Beso
Capítulo 2
Wayne sujetaba el codo de Shauna y la ayudaba a caminar por el blanco pasillo. Ella había insistido en caminar en esta ocasión, desesperada por dejar la silla de ruedas, y decidida a dejar el hospital tan rápido como fuera posible. Ya era miércoles.
Después de un día de oscilar entre la consciencia y la inconsciencia, seguido de dos días enteros de escáneres, pruebas, muestras, interrogatorios y estudios, tenía aún más preguntas que la primera vez que se despertó.
Pero no había más respuestas. Todos se negaron a hablar de Rudy y eso la estaba volviendo loca.
—No puedo creer cuánto has progresado ya —dijo Wayne cuando su energía flaqueaba. Ella se tomó un descanso y se apoyó en la pared—. Eres increíble.
Ella buscó sus ojos.
—Por favor, Wayne. Cuéntamelo.
—¿Contarte el qué?
—Lo que nadie más va a hacer. Sobre Rudy.
—Ya hemos hablado de ello —su tono reflejaba más tristeza que impaciencia—. Shauna, me han contado lo mismo que te han contado a ti. No puede ser tan terrible cuando le han mandado a casa.
—¡Esto es ridículo! ¿A qué viene tanto secretismo?
—Él está en casa. Y tiene los mejores cuidados que el dinero de tu padre puede comprar.
—¿Así que todo lo que podemos saber es que le han mandado a casa para morir?
Wayne se rio entre dientes.
—Vaya… Realmente te vas a lo peor, ¿no?
—No te rías de mí. —Shauna comenzó a caminar de nuevo.
Él se despejó y se puso a su lado.
—Solo quiero decir que tu padre no estaría de viaje si ese fuera el caso.
—¡Esto es de locos!
—Estoy seguro de que es por tu bien. Trent se ha estado preocupando por todo…
—Mi padre tendría que haber estado en su lugar. Pero él nunca estuvo donde se le necesitaba, ¿no?
—Ahora está volviendo sobre sus pasos.
—Eso he oído.
Wayne no le contestó. Realmente, ¿qué le podía decir? Shauna no le deseaba a nadie la dinámica disfuncional de su familia.
—Gracias por todo lo que has hecho estos pocos días.
—De nada.
—Me siento muy mal por no… por no…
Wayne le puso un dedo sobre los labios, provocándole a ella una ligera descarga de electricidad estática. Se estremeció. Él la miró sorprendido, y luego le lanzó una amplia sonrisa.
—No te preocupes por nada de eso —dijo él—. Lo iremos descubriendo en la medida en la que avanzamos. Ahora mismo tienes cosas más importantes de las que preocuparte.
Puso su mano entre sus omóplatos y la dirigió hasta la oficina, frotando su espalda con dulzura.
El doctor Siders ya estaba allí, con su cuerpo larguirucho doblado en una silla demasiado pequeña para él. La oficina estaba pintada sin inspiración alguna, en tonos malvas y verdes que no lograban su objetivo de calmarle el ánimo. Los colores chocaban con el excesivo orden de las sillas y con el caos del papeleo en cualquier superficie plana disponible.
—Esperaré fuera —dijo Wayne.
—Te puedes quedar.
—Esto es un asunto personal —dijo Wayne—. Después me contarás tanto como te parezca. Estaré aquí para ti.
Su delicadeza le tomó ventaja a sus nervios. Podía presionarle para conseguir información sobre Rudy hasta que le contara lo que quería oír o hasta que se despidiera de ella.
La doctora Millie Harding, psiquiatra temeraria con el pelo rojo y ensortijado y pintalabios llamativo, se cruzó en el camino de Wayne junto a la puerta, y después saludó a Shauna con una suave caricia en el hombro.
Shauna casi ni lo notó.
—Me prometiste contarme lo de Rudy —le dijo al doctor Siders.
—Por supuesto, Shauna. Pero tú eres nuestro principal asunto ahora mismo. Déjanos que te pongamos al día para acelerar nuestras evaluaciones, y entonces…
—Me he pasado tres días imaginando lo peor.
—Tienes una crisis terrible que afrontar —dijo la doctora Harding. Su voz grave sugería que había fumado durante décadas—. Perder la memoria es suficiente catástrofe para procesar. Una cosa cada vez, cariño.
—Solo si alguien dijera «Rudy está bien», yo podría…
La puerta se abrió de nuevo y dejó pasar a un hombre arrugado que parecía sacado directamente de la década de los ochenta. Llevaba una chaqueta marrón de pana y una corbata color verde hoja. El pelo castaño claro se le ondulaba en la frente.
El doctor Siders se puso en pie.
—Rudy está bien. Shauna, deja que te presente al doctor Will Carver.
—Tienes un aspecto estupendo, Shauna —dijo el doctor Carver, sacando y metiendo sus manos de los bolsillos del pantalón. No se sentó cuando el doctor Siders lo hizo—. Estamos encantados.
—El doctor Carver ha sido el encargado de la supervisión de la investigación clínica de las nuevas medicinas que te hemos administrado durante tu coma, Shauna.
—¿Nuevas medicinas?
—De un ensayo clínico que está todavía en sus comienzos. Tu padre accedió a inscribirte en el protocolo de acceso expandido…
—Mi padre.
El doctor Carver dudó.
El doctor Siders dijo:
—Tú sabes que este hospital está estrechamente relacionado con la investigación y el desarrollo de McAllister MediVista.
Shauna no tenía ni idea.
—¿Qué protocolo, entonces?
—De acceso expandido —dijo el doctor Carver—. En pocas palabras, está reservado para situaciones excepcionales en las que los médicos creen que algunas medicinas experimentales, incluso en una fase temprana de su desarrollo, son la única esperanza de recuperación para un paciente.
—No podemos explicar de ninguna manera cómo caíste en coma —dijo el doctor Siders—. No tenías evidencias de daño cerebral, ni ninguna otra explicación para tu estado.
—Posiblemente una sobredosis de alguna droga empuje a una persona al coma — dijo el doctor Carver. El doctor Siders le miró con el ceño fruncido.
—¿Sobredosis? —repitió Shauna.
—El análisis de sangre detectó trazas de MDMA en tu cuerpo, suficiente como para hacerte peligrosa al volante…
—¿MD qué?
—Éxtasis. Es imposible saber cuánto habías tomado realmente…
—¡Nunca he tomado nada!
Incluso aunque no pudiera recordar, Shauna sabía, en la parte más profunda de su ser, que nunca hubiera hecho algo así. Nunca.
¿O sí?
—Las pruebas eran bastante…
El doctor Siders levantó ambas manos.
—Vamos a tomarnos las cosas con calma. Nadie está siendo atacado aquí. El doctor Carver levantó sus ojos marrones pero al final se sentó y dejó que el doctor Siders siguiera con la explicación.
—Cuando tu coma entró en la segunda semana, el senador McAllister ordenó a la rama farmacéutica de MMV que llevara tu caso. Las posibilidades de total recuperación en pacientes en coma decaen bruscamente tras la quinta semana. Incluso sin un daño cerebral del que preocuparse, todos fueron apremiados con la necesidad de que tú volvieras en sí, si se podía, antes de ese límite.
Shauna estaba segura de que casi toda la presión la había realizado la campaña de su padre. MMV estaría encantado de poner sus manos en ella en medio de la campaña presidencial. Tenía sentido, al menos en cuanto tuviera que ver con generar simpatía hacia el favorito. Esa clase de descubrimiento en una crisis personal sería grandiosa para los votantes con un corazón compasivo.
El doctor Carver se aclaró la garganta.
—Hemos estado probando las aplicaciones de un nuevo combinado de sustancias para pacientes con trauma, y creímos que estimularía tu cerebro para salir del coma. Nuestra teoría es que tu cerebro se colapsó como resultado de algún tipo de shock devastador, más que por un daño físico.
—¿Está diciendo que mi cerebro no pudo sobrellevar un simple accidente de coche?
—Es demasiado fácil, Shauna, pero sí. Esa es la idea, de todos modos.
—Y tus test psicológicos han corroborado esa teoría hasta ahora —dijo la doctora Harding.
El doctor Carver tomó la voz.
—Ese cóctel incluye una complicada combinación de ansiolíticos, incluyendo propanolol y Dcicloserina; ¿has oído hablar de ellos? —Shauna negó con la cabeza —. También lleva otras pocas cosas más. Originalmente fue desarrollado para tratar problemas como la hipertensión, pero en los últimos años han tenido éxito en el tratamiento de víctimas de crímenes violentos, lesiones de guerra, esa clase de cosas. Reducen el estrés del paciente y aceleran su tiempo de recuperación.
—¿Borrándoles la memoria? —preguntó ella.
La doctora Harding negó tan fuerte con la cabeza como para darle volumen a su espesa mata de rizos.
—No, no, no… Aunque no sería raro que este tipo de tecnología alcanzara algo más. No, esta medicación lo que hace es suprimir la intensidad de las emociones asociadas a tu memoria. Su impacto se vuelve menos traumático a largo plazo.
¿Menos traumático de lo que han sido los últimos tres días?
—¿Y esa medicación funciona dos semanas después del suceso?
El doctor Carver cruzó los brazos.
—En tu caso lo hizo, aunque no sabemos cómo. La fórmula de MMV es única, porque incorpora la última tecnología fármacogenética.
Él dudó, como si explicárselo a ella fuera un insulto. Era, después de todo, la hija del fundador y presidente de MMV. Cuando ella parpadeó, continuó:
—Eso significa que adaptamos el equilibrio químico de los medicamentos para que combinen con tu respuesta personal a cada elemento; una respuesta determinada por tu código genético particular.
Shauna parpadeó de nuevo.
—¿Os habéis metido con mis genes?
El doctor Carver soltó una risita entre dientes, y a Shauna le pareció irritante. — No, nos hemos «metido» con las medicinas, basándonos en lo que sabemos acerca de tus genes.
La carga de su ya pesado corazón aumentó. Había tomado drogas (increíble), y había sido drogada, y ahora su cabeza era un agujero negro del que quizá no podría salir nunca. Le empezaron a temblar las manos. Deseó que Wayne se hubiera quedado.
—Es complicado, aunque progresivo. Te mantendremos con el tratamiento durante unas cuantas semanas más, y lo iremos disminuyendo según vayamos notando tu mejora. Pasaré más tarde para repasar la medicación contigo. —Desde luego— dijo el doctor Siders, —tu recuperación no puede ir mejor. Ya has progresado hasta ahora más rápido de lo que esperábamos.
—Quiere decir físicamente.
—Tienes poquísimas lesiones para un accidente tan violento como este. Algún trauma en tu abdomen, en su mayoría cortes por los cristales. Pensamos que pasó después del accidente, cuando saliste del coche. Pero no tienes daños internos. Ni siquiera un hueso roto.
—Puede que debas darle las gracias al éxtasis por ello —dijo el doctor Carver.
Las mejillas de Shauna se encendieron. ¿Eso era posible? ¿Por qué no podía recordar? A su desesperación se le sumó el elemento extra de la frustración.
—¿Y qué hay de mi mente?
El hombre se giró hacia la doctora Harding.
—Piensa que tu mente está protegiéndote de algo que sabe que no podrás manejar —dijo ella.
—¿Crees que el trauma del accidente fue lo que causó mi pérdida de memoria?
—Es el culpable más convincente.
—¿No todas esas drogas experimentales?
—Es poco probable.
—Pero ¿cuándo recordaré?
—Cuando tu mente esté lista. No es algo que puedas forzar o precipitar.
—¿Cómo puedo… contribuir?
—¿Es eso lo que quieres?
Shauna no estaba segura. Pero si tenía que tomar una decisión en ese momento, se inclinaría hacia el sí. Moriría cayéndose en aquel enorme agujero lleno de nada. Más importante aún, su silencio con respecto a Rudy solo podía significar que ella era responsable de alguna horrible tragedia, un daño indescriptible que le hubiera causado. ¡Debería ser castigada por ello! Y si ellos renunciaban a castigarla, ella se encargaría de hacerlo recordando cada detalle.
—Sí.
El doctor Carver carraspeó.
La doctora Harding inclinó su cabeza hacia un lado y reflexionó su respuesta durante bastantes minutos.
—Para mucha gente la amnesia es traumática al principio, y luego se dan cuenta de que es más que un favor. No estoy segura de cómo será para ti, pero si puedes encontrar una manera de agarrarte a esto, si puedes considerar tu situación como algo no malo del todo, te pondrías a ti misma en el mejor estado de ánimo.
—¿No malo del todo?
—Una pizarra en blanco. Un nuevo comienzo.
Shauna sacudió su cabeza, poco segura de qué más responder. Podía imaginarse que alguna clase de destrucción de ciertos recuerdos podía serle una bendición. ¿Pero un enorme agujero en el pasado? Eso no tenía mucho sentido para ella.
La doctora Harding pareció darse cuenta de que Shauna no estaba convencida. La psiquiatra pelirroja se inclinó hacia ella y le habló muy despacio.
—Entonces… sugiero que te enfrentes a ello más adelante. Debes mirar hacia delante en el camino de tu vida, no volverte sobre tus espaldas. No te esfuerces por recordar con demasiado ímpetu. Deja el pasado detrás de ti y haz que tu mente decida cuándo está preparada para revisitar tu historia.
—Que no debería hacer nada, dice.
—No exactamente. Retoma la vida en donde sea que recuerdas haberla dejado marchar. Yo puedo ayudarte con eso. Deja que tu memoria, si así lo decide, se reconstruya a sí misma en su contexto.
—No lo entiendo.
—¿Cuáles son los hilos que te ves capaz de sujetar o revisitar? ¿Una iglesia, un trabajo, una escena social, una afición, un novio?
Shauna levantó sus manos dándose por vencida. Toda su vida se había mantenido a sí misma apartada de amistades cercanas. En su mayoría esa elección había sido un mecanismo de defensa para ella, una manera de protegerse y no añadir dolor al dolor, una manera de conservar su energía emocional. Había reducido su mundo a un tamaño pequeño y manejable. Ahora deseaba no haberlo hecho.
—Yo no… no sé… —Sacudió su cabeza—. ¿Wayne Spade?
En su cabeza él era más una pregunta que una respuesta.
La doctora Harding cruzó sus manos sobre su regazo.
—Háblame de Wayne.
—No tengo mucho que contar.
—Entonces, tal vez sea por ahí por donde debas empezar.
¿Tal vez? ¿Tal vez? ¿Eso era para lo que toda esta gente servía, para pronunciar posibilidad tras posibilidad, nunca una certeza? ¿Cuándo conseguiría las respuestas que necesitaba? Las respuestas reales, no aquellas especulaciones.
Ya había sido suficientemente paciente. Terminaría ahora, empezando con su pregunta más urgente.
—¿Cuándo veré a Rudy?
El doctor Siders dejó sus gráficos a un lado y se inclinó hacia delante.
—Tan pronto como sepamos que…
—¿Qué es eso tan difícil de mis preguntas sobre mi hermano? Estoy preguntando por la información más básica…
—Shauna, cuando estés preparada para…
—¡Ahora estoy preparada! ¡Quiero verle ahora!
La frustración de Shauna se disolvió en lágrimas desgarradoras. Ojalá Rudy estuviera aquí para consolarla. Sin él, sin el recuerdo de aquella terrible noche, estaba perdida.
—¿Qué hice? ¿Qué pasó que fue tan horroroso que nadie puede hablarme de ello? ¡Merezco saber la verdad!
Puso las manos sobre su cabello y lo apretó con fuerza desde la raíz. Rudy no había venido a verla desde el día en que salió del coma. Ese simple hecho debería ser toda la información que necesitaba para confirmar la monstruosidad de sus actos.
Levantó su cabeza y les miró a través de sus ojos borrosos. La habitación daba vueltas. La doctora Harding zarandeaba su cabeza y decía algo, pero Shauna solamente podía oír su propia culpabilidad gritándole. Cerró los ojos y no vio otra cosa más que a Rudy.
En un jadeo para tomar aire escuchó al doctor Siders decir:
—Tenemos que sedarla.
Ella negó con la cabeza y se quejó. Rudy. Rudy.
Cuando una aguja penetró en el músculo más delgado del antebrazo de Shauna, ella le dio la bienvenida al dolor. Le dio permiso para que cubriese y calmase su sufrimiento.
La áspera voz de la doctora Harding llegó a los oídos de Shauna al mismo tiempo que el sedante llegaba a su cerebro.
—Sois unos estúpidos.
Millie Harding atravesó corriendo el vestíbulo tras Will Carver, dando una zancada por cada tres del farmacólogo.
—¿Qué ha sido eso de allí arriba? —preguntó Millie.
Carver paró y se giró sobre sus talones, vio quién era, y después reanudó su marcha sin contestar. Ella le alcanzó de nuevo en otras cuatro zancadas.
—¿Estabais tú y Siders planeando contárselo todo?
—Pensaba que eso era lo que tú estabas haciendo.
Millie se puso en el camino de Carver, con los brazos en jarras.
—¿De qué estás hablando?
—¿Vas a servirle su memoria en una bandeja de plata?
—Me habéis malinterpretado. Y no le he dado ninguna idea que realmente pudiera ayudarla a rememorar lo que pasó.
—Seré yo el que decida eso.
—No, no lo serás. Yo no he llegado todavía a decidir nada excepto si quiero que me paguen al final del día.
—A todos nos van a pagar. Pero solo si nos comportamos como profesionales. Millie le agarró de la manga a Carver, parándole.
—Vosotros dos deberíais intentar ser mejores mentirosos.
Carver se deshizo de una sacudida de la mano de Millie.
—Las únicas mentiras que alguna vez funcionan realmente son las que pueden confundirse con la verdad —dijo marchándose con paso airado—. No me preguntes de nuevo.