Che Guevara
Segunda parte
LA GESTACIÓN DEL CHE
14. UN COMIENZO DESASTROSO
I
La carta de Ernesto a su familia, con ser tan melodramática, resultó tan clarividente
sobre los peligros que enfrentarían como equivocada con respecto a sus propias
reacciones. Resultó que cuando las «papas quemaron» en la forma de una emboscada
del ejército que sorprendió a los rebeldes poco después del desembarco del Granma,
lo último en lo que pensaba Ernesto era en su falta de experiencia como cirujano en el
frente.
En medio del caos y el pánico, mientras unos caían heridos y otros huían en todas
las direcciones, Ernesto tuvo que decidir en un instante si salvaba un botiquín o una
caja de municiones. Optó por lo último. Si hubo un momento de decisión en la vida
de Ernesto Guevara, fue ése. Aunque tenía el título de médico, sus instintos eran los
de un combatiente.
Momentos después, al recibir un balazo en el cuello y creyéndose mortalmente
herido, cayó en estado de shock. Disparó una vez hacia los arbustos, se quedó tendido
y en un ensueño se puso a pensar sobre «la mejor manera de morir». La imagen que
vino a su mente fue la del cuento «Encender una hoguera» de Jack London, sobre un
hombre en Alaska que, incapaz de encender un fuego, apoya la espalda en un árbol y
se dispone a morir «con dignidad».
Ernesto había soñado con devolver obstinadamente los disparos al grito de
«victoria o muerte», pero con el shock de la emboscada y su propia herida, por un
instante se creyó perdido. A diferencia de muchos de sus camaradas, que se
acobardaron por completo o bien reaccionaron como soldados, devolviendo el fuego
enemigo mientras trataban de ponerse a cubierto, se tendió de espaldas para meditar
fríamente sobre la inminencia de la muerte.
Si el hecho de salvar las municiones en lugar del botiquín durante su primera
escaramuza reveló un rasgo fundamental de Ernesto Guevara, lo mismo hizo su
herida: sacó a la luz su fatalismo frente a la muerte. Durante los dos años de guerra
que sobrevendrían, este rasgo se pondría de manifiesto mientras maduraba hasta
convertirse en un guerrillero avezado con una evidente afición por el combate y un
desprecio por su propia seguridad que lo haría célebre. El hijo errabundo de Celia
acababa de descubrir su verdadera vocación: la revolución.