Che Guevara

Jon Lee Anderson · Capítulo 1 de 197

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Che Guevara

Agradecimientos

 

Una biografía es obra de una persona, pero sólo se puede llevar a cabo con la

colaboración de otras. Un proyecto como éste, que abarcó cinco años, obliga a

agradecer a muchas personas. Tal vez algunas no aprueben el resultado final. A ellas

sólo les digo lo que siempre he dicho: en este libro mi única lealtad es para con el

Che Guevara; escribo según mi percepción de su verdad, no la de otros. Pero a fin de

tranquilizar a todos los espíritus, al llegar a este punto debo decir que «el autor es el

único responsable del contenido de este libro».

En Cuba, donde pasé la mayor parte del tiempo y realicé las principales

investigaciones, estoy especialmente en deuda con la viuda del Che Guevara, Aleida

March, quien se atrevió a despertar de tres décadas de hibernación para atender a un

«yanqui» insolente y fisgón. Sé que no fue fácil para ella y que muchos le

aconsejaron que no lo hiciera. Agradezco su valentía y su confianza al permitirme

sacar mis propias conclusiones de sus revelaciones. Tengo una gran deuda con María

del Carmen Ariet, inteligentísima asesora y confidente de Aleida, probablemente la

persona que más sabe sobre el Che Guevara en el mundo. Muchas gracias, María, del

«gringo feo». Orlando Borrego, protegido y amigo íntimo del Che, puso a mi

disposición sus vastos conocimientos y me trató como amigo, cosa que le agradeceré

eternamente. Manuel Piñeiro Losada, alias «Barbarroja», jefe de espías y guardián de

los secretos de Cuba durante treinta y cinco años, salió de las sombras para ayudarme

a despejar ciertos misterios que rodean las actividades clandestinas del Che, un

privilegio sin precedentes que aprecio enormemente. Muchas gracias también a

Aleida Piedra, ayudante y amiga leal que se convirtió en un miembro más de la

familia.

A Denis Guzmán, funcionario del Comité Central del Partido Comunista cubano,

quien gestionó mi primera solicitud para trabajar en Cuba y resolvió los problemas

iniciales de nuestra estancia; María Flores, Roberto de Armas, el difunto Jorge

Enrique Mendoza —mi primer «anfitrión» oficial—, quien lamentablemente se

suicidó poco después de mi llegada; Julie Martin y su padre Lionel Martin, una gran

persona y un buen amigo que me brindó sus pensamientos, sus años de experiencia y

su archivo personal sobre el Che; Manuel, Alejandro, Katia y toda la «familia Gato»;

Lorna Burdsall, Pascal e Isis Fletcher, Lisette, Ron Ridenour, Veronica Spasskaya,

Roberto Salas, Encarna, Fernando y Laly Barral, Leo y Michi Acosta, Micaela y

Fernando, Miguel y Tanja, Julio y Olivia, Marta y Carmen, Isaac y Ana, Dinos y

Maribel Philippos, Ángel Arcos Vergnes, Juan Gravalosa, Tirso Sáenz, Harry

Villegas, Alberto Castellanos, Alberto Granado, Osvaldo de Cárdenas, Ana María

Erra, María Elena Duarte, Estela y Ernesto Bravo, Mariano, Gustavo Sánchez, Jesús

del Valle, Paco Usallán, Marta Vitorte, Cari y Margarita, la «profe». En el Consejo de

Estado cubano, Pedro Álvarez Tabío me permitió acceder a los codiciados archivos

del Che, donde conté con la gran ayuda de Efraín González y Heberto Norman Acosta. El historiador Andrés Castillo Bernal me proporcionó una copia de su propio

manuscrito original, ampliamente documentado, sobre la Revolución Cubana.

En la Argentina debo agradecer a Calica Ferrer, Carlos Figueroa, Chicho y Mario

Salduna, Pepe Tisera, Roberto y Celia Guevara, Julia Constenla, Rogelio García

Lupo, Reynaldo Sietecase, Héctor Jouve, Alberto Korn, Toto Schmukler, Oscar del

Barco, Benjamín Elkin, Nelly Benbibre de Castro, Emiliano Acosta, Tatiana y Jaime

Roca, y a todos los miembros del Equipo Argentino de Antropología Forense —

Anahí, Patricia, Darío y Mako— y en especial a Alejandro Inchaurregui, a quien

considero un buen amigo. También Roberto Baschetti, Julio Villalonga, María Laura

Avignolo y Claudia Korol.

En Bolivia, vaya mi agradecimiento a Loyola Guzmán y Humberto Vázquez

Viaña. También a Rosa y Natalie Alcoba, a Martín y Matilde; Ana Urquieta, Juan

Ignacio Siles, Chato Peredo, René Rocabado, Carlos Soria, Clovis Díaz, Miguel

Ángel Quintanilla y Tania, del Hotel Copacabana. Mis mejores deseos de éxito para

el Equipo de Baloncesto Anderson en Vallegrande. El general retirado Reque Terán

me brindó generosamente su tiempo, sus documentos y su colección de fotografías

secuestradas.

En Paraguay, Socorro Selich y sus hijas, en especial Zorka, me alojaron con toda

confianza y develaron los secretos del difunto coronel Andrés Selich, una figura clave

en las últimas horas de vida del Che Guevara. Agradezco su confianza, su cálida

hospitalidad, y a Tilín por ayudarme a copiar cintas grabadas y fotografías tomadas

hace treinta años.

En México, mi investigación fue coordinada o dirigida por Phil Gunson,

excelente periodista, veterano estudioso de América Latina y buen amigo. Tengo con

él una deuda especial de gratitud por su paciencia y su ayuda incansable para buscar

personas y archivos en México, Guatemala, Nicaragua y Panamá.

En el Reino Unido, Richard Gott y John Rettie me dieron aliento, información y

contactos invalorables. Gracias también a Duncan Green y Raquel del LAB, Pedro

Sarduy y Jean Stubbs; Noll Scott, Landon Temple, Muhammad y Helena Poldervaart,

Carlos Carrasco, Ashok Prasad y Peter Molloy.

En Moscú, Irina Kalinina, Anatoli, Esperanza, Volodia, Mario Monje y Alexander

Alexeiev. En España, Henry Lerner, Carmen González-Aguilar y su difunto hermano

Pepe Aguilar, quien me brindó su tiempo aunque ya estaba en su lecho de muerte. En

Suecia, Ciro Bustos, quien me brindó su hogar y su confianza en nuestras largas

conversaciones. En El Cairo, Carol Berger hizo grandes esfuerzos para buscar a las

personas que yo deseaba entrevistar.

En Alemania, Peter Müller me ayudó con los archivos de la Stasi y me dio su

apoyo también de otras maneras. El cineasta suizo Richard Dindo me porporcionó

direcciones e indicaciones referentes a Bolivia y también algunas fotos para el libro.

En Washington, Peter Kornbluh del The National Security Archive, Scott

Armstrong, David Corn, Sergo Mikoyán y Phil Brenner. En Miami, muchas gracias a mis amigos y mis varias veces anfitriones —todos activa y amablemente interesados

en este libro y mis penurias—, Rex y Gabriela Henderson, David e Inés Adams y

José y Gina de Córdoba.

Estos y otros amigos y parientes repartidos por el mundo hicieron de esta larga

empresa una experiencia mucho más placentera. Entre ellos se cuentan Vanadia

Sandon-Humphries, Doris Coonrad, David Humphries, Jonathan Glancey, Michelle,

Tina, Meim, Nohad Al-Turki, Nick Richards, Christopher y Monique Maxwell-

Libby, Colin Pease, David Ridd, Simon Tucker, Ros Bain, Laurie Johnston, Cathy

Booth, Tim Golden, Jeff Russell, Chuck y Bex, Michelle Labrut, Bertha Thayer,

Mike y Joan CarabiniParker, Janet y Terry Parker, María Elena, Matilde Stone,

Martin y Eva Barrat, Ingrid Vavere, Colin Lizieri y Jos y Kien Schreurs-

Timmermans.

Durante estos cinco años fallecieron varios de mis seres queridos. Vaya para ellos

mi reconocimiento y despedida. Mi madre, Barbara Joy Anderson, quien fue mi

primer mentor y querida amiga, falleció repentinamente cuando me encontraba en

Cuba. Sofía Gato, quien ayudó a criar a los hijos del Che y nos ayudó a nosotros de la

misma manera, se convirtió rápidamente en nuestra mejor amiga. Falleció en 1996 y

todos la echamos muchísimo de menos.

Me parece singularmente apropiado que este libro lo publique Grove Press, la

primera editorial que publicó los escritos del Che Guevara en Estados Unidos. Las

oficinas de Grove fueron destruidas por una bomba en los años sesenta, después de

que su revista de «izquierdas» Evergreen publicara en la tapa el más emblemático

retrato del Che. El editor Morgan Entrekin me ha dado su apoyo durante todos estos

años. Aunque jamás lo dijo, estoy seguro de que en ocasiones lo hizo a su pesar, pero

le agradezco que jamás me lo hiciera saber. Lo mismo digo de mi agente Deborah

Schneider. A Carla Lalli y Elizabeth Schmitz por sus esfuerzos, Anton Mueller, Kenn

Russell, Muriel Jorgensen, Miwa, Judy y todo el personal de Grove Press que me

hizo sentir como en casa: Joan, Eric, Jim, Scott, Lauren, Lissa, Amy, Tom, Lea y Ben,

muchas gracias. Asimismo a Patty O’Connell, quien desentrañó mi sintaxis enredada

y mis caídas en el spanglish. Por su respaldo y resistencia agradezco a los editores de

Transworld, Emecé Editores, Baldini & Castoldi y Objetiva. Y, de igual manera, a

Jorge Herralde y todo el equipo de Editorial Anagrama, para esta nueva edición.

Pocos autores tienen la suerte de contar como correctores a un hermano y un

amigo íntimo que también son escritores; yo tuve el privilegio singular de que Scott

Anderson y Francisco Goldman redujeran mi volumen abrumadoramente pesado. Si

éste resulta legible, el mérito es principalmente suyo.

Mi esposa Erica fue mi compañera sin desmayos y me brindó su apoyo a lo largo

de esta odisea. Con auténtica flema británica, consintió que nos mudáramos de

Oxford a La Habana, donde instaló nuestro hogar en medio de una sociedad que

parecía derrumbarse a nuestro alrededor. Aceptó sin quejas mis frecuentes viajes al

exterior, algunos de los cuales duraron varios meses, y en cada ocasión, gracias a ella, me encontré al volver con una familia sana y bulliciosa. Para nuestros hijos, Bella,

Rosie y Máximo, este libro se convirtió en parte inseparable de sus vidas. El Che

Guevara fue para todos ellos la primera personalidad que pudieron identificar fuera

de nuestra familia cercana. El idioma natal de Rosie y Máximo fue el español, y Bella

iniciaba sus clases matutinas con el himno Seremos como el Che.