Che Guevara

Jon Lee Anderson · Capítulo 67 de 197

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Che Guevara

Segunda parte

LA GESTACIÓN DEL CHE

14. UN COMIENZO DESASTROSO

I

 

La carta de Ernesto a su familia, con ser tan melodramática, resultó tan clarividente

sobre los peligros que enfrentarían como equivocada con respecto a sus propias

reacciones. Resultó que cuando las «papas quemaron» en la forma de una emboscada

del ejército que sorprendió a los rebeldes poco después del desembarco del Granma,

lo último en lo que pensaba Ernesto era en su falta de experiencia como cirujano en el

frente.

En medio del caos y el pánico, mientras unos caían heridos y otros huían en todas

las direcciones, Ernesto tuvo que decidir en un instante si salvaba un botiquín o una

caja de municiones. Optó por lo último. Si hubo un momento de decisión en la vida

de Ernesto Guevara, fue ése. Aunque tenía el título de médico, sus instintos eran los

de un combatiente.

Momentos después, al recibir un balazo en el cuello y creyéndose mortalmente

herido, cayó en estado de shock. Disparó una vez hacia los arbustos, se quedó tendido

y en un ensueño se puso a pensar sobre «la mejor manera de morir». La imagen que

vino a su mente fue la del cuento «Encender una hoguera» de Jack London, sobre un

hombre en Alaska que, incapaz de encender un fuego, apoya la espalda en un árbol y

se dispone a morir «con dignidad».

Ernesto había soñado con devolver obstinadamente los disparos al grito de

«victoria o muerte», pero con el shock de la emboscada y su propia herida, por un

instante se creyó perdido. A diferencia de muchos de sus camaradas, que se

acobardaron por completo o bien reaccionaron como soldados, devolviendo el fuego

enemigo mientras trataban de ponerse a cubierto, se tendió de espaldas para meditar

fríamente sobre la inminencia de la muerte.

Si el hecho de salvar las municiones en lugar del botiquín durante su primera

escaramuza reveló un rasgo fundamental de Ernesto Guevara, lo mismo hizo su

herida: sacó a la luz su fatalismo frente a la muerte. Durante los dos años de guerra

que sobrevendrían, este rasgo se pondría de manifiesto mientras maduraba hasta

convertirse en un guerrillero avezado con una evidente afición por el combate y un

desprecio por su propia seguridad que lo haría célebre. El hijo errabundo de Celia

acababa de descubrir su verdadera vocación: la revolución.