Beso

Ted Dekker · Capítulo 38 de 47

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Beso

Capítulo 36

Shauna condujo por la medianoche hacia la mañana del jueves diez kilómetros por encima del límite de velocidad, aún sabiendo que pocas cosas podían ser peores en aquel momento que ser parados por una patrulla de la policía. Un colapso nervioso podría entrar en esa categoría. El reventón de un neumático. Quedarse sin gasolina.

No tenía sentido preocuparse por eso. Tenía que aferrarse a lo que podía controlar.

—¿Sabes cómo llegar hasta Wayne? —le preguntó a Frank justo después de medianoche. Él iba en el asiento del copiloto, y se había negado a abrocharse el cinturón de seguridad sobre su pecho magullado.

—¿Crees que va a tomar la llamada de un hombre muerto?

—Pensé en mandarle un mensaje de texto.

—No desde mi teléfono.

Shauna le pasó el teléfono de Miguel a través del asiento.

—Usa este.

—¿No te sabes su número? —se quejó Frank.

—Nunca lo memoricé. Y no tengo el teléfono en el que lo guardé. Y estoy conduciendo.

—¿Qué le digo? —Frank empezó a apretar los botones.

—«¿Dónde se supone que debo ir?» —Frank lo tecleó y lo mandó.

No hablaron hasta que el teléfono empezó a vibrar cuando llegó la respuesta. —«Me conmueve que recuerdes mi número, muñeca»— leyó Frank.

—Espera un momento —dijo Shauna.

Un minuto más tarde el teléfono vibró de nuevo.

—«¿Dónde estás?» —leyó Frank.

—Dile que en la 71 con la 10.

—No estamos tan lejos todavía.

—No importa. Si no sabe dónde estamos, apostaría que el teléfono no tiene GPS.

—Por narices que no lo tiene. Esta cosa es un fósil. Me sorprende que pueda mandar mensajes de texto.

—Díselo.

Frank tecleó, y después se rio.

—Dice: «Ve hacia el este por la 10».

Shauna echaba humo.

—Sabelotodo.

—Yo puedo llamarle si tú eres muy tímida.

Ella extendió su mano para que él le devolviese el teléfono de Miguel, y luego lo lanzó a su regazo.

—No vamos a oír de él por un tiempo.

Frank reclinó su cabeza sobre el reposacabezas y cerró los ojos.

—MMV tiene un almacén en el Houston Ship Channel.

Shauna giró bruscamente la cabeza hacia la derecha, casi desgarrándose uno de los músculos del cuello.

—Eso hubiera sido bueno saberlo.

—No hay tiempo que perder.

—Aún. ¿Sabes dónde está?

—Nunca estuve allí.

—¿Cuál es la dirección?

—Lo siento.

—Entonces cállate la boca hasta que tengas algo útil que decir. —Se sintió mal por estar más antipática de lo normal.

Frank se adormiló, sonriendo.

¿Qué hacer cuando llegaran a Houston? Una gran parte dependía de Wayne.

Una gran parte dependía de ella.

Necesitaría dar algunas cosas por supuestas, hacer algunos planes.

Primera suposición: Miguel no estaba muerto. Reconocía que podía ser más una ilusión que una conjetura contrastada, pero aun así se aferraba a ella. Si no podía asumir que él estaba vivo, nada más importaría.

Nada más. Con el pulgar de su mano derecha Shauna giraba el anillo sobre su dedo. Una vez. Dos veces. Otra más.

Segunda suposición: Wayne mataría a Miguel tan pronto como ella apareciese. Si se mantenía fuera del alcance de Wayne, ¿podría ella mantener a Miguel vivo más tiempo? No estaba segura de eso.

¿Qué quería Wayne que hiciese? O, más exactamente, ¿qué quería Wayne hacerle a ella? No pensaba que quisiera matarla. Era un movimiento demasiado arriesgado para él a la luz de lo que había acontecido, con todas las sospechas que había levantado alrededor de las circunstancias de su accidente.

Asesinar a Miguel, por otro lado, no le costaría nada a Wayne. Continuaba girando el anillo, y luego cerró su mando derecha, dejando impreso el diamante sobre su palma.

La razón detrás del atentado de Wayne contra su vida fue proteger el descubrimiento y la información. Y tanto lo creía que podía hacer razonablemente la suposición número tres: Wayne y Trent seguirían adelante con sus amenazas de borrar su memoria de nuevo. Y esta vez podría esperar medidas más extremas. No se podían arriesgar a que ella supiera nada, o a que recordara algo que alguna vez supo.

Contuvo la respiración y llegó a su suposición final: esconderían a Miguel de ella. No se podían arriesgar a que ella supiera dónde estaba, nunca, en ningún momento.

Wayne nunca se lo diría.

Nunca volvería a ver a Miguel.

Aquella probabilidad envió a su torrente sanguíneo un nuevo miedo palpitante. Necesitaba averiguar dónde estaba Miguel. Necesitaba que Wayne se lo dijese.

Necesitaba obligar a Wayne a que se lo dijese.

¿Cómo?

Shauna se quitó el anillo de compromiso de platino de su dedo anular derecho. Sujetándolo con las dos manos mientras sujetaba en equilibrio el volante, intentó captar la luz de la luna en el diamante. Demasiado oscuro. La piedra brilló con poco entusiasmo bajo las luces de la autopista.

Miguel Lopez le había salvado la vida… ¿cuántas veces? Dos que ella recordara, y una que había olvidado. Le había salvado la vida y se apartó de su lado.

Aquello era amor. Sin duda, lo reconoció como el género más profundo posible de amor.

Y sí, ella le amaba también de la misma manera. Se lo podría demostrar. Si lo encontraba.

¿Cómo le encontraría?

Shauna deslizó el anillo sobre su mano izquierda.

Su pequeño truco inteligente de robar recuerdos, su habilidad de bicho raro, no valía nada ya con Wayne. Él sabía que ella podía hacerlo, aunque no pudiera comprenderlo. Para echarse a llorar, ella le había contado que podía hacerlo, ¡entregándole la información en bandeja de plata! En aquel entonces ella pensó que eso la mantendría con vida. Ahora le parecía que todo hubiera ido mejor, para Miguel al menos, si hubiera mantenido la boca cerrada.

Wayne no se pondría al alcance de su mano si podía evitarlo.

¿Cuáles eran sus opciones? Le lanzó una mirada a Frank. Su fuerza podía ayudarla. De todos modos, esa era su idea inicial al traerle con ella. Quizá podría hacer que él dejara a Wayne fuera de combate, y ella podría besar al hombre (se estremeció) mientras estaba inconsciente.

Suponiendo que Wayne no estuviera escoltado por miles de aduladores dispuestos a cumplir sus órdenes. Suponiendo que ella y Frank no estuvieran atados y amordazados en el momento en que Wayne los localizase. No había manera de estar segura. No había forma de hacer un plan para cada eventualidad. Demasiadas cosas que no sabía. Demasiadas suposiciones que podían ir mal. Su mente volvió a su imagen de Wayne, noqueado e inconsciente sobre el suelo de algún callejón trasero. Incluso aunque ella y Frank pudieran llegar tan lejos, no sabía si podría agarrar algo de una persona inconsciente. Necesitaba un contacto (eso era muy fácil) y necesitaba un acceso. Vulnerabilidad. Franqueza. Una voluntad libre que dijera que sí a su demanda.

No estaba segura de conseguir aquello de alguien cuya mente no fuera totalmente consciente de lo que le rodeaba.

Desechó esa opción.

Podría drogarle.

El mismo problema asomó la cabeza, además del hecho de que ella no tenía acceso a ninguna clase de narcóticos que pudieran hacer lo que ella necesitaba, concretamente, mantenerle consciente y sedado.

Pinchó a Frank en el brazo. Él se revolvió.

—¿Frank, tienes algún contacto con drogas?

Él frunció el ceño y cerró los ojos de nuevo.

—Te dije que ese no es mi territorio.

—¿Sabes si es el territorio de alguien?

—No. Ahora déjame dormir hasta que te aclares.

—Gracias por la ayuda.

Podía fingir un giro de ciento ochenta grados, una completa conversión completa a cada uno de los consejos que él le había ofrecido hasta entonces. Frank sería su prueba, la evidencia de que ella estaba ahora de su parte, que si él la incluía en sus planes, ya fueran complejos o ilegales, ella lo olvidaría todo. Podría hablar su propio lenguaje. Derribar la cautela que sostenía sus defensas, seducirle con un toque, un beso cariñoso. Hacerle creer que su propia comedia preocupándose por ella era auténtica.

El estómago de Shauna dio un vuelco. Imposible. No podría convencerle bajo aquellas circunstancias. Él nunca la creería. Incluso pensar en aquello hacía que sus manos temblaran. Lo que había hecho con Frank marcaba la frontera de su habilidad.

Además, se suponía que Frank estaba muerto.

Podía debilitar a Wayne de alguna manera. Físicamente. Apuñalarle como él la había apuñalado. Se burló de la fragilidad de su propia mente. Como si ella pudiera siquiera tocar a un exmarine si él no quería. Un exmarine entrenado en alguna clase de arte marcial que de la que ella nunca había oído hablar. Frank podría, quizá, pero Shauna no podía arriesgarse a que Frank le matase.

Wayne necesitaba estar vivo. No habría otra forma de encontrar a Miguel.

No veía manera de averiguar, de parte de Wayne, dónde podía estar Miguel. En ese caso, desecharía la cuarta suposición. Podía esperar que Wayne la guiase hasta Miguel y permanecer en la sombra.

¿Y luego qué? ¿Los mataría a ambos?

Shauna sintió que su desespero se resbalaba por sus hombros y abría paso a una nueva furia. Odiaba a Wayne Spade, odiaba que le hubiera robado una y otra vez y que seguramente lo fuera a hacer una más. Lo que él le había hecho era nada menos que una violación de su mente, un saqueo de sus pertenencias más preciadas: su memoria, su historia, su viaje, su identidad.

Le había robado a su hermano. Había amordazado al hombre que amaba. Había puesto a su padre en su contra. Había torcido la verdad. La había traicionado con una amistad impostada y un falso sentido de seguridad. Él la apoyó sobre un andamiaje de mentiras que se cobró vidas cuando empezó a derrumbarse.

Incluso había intentado matarla. Ahogarla…

Una idea le vino a la mente con la sorpresa de un cubo de hielo lanzado sobre su cara.

Que incluso fuera capaz de pensarlo la hacía estremecerse. ¿Sería capaz de algo así? Estudió las manos de Frank, esas anchas manos con largos dedos. ¿Sería ella capaz de convencer a alguien de algo así?

Sí, sí que lo era.

Por el bien de la vida de Miguel, lo era. Por honor a la verdad, la justicia y por enderezar lo torcido, estaba totalmente segura de que lo era.

Pilló a Frank despierto, mirándola. Sostuvo su mirada más tiempo del que era seguro, hasta que volvió a mirar a la carretera por su bien.

Él la ayudaría.

Si no los mataban a ambos sobre la marcha.

—Deja que te cuente lo que estoy pensando —dijo ella.