Beso
Epílogo
La vista desde el muelle de la propiedad de mi padre es preciosa hoy, 13 de noviembre. El día de las elecciones. El cielo está azul y el río está verde y el aire está más calmado que de costumbre. Lando… (papá) y yo hemos decidido pasar el día al aire libre, lo más lejos posible de la radio y la televisión.
Rudy está en su silla al final del muelle, con los ojos cerrados y la cara girada hacia el sol. Está sonriendo. No puedo explicarlo y no quiero arruinar el momento intentándolo. Nuestro padre le sonríe.
Oigo los pasos de Miguel acercándose detrás de nosotros y me giro mientras desciende la pequeña ladera. El doctor Ayers camina a su lado, alto y elegante y tan derecho como una batuta. Aún no tengo recuerdos de mis sesiones con él, aunque Miguel me ha contado que sabe de ellas y me ha asegurado que de todos los doctores en los que podría confiar en este momento de mi vida, el doctor Ayers es el único.
Extiendo mi mano hacia él como saludo, y él me la toma con las dos suyas, escondiendo mis dedos entre sus grandes palmas. Acaricia mis nudillos. Creo que adoptaré a este hombre para que sea mi abuelo.
Sus ojos centellean.
—Así que dime, Shauna, ¿cómo se siente uno al haber conseguido su deseo?
—¿Mi deseo? —No puedo imaginar a lo que se refiere, pero espero que me lo cuente.
—Veamos. La última vez que hablamos tú solo querías olvidar todo el dolor de tu vida pasada. Tuvimos una pequeña discusión sobre ese punto, ciertamente.
Él sacudía mis dedos para bromear conmigo, y yo dudo de que realmente hayamos discutido. Pero entonces el destello de una imagen cruza como un rayo mis ojos, sobresaltándome: un caluroso aparcamiento, cuatro pisos por debajo de un gran ventanal.
¿Un recuerdo?
Mi memoria no ha retornado, pero los recuerdos de Miguel han rellenado muchos de los huecos. En un acto de confianza que nunca le agradeceré lo suficiente, Miguel me ha permitido averiguar cómo acceder a su mente sin llevarme nada, cómo mirar sin robar. Juntos hemos sido capaces de reconstruir nuestra historia en común: un esfuerzo que ha venido acompañado de algunos besos de excepcional belleza.
Acompaño al doctor Ayers a un grupo de sillas plegables que hemos colocado junto al embarcadero.
—¿Quién ganó la discusión? —pregunto yo, lo que lanza al doctor Ayers a un arrebato de carcajadas. Miguel y yo intercambiamos con delicia nuestras miradas y nos sentamos a su lado.
—Oh, yo siempre gano —dice él cuando recupera el aliento—. Los ancianos siempre llevamos razón.
No sé si todos los ancianos, todo el tiempo, tienen razón; pero es bastante fácil de imaginar con el doctor Ayers.
—Bueno, contestando a tu pregunta —sigo yo—, no estoy muy segura de lo que esperaba cuando quería olvidar. Pero creo que ahora tengo una perspectiva diferente de mi pasado. Una idea diferente de su valor, me refiero. Con todo su dolor.
El doctor Ayers se frota la esquina de sus ojos sonrientes, asintiendo.
—Sí, sí. Dolor o perspectiva —dice él—. Esa es la elección.
—No es una elección muy fácil, ¿verdad?
—Oh, eso depende.
—¿Qué quieres decir?
—Si eliges dolor (eliges luchar contra ello, negarlo, enterrarlo), entonces sí, la elección siempre es dura. Pero si eliges perspectiva (abrazas tu historia, reconoces el mérito que tiene para hacerte una persona mejor, con cicatrices y todo), la elección se hace cada vez más sencilla.
—Parece todo lo contrario.
—Sí que lo parece. Pero te digo que es verdad. Yo luché durante años contra ello igual que Jacob luchó contra Dios. ¿Cómo si no se me habría vuelto blanca esta maraña de pelo negro? —dijo él señalando sus rizos.
Me incliné sobre el respaldo de mi silla y giré mi cara hacia el sol, como Rudy. No estoy segura de coincidir con el doctor Ayers, pero los agujeros negros que todavía permanecen en mi pasado sugieren que tiene razón. Otra vez. Sea lo que sea que aprendí o que gané o que desarrollé de aquellas experiencias, se ha ido para siempre. He perdido una parte de mí misma con ellas.
Además, este hombre debe llevarme al menos cincuenta años de vida de ventaja para demostrarme que me equivoco.
—Así que, ¿qué te dijo Dios cuando luchaste contra él?
—Acuérdate de que fuiste siervo en Egipto.
Yo levanté la cabeza.
—Qué críptico.
—No del todo. Es la Biblia. Esta gente estuvo oprimida por sus enemigos.
—¿Y él quiere que mantengas eso delante de tus ojos? ¿Quiere que estés centrado en la época más oscura de tu vida? ¿Cómo puede eso hacer algún bien?
El doctor Ayers cruza sus manos sobre su delgado abdomen y fija sus ojos en los míos. Aunque las arrugas de sus ojos se hacen más profundas en las esquinas, su mirada me dice claramente que no me debo perder lo que está a punto de decir.
—Él quiere que recuerdes que te libró de aquella época, Shauna. Ese es el motivo de guardarlo en la memoria: liberación, no oscuridad.
—Perspectiva, no dolor —murmuro yo.
—Ahora, querida, creo que lo vas entendiendo.