Beso
Capítulo 25
La hora y media conduciendo solo aclaró la mente de Shauna para darse cuenta de lo mala que era realmente la situación.
Trent y Miguel se habían obligado a hablar, o mejor dicho, se habían obligado a guardar silencio. Un silencio que tenía que ver de alguna manera con la vida de Shauna.
Le había contado a Trent que creía que Wayne había intentado matarla.
Y según los recuerdos de Miguel, Trent era parte del atentado.
Imposible.
Completamente posible.
Pero ¿por qué?
Shauna llevó el coche hasta el arcén de la autopista, abrió la puerta de golpe y vomitó fuera del coche. Los dos hombres en los que más había confiado (Wayne y Trent) eran sus peores enemigos.
Se limpió la boca con un pañuelo de su guantera, un pañuelo que se agitaba en sus manos temblorosas. Piensa. Piensa. Respira.
Dios está conmigo. Jesús está aquí. El Espíritu Santo quita el miedo de mí.
El ritmo llegó de la nada, junto con una fuerte e irracional sensación de que las palabras eran verdad. ¿Qué había provocado aquello?
¿Y cómo podía creerse aquellas palabras? Ella quería hacerlo, tanto como deseaba que los brazos de su madre la rodeasen, diciéndole que aquel momento tan terrorífico pasaría.
Se imaginó a su madre inclinándose sobre ella, protegiéndola con la fuerza y la ternura de su amor. Nada puede separarte del amor de Dios, Shauna.
Su madre le había dicho aquello a menudo. ¿Cuándo lo había olvidado?
El terror pasó.
Sus manos dejaron de temblar y su respiración se normalizó. Volvió a concentrarse.
¿Qué diablos querían Wayne y Trent que ella no supiera? Y ahora, sabiendo esto, ¿realmente ella le importaba a alguien? Por supuesto, su búsqueda (ahora temeraria, en retrospectiva) por desenterrar lo que pasó la noche del 1 de septiembre tuvo que haberles desconcertado.
Se imaginó a Wayne de camino a Corpus Christi, alertado de su paradero por su tío.
No importaba cómo había ordenado aquel puzle al que le faltaban la mitad de las piezas, solo veía la imagen que se estaba formando: que simplemente estaba yendo de un desconocido a otro, de una forma de peligro a otra. Necesitaba una manera de convencer a Wayne, o a Trent (o a ambos) que ella no se merecía ni una pizca de su preocupación.
¿Podía hacer eso y descubrir la verdad al mismo tiempo?
Echó su frente pegajosa sobre el volante. Ni siquiera la verdad se merecía aquella agonía. Consideró la idea de desaparecer.
Y después se acordó de Corbin Smith. Le debía a él no salir corriendo.
Se acordó de Miguel Lopez. No se debería preocupar mucho por un hombre que no estaba dispuesto a levantar un solo dedo para ayudarla. Y aun así… La excusa se desinfló dentro de ella cuando recordó la picadura del disparo de la pistola eléctrica. La había ayudado de alguna manera que ella no podría corresponder. ¿Cómo se le devuelve el favor a quien te ha salvado la vida? Por su mente pasó un destello de luz directo hacia la pena que había rodeado al recuerdo de él. Pena por ella. Y dolor. Tanto dolor físico como emocional.
Él la había amado.
Quizá todavía lo hacía.
A pesar de la discrepancia entre la posibilidad y su reciente comportamiento, la idea no le desagradó.
Se detuvo un momento en aquello.
Solo un momento.
Su piel recuperó un grado de calor.
Y luego estaba Rudy. Dejarle ahora significaría no volverle a ver nunca más. O peor aún, ponerlo en peligro. Abandonarlo sería algo criminal. No, peor que criminal.
Por no mencionar los otros molestos factores de su acuciante juicio, ¿cómo se iba a explicar ante Trent? (O, si no lo hacía, las consecuencias que eso tendría para la campaña de su padre y su propio estatus legal.) ¿Sería una fugitiva o una persona desaparecida? Probablemente ambas.
Detalles.
Todavía indecisa, Shauna volvió a la carretera y fue masticando sus opciones sin identificar hasta que la 181 se encontró con la 37 en el corazón de Corpus Christi. Empezó a buscar una gasolinera, donde había planeado llenar el depósito del pequeño coche de Rudy, adquirir caramelos de menta, si no un cepillo de dientes, y algunas otras cosas de primera necesidad, y posponer para más tarde la toma de decisión sobre lo que hacer. ¿Adónde podría ir ahora? Necesitaría llamar a Trent pronto. Casi eran las tres.
Dio con una gasolinera de Stripes y se dirigió allí.
La camioneta Chevy de color rojo vino de Wayne estaba detrás de un surtidor. Las palmas de sus manos resbalaron sobre el volante y se quedó sin respiración. A Wayne no se le veía por ninguna parte.
Shauna dio la vuelta por la parte de atrás de la tienda como una bola de lacrosse, y después se lanzó de nuevo a la carretera. En el espejo retrovisor le vio saliendo de la tienda de conveniencia.
Allí estaba, la posibilidad haciéndose realidad: Wayne no podría haber sabido dónde estaba a menos que Trent se lo hubiese contado.
¿Y ahora qué?
Shauna tenía suficiente dinero en efectivo con ella para pagarse una noche en un motel sin tener que dejar una pista electrónica. Eso también pagaría, al menos, un poco de tiempo para pensar.
Al cabo de una hora se había instalado en La Quinta, había estacionado detrás de la puerta trasera de Denny’s, y se había sentado en el borde de la cama para leer el folio que había robado del archivo de la doctora Harding.
Estaba fechado siete años atrás y parecía ser una clase de evaluación psíquica de antes de contratarle. O quizá solo el resumen. Escrito a mano. Tal vez las notas que precedieron al informe.
La doctora Harding, en críptica jerga de psiquiatra, identificó a Wayne Spade como un joven profesional de los negocios con experiencia en los mercados extranjeros, principalmente en Asia. No mencionaba historia familiar, solo una reluciente declaración de su salud mental y emocional.
Shauna leyó el documento una segunda vez, con más detalle, y se paró en esto: «Detectado un rencor residual relativo a: endeudamiento con TW, p.ej., desaparición expediente militar».
TW. ¿Trent Wilde?
Desaparición de los informes… ¿por el asunto de la deserción? ¿Trent le había hecho a Wayne algún favor para ocultarlo, y ahora Wayne se lo debía?
Tendría que reflexionar sobre aquello.
Abajo del todo, la doctora Harding había escrito con bolígrafo rojo: Aprobado para acreditación. Fuera lo que fuese que significase.
Shauna se dejó caer sobre la cama, perdida en su indecisión. Todas las opciones fiables menos una habían sido rechazadas.
¿Era Landon McAllister fiable? ¿O solamente era otro hombre que se había puesto por debajo de los estándares morales más básicos para conseguir altas cuotas de poder?
Hubo un tiempo en su vida en la que él había intervenido para salvarla de los aprietos en los que ella misma se había metido. Fue cuando una compañera de clase del instituto le robó a Shauna el trabajo que había escrito sobre La letra escarlata y después acusó a Shauna de haberla plagiado. La injusticia de aquella acusación empujó a Shauna a un ataque de violencia impropio de ella (aunque ella no era la recatada Hester Prynne, tampoco), y le dio un puñetazo en el brazo a la chica tan fuerte que le dejó una marca.
Recibió un muy deficiente en su trabajo y una semana de suspensión. Landon tuvo que hacerle una visita personal al director para evitar que fuera expulsada.
Pero él había creído su versión de la historia.
Shauna se preguntaba si se creería esto.
¿Cuándo había dejado de intervenir? ¿Cuándo había detenido a Patrice en sus escandalosas e hirientes acusaciones y había defendido a su propia hija?
Shauna no podía recordar haberse sentido alguna vez tan aislada.
Y con tanto miedo.
Examinó las piezas desconectadas del puzle esparcidas sobre la mesa en su cabeza.
Un intento de asesinato chapuza.
Un fotógrafo muerto.
Un periodista desterrado.
Un asesino merodeando.
Una colección de correos electrónicos crípticos.
Un informe anual.
Dio un paseo mental alrededor de la mesa y miró las piezas desde varios ángulos. Se sentó en la mesa. Se puso de pie y se inclinó sobre ella. Le dio la vuelta a las piezas.
Hasta que lo encontró: el principio de un posible sentido. Miguel Lopez se había hecho con una historia que Wayne y Trent no querían que la gente leyese. ¿Una historia que podía derribar a MMV? Tenía que ser grande. Corbin conocía la historia y había planeado contársela. Recordársela. ¿En contra de los deseos de Miguel? El silencio de Miguel estaba cobrando más sentido cada vez.
Miguel entendía qué era lo que estaba en juego. Las opciones eran verdad y muerte, o vivir en la sombra. Y él hasta ahora había elegido esconderse a dos horas de camino de su antigua vida. ¿Por qué permanecer tan cerca del peligro?
Y más cuestiones, tan obvias que no comprendía por qué no las había preguntado primero: ¿cuál era su relación con todo aquello? ¿Por qué Corbin necesitaba contarle la historia? ¿Por qué Wayne necesitaba vigilarla tan de cerca?
Porque ella aún conocía el secreto. En algún lugar perdido en el laberinto de su mente, ella lo sabía.
La luz que se expandía iluminó muchas zonas vacías del puzle. Sabía qué piezas encajaban ahí.
Una discusión con su padre.
La confianza rota de parte de su tío.
Un año de elecciones.
Shauna se pellizcó el puente de la nariz y lo supo.
McAllister MediVista estaba financiando la campaña de su padre.
Tal vez no de forma legal.
En algún lugar en las páginas del informe anual (el problema es la estructura del reparto de beneficios… el filial en la página 72 no tiene registro público).
El teléfono del hotel sonó, y Shauna dio un grito. Las siete en punto. Miró fijamente el teléfono.
¿Quién estaría llamando?
Wayne no podía haberla encontrado allí.
Comprobó el teléfono móvil. Aún estaba desconectado.
El teléfono sonó por cuarta vez y Shauna se movió hacia las cortinas, cerradas sobre la ventana. Miró afuera, casi esperando ver la mirada lasciva en la cara de Wayne al otro lado del cristal.
Solo vio coches estacionados. Ninguna camioneta de color burdeos.
El teléfono aún estaba sonando. ¿Nueve? ¿Diez? Había perdido la cuenta. Era imposible que el último ocupante hubiera solicitado una llamada despertador que no hubiera sido desconectada.
Era… posible. A las siete de la tarde un martes.
Ridículo.
Furiosa por su miedo desbordado, Shauna rodeó la cama y descolgó el teléfono. Se puso el auricular en la oreja, pero no habló.
—Esta es la última vez que te vas de mi vista, muñeca.
Wayne. Shauna lanzó el auricular y cogió su bolso. En dos pasos alcanzó la puerta. No podía abrirla. El pestillo. Lo buscó con las manos, lo abrió de un tirón y echó a correr por el pasillo hacia la salida del aparcamiento de atrás. Si Wayne había hablado con el conserje para llamarla a través de él, estaría en el vestíbulo principal.
¿Cómo la había encontrado? ¿Por el coche? Tendría que buscar otra forma de salir de Corpus Christi.
Shauna golpeó la puerta corriendo y salió. Por el rabillo del ojo vio una forma que se abalanzaba, y luego un cuerpo la golpeó. Unos brazos le agarraron la cintura y la levantaron del suelo. Su impulso hizo que ambos dieran vueltas. Vio un móvil negro golpear el suelo y salir volando por el hormigón.
Olió a Wayne, que respiraba con intensidad sobre su oído. Él se rio, sujetándola a un palmo del suelo mientras ella pataleaba.
—Qué bueno verte, Shauna.