Beso

Ted Dekker · Capítulo 21 de 47

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Beso

Capítulo 19

Si la mañana entera no hubiera estado sembrada de dudas, Shauna habría estado más segura de lo que había visto tras los ojos cansados de Miguel Lopez en el instante que le llevó a él reconocer su cara.

Había visto aquella fugaz expresión en otra ocasión, cuando el médico de su madre salió del quirófano para darle a su padre una noticia que le cambiaría la vida. Shauna no entendió lo que el médico decía, así que permaneció atenta a la cara de su padre para ver su expresión. Sus ojos le dijeron que sus vidas habían sido cambiadas irreversiblemente.

En el momento en que Miguel Lopez se dio cuenta de los rasgos de Shauna, ella vio esperanza y expectativa, devastación y decepción, chocando accidentalmente a tal velocidad que era difícil describir lo que había pasado y si realmente todas esas emociones habían existido alguna vez. Debido al impacto se desvanecieron, siendo nada más que la ilusión de un mago, dejándole atontadas las sensaciones y sintiéndose ligeramente manipulada.

Él murmuró una palabra en español que ella no pudo descifrar.

Ella parpadeó, y los ojos de Miguel Lopez se convirtieron en desapasionados trozos negros de asfalto.

Ella levantó su mano derecha.

—Soy Shauna McAllister. Esperaba que pudieras hablar conmigo unos…

—No —él se movió para cerrar la puerta.

—¡Por favor! ¡Tu amigo Corbin Smith está muerto! —le gritó a la puerta que se cerraba. La puerta paró—. Asesinado. Por favor, déjame hablar contigo.

Mantuvo los ojos en la rendija de cinco centímetros de la puerta. Se ensanchó.

—Él me llamó aquí hace no más de una hora.

—¿Tú eres Sabueso?

Miguel ni lo confirmó ni lo negó.

—Era yo. Llamé buscando… Tengo su teléfono —se giró señalando el coche—. Te puedo enseñar las llamadas.

El hombre dudaba pero no decía nada.

—¿Por qué no contestaste el teléfono? —preguntó ella volviéndose hacia él. Y él también rehusó contestar aquello.

Shauna levantó la carpeta con los correos y artículos que llevaba en la mano izquierda.

—Nos hemos escrito. Sobre la campaña presidencial —empujó la carpeta hacia él —. Por favor —dijo de nuevo.

Miguel Lopez reabrió la puerta y le cogió la carpeta de las manos. Sus ojos brillaban como si la lluvia hubiera caído sobre su oscura superficie.

Mirándola de frente, abrió la carpeta y centró su atención en la primera página. Un artículo que él había escrito y una fotografía que Corbin había tomado. Ella leyó el encabezado al revés desde donde estaba. Él pasó a la siguiente página. Un correo electrónico impreso. De Sabueso a ShaunaM.

Los beneficios de HealthWay suben un 30%, la producción solo 6.3%. La venta al detalle estancada. Averigüemos de dónde viene esto.

Él se apartó de la puerta como si le hiciera sitio a ella para que pasase pero ahora parecía no querer mirarla.

—¿Te dejas caer por la casa de la gente a estas horas?

—Puedo volver más tarde.

—Estás aquí ahora.

La dejó de pie en la entrada y se marchó airado.

Unas cortinas echadas oscurecían la pequeña casa, que olía a humedad pero estaba limpia. Cerró la puerta al pasar, no muy segura de si seguirle o esperar. — ¿Cuándo pasó?— preguntó él desde otra habitación.

Shauna supo sin necesidad de más explicaciones que estaba hablando de Corbin.

—Ayer.

Fue hacia una cocina con una mesa de cristal rodeada de dos sillas cromadas. Él encendió una luz sobre el fregadero y siguió dándole la espalda, todavía leyendo (o haciendo que leía). Dejó de pasar las páginas y no dijo nada por un rato.

Y entonces:

—¿Cómo?

—Mientras dormía. Le cortaron el cuello.

Miguel se encogió, encorvado. Tenía el pelo enmarañado en la nuca. Le había sacado a rastras de la cama para darle las peores noticias.

—Lo siento —susurró ella—. Por lo que he escuchado era un buen amigo tuyo.

Miguel se giró y frunció el ceño, inclinando su cabeza un poco como su estuviera sorprendido por lo que ella había dicho. O tal vez solo estudiando sus intenciones.

Al final dijo:

—Corbin era como mi hermano. Él siempre dijo que… —Miguel se encogió de hombros y sacudió la cabeza—. ¿Cómo me has encontrado?

—Corbin me dio tu dirección. En cierta manera. No me dijo lo que era, pero lo encontré, y era arriesgarse, pero pensé que a lo mejor…

Según hablaba, Miguel cerró la carpeta y cruzó la habitación como si fuera a devolverle los documentos. Pero en vez de eso los sostuvo cerca de su pecho con una mano y se metió en el espacio personal de ella hasta el punto de que sus pies se quedaron a solo unos centímetros. La miró a los ojos, haciéndole una pregunta silenciosa con la mirada que ella no pudo descifrar.

Podía ver lo suave que era su piel, y cada cabello en el borde de su barba. Un largo corte sobre su ceja derecha estaba en las últimas fases de cicatrización. Minúsculas líneas de expresión enmarcaban las comisuras de sus ojos, aunque ahora no estaba sonriendo. Ella imaginó que se encontraba en su peor momento, cansado, arrugado, arrastrado fuera de la cama por una mujer loca que aporreaba su puerta. Y aun así ella le encontraba atractivo.

Dio un paso involuntario hacia atrás.

Él se volvió a acercar, reduciendo el espacio. Su camiseta de algodón olía a detergente de lavandería. Alguien que ella conocía usaba esa clase de detergente.

Su mirada era persistente, pero ella no entendía. Deslizó los ojos por su piel olivácea y por la mano abierta que sostenía la carpeta contra su pecho. Podía escuchar la respiración de él y sintió que sus propios pulmones se aceleraban, lo que la confundió. Mantuvo la respiración para poder mantenerla controlada.

Aquello no se sentía como el miedo, sino como un flechazo de adolescente a punto de devastarte. ¿Estaba enfadado porque hubiera venido? ¿Era su intrusión ofensiva? ¿Qué iba a hacer él?

Lo supo en un segundo: iba a negarse a ayudarla.

La imagen de él levantando una pistola contra su cara hizo que diera otro paso hacia atrás. Su talón golpeaba una pared.

Esta vez él no se movió, solo le ofreció los papeles.

—Señor Lopez… —dijo ella.

La lúcida sonrisa que se escapó de sus labios ante aquella formalidad era más como una ráfaga de sonido, una simple y corta nota que podía sugerir tanto alegría como dolor. Shauna alargó su mano izquierda para tomar los papeles y él le sujetó la mano, le dio la vuelta, acarició con su pulgar la parte de debajo de sus dedos con un solo y rápido gesto que era a la vez íntimo e impersonal; y la soltó.

Finalmente él rompió el contacto visual.

—Gracias por contármelo —dijo. Y luego salió de la cocina como si quisiera verla allí fuera.

Ella tomó aliento y le siguió.

—Hay algo más.

Él siguió hasta la puerta principal, la abrió y mantuvo la mano en el pomo. — Corbin estaba ayudándome a recor… a investigar algunas cosas.

Miguel se quedó donde estaba.

—Tuve un accidente. Mi hermano… casi muere. Yo iba conduciendo.

Miguel miraba los azulejos del suelo. Shauna se aproximó a él pero manteniendo la distancia.

—La historia que me cuentan de lo que pasó no tiene sentido. A lo mejor es que no quiero creerla, pero, sinceramente, no puedo. No puedo haber hecho lo que dicen que hice.

—¿Cómo es eso de que tú no sabes lo que hiciste?

—No puedo recordarlo.

—¿No puedes recordar?

Shauna tragó saliva, escuchando en voz alta lo inverosímil que sonaba aquello.

—Estaba en coma. Un ensayo clínico. Mi cabeza… mírame, por favor.

Miguel no quería.

—He perdido meses. Necesito traerlos de vuelta.

—Soy un periodista, no un médico del cerebro.

—Corbin dice (dijo) que estaba en contacto con un testigo. Alguien que podía contar una versión diferente de la historia. Necesito encontrar a esa persona. ¿Tú sabes… te contó Corbin algo?

Miguel soltó el pomo de la puerta. Se cruzó de brazos.

—¿Te dijo él que me lo había contado?

—No.

—Entonces no lo hizo. No puedo ayudarte. De verdad, tienes que irte.

Dos observaciones dejaron a Shauna paralizada. La primera era que el peso de la decepción sencillamente no le permitía moverse. Le presionaba los hombros y se enrollaba sobre su cintura y le atornillaba los talones a la alfombra. Miguel Lopez no sabía nada. Su último cartucho era un callejón sin salida. Todas las otras preguntas que le podría haber hecho si Miguel hubiera sabido algo habían volado de su mente y habían salido por la puerta.

Pero lo segundo de lo que se dio cuenta hizo que pusiera sus ojos de nuevo en la boca de Miguel, que había pronunciado las palabras de verdad, tienes que irte pero tenían el tono del todo equivocado. La forma de sus palabras era más arrepentida que firme, contradiciéndose, de hecho, y parecía que en vez de eso estaba diciendo de verdad, espero que no lo hagas.

Ella escuchó lo que quería oír, y la decepción se fue. Shauna golpeó sus zapatos contra el suelo para hacer clara su negativa, se volvió a la sala de estar adyacente y se sentó en un extremo del sofá.

Empezó a contar, esperando que los números le enseñaran lo más oportuno para decir, las preguntas correctas con las que empezar. Llegó al número once cuando escuchó que la puerta delantera se cerraba con cuidado. Miguel vino a la sala de estar.

—De verdad que no puedo ayudarte —dijo. Ella creyó que él deseaba poder hacerlo.

—¿Puedo tomar una taza de té?

—¿Té?

—¿Tienes?

Miguel dio un largo suspiro, miró al techo como si el té estuviera colgando de allí en una cuerda y volvió a la cocina.

Shauna permaneció quieta y le escuchó llenando una tetera con agua, abriendo un armario, poniendo una taza en la encimera, quitándole el envoltorio a una bolsa de té. No habló nada mientras esperaba que el agua hirviese y no salió de la cocina mientras esperaba que el té reposase en el agua.

Nueve minutos después, Miguel regresó.

—Lo tomaré con un poco de leche y…

—Lo tomas o lo dejas.

Sostenía la taza llena de té de color caramelo. Ya tenía leche. Olió el vapor. Y azúcar. Lo probó. Azúcar moreno. Como a ella le gustaba. Como si se lo hubiera preparado ella misma.

Miguel la miraba.

Sus manos se humedecieron al contacto con la taza.

—Tú me conoces —le dijo ella.

—Hemos mantenido correspondencia.

—¿Sobre cómo me tomo el té?

Él se sentó al otro lado de la mesa de café, en una silla, y preguntó:

—¿Por qué sigues aquí?

—Porque aún no me has echado.

—Aún. Lo dije en serio. No puedo ayudarte.

A lo mejor solo se había imaginado su tono de deseo previo. Tomó un sorbo.

—¿Cómo nos conocimos? —preguntó ella.

—Cubrí la campaña de tu padre un tiempo.

—Yo evité todo el tiempo cruzarme con ella.

—Soy periodista. Veo a gente que no quiere ser vista.

—¿Y cuándo te volviste uno de nosotros?

—¿Quiénes son nosotros?

—La gente que no quiere ser vista.

Miguel se encogió de hombros.

—No sé qué quieres decir.

—Dejaste el Statesman a los pocos días de mi accidente.

—Imagino que hubo mucha gente que hizo muchas cosas a los pocos días de tu accidente.

Aquella era una auténtica fiesta del té con el Sombrero Loco.

—¿Por qué dejaste los asuntos políticos?

—No lo hice. Solo dejé el Statesman.

—¿Por qué?

—Nuevas oportunidades.

—¿En Victoria?

—En una época sin cables —señaló su portátil sobre la mesa de café—. Ya sabes, las oportunidades están por todas partes.

—Eres obtuso e irritante.

Él se echó hacia atrás en su silla.

—Tú eres un peligro para ti misma.

Shauna se bebió el resto del té para darse tiempo a entender lo que él quería decir.

—¿Un peligro?

—Porque no sabes lo que estás haciendo.

—Ahí está: por eso, dime lo que estoy haciendo.

—No voy a ser yo el que te lo diga.

—¿Entonces quién?

Miguel cruzó las manos sobre su estómago. Señaló su taza con la cabeza.

—¿Ya has terminado con eso?

—Es una grosería deshacerse de un invitado.

—Es una grosería agotar tu bienvenida.

Shauna se quitó del borde del cojín del sofá y puso la taza medio llena en la mesita de café, con una idea en la cabeza. Se puso de pie y rodeó la mesa, se sentó en el otro extremo para estar rodilla con rodilla con Miguel, con sus espinillas casi rozándose.

Él se movió para poner algo de distancia entre ellos.

—No quieres que me vaya —dijo ella.

—También eres bastante narcisista.

Sus ojos parecían dolidos.

Ella se inclinó hacia delante y apoyó una mano sobre la rodilla de él, esperando una conexión, una imagen, un recuerdo.

¿Tenía algún control sobre aquella… aquella cosa, aquella habilidad, de alguna manera? Miguel observaba su mano pero no hizo ningún ademán de retirarse más lejos o quitarla de su rodilla.

—¿Por qué querría alguien matar a Corbin? —preguntó ella.

Parecía que no la había escuchado.

—Parecía que Corbin estaba convencido de que estaba metida en algo. Actuaba de manera —Shauna sopesó sus palabras— hermética. Protectora.

Aquellos sonidos musicales sacaron a Miguel de su ensimismamiento. Vio el desafío en la mirada de Shauna y cambió su postura, inclinándose sobre su cara.

—¿Quieres que te protejan?

—¿De qué rayos estoy en peligro?

Con un rápido movimiento él le tocó la barbilla y la mano, no como un amante, sino como un padre dándole una reprimenda a su hijo y reclamándole toda la atención. Cuando él apretó su mandíbula entre sus dedos ella se estremeció. Las arrugas de su frente se hicieron más profundas y sus ojos brillaron.

—Estás en peligro de todo lo que no crees que es peligroso.

—¿Tú eres peligroso?

—Sí.

Por un instante, Shauna pensó que él iba a besarla. O a golpearla. Se intentó deshacer de sus manos y cuando se vio inmóvil cerró los ojos y contuvo la respiración, esperando lo que fuera a pasar.

Aunque había estado esperando aquel momento antes, no estaba preparada para el destello de luz cuando vino: la brillante promesa de una percepción, la expectativa de un codiciado pedazo de información que Miguel no le daría por sí mismo.

Tampoco esperaba que a aquello le siguiera la oscuridad, inmediata y total y escalofriante. Se marchó sin nada.

La cabeza le daba vueltas como si hubiera sido lanzaba al otro lado de un campo. Abrió los ojos y extendió los brazos, con las palmas hacia arriba, mareada.

Miguel estaba a sus pies, retirándose de ella, su silla estaba volcada como si hubiera saltado y la hubiera golpeado. La miraba fijamente, sujetándole la cabeza con una mano, con el gesto de un hombre desesperado.

Él se inclinó y la agarró por el brazo, tiró de ella para ponerla en posición vertical con la mesa.

—De verdad, tienes que irte.

Esta vez no había discrepancia entre el significado de sus palabras y su forma de decirlas. La hizo salir fuera de la habitación.

Al pasar por el sofá, él se inclinó para recoger la carpeta del asiento, le plantó el sobre contra su pecho de manera que ella se vio obligada a tomarlo, y entonces, todavía sujetándola del brazo, la arrastró hasta la puerta.

—Hay cosas que necesitas olvidar —dijo él, abriendo la puerta de un tirón con su mano libre.

¿Qué había pasado? ¿Cómo se había torcido aquello tan rápidamente?

—Suenas como Wayne —se quejó ella, hundiéndose de nuevo bajo la carga de la decepción.

—¿Cómo quién? —Miguel apretó su brazo aún más fuerte y sus dedos empezaron a entumecerse.

—Wayne Spade. Un… colega. —La imagen de Miguel levantando aquel arma no abandonaría su mente—. Tú le conoces, creo. No te gusta, supongo. —¿Y por qué supones eso?

—¿Cuántos periodistas conoces que vayan por ahí amenazando con matar gente?

—¿Eso es lo que él te contó?

—No con esas palabras.

—¿Sabe Wayne que estás aquí? —preguntó Miguel.

Shauna negó con la cabeza. Miguel la liberó y ella se dejó caer sobre la pared, desesperada. Nada acerca de ese hombre o su papel en su vida pasada (real o imaginaria) tenía algún sentido. Él arrastró una mano bajo su pulcra barba, considerando su frustración. Ella se deslizó por la pared hasta quedarse en cuclillas y echó la cabeza hacia atrás.

—Shauna.

Cuando ella le miró de nuevo él estaba de rodillas allí delante. El sonido de su voz, ahora dulce, diciendo su nombre, le hizo resucitar la esperanza.

—Te estoy ayudando, pero ahora no puedes entenderlo. No sé lo que te parece todo esto, pero necesito que creas que es para protegerte. Es para tu bien.

Ella sacudió la cabeza.

—Shauna.

—Necesito algo más que eso.

—No puedo darte nada más.

—Quieres decir que no quieres.

—Quiero decir que no puedo.

—¿Por qué no?

Miguel resopló y cogió los zapatos que ella había lanzado un poco más allá. Él abrazó su pie derecho con su mano y le puso el zapato con un movimiento tranquilo, un gesto amable que empujó a su mente a abandonar toda otra idea aplastante de realidad, excepto una cosa: aquel pequeño bungalow en Victoria, Texas, debía ser el único lugar seguro en el universo para ella.

Hizo lo mismo con el pie izquierdo, y luego la ayudó a levantarse.

—Te diré una cosa que debes saber.

—Por favor.

—Wayne Spade no es tu amigo.

—¿Y si me dices algo que no sepa ya?

Miguel la miró. Soltó su mano y dio un paso atrás. Abandonada toda la ternura, puso una mano en su hombro y la dirigió hacia la puerta.

—No vuelvas aquí —dijo él.

Ella se dio la vuelta y él puso la puerta en medio de ellos. Escuchó cómo echaba el cerrojo.