Mira lo que los ensayos clínicos han hecho conmigo. El ensayo fue todo tuyo… ¡tú les dijiste que me drogaran!
Landon lanzó una mirada a Trent.
—¿Ensayo clínico? ¿Qué le habéis dado?
—Tú lo aprobaste porque sabías que era lo mejor.
—¿Para quién, Trent? Yo quería lo mejor para ella.
—De verdad, Landon. Sabías que había un riesgo.
—¿Es esta clase de comportamiento es un efecto secundario?
—Posiblemente. —Trent echó un vistazo hacia la cocina.
—Shauna, escucha. Quiero hablar contigo, pero ahora mismo no estás siendo nada razonable. Puedes entrar y todos juntos solucionaremos esto, o puedes quedarte ahí afuera en el frío. Realmente no me importa lo que elijas.
Las lágrimas de Shauna se secaron. No había nada más por lo que llorar. Nada importaba ya. No habría ningún modo de que la dejaran sobrevivir a la noche ahora que ella lo sabía. Había sido una tonta al aferrarse a la esperanza de que ella pudiera salvar a Miguel de aquellos monstruos.
Apretó su mandíbula y dejó que Landon la levantase. Le siguió como un cordero hacia el matadero, a través de la puerta de entrada hacia el vestíbulo de suelo de mármol.
Qué extraño era sentir la mano caliente de él entre sus fríos dedos. Se paró bajo una enorme lámpara de araña, entumecida, mientras Trent cerraba la puerta.
—Aquí dentro —dijo él, y caminó hacia el recibidor.
Landon la miró, soltó su mano y caminó detrás de Trent. Pero Shauna no les siguió. No podía seguirles. Se sentía sofocada.
—¿Sabes que estás traficando con niños, Landon?
La pregunta salió suavemente, pero hizo que Landon se parase antes de entrar en la otra habitación.
—El mercado negro de bebés está financiando tu campaña —dijo ella—. Y otros niños. Chicas.
Landon se giró lentamente. Trent había parado y también se había girado. Volvió hasta el vestíbulo, mirándola de nuevo con sus ojos inexpresivos.
—Wayne desertó de los marines durante la guerra de Irak —dijo Shauna, entusiasmada de poder decirlo aunque ellos ya lo supieran—. Pasó un año en Tailandia, estableciendo conexiones con el mercado negro durante el tiempo que estuvo allí. Se encontró con Trent en un vuelo a Canadá, intercambiando sus conexiones en el mercado negro a cambio del acceso político de Trent. Trent movió algunos hilos para borrar el historial militar de Wayne.
Su padre miró a Trent.
—Me dijiste que lo habías reclutado de Global Wellness, que él podía proporcionarnos ventaja sobre la competencia.
Trent ni se molestó en responder. Su oscura mirada taladró a Shauna.
—Arriesgué mi carrera por ello —dijo Landon—. Tú usaste mis conexiones para suprimir su informe.
—Sí —dijo Trent sin mirar a Landon—. Lo hice.
—El único papel real de Wayne en MMV era blanquear fondos —dijo Shauna, devolviéndole a Trent la mirada—. Él compraba niños de Tailandia, y más tarde de Camboya e Indonesia. Los niños pasaban por Houston y Florida e iban a familias americanas y… y a otras partes.
—¿Ellos pagaban a MMV? —La pregunta de Landon suplicaba una negación.
—Ellos pagaban a subsidiarias extranjeras de MMV —le contó Shauna—. Compañías tapadera. La empresa se embolsaba cantidades netas a una tasa del setenta y cinco por ciento.
—No puede ser verdad.
—Tiene mucha imaginación, ¿verdad? —dijo Trent.
Shauna miró a su padre. Su ceño estaba tan perplejo que ella casi se creía que él no sabía nada de aquello. Pero no tenía estómago para abrazar aquella esperanza inútil.
—Creo que deberías irte a casa, Shauna —dijo Trent—. Y tú, Landon, usa tu cabeza. ¿Eso te suena razonable?
Landon miró a Trent, y luego miró de nuevo a Shauna. Se le había ido el color de la cara.
—Landon… —Una gota de sudor se deslizó por la frente de Trent—. No es posible que la creas.
Las palabras alcanzaron el pecho de Shauna y le estrujaron el corazón. No, Landon, tú nunca me creerás a mí, ¿verdad? No cuando Patrice me quema la piel, no cuando me convierto en objetivo de un asesinato, no cuando te estoy contando la verdad.
Landon cogió la mano de su hija. Allí estaba la calidez de nuevo. A Landon le empezaron a llorar los ojos.
—¿Cuántos niños? —preguntó Landon.
—Trescientos cincuenta al año durante siete años —dijo Shauna—. Sesenta millones de dólares netos, nueve millones al año para la compañía. Para tu plan de reparto de beneficios.
Las líneas de expresión de su padre parecieron envejecer en segundos.
¿Sería posible que él…?
—Patrice coordinaba el emplazamiento de los niños —dijo Shauna.
Landon la estudió con una mirada tan confusa y desesperada que Shauna se preguntó si podría tener esperanza en él después de todo. Que de alguna manera él volvería a ella, que la creería.
—Por favor. Tienes que creerme. Tienes que hacerlo. Solo esta vez —sus palabras salieron a raudales, corriendo una sobre la otra, pero no podía detenerlas—. Es muy importante. No me he inventado nada. Miguel y yo lo averiguamos… Dime que tú no eras parte de esto. Por favor. Papá, por favor, dime que me crees.
Trent puso su mano sobre el brazo de Landon.
—Está delirando, Landon. Mándala a casa antes de que esto se ponga feo.
—No —dijo Landon, quitándose de encima a Trent.
—Ella va a echarlo todo a perder.
—Cállate, Trent.
Patrice apareció y le entregó un objeto a Trent.
—Por favor —susurró Shauna. Ella apretó las manos de Landon, y los dedos de él rozaron el anillo de Miguel. Vio cómo él lo observaba, y después lo empujó con su pulgar.
—Miguel —susurró ella—. Van a matar a Miguel. Él lo sabe todo.
—Para —dijo Trent—. ¡No haces más que mentir!
—¿Y tú no? —le saltó Landon—. Tal vez Shauna sea la única en esta habitación que me está diciendo la verdad.
—Lo perderás todo, estúpido.
—Ya lo he perdido todo. Pero tal vez no sea muy tarde para hacer volver a mi hija.
Los ojos de Shauna se percataron de cómo la pistola en la mano de Trent golpeaba el aire y chocaba contra la sien de Landon.
—¡Papá!
Su padre se tambaleó.
Trent apuntó el arma contra la oreja de Shauna. Landon gritó algo.
Shauna cayó sobre sus rodillas y lanzó sus brazos sobre su cabeza. El disparo llenó la habitación.
Pero la detonación venía de detrás de ella, de la puerta. Y ella no estaba muerta, ni siquiera herida, si siquiera la habían tocado.
Se giró y vio a dos hombres trajeados deslizarse hacia la puerta abierta, con sus armas levantadas.
—Que nadie se mueva.
Ella intentó levantarse, pero el personal de seguridad de Landon no quiso saber nada de ella.
—¡Abajo!
—Dejad a mi hija. Llevaos a esa.
Shauna vio cómo su padre se había afirmado en sus pies y estaba apuntando a Patrice.
Los hombres se miraron.
—Ella está en el centro de todo este lío.
Trent yacía postrado bocabajo en un charco de sangre sobre el suelo de mármol, con el arma aún en su mano extendida. Había sido alcanzado por uno de los hombres de Landon. No se movía.
Patrice miraba fijamente el cuerpo inmóvil. Lentamente levantó los ojos, miró a Landon y después a los agentes.
—No seas ridículo. Él estaba tratando de…
—¡Lleváosla de mi vista! —tronó Landon.
El agente más cercano asintió.
—Si viene conmigo, señora.
—No.
El otro agente fue hacia ella, la cogió del brazo y la empujó por el vestíbulo hacia la salida.
—La educación no funciona con esta —le dijo a su compañero.
Se fue a regañadientes, profiriendo una sarta de viles improperios.
—¿Está usted bien, señor?
—Estoy bien. Ayuda a Joe, y mantén a las autoridades fuera de aquí.
El agente asintió y siguió al otro a la cocina, con el teléfono aún en la mano.
Por un momento ellos dos se miraron, padre e hija, inseguros. Luego Landon le extendió su mano a Shauna y la ayudó a levantarse. A través de la puerta, Shauna vio un SUV marrón aparecer por el final del camino, avanzando sigilosamente hacia el Chevy de Wayne.
—¿Estás herida? —preguntó Landon.
Shauna apenas le oía. Sus ojos estaban en el SUV.
¡Miguel!
Se lanzó a través del vestíbulo y dio dos pasos antes de que Landon la sujetara del brazo y la empujara hacia atrás. Su apretón fue tan fuerte que ella chocó contra su pecho.
—¿Qué haces? —le preguntó.
—Ayudarte a recuperar a Miguel —susurró él.
Le empujó contra ella.
—¡Está en ese coche!
—Si tú vas, ellos se escaparán, Shauna. Están buscando a Wayne. Están viendo su coche y esperan que él esté aquí.
Tenía razón, se dio cuenta, y saber aquello le intensificó el miedo.
—¡Van a matarle!
Landon giró la cara de Shauna para que le mirase y sujetó sus dos hombros.
—No, no van a hacerlo. ¿Me oyes? No les voy a dejar. —Shauna escuchó, pero no lo comprendía—. Escúchame, Shauna. Necesito que me digas dónde está Wayne.
—La policía lo tiene.
—¿Esos hombres lo saben?
Ella negó con la cabeza.
Lentamente, Landon la soltó, levantando sus manos con un gesto de advertencia.
—Espera aquí. ¡No te muevas! Si te ven, se acabó todo, ¿lo entiendes?
Landon cogió la pistola con la que Trent le había encañonado.
—¿Qué estás haciendo? No puedes ir…
—¡Sí! —Luego él se calmó y buscó su mirada—. Sí, sí que puedo. Yo no soy su enemigo, tú sí. Puedo entretenerles hasta que la policía llegue.
—Tus guardas…
—Les asustarían tan rápido como tú. Se supone que yo no estoy aquí.
Él dio un paso hacia ella, la rodeó con su brazo y la acercó hacia sí. Ella pudo oler el perfume de su colonia. Una paz irracional se derramó sobre ella, como el amor de su madre.
Como el amor de Dios.
Landon no la había sujetado así desde que era una preescolar propensa a las rabietas. En aquel entonces ella siempre acababa en el regazo de su padre, mientras él le acariciaba el pelo hasta que su corazón se calmaba. Ahora, él le tocó la mejilla con la mano.
—Lo siento, Shauna. Lo siento muchísimo.
Él le besó el nacimiento del pelo y se quedó allí unos instantes.
Ella cerró los ojos, aún fuertemente conmocionada por el enfrentamiento y no queriendo estar así. Se separó antes de que ella estuviera preparada.
—No te muevas —dijo él.
Escondió la pistola fuera de la vista, detrás de su cinturón, y caminó hacia aquellas tenues horas de la mañana.
Shauna corrió a la ventana y vio a su padre cruzando el césped a la luz de las lámparas del porche, y oró por Miguel. Oró para que siguiera vivo, para que pudiera llegar pronto hasta él, para que ni él ni su padre resultaran heridos en medio de todo lo que estaba a punto de pasar.
El SUV se detuvo al lado de la camioneta de Wayne. Casi esperaba que el conductor pusiera en marcha el motor y se largara a toda prisa por el camino cuando viera a Landon aproximándose. Pero su padre tenía razón. Los hombres de Wayne no le vieron como una amenaza inminente.
Landon caminó hasta el coche y les hizo una señal para que bajaran la ventana.
Después de unos cuantos segundos y un duro golpe en la puerta, la ventana se abrió.
Durante medio minuto hablaron. Sobre qué, Shauna no tenía idea.
Landon gesticulaba hacia la casa, quizá sugiriendo a los hombres que entrasen dentro.
Vio al hombre en el asiento del copiloto que comprobaba el Chevy rojo, y luego se giraba de vuelta a Landon y sacudía su cabeza. Señaló a la casa y después señaló con su pulgar la parte trasera del SUV mientras hablaba con su padre. ¿Quería que Wayne saliera allí?
El conductor se inclinó hacia delante como si fuera a encender el motor.
Landon enganchó la puerta y la abrió de un tirón. El hombre empezó a gritar. Landon se inclinó sobre la cabina y le arrastró fuera cogiéndole del pelo de la nuca.
Shauna se esforzó por escuchar alguna señal de que la policía estaba en camino. ¿Por qué estaban tardando tanto?
Su padre estaba familiarizado con las armas de fuego, como muchos tejanos, pero la rapidez con la que sacó el arma de Trent de su cinturón y la empuñó contra la cara del conductor la sorprendió.
¿Qué estaba haciendo?
El hombre le rogaba a Landon que no le disparase mientras él le arrastraba hacia las luces de los faros de la parte delantera del coche.
El pasajero se había arrastrado fuera de su lado y se agachaba entre el SUV y la camioneta de Wayne. Se escabulló hacia el jardín.
Miguel. Él podía agarrar a Miguel, usarlo como rehén. Ella tenía que llegar a él primero.
Shauna voló hacia la puerta y dio un gran paso hacia el porche. Saltó los escalones antes de pensar que tendría que haber pedido ayuda al personal de seguridad de Landon.
Empezó a gritar, esperando que ellos pudieran oírla.
Estaba a medio camino del césped, en pleno sprint, cuando el primer disparo estalló como hielo rompiéndose de un glaciar.
Shauna se estremeció. ¿Papá?
Dios, por favor, por favor.
Landon estaba aún de pie. El conductor había caído al suelo, tapándose las orejas con las manos, lanzando un torrente de insultos. Landon sostenía su arma entre los dos vehículos, apuntando en la dirección del pasajero. Ella vio humo saliendo del cañón.
Todos estaban gritando. Los dos agentes saltaron por encima de los escalones de ladrillo y golpearon el suelo detrás de ella en el mismo instante en que ella volvía a sentir sus pies. Echaron a correr hacia Landon.
Ella corrió hacia el SUV. El pasajero, gritando y agarrándose su pierna sangrante, se había derrumbado junto a la rueda trasera. Shauna saltó sobre él. En la parte posterior, sin aliento, ella abrió la ventanilla. Miguel yacía en el maletero.
Estaba muy pálido, casi doblado por la mitad. No, no, no.
—¿Miguel?
Ella saltó dentro junto a él y colocó la mano sobre su corazón, rogándole a Dios por un latido. No podía sentir nada. Trató de encontrarle el pulso en el cuello… ¡tan débil! Pero estaba respirando. Superficialmente.
Unas sirenas lejanas sonaron en River Oaks Boulevard.
Él estaba muy frío.
Levantó su cabeza sobre su regazo, y le acarició el pelo con los dedos, mientras esperaba que otras personas llegaran para ayudarla con lo que ella no podía. Estaba llorando de nuevo.
—No me olvides —murmuró ella—. Por favor, no olvides.