Beso

Ted Dekker · Capítulo 8 de 47

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Beso

Capítulo 6

Shauna estaba tan obsesionada con el gesto de despedida del hombre que no le estaba prestado toda la atención a Wayne cuando la llevó de vuelta al hospital para encontrarse con el doctor Carver antes de volver a casa. Él dejó sus llaves en el cenicero del Chevy antes de entrar.

El breve encuentro pasó entre su vago desinterés y su distracción. Él le entregó cinco frascos, etiquetados solamente con números, y le explicó qué píldoras contenían cada uno, y le indicó que debía tomarlas dos veces al día. ¿Había una tercera persona en el coche? ¿Y si Rudy tenía un amigo, a lo mejor, y las drogas eran suyas? La posibilidad de que hubiera una tercera persona lo cambiaba todo.

No, no podía ser… aún había drogas en su loft, por no mencionar en su sangre. ¿Y por qué toda aquella gente no vio a aquel pasajero anónimo?

—Siders está deseando que te vayas a casa ahora, Shauna. —Wayne tocó su hombro, sacándola de golpe de sus pensamientos.

—Bien.

—Siempre y cuando volvamos una vez a la semana. La doctora Harding te quiere aquí mañana. Te ingresará si ve que es necesario. ¿Te parece bien?

—Vale.

Al cabo de un rato estaban de nuevo en la camioneta, yendo hacia la casa de Landon, y ella estaba de vuelta en sus pensamientos, preocupada por los sucesos de los últimos días. No hablaba mucho.

Wayne dejó el vehículo en el aparcamiento y ella alzó la cabeza.

Estaban enfrente del bungalow que hacía de casa de invitados en la propiedad de los McAllister. Con seis dormitorios en la casa principal, pocos invitados habían ocupado aquel alojamiento más remoto, y el estuco y las tejas de color rojo que hacían juego con las de la casa grande habían empezado a desmoronarse. Unos preciosos y altísimos nogales extendían sus brazos a lo ancho, y en los días de verano daban sombra como un precioso encaje. Pero en aquella tarde grisácea de octubre las ramas apenas se cernían como una maraña de nubes.

—¿Por qué estamos aquí?

Wayne la miró confundido.

—Sabías que veníamos a la finca.

—Me refiero al bungalow.

—Ah, idea de tu padre.

—Ya veo.

—Pensó que tendrías más intimidad así.

—Cierto. Mi antigua habitación está demasiado cerca de la casa.

—Pam ocupa tu cuarto ahora.

Por supuesto.

—Hay tres habitaciones aquí, así que estaré cerca. Si no te importa. El senador te ha puesto a un ama de llaves en el tercer cuarto. A tiempo completo, a tu servicio. Si es necesario, es más fácil que recibas aquí las visitas: los doctores, los terapeutas…

—Lo que veo es un lugar donde Landon puede tenerme bajo control.

—Será bueno que estés aquí. ¿Toda esta seguridad? Sin medios de comunicación, sin presión.

Wayne salió de la camioneta, y luego ayudó a Shauna a salir, sumergiéndose en la lluvia. Pisaba fuerte, sintiendo el peso de su nueva vida, dirigiendo sus pasos al amparo del porche.

Aquel dolor apagado pero preciso que la había irritado en el palacio de justicia se resintió de nuevo en su costado. Una apendicitis sería oportuna e incluso poética. E incluso irónica. Podría haber sobrevivido a ser catapultada a un río helado y haber evitado daño cerebral y a pasar por un ensayo clínico con efectos alucinógenos, para después ser desmontada por un órgano inflamado y en desuso.

Pero el dolor pasó.

La mosquitera de la puerta chirrió.

Una mujer guapa aunque inexpresiva sujetaba la puerta: era la mujer asiática que Shauna vio en el comedor de la casa principal la última noche.

La pequeña mujer dejó que la puerta se cerrara sola de un golpe. Le dio la mano a Shauna.

—Soy Luang Khai, su ama de llaves.

—¿Perdona?

—Llámeme Khai.

—¿Rima con Hawái?

—Se acerca.

—Shauna McAllister. Supongo que conoces a Wayne.

Khai asintió con un gesto seco:

—El señor McAllister dijo que vendría. La tercera habitación está preparada para usted.

Fijándose más ahora en Khai, Shauna se convenció de que el ama de llaves debía tener más de treinta años. Shauna estudió la disparidad de sus ojos durante más tiempo de lo considerado educado.

—He perdido mis lentillas —dijo ella, y luego abrió la puerta para invitarles a pasar.

Shauna entró en la habitación principal, que estaba decorada como la suite de un hotel: dos dormitorios y un baño compartido en un lado de la sala de estar, y un dormitorio autónomo en el otro lado. Detrás de una chimenea de doble cara había una pequeña cocina y una barra de desayuno con vistas al río.

Además del mobiliario que debía llevar allí años (el sofá de ante marrón, una silla Morris hecha jirones que necesitaba un nuevo tapizado), la habitación estaba llena de cajas marrones apiladas en tres alturas.

Shauna intentó comprenderlo. ¿Aquellas eran sus cosas?

—Acaban de llegar —dijo Khai—. Cuando haya descansado la ayudaré a desempaquetarlas.

Shauna abrió las cajas más cercanas. Libros: contabilidad, libros de texto, manuales. Pilas de periódicos. Unas pocas revistas.

Ropa en la siguiente. Allí tirada, sin ordenar. Tendrían que haberlo lavado y planchado todo.

Más ropa. Ropa de cama y toallas.

—¿Tal vez prefiera comer algo primero?

Shauna abrió la tapa de una cuarta caja.

—No sé si podré.

—¿Le gusta el tom yam? ¿Sopa?

—Adoro esa sopa —dijo Wayne—. Comida tailandesa.

Se asomó a la cocina.

Shauna sacó algunas cosas de la caja. Su iPod, un joyero de lentejuelas, un vaso de cristal artesanal, un elefante de madera.

Aquello no era suyo. ¿O eran cosas que no podía recordar haber adquirido? El animal posaba con un pie hacia delante y con los colmillos arriba, su trompa en lo alto, como si estuviera haciéndola sonar. La madera era oscura. De cedro, tal vez, y con un ligero barniz. Una línea decorativa en la madera corría desde la boca del elefante, alrededor de la forma de su oreja, y luego hacia abajo por su espalda. Lo siguió con su dedo índice antes de devolverlo a la caja.

—Vosotros comed —dijo Shauna—. Hay algo que yo debo hacer primero.

Cogió el iPod de la caja y se lo guardó en un bolsillo del abrigo. Sus dedos rozaron un trozo de papel. Sacó una pequeña nota de papel rojo doblada en cuatro veces. ¿Cómo no se había dado cuenta antes? La desdobló y vio escrita una dirección con letra ordenada, en diagonal sobre una esquina. Una dirección en Victoria, Texas.

—¿Conocía a alguien en Victoria?

Shauna ni siquiera estaba segura de saber dónde estaba Victoria.

Wayne se asomó desde la cocina, llevando un cuenco humeante en las manos.

—¿Qué es eso que necesitas hacer? —le preguntó.

—Rudy. —Ella dobló de nuevo el papel y se lo guardó en el bolsillo.

Necesito ver a Rudy.

 

Corbin Smith se arrastró hasta el teléfono de la mesa de la cocina, levantó el auricular y presionó la tecla de marcación rápida. El número tres, después el buzón de voz y el despacho. Le dio un trago a una botella de Gatorade y se giró para abarcar toda la vista panorámica del centro de Austin mientras el teléfono sonaba. Nunca se cansaría de aquel lugar. Cuando llegara el momento de devolvérselo a su legítima dueña (y tenía fe en que ese día llegaría), se lo tendría que pensar dos veces para soltarlo.

No, realmente no. Tal como estaban las cosas, estaba convencido de haber tomado la decisión correcta al haberse lanzado a aquel lugar cuando subió el alquiler, y mantenérselo listo para ella. Aunque hiciera mella en su cuenta bancaria.

Su mejor amigo contestó al teléfono.

—Si vuelves a llamarme, me cambiaré de número.

—Qué bueno escuchar tu voz, tío.

—¿No te he explicado lo que pasará si…?

—Miles de veces. Un viejo cuento. Tengo algo nuevo para ti hoy.

—Ya lo he leído en el periódico.

—Esto no.

—Pues dímelo entonces para que pueda dejar la línea libre.

—Está despierta. Caminando con sus propios pies. Fuera del hospital.

Eso le hizo callar. Smith escuchaba una respiración al otro lado de la línea. Se echó encima del silencio.

—¿No te lo había dicho? ¿No lo hice? Sabes que es una luchadora.

—Nunca dije que no lo fuera.

—La he visto hoy. He hablado con ella.

—¡Apártate de su camino! ¿Voy a tener que ir allí yo mismo y estrangularte con mis propias manos? No tienes ni idea de lo que estás haciendo, Corbin.

—Oh, lo tengo muy claro. Ahora que tú te has apartado de esto, cosa que no entiendo, eres tú el que no tiene las ideas claras. Yo soy el sabueso ahora, ¿sabes? Yo soy el que sabe lo que se cuece aquí más de lo que tú nunca has sabido.

Eso por lo menos hizo que Corbin se ganara una risa.

—Lo que tú digas.

—Tienes que volver. Hoy. Deja que te traiga a toda velocidad.

—No.

—Tienes que verla. Te necesita.

Esta vez su negación dudó.

—No.

—Si no lo haces, ella irá a buscarte. Le he dado tu dirección.

—Corbin, esto no es un juego.

—No estoy jugando contigo. Piensas que esto va a durar para siempre, y te estoy diciendo que podemos darle la vuelta.

—¿Cómo?

—Estoy trabajando en ello. Ten un poco de fe.

—Tengo fe en que verme puede matarla, lo que sería una desgracia que no podría soportar. Y eso es todo, en resumidas cuentas.

Corbin buscó en su arsenal de persuasión el arma más grande, el disparo más mortífero que pondría a aquel tipo en movimiento. ¡El sabueso era en realidad una mula!

—No recuerda nada. No me conocía. No sabe nada.

Corbin le dio otro trago a aquella bebida con sabor a cereza, esperando un poco de lucha antes del último suspiro.

—Es lo mejor, entonces.

Se atragantó con el zumo y estuvo diez segundos tosiendo para echarlo fuera.

—¡Idiota! Ella te necesita ahora más que nunca.

—No me vuelvas a llamar.

Después llegó el último suspiro.

Corbin tiró el inalámbrico al otro lado de la cocina y maldijo mientras este se deslizaba hacia la parte de atrás del sofá.