Beso

Ted Dekker · Capítulo 44 de 47

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Beso

Capítulo 42

Shauna descansaba sobre una cama plegable en la habitación del hospital de Houston de Miguel, mirando el techo. No estaba segura de la hora que era, o de qué día, o de si algún día se movería de aquel lugar. No le importaba si debía ducharse, si debía comer, o si debía contestar el teléfono si sonaba de nuevo.

En cuatro días Miguel no había mostrado ningún signo de estar recuperando la consciencia. Shauna interrogó a los médicos que le atendían sobre el estado de Miguel. No tenían una imagen clara de su estado mental. Estaba estable y probablemente sobreviviría a aquella terrible experiencia, pero los detalles precisos tendrían que esperar hasta que se despertara.

Los doctores Carver, Siders y Harding y algunos trabajadores del Centro Médico Hill Country habían sido arrestados en sus casas según salían para el trabajo el jueves por la mañana, por su papel en falsificar y tergiversar los ensayos clínicos de MMV con medicinas experimentales. Aquella información no fue del todo útil para los médicos de Miguel. Aparentemente les llevaría más de cuatro días descubrir la verdad.

El doctor Siders admitió que le había inyectado MDMA a Shauna mientras estaba en la sala de emergencias.

Frank Danson fue arrestado en Denver el sábado cuando intentó usar una de las tarjetas de crédito de Miguel. Se le incriminó el asesinato de Corbin, pero el abogado defensor de Frank estaba planeando negociar una reducción de condena por la «ayuda» de Frank para traer a Wayne Spade ante la justicia. El Jeep había sido recuperado, junto con el cuchillo de mango de perla y los medicamentos administrados a Shauna.

Trent Wilde murió de camino al hospital, con un tiro limpio al corazón por uno de los agentes encargados de defender al senador. Después de una evaluación estándar, Landon esperaba que fuera restituido.

Las llamadas de teléfono, correos electrónicos y documentos confiscados de los ordenadores de Wayne y Trent implicaron a Leon Chalise en la red. Fue arrestado el jueves por la tarde, diez minutos antes de que tomara un vuelo rumbo a Brasil.

Patrice McAllister confesó que había colocado el MDMA en el coche de Shauna y en su apartamento. Se acogió a la Quinta Enmienda en relación con su papel en la operación de tráfico.

Todos los cargos contra Shauna fueron retirados.

Wayne Spade pensaba que era un estudiante del Estado de Arizona llamado Wayne Marshall, que llegaba tarde al entrenamiento de fútbol, y que tenía resaca después de una dura borrachera. Su abogado estaba tramando alegar locura en el juicio.

Sin eso, Wayne se enfrentaba a una posible cadena perpetua por liderar la red de tráfico y blanqueo, añadiéndole un consejo de guerra por su deserción en Irak, y otra posible cadena perpetua por el intento de asesinato de Shauna McAllister. Si era implicado como cómplice en el asesinato de Corbin Smith, podría enfrentarse a la pena capital. Y él no recordaba nada.

Landon abandonó la carrera presidencial el viernes por la mañana, cuando la exclusiva de Scott Norris llegó a los teletipos de la agencia de noticias estadounidense. Las acciones de la MMV de Landon tocaron fondo a la media hora de su retirada, dejándole con muy poco para pagar las indemnizaciones a sus otros accionistas y a los empleados que habían perdido su justa porción de los beneficios. Su contable estimó que le llevaría años poder salir del agujero. Su abogado dijo que era muy pronto para decir si Landon cumpliría condena por su papel en la manipulación de los registros, pero podían esperar una condena y un tiempo mínimo de prisión.

Renunció a su liderazgo de la junta de MMV el viernes por la tarde, y dimitió de su puesto de senador mientras la gente salía del trabajo temprano para irse de fiesta. Para el viernes por la noche, ya había regresado a casa, había despedido a todo su personal excepto a Pam Riley y se durmió echado sobre los pies de la cama de su hijo.

En treinta y seis horas había perdido su carrera, su negocio, su sustento, su mujer y su mejor amigo.

Todo lo que conservaba eran sus hijos, justo lo que tenía hacía más de dos décadas cuando Xamina murió.

Shauna miraba la humillación de su padre sin alegría.

Y cuando su propio interrogatorio con todas las autoridades competentes y con unos pocos psicólogos terminó bien entrada la tarde del sábado, se había instalado junto a Miguel, desplomándose sobre el colchón, exhausta y llorosa. Ríos de lágrimas impregnaron su pelo y su cuello.

Se dormía y se despertaba. Parecía que no hubiera dormido en absoluto. Alguien estaba golpeando la puerta, y deseó que cesase el ruido y volviera el silencio.

El pomo de la puerta giró. Un foco cegador de luz cayó sobre sus ojos cerrados y cruzó los brazos sobre su cara como escudo.

La puerta se cerró y alguien entró en la habitación.

Ella olió la loción de afeitado de su padre.

—Shauna, cariño.

Su voz llevaba inflexiones que no había escuchado antes de él. Esperanza. Afecto. Pena. Con su mano libre él apartó el brazo de ella de sus ojos y tocó con los dedos el anillo de Miguel.

—Shauna, ven, siéntate con nosotros.

Durante dos horas Shauna se sentó al lado de Miguel junto a su padre, estudiando cada línea y cada poro de la piel de la cara de su prometido, y sujetando su mano.

Después de una hora de silencio, Landon dijo:

—He ido a la iglesia esta mañana.

Shauna apartó los ojos de Miguel y redescubrió a su padre.

—No había ido a la iglesia desde que tu madre murió.

Shauna no había pensado en la iglesia durante años. Ella retiró su mano y se secó la palma en los mugrientos jeans que hacía casi cinco días que llevaba puestos.

—El predicador estaba hablando del libro de Apocalipsis. No escuché nada de lo que dijo excepto el trozo de la Escritura: «Recuerda dónde estabas y de dónde has caído». —Él volvió sus ojos a Shauna—. «Arrepiéntete y trabaja como entonces lo hacías».

»Shauna, cielo, he olvidado muchas cosas importantes, cosas que tu madre solía poner delante de mis ojos. Te aseguro que este es un nuevo comienzo para mí. Espero —carraspeó—, espero que puedas perdonarme.

Shauna le miró fijamente, casi sin creerse cómo los años de heridas y rechazo se iban en un momento. Quería un nuevo comienzo con su padre. Lo había querido durante mucho tiempo. Las palabras que quería pronunciar se le hacían un nudo en la garganta, así que apretó su mano contra la de él hasta que pudo recuperar la voz.

—Sí —dijo ella—, te perdono.

Después de eso, ninguno de los dos McAllister dijo nada; sus presencias, una junto a la otra, decían suficiente por el momento.

A las siete en punto la inquietud la obligó a salir de la habitación. Necesitaba caminar y alejarse de las dudas. ¿Y si Miguel no se despertaba nunca? ¿Y si se despertaba y no podía recordarla? ¿Y si los efectos de las drogas que ella y Miguel habían recibido eran irreversibles?

Tomó prestado el coche alquilado de Landon y encontró un centro comercial, compró un par nuevo de pantalones y una blusa sin probárselos, se bañó en el hotel de él y regresó al hospital. Landon había seguido sentado con Miguel en su ausencia. Mientras volvía a la habitación de Miguel paró en una cafetería y compró un sándwich de atún y una manzana para compartirlo con su padre. Shauna se lo comió en tres bocados.

Landon se fue a las nueve.

Shauna permaneció en estado de letargo y se despertó antes de que se levantara el sol. Reanudó su estudio de la cara de Miguel, buscando una manera de recordar cualquier cosa que hubiera sabido de él sin necesidad de robarla. No encontró nada.

Nada, aparte de un amor cada vez mayor.

A las diez alguien golpeó la puerta. Shauna se giró y una joven mujer con un vestido a rayas de color caramelo se asomó y susurró:

—¿Puedo traerle algo? ¿Algo para beber? ¿Una manta?

Shauna se la quedó mirando. La chica apenas tendría dieciséis años, más o menos. Su impecable cabellera negra estaba recogida en una coleta, y su piel de color bronce resplandecía con la misma jovialidad que irradiaba de sus ojos sonrientes.

Sus ojos de dos colores diferentes. Marrón y castaño. Igual que los de Khai.

Shauna se la quedó mirando boquiabierta.

—Lo siento. Tus ojos. Son preciosos.

La chica se rio.

—No pasa nada. Son un buen principio de conversación, ¿sabes? ¿Cuánta gente conoces que tenga heterochromia iridum? Como yo lo veo, puedes aprovecharte de ello o puedes ser un monstruo. Yo prefiero lo primero.

Shauna asintió y añadió:

—En realidad, te pareces a alguien que conozco.

—¿Te refieres a los ojos? Sería asombroso si pudiera conocerle algún día. Bueno, solo me he encontrado con otra persona en toda mi vida. Es genético, ya sabes. Mi padre dice que significa que puedo ver todos los matices del mundo.

—Un padre listo.

—El más listo.

Shauna echó un vistazo a la chapa identificativa de la muchacha. Amy Mitchell.

—Bueno, si no necesitas nada debería irme.

—Gracias —dijo Shauna—. ¿Podré verte de nuevo, tal vez? Te podría presentar a mi amiga.

—Apuesta que sí.

Amy dejó la habitación y Shauna continuó mirando el espacio que ella había ocupado. No había manera de saber si era la hija de Khai. Las posibilidades eran del tamaño del filo de una hoja de papel. Y aun así…

Las sábanas de Miguel crujieron. Shauna se giró. Él la estaba mirando.

—Miguel.

Él cerró los ojos como si tuviera un impresionante dolor de cabeza, y luego los abrió de nuevo. Respiró muy profundamente.

—¿Te duele? ¿Llamo al doctor? —Shauna se agarró de la barandilla junto a su cabeza y se deslizó hacia él sobre su taburete con ruedas.

Él despegó la mano de la cama. No.

Ella descansó su barbilla sobre sus manos. Oh, quería tocar su cara, sujetar su mano, ¡besarle! Quería una evidencia tangible de que no estaba gravemente dañado.

De que la recordaba. No se sentía con el valor suficiente para preguntar.

Él giró su cara hacia ella y la miró fijamente un buen rato, su pelo, su cara, sus manos.

—¿Qué te ha pasado? —preguntó él.

Shauna se enderezó y se tocó su piel magullada con la mano izquierda. Las lágrimas brotaron de sus ojos, pero no porque su piel estuviera dolorida. Él había olvidado.

Ella tragó saliva y forzó una voz segura.

—Me resbalé por el hueco de una escalera. —Eso fue todo lo que pudo decir. Miguel se movió sobre su costado y puso su mano sobre la que ella tenía en la barandilla. Una pequeña sonrisa se asomó por su mejilla.

—No, preciosa. Te cambiaste el anillo de mano. Quiero saber qué pasó.

Su alivio se convirtió en una carcajada. Ella se cubrió la boca, y sus lágrimas se desbordaron.

—Recordé que te quiero —dijo ella.

Él cogió la mano de ella y la llevó hacia él, besándole la palma. Ella se puso en guardia sobre su corazón y su mente.

—Miguel, no te arriesgues…

Él le besó aún más fuerte la mano, y luego la puso sobre su mejilla sin afeitar y la mantuvo allí.

—No quiero hacerte daño…

—Shauna, ya te dije una vez que no podrías llevarte nada de mí que yo no quisiera darte libremente.

Ella sacudió su cabeza. De lo que ella era capaz de hacer… ni siquiera Miguel lo sabía.

—No te cierres a mí —dijo él—. No lo hagas.

—Pero…

—Tienes que confiar en mí.

—Confío en ti. —Pero no confiaba en ella misma, el factor desconocido en aquella ecuación.

—Estoy bastante seguro de que me dieron algunas de las drogas que te dieron a ti. —Miguel le guiñó un ojo—. No puedo recordar la dirección de mi casa. Tal vez nos anulemos el uno al otro.

—Lo dudo…

—Necesito que te calles ahora.

Y yo necesito que me salves de nuevo.

Miguel levantó la mano para atraerla más cerca de él, y Shauna bajó su defensas, dispuesta a creer que el amor que ella tenía por él podría rellenar los lugares vacíos de su corazón porque él quisiera llenarlos, y no porque ella se lo demandase.

Ella dejó que la besara.