Che Guevara
Capítulo III
La conferencia de dirigentes del 26 de Julio terminó en la mañana del 18 de febrero.
Fidel dedicó la mañana a redactar un «manifiesto para que sus camaradas urbanos lo
difundieran por toda la isla». El «Llamamiento al pueblo cubano» estaba redactado en
un lenguaje combativo caro al corazón del Che, quien lo elogió en su diario: «Sí, es
revolucionario».
El manifiesto comenzaba con un breve resumen de la guerra, redactado con una
exageración retórica acorde con la ocasión. Lejos de ser una fuerza exterminada,
decía el documento, los rebeldes habían «resistido valientemente» las armas
modernas y las fuerzas superiores del enemigo a lo largo de ochenta días de lucha y
sus fuerzas habían sido «constantemente reforzadas por los campesinos de la Sierra
Maestra». Habían sobrevivido a los intentos del régimen de transformar a la región en
un infierno de bombas acompañadas por el tableteo incesante de las ametralladoras y
las ráfagas de los fusiles. Para desmoralizar a las tropas regulares, evocó la imagen de
los soldados muertos, abandonados en el campo por oficiales indiferentes para que
los «devoraran los buitres».
Concluía con una «guía para el país» de seis puntos en la que llamaba al sabotaje
creciente de la zafra azucarera, los servicios públicos, el transporte y las
comunicaciones; «las ejecuciones sumarias e inmediatas de los sicarios que torturan y
matan a los revolucionarios; de los políticos del régimen cuya obstinación e
inflexibilidad han llevado el país a esta situación y todos los que cierran el camino al
éxito del Movimiento». También llamó a organizar la «resistencia cívica» en toda
Cuba; mayores esfuerzos para recaudar fondos a fin de «cubrir los gastos crecientes
del Movimiento» y una «huelga general revolucionaria» para llevar hasta el final la
lucha contra Batista.
En defensa de su pronunciamiento acerca de quemar los cañaverales, escribió: «A
los que invocan los medios de vida del trabajador para combatir esta medida,
preguntamos: ¿Por qué no defienden a los trabajadores cuando… les chupan los
sueldos, cuando los estafan con sus jubilaciones, cuando les pagan con bonos y los
matan de hambre durante ocho meses?[30] ¿Por qué derramamos nuestra sangre si no
es por los pobres de Cuba? ¿Qué importa un poco de hambre hoy si podemos ganar el
pan y la libertad de mañana?»
El «Manifiesto» de Fidel era escasamente veraz. Así como había engañado a
Herbert Matthews sobre el verdadero número de sus efectivos, ahora declaraba que
las filas de su ejército «crecían constantemente» gracias al «apoyo campesino». A
esas alturas ese apoyo era en gran medida ficticio y en modo alguno espontáneo, ya
que lo había «comprado» tras obtener la lealtad de Crescencio. La banda rebelde
había estado a punto de ser aniquilada debido a la traición de un campesino, Eutimio
Guerra, en tanto que muchos lugareños seguían el consejo del ejército y abandonaban la sierra después del asalto en La Plata. Con algunas excepciones notables, muchos de
sus campesinos de confianza actuaban movidos por sus intereses egoístas, fuese
como contrabandistas a sueldo o proveedores de comida y otras provisiones.
Ciertamente, el hábito de Fidel de presentarse como oficial de la Guardia ante
campesinos desconocidos demuestra que era consciente del carácter precario de sus
lealtades.
Al volver a las montañas desde las tierras de Díaz, Fidel hizo traer a su presencia
a un campesino detenido y le dijo que eran guardias rurales en busca de información
sobre «los revolucionarios». El hombre, asustado, negó tener conocimiento de ellos,
pero ante la insistencia de Fidel prometió informar al cuartel más cercano si veía a
gente extraña. El Che describió la escena en su diario: «Entonces Fidel le dijo que
nosotros éramos revolucionarios y que defendíamos la causa del pobre, pero como él
se mostraba dispuesto a ayudar a la guardia se le iba a ahorcar. La reacción del
hombre, Pedro Ponce, fue extraordinaria, se levantó sudando y temblando. “No,
cómo va a ser, vengan a mi casa a comer arroz con pollo.” Después de una filípica de
Fidel quejándose de la poca ayuda de los campesinos le pedimos la comida
ofrecida…»
Este episodio fue omitido de los relatos de la guerra publicados, sin duda porque
demostraba que a veces Fidel se dejaba llevar en exceso por su tendencia al engaño.
Aunque en esa ocasión obtuvo lo que buscaba, tuvo que recurrir a una amenaza de
muerte, de modo que no podía saber qué pensaba realmente el aterrado Pedro Ponce.
Con todo, Fidel probablemente demostraba prudencia al tomar esas precauciones.
Algunos guajiros simpatizaban con la causa sin necesidad de estímulos, pero para
muchos más los rebeldes eran una presencia indeseada que había traído la muerte y la
destrucción a la Sierra Maestra, y no podían ofrecer demasiados incentivos o
seguridad a quienes les brindaban su adhesión. La relación de fuerzas favorecía al
ejército, que controlaba los pueblos y caminos y podía ganar a individuos como
Eutimio Guerra por medio de una combinación de incentivos materiales y terror. Para
ganar a los campesinos, Fidel debía convertirse en la fuerza militar superior en la
sierra. Hasta entonces había tenido que utilizar todos los medios para conseguir
apoyo, y además de las dádivas posibilitadas por su red de campesinos voluntarios,
sus medios también incluían el engaño, el soborno y el terror selectivo para
neutralizar a traidores potenciales y espías.
A fines de febrero, al volver a las montañas, los rebeldes pudieron convencerse de
la eficacia de las violentas represalias del ejército entre la población civil. Quienes
ayudaban a los rebeldes sufrían las consecuencias, y todos los guajiros lo sabían. Se
enteraron de que las tropas del mayor Casillas habían asesinado a su principal
proveedor de alimentos, y pocos días después, cuando llegaron a la casa de sus
padres, los ancianos se encerraron y desde el interior les gritaron que se fueran.
La población civil estaba atrapada en una trampa perversa, entre el salvajismo
desenfrenado del ejército por un lado y las represalias de los guerrilleros contra los delatores por el otro. Con todo, no había otra manera de librar una guerra, y al
ejecutar a Eutimio Guerra el Che se había colocado en la vanguardia de la «justicia
revolucionaria veloz». Con ello, cimentaba su fama de hombre feroz e implacable.
La cimentó aún más con un incidente que se produjo el 18 de febrero. Cuando los
miembros del Directorio estaban por partir de la casa de Díaz, se oyó un disparo de
pistola y todos corrieron a sus armas. Pero era una falsa alarma: «Enseguida se oyó
un grito de no es nada, no es nada, y apareció el gallego Morán herido con una bala
[calibre] 45 en una pierna… Le hice una cura de urgencia, poniéndole penicilina y
dejándole la pierna entablillada y estirada. Raúl y Fidel lo acusaron de haberlo hecho
adrede. Yo no estoy seguro de una cosa u otra». Nuevamente carecían de pruebas
sobre las motivaciones verdaderas de Morán, pero el «accidente» despertaba
sospechas por ser tan «oportuno»: había sucedido al día siguiente de la ejecución de
Eutimio y cuando los últimos visitantes se aprestaban a partir, lo que permitía
evacuarlo del campo.
Seguramente Morán vivía aterrado por la presencia del Che Guevara. Sabía que la
«deserción, la insubordinación y el derrotismo» se castigaban con la muerte, y se
sospechaba abiertamente que quería desertar. El Che era su némesis personal: lo
observaba constantemente, días atrás había pedido la pena de muerte para él y
además, con la muerte de Eutimio, había demostrado que era perfectamente capaz de
ejecutar esa sentencia. Morán pensaba, y con razón, que sus días estaban contados.
Más adelante, después de la deserción de Morán al bando de Batista, el Che
escribiría su epitafio: «La historia posterior de Morán, con su traición y su muerte a
manos de los revolucionarios en Guantánamo, indica que muy probablemente se dio
el tiro».
Hay un hilo conductor en esta breve conclusión de su relato sobre Morán y en
muchos de sus retratos de los hombres que combatieron en la guerra. Consciente de
su papel como arquitecto de la nueva historia oficial de Cuba, el Che imbuía a cada
individuo de un significado totémico, encarnación de valores que la «nueva» Cuba
debía exaltar o repudiar. Eutimio Guerra era un campesino que había corrompido su
alma; su nombre era sinónimo de traición y de errores que no se debían repetir. En
cambio, el guajiro Julio Zenón Acosta aparece en su prosa como un mártir
revolucionario, un arquetipo ejemplar a quien obreros y campesinos debían imitar. El
Gallego Morán, desertor y luego traidor, había pagado el precio máximo que el Che
deseaba de todo corazón a los enemigos de la Revolución. Desde luego, sus enemigos
oficiales eran el ejército y la policía secreta, pero el enemigo interior representaba un
peligro igualmente grande.
En los corazones y las almas de sus camaradas estaban encerradas las claves de
sus verdaderas lealtades y con ellas el destino de «La Revolución». Pocos hombres
eran inmunes al ojo desconfiado del Che. A los que se desviaban del «camino recto»
los perseguía con fervor calvinista. Había abrazado en cuerpo y alma a la revolución
como encarnación culminante de las lecciones de la historia y el camino justo al futuro. Convencido de su verdad, su ojo implacable de inquisidor buscaba a quienes
pudieran hacer peligrar su supervivencia.