Che Guevara

Jon Lee Anderson · Capítulo 52 de 197

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Che Guevara

11. «Mi vida proletaria»

I

 

A principios de los años cincuenta, Ciudad de México aún conservaba vestigios de la

efervescencia política y artística que había alcanzado su apogeo en las dos décadas

anteriores. La sofisticación cosmopolita producida por la llegada masiva de miles de

exiliados que huían del fascismo europeo había sido uno de los factores que generó el

renacimiento cultural mexicano. En esa época, artistas como Diego Rivera, Orozco,

Siqueiros, Frida Kahlo y Tina Modotti creaban las obras que les darían fama.

Escritores, artistas y personalidades políticas se reunían por las noches en los

florecientes cabarets donde actuaban las grandes estrellas del bolero; el boom de la

industria cinematográfica engendraba leyendas del séptimo arte como el director

Emilio «el Indio» Fernández, el actor cómico Cantinflas, y las estrellas de la pantalla

Dolores del Río y María Félix. Muchos extranjeros, desde los escritores franceses

Antonin Artaud y André Breton hasta los poetas de la generación beat Jack Kerouac

y William S. Burroughs, buscaban inspiración en el medio creativo mexicano.

Desde que el gobernante Partido Revolucionario Institucional (PRI) se consolidó

en el poder durante el período posrevolucionario, México gozaba de gran popularidad

entre los nacionalistas antiimperialistas latinoamericanos y del respeto renuente de

Washington. Durante la década de 1930, el presidente Lázaro Cárdenas había

nacionalizado los yacimientos petrolíferos e impuesto una amplia reforma agraria.

Una política exterior agresiva e independiente de la de Washington había generado un

ambiente altamente politizado y lleno de intrigas en el que se mezclaban y

conspiraban exiliados, espías y viajeros. Desde sus grandes embajadas, tanto Estados

Unidos como la Unión Soviética realizaban operaciones de inteligencia. La capital

mexicana había conocido ciertos asesinatos tristemente célebres: el del dirigente

comunista cubano Julio Antonio Mella en 1929 y el de León Trotski en 1940.

Los dos mundos, el artístico y el político, se habían entremezclado y confundido.

Modotti había sido la amante del asesinado Mella; Kahlo había vivido una aventura

con Trotski; el muralista Siqueiros había encabezado un asalto con ametralladoras

contra la casa de Trotski antes de que el agente estalinista Ramón Mercader

concluyera la cruenta obra con un punzón de picar hielo.

En la década de 1950, la capital mexicana distaba de ser la megalópolis envuelta

en brumas de niebla y humo en que se ha convertido hoy: se veían las cumbres

nevadas de los volcanes Popocatépetl e Iztaccihuatl que se alzaban sobre el horizonte.

Aparte del laberíntico centro histórico —la vieja ciudad colonial española construida

sobre las ruinas de la capital azteca—, era una ciudad de barrios serenos semejantes a

aldeas y bulevares bordeados de árboles. Aún en los años cincuenta, no era

infrecuente ver a hombres vestidos de charros —los elegantes vaqueros mexicanos—

desfilar por el Paseo de la Reforma los domingos por la tarde.

No hay un hecho singular que señale el eclipse de la llamada «era romántica» de

México, pero pocos son tan simbólicos de su decadencia como la última aparición pública de una enferma Frida Kahlo el 2 de julio de 1954. Ese día frío y húmedo, la

artista aquejada de neumonía se levantó de su lecho para participar en una protesta

contra el derrocamiento de Arbenz por la CIA. Su esposo Diego Rivera la llevó en

silla de ruedas hasta la concentración frente al panteón de la cultura mexicana, el

Palacio de Bellas Artes con su cúpula blanca. Durante cuatro horas largas, Kahlo unió

su voz a los cánticos de «¡Gringos asesinos, fuera!», alzando sus deslumbrantes

manos adornadas de anillos. Con la izquierda sostenía una bandera con la paloma de

la paz, mientras crispaba el puño derecho en gesto desafiante. Después, el estado de

la artista empeoró rápidamente, hasta que murió once días más tarde, el 13 de julio.

Tenía cuarenta y siete años.