Che Guevara

Jon Lee Anderson · Capítulo 76 de 197

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Che Guevara

Capítulo III

 

La conferencia de dirigentes del 26 de Julio terminó en la mañana del 18 de febrero.

Fidel dedicó la mañana a redactar un «manifiesto para que sus camaradas urbanos lo

difundieran por toda la isla». El «Llamamiento al pueblo cubano» estaba redactado en

un lenguaje combativo caro al corazón del Che, quien lo elogió en su diario: «Sí, es

revolucionario».

El manifiesto comenzaba con un breve resumen de la guerra, redactado con una

exageración retórica acorde con la ocasión. Lejos de ser una fuerza exterminada,

decía el documento, los rebeldes habían «resistido valientemente» las armas

modernas y las fuerzas superiores del enemigo a lo largo de ochenta días de lucha y

sus fuerzas habían sido «constantemente reforzadas por los campesinos de la Sierra

Maestra». Habían sobrevivido a los intentos del régimen de transformar a la región en

un infierno de bombas acompañadas por el tableteo incesante de las ametralladoras y

las ráfagas de los fusiles. Para desmoralizar a las tropas regulares, evocó la imagen de

los soldados muertos, abandonados en el campo por oficiales indiferentes para que

los «devoraran los buitres».

Concluía con una «guía para el país» de seis puntos en la que llamaba al sabotaje

creciente de la zafra azucarera, los servicios públicos, el transporte y las

comunicaciones; «las ejecuciones sumarias e inmediatas de los sicarios que torturan y

matan a los revolucionarios; de los políticos del régimen cuya obstinación e

inflexibilidad han llevado el país a esta situación y todos los que cierran el camino al

éxito del Movimiento». También llamó a organizar la «resistencia cívica» en toda

Cuba; mayores esfuerzos para recaudar fondos a fin de «cubrir los gastos crecientes

del Movimiento» y una «huelga general revolucionaria» para llevar hasta el final la

lucha contra Batista.

En defensa de su pronunciamiento acerca de quemar los cañaverales, escribió: «A

los que invocan los medios de vida del trabajador para combatir esta medida,

preguntamos: ¿Por qué no defienden a los trabajadores cuando… les chupan los

sueldos, cuando los estafan con sus jubilaciones, cuando les pagan con bonos y los

matan de hambre durante ocho meses?[30] ¿Por qué derramamos nuestra sangre si no

es por los pobres de Cuba? ¿Qué importa un poco de hambre hoy si podemos ganar el

pan y la libertad de mañana?»

El «Manifiesto» de Fidel era escasamente veraz. Así como había engañado a

Herbert Matthews sobre el verdadero número de sus efectivos, ahora declaraba que

las filas de su ejército «crecían constantemente» gracias al «apoyo campesino». A

esas alturas ese apoyo era en gran medida ficticio y en modo alguno espontáneo, ya

que lo había «comprado» tras obtener la lealtad de Crescencio. La banda rebelde

había estado a punto de ser aniquilada debido a la traición de un campesino, Eutimio

Guerra, en tanto que muchos lugareños seguían el consejo del ejército y abandonaban la sierra después del asalto en La Plata. Con algunas excepciones notables, muchos de

sus campesinos de confianza actuaban movidos por sus intereses egoístas, fuese

como contrabandistas a sueldo o proveedores de comida y otras provisiones.

Ciertamente, el hábito de Fidel de presentarse como oficial de la Guardia ante

campesinos desconocidos demuestra que era consciente del carácter precario de sus

lealtades.

Al volver a las montañas desde las tierras de Díaz, Fidel hizo traer a su presencia

a un campesino detenido y le dijo que eran guardias rurales en busca de información

sobre «los revolucionarios». El hombre, asustado, negó tener conocimiento de ellos,

pero ante la insistencia de Fidel prometió informar al cuartel más cercano si veía a

gente extraña. El Che describió la escena en su diario: «Entonces Fidel le dijo que

nosotros éramos revolucionarios y que defendíamos la causa del pobre, pero como él

se mostraba dispuesto a ayudar a la guardia se le iba a ahorcar. La reacción del

hombre, Pedro Ponce, fue extraordinaria, se levantó sudando y temblando. “No,

cómo va a ser, vengan a mi casa a comer arroz con pollo.” Después de una filípica de

Fidel quejándose de la poca ayuda de los campesinos le pedimos la comida

ofrecida…»

Este episodio fue omitido de los relatos de la guerra publicados, sin duda porque

demostraba que a veces Fidel se dejaba llevar en exceso por su tendencia al engaño.

Aunque en esa ocasión obtuvo lo que buscaba, tuvo que recurrir a una amenaza de

muerte, de modo que no podía saber qué pensaba realmente el aterrado Pedro Ponce.

Con todo, Fidel probablemente demostraba prudencia al tomar esas precauciones.

Algunos guajiros simpatizaban con la causa sin necesidad de estímulos, pero para

muchos más los rebeldes eran una presencia indeseada que había traído la muerte y la

destrucción a la Sierra Maestra, y no podían ofrecer demasiados incentivos o

seguridad a quienes les brindaban su adhesión. La relación de fuerzas favorecía al

ejército, que controlaba los pueblos y caminos y podía ganar a individuos como

Eutimio Guerra por medio de una combinación de incentivos materiales y terror. Para

ganar a los campesinos, Fidel debía convertirse en la fuerza militar superior en la

sierra. Hasta entonces había tenido que utilizar todos los medios para conseguir

apoyo, y además de las dádivas posibilitadas por su red de campesinos voluntarios,

sus medios también incluían el engaño, el soborno y el terror selectivo para

neutralizar a traidores potenciales y espías.

A fines de febrero, al volver a las montañas, los rebeldes pudieron convencerse de

la eficacia de las violentas represalias del ejército entre la población civil. Quienes

ayudaban a los rebeldes sufrían las consecuencias, y todos los guajiros lo sabían. Se

enteraron de que las tropas del mayor Casillas habían asesinado a su principal

proveedor de alimentos, y pocos días después, cuando llegaron a la casa de sus

padres, los ancianos se encerraron y desde el interior les gritaron que se fueran.

La población civil estaba atrapada en una trampa perversa, entre el salvajismo

desenfrenado del ejército por un lado y las represalias de los guerrilleros contra los delatores por el otro. Con todo, no había otra manera de librar una guerra, y al

ejecutar a Eutimio Guerra el Che se había colocado en la vanguardia de la «justicia

revolucionaria veloz». Con ello, cimentaba su fama de hombre feroz e implacable.

La cimentó aún más con un incidente que se produjo el 18 de febrero. Cuando los

miembros del Directorio estaban por partir de la casa de Díaz, se oyó un disparo de

pistola y todos corrieron a sus armas. Pero era una falsa alarma: «Enseguida se oyó

un grito de no es nada, no es nada, y apareció el gallego Morán herido con una bala

[calibre] 45 en una pierna… Le hice una cura de urgencia, poniéndole penicilina y

dejándole la pierna entablillada y estirada. Raúl y Fidel lo acusaron de haberlo hecho

adrede. Yo no estoy seguro de una cosa u otra». Nuevamente carecían de pruebas

sobre las motivaciones verdaderas de Morán, pero el «accidente» despertaba

sospechas por ser tan «oportuno»: había sucedido al día siguiente de la ejecución de

Eutimio y cuando los últimos visitantes se aprestaban a partir, lo que permitía

evacuarlo del campo.

Seguramente Morán vivía aterrado por la presencia del Che Guevara. Sabía que la

«deserción, la insubordinación y el derrotismo» se castigaban con la muerte, y se

sospechaba abiertamente que quería desertar. El Che era su némesis personal: lo

observaba constantemente, días atrás había pedido la pena de muerte para él y

además, con la muerte de Eutimio, había demostrado que era perfectamente capaz de

ejecutar esa sentencia. Morán pensaba, y con razón, que sus días estaban contados.

Más adelante, después de la deserción de Morán al bando de Batista, el Che

escribiría su epitafio: «La historia posterior de Morán, con su traición y su muerte a

manos de los revolucionarios en Guantánamo, indica que muy probablemente se dio

el tiro».

Hay un hilo conductor en esta breve conclusión de su relato sobre Morán y en

muchos de sus retratos de los hombres que combatieron en la guerra. Consciente de

su papel como arquitecto de la nueva historia oficial de Cuba, el Che imbuía a cada

individuo de un significado totémico, encarnación de valores que la «nueva» Cuba

debía exaltar o repudiar. Eutimio Guerra era un campesino que había corrompido su

alma; su nombre era sinónimo de traición y de errores que no se debían repetir. En

cambio, el guajiro Julio Zenón Acosta aparece en su prosa como un mártir

revolucionario, un arquetipo ejemplar a quien obreros y campesinos debían imitar. El

Gallego Morán, desertor y luego traidor, había pagado el precio máximo que el Che

deseaba de todo corazón a los enemigos de la Revolución. Desde luego, sus enemigos

oficiales eran el ejército y la policía secreta, pero el enemigo interior representaba un

peligro igualmente grande.

En los corazones y las almas de sus camaradas estaban encerradas las claves de

sus verdaderas lealtades y con ellas el destino de «La Revolución». Pocos hombres

eran inmunes al ojo desconfiado del Che. A los que se desviaban del «camino recto»

los perseguía con fervor calvinista. Había abrazado en cuerpo y alma a la revolución

como encarnación culminante de las lecciones de la historia y el camino justo al futuro. Convencido de su verdad, su ojo implacable de inquisidor buscaba a quienes

pudieran hacer peligrar su supervivencia.